Skip to main content

Full text of "Mercurio peruano"

See other formats



.t.f^',' .!;.-t>l 



MERCURIO PERUANO 




MERCURIO PERUANO 

Revista Mensual de Ciencias Sociales y Letras 



( Año II 

• Voi. in 



PERSONAL DE eACCION 



Víctor Andrés Bclaúndc, Direo 
tor; César A. Ugarte, Manuel R. 
Bcltroy, Secretarios; Juan F. Elgue- 
I ra. Edwin Elmore. Adán Espinosa 
Saldaña, Luis Góngora, Mariano 
Ibérico Rodríguez, )ohn A. Mac 
kay. José L. Madueño. Francisco 
Moreyra y Paz Soldán, Cristóbal de 
Losada y Puga, Alberto Ureta, 
Carlos Ledgard. Horacio H. Ur- 
teaga, Luis Várela y Orbcgoso y 
Carlos Wiessc y K. 




LIMA 'PERÚ -1919 



Sanmarti y Ca.^Lima 
Imprctofct 



6*. 



\ 



JUN 5 19b3 lí 
^{*»/ry of t^íjí 



tabl'a de materias 



La descentralización administrativa en Colombia, por M. A. 

Carvajal i 

Bote viejo y Consolación (poesías), por José M. Eguren.. . . 12 
Una nota sobre la Prehistoria Peruana, por Philip Ainsworth 

Means 14 

José M. Valle-Riestra, por Luis Gonzáles del Riego 20 

Etimología quechua de la palabra Gaucho, por José Gabriel Cosío 24 

Amado Ñervo, por Luis Góngora 31 

Poesías, por Armando Godoy 43 

El hundimiento de la Escuadra Peruana, por Juan Pedro Paz 

Soldán 44 

El millón, por Carlos Ledgard 48 

Poemas, por Medardo Ángel Silva . . 51 

Divagación literaria, por Clemente Palma 54 

La adhesión de la República Argentina al tratado de alianza de- 
fensiva Perú-boliviano de 1873, por Pedro Irigoyen 58 

Notas varias 66 

Notas bibiográficas 7a 

Revista de Revistas 73 

Exposición y Objeto del Criterio, por Santín Carlos Rossi. . . 77 

Alfombra de Luz (poesía), por Amalia Puga de Losada 94 

Diálogos Olímpicos, por Carlos Reyles 96 

Lirismo Agreste (poesía), por Adán Espinosa Saldaña 102 

Desolación, por Marianela 106 

Oración (poesía), por César A. Rodríguez 113 

Toy no quiere (cuento), por Alberto Jiménez Correa 114 

Mieses de Francia (poesías), por Manuel Beltroy lao 

La Primera Centuria, por Carlos Ledgard xaa 

Evolución de la Arquitectura en el Perú, por Teodoro Elmore . 127 
La adhesión de la República Argentina al tratado de alianza de- 
fensiva Perú-boliviano de 1873, P^r Pedro Irigoyen 131 

Notas varias ... . 139 

Revista de Revistas 145 

El Escultor Piqueras Cotolí, por Enrique D. Barreda 159 
Un gran poeta lírico español. Fernando Maristany, por José 

Galvez 165 

Wordsworth y la Escuela Laquista, por John A. Mackay 178 

Los poetas orientales, por Carmela Eulate Sairjurjo 194 

Parnaso Colombiano, por Eduardo Castillo 202 

Docencia Magna, por Honorio F. Delgado 308 

La voluntad creadora, por Humberto Borja García U ax6 

Sonetos, por Luis A. Rivero aao 

Leyendas Guaraníes, por Oriol Solé Rodríguez 222 

La cuestión de México, por Edwin Elmore 330 

Nota Editorial 338 

La adhesión de la República Argentina al tratado de alianza de- 
fensiva Perú-boliviano de 1873, por Pedro Irigoyen 241 

Notas varias 248 

Notas bibliográficas 253 

Revista de Revistas 355 



El tradicionista Palma, por Litís Fernár Cisneros. 359 

Un eco del dolor argentino, por Antonio Sagarna. 263 

Palma, satírico, por Raúl Porras Barrenechea. . 269 

La Poesía de Palma, por Manuel Bcltroy ^79 

Asi partió (poesía), por Luis A. Rivero . . 286 

La "Bohemia" de Palma, por Jorge CuillermQ Lcguia 2S7 

Palma, crítico literario, filólogo e historiador, por Luis Alberto 

Sánchez agi 

Las tardes de don Ricardo, por Silvestre Vasombrfo 301 

Antología de Palma 309 

Crítica de Palma: 

De don José de la Riva Agüero y Osma 375 

De don Ventura García Calderón 385 

De don Francisco García Calderón 395 

De don Juan Valera 399 

De don Rafael Altamira. 40a 

De don Rubén Darfo 406 

De don Gonzalo Bulnes. . . 411 

De don Felipe Barreda y Laos 415 

De don Juan B. de Lavalle 436 

Los fimerales de Palma 439 

Notas 457 

Abraham Valdelomar. por Ricardo Vegas García 463 

Verdolaga y Composiciones inéditas de Abraham Valdelomar . 471 
Las ideas de orden y de libertad en la historia del pensamiento 

humano, por A. O. Deustua 476 

Tempestad, por Enrique Bustamante y B 488 

Crónicas de París, por César A. Ugarte. . 490 

Lucano y la Farsalia. por Juan F. Elguera. 49B 

Mieses de Francia (poesías), por Adán Espinoza Saldaña. . . . 510 

Itaberá- Agota, por Oriol Solé Rodríguez 515 

La Gran Guerra y el Organismo económico nacional, por Carlos 

Ledgard 53a 

La adhesión de la República Argentina al tratado de alianza de- 
fensiva Perú-boliviano de 1873, Por Pedro Irigoycn 531 

Notas 557 

—índice de autores— 
altamira rafael 

Crítica de Palma 40a 

Antología de Palma 309 

BARREDA, ENRIQUE D. 

El Escultor Piqueras Cotolí 159 

BARREDA Y LAOS, FELIPE 

Crítica de Palma 415 

BELTROY. MANUEL 

Mieses de Francia 120 

La poesía de Palma 379 

BORJA GARCÍA, HUMBERTO 

La voluntad creadora 316 

BULNES. GONZALO 

Critica de Palma 411 



3USTAMANTE Y B. ENRIQUE 

Tempestad 48S 

CARVAJAL, M. A. 

La descentralización administrativa en Colombia . i 

Poetas Colombianos ... 19S 

:ASTILL0, EDUARDO 

Parnaso Colombiano aoa 

ISNEROS. LUIS F. 

El Tradicionista Palma 259 

:OSIO, JOSÉ GABRIEL 

Etimología quechua de la palabra Gaucho 04 

)ARIO. RUBÉN 

Crítica de Palma 406 

)ELGADO. HONORIO F. 

Docencia Magna ao8 

)EUSTUA, A. O. 

Las ideas de orden y de libertad er. la historia del pensamien- 
to humano 476 

CGUREN. JOSÉ M. 

Bote viejo y Consolación :a 

:LGUERA, JUAN F. 

Lucano y la Farsalia 498 

CLMORE, EDWIN 

La cuestión de México . 230 

:LTT0RE. TEODORO 

Evohición de la Arquitectura en el Perú . u; 

ESPINOSA SALDAÑA. ADÁN 

Lirismo Agreste 102 

Miescs de Francia 5x0 

'.ULATE SANJURJO. CARMELA 

Los Pcctas Orientales. 194 

unerales de palma. 439 

;alvez. jóse . 

Un Rran poeta Ifrtco español, Fernando Maristany 16$ 

JARCIA CALDERÓN. FRANCISCO 

Crítica de Palma 395 

rAPCIA CALDERÓN, VENTURA 

Crítica de Palma 385 

íODOY, ARMANDO 

Poesías 43 

iONGORA, LUIS 

Amado Ñervo 31 

RONZALES DEL RIEGO. LUIS 

José M. Valle Riestra ao 

RIGOYEN. PEDRO 

La adhesión de la República Argentina al tratado de alianza 

defensiva Perú-boliviana de 1873 • .58,— 131,— 241. 531 

IMENEZ CORREA, ALBERTO 

Toy no quiere (cuento) 1x4 

r AVALLE, JUAN B. DE 
Crítica de Palma 436 



LEDGARD, CARLOS 

El millón 

La Primera Centuria. . 

La Gran Guerra y el Organismo económico nacional 
LEGUIA. GUILLERMO JORGE 

La "Bohemia" de Palma. 
MACKAY, JOHN A. 

Wordsworth y la Escuela Laquista. 
MARIANELA 

Desolación. ... ... 

l^EANS, PHILIP AINSWORTH 

Una nota sobre la Prehistoria Peruana. 

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 72. 

NOTA EDITORIAL 

NOTAS VARIAS. . 66.— 139.— 248.— 457.— 

PALMA, CLEMENTE 

Divagación Literaria 

PAZ SOLDÁN. JUAN PEDRO 

El hundimiento de la Escuadra Peruana. 
PORRAS BARRENECHEA. RAÚL 

Palma, satírico 

PUGA DE LOSADA. AMALIA 

Alfombra de luz 

REVISTA DE REVISTAS. 73.— M5.— 

REYLES, CARLOS 

Diálogos Olímpicos 

RIVA AGÜERO Y OSMA. JOSÉ DE LA 

Crítica de Palma 
RIVERO, LUIS A. 

Sonetos 

Así partió (poesía) 

RODRÍGUEZ, CESAR A. 

Oración (poesía) 

ROSSI. SANTIN CARLOS 

Exposición y Objeto del Criterio 
SAGARNA, ANTONIO 

Un eco del dolor argentino 
SÁNCHEZ, LUIS ALBERTO 

Palma, crítico literario, filólogo e historiador. 

SILVA, MEDARDO ÁNGEL 

Poesías 

SOLÉ RODRÍGUEZ. ORIOL 

Leyendas Guaraníes 

Itaberá-Agota 

UGARTE, CESAR A. 

Crónicas de París 

VALDELOMAR, ABRAHAM 

Verdolaga y Composiciones inéditas 

VASOMBRIO, SILVESTRE 

Las tardes de don Ricardo 

VEGAS GARCÍA, ENRIQUE 

Abraham Valdelomar 



^¿^^/9 /// 



MERCVRIO PERVAN( 

REVIáTA MENSVALotCIEMCMí SOCIALEÍY LETRA 




DiRCCnOR 

VÍCTOR APíORCi» bCi^^Vjf^DC 



0V€ J^Ai ctC/DERC 



/- 



L-l/y>^ 



PE-RV 



SUMARIO ' 

M. fl. CARVflJAL 
La d«»c«otrollzoclón admlol»- 
tratlvo «o Colombio-. | 

JOSÉ M. ECUREN 
Bou viejo y Conioloetdn IS 

PHILIP AINSWORTM MEANS 
Uoo noto tobrt Pr«bl»torki Pe- 
ruano 14 

LUIS GONZÁLEZ d«l RIEGO 
José M. Vall«-Rl«ttra 10 

JOSÉ CftBRIEL COSÍO 
EtlrDologío Quechua d« la po- 
lObro Caucho 24 

LUIS GONGORA 
ornado Ñervo 31 

fíRMANDO GODOY 
Poesía» 43 

JUAN PEDRO PAZ SOLDÁN 
El Huodimleoto d« ki Eacua- 
dra Pcruar.a 44 

CflRLOS LEDGflRD 
El njlllón 48 

MEDfíRDO él. SILVA 
PoerDo» 81 

CLEMENTE PAImA 
Divagación Literaria 54 

PEDRO YRIGOYEN 
Lo adhesión de lo República 
Argentino oí trotado de alian- 
za defensiva Perú - boliviano 
de 1873 58 

NOTAS 88 



AÑO II...VOL IIl."No. 13. 



JULIO MCMXi: 



MEKCÜRIO PERUANO 

REVISTA MENSUAL de CIENCIAS SOCIALES y LETRAS 



PERSONAL DE REDACCIÓN 

Víct3r Andrés Belaúnde, Director; César Antonio ligar- 
te, Manuel R. Beitroy, Secretarios; Juan Francisco Elguera, 
Edwin Elmore Adán Espinosa Saldaña, Luis Góngora, Ma- 
riano Ibérico Rodríguezjohn A.Mackay, José Leónidas Ma- 
dueño, Francisco Moreyra y Paz Soldán, Cristóbal de Losada y 
Puga, Alberto Ureta, Carlos Ledgard, Horacio H. Urteaga, 
Luis Várela Orbegoso y Cari os Wiesse y R. 

La Administración de la Revista corre a cargo de la ca- 
sa editora Sanmartí y Ca. 

EL MERCURIO PERUANO 
Publicará: correspondencias europeas de Francisco y 
Ventura García Calderón y José Gálvez; estudios sobre las 
cuestiones de actualidad y, preferentemente, ensayos sobre 
problemas nacionales por reputados escritores: notas biblio- 
gráficas referentes a la producción literaria, jurídica, históri- 
ca, educativa, sociológica, científica y filosófica; informa- 
ciones sobre la vida regional, a cargo de corresponsales espe- 
ciales; revista de política interna > externa por el Director; 
y un suplemento gráfico con una página de arte, una página 
femenina a cargo de la distinguida escritora Miriam y una 
sección de actualidad nacional y extranjera. 

L« OlrecciOa artIsUca estará a cargo del Señor Augusto Mt dueño. 

Economía de la Revista 
La revista se venderá en la Casa Editora y en todas las 
librerías de Lima, al precio de sesenta centavos el número. 

Los suscritores de fuera de Lima, tanto los del extranje- 
ro como los ds la República, deberán añadir por cada nú- 
mero, 30 centavos para gasto de envío por certificado. 

( Una página S. 15 

Tarifa de avisos | ^^^^^ ^ 

( Avisos profesionales. 2 

Para todo lo que se refiere a la redacción de la revista diri- 
girse al Secretario de Redacción, Juan Pablo No. 634 o apar- 
tado No 54 y para todo lo referente a la administración a la $ 
^ Casa editora SANMARTÍ y Ca. calle de San Pedro,388 y 392. ^ 



La descentralización administrativa en 

Colombia 



El notable impulso del progreso colombiano a petar de la 
grave crisis del fisco nacional determinada por la guerra euro- 
pea, ha convidado a la meditación a más de uno de los publicis- 
tas de aquel país. Recientemente, el doctor Diego Mendoza 
Pérez, personalidad eminente del liberalismo, en un artículo 
publicado en "El Tiempo" de Bogotá, atribuye el movimiento a 
la vigorosa autonomía de las secciones y aun se atreve, sin pre- 
tensiones de hacer paradojas, a añrmar que es en estas entidades 
donde reside el espíritu de la cohesión y de la unidad nacional. 

Esas juiciosas observaciones, de difícil comprensión para 
lectores extranjeros que no están en posesión de los anteceden- 
tes históricos, ni conocen la organización política y administra- 
tiva de Colombia, me mueven a escribir estas líneas como con- 
tribución al acercamiento y recíproco estudio de los pueblos 
hispano americanos, doloroso, pero necesario, es reconocer que, 
a pesar de la comunidad de origen, de idioma, de religión, de 
hábitos, de antecedentes políticos y hasta de influencias inte- 
lectuales, estos países se ignoran unos a otros hasta el punto de 
que el escaso intercambio de ideas y de informaciones se hace 
al través de Europa. Cuando un escritor suramericano se reve- 
la en el viejo mundo, empiezan a conocerle los curiosos del nue- 
vo continente. Sabemos de América lo mismo o menos de lo que 
en Europa se sabe. Sólo que aquellos datos fragmentarios los 
comprendemos mejor que los europeos y americanos del norte, 
porque nuestra incomunicación no ha podido ni podrá, afortu- 
nadamente, destruir las afinidades íntimas que nos vinculan. 

En Colombia, como en muchos otros de los Estados libres 
que se constituyeron sobre las ruinas del poder español en A- 
mérica, el problema que más agitó los espíritus, luego de procU- 



2 MERCURIO PERUANO 

mada la independencia, fué el modo cómo debía constituirse el 
Estado, más bien que la forma de gobierno. En los tres prime- 
ros años de vida independiente, de 1810 a 1813, si bien se consa- 
graron en la constitución disposiciones que le daban apariencia 
de monárquica, en la práctica lo que existía era un avanzado re- 
gimen republicano; y de 1813 en adelante, por unánime determi- 
nación, quedó deñnitivamente proclamada la república. 

Pero no hubo el mismo acuerdo respecto al punto mucho 
más esencial de la forma del Estado Acerca de ella se dividie- 
ron las opiniones entre federalistas y centralistas con tal exal- 
tación y violencia que, apenas libradas las primeras batallas con- 
tra el poder español, en 1812 fué manchado el suelo de América 
por la contienda fratricida que abrió la era de las encarnizadas 
luchas internas de nuestro tumultuoso y atormentado siglo 
XIX. 

Conviene, aunque muy rápidamente y a grandes rasgos, es- 
bozar el cuadro político de la época, ya que en él se contienen 
todos o casi todos los factores que más tarde han influido en los 
diversos ensayos que se hicieron en el país hasta 1886, época de 
la cual data la actual organización colombiana que parece tener 
los caracteres de definitiva. 

La principal cuestión consiste en investigar cuáles son los 
elementos naturales y cuáles los artificiales del problema, y 
desde luego precisar o tratar de precisar los puntos de contacto 
entre la tradición colonial y la vida independiente. Hay mu- 
chas hipótesis que hemos aceptado como verdaderas sin más 
que un análisis y una discusión superficiales. Entre otras la de 
que nuestra revolución es hija de la francesa y de la americana 
del norte. A la primera nadie o casi nadie le ha discutido la 
maternidad de nuestra organización democrática, y apenas si en 
los últimos tiempos algunos escritores políticos han negado la 
influencia de la segunda en la desgraciada pero fecunda cues- 
tión federal . Documentos de la época, tales como la declara- 
ción de los derechos del hombre — traducidos e impresos en Bo- 
gotá a fínes del siglo XVIII, por don Antonio Nariño — y los 
discursos y escritos que hacían el elogio más vehemente de la 
constitución americana, bastaron para convencernos de que a- 
quellas influencias fueron únicas y decisivas. Mas en esto hay 
una confusión muy explicable del símbolo con el hecho más 
profundo que representa. 

El régimen español anterior a los Austrias se caracterizó 
por los fueros de los municipios y de las provincias. Los seño- 



LA DECENTRALI2AC10N AD. DE COLOMBIA 3 

res locales mantenían a raya las tendencias de la Corona al po- 
der absoluto. En el peninsular era étnica e histórica la inclina- 
ción a la autonomía seccional, que se robusteció en América con 
el aislamiento en que vivían los diversos centros urbanos de la 
colonia por las enormes dificultades para la comunicación y el 
intercambio social y comercial de unos con otros. Nuestros a- 
buelos vivieron contemplando siempre el mismo horizonte al 
cual contrajeron todos sus afectos vinculados a la tierra, y el 
viejo concepto español de patria, que empezaba en la aldea para 
concluir, ya muy debilitado, en la nación, se circunscribió en la 
América española a la pequeña agrupación municipal. De allí 
el que la independencia granadina fuese proclamada aislada- 
mente por los Cabildos, sin subordinación interna de ningún 
género. 

Convenía también al régimen adoptado por la Metrópoli fo- 
mentar esa desvinculación, mantener ese aislamiento, para ase- 
gurar la sujeción de los dominios americanos a la Corona de 
España. El comercio entre las colonias estaba limitado a de- 
terminados artículos, y en la práctica era nulo. El comercio in- 
terior era restringido no sólo por la casi imposibilidad de las 
comunicaciones, sino por los derechos de alcabala que lo gra- 
vaban enormemente. Al mismo tiempo el poder español favore- 
cía las pequeñas rivalidades en sus dominios. "El descubrimien- 
to de América, dice F. García Calderón, (Le Pérou contemporain, 
P<ig- 51) había roto la unidad española: se trataba como ene- 
migos a los miembros esparcidos del gran cuerpo político". 

¿Qué de extraño, pues, que la tendencia de la América li- 
bre, educada en semejante escuela, sea a la disgregación y nó a 
la unión? Todas estas circunstancias contribuyeron a alimentar 
en lo exterior la política de apartamiento y hostilidad, y en lo 
interior la idea federal, hasta el punto de hacer de ésta una 
forma de gobierno, y nó una forma así como así, sino la más per- 
fecta, la suprema aspiración adonde habrían de enderezarse to- 
dos los esfuerzos de educación cívica de las masas. 

En la Nueva-Granada, la circunstancia de estar la capital 
del Virreinato en una altiplanicie mediterránea, separada así 
del Atlántico como del Pacífico por inmensas regiones desier- 
tas, determinó la formación de otros núcleos urbanos de grande 
importancia en la colonia, tales como Tunja, Cartagena, Popa- 
yán, Antioquia, etc. que fueron otros tantos centros de oposi- 
ción federal. Como es de presumirse, los habitantes de Bogo- 
tá sostuvieron la bandera centralista. 



4 MERCURIO PERUANO 

Fué, pues, original y, si se quiere, español el movimiento. 
La constitución de los Estados Unidos del Norte no suministró 
sino la forma, y esa influencia, lejos de ser benética, desvirtuó 
el movimiento, que en el fondo era municipal, convirtiéndolo 
en federal. Creyeron los fundadores de la República encontrar 
en la carta americana la expresión de sus anhelos regionales y 
la abrazaron con ardor. Triste primer ensayo de imitación sin 
examen que costó cerca de cincuenta años de desórdenes y de 
sangre . 

El proceso histórico de la idea federalista y de sus aplica- 
ciones en Colombia sería materia de una larga exposición, y ya 
la hizo con criterio amplio y penetrante sagacidad José de la 
Vega en su obra La federación en Colombia que ha sido reim- 
presa por la Editorial-América que dirige en Madrid el señor 
Blanco- Fombona; nsí es que en este rápido estudio basta seña- 
lar las épocas principales. Terminada la primera lucha con el 
triunfo de los federalistas en 1814, la dolorosa experiencia de la 
reconquista española iniciada a ñnes de 1815 por la famosa ex- 
pedición del general Pablo Morillo, dio el éxito definitivo a 
los centralistas que fueron hasta el extremo de constituir con 
leyes unitarias a una nación esencialmente federal como lo fue 
la antigua República de Colombia, compuesta de Venezuela, 
Nueva-Granada y el Ecuador. Sólo en 1853 volvió a plantearse 
en la Nueva-Granada el problema. La constitución de ese año 
otorgó «preciable autonomía a Us provincias y les dio a las Cá- 
maras Provinciales utópicas facultades de constituyentes. En 
1855 se erigió a Panamá en Estado Soberano, en 1856 a Antio- 
quia, en 1857 al Cauca, Cundinamarca, Boyacá, Bolívar y Mag- 
dalena. En 1858. se expidió la primera constitución federal de 
la República. Hasta qué punto llegaba entonces la adhesión co- 
lombiana al federalismo nos lo dice la alocución del Presidente 
del Congreso al anunciar a la Nación la nueva carta: "Hoy ter- 
mina la revolución iniciada el 20 de julio de 1810. han triunfa- 
do por fin vuestras virtudes cívicas. El pueblo que nos mandó 
perfeccionar la organización federal de la República juzgará 
si sus delegados han cumplido con su misión". 

El resultado de la organización no tardó en dejarse sentir 
Dos años después, el Presidente del Estado Soberano del Cau- 
ca dictó un decreto en el que declaraba que ese Estado asumía 
la plenitud de su soberanía, y le movió guerra al gobierno de la 
Unión. De allí en adelante, al través de tumultuosos desórde- 
nes y guerras civiles seccionales, la opinión empezó a reaccio- 



LA DECENTRALIZACION AD. DE COLOMBIA 5 

nar, hasta que en el año de 1885, el doctor Rafael Núñez, desde 
el poder, dirigió la revolución más saludable y más eficaz de la 
historia de Colombia independiente. 

El Consejo Nacional de Delegatarios, reunido entonces en 
Bogotá para expedir la nueva constitución, se encontró frente 
al caos pavoroso creado por la federación. "Había en verdad, 
dice el doctor Carlos Calderón, (Núñez y la Regeneración, p. 
16) diez gobiernos, diez políticas, diez legislaciones, diez siste- 
mas de administración; pero no hsbía paz, ni tranquilidad en las 
conciencias, ni reposo en los talleres, ni confianza en los cam- 
pos. Es decir, que una sociedad que tenía tantos organismos pa- 
ra gobernarse, carecía con todo de gobierno." 

No obstante, la adhesión al federalismo aún tenía fuerza, 
así se vio que en el Consejo de Delegatarios más de uno de 
sus miembros sostuvieran la necesidad de perseverar en él ate- 
nuándolo un poco, y todos o casi todos estaban de acuerdo en 
limitar la centralización a la legislación y a la política, dejan- 
do a las secciones completa autonomía administrativa. De esta 
doble tendencia resultó la original organización presente que 
Núñez sintetizó en su célebre fórmula: "Centralización políti- 
ca y descentralización administrativa." 

Habíase creado ya en los pueblos el hábito de mirar como 
cosa sagrada e intangible la demarcación territorial de los Es- 
tados. En un país de tan variados climas y circunstancias y de 
una posición geográfica excepcional entre dos grandes mares, a 
favor del régimen político anterior y del natural desarrollo de 
la vida económica, se había formado el espíritu regional que en 
1886 tenía y que hoy tiene muy hondas raíces. 

Respetó, pues, el Constituyente aquella división, teniendo 
en cuenta la admirable orientación dada por *1 señor Núñez 
en su mensaje de noviembre de 1885: "La reforma política co- 
múnmente llamada Regeneración fundamental, no será copia de 
instituciones extrañas; ni parto de especulaciones aisladas de 
febriles cerebros: ella será un tratado como de codificación na- 
tural y fácil del pensamiento y anhelo de la Nación". Este con- 
sejo, del más acendrado y austero republicanismo, que no sólo 
rechaza la imposición de combinaciones artísticas de los diri- 
gentes sino también el señuelo fascinador de las instituciones 
de otros pueblos, contiene en pocas palabras el espíritu de la le- 
gislación constitucional de Colombia contemporánea, y fué 
la guía que siguieron los Dele¿¿atarios de 1886 al vaciar en mol- 
des estrictamente nacionales la organización que le dieron al 



6 MERCURIO PERUANO 

Estado y, especialmente, al establecer un régimen seccional tan 
original como lo requieren las circunstancias especiales del país 
y la historia de la Nación. 

Respetando la antigua demarcación, se cambió el nombre 
de Estados por el de Departamentos, declarando que "la sobera- 
nía reside esencial y exclusivamente en la Nación". Se unifícó 
la legislación y el ejército, se centralizó el orden público, de- 
jando a las secciones todo lo relativo a la administración de sus 
rentas y de sus bienes, al fomento departamental y a varias o- 
tras actividades administrativas. 

El texto de la Constitución ha sido enmendado en esta ma- 
teria de manera especial por el Acto Legislativo número 3 de 
1910, que en su título XVIII divide el territorio de la Repúbli- 
ca, para su administración, en Departamentos regidos por un 
Gobernador que es a un mismo tiempo agente del Poder Eje- 
cutivo y Jefe de la administración seccional. En cada Depar- 
tamento hay una corporación administrativa de elección popu- 
lar denominada Asamblea Departamental, que se reúne cada año. 
Estas Asambleas tienen como principales funciones — que ejer- 
cen por medio de ordenanzas — reglamentar los establecimientos 
de instrucción primaria y secundaria y los de beneficencia, si 
son costeados con fondos de Departamento; dirigir y fomen- 
tar, con los recursos propios del Departamento, las industrias 
establecidas y la introducción de otras nuevas, la importación 
de capitales extranjeros, la colonización de tierras pertene- 
cientes al Departamento, la apertura de caminos y canales na- 
vegables, la construcción de vías férreas, la explotación de bos- 
ques de propiedad del Departamento, la canalización de ríos, lo 
relativo a la policía local, la ñscalización de las rentas y gastos 
de los Distritos y cuanto se reñera a los intereses seccionales y 
al adelantamiento interno; organizar los Tribunales de Cuentas 
del Departamento, nombrar los Magistrados o Contadores co- 
rrespondientes, presentar ternas a la Corte Suprema de Justi- 
cia para el nombramiento de Magistrados de Tribunales Supe- 
riores de Distrito Judicial, y al Ejecutivo nacional para el de 
Fiscales de los Tribunales y Juzgados Superiores; crear y su- 
primir Municipios con arreglo a la base de población que deter- 
mina la ley y segregar o agregar términos municipales; la 
creación y supresión de Circuitos de Notaría y de Registro y la 
fíjación del número de los empleados departamentales, sus atri- 
buciones y sueldos. 



LA DECENTRALIZACION AD. DE COLOMBIA 7 

Desde luego las Asambleas tienen facultad para establecer 
contribuciones con las condiciones y dentro de ios limites que 
fija la ley, y para expedir anualmente el presupuesto de rentas 
y gastos del respectivo Departamento. 

De acuerdo con el artículo 54 del mismo acto reformatorio 
"los bienes y rentas de los Departamentos, así como los de los 
Municipios, son propiedad exclusiva, respectivamente, de ca- 
da uno de ellos, y gozan de las mismas garantías que las propie- 
dades y rentas de los particulares. No pueden ser ocupadas es- 
tas propiedades sino en los mismos términos en que lo es la pro- 
piedad privada. El Gobierno Nacional no puede conceder exen- 
ciones de derechos departamentales ni municipales." 

Esta disposición es de importancia extraordinaria, pues ga- 
rantiza de una manera absoluta la autonomía fiscal y administra- 
tiva del Municipio y del Departamento. Así hemos podido ver 
que, mientras por consecuencia de la guerra europea, el fisco na- 
cional padecía de una crisis angustiosa, las secciones estaban en 
magnífica situación fiscal, y algunas de ellas, de modo espontá- 
neo, acudieron a la Nación cubriendo con sus propios recursos 
los gastos de varios servicios públicos nacionales y haciéndose 
endosar los documentos para presentarlos en hora oportuna a 
la Tesorería General . 

Hoy algunas de nuestras entidades departamentales dispo- 
nen de apreciables presupuestos que les permiten acometer en 
obras de aliento para el progreso de Colombia. No tengo a la 
vista los cuadros estadísticos que me permitirían suministrar 
un dato completo, pero algunas cifras conservo *»n la memoria 
que pueden ilustrar suficientemente sobre el particular. El De- 
partamento de Antioquia tiene $ 3.000.000 oro (<?/ peso colom- 
biano equivale a 48 peniques) al año; el Valle del Cauca 
1.300.000; Cundinamarca 1.200.000; Caldas i. 000. 000. Son 
quince actualmente los departamentos. 

Antioquia tiene más de 200 kilómetros de ferrocarril que le 
pertenecen y ahora se propone contruir una larga y costosa lí- 
nea que comunique directamente a su capital — Medellín — con el 
Atlántico; Caldas construye rápidamente un ferrocarril que u- 
nirá a Manizales con el río Cauca y con el ferrocarril del Pací- 
fico. El Valle del Cauca construye para la Nación, con recursos 
del Departamento, la costosa y fundamental obra del muelle de 
Buenaventura, puerto del Pacífico por donde se harán en breve 
considerables exportaciones de carbón mineral. 



o MERCURIO PBRUANO 

Las principales rentas departamentales son: la de licores de 
producción nacional, cuya fabricación es propiedad exclusiva de 
esas entidades; la de consumo de tabaco nacional; la de degüe- 
llo de ganado mayor y menor; la de registro, y otras de menos 
importancia. La absoluta autonomía de las Asambleas para esta- 
blecer estas contribuciones no ha dejado de preaentar dificul- 
tades . Especialmente las suscitó la renta de tabaco, artículo que 
no se produce en condiciones igualmente ventajosas en todas las 
secciones. Así vimos que algunas de ellas que ofrecían, como 
Antioquia, un extenso mercado para esa hoja, y cuyos terrenos 
son impropios para la producción de calidades superiores, a- 
doptaron un sistema de impuesto diferencial, gravando mucho 
más el tabaco que procedía de otras secciones para fomentar el 
cultivo interior. Restringíanse de esta manera los mercados y 
la libre concurrencia dentro del territorio mismo de la Repú- 
blica, y se trataba de crear verdaderas industrias artificiales con 
detrimento del natural desarrollo de las adecuadas al medio. 
Ardorosos debates provocó en las Cámaras legislativas la ley 
que suprimió esta suerte de aduanas interiores. 

El Gobernador tiene el doble carácter de agente del Ejecu- 
tivo nacional y de jefe de la administración en el Departamen- 
to. En ejercicio de las últimas funciones goza de la más amplia 
autonomía, no sólo en virtud de lo que disponen la Constitu- 
ción y las leyes de la República, sino por el derecho consuetu- 
dinario que una sucesión de jefes del Estado respetuosos y pru- 
dentes han ido consagrando en la práctica gubernativa. 

De acuerdo con la carta fundamental de Colombia los Go- 
bernadores tienen las siguientes atribuciones principales: 

Cumplir y hacer que se cumplan en el Departamento las 
órdenes del Gobierno; dirigir la acción administrativa en el De- 
partamento, nombrando y separando sus agentes, reformando o 
revocando los actos de éstos y dictando las providencias nece- 
sarias en todos los ramos de la administración; llevar la voz del 
Departamento y representarlo en asuntos políticos y adminis- 
trativos; auxiliar la justicia como lo determine la ley; ejercer 
el derecho de vigilancia y protección sobre las corporaciones o- 
ficiales y establecimientos públicos; sancionar en la forma le- 
gal las ordenanzas que expidan las Asambleas departamentales; 
revisar los actos de las Municipalidades y los de los Alcaldes 
por motivos de inconstitucionalidad o de ilegalidad, revocar los 
últimos y pasar los primeros a la autoridad judicial, para que 
ésta decida sobre su exequibilidad. 



LA DECENTRALIZACION AD. DE COLOMBIA V 

Los Gobernadores tienen, además, la muy importante facul- 
tad de nombrar Magistrados interinos cuando se produzcan va- 
cantes en los Tribunales Superiores de Distrito Judicial. 

Los jefes militares obedecen las instrucciones de los Gober- 
nadores y deben prestarles el auxilio de la fuerza armada, sal- 
vo las disposiciones especiales que dicte el gobierno nacional. 

Para el funcionamiento del gobierno seccional los Gober- 
nadores tienen secretarios de su libre nombramiento y remo- 
ción. En algunos Departamentos existe sólo un Secretario Ge- 
neral y un Director o Secretario de Instrucción Pública; pero 
en la generalidad el despacho de los asuntos está dividido en 
tres ramos — gobierno, hacienda e instrucción pública — y a cada 
uno de ellos corresponde un secretario que debe autorizar la 
fírma del Gobernador. 

Este dirige anualmente a la Asamblea un mensaje en que 
expone a grandes líneas el proceso administrativo departamen- 
tal y al que deben ir acompañados impresos los informes de los 
secretarios en sus ramos respectivos. 

En las Asambleas tienen voz los Secretarios de la Goberna- 
ción y facultad para proponer. En caso de desacuerdo puede el 
Ejecutivo departamental objetar las ordenanzas, pero una vez 
declaradas por la corporación inadmisibles las objeciones, tie- 
nen el Gobernador y el Secretario respectivo que sancionar y 
promulgar la ordenanza, aunque sea inconstitucional o ilegal, y 
cuando no lo hicieren asi, el Presidente de la Asamblea ordena- 
rá la promulgación, que surte sus efectos legales en esta forma. 

En caso de inconstitucionalidad o de ilegalidad de una or- 
denanza, puede el Gobernador, o cualquier ciudadano, acusarla 
ante el Tribunal de lo Contencioso-Administrativo, quien re- 
suelve en primera instancia. La segunda se surte ante el Conse- 
jo de Estado, en Bogotá. 

La Asamblea es, además, el tribunal supremo de cuentas- del 
Departamento. Cada año estudia y fenece la cuenta general del 
presupuesto y del tesoro que debe presentar el Secretario de 
Hacienda. '^'f^^ 

La administración municipal está organizada de una ma- 
nera análoga a la departamental . El Alcalde es de libre nom- 
bramiento y remoción del Gobernador y es, a la vez, agente de 
éste y jefe administrativo del Municipio; pero las funciones de 
los Consejos Municipales no sólo son de reglamentación admi- 
nistrativa — la que ejercen por medio de acuerdos — sino que son 
también ejecutivas Los empleados superiores del Municipio, 



10 MERCURIO PERUANO 

menos el Alcalde, son nombrados directamente por el Concejo. 
Los principales, que comprenden a todos los Municipios de la 
República, son: Jueces de menor cuantía, Personcros y Tesore- 
ros Municipales. Cada Concejo puede crear los empleos que 
juzgue necesarios, fíjarles las asignaciones y hacer los nombra- 
mientos correspondientes. 

Es regla general que informa el derecho administrativo 
colombiano la de que la entidad que carga con un servicio lo 
dirige; pero tenemos varios casos de excepción. Así los suel- 
dos del poder judicial corresponden a la Nación, y los locales, 
muebles y asignaciones de escritorio para este servicio son de 
cargo del Departamento. Los Municipios están obligados a su- 
ministrar edificios debidamente amueblados para las escuelas 
de enseñanza primaria, cuyo sostenimiento y dirección corres- 
ponde al Departamento. Las escuelas normales de institutores 
son nacionales y, sin embargo, el Gobernador nombra los profe- 
sores cuando esta función debía corresponder al Ministerio de 
Instrucción Pública Otra anomalía son las cárceles de cir- 
cuito a cargo de los departamentos. 

Las Asambleas se componen de tantos diputados como co- 
rresponden a la población del Departamento, a razón de uno por 
cada veinte mil habitantes. Pero en aquellas secciones que tie- 
nen menos de trescientos mil se eligen siempre quince diputa- 
dos, que es la menor cifra de que puede componerse la corpo- 
ración . 

Los diputados, así como los miembros de los Concejos Mu- 
nicipales, se eligen por el sufragio directo de los pueblos, al que 
tienen derecho todos los colombianos mayores de veintiún 
años, inclusive los analfabetas. Para este efecto el Departamen- 
to puede dividirse, por disposición de la Asamblea, en varias 
circunscripciones electorales, pero en ningún caso debe haber 
círculos en que se elijan menos de tres diputados porque, de a- 
cuerdo con la constitución nacional, "toda elección en que se 
vote por más de dos individuos se hará por el sistema del voto 
incompleto, o del cuociente electoral, o del voto acumulativo, u 
otro cualquiera que asegure la representación proporcional de 
los partidos". El sistema adoptado actualmente es el del voto 
incompleto. 

En las elecciones para consejeros municipales cada Munici- 
pio es una circunscripción indivisible. 

El: mandato de los diputados y de los concejeros dura dos 
años, y cada corporación se reúne por derecho propio en la fe» 



LA DECENTRALIZACION AD. DE COLOMBIA 1 1 

cha que la ley señala. Los Concejos son permanentes. Las A- 
sambleas sesionan por cuarenta días cada año y pueden prorro- 
garse (en la práctica se prorrogan casi siempre) con el voto de 
las dos terceras partes de los diputados presentes, hasta por 
veinte días más. El Gobernador tiene facultad para convocar a 
sesiones extraordinarias. 

Esta organización original que evita los inconvenientes de 
una federación política y los de una centralización administra- 
tiva, es el fruto de nuestra accidentada historia y de las circuns- 
tancias excepcionales de un país cuya doble costa sobre los ma- 
res más importantes del mundo y la difícil comunicación inter- 
na, combinadas con el desarrollo creciente de algunos centros 
mediterráneos, llegó a afectar hondamente la unidad nacional y 
creó necesidades a que era preciso atender de una manera ade- 
cuada. Veinte años de paz, la no perturbada normalidad del fun- 
cionamiento de las instituciones y el acuerdo de los partidos, 
único verdaderamente sólido de nuestra historia independien- 
te — sobre la necesidad de conservar este orden jurídico, son 
pruebas irrefragables de acierto. 

Hubo gran cordura en no pretender consolidar la unidad 
nacional por la fuerza. Se suprimieron los factoies de pertur- 
bación: todo lo que era irreal o anticientífico en la organización 
política, y se dejó a las secciones la autonomía necesaria para 
que ellas mismas velaran por su buena administración y pro- 
greso. La idea central pertenece al doctor Núñez: en su desa- 
rrollo han tomado parte todos los colombianos, inclusive los 
que más acre e implacablemente combatieron en un tiempo, fe- 
lizmente ya lejano, al profundo pensador y gran estadista que 
bajó al sepulcro hace un cuarto de siglo pero cuya estrella, ya 
sin eclipses, marca los rumbos de la Nación. 

Merced al sistema adoptado, un soplo renovador de pro- 
greso y de vida económica, sin precedentes en nuestra historia, 
refresca y anima todos los ámbitos de Colombia y, atenuadas las 
fuerzas centrífugas, el imponente y variado movimiento de las 
secciones ha creado definitivamente la armonía nacional. 



M. Á. CARVAJAL. 



Bote viejo 



Bajo brillante niebla, 

de saladas actinias cubierto, 

amaneció en la playa, 

un bote viejo. 

Con arena, se mira 

la banda de sus bateleros, 

y en la quilla, verdosos 

calafateos . 

Bote triste yacente, 

por los moluscos horadado; 

ha venidos de ignotos 

muelles amargos. 

Apereció en la bruma 

y en la harmonía de la aurora ; 

trajo de los rompientes 

doradas conchas. 

A sus bancos remeroi, 

a sus amarillentas sogas 

vienen los cormoranes 

y lar gaviotas. 

Los pintorescos niños, 

cuando dormita la marea, 

lo llenan de cordajes 

y de banderas. 

Los novios, en la tarde, 

en su alta quilla se recuestan; 

y a los vientos marinos, 

de amor se besan. 

Mas, el bote ruinoso 

de las arenas del estuario, 



BOTE VIEJO 13 



ansia los distantes 
muelles dorados. 
Y en la profunda noche, 
en fino tumbo abrillantado, 
partió el bote muriente 
a los puertos lejanos. 



Consolación 

De tarde, en la fatídica llanura, 

está Consolación 

junto al lago doliente de las lágrimas. 

A ella van, remolas peregrinas, 

las novias y las madres que, en la bruma 

de las vísperas negras, 

modularon los últimos adioses. 

Pálida sombra viene; 

las torres musicales se han dormido, 

y cl vesperal flamero está sin luz ; 

Consolación recibe dolorida 

estas murientes almas, 

que huyen de los silencios del pesar; 

con melodioso amor las acaricia, 

trémula de piedad con ellas llora; 

í y en el confín de la llanura inmóvil, 

lagos de sangre hirvientes, 

con angustia mortal miran sus ojos! 



JOSÉ M. EGUREN 



Una nota sobre la Prehistoria Peruana 



Es usual entre los escritores de prehistoria peruana aceptar 
integramente el sistema cronológico del distinguido antropólogo 
doctor Max Uhle. Aunque este famoso autor ha hecho más que 
ningún otro hombre de ciencia por incrementar nuestro conoci- 
miento de las culturas antiguas del Perú y de los países vecinos, 
sin embargo incurre en gravísimo error cuando pretende que 
existieron dos culturas distintas entre los Chimús. En verdad, 
a mi juicio, hubo dos razas que entraron en la América del Sur y 
la poblaron : la que penetró por la vía de la ribera marítima del Pa- 
cífico, y la que vino a través de las selvas frondosas del Brasil, 
desde la costa del Atlántico, teniendo ambas razas (o mejor di- 
cho, ambas ramas de la misma raza) por cuna original a Centro- 
América y México. A la primera rama o grupo étnico pertene- 
cían los Chimús, los Nazcas o Yuncas, los demás habitantes ci- 
vilizados de las regiones costeñas del Perú, y también los pobla- 
dores primitivos de la costa del Ecuador y de Chile. Al segun- 
do grupo pertenecían los iniciadores primitivos de la cultura de 
Tiahuanaco en Bolivia, y también sus descendientes, los Incas. 

Hay una tendencia lamentable al clasificar los restos que 
representan dos o tres fases de una sola cultura a separarlas de- 
masiado, de tal manera que parece que representan dos o tres 
culturas distintas. Es muy claro, por ejemplo, que los ejempla- 
res hallados en Tiahuanaco y en otras regiones bolivianas por 
Uhle, Courty, González de la Rosa, Arturo Posnansky y otros, 
representan meramente dos fases de una misma cultura: una ru- 
dimentaria y la otra más reñnada, a consecuencia del estímulo 
proveniente del contacto con las civilizaciones costeñas. No 
obstante, en sus frenéticos y extravagantes esfuerzos por probar 
sus teorías sandias, Posnansky se inclina a falsear los insignes 
resultados positivos de sus propios trabajos, y rechaza con al- 
tanería e insolencia, pero sin sabiduría científíca y bien funda- 



UNA NOTA SOBRE PREHISTORIA PERUANA 1 5 

da, a los que, más sabios que él, quieren deducir las verdaderas 
consecuencias de sus trabajos y descubrimientos, ya que median- 
te las fotografías admirables publicadas por Posnansky, y con 
investigación paciente en las colecciones particulares del señor 
Mayor Federico Diez de Medina y del señor Agustín de Rada, 
es muy fácil comprender la significación verdadera de los obje- 
tos encontrados en Tiahuannaco. (i). 

Voy a explicarla. En Tiahuanaco y sus alredores existió 
una cultura que principió a desarrollarse muy humildemente y 
que fué muy semejante a la llamada cultura arcaica de México, 
Centro-América y las costas de la América del Sur. Poco a po- 
co, progresó esa cultura hasta estimularse en sus relaciones con 
las culturas más adelantadas de la costa. La mera causa de este 
contacto fué el comercio entre la costa y la tierra adentro. A 
consecuencia de tal comercio injertáronse nuevas ideas, nuevos 
métodos entre los Tiahuanaquenses, produciendo una fase cultu- 
ral más complicada. La realidad de todo esto se prueba por me- 
dio de una comparación cuidadosa de los rastros de la fase pri- 
maria de Tiahuanaco con los de la segunda. De tal comparación 
aparece que las contribuciones de la fase primitiva a la secun- 
daria, fueron: el arte de labrar piedras, la costumbre de decorar 
la alfarería y otros objetos con dibujos estilísticos y rectangu- 
lares grabados en el material, y un conocimiento rudimentario 
de la arquitectura Después del contacto mencionado con la ci- 
vilización costeña, la alfarería de Tiahuanaco cambió mucho, 
imitando a las vasijas de Nazca y pintándose con los colores 
brillantes de la cultura de la ribera marítima. A la vez, progre- 
saba el grado general de la civilización, estimulada por las nue- 
vas influencias. En lo que podemos llamar la tercera fase de 
la cultura Tiahuanaquense, hubo expansión enorme hasta re- 
giones lejanas. Pueden verse muestras de esta tercera fase en 
muchas colecciones, especialmente en las del doctor Javier 
Prado y Ugarteche y del doctor Julio C. Tello en Lima. 

¡ Lástima que no haya bosquejado esta sucesión de fases, perfec- 
tamente clara, sencilla, natural t importante, el señor Arturo 
Posnansky! En lugar de enterarse prolijamente con laborioso 



(i). Gracias a la bondad del señor don Manuel Vicente Ballivián, 
se me permitió examinar las colecciones ya mencionadas. Hay otras 
colecciones de gran valor en La Paz, siendo las principales, las del se- 
ñor Posnansky y del Museo Nacional . Los poseedores de las varias co- 
lecciones me dieron todas las facilidades necesarias y me demostraron 
muchas amabilidades. 



16 MERCURIO PERUANO 

estudio de los trabajos de científicos ya reputados, tales como 
Uhle y Hrdlicka, este investigador, alucinado y tenaz, intenta 
torcer los hechos para dar apoyo especioso al cúmulo de enga- 
ños y conceptos erróneos con que se ha sugestionado, embau- 
cando a los incautos e ignorantes. Gran lástima es, porque tan- 
to hay de bueno en los libros de Posnansky que habría dado sin 
duda muchas luces a nuestro conocimiento, de no haber manci- 
llado su reputación científica en su juventud con necias extra- 
vagancias acerca de la antigüedad del hombre en este hemisfe- 
rio. 

Asimismo, pero con espíritu y sabiduría muy distintos, el 
doctor Max Uhle se ha equivocado al establecer la importancia 
real de sus trabajos y descubrimientos. A mi hnmilde parecer, 
Uhle entiende mal lo exacto acerca de los Chimús. Ha probado 
que en remotos tiempos existió en la Costa una cultura rudi- 
mentaria, que puede eslabonarse con la llamada cultura arcai- 
ca de muchas partes de América, cultura que emigró del norte, 
trayendo consigo el arte de cultivar las sementeras y el de ha- 
cer alfarería. Esta cultura dio a luz culturas posteriores llama- 
das por Uhle "Proto-Chimú" y "Chimú". Según él, la civiliza- 
ción "Proto-Chimú" fué seguida por un período en el cual pre- 
dominó la influencia de Tiahuanaco. Más tarde, tras la destruc- 
ción del llamado imperio de Tiahuanaco surgió otra nueva cul- 
tura, la de los Chimús, y fué finalmente asimilada por los Incas. 

En este sistema de la serie de culturas no convengo ahora, 
aunque lo he aceptado en mis escritos anteriores. A consecuen- 
cia de mis trabajos últimos en el Perú y Bolivia, me parece que 
la civilización llamada "Proto-Chimú" y la llamada "Chimú" 
fueron únicamente dos fases de una sola cultura, aunque sepa- 
radas por el período de la influencia de la cultura de Tiahuana- 
co. 

Voy a bosquejar las razones que me hacen creerlo así. En 
primer lugar, las decoraciones del arte llamado "Proto-Chimú" 
fueron muy realistas y vivaces, y consistían en pinturas y otras 
clases de representación muy naturales. Por supuesto, que ha- 
bían varios dibujos convencionales, pero los primeros predomi- 
nan. Lo mismo, o casi lo mismo, puede verse en la cultura lla- 
mada "Chimú", aunque aquí, los colores, que fueron muchos, se 
han convertido en sombríos. Este cambio se debe, sin duda algu- 
na, a la influencia del arte de Tiahuanaco. En segundo lugar, 
en las regiones que no poseen muchos rastros de la cultura de 
Tiahuanaco, las reliquias de la cultura preincaica son casi todas 





Figura 2' 



-Vasija de la cultura 
Sr. Elias y 



Chimú. 
Elias) 



(Col« 



del 




Figura I" — Vasija de estilo Tiahua- 
naquense. (Colección del señor 
Elias y Elias). 



Figura 3" — Vasija Chimú. (^Colección del Sr. Eguiguren) 





i»V'*4 



Figura 4" — Dos vasijas de forma incaica con dibujos grabados d 
Tiahuanaquense. (Colección del Sr. Elias y Elias) 



e estilo 



tile 



UNA NOTA SOBRE PREHISTORIA PERUANA 17 

del mismo tipo. Tal región es la del valle del Chira y del depar- 
tamento de Piura en general. Se representa muy bien esta parte 
del Perú en las colecciones del doctor D. Víctor Eguiguren en 
Pi' ra y del señor D. Luis Elias y Elias, en Morropón. Es ver- 
d'.J que hay transición aparente del barro rojo al barro negro, 
pero no se sabe si es una transición cronológica o geográñca; 
acaso comprende elementos de ambas clases. 

Hay ejemplares del arte de Tiahuanaco en la colección del 
señor Elias. Esa colección de objetos, cuya mayoría proviene 
de la región ubicada entre Chulucanas y Huarmaca, se distingue 
por varios objetos únicos. Hay, por ejemplo, una vasija de cator- 
ce pulgadas de alto. Es hecha de barro negro con tinte rojizo. 
La calidad del material es muy fíno: esta vasija aparece en la Fi- 
gura la. Muy claro es que aunque sea este ejemplar de la más 
alta rareza, pertenece al mismo tipo de objetos que la piedra de 
Chavín y la puerta del sol de Tiahuanaco. Es decir, este objeto 
representa una variedad degenerada de la cultura de Tiahuana- 
co. Este hecho, considerado en conjunto con los de que el ma- 
terial es barro negro (muy característico más al sur de la época 
post — Tiahuanaqnense) y de que una parte de la decoración es 
picada casi de la misma manera que en vasijas tales como las que 
aparecen en las ñguras 2 y 3, sugiere que el periodo de la vasi- 
ja de que se trata sea del ñn del imperio de Tiahuanaco o de los 
principios del período posterior de los Chimús. 

Otros ejemplares de modelos en la colección del señor E- 
lías son también muy sorprendentes. Se ve en la figura 4 un 
grupo de vasijas que se singularizan por la combinación extra- 
ordinaria de formas perfectamente incaicas con decoraciones 
pintadas o grabadas de tipo Tiahuanaquense . Esta combinación 
denota que la cultura tiahuanaquense llegó en esa región (de 
Chulucanas) bastante recientemente, a mezclarse y confundirse 
un poco con la cultura subsecuente de los Incas. 

Pero la mayoría de los objetos poseídos por el señor Elias, 
así como la de los ejemplares del doctor Eguiguren, pertenecen 
evidentemente a la cultura costeña llamada por el doctor Uhle 
"Chimú", Véase la figura 5. La ausencia completa de objetos de 
ía llamada cultura "Proto-Chimú" es cosa notable en la arqueolo- 
gía piurana. Pues patente es q' esa cultura no se encuentra en ese 
departamento. Los restos que me parecen los más antiguos son 
unas figurillas de barro, o rojo o negro, y también varios vasos 
con dibujos sencillos. Estos objetos (figura 6) pueden morfo- 
lógicamente eslabonarse con el tipo arcaico. Con excepción de 



18 MERCURIO PERUANO 

este grupo de artefactos, los pocos objetos de estilo tiahuana> 
quense me parecen los más antiguos de esa región. Pero su ra- 
reza misma denota que dicha cultura nunca fué preponderante 
en la región; lejos de eso, parece que la cultura de Tiahuana- 
co, representada por los objetos mencionados, fué meramente 
contemporánea de alguna parte de la prehistoria piurana. 

Antes de concluir este articulo breve, yo deseo sugerir do« 
posibilidades acerca de la prehistoria de ese departamento. 

(i). Quizá la ausencia total de vasijas de la cultura llama- 
da por el doctor Uhle "Proto-Chimú" significa que esa clase de 
objetos fué tan sólc el tipo más desarrollado y aristocráti- 
co de la cultura de los Chimús y que se destinó al uso del cura- 
ca y de su corte. Viene a corroborar esta inducción el hecho de 
que objetos de esa clase se encuentran principalmente en luga- 
res que parecen haber sido grandes centros de la cultura. 

(a). En opinión del doctor Uhle dondequiera se halla la 
cultura llamada por él "Proto-Chimú" parece ser mucho más 
antigua que la llamada "Chimú", y el periodo en el cual predo- 
minó la influencia de la cultura Tiahuanaquense intervino en- 
tre aquéllos dos. Más esto se explica teniendo en cuenta que 
quizá la ausencia de la cultura "Proto-Chimú" en el departamen- 
to de Piura se debe a que esa región fué descuidada por las pri- 
meras generaciones de la tribu Chimú, quienes la dejaron en 
poder de la población arcaica. Esto seria bastante natural a cau- 
sa de las condiciones geográficas y las de los alrededores de di- 
cho departamento. El clima penoso y su influencia sobre la his- 
toria en días más recientes han sido descritos ya por el Dr. E- 
guiguren. Si el clima pudo incomodar así a los españoles, ¿no 
es probable que estorbase y retardase la ocupación del distrito 
por los Chimús hasta que su población aumentó considerable- 
mente? Esa mezcla ya descrita de motivos tiahuanaquenses y 
chimús en la misma vasija denota la transición de una cultura a 
la otra. Tal transición se verificó también en las regiones de 
Arequipa y Cuzco. 

Confieso francamente que la última de estas dos posibili- 
dades me parece la mejor. Aceptándola provisionalmente voy a 
trazar un diagrama de lo que me parece la serie de is culturas 
prehispánicas en el departamento de Piura. 




Figura 5' — Vasijas de la cultura Chimú. (Colección del Sr. Elias y Elias) 





Fim(f-a 6" — Figurillas parecidas a las de la cultura arcaica de México, 
Centro-América y el Perú (Colección del Sr. Elias y Elias) 



UNA NOTA SOBRE PREHISTORIA PERUANA 19 



CUADRO DE LAS CULTURAS ANTIGUAS DEL DEPAR- 
TAMENTO DE PIURA. 



I.— TIPO ARCAICO O CULTURA ARCAICA.— Figu- 
rillas y vasijas con dibujos sencillos, o grabados o pintados. 
Barro rojo y barro negro. 

II.— TIPO TIAHUANAQUENSE— Emparentado con el 
Chimú por un lado y con el incaico por el otro. Intrusivo. 

III.— TIPO CHIMU— Vasijas de barro rojo, negro y 
blanco. Formas y dibujos característicos de la cultura. Los ob- 
jetos de esta clase son generalmente algo toscos, como si fuesen 
provinciales. 

IV.— TIPO INCAICO.— Muy parecido al mismo tipo en 
otras regiones; considerablemente influenciado por las cultu- 
ras anteriores. La calidad de las vasijas generalmente algo 
tosca. 



NOTA: En algunas excavaciones practicadas en la huaca 
de Sojo, hallé un tejido de dos pulgadas de largo. Su color 
es amarillo, rojo y azul. Este ejemplar es el único que conoz- 
co de tejido o tela en región tan septentrional. 



PHILIP AINSWORTH MEANS. 
Lima, 12 de Mayo de 19x9. 



José M. ValIc'Riestra 



La figura de José Valle-Riestra se destaca en nuestro mun- 
do artístico con una fírmeza de líneas vigorosa. 

Muy joven aún, sintió en su mente ebulliciones extrañas y 
en su alma estremecimientos incomprensibles, que estaban lejos, 
por cierto, de ser producidos por los estudios que a la sazón 
realizaba. Su alma vibraba a impulsos de sensaciones descono- 
cidas cuya necesidad de expresar sentía con vehemencia cada 
vez mayor: pero en la generalidad de las veces, ya sea por el 
pobrisimo ambiente artístico que siempre nos ha rodeado, ya 
por algunos prejuicios que en su familia existían, lo cierto es 
que sus tendencias artísticas se vieron siempre contrariadas, 
hasta que independizada su voluntad y en plena conciencia de 
tus vocaciones artísticas, se dedicó empeñosamente al estudio de 
la música. Aprendió lo que pudieron enseñarle; mas como com- 
prendiera que en tan estrechos límites no era posible que cu- 
pieran los arcanos del arte, solo, y sin mas bagaje que sus esca- 
sos conocimientos musicales se lanzó, con el denuedo del que 
necesita triunfar, en el intrincado laberinto del Tratado de 
Instrumentación de Berlioz. ¡Cuántas noches de vigilia! ¡cuán- 
tos desalientos una y cien veces repetidos!, ¡qué lucha titánica 
para penetrar los misterios de la arquitectura musical, y, a la vez, 
qué inmenso deseo de expresar artísticEimente sus emociones es- 
téticas! Pero todo fué vencido. Trasladado al viejo mundo, 
en la ciudad luz, en la ciudad emoción, París fué su tierra de 
promisión. Al lado de grandes maestros, en ambiente artístico 
profundo y deslumbrador, acabó de formarse y adquirió los pri- 
meros lincamientos de su personalilidad artística. En esta 
época principia a producir y escribe una serie de romanzas y 
bocetos sinfónicos. 

Sintiendo intenso amor por su patria y comprendiendo las 
originales bellezas de nuestros temas populares indios, concibe 



Un poeo »giuu. 



Cantar de EHeine 

tMer. 



J VAILB RUSTRA.. 




Jfi 



ñM. at . tre mi j>e. — _ eA» pon tu 




Bt juefm.it Jai _tf!w- tro umarpin. le . ^ n /*. irén. do leu. tt. 




^ 



F-^^'jf- 










rallmoHo e din 



{ 



JOSÉ M. VALLE-RIESTRA 21 

y ejecuta su primera obra de aliento, inspirada en la sentimental 
leyenda de Ollantay. 

En una amplía y dilatada meseta andina, pletórica de Itiz 
y bañada por las r.^^uas susurrantes del tumultuoso Vilcanota, se 
alzaba el Imperio de un poderoso y magnánimo monarca, dueño 
y señor, padre abnegado y solícito de su vasto pueblo, hijo del Sol 
Viracocha. Su magnanimidad, su influencia bienhechora, se ex- 
tendían más allá de las cien leguas a la redonda de su trono . 

Era Cusi-Coillur, su hija, su orgullo y su alegría, que de su 
madre heredera la bondad, la angélica belleza y de él, su padre, 
la gallarda y magnánima gentileza de la raza. 

La bocina de guerra había resonado nuevamente, repercu- 
tiendo su eco ^gubre por los ámbitos del vasto Imperio. Una 
tribu altanera osaba alterar la paz. Cien generales acu- 
dieron en su defens-i. Ollanta, el más generoso, el más ga- 
llardo, el más clemente fué el victorioso y regresó en triunfo, 
prosternando a los pies de su señor a la tribu rebelde. 

— Has merecido bien de la patria y es justo recompensarte, 
dice el Inca, Pide y te será concedido. — Ha sido, señor, la ima- 
gen, el espíritu, el amor de Cusi-Coillur, el que guió mis pasos, 
iluminó mi cerebro y dio vigor a mi brazo en la titánica pelea. 
Concédemela esposa. Celoso de la tradición y fíel guardador de 
ella, el monarca, con sorpresa y amargura, exclama : no es san- 
gre real la que corre por tus venas. No pidas lo que me está 
vedado concederte. 

El orgullo herido, el amor contrariado vencen en el espíri- 
tu del heroico guerrero y se rebela contra su señor. Sacrilego, 
rapta del templo a su divino amor y huye con ella y sus ejér- 
citos a Ollantaytambo, la inexpugnable fortaleza. 

Vencido por dolor inconsolable sucumbe el desventurado mo- 
narca; y lo que no pudieron obtener el valor y el heroísmo de in- 
números guerreros, lo consigue Rumiñahue con la astucia y la 
tracción. El pérfido general se fínge vejado y escarnecido por el 
Inca y ocurre a Ollanta demandando protección. Noble y genero- 
so, sin concebir siquiera q' petición tan humildemente solicitada 
encubriera tan negrs felonía, concede el hospedaje a Rumiñahue, 
quien, aprovechando del regocijo de una fíesta vende cobarde- 
mente, breves días después a su protector. Perdidas las espe- 
ranzas de felicidad los desventurados amantes ponen fin a su 
idilio dándose muerte. 

La serie de complicadas situaciones, la honda sentimenta- 
lidad del drama, la perfecta noción que siempre tuvo el maes- 



22 MERCURIO PERUANO 

tro de la compenetración entre el sentido musical y el drama, 
se exhiben en esta obra con caracteres bien deñnidos. Si es 
verdad que en el discurso musical se percibe en algunos pasa- 
jes, claramente, la influencia de sus primeros modelos, en 
cambio tiene la obra, desde sus comienzos, rasgos característicos 
de una personalidad bien deñnida, personalidad que se reafírma 
en su obra posterior para culminar a través de "Bocetos de Fu- 
ga", "Ariette", "Cantar de Heine", "Chant d' Amour", "Nostal- 
gie d' Amour", "Rosas de Jamaica", "En Oriente" y otras mu- 
chas melodías y obras sinfónicas, en su enorme "Misa de Ré- 
quiem" y su ópera "Atahualpa" inconclusa aún. 

Son notables en "Ollanta" por su arquitectura, por su ori- 
ginalidad, por la manera de tratar el tema, el Intermezzo y los 
bailables del tercer acto, la plegaria al Sol y el dúo yaraví del 
segundo . 

£1 maestro, teniendo el mismo punto de mira que los refor- 
madores de la música nacional rusa (Rimski-Korsakoff, Cesar 
Cui, etc,) difiere de ellos en cuanto al proceso de la evolución. 
Los rusos, al hacer su nueva obra, eslabonan los temas, desarro- 
llándolos, ampliándolos, conformándolos a las nuevas formas 
de la arquitectura musical. Valle-Riestra extrae de los temas 
indios toda su poesía, todo su calor, toda su esencia y la diluye 
en su espíritu para producir obra directa. Los primeros conser- 
van los temas al través del desarrollo ; el segundo pone en su obra 
el espíritu de ellos. Es por esto que no se podría hallar en la 
obra del maestro ninguno de los temas propiamente dichos que 
constituyen nuestro folklore, sino que vagan todos ellos en la 
música misma, lo que le dá ese carácter propio, inconfundible, de 
música exclusivamente suya. Esta circunstancia ha dado tam- 
bién ocasión para añrmar que el maestro no ha escrito música 
incaica; sin distinguir los que tal añrmación hacen, la sustan- 
cial diferencia que existe entre la reproducción literal del te- 
ma popular, el desarrollo que de él pueda hacerse y lo que el 
maestro ha hecho: buscar directamente su espíritu y hacer mú- 
sica propia. 

"El Cantar de Heine" que hoy publica Mercurio Perua- 
no con justificado orgullo, nació en la mente del maestro y lo 
sintió en su alma, oyendo declamar a su tierna hijita la célebre 
poesía que dice: 

Niña, sobre mi pecho pon tu mano 
jQué golpes I Qué inquietud II 



JOSÉ M. VALLE-RIESTRA 23 



Es que trabaja adentro un carpintero 
Labrando lentamente un ataúd. 

Trabaja noche y día, trabaja sin cesar, 

Date prisa, maestro, 

Que tengo sueño y quiero descansar!!! ' 

La música, siguiendo la índole del verso, está impregnada de 
honda melancolía, de esa extraña y agobiante melancolía que 
invade el ser cuando se contempla a aquellos retoñitos del al- 
ma y se fíja con angustia la mirada en la insondable oscuridad 
del porvenir. ¿Cómo prevenir para ellos? ¿Cómo protejerlos 
contra las durezas, inclemencias e injusticias de la vida? 

Esta es la impresión, el estado de ánimo del maestro mientras 
que de la boquita del ser amado brotaban las palabras medio in- 
formes, inacabadas, llenas de encanto. 

Ese sello de angustiosa tristeza, de que está impregnada 
toda la obra, lo caracteriza la modalidad menor en que está es- 
crita y afírma más ese carácter de intranquilidad, la constante 
modulación, siempre indecisa, que se nota en todo el discurso 
musical . La mano derecha, a la vez que hace el canto de la me- 
lodía, sostiene un persistente ritmo que representa los latidos 
acelerados del corazón, ese "carpintero que dentro labra lenta- 
mente un ataúd" y a quien el poeta dice suplicante: 
"Date prisa, maestro, 
"Que tengo sueño y quiero descansar' 



LUIS GONZÁLEZ DEL RIEGO. 



Etimología quechua de la palabra gaucho 



En un artículo, publicado ha unos meses, el señor R. Cú- 
neo Vidal, bastante dedicado a estudios de interpretación histó- 
rica americana, ha tratado de hallar la etimología de la voz 
GAUCHO, en la palabra quechua Kcahuaichu, a la cual le da la 
acepción de veedor o mirón, y cuya contracción fonética, según 
el autor del artículo, ha originado la plabra GAUCHO, que de- 
signa al habitante de la campaña argentina, tan caracterizado 
por su vida inquieta y aguerrida, y que hoy tiende a desaparecer 
por su conjunción con el elemento social del país. 

La aseveración de que el quechua del Cuzco se extendió, 
junto con la expansión de los Incas, hasta algunos pueblos de 
la actual República Argentina, es innegable, como lo prueban 
suñcientemente las innumerables voces de aquel origen usadas 
actualmente entre los habitantes del campo, y unas pocas aún 
en el habla común del pueblo de las ciudades argentinas. Basta 
leer fragmentos de la Literatura Gauchesca, las sencillas e ima- 
ginativas trovas de los payadores, en Martín Fierro, Santos Ve- 
ga, o, si todavía se quiere más, en las frescas y muy americanas 
novelas de costumbre criollas de Martínez Zuviría, el popular 
autor de La Casa de los Cuervos, de Lynch y otros, pa- 
ra quedar convencidos de lo profundamente arraigadas que que- 
daron en suelo argentino las semillas de la lengua del Cuzco. 

En una serie de artículos que he escrito y publicado sobre 
Literatura Argentina, he consignado muchísimas voces corrien- 
temente usadas en el lenguaje criollo y que delatan su auténtica 
procedencia quechua; Chcharqui (carne salada i seca); pilca (de 
percca, pared de adobes) ; Chasqui (enviado, postillón) ; 
HUACCHO (pobre, sin padres, generalmente se dice de la cría 
del ganado sin madre) ; ankka (maíz tostado) ; Kkanalla (ties- 
to) ; usuta (la sandalia de los indios), son dicciones usadas en U 



etimología quechua de la palabra gaucho 25 

Argentina y comprendidas por la generalidad de las personas 
del campo. 



Pero no parece exacta la etimología quechua que a la pa- 
labra gaucho se asigna en el artículo rememorado, puesto que 
en la lengua primitiva del Cuzco, en la quechua que todavía se 
habla hoy en la ciudad y las provincias, la voz KCAHUAICHU 
no significa mirón, veedor ni inspector, y bien sabido es que la 
legislación incásica llamaba al visitador o inspector del Impe- 
rio TUCUI (todo) RICUC (el que ve), cuya traducción lite- 
ral y exacta es "el que lo ve todo" (TUCUI RICUC) . 

Hoy al cuidante de los sembríos y cosechas llaman arari- 
hua. Difícil se hace dar una exacta traducción de la palabra 
KCAHUAICHU, desinencia del verbo KCAHUAI (ver) y se- 
guida de la partícula yuxtapuesta CHU, que carece de significa- 
do particular, pero que expresa la forma interrogativa de los 
verbos, como ÑACHU. (¿Ya está?); MANACHU (¿no?); 
RINQUICHU (¿vas?). La partícula huai que precede a chu da 
el carácter imperativo a los verbos, como: MUNAHUAI (quié- 
reme); NIHUAI (dime). 

KCAHUAICHU sola o sin otra dicción o frase antepuesta 
o pospuesta, no tiene, pues, significado preciso y determinado. 
Es como si dijéramos en castellano: MIRES, llana y secamen- 
te, en vez de NO MIRES, como mandato negativo, que en la voz 
que vengo analizando correspondería a AMA KCAHUAICHU 
(ama, no; Kcahuaichu, mires). En la acepción de "el que mira" 
sería KCAHUAC, como RICUC es "el que ve". Entre KCA- 
HUAC y RICUC hay, pues, la misma diferencia que entre "mi- 
rar" y "ver". 

En esto de etimologías quechuas se encuentran frecuentes 
errores y desvíos provientes, unas veces, de falta de conoci- 
miento adecuado y exacto del idioma y, otras, de la diferencia 
entre la quechua que se habla en el Cuzco, que es la genuina y 
castiza, y la que se habla en los otros departamentos del centro 
y del norte del Perú, amestizada y trastrocada en su fonética, 
hasta constituir en algunos lugares verdaderos dialectos. El 
dominio del idioma de los Incas daría, en el campo de las etimo- 
logías y de la interpretación de los ritos, ceremonias y prácti- 
cas, excelentes recursos para la eficacia de las deducciones his- 
tóricas . 



26 MERCURIO PERUANO 

Hay una palabra quechua, tomada ya en cuenta por algunos 
autores, de la que probablemente procede la de GAUCHO, 
tanto por el significado de ella, compatible con el origen y la vi- 
da del gaucho, cuanto también porque el cambio literal de la 
voz, en su tránsito de su primitiva estructura a la que hoy tiene, 
se explica fácilmente dentro de las leyes fonéticas sobre varia- 
ción literal o silábica de las dicciones. Esta palabra es HUAC- 
CHO, que significa de manera general, "huérfano", "pobre", 
"abandonado", "sin nadie que sienta por él", y, de manera res- 
tringida, acepción en la que se usa en las granjas y centros ru- 
rales, significa "el recental cuya madre ha muerto". Esta voz ca- 
si se ha castellanizado entre nosotros con la pronunciación de 
huacho, y también la he visto usada en la novísima novela ar- 
gentina del santa fecino G. Martínez Zuviría, Valle Negro. 

Y la opinión de la eitmología apuntada no es nueva: 
Carlos Octavio Bunge, en un largo estudio que leyó en la Acade- 
mia de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en 
el acto de su recepción, en 1913 — estudio que precede a la edi- 
ción de Martin Fierro hecha por la "Cultura Argentina" 
en 1917 — dice, haciendo un estudio psicológico del GAUCHO: 

"No en vano deriva su nombre, según una etimología pro- 
"bable — por la inversión silábica apellidada metátesis y por la 
"acentuación y preeminencia de in vocal fuerte — de la voz qui- 
"chua GUACHO (en vez de HUACCHO) que significa huérfa- 
"no, sin padres conocidos, abandonado, errante. Confirma esta 
"hipótesis filológica el hecho de que hasta tiempos recientes, se 
"consideraba dicterio en la campaña el epíteto de gaucho." Esta 
misma id<ra sostuvo P. Grousacc, citado por Bunge, en su obra 
El Viaje Intelectual, publicada en Madrid en 1914. 

No debe extrañar la conversión de la H aspirada en G, que 
hago notar en el paréntesis de la transcripción, porque las voces 
que tienen aquella letra, al ser pronunciadas por los castellanos, 
sufrieron la modificación de cambiar por la G, como puede ver- 
se en GUAINA CCAPAC y ATAGUALPA (por Huaina Cea- 
pac y Atahuallpa), según escriben los cronistas españoles de la 
Conquista, aun entre los que llegaron a dominar el idioma de 
los sometidos. 

Convertida la H inicial en G, y la sílaba ua en su diptongo 
equivalente au, mediante la absorción de la vocal fuerte que 
forma más combinaciones diptóngales que la U, por la figura 
de dicción llamada metátesis, que fija hasta dentro de un mismo 
idioma, la pronunciación y escritura de los vocablos, y quedan- 



etimología quechua de La palabra gaucho 27 

do subsistente la sílaba CHO y eliminada la C fricativa que la 
antecede, tenemos formada la voz GAUCHO, de manera más 
sencilla y lógica que tratándose de palabra tan compleja como 
KCAHUAICHU. 

Y en verdad que la voz GAUCHO, en el sen- 
tido etimológico de HUACCHO, corresponde a la vida, corre- 
rías y borrascas morales y físicas en que se formó la psicología 
del gaucho primitivo, de aquel nómade y peregrino habitante de 
la pampa desolada y del desierto interminable, cuyo hijo se lla- 
maba, y que desde el siglo XVI hasta muy entrado el XIX, tu- 
vo que luchar hosco y gallardo, suspicaz y terco, heroico y a- 
rrebatado, con los indios ariscos y feroces, a quienes arrojó más 
allá del horizonte en que el gaucho desenvolvía su existencia 
audaz y atrevida, primero, y con las fuerzas de policía de la 
ciudad, después. 

Domador del potro salvaje y perseguidor del ganado mos- 
trenco y bravio, sin organización política y con absoluto desco- 
nocimiento de otra autoridad que no fuera la de la fuerlsa y los 
arrestos viriles; centauro veloz y fantástico de las pampas que 
fatigaba con el galopar vertiginoso de sus redomones ; boleador 
insigne; vehemente y rápido en blandir su clásico y aguzado 
facón, que colgaba siempre al cinto, entre el metálico vibrar de 
sus enormes espuelas nazarenas; baquiano y rastreador famoso, 
y hábil para burlar la vigilancia y el acecho de sus perseguido- 
res y para hallar al enemigo en la vasta extensión del desierto 
silencioso y triste, el gaucho fué un tipo inconfundible e ina- 
daptable a las formas de la civilización, cuya molicie y regala- 
dos goces le inspiraban odio y desdén. Imaginativo y senten- 
cioso; alegre y risueño, era muy apto para la sugestiones de la 
improvisación trovadoresca, el baile y el canto; experto y gra- 
cioso tañedor de guitarra, el gaucho payador, el gaucho poeta, 
era el regocijo de las tabernas y pulperías; cantaba sus desgra- 
cias y lacerías, requebraba de amores y exaltaba los encantos 
cglógicos del pastoreo ecuestre que era su ocupación principal, 
porque, a semejanza del árabe, el gaucho no cammaba sino sobre 
el caballo, dormía sobre él y llevaba su ración de carne sobre el 
sudado lomo de su potro fuerte y resoplador. Ese era el gaucho 
medio civilizado y medio salvaje, enemigo del indio, que a su 
vez ejercitaba con aquél crueles venganzas y asaltos, y del es- 
tanciero y del gendarme, de quienes huía siempre consecuente 
con su nativo y libérrimo concepto de la independencia perso- 
nal. 



28 MERCURIO PERUANO 

Martin Fierro, en el poema de J. Hernández, refiere una 
de sus pendencias y, después de avisar que deja muerto a su 
impertinente contendor, agrega: 

"Monté y me largué a los campos 

"Más libre que el pensamiento, 

"Como las nubes al viento 

"A vivir sin paradero. 

"Que no tiene el que es matrero, 

"Nido, ni rancho ni asiento" 

Y ¿no son acaso quejas y gemidos de un HUACCHO (huérfa- 
no) sin esperanza y consuelo, ecos de un corazón mordido por 
el dolor y la desgracia, pero serenamente resignado a su trágico 
destino, las notas llorosas que se escapan de las coplas de 
Martin Fierro?: 

"Aquí me pongo a cantar 
"Al compás de la vigüela, 
"Que el hombre que los desvela 
"Como la ave solitaria 
"Con el cantar se consuela. 

"Estaba el gaucho en su pago 

Con toda seguridá, 

Pero aura, barbaridá. 

La cosa anda tan fruncida 

Que gasta el pobre la vida 

En juir de la autoridá. 



Y el lomo le hinchan a golpes 

Y le rompen la cabeza, 

Y luego con ligereza. 
Ansí lastimao y todo, 

Lo amarran codo con codo 

Y pa el cepo lo enderiezan. 



Tuve en mi pago en un tiempo, 
Hijos, hacienda y mujer; 
Pero empecé a padecer, 
Me echaron a la frontera, 
¡Y qué iba a hallar al volver. 
Tan sólo hallé la tapera! 



etimología quechua de la palabra gaucho 29 

Bien triste es, en verdad, la poesía gauchesca; parece un poema 
hecho de tragedia y con acentos y trenos de una melancolía 
desgarradora. Las siguientes coplas no pueden sino pintar un 
corazón herido por males implacables y hostigado por hados si- 
niestros, y expresar la torturada psicología de un tipo étnico 
que plañe y se queja con la suave y apacible congoja de triste- 
zas incurables. 

Martín Fierro narra las desgracias y persecuciones de que 
fueron víctimas los suyos, cuando él se hizo gaucho matrero 
fluyendo de la justicia: 

Los pobrecitos muchachos 
Entre tantas aflicciones. 
Se conchavaron de piones. 
Más qué iban a trabajar 
Si eran como los pichones 
Sin acabar de emplumar. 

Por ahí andarán sufriendo 
De nuestra suerte el rigor; 
Me han contado que el mayor 
Nunca dejaba a su hermano; 
Pueda ser que algún cristiano 
Lo recoja por favor. 

Y la pobre mi mujer 
¡Dios sabe cuánto sufrió! 
Me dicen que se voló 
Con no sé qué gavilán. 
Sin duda a buscar el pan 
Que no podía darle yo. 

No es raro que a uno le falte 
Lo que a algún otro le sobre; 
Si no le quedó ni un cobre, 
¡Qué más iba a hacer la pobre 
Para no morirse de hambre! 

Tal vez no te vuelva a ver, 
¡Prenda de mi corazón! 
Dios te dé su protección. 
Ya que no me la dio a mí, 

Y a mis hijos desde aquí 
Les echo mí bendición. 



30 MERCURIO PERUANO 

Como hijitos de la cuna 
Andarán por ahí sin madre; 
Ya se quedaron sin padre, 

Y así la suerte los deja 
Sin naides que les proteja 

Y sin perro que los ladre. 

Los pobrecitos tal vez 
No tengan ande abrigarse, 
Ni ramada ande ganarse. 
Ni rincón ande meterse, 
Ni camisa qué ponerse 
Ni poncho con que taparse. 

No creo, pues, aventurada, y sí más bien probable y muy fun- 
dada, la opinión de que la voz GAUCHO procede de 1» que- 
chua HUACCHO. Su formación gramatical y, sobre todo, la 
íntima correspondencia moral entre su significado y la historia 
y costumbres del tipo gaucho argentino de la primitiva época y 
su literatura, inclinan a creerlo así. 

Cuzco, marzo— 1919- 

JOSÉ GABRIEL COSÍO. 



Amado Ñervo 



"Mercurio Peruano", aunque tarde, se asocia al due- 
lo de las letras americanas por la muerte del insigne va- 
te mejicano Amado Ñervo y, rindiendo culto a su excel- 
sa memoria, inserta en lugar preferente de sus páginas 
el siguiente estudio de su redactor señor Luis Góngora, 
en el que analiza, principalmente, la última etapa en la 
evolución poética del gran lírico, hacia las más altas 
cumbres del misticismo. 



En Amado Ñervo, el grande, el noble, el altísimo lírico 
cuyo fallecimiento ha enlutado a la literatura de habla hispana, 
se asiste, a través de una vida y de una obra, a una de las evolu- 
ciones más interesantes de un poeta que trata de encontrarse a 
sí mismo, poseído de la misma inquietud por el Peer Gynt ibse- 
niano. Como los grandes literatos y los verdaderos poetas de 
corazón ha vivido Ñervo su propia vida dentro de su obra. La 
sed eterna, jamás saciada, de encontrar el propio ideal ha veni- 
do a realizarla, acercando sus labios trémulos i la fuente del 
misterio en el preciso instante en que su espíritu se deslizaba, 
para siempre, de su terrestre envoltura. 

"Ya sé. Señor", fueron las últimas palabras del poeta, al 
franquear la puerta que lleva hacia los caminos, sin retorno, de 
lo Desconocido. Toda su curiosidad, su tormento espiritual, su 
inquitud de toda una vida, se van reflejando en sus versos, dic- 
tados por el corazón y q' pasaron siempre a través de un cerebro 
maravillosamente apto para percibir la máxima vibración de la 
belleza. Fuéle necesario llegar al extremo límite para encon- 
trar, en la Muerte, la solución de todas las inquietudes de una 
vida. 



32 MERCURIO PERUANO 

Es éste, sin duda, el aspecto más interesante del gran poe- 
ta recientemente fallecido. Una vida y una obra ligadas por la- 
zos indestructibles. La una y la otra se complementan, se fun- 
den en los versos del poeta. Todos responden a la sinceridad 
más franca y casi ingenua de Ñervo. Cuando llega a encontrar 
su verdadera personalidad, cuando después de los primeros es- 
carceos y tropicalismos literarios. Ñervo descubre todo un mun- 
do ante los absortos ojos de su espíritu, es que empieza a hacer- 
se más simpática esta ñgura literaria, cuya desaparición ha cau- 
sado un pesar tan profundo en la intelectualidad de todo el 
continente . 

Si no hubiera vivido su vida en su obra. Ñervo no sería sino 
un maravilloso arquitecto de rimas que respondía al gusto y a la 
sugestión artística del momento. Es el hecho de haberla vivi- 
do tan intensa y tan íntimamente lo que avalora una obra que no 
ha dejado de ser el trasunto fiel de las emociones y de las in- 
quietudes misteriosas de uno de los espíritus más sensibles que 
ha producido América. 

Siempre, a través de todos sus versos, le reconocemos. El, 
siempre El. La evolución literaria e ideológica de su obra no ha 
sido sino consecuencia de una evolución más importante que ex- 
perimentaba el alma de Ñervo cuyos ojos creían, en cada instan- 
te, ver más claro en los supremos dominios del misterio. 

No es pues la vida externa del poeta la que debe interesar- 
nos ni el Amado Ñervo del mundo exterior, publicista, perio- 
dista y diplomático. Es su vida espiritual y su gran evolución, 
su cambio de frente, lo que reviste importancia excepcional si se 
quiere hacer un estudio, por somero y rápido que sea, de su o- 
bra. Realizó Ñervo la teoría del paradójico y extraño Osear 
Wilde cuando afirmaba, y esta vez en serio y en cierto, que el 
poeta no debía vivir sino exclusivamente a través de su obra. 
La vida exterior del poeta no tiene importancia, para Wilde. 
Puede ser tan sencilla o tan poco complicada como la de cual- 
quier burgués. Sólo los malos literatos y los poetas mediocres 
son los que se afanan por vivir en su propia existencia, la vida 
que no supieron o no pudieron imprimir a su obra. Así pues, 
la vida de Amado Ñervo, extinguido a tan temprana edad, lejos 
de su Anáhuac querido y revistiendo el carácter de plenipoten- 
ciario de México en Montevideo, no ofrecería sino un simple in- 
terés documentario. Preferimos, por tanto, trascribir las siguien- 
tes claras y frescas frases del mismo Ñervo, escritas en una es- 
pecie de carta autobiográfica publicada, allá por 1907, en la fe- 



AMADO ÑERVO 33 

necida revista Renacimiento que dirigía en aquel entonces, y en 
Madrid, Gregorio Martínez Sierra, quien, al cabo de correr los 
años se ha convertido, en el más conspicuo fabricante de almí- 
bares y de alfeñiques literarios en las letras hispanas contem- 
poráneas . 

Dice asi el mismo Ñervo: 

"Nací en Tepic, pequeña ciudad de la costa del Pacífíco, el 
27 de agosto de 1870. Mi apellido es Ruiz de NeVvo; mi padre 
lo modifícó encogiéndolo. Se llamaba Amadeo y me dio su nom- 
bre. Resulté, pues, Amado Ñervo, y esto que parecía seudóni- 
mo — así lo creyeron muchos en América — y que en todo caso era 
raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién 
sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de Ñervo ancestral, 
o si me hubiera llamado Pérez y Pérez I 

"Empecé a escribir siendo muy niño, y en cierta ocasión una 
hermana mía encontró mis versos, hechos a hurtadillas, y loa 
leyó en el comedor a toda la familia reunida. Yo escapé a un 
rincón. Mi padre frunció el ceño. Y eso fué todo. Un poco más 
de rigidez y escapo para siempre. Hoy sería quizá un hombre 
práctico. Habría amasado una fortuna con el dinero de los de- 
más, y mi honorabilidad y seriedad me abrirían todos los cami- 
nos. Pero mi padre sólo frunció el ceño Por lo demás, mi 

madre escribía también versos, y también a hurtadillas. Su se- 
xo y sus grandes dolores la salvaron a tiempo, y murió sin sa- 
ber que tenia talento: ahora lo habrá descubierto con una son- 
risa piadosa .... 

"He hecho innumerables cosas malas, en prosa y verso; y 
algunas buenas; pero sé cuáles son unas y otras. Si hubiese sido 
rico no habría hecho más que las buenas, y acaso hoy sólo se 
tendría de mí un pequeño libro de arte consciente, libre y altivo. 
¡No se pudo! Era preciso vivir en un país en donde casi nadie 
leía libros, y la única forma de difusión estaba constituida por 
el periódico. De todas las cosas que más me duelen es ésta la 
que me duele más; el libro breve y precioso, que la vida no me 
dejó escribir: el libro Ubre y único." 



34 MERCURIO PERUANO 

Antes de estudiar esa gran evolución en el espíritu de Ama- 
do Ñervo, seria difícil el asignarle un puesto o una colocación 
deñnitiva en el movimiento de la literatura americana moderna 
y contemporánea. 

Antes que nada, ¿fué Ñervo un poeta "americano"? La res- 
puesta es más difícil aún, precisamente por los dos Ñervos que 
aparecen, juzgados ahora con criterio estrictamente literario, a 
través de la obra poética. El Ñervo anterior a "En Voz Baja" 
(igog) y el Amado Ñervo que por fin se encontró a sí mismo, 
después de buscarse, como Peer, el escandinavo. Hay en él dos 
"maneras" perfectamente defínidas y delimitadas. Tanto lo son, 
que se excluyen casi, tal es la diferencia radical que existe en- 
tre ellas. 

Ñervo, nacido a la vida literaria en México en el momento 
histórico, que marca para la literatura de este continente el fín 
del siglo pasado, no podía sustraerse a las grandes corrientes in- 
telectuales que presidieron la gestación de sus primeros versos 
y poemas. Gutiérrez Nájera, en su misma patria, propicia a A- 
polo y a las nueve Inmortales; Silva desde la tropical Colombia, 
y Darío, el profeta de "Azul", eran los heraldos del movimiento 
nuevo que pocos años más tarde ilebía producir poetas tan enor- 
mes y tan genuinamente americanos, como Leopoldo Lugones y 
nuestro genial José Santos Chocano. Faltando diez años para la 
terminación del pasado siglo, Ñervo comenzaba a hacer cono- 
cer su propio nombre en México. De entonces a "En Voz Baja", 
la fecha del Gran Cambio, como diría Wells, Ñervo ha sido pro- 
funda, medularmente americano. 

Su musa fué la hermana menor de las inspiradoras de los 
cálidos versos de Chocano, de las exquisiteces fragantes del di- 
vino Rubén y del paganismo salvaje, remedo grecolatino im- 
portado a la América selvática y que, en más de una ocasión ha 
hecho vibrar las cuerdas de las liras de nuestros poetas del tró- 
pico. Entonces sí que era Ñervo un poeta de América, de la le- 
gítima cepa. Su imaginación no conoció freno, ni tuvo frenos 
gramaticales y retóricos su Pegaso indómito, libre, como nues- 
tros torrentes y nuestros grandes ríos continentales. 

Buscaba muchas veces la máxima expresión de arte en la 
forma, y coleccionaba palabras como gemas preciosas. En "Re- 
vista Moderna", periódico de Letras en el que colaboraba asi- 
duamente, se dejaba sentir si nó como innovador, precisamente, 
al menos como un temperamento poético q* transigía con las ma- 
yores libertades en la expresión del pensamiento y en el culto 



AMADO ÑERVO 35 

de la forma plástica. Dotado su espíritu de cierto apego a las 
formas tradicionales y al conservadorismo del orden existente, 
no llegó jamás Ñervo, ni aún en su primera época literaria, a las 
excentricidades y rebuscamientos en que incurrieron muchos de 
los torturados por la forma, dentro de la nueva escuela que ya 
se iniciaba vigorosamente y que era llamada "modernismo", 
profiriéndose esta palabra con un santo horror por aquellos que 
aún no veían entonces el derrumbamiento de los moldes estre- 
chos, cursis y ripiosos que aprisionaron a más de una alma de 
poeta en la pasada centuria. 

Jamás llegó Ñervo a las exageraciones ni dio pábulo a las 
feroces críticas de que eran víctimas los revoltosos "modernis- 
tas" de América por parte de los Valbuenas de la península. 
Ñervo, dotado no solamente de un gran sentido artístico en su 
forma, poseía, además, el sexto sentido del poeta: el de las pro- 
porciones. Que en buena cuenta no viene a ser sino el sentido 
común y el sentido artístico aplicados al verso. 

Cuando Ñervo era "americano", antes del Gran Cambio, ya 
había llegado a consolidar su fama y a hacer conocer su nom- 
bre, deñnitivamente. Y aun faltaba todo. ¡Aún faltaba el que 
pudiera realizarse en él el ideal del Héroe septentrional de 
Ibsen ! 

Datan de aquella frondosa y fecunda época literaria, im- 
pregnada de toda la savia americana y de todo el calor del tró- 
pico, muchos de los versos de Ñervo que, reproducidos incesan- 
temente hasta en la más minúscula publicación provinciana, en 
el continente, consagraban la fama de un Amado Ñervo que no 
había alcanzado, sin embargo, la máxima expresión de su gran 
espíritu de poeta. 

¿Quién no recuerda composiciones que ahora nos son tan 
deliciosamente familiares como la dedicada a Kempis y la bellí- 
sima oración para la memoria del pobre rey Luis de Baviera que 
desapareció en las ondas de su lago romántico como su amado 
Lohengrin? 

No hay más que releer "Perlas Negras", volumen que per- 
tenece casi todo íntegro a la primera manera del poeta para con- 
vencerse de hasta qué punto ha observado siempre Amado Ñer- 
vo el respeto a la forma, a la rima, a la odiosa rima a la que in- 
sultara, originalmente lírico, en una de sus composiciones, i 

Gran romántico, era también gran enamorado. Sin embar- 
go, el amor ha dejado una huella relativamente débil en la obra 
del poeta. A las inquietudes sensuales y a los ¿opios paganos 



36 MBltCURlO PEftUANO 

de la primera época sucede un largo silencio. Ñervo ama y su- 
fre, calladamente, sin exaltaciones líricas y sin vuelcos del co- 
razón, sobre las cuartillas desnudas. Ya en sus versos más re- 
cientes, cuando ha descubierto un Amor más grande y más al- 
to, y cuando su pobre corazón sensible empieza a cicatrizar sus 
heridas, vuelve a asomar un Ñervo tristemente enamorado. Su 
Ana, 

"toda llena de gracia, como el Ave María" 

aparece en su lí- 
rica, pero no es ya la amada de los frescos labios que sintetiza 
la vida en un adorable poema. Es la Amada Inmóvil, aquella 
que lé acompañara diez años y marchara, antes que él, hacia el 
Profundo . 

Ñervo ha sufrido intensamente con el divino amor humano. 
£n su admirable soneto, pleno de sinceridad, "Pasó con su ma- 
dre" 

"cerrando los ojos, la dejé pasaf* . . . 
dice, íntimamente conmovido, sacrificándose voluntariamente, 
por no abrir las viejas heridas de su corazón, sangrantes toda- 
vía. £1 Amor ha vivido demasiado íntimamente en Ñervo. Ape- 
nas si a través de sus versos se adivinan hondos quebrantos y 
secretas tempestades que escasamente alteraron el rictus doloro- 
so y amargo de sus labios. 

A falta de amor humano, amor divino. £1 corazón que 
tanto sufrió en silencio volvió a latir, quemándose en sacro fue- 
go. £1 dolor había orientado a su espíritu hacia nuevos senderos 
y le había hecho ver horizontes desconocidos. Y, en minutos so- 
lemnes de espectación. Ñervo se dictaba a sí mismo, la evolu- 
ción radical de su vida y de su obra. 



Siento que algo solemne va a llegar a mi vida. 
¿£s acaso la muerte? ¿Por ventura el amor? 

Palidece mi rostro Mi alma está conmovida 

y sacude mis miembros un sagrado temblor. 

Siento que algo sublime va a encarnar en mi barro, 
en el mísero barro de mi pobre existir. 
Una chispa celeste brotará del guijarro 
y la púrpura augusta va el harapo a teñir. 



AMADO ÑERVO ^7 

Siento que algo solemne se aproxima y me hallo 
todo trémulo; mi alma de pavor llena está. 
Que se cumpla el destino, que Dios dicte su fallo. 
Mientras yo, de rodillas, oro, espero y me callo, 
¡para oír la palabra que el Abismo dirá! 

Producido el Gran Cambio, Ñervo empieza por depurarse y 
por sacriñcar el mundo exterior, lo tangible, las joyas y las pie- 
dras preciosas recogidas en sus andanzas literarias. Quiere vi- 
vir sólo la vida espiritual, la pura vida espiritual, y orienta sus 
ojos hacia el Misterio Su nave se aleja de Citeres, rasga él sus 
propias vestiduras y, desnudo y magnífico, asciende por la em- 
pinada cuesta en cuya cima creerá divisar al Mundo sensible y 
al Demiurgo, a la ley, fuerza o harmonía que rije el 
conjunto espléndido. Cuando ha terminado su ascensión el 
Poeta, una nueva luz quema sus ojos y grita ¡creo! ¡creo! Estas 
palabras marcan su evolución más bella y deñnitiva. Ya está el 
Poeta frente a Dios. 

Es desde este momento en su vida literaria que desaparece 
de Ñervo el último vestigio de "americanismo". Su tropicalii- 
mo, los desbordes de su imaginación, la inquietud por la forma 
se fueron extinguiendo insensiblemente al extinguirse los bríoi 
primeros de su juventud. 

Entra entonces Ñervo dentro de un movimiento intelectual 
más amplio y más cosmopolita: el mismo que ha alejado a la li- 
teratura de las groserías del naturalismo, del simple culto a la 
vida externa y material. La reacción, el movimiento que ha tor> 
cido el cuello al cisne de engañoso plumaje, como afírma, líri- 
camente, otro gran mexicano poeta: Enrique González Martí- 
nez. Entra, poco a poco, dentro del gran movimiento de ideas, 
más espiritualistas, menos artificiosas y más sinceras. Ñervo, des- 
pojado de sus riquísimas vestes líricas, penetra intelectualmente 
en la gran ola de ideas que han estallado en reacción y han dado 
al mundo literario contemporáneo un nuevo sentido bucólico; a 
Francis Jammes, que contempló al Mundo con los ojos del alma; 
el simbolismo espiritualista del Gerardo Hauptmann de *'La 
Asunción de Hannele" y "La Campana Sumerjida", y el mara- 
villoso temperamento poético, claro y límpido como el agua de 
la fuente, de Rabindranath Tagore. 

El hecho de que no vibrara más en Ñervo el alma del Tró- 
pico, no fué óbice para que se le considera y se le admira- 
ra en la América misma. Precisamente, cuando murió 



38 MERCURIO rBRUANO 

Darío, el portalira genial, los ojos se tornaron hacia el vate ya 
grave y meditabundo que empezaba a producir las mejores po- 
mas en su frondoso huerto otoñal . Ñervo fué el sucesor de 
Darío en el principado de la poesía americana. Y es que no 
sólo se le admiraba, sino se le quería. 

Alguien dividió a los poetas en campanarios y relojes ínti- 
mos incrustados de joyas, según su mayor o menor compren- 
sión por las muchedumbres. Podrían dividirse también en poe- 
tas condenados a las ringleras frías de las bibliotecas y en 
poetas cuyo volumen está siempre a la mano. Los últimos, los 
que dejaron hablar a su corazón, son los que triunfan. De estos 
era Ñervo. La "Leyenda de los Siglos" estará siempre en nues- 
tra biblioteca, rodeada de admiración profunda y hasta de te- 
mor reverencial, pero a la mano y más cerca del corazón nues- 
tro, estarán Heine, Baudelaire, Vcrlaine, Darío... ¿y por qué 
nó Ñervo, si ha rábido vivir e interpretar líricamente nuestras 
angustias más hondas y las palpitaciones todas de nuestro cora- 
zón? 



Hablemos ahora del Gran Cambio, de la evolución radical 
que experimenta Amado Ñervo a través de su propia obra y 
que es el aspecto más interesante de toda su fígura literaria, 
puesto que vivirá para la posteridad con los caracteres indele- 
bles que él mismo impuso a su obra, una vez cerrada defínitiva- 
mente la etapa primitiva. 

Amado Ñervo se torna creyente, después del escepticismo 
elegante que le ha acompañado siempre en sus versos primeros. 
T^a conversión de Ñervo marca en el poeta algo más que un sim- 
ple cambio de frente en su orientación espiritual. Es cierto, que 
después de "Sfírenidad", el libro que empieza a señalar la nueva 
ruta. Ñervo va apartándose cada vez más del mundo sensible y 
de la Naturaleza con la que había vivido, hasta entonces, en tan 
íntima comprensión. Hay algo en lo profundo de su alma que 
le mantiene erguido y estático y, como en el verso del poeta 

"Dehout, mais incliné du cote du mystére" 
que el mismo Ñervo pone de lema en el libro aludido, sus ojos, 
cansados de ver y que se tornaron claros de tanto mirar el mar, 
empiezan a descubrir los nuevos horizontes de ese Misterio 
que más tarde le ha de apasionar tanto y será, en adelante, la 



AMADO ÑERVO 39 

fuente suprema y única, de donde brotarán, en el trasunto del 
verso, las más hondas vibraciones de su espíritu inquieto. 

Este paso del escepticismo de sus primeros años, del mis- 
mo escepticismo que ha pesado como una losa pétrea en el in- 
telecto de todos los que empezaron a escribir bajo la morbosa 
época del ñn del siglo, se va deshaciendo poco a poco a medida 
que la duda va siendo más fuerte cada vez. Al escepticismo pri- 
mitivo sucede un efímero agnosticismo, casi una renunciación. 
Estas líneas: 

¿A qué tantos y tantos sistemas peregrinos? 

¿A qué tantos volúmenes y tanta ciencia? ¿A qué? 

Si lo que más importa, que son nuestros destinos, 
se nos esconde siempre; si todos los caminos 
conducen al "No sé" .... 



son prototipo de los versos que marcan la época de transición. 
La Muerte, aquella "Amada Inmóvil", que le fué arrebatada por 
el Destino y le sugiere sus más bellos versos del amor en duelo, 
es para Ñervo una sabia maestra, pues le enseña, esta vez con 
caracteres irrevocables en su mandato, el camino nuevo que de- 
be recorrer el poeta para llegar a la Verdad. 

La luz se va haciendo gradualmente más intensa para sus 
ojos que durante tanto tiempo erraron en la oscuridad. Torna 
hacia él la fe, la misma fe que presentía venir y que lentamente 
va inundando de amor a su corazón, y dice 

¡Señor, yo te bendigo, porque tengo esperanza! 
Muy pronto mis tinieblas se enjoyarán de luz . . 
Hay un presentimiento de sol en lontananza . . . 

hasta que por fín, como llevado insensiblemente por las ondas 
tranquilas y profundas de un río, llega a creer. ¡Creo! ¡Creo! 
repiten sus versos con alborozo y con júbilo. 

Su fé llega ya a ser para Ñervo el eje sustancial de su vida 
anímica. Es una fe que no discute, fé cerrada, hermética. El 
mundo exterior, la contingencia, la razón, el por qué, han deja- 
do de existir para esta enorme fé que no trata ya de investigar 
ni de escudriñar el arcano, sino de vivir en su propia ígnea ple- 
nitud . Ortodojo dentro de su propia convicción espiritual, no 
consiente siquiera el discutirla ni que la discutan los hombres; 



40 MERCURIO PERUANO 

Entre tanto, poeta, no murmures. Tu verso 
sea imcioso, cual salmo de amor al Universo. 
Quien trazó el plan del Cosmos, no puede a la razón 
naciente de los hombres, dar una explicación 
que convenza: su lógica no es la tuya de hormiga. 

No juzgues, pues, adórale y deja que prosiga 

sus intentos arcanos, su labor portentosa. 

Que rice en espirales de luz la nebulosa; 

que prenda sus translúcidas caudas a los cometas; 

que plasme entre sus manos de titán los planetas; 

que encienda las divinas antorchas estelares; 

que empine la% montañas y que ahonde los mares. . . . 

dice, a medida que un concepto más puro y más grande de Dios 
asoma así, tan bellamente, en sus magníñcos vuelos líricos. 

No sería labor de exégesis complicada el tratar de investi- 
gar el sentido místico de la creencia de Ñervo en este Dios, tan 
puro y tan enorme, tan lejano ya de las exuberancias líricas con 
que le ha cantado un José Zorrilla, para convertirse asi en la 
Fuerza Única que rije los destinos eternos de las cosas y del 
mundo. 

Ñervo no vé en él, sino a la causa suprema de todo lo creado, 
la explicación lógica del Todo y, sobre todo, la calma y el leni- 
tivo de sus inquietudes y tormentos espirituales. Es un concep- 
to divino bastante simplicista, se dirá, y muy lejano de cual- 
quier disquisición teológica complicada. Pero es así y le bas- 
ta al poeta. Es una creencia sencilla, quizás la más simple, la 
más corta, pero la más grandiosa síntesis de una fé. 

El notable escritor español R. Cansinos Assens, que en su 
muy reciente libro "Poetas y Prosistas del Novecientos", ha de- 
dicado un interesante capítulo a la personalidad literaria de 
Amado Ñervo, tiene un criterio bastante original para juzgar la 
"conversión" de Amado Ñervo. Propiamente hablando, no ha 
habido tal conversión sino una simple resurrección de una fé 
dormida. Aun en medio del mayor escepticismo de Ñervo, 
cuando más alejada ha estado su musa de las lucubraciones pu- 
ramente ideológicas y espirituales; el verdadero fondo intimo 
del poeta ha estado siempre impregnado de cierto vago misti- 
cismo que no se concretaba en la idea abstracta de un Dios úni- 
co, sino en una vaga Fuerza, en una harmonía potente que pre- 
sidía el conjunto del hombre y de la Naturaleza, 



AMADO ÑERVO 41 

Lo curioso de la teoría de Cansinos Assens, acerca de la 
conversión o pseudo-conversión de Amado Ñervo, es que el crí- 
tico español ha torcido la exégesis del sentido místico del vate 
Mexicano. Para Cansinos, Ñervo no es el poeta que recobra la 
plenitud de su propia fe, sino el poeta que ha abierto los ojos 
hacia la doctrina secreta que con tanto calor han difundido en 
el mundo Madame Blavasky y su fogosa discipula, Mrs. Kathc- 
rine Tingley, de Point Loma, California. Cansinos, que en el es- 
tudio mencionado da muestra no sólo de gran erudición en to- 
do lo concerniente a las modernas doctrinas teosófícas sino de 
cierta secreta inclinación por la Teosofía, clasifica, de hecho, 
a Amado Ñervo como teósofo y adepto de la Doctrina Secreta y 
de la Isis sin Velo de Madame Blavatsky. Es un poco aventura- 
da la suposición de Cansinos, un intelectual español que ha da- 
do muestras de tanta admiración por el espíritu de la literatura 
latinoamericana. El único punto de contacto que podría tener 
la doctrina propia de Ñervo con la teoría teosófíca sería el deseo 
de perfeccionamiento que se manifiesta, a menudo, en sus ver- 
sos. Pero no basta esta simple base para sentar sobre ella una 
hipótesis de especie como la que insinúa y sostiene Cansinos 
Assens. La fe de Ñervo es una y única a través de las fases to- 
das de su obra posterior y definitiva. Las variantes son muy li- 
geras y los deseos de bondad, de auto perfeccionamiento, las a- 
lusiones al Karma y a la reencarnación que cree entrever Cansi- 
nos son apenas tonalidades de esa misma fe cuyo mérito princi- 
pal consiste en haber sido extremadamente pura, tan desvincu- 
lada de materialización y de teoría, como el mismo grave espí- 
ritu del poeta que en sus últimos cantos se ha despojado de sus 
joyas y de sus riquísimas vestiduras, en una suprema renuncia- 
ción, para cantar en el divino lenguaje del verso, alto, claro y 
hondo mientras sus ojos se han ido acercando cada vez más a la 
Luz. 

LUIS GONGORA. 



BIBLIOGRAFÍA DE ÑERVO. 
Verso : 

POEMAS, que (íomprende "Poemas Breves", 1894^1900; 
"Lápidas", "Policromías", "Lubricidades Tristes". 1896; "De 



42 MERCURIO PERUAMO 

aquellos tiempos", 1894-95; "La Raza Muerta" 1896; "La triste- 
za del converso", "Instrumentaciones" 1900-1901 ; "Implacable", 
1895; "Trilogía", 1898; "El prisma roto", 1898 y el famoso poema 
"La Hermana Agua", 1901. 

(Edición Bouret, París, 1901) 

PERLAS NEGRAS (Bouret, Paris 1904). 

EL EXODO-LAS FLORES DEL CAMINO- (Madrid. 

1905). 

JARDINES INTERIORES (Madrid-1907) 
EN VOZ BAJA (Ollendorff. Paris 1909). 
SERENIDAD (Renacimiento, Madrid, 1913) 
ELEVACIÓN (MADRID, 1917). 



Prosa: 

OTRAS VIDAS-ALMAS QUE PASAN (Novela de asun- 
tos mexicanos) . 

JUANA DE ASBAJE (novela sobre la vida de la gran 
poetisa mística mexicana). 

ELLOS (Ollendorff, Paris). 

MIS filosofías 

PLENITUD, sú última obra. 



Poesías 



La Habana 



A LA BELLEZA 

jYo te amo, Diosa! Flota en mis ensueños 

el perfume sutil de tu memoria; 

por ti soñé los dolorosos sueños 

de ambición y de fe, de amor y gloria. y 

¡Ay! En días pasados y risueños 

juzgué rápida y fácil la victoria; 

¡hoy bien sé que eran vanos mis ensueños, 

que mi dulce esperanza era ilusoria!.... 

jOh Belleza! A tí voy apasionado, 

y mudo quedo y de tus brazos huyo, 

sin que mi lira aprenda tu harmonía; 

y te amo con amor desesperado, 

¡sabiendo que yo siempre seré tuyo 

y que nunca, jamás tu serás mía! 

A LA poesía 

¡Vuelvo a tí, como entonces, oh divina Poesía! 
Vuelvo a tí palpitando de pasión y de ensueños. 
Con su dulce perfume me embriaga todavía 
el oloroso vino de mis pasados sueños. 
En vano han sido el odio, la envidia, la falsía 
y la lucha terrible de prosaicos empeños: 
vuelvo a ser niño y bueno y a gozar la alegría 

infantil e inocente de mis días risueños 

Vengo a lavar mi alma en tus aguas piadosas. 
Sanarás mis heridas, limpiarás la impureza 
que adquirí en las contiendas con la loca Fortuna. 
Vengo a aspirar el suave perfume de tus rosas, 
a hundirme en el misterio de tu inmortal belleza 
y a decirle mis versos a la pálida Luna. 

ARMANDO GODOY. 



El hundimiento de la Escuadra Peruana 



i6 de Enero de i83i. 

A las seis de la tarde del 15 de Enero de i88x, la batalla de 
Miraf lores había concluido. Los chilenos no eran, sin embargo, 
todavía dueños de la situación y así lo demostró el hecho de que 
no avanzaran en el acto sobre Lima ni llevaran su ofensiva sobre 
los cuerpos que formaban el ala izquierda peruana, que perma- 
necían en línea de batalla. El dictador Piérola dispuso de algu- 
nas horas para dictar sobre el mismo campo de batalla una se- 
rie de disposiciones urgentes. Sólo a las once de l'a noche y 
cuando todas esas disposiciones habían sido trasmitidas, empren- 
dió la retirada cruzando el Rímac a la altura del Cementerio y 
dirigiéndose por detrás del San Cristóbal al valle de Carabayllo. 

Entre las disposiciones adoptadas por el Dictador, tal vez 
la más importante de todas, fué la orden impartida al minis- 
tro de marina capitán de navio Villar, para destruir los gruesos 
cañones de las baterías del Callao y para hundir los buques que 
le quedaban al Perú de su escuadra. Piérola dio con razón gran 
importancia a esta medida. No se trataba de impedir que ele- 
mentos de guerra fueran a aumentar el poder bélico del enemi- 
go, sino de librar al Perú de la vergüenza de que los restos de 
su escuadra enarbolaran, sin disparar un tiro, la bandera chi- 
lena. Una nave de guerra es un emblema de la patria y entre- 
garla al enemigo es dejar una constancia de la derrota. A todo 
trance había que evitarle al Perú esa humillación. 

La orden impartida por el Dictador, fué en el acto trasmi- 
tida al Prefecto del Callao, capitán de navio Astete, marino va- 
leroso, caballeresco y hombre de acción que en aquellas horas 
de desastre reveló cualidades superiores. Sin pérdida de tiem- 
po procedió al hundimiento de los restos de la escuadra. Esos 
restos eran: la corbeta "Unión", el monitor "Atahualpa", los 



EL HUNDIMIENTO DE LA ESCUADRA PERUANA 45 

vapores "Rimac" (tomado a los chilenos), "Talismán", "Oroya", 
"Limeña" y "Chalaco" (Estos tres últimos eran vapores de rue- 
das) ; las lanchas a vapor "Lima", "John", "Urcos", "Tocopilla" 
y "Callao". Fueron hundidos además el pontón "Meteoro" (an- 
tigua escuela naval), la chata número i, y la batería flotante, 
formada por dos lanchas cargadoras de lastre de 50 toneladas 
cada una y armadas con un cañón de grueso calibre a proa y otro 
menor a popa. . El vapor "Limeña" y el pontón "Marañón" fue- 
ron incendiados. Refiriéndose al "Limeña", el contralmirante 
chileno Galvarino Riveros en nota dirigida un mes después al 
ministro de guerra de su patria José Francisco Vergara, de- 
cía: "Fondeado en la bahía fué incendiado, pero su casco que- 
dó en buen estado para servir de chata. Su máquina contiene 
cosas de valor." 

La operación de hundir la escuadra no resultó tan fácil y 
sólo la energía del comandante Astete y el patriotismo y abne- 
gación de los oficiales de marina que lo ayudaron en esta faena 
pudieron vencer los obstáculos que se presentaron para sepultar 
en el fondo del mar los últimos buques del Perú. Por lo pron- 
to, las naves carecían de marinería y tenían muy reducidas sus o- 
ñcialidades, pues la mayor parte de las tripulaciones habían sido 
enviadas al campo de batalla y habían combatido en Miraflores, 
a donde se habían trasladado hasta los cañones de la "Unión". 
Además los buques no tenían casi carbón. El puerto esta- 
ba bloqueado hacía varios meses y no había modo de proveerse 
de combustible. Apenas si la "Unión" disponía de un lote redu- 
cido, lo indispensable, para encender las calderas y navegar tres 
o cuatro millas. 

Ayudado por los oficiales de marina que en esas horas so- 
lemnes desempeñaron oficios de marineros, de maquinistas y 
hasta de fogoneros, el comandante Astete hizo salir a la 
"Unión" y al "Atahualpa" hasta fuera del puerto y en sitio, 
del cual nunca pudieran ser extraídos, hundió estas dos naves 
con la bandera peruana al tope. Valiéndose de remolcadores, a- 
lejó de la orilla los otros buques y los hundió con la bandera 
nacional izada en cada uno de ellos. Enseguida, procedió a 
destruir los cañones de los fuertes. Cumplida su misión, reunió 
a los dispersos que llegaban del campo de batalla y a los oficiales 
de marina que lo habían rodeado hasta el último momento y con 
esas fuerzas se vino a la capital, decidido a librar con los chile- 
nos una última batalla. Al llegar a Lima, elevó sus fuerzas has- 
ta cerca de mil hombres, con los cuales persistió en su propósi- 



46 MERCURIO PERUANO 

to de salir al encuentro del enemigo. El coronel Belisario Suá- 
rez, que se titulaba Jefe militar de la plaza, se opuso al plan 
de Astete y le dio orden de disolver sus fuerzas, orden que el 
valiente marino cumplió de muy mal grado y formulando vio- 
lenta protesta. 

Cuando los chilenos entraron en Lima y el Callao, hicieron 
esfuerzos sobrehumanos para poner a flote los buques peruanos. 
La obra resultó irrealizable, salvo tratándose del "Rímac" que, a 
costa de grandes trabajos y de fuertes desembolsos fué puesto a 
flote. Había para los chilenos una cuestión de honor en recupe- 
rar esa nave, que les había sido capturada por el "Huáscar" y la 
"Unión" en el curso de la guerra. 

Un mes después del incendio y hundimiento de la escuadra 
peruana, el mismo contralmirante Riveros en una comunicación 
a su ministro de guerra en campaña, Vergara, le decía: "He averi- 
guado que la compañía del Dársena podría encargarse de la ex- 
tracción de todas las embarcaciones a pique, sin otra ganancia 
que el casco del "Chalaco", tal como se encuentra, a condición 
de que para hacer ese trabajo se le faciliten las chatas del go- 
bierno (chileno) y bombas que hay disponibles, y se le venda a 
precio de costo la madera que necesite para ese trabajo, y que el 
gobierno tien en los transportes". £1 25 de Febrero de 1881 el 
ministro chileno de guerra y marina en campaña, don José 
Francisco Vergara, expidió un decreto en Lima, sacando a re- 
mate los cascos de las naves peruanas, hundidas o incendiadas. 

Rememoramos estos hechos, porque el hundimiento de la 
escuadra alemana les da cierta actualidad. La única diferencia 
entre lo ocurrido aquí y lo que acaba de realizarse en Europa, 
consiste en que los buques alemanes, que en forma tan gallarda 
acaban de ser hundidos, se habían ya rendido a sus enemigos y 
habían arriado sus respectivas banderas. Lo que han hecho aho- 
ra es aprovechar de un descuido de sus guardianes, lo que no le 
resta mérito a su acción. En cambio los buques peruanos fue- 
ron echados a pique antes de caer en poder del enemigo y sin que 
arriaran su bandera. En la misma forma había sido hundido 
meses antes en Arica por el valiente comandante Sánchez La- 
gomarsino el monitor Manco Cápac, al terminar el combate del 
7 de junio de z88o 

De los otros buques de guerra del Perú: la "Independen- 
cia" había encallado en una roca en Punta Gruesa, al sur de 
louique, y el "Huáscar" había caído en poder del enemigo des- 
pués de una heroica resistencia. Sólo la "Pilcomayo", que era 



EL HUNDIMIENTO DE LA ESCUADRA PERUANA 47 

un buque muy pequeño, casi un juguete de 800 toneladas y arti- 
llada con cañoncitos inofensivos, había caído intacta y sin com- 
batir en poder del poderoso acorazado chileno "Bl'anco Enca- 
lada". 

La marina de guerra del Perú cumplió, pues, con dignidad 
sus deberes en la guerra del 79 y sucumbió con honor. 

JUAN PEDRO PAZ SOLDÁN. 



El millón 



Cuando Perico Tortcsa vino a América en busca de la ma- 
dre gsllega, eia un mocstón de veinte años escasamente cumpli- 
dos, y de musiulatura de acere. No había recibido mucha edu- 
cación pero tenía, en cambio, mucha de esa penetración natural, 
que en bastantes casos suple con ventaja el contenido de varias 
docenas de libros e infolios. 

Cuando llegó, no traía ni grandes proyectos ni grandes aspi- 
raciones. Confíado en la fuerza de sus brazos, esperaba ganar- 
se la vida trabajando como mozo de cordel, y, como el gallego 
del cuento, juntarse mil pesetillas para volver a su tierra y com- 
prarse una burra y una mujer. ¡Y qué mujercita más guapa la 
que esperaba su regreso allá en su aldea natal! Como que todos 
los mozos andaban detrás de ella diciéndola requiebros y ofre- 
ciéndola casorio. Pero ella, como si tal cosa. Había jurado que 
no se casaría sino con Perico, porque á él no más quería, y esta- 
ba resuelta a cumplir su juramento. Y, a haber sido por ella, se 
habrían casado inmediatamente, pero el tío Matías, su padre, 
era muy bruto, y se le había metido entre ceja y ceja que sólo 
daría a Perico la mano de su hija cuando éste tuviera a lo me- 
nos mil pesetas para comprarse un pedazo de tierra y una yunta 
de bueyes y, como Perico no tenía más que lo que llevaba en el 
cuerpo, y quería más a la muchacha que a la niña de sus ojos, 
resolvió emigrar a América para buscar fortuna; eso sí que, co- 
mo las horas le parecían siglos para realizar sus deseos, hizo el 
firme propósito de regresar al terruño así que reuniera las con- 
sabidas pesetillas. 

Trabajó, pues, Perico, con mucho brío y no poca suerte algo 
más de un año. Desde el amanecer hasta que anochecía podía 
vérsele de boina y alpargatas, parado en las esquinas, aguar- 
dando los mandados que se le quisiera encomendar, que no eran 
pocos, porque como el muchacho era listo, robusto y simpático, 



EL MILLÓN 49 

todo el mundo lo protegía. Al cabo, pues, de un año, pudo es- 
cribir a su novia que casi tenía juntas las mil pesetas y que sólo 
esperaba reunir lo suficiente para costearse el pasaje de regreso. 

Pero sucedió que un paisano que tenía un pequeño almacén 
de ultramarinos y que sabía que Perico guardaba algunos aho- 
rrillos, le propuso que entraran en sociedad para ensanchar el 
negocio. De tal suerte le pintó las utilidades que podrían obte- 
ner, que Perico cayó en la tentación, y abandonó para siempre 
los cordeles para dedicarse a la vida del mostrador. 

Aquí también le fué propicia la fortuna — que en este caso 
no era ciega, porque no hacía sino premiar el traba- 
jo e inteligencia de Perico — y al poco tiempo las mil pesetas te 
habían convertido en otros tantos duros . 

Más de una vez pensó Perico en liquidar el negocio y vol- 
ver a España con lo que tenía ganado, que ya bastaba para com- 
prar no sólo un terreno, sino varios; pero la idea de acumular 
un poco más lo retenía, y seguía trabajando y escribiendo a la 
muchacha que el año entrante, sin falta, se embarcaba, que ya 
no veía la hora de tenerla a su lado y que la iba a llevar unos re- 
galos que dejarían con la boca abierta a todos los papanatas que 
la habían cortejado. 

Y seguía ganando y entrando en más negocios, y la liqui- 
dación se hacía cada día más lejana y difícil. Y, sobre todo, se 
iban apoderando del corazón de Perico, que ya no se llamaba Pe- 
rico sino don Pedro Tortosa, esos demonios que se llaman am- 
bición y avaricia. Cada día era más económico y más negocian- 
te. No había empresa en que él no pusiera capital y, en la mayor 
parte de los casos, no sacara pingües ganancias. Pero no por eso 
dejaba de anunciar su próximo viaje: el año entrante, a más tar- 
dar, volvería a su tierruca; sólo esperaba conocer el resultado 
del balance para dejar todas sus cosas arregladas y marcharse. 

Pero pasaban los años y el viaje no se hacía; y con los años, 
venían los achaques y las enfermedades, y al cabo no quedaba 
del robusto Perico de los músculos de acero sino un don Pedro 
gotoso y encorvado. 

La novia, que ya tampoco era joven, aburrida de esperarlo 
y de las pullas que le lanzaban, se había casado con uno de sus 
antiguos adoradores, que había llegado a ser Alcalde del pue- 
blo. 

Ésto lo supe Perico por carta que un amigo le escribió, y, al 
saberlo, formó la resolución de no ir a su tierra hasta no tener 
un millón de pesetas libres de polvo y paja. 



50 MERCURIO PERUANO 

Quería volver para anonadarlos con su riqueza y que todos 
le llamaran indiano y se quedaran mirándolo en la calle. 

Todos los años, antes del balance, se despide de sus amigos: 
ya es tiempo que vuelva a mi patria — dice; — gracias a Dios he 
reunido algunos realejos con que pasar tranquilamente mis días. 
Pero el viaje no se hace, y al año siguiente se vuelve a repetir la 
misma comedia. Y el viaje no se hará, pues la codicia puede más 
que él y, según dicen, está acumulando el segundo millón. Y an- 
tes de conseguirlo, habrá comenzado, seguramente, a pensar en 
el tercero 

CARLOS LEDGARD, 

Iquique, 31 de Diciembre de 1899. 



Poemas 



(1) 



Auna mi pensamiento 
inquietud y serenidad: 
mi orientación es la del viento, 
la del mar mi estabilidad. 



El ojo negro del abismo 
para mí guiña dondequier ; 
mas, de la noche de mi mismo 
hago un continuo amanecer . . . 



Y como una hojita liviana 
voy, camino de mi verdad, 
¡Al que es hoy. Ayer y Mañana, 
Nunca, Siempre y Eternidad! 



(i). — El trágico fin del notable poeta ecuatoriano Medardo Ángel 
Silva, primero tal vez ^ntre los de su generación, da a estos sus versos 
dolorosa actualidad. En ellos se advierte un cansado gesto de renuncia- 
ción a la Vida, que, de haber publicado, hubieran sido el inequívoco a- 
nuncio de su triste fin, pero son rigurosamente inéditos, pues le fueron 
enviados por Silva, en su correspondencia privada, al poeta Eguren, 
quien los recibió después del fatal suceso, y a cuya amabilidad debemos 
su publicación. 



52 MERCURIO PERUANO 



II 



Olas, humo, neblina, copo de nieve, gasa 
de bruma, arbitrio loco de la nube que pasa: 
¡dadme la gra-i^í múltiple de aquella levedad 
— liberación sutil de toda voluntad!... 



III 

Por la palabra hueca no juzgarás la Vida: 
la más profunda gracia es la más escondida. . . 
í Y es lo más hondo y puro de alegrías o penas 
lo que el labio no dice o lo que dice apenas!. . . 



IV 



Por el amargo influjo de la melancolía 
un poco de mí mismo se muere cada día, 
y como voy hallándome con menos 
vanidad, son mis días, cada vez, más serenos, 
más tristes mis pupilas y pálida mi frente 



Cuando el bien transitorio reciba indiferente 
ya me podré morir definitivamente 



Al pasar la carroza dorada de la Vida, 
implorando extendí la mano suplicante: 
Ella me vio lo mismo que una reina ofendida 
. . .y se perdió en la sombra de la noche fragante 



Y fué para volvre: en su caroza de oro 
sonriendo, vino a mí — Belkíss en seda gualda — 
. . . pero yo comprendía qué vale su tesoro : 
1?. miré indiferente y le volví la espalda! 



POEMAS 



VI 



53 



Cuando, triste de tantos horrores — sombra pura 
melancólica — Psiquis deja la tierra oscura, 
por sus antiguos llantos y pena estremecida 
dice al Señor que espera al fin de la jornada: 
¿y para ése dolor me ofrendaste la Vida?... 
¿Para éso me sacaste de mi tranquila nada?... 



VII 



¡Bien haces, rey; bien haces, pordiosero, tu rol! 
Y tú también, poeta; y los deniás....¡ Comparsas! 

Perfectos figurantes de un extraño Guignol: 

¡srmos polichinelas de las divinas farsas!... 



MEDARDO ÁNGEL SILVA. 



Divagación literaria 

El arte literario parece ir en camino de la bancarrota, em- 
pujado por la nueva psicología que va informando la actividad 
humana, por la intensidad e inquietud en que se desenvuelve la 
vida moderna, y la rapidez con que pasan los ciclos evolutivos 
de as Ideas: son pocas las cumbres que se alzan en reemplazo 
de las que van desapareciendo, y este fenómeno se observa en 
todo el mundo. El arte es un vagar espiritual sin finalidades 
practicas, aureolado por un íntimo desinterés que es el que le 
da su alto valor de sustantividad y distinción. Es flor de selec- 
ción que surge del cultivo interior y por la acción de factores 
que están algo distanciados de las fuerzas que obran en el meca- 
nismo de la vida material. La emoción de lo bello y la creación 
de lo bello son, como todos sabemos, cosas distintas de la ética 
de la ciencia y de la industria, y cuando las corrientes espiritua-' 
les derivan con fuerza en una de estas direcciones, es un fenóme- 
no natural la inhibición de las facultades artísticas que se tradu- 
ce en la realidad en la indiferencia general del ambiente, en la 
restricción emotiva a un reducido número de espíritus selectos, 
y en la escasez de la verdadera producción leal de arte, en la co- 
rrupción o banalidad de éste, que en la mayoría de sus cultiva- 
dores, da origen a esas formas híbridas, artificiosas o bastardea- 
das por finalidades innobles, resultado de la supeditación del es- 
píritu a propósitos ajenos a los objetos que el arte, por su ín- 
dole generosa y desinteresada, debe realizar. 

Creo en el arte por el arte, y nó en el arte convertido en ar- 
tefacto de la ciencia, de la industria, de la moral o de las pasio- 
nes humanas. 

El momento que atravesamos en el Perú, no es por cierto, 
uno de los más brillantes de nuestra historia literaria. Casi la 
totalidad de los hombres que sinceramente hicieron una la- 



DIVAGACIÓN LITERARIA 55 

bor cultural, desde el punto de vista literario, han desaparecido, 
y son muy pocos los nombres que hoy son representativos. Las 
últimas generaciones que se consagran a las letras han hecho 
de esta dirección de la especulación mental, un dilettantismo sin 
contenido, una mera formalidad ingrávida y sin fondo de voca- 
ción leal, y por tanto, sin el amor hondo, sin la preocupación 
cariñosa, sin el goce íntimo de la exploración de un mundo se- 
creto lleno de fruiciones calladas y nobles. Hoy la mayor parte 
de nuestros poetas jóvenes escriben versos pero no hacen poesía. 
La vida se ha corrompido y torcido demasiado para que el sen- 
timiento y la imaginación puedan aislarse del ambiente de vul- 
garidad espiri^^ual y concentrarse en recogimiento generoso y 
fecundo, lejos de las exigencias y apetitos proyectados hacia una 
ñnalidad de lucro material o social . El que escribe dentro de una 
las múltiples direcciones del arte literario, no busca sino el re- 
sultado barato de la resonancia casera y el halago de una vani- 
dad que ni siquiera es enfermiza — que de serlo tendría su punta 
de sinceridad artística — si no fingida, grotesca y risible. Yo creo 
que en gran parte la culpa de esta desviación del gusto, de esta 
orientación a la banalidad megalómana, de esta falta de sinceri- 
dad de los jóvenes escritores, se debe no sólo a las devanacio- 
ncs nuevas de la vida actual, estimuladoras del arrívismo, que 
hace considerar útiles todos los medios de forjar la personali- 
dad y haciendo creer, especialmente en nuestro ambiente crio- 
llo, que el más fácil y eficaz de los prestigios es el de la intelec- 
tualidad: sino también a las deficiencias de la educación y la 
instrucción, debidas a las reformas, en mi concepto equivoca- 
das, que se han llevado a cabo en los últimos veinte años. 

El fervor entusiasta y saludable por el arte literario no ha 
tenido una fuente generosa de ideales en la Universidad, y sal- 
vo contadas excepciones, entre ellas la muy vigorosa de su ac- 
tual Rector, uno de los espíritus más cultos y preparados para 
la dirección de la juventud, los cursos importantes de la Facul- 
tad de Letras, han estado encomendados a personas de condi- 
ciones inadecuadas para despertar entre los jóvenes estudiantes 
el estímulo y el empeño por las lucubraciones intelectuales y ar- 
tísticas. Los jóvenes escritores de los últimos tiempos no han 
tenido consejeros y guías de sus aficiones, y así situados to- 
dos sobre el mismo nivel y bajo el mismo rasero de insustancia- 
lidad, no ha sabido ver en las artes literarias sino un medio 
de especulaciones artificiosas para conquistar de cualquier mo- 
do la categoría de Intelectuales, con. descrédito de la misma, y 



56 MERCURIO PERUANO 

casi convirtiéndola en signo de vacuidad mental y de superficia- 
lidad en los espíritus. 

No pretendo hacer comparaciones indiscretas entre lo que 
eran los escritores de hace veinte años— <s decir de mi juventud 
plena y fogosa de entusiasmo de producción — y los jóvenes de 
las últimas hornadas literarias, posteriores a la rica generación 
de los Gálvez, Riva Agüero, Belaunde, Ureta, Góngora y varios 
mas. Pero creo estar en lo cierto al afirmar que aquéllos tuvie- 
ron ideales y orientaciones más definidos, una probidad espiri- 
tual y artística más fuerte, acción literaria más intensa y sólida, 
más disciplina en la modelación de su personalidades, porque no 
consideraron las expansiones de su vocación literaria como un 
accesorio, como una frivolidad útil, ni se engañaron a base de 
artificio respecto al valor y carácter de su virtualidad genera- 
dora de arte. Entusiastas, con fe, con decisión de conquista 
honrada de un sitio en el arte nacional, ávidos de comprehen- 
sión y de capitalización espiritual, recuerdo que guardábamos 
contacto estrecho de admiración respeto y afecto por los maes- 
tros de la Universidad en quienes reconocíamos la capacidad 
generosa para comprender nuestros anhelos y guiarnos con sus 
consejos. Espíritus radiales como son los de los grandes maes- 
tros doctores Javier Prado y Alejandro Deustua, presidente 
el primero del Ateneo de Lima, fueron los consejeros cariñosos 
de quienes en la Universidad y fuera de ella, nos iniciábamos 
en la vida literaria. Ese contacto hace tiempo que no existe, y 
los literatos y escritores noveles, no aceptan consejos, satura- 
dos de petulancia, convencidos por su miopía, debida a la falta de 
lastre mental, de que la banalidad, la cursilería sentimental o la 
imitación de modelos farragosos o detonantes, es hacer obra de 
renovación artística y de liberación de normas retrogradas. Es- 
tos desgraciados que juzgan fácil crear rumbos y hacer surgir 
florescencias nuevas como si no fuera condición esencial para 
producir, tener el material mental de producción y de trasfor- 
mación, como es de suponer, pierden lamentablemente el tiempo 
en empeños literarios que están muy lejos de significar una la- 
bor digna de la consideración del crítico, y que marcan una eta- 
pa de vida anodina y opaca. Los jóvenes estudiantes no han po- 
dido dejar de darse cuenta de que la anemia espiritual que hoy 
padece la juventud y la falta de orientación y de ideales, se de- 
be en mucha parte a la agravación que ha experimentado en los 
últimos años la deficiencia educativa así como la despreocupa- 
ción que ha reinado respecto a la instrucción superior, conver- 



DIVAGACIÓN LITERARIA 57 

tida ya en un mero formulismo, y se ha producido un enérgico 
movimiento de reacción iniciado en la Facultad de Letras y se- 
guido en las demás Facultades universitarias. En este sentido, 
la agitación de los estudiantes no puede menos que merecer la 
simpatía de todos los que se preocupan por el progreso espiri- 
tual de la juventud y desean que renovado el espíritu de la ins- 
titución cultural más importante del país, pueda el arte literano re- 
cobrar el brillo que tuvo en otras épocas, y ser origen de una 
producción apreciable por el fondo de ideas y el razonable cul- 
tivo de las formas, cosas ambas sin las cuales no hay literatura 
ni personalidad literaria posible : tener cosas nuevas o viejas 
que decir y saber decirlas, es en resumen todo lo que constituye 
la literatura. 

CLEMENTE PALMA. 



La adhesión de la República Argentina 
al tratado de alianza defensiva Perú-boli- 
viano de 1973 



(Continuación) 



IV 



Vencido el año de 1874, sin que se hubiera podido llegar a 
ningún acuerdo con la Argentina, por las dificultades ya seña- 
ladas, se inicia el año de 1875, con un nuevo gobierno en la Re- 
pública Argentina y con el ingreso del señor Aníbal Víctor de 
la Torre, al Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, en 
reemplazo del señor José de la Riva Agüero, que había renun- 
ciado. 

Las nuevas instrucciones que se le dieron al doctor Yri- 
goyen, por parte del Perú y de Bolivia, para que continuara sus 
gestiones encaminadas a obtener la adhesión de la República 
Argentina, están consignadas en estas notas: ^ 



Lima, Abril 22 de 1875. 
("Reservada 
No. 6") 

"Señor Dr. D. Manuel Yrigoyen, E. E. y Mtro. Plenipotencia- 
rio del Perú en el Brasil y R. R. del Plata. 

"Debe U. S. recordar las instrucciones que le fueron comuni- 
cadas al encargarle la importante misión que desempeña en 



tkAtAbÓ Di ALIANZA PÉRU-BOLIBIANÓ 5^ 

el Brasil y R. R. del Plata, así como las que se le han dado poste- 
riormente durante el curso de las negociaciones, encaminadas a 
conseguir la adhesión de la República Argentina al Tratado 
secreto de alianza defensiva, celebrado en Bolivia el 6 de febrero 
de 1873. Debe U. S. tener presente también el Memorándum de 
mi antecesor, el señor de la Riva Agüero; la ampliación de ese 
documento, que le fué enviada más tarde; y, finalmente, la re- 
serva introducida, referente a las cuestiones que pudieran sus- 
citarse entre el Imperio del Brasil y la República Argentina. 
Como U. S. sabe muy bien, el pacto de que dejo hecha referen- 
cia, lejos de ser hostil contra potencia alguna, tiende a evitar 
la guerra entre naciones ligadas por vínculos estrechos y 
que unieron, desde principios del presente siglo, sus esfuerzos 
para conseguir la independencia del Continente americano. Ese 
Tratado puede llegar a ser, y es lo que ha pretendido el Perú al 
celebrarlo, la base más positiva de la Unión del Continente, que 
fueron antes colonias de España, procurando, mediante él, que 
se arreglen arbitralmente, si no se consigue el común acuerdo, 
las cuestiones pendientes, por razón de límites y otras que pue- 
dan surgir entre las Potencias signatarias, garantizándole entre 
ellas la integridad de sus respectivos territorios y su soberanía e 
independencia. 

"Por otra parte, no debe olvidarse el interés que tiene eí 
Perú en la conservación de la paz en América; pues no sólo ve- 
ría con pesar la lucha entre naciones de un mismo origen, sino 
que podría encontrarse expuesto a complicaciones, cuyas conse- 
cuencias son fáciles de preveer, o, cuando menos, a que sufriesen 
sus intereses comerciales, si lograra libertarse de aquéllas. 

"En la actualidad, el estado de las relaciones entre Bolivia 
y Chile, entre Chile y la Confederación Argentina, y finalmente, 
entre esta República y el Imperio del Brasil, que U. S. conoce; 
la posibilidad de que las otras dos potencias del Plata, el Uru- 
guay y el Paraguay, tomen parte en la lucha, q' parece inevitable 
entre las dos últimas naciones, sea en favor de la una o de la o- 
tra; las dimensiones que tomará naturalmente la guerra, cuando se 
trata de los grandes intereses de esas dos potencias, y, por último, 
la prolongación de tal estado de cosas y el resultado definitivo q' 
puede muy bien traer ?a ruptura del equilibrio americano, hacen 
indispensable el pronto regreso de U. S. a esos lugares, a fin de 
que pueda aprovechar de las circunstancias, con el tino y pru- 
dencia que estos asuntos demandan, para que la negociación pen- 
diente obtenga un resultado favorable. 



60 MERCURIO PERUANO 

"Pudiera también presentarse la oportunidad de que el Perú 
ofrezca sus buenos oficios al Brasil y la Confederación Argen- 
tina; pero, en tal caso, debe obrarse con la mayor sagacidad, por- 
que tratándose, entre esas dos potencias, del predominio en el 
Plata, difícilmente puede concebirse que aceptaran una media- 
ción o una intervención oficiosa, para ponerse de nuevo en con- 
tacto, con el objeto de hacer la paz; a no ser que medien acon- 
tecimientos imprevistos que las obliguen a ello. 

"Habiendo quedado en suspenso la adhesión al pacto de 6 de 
febrero de 1873, tanto por el cambio de gobierno que tuvo lu- 
gar en la República Argentina, como por la falta de las últi- 
mas instrucciones del de Bolivia, conviene que U. S. procure rea- 
nudar las negociaciones, del modo que considere más prudente, 
sujetándose a las instrucciones que se le tienen comunicadas y 
de las que me he ocupado al principio. 

"Por las copias que remito a U. S., con fecha de 12 del ac- 
tual, marcadas con el número 2, se habrá U. S. impuesto de que 
el gobierno de Bolivia se encuentra siempre decidido a que se 
continúe por su parte el negociado, para obtener la adhesión de 
la Argentina. Antes de mi salida de La Paz, me ofreció el se- 
ñor Ministro de Relaciones, trasmitir a U. S. las nuevas instruc- 
ciones que solicité, al darle cuenta de los últimos actos de la 
negociación, por medio de su nota Memorándum. 

"En dichas instrucciones manifestará también a U. S. la 
aceptación, que ya conoce, por las copias indicadas, del senti- 
do que, de común acuerdo, hemos dado al inciso 3.° del art. 8.". 
del Tratado de alianza; el mismo que, según parece, fué acepta- 
do, si no explícita al menos tácitamente, por el señor Tejedor, 
que no hizo observación alguna en contrario. U. S. insistirá en 
este punto que debe quedar consignado en el protocolo de adhe- 
sión. 

"En cuanto al uti possidetis, que ha contribuido por parte 
de Bolivia a entorpecer la negociación, está U. S. al corriente de 
que el señor Baptista insiste en que se sostengan las explica- 
ciones que contiene el proyecto de respuesta presentado por U. 
S. al señor Tejedor, autorizándolo, al mismo tiempo, para que, 
en caso de que no pudiese U. S. conseguir su aceptación, pro- 
cure obrar de modo que el gobierno argentino no haga más tar- 
de cuestión sobre Tarija, que forma hoy parte integrante de la 
república boliviana. U. S. recordará algunas ideas del señor Te- 
jedor sobre esa materia, y puedo asegurar a U. S. que, en confe- 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIANO 61 

rencia reservada y confidencial, me indicó el señor Uriburu, Ple- 
nipotenciario de la Confederación en Bolivia, que su gobierno no 
pensaba hacer cuestión de ese territorio. 

"De consiguiente, y apesar de las dificultades que encontró 
U. S. para que se aceptase la idea enunciada al principio, puede 
suceder que se consiga, si el nuevo gobierno las tiene menos se- 
veras a este respecto, o si el estado de sus cuestiones con Chi- 
le, hace que desee perfeccionar la adhesión. En uno u otro caso, 
procurará U. S. complacer al gobierno de Bolivia, tratando, pre- 
vio acuerdo confidencial con el Ministro de Relaciones Exterio- 
res, de conseguir el resultado apetecido, en los términos más 
convenientes y como ampliación a las explicaciones que dio U. 
S. en oficio de 21 de setiembre del año p. pdo. Debo advertir a 
U. S. que el señor Baptista me ofreció, personalmente, dar a U.S. 
a este respecto amplios poderes, con sólo la limitación de que 
queden a salvo los intereses de Bolivia. 

"Respecto a la reserva hecha por parte del Perú sobre el 
Brasil, espero que el señor Ministro de Relaciones Exteriores 
de aquella república, comunicará a U. S. sus instrucciones, ha- 
biéndose convencido, según me manifestó en conferencia verbal, 
de las inquietudes del Imperio y de la conveniencia de evitar- 
nos complicaciones con él. U. S. debe tener siempre presente 
cuánto nos importa conservar la armonía que existe con el Bra- 
sil, y evitar una alianza de esa nación con Chile, pues las conse- 
cuencias de esa unión son muy fáciles de preveer. 

"Una vez terminada la negociación de un modo definitivo, 
procederá U. S. a comunicarla con el carácter de reservada que tie- 
ne, al gobierno Imperial del Brasil, en cumplimiento de los 
compromisos que U. S. contrajo en Río Janeiro, con el Vizcon- 
de de Caravellas; pero, en el caso inesperado de que no se ob- 
tenga la adhesión o de que se aplace nuevamente, no debe U. S. 
poner ese resultado en noticia del gobierno brasilero, antes de 
recibir órdenes de este Despacho. 

"Por lo demás, dejo al tino y prudencia de U. S. el aprove- 
char de las ocasiones que se presenten para procurar que nues- 
tras relaciones con las Potencias, cerca de las cuales se encuen- 
tra acreditado, se conserven en el mejor pié posible, siempre 
que no estén de por medio la dignidad y los intereses del país, 
que en todo caso deben quedar a salvo. 

"La situación actual del Perú y de las naciones de que me he 
ocupado en esta nota, hace indispensable que nuestros Represen- 



62 llERCURtO PERUANO 

tafites en este Continente no olviden, por un momento, la polí- 
tica leal del gobierno en sus relaciones internacionales, teniendo 
presente que no sólo conviene evitar el vernos complicados en 
cuestiones en que no tenemos intereses directos, sino que, con- 
forme el espíritu del Tratado de 6 de febrero, debemos trabajar 
en el sentido de que terminen amigablemente las desavenencias 
que pueden sur j ir entre las otras Potencias, procurando que no 
llegue el caso de ruptura entre ellas, e inclinando su ánimo a la 
idea de someter sus cuestiones a la decisión arbitral, a ñn de 
hacer imposible la guerra, de la que no pueden recogerse sino 
frutos muy amargos. 

"U. S. está bien penetrado de las ideas del gobierno y com- 
prende sus deseos, de alcanzar el elevado objeto que se propuso 
al celebrar el pacto de alianza defensiva, el mismo que dejo indi- 
cado en esta nota. Cuento, pues, para conseguirlo con la ilustra- 
da cooperación de U. S., seguro de que trabajará activamente en 
ese sentido, con 1^ circunspección que le caracteriza y que estos 
asuntos demandan. 

"Dios guarde a U. S. 

(Firmado).— "i4. V, de la Torre." 



Lima, Abril 12 de 1875. 



("Reservada 
No. a") 



"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen, E. E. y Mtro. Plenipotenciario del 
Perú en Buenos Aires. 

"Remito a U. S. en copia auténtica los ofícios pasados a este 
Despacho por nuestra Legación en La Paz, en los cuales se dá 
cuenta de la conferencia celebrada con el señor Ministro de Re- 
laciones Exteriores de Bolivia, a fín de ponerse de acuerdo acer- 
ca de las nuevas instrucciones que deben darse a U. S., para ob- 
tener defínitivamente la adhesión de la República Argentina al 
Tratado de alianza de ^ de febrero. Adjunto también a U. S. co- 
pia del ofício en que el señor Baptista ratiñca, en su mayor parte, 
el resultado de aquella conferencia. 

"Dios guarde a U. S. 

(Firmado).— "i4. V. de ¡a Torre," 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIAMO 63 

"Legación del Perú en Bolivia. —La Paz, febrero 15 de 1875. 

("Reservada 

No. 34") 

"S. M. 

"El 13 tuve una larga conferencia con el Excmo. señor Mi- 
nistro de Relaciones Exteriores, sobre la adhesión de la Repú- 
blica Argentina a nuestro Tratado de alianza defensiva de 6 de 
febrero de 1873. Durante la discusión procuré que nos pusiéra- 
mos de acuerdo para las nuevas instrucciones que deben darse al 
señor Yrigoyen en ese delicado asunto. Respecto al uti posside- 
tis, el gobierno de Bolivia encargará al señor Yrigoyen que in- 
sista en la explicación que dio (observación la.), procurando, 
en cuanto sea posible, que se consigne la 2a. parte en que no se 
pone en duda las nacionalidades americanas tales cual hoy existen. 
Confidencialmente se le dirá que si no puede conseguirse esto 
con el nuevo gobierno, procure hacer de modo que no se haga 
más tarde cuestión de Tarija, ni para alegar pretensiones, ni pa- 
ra exigir compensación. — Finalmente, se dejará en libertad a 
nuestro Representante en el Plata para que, con su sagacidad y 
tino, salvando los intereses de Bolivia, obtenga la adhesión al 
Tratado. Respecto del inciso 3." del art. 8.°, se admite la inteli- 
gencia que le hemos dado, y se darán instrucciones en ese senti- 
do. En una palabra, encuentro la mejor voluntad en este gobier- 
no, tanto para conseguir la adhesión, como para el arreglo equi- 
tativo de sus límites con la Confederación Argentina. El resul- 
tado que he obtenido me parece satisfactorio; y siento que mis 
preparativos de viaje no me permitan extenderme más, aunque 
con esto es suficiente para que U. S. conozca lo acordado. Díg- 
nese U. S. elevar este despacho al conocimiento de S. E. el Pre- 
sidente de la República, aceptando los respetos de su atento ser- 
vidor. 



"Legación del Perú en Bolivia.— La Paz, febrero 16 de 1875. 

("Reservada 
No. 38") y 

"s. M. r 

1' 

"Acompaño a U. S. copia del despacho que he recibido del 
Excmo. señor Baptista, relativo al. Tratado de 6 de febrero de 



64 MERCURIO PERUANO 

1873. U. S. notará una pequeña falta de lo acordado al tratarse 
del uti possidetis; pero no dudo que el origen de ella sea defec- 
to de redacción y tiempo hay para salvarla, si al dar las ins- 
trucciones al señor Yrigoyen, se omite. Yo cuidaré de recordar 
ese punto, antes de mi viaje. 
"Dios guarde a U. S. 

(Firmado).— "i4. V. de la Torre." 

"Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia. La Paz, febrero 
15 de 1875. Confidencial. A. S. E. el señor Ministro Plenipo- 
tenciario del Perú en Bolivia. 

Pte. 
"Señor : 

"Me es grato confirmar a V. E. las seguridades que le tenfo 
dadas, en la última conferencia verbal, sobre el acuerdo definiti- 
vo que ha de establecerse para facilitar la adhesión del gobierno 
argentino al Tratado de alianza: — La forma en que ha consigna- 
do nuestro Plenipotenciario señor Yrigoyen el uti possidetis ha 
de mantenerse con decisión; y sólo será dado variarla hasta un 
punto que no comprometiese los derechos de Bolivia a Tarija, ni 
como declaración anterior suya, que los afectase indirecta o di- 
rectamente, ni como antecedente que sirviese a la Cancillería ar- 
gentina para concedernos Tarija, como una compensación en 
posteriores arreglos. El inciso 3." del art. 8.", una vez que ha si- 
do idénticamente definido por el Excmo. Gobierno del Perú y 
el de Buenos Aires, no habrá inconveniente en que mi gobierno 
lo acepte de igual modo. Estas seguridades confidenciales que 
tuve el honor de dar a V. E., recibirán el sello de una positiva 
instrucción comunicada directamente al señor Yrigoyen, tan 
luego que me sea permitido consultarlas con el Presidente de la 
República en su pormenor. Mayor explicación no me es posible 
hacer en estos momentos, por hallarse este archivo desprovisto 
de todos sus antecedentes, dejados en Sucre antes de la Cam- 
paña. 

"Con sentimientos de especial distinción me repito de V. E. 

"Atento y seguro servidor. 

(Firmado) . — "Mariano Baptista," 

Son copias. Por el oficial Mayor, 

"El Jefe de la Sección Diplomática 
"(Firmado) P. Paz Soldán y Unánue". 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVlANO 05 

'' "Lima, Abril aa de 1875. 

("Reservada 

No. 7") 
"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen, E. E. y Mtro. Plenipotenciario del 
Perú y Repúblicas del Plata. 

"En nota de 7 de abril de 1874, se dijo a U. S. por este Mi- 
nisterio, entre otras cosas, que a fin de hacer cesar la alarma que 
pudiera causar al gobierno del Brasil la noticia de una alianza 
entre el Perú, Bolivia y la República Argentina, se hiciese 
constar en el protocolo de adhesión al Tratado de 6 de febrero 
de 1873, que "la alianza no se extendería a las cuestiones que por 
razones políticas o de territorios, pudiesen suscitarse entre la 
Confederación y el Imperio del Brasil; sino que se circunscribi- 
ría a las cuestiones de límites entre las Repúblicas Argentina, 
Bolivia y Chile y a las demás que pudieran surgir entre los paí- 
ses contratantes". 

"Si la primera parte de esta reserva se explica fácilmente, 
por la razón alegada de tranquilizar al Imperio, con el cual con- 
servamos siempre la mejor armonía, no sucede lo mismo con la 
segunda, que una vez introducida, despojaría al pacto citado del 
elevado carácter, reduciéndolo a muy pequeñas proporciones. U. 
S. sabe bien que el gobierno del Perú al celebrarlo tuvo más ele- 
vadas miras, pues está llamado a ser la base de la cordial unión 
de las naciones de nuestro continente, procurando, en cuanto es 
posible, evitar una guerra, entre las de un mismo origen, y ha- 
ciendo nacer una nueva era de Derecho Público para la América 
del Sur. Mal puede, en tal concepto, circunscribirse a los objetos 
especificados en la segunda parte de la reserva, y el gobierno no 
puede limitarse a ellos. 

"Es, pues, necesario que U. S., al formalizar la adhesión, 
introduzca únicamente en el protocolo respectivo o en notas re- 
versales, como se había acordado, que "la alianza no se exten- 
derá a las cuestiones que por razones políticas o de territorios 
puedan suscitarse entre la Confederación Argentina y el Impe- 
rio del Brasil". De este modo se habrá conseguido el objeto que 
el gobierno se ha propuesto, y el Tratado conservará el elevado 
espíritu con que fué acordado. 

"Dios guarde a U. S. 

(Firmado).— "i4. V. de la Torre." 
(Continuará) 

PEDRO YRJOOYEN 



Notas varias 

REVISTA DE LA SITUACIÓN EUROPEA 

Toda revista de las actuales condiciones de Europa, la paz 
fírmada ya. forzosamente peca de superfícialidad. No pueden 
deducirse consecuencias lógicas de los sucesos que se realizan, 
pues la catástrofe ha sido tan universal, los factores que inter- 
vienen en el nuevo equilibrio del mundo son tan numerosos y 
tan complejos, y hay tal falta de precedentes para clasifícar las 
situaciones producidas, que preciso es conformarse con el estu- 
dio somero de los hechos, conservar el espíritu abierto, y del 
tropel confuso de los acontecimientos deducir oscuramente las 
nuevas orientaciones de la humanidad. 

Europa, que durante cuatro años se ha debatido en convul- 
siones mortales, muy lejos está de haber recobrado la salud, y su 
convalescencia sin duda alguna será muy larga y sujeta a las 
más fatales eventualidades. No sería posible suponer cosa dis- 
tinta y abrigar la creencia de q' con la firma de la paz automáti- 
camente vendrán la tranquilidad y la abundancia a reparar la 
destrucción producida por la guerra. La paz, obra de los hom- 
bres, naturalmente es imperfecta, y como de su imperfección 
empiezan a brotar los gérmenes de discordia futura, ya podemos 
percibir las grandes interrogaciones que encierra el por- 
venir: ¿Se sobrepondrá el concepto idealista de la Liga de las 
Naciones al juego de las pasiones e intereses individuales? 
¿Sucumbirá el capital ante las irrazonadas exigencias del tra- 
bajo? Hé ahí los dos puntos esenciales, de cuya resolución de- 
pende el rumbo que ha de seguir la humanidad futura. 



En la victoria, Francia quizás encuentre igual ruina a la 
que hubiera hallado en la derrota. Se calcula que la guerra le 



NOTAS 67 

cuesta 63 mil millones de dólares y la proporción que le corres- 
ponde de la indemnización exigida a Alemania asciende a más o 
menos $ 13,000.000.000. De modo, pues, que la diferencia de cin- 
cuenta mil millones de dólares la tendrá que sobrellevar su 
mermada población, que ha quedado reducida a 35 millones de 
habitantes. Alemania, en cambio, no habiendo sido invadida, no 
ha sufrido perjuicio material. Según declaraciones de su Minis- 
tro de Relaciones Exteriores ha gastado 34 mil millones de dólares. 
Agregando a esta cifra la de veinticinco mil millones de dólares, 
por concepto de indemnización de guerra, se llega a la suma de 
59 mil millones de dólares, repartidos entre 68 millones de ha- 
bitantes o quizás 80 millones, si algún día lleva a efecto su pro- 
yectada unión con el Austria Germánica. Es pues evidente que 
la carga guerrera es mayor para Francia que para Alemania y 
únicamente gracias a la sostenida ayuda de Inglaterra y Estados 
Unidos podrá seguir siendo factor mundial. Y además Francia 
ha sido tratada por sus aliados anglo-sajones con justicia, más 
nó con la genrosidad que merecerían sus heroicos esfuerzos. Si 
a ella se le encarga la vigilancia perpetua — el arma al brazo — del 
común enemigo, parece ser de buena lógica darle la frontera del 
Rhin, ofrecida por los Aliados de 1814. Si el principio de las 
nacionalidades es aplicado en forma discutible en el caso de la 
Alemania Oriental, no parece que existieran insuperables incon- 
venientes para el fortalecimiento de Francia hasta colocarla en 
situación claramente superior a Alemania. 

Rusia constituye el eje y encierra la clave de la situación 
europea. El político que logre hallar la fórmula que resuelva 
aquel problema merecerá figurar en el primer puesto en la his- 
toria de la diplomacia. La política seguida por la Entente es de 
observación pura y simple — nadie se atreve a tomar a su cargo 
la intervención con todas sus incalculables consecuencias. 
Mientras tanto el enorme país disgregado se hunde cada día 
más en los horrores de una anarquía sin nombre. Es una úlcera 
en el cuerpo europeo, que si no es tratada a tiempo muy bien 
puede acabar con la vida del enfermo. 

Alemania no podía razonablemente esperar una paz más 
ventajosa que la que consiguió. Económica y políticamente ha 
de quedar a merced de sus adversarios por muchos años, pero es 
fácil exagerar la debilidad de los pueblos caídos. Hay en ellos 
recursos y elasticidades insospechados. Si alguna comparación 
cabe en este caso, Alemania se asemejaría a Cartago después de 
la segunda guerra púnica. Quizás busque su porvenir en Rusia, 



68 MERCURIO PERUANO 

infiltrándose a través de Polonia — que probablemente no ha de 
ofrecerle obstáculo serio — y utilizando para sus fínes la infini- 
ta potencialidad allí latente. Será obra de la Entente obstaculi- 
zar esa infiltración alemana en el ex-imperio moscovita y parece 
obra muy difícil — no serán por cierto los tratados los que im- 
pedirán la relación cada vez más estrecha de Rusia con Alema- 
nia, sino la contra-propaganda incesante y un plan político de- 
finido, cosas que por ahora no existen en lo absoltito. 

Para Inglaterra uno de los más funesto resultados de la 
guerra ha sido la pérdida del primer puesto que ocupaba en el 
mercado industrial del mundo. Hasta que la guerra estalló o- 
cupaba ese primer puesto a pesar de su relativa escasez de ma- 
terias primafc y de su inferioridad respecto a los Estados Uni- 
dos y Alemania en la producción de carbón y hierro — sencilla- 
mente por el sistema de salarios más bajos que en cualquier 
parte. A ese sistema se debe la creación de una raza inferior en 
las ciudades manufactureras de la Gran Bretaña, raza de indivi- 
duos privados de todo desarrollo físico y moral y a los cuales se 
refirió Lloyd-George en su frase: "No se puede formar una na- 
ción número uno con un pueblo número tres." Al darse la ley de 
conscripción se descubrió que una tercera parte de los reclutas 
de edad militar eran inaparentes para el servicio. Y ahora los 
dirigentes británicos reconocen que es urgente e indispensable 
adoptar otros métodos y rehabilitar la raza, y por lo pronto el 
Gobierno se ha comprometido a construir un millón de casas 
para obreros. Los salarios van aumentando incesantemente y 
desde luego Inglaterra ha perdido aquella ventaja, debida a la 
explotación del obrero. 

Sería difícil exagerar la trágica situación de Italia. Italia 
contempla problemas gravísimos relativos a su alimentación y a 
la desmovilización de su gran ejército. Necesita un millón de 
toneladas de carbón al mes, necesita algodón, necesita toda cla- 
se de productos v lleva a cuestas una deuda colosal. Y luego 
tiene que afrontar una crisis interna latente que repentinamen- 
te puede producirse en forma de maximalismo agudo y general, 
del cual ya han ocurrido las primeras manifestaciones. Herida 
en sus aspiraciones, Italia, con o sin justicia, seguramente con- 
serva rencor y amargura contra sus actuales aliados y probable- 
mente se distanciará cada vez más de ellos. 

El cuadro que presentan las grandes potencias de Europa 
es, como se vé, sombrío, y subsiste el peligro de que fuerzas aún 
más destructoras que la misma guerra, se desencadenen y hun- 



NOTAS 69 

dan al viejo mundo en la noche más negra de la ruina. Es un 
hecho que muchos millares de seres humanos actualmente pere- 
cen de hambre en la Europa Central, especialmente en los países 
situados al Oriente de Alemania. Existe carencia total de me- 
dios de transporte y por lo tanto no pueden moverse los alimen- 
tos de los puertos hacia el interior. Rusia ya no produce para 
la exportación, y Rumania — uno de los graneros de Europa — ha 
perdido todos sus elementos agrícolas, no tiene semillas y no 
cultiva sino para su consumo local. Todo se conjura, pues, para 
favorecer movimientos maximalistas, sobre todo en la Europa 
Central. La paralización industrial es completa en todas par- 
tes y la gran masa de trabajadores desocupados, que perciben 
subvención gubernativa, constituye un elemento muy serio de 
peligro. 

La salvación de Europa parece consistir en la inmediata 
restauración de todas sus industrias. A este respecto, los Esta- 
dos Unidos son los llamados a desempeñar el papel de redento- 
res de Europa, mandándole materias primas, maquinarias, ali- 
mentos y material de transporte para efectuar su movilización 
industrial, todo esto en forma ilimitada, a manos llenas. Y tie- 
ne que ser pronto, porque el hambre es mal consejero y no da 
tiempo a que se desenreden por sí solas las complicaciones de 
orden económico-social . 

C. W. 



LA MISIÓN DE LA "HISPANIC SOCIETY" DE NUEVA YORK. 



Desde hace pocas semanas se encuentran en Lima los señores William 
Belmont Parker y Sturgis Elleno Leavitt, enviados de la Sociedad His- 
pánica de Nueva York, para realizar los fínes de acercamiento cultural, 
que señalan sus estatutos, entre la Gran República del Norte y las na- 
ciones hispano americanas. 

Aquella Sociedad, fundada el i8 de Mayo de 1904, a impulsos de la 
magnífica generosidad del multimillonario yanqui, señor Archer M . Hun- 
tington, con el levantado propósito de fomentar la fraternidad intelec- 
tual entre los hijos de Inglaterra y los de España en este Continente, se- 



70 MERCURIO PERUANO 

ñala, efectivamente, en el acta de su constitución, como medio para al- 
canzar tan elevado intento, "el incremento del estudio de las lenguas es- 
pañola y portuguesa, así como de sus literaturas e historias y el progre- 
so en el estudio de los paises en que se habló y se habla el español y el 
portugués". Siguiendo el rumbo trazado por la noble inteligencia de su 
fundador, la Sociedad no ha escatimado esfuerzos ni descuidado medios 
para penetrar en lo más hondo de la civilización española e hispanoame- 
ricana, para extraer sus escondidos tesoros literarios y artísticos y di- 
fundirlos luego en los Estados Unidos, estableciendo así el intimo con- 
tacto entre ambas mentes y culturas. En su Museo ha almacenado valio- 
sísimas colecciones de cuadros, alfarería, talladuras y labrados en made- 
ras y metales, artefactos característicos, mosaicos, mapas, dibujos y has- 
ta sarcófagos de mármol góticos y del Renacimiento. Su Biblioteca, que 
cuenta ochenta y cinco mil volúmenes, comprende casi todas las produc- 
ciones literarias de España y sus dominios del Nuevo Mundo y cuenta con 
muy raras colecciones de incunables, manuscritos antiguos, cartas y códi- 
ces. La "Revue Hispanique", su órgano periodístico, publica estudios de 
los más autorizados escritores castellanos sobre las obras maestras de la 
literatura española ; en su Pinacoteca se exhiben maravillosas telas de 
Velásquez y El Greco, al lado de las de los contemporáneos Sorolla y Zu- 
loaga, y sus esmeradas ediciones facsimilares vulgarizan con los inmorta- 
les monumentos del ingenio hispánico, por todos conocidos, los ya olvi- 
dados o ignorados escritos de peregrinos literatos de pasados siglos. 

Pero la Sociedad Hispánica sabe que no realizaría el objeto de su 
instituto si se limitase sólo a descubrir el alma española e hispanoameri- 
cana de otras épocas a los norteamericanos, a despertar esa alma ancestral 
que duerme hace siglos en los infolios y los pergaminos para encontrar 
en ella lo que hay de sustancial y permanente en la gran nacionalidad 
hispánica . Precisa conocer, sobre todo, la nueva alma hispanoamericana, 
con sus actuales pensamientos y tendencias, no menos una por animar 
veinte miembros distintos; y se consagra a publicar los libros y las con- 
ferencias de los grandes directores del pensamiento español y quiere fa- 
miliarizarse con las múltiples mentalidades de las repúblicas sudameri- 
canas. A preparar este conocimiento, envía a Centro y Sudamérica sus 
delegados, con el encargo de que estudien a los representantes de todos 
los órdenes de la vida nacional y cataloguen sus escritos. 

El Sr. WilJiam Belmont Parker publicará diccionarios biografíeos de 
las personas que representan las direcciones del pensamiento en las prin- 
cipales repúblicas de este hemisferio. Ya ha publicado el correspondien- 
te a Cuba, "Cubans Of To-Day", en elegante volumen de cerca de 700 
páginas, que encierra cerca de doscientas cincuenta biografías con los 
retratos de los biografiados; y se propone hacer otro tanto en nuestro 
país. El Sr. Parker es una distinguida personalidad intelectual. Confe- 
rencista y profesor d» lengua inglesa en Harvard, ha publicado una anto- 
logía crítica del gran filósofo Emerson, una edición comentada del 
poeta norteamericano Hill y varios libros más. La excelente edición del 
Diccionario Biográñco de Cubanos, demuestra su perfecta preparación 
para la obra. 

El Sr. Elleno Lea^itt es igualmente un notable universitario de Har- 
vard, en cuyas aulas ha ^do conferencista; y por su versación en cues- 



MOTAS 71 

tiones de historia literaria, ha merecido que la Sociedad Hispánica le en- 
comiende la organización de la bibiliografía peruana, sólida base para la 
Historia de la Literatura Peruana, que la Sociedad proyecta redactar. 

"Mercurio Peruano", en cuyo espíritu nacionalista encuentra simpá- 
tico eco la misión de la Sociedad Hispánica de propaganda de nuestra 
cultura y nuestro espíritu, saluda cordialmente a los delegados de la 
Hispanic Society y hace votos porque lleven a cabo ciunplidamente su 
obra, para bien de nuestro país y de la fraternidad americana. 

M. B. 



LAS CONFERENCIAS DE "ENTRE NOUS" 

La sociedad femenina "Entre Nous", que viene realizando aquí, lo 
que en París hace VUniversité des Annales, inauguró la saíson de sus 
conferencias con una disertación de la señorita María Isabel Sánchez 
Concha sobre Maetcrlinck. La señorita Sánchez Concha, conocida en 
nuestros círculos intelectuales con el nombre de Belsarima, ha tenido un 
éxito muy simpático y muy justificado con su estudio de la obra sugeren- 
te, poética y profu» da del gran pensador belga . 

Después de apreciaciones generales sobre su teatro y sus libros de fi- 
losofía y literatura, l^elsarima se ocupó detenida y cariñosamente de a- 
quella adorable fantasía que se llama "El Pájaro Azul". 

Con lenguaje galano, fácil palabra y elegante dicción, narró la confe- 
r«>ncista todos los episodios de ese cuento, lleno de símbolos, de poesía, de 
misterioso encanto. 

La distinguida concurrencia que llenaba la sala del Teatro Colón, 
premió con calurosos aplausos la labor de la conferencista que ha añadi- 
do un triunfo más a los que ya tiene conquistados. 

M. W. 



LA EXPOSICIÓN DE PINTURA DE JOSÉ SABOGAL 

A mediados de la pasada semana inauguró en el local de la Casa 
Brandes, su primera exposición de Pintura el artista señor José Sabo- 
gal. Es una colección de cuadros (paisajes y retratos) de carácter com- 
plenamente regional; aspectos de la Naturaleza y de los habitantes del 
Sur del Perú, reproducidos con notable realismo y original visión artís- 
tica. 

No disponiendo de mayor espacio en este número para ocuparnos 
de la exposición del señor Sabogal, como se merece, reservamos un si- 
tio en nuestro próximo número a nuestro crítico de arte para que ana- 
lice detenidamente las telas exhibidas y estudie la personalidad del ar- 
tista que nos ocupa. Nos prometemos también dar una o varias reproduc- 
ciones cromáticas de sus mejores cuadros. 



Notas Bibliográficas 



Gloria Vict0ribus. — Es un lujoso álbum editado a todo costo, con 
profusión de grabados, en que se describen y detallan las fiestas y rego- 
cijos con que los elementos de nuestra sociedad, solidarixados con 
las colonias aliadas, celebraron, en incontenible explosión de entusiasmo 
la cesación de la guerra europea y el armisticio pactado entre los comba- 
tientes, en aquellos exaltados días de júbilo que hasta entonces Lima no 
habla vivido. En sus páginas se detallan todas esas fiestas; se insertan 
los retratos de Ins jefes At las naciones aliadas, de sus representantes en 
el Perú, de los miembros prominentes de sus colonias y de los políticos y 
periodistas peruanos que contribuyeron con su palabra y sus escritos a 
que nuestro país rompiera relaciones con los Imperios Centrales. 

Agradecemos al señor Pabio Camacho, autor de este elegante albwn, 
el envío que de esa publicación nos ha hecho. 



Revista de Kevistas 



Ideas y Figuras, Madrid, Setiembre, 1918. Dirigida por el argenti- 
iK> Alberto Ghiraldo, espíritu libérrimo y sólido carácter, aonqne tal 
vez tocado un tanto de iacobinismo, esta publicación es una de las que 
propagan doctrinas e ideas con mayor vivacidad en la Península; aca- 
so sólo pueda comparársela, en este sentido con "España", semanario, 
éste, de mayor vigor y riqueza intelectual, del que algún día hemos de 
ocuparnos . 

Reproducimos hoy el siguiente artículo de José Ortega y Gasset, 
ya tan vivo en el pensamiento de nuestro público intelectual su nombre, 
que no precisa añadirle los calificativos que por estricta justicia le die- 
ran realce. 



ÉPICA 



"Lo que el lector üe la pasada centuria buscaba tras el título "no- 
vela" no tiene nada que ver con le que la edad antigua buscaba en la 
épica . Hacer de ésti derivarse aquélla, es cerranos el camino para 
comprender las vicisitudes del género novelesco, dado que por tal en- 
tendamos principalmente la evolución literaria que vino a madurar en 
la novela del siglo XIX 

Novela y épica son justamente lo contrario. El tema de la épica es 
el pasado como tal pasado: háblasenos en ella de un mundo que fué y 
concluyó, de una edad mítica cuya antigüedad no es del mismo modo un 
pretérito que lo es cualquier tiempo histórico remoto. Cierto que la 
piedad local fué tendiendo unos hMos tenues entre los hombres y dioses 
homéricos y los ciudadanos del presente; pero esta red de tradiciones 
genealógicas no logra hacer viable la distancia absoluta que existe en- 
tre el ayer mítico y el hoy real . Por muchos ayer reales que interpo- 
lemos, el orbe habitado por los Aquiles y los Agamemnón no tiene co- 
municación con nuestra existencia y no podemos llegar a ellos paso a 
paso, desandando el camino hacia atrás que el tiempo abrió hacia ade- 
lante. El pasado épico no es nuestro pasado. Nuestro pasado no repug- 



74 MERCURIO PERUANO 

na que lo consideremos como habiendo sido presente algvna vei . lias 
el pasado épico huye de todo presente, y cuando queremos con la remi- 
niscencia llegamos hasta él, se aleja de nosotros galopando como loe 
caballos de Diómedes, y mantiene una eterna, idéntica distancia. No 
es, no, e} pasado del recuerdo, sino un pasado ideal . 

Si el poeta pide i la Mneme. a la Memoria, que le haga saber los 
dolores aqueos, no acude a su memoria subjetiva sino a una fuerza cós- 
mica de recordar, que supone latiendo en el universo. La Maeme no es 
la reminiscencia del individuo sino un poder elemental. 

Esta esencial Irjaiia de lo legendario, libra a los objetos épicos de 
la corrupción. La misma causa que nos impide acercarlos demasiado a 
nosotros y proporcionarles una excesiva juventud — la de lo presente—, 
conserva sus cuerpos inmunes a la obra de la vejez . Y el eterno fres- 
cor y la sobria fragancia perenne de los cantos homéricos, mis bien que 
una tenaz juventud, significan la incapacidad de envejecer. Porque la 
vejez no lo sería si Fe detuviera. Las cosas se hacen viejas porque cada 
hora, al transcurrir, las aleja más de nosotros, y esto indefinidamente. 
Lo viejo es cada vez más viejo. Aquiles, empero, está a igual distancia 
de nosotros que de PIatón'\ 

Esta última frar.e: "Aquilea, empero, está a igual distancia de nos- 
otros que de Platón", resume el pensamiento íntimo de Ortega en la 
redacción de la viva y fluyente nota que hemos transcrito. La eterni- 
dad de lo clásico, de lo ideal, es una de las preocupaciones constantes 
del perspicacísimo pero desigual — acaso sea esto una cualidad, un sig- 
no de vitalidad y de riqueza interior — autor de "Meditaciones del 
Quijote". Hemos notado como característica en Ortega la tendencia a 
huir de lo común, de In manido, nó por prurito de elegancia o exqui- 
sitez, sino por espíritu de investigación positiva, por el deseo de estili- 
zar lo más posible en el campo de las ideas, extrayendo éstas de la rea- 
lidad viva y palpitante del momento, dándoles al mismo tiempo un sello 
definitivo. Tal es el secreto, a nuestro juicio de la originalidad de su 
literatura . 

E. E. 



Erratas sustanciales 



En el número anterior de Mercurio, se han deslizado algu- 
nas erratas fundamentales en el artículo del señor D. Antonio 
Sagarna, titulado "Cuestiones de Asistencia Social". 

Pág. 442 — línea i8a, palabra 7a., en lugar de "forma", debe 
decir fórmulas; 

Pág. 444 — línea 8a. entre palabras la y aa., debe intercar- 
larse higiénicas y; 

Pág. 445, línea 2a., después de endógenos, debe apregarse 
y exó genos; 

Pág. 445, línea 8a., palabra ga., después de ella debe agre- 
garse lo siguiente: en defensa de la vida de la madre, y en el se- 
gundo se salvaría el vastago; 

Pág. 445, línea 13a palabra 6a., en lugar de insospechable de- 
be decir insospechado; 

Pág. 446, línea 20a, palabra iia, debe decir malezales y no 
marezales; 

Pág. 447, linea 133, palabra la., debe agregarse después de 
ella, jardinería, fruticultura, avicultura. 



SUPLEMENTO DE ART 



^RCÜR< 




Exposición y Objeto del Criterio^) 



Honramos nuestras columnas con las siguien- 
tes páginas del eminente profesor uruguayo señor 
Santin Carlos Rossi. Es el Dr. Rossi, al mismo 
tiempo que un notable sicópata, un sociólogo de ver- 
dad y un literato distinguido y así se unen en su 
obra la precisión científica, las ideas generales y la 
elegancia en la forma. Pertenece el Dr. Rossi a 

#Ia brillante generación uruguaya que encabezara el 
malogrado Héctor Miranda, y que ha dado al país 
hermano su actual Presidente y las personalidades 
más visibles de su política y de sus letras. 

' PANORAMA BIOLÓGICO DEL HOMBRE. 

El hombre es el único ser viviente que ha logrado modiñcar 
por su esfuerzo propio sus relaciones con el medio que habita, 
la corteza de la Tierra. Así, mientras los demás animales, her- 
bívoros o carnívoros, siguen tributarios de las praderas, los 
montes, los mares y los ríos para adquirir sus materiales nutri- 
tivos, el hombre hace surgir de las entrañas de la tierra el cereal 
o el agua que necesita, extrae del seno de los mares o del fondo 
de los bosques los animales que pueden alimentarlo, y pone a su 
servicio, "domesticándolos", los que no le interesan para su ali- 
mentación. Modificó también la defensa de su organismo con- 
tra la intemperie, defendiéndose del frío, la lluvia o el exceso 
de temperatura por la vivienda y el vestido. Modificó en fin su 
propia traslación en el espacio, reemplazando el movimiento de 
sus extremidades inferiores con la utilización de animales do- 
mesticados o vehículos que "fabricó". 



Capítulo inédito del Übao en prensa "El Criterio Fiaiológica". 



78 ' MERCURIO PERUANO 

Si investigamos las razones biológicas de esta superioridad 
sobre los demás animales, y no hacemos intervenir a la imagina- 
ción, encontramos una decisiva y suficiente: la posesión de ma- 
nos. Otras diferencias más o menos evidentes distinguen al hom- 
bre de los animales que más se le aproximan en organización: el 
desarrollo máximo del cerebro y la palabra. Pero aunque el cere- 
bro del hombre sea más rico en corteza asociativa que el de los 
vertebrados domesticados y por lo tanto educables, y aunque la 
palabra humana sea un maravilloso instrumento de comunica- 
ción como ningún otro ser viviente lo posee, — corteza asociativa 
y lenguaje comunicativo tienen sus imágenes reducidas en casi 
toda la escala zoológica; las manos son sólo del hombre. No es 
posible demostrar — sí no se admite la historia que del hombre 
hace Lamarck — si la adquisición de las manos fué anterior, para- 
lela o posterior al desarrollo cortical del cerebro humano; pero 
lo que puede demostrarse es que el único ser viviente que ha lo- 
grado modificar sus relaciones con el ambiente es aquel cuyas 
extremidades anteriores, libertadas de la función subalterna de 
sostener el cuerpo, terminan en manos. 

Las manos definen al hombre. El sistema nervioso sigue 
ejerciendo en el organismo humano su rol de recibir impresio- 
nes, asociar experiencias, orientar movimientos y conducir estí- 
mulos; la corteza cerebral sigue teniendo la dirección superior 
de todos los fenómenos vitales, por medio de esa función abs- 
tracta de la "inteligencia" que Romanes define como "la facul- 
tad que permite aprovechar de la experiencia para prever el 
porvenir"; pero la transformación del planeta en que vivimos y 
el dominio del hombre sobre las cosas es la obra directa de las 
manos . 

La historia de la civilización humana es la epopeya de las 
n:anos. Cuando la industria (disciplina inteligente de las ma- 
nos) reemplazó a algunos mecanismos orgánicos en la adquisi- 
ción de materiales nutritivos, el hombre pudo conservarse con 
menoF gastos de energía, es decir, tuvo a su disposición un cré- 
dito de energías. Este sobrante de energías es el alimento de la 
civilización. Cuando el hombre apareció en el planeta, no tenía 
a su disposición ni viviendas que lo ampararan, ni armas que lo 
defendieran, ni agricultura que le permitiera intensificar su ali- 
mentación, ni fuego que le permitiera ahorrar calor animal, — y 
sin embargo vivía. Esto significa que su organismo tenía ener- 
gías suficientes para vivir como los demás animales; pero los de- 
más animales, no vivían más que una vida puramente nutriti- 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO ' 79 

va (la reproducción no es más que un aspecto de la nutrición). 
Y a medida que su naciente industria le permitió cumplir las 
funciones conservadoras con menos gastos de energías, el hom- 
bre se dedicó a la misma tarea modificadora de las demás fun- 
ciones orgánicas, tarea que el lenguaje humano engloba en el vo- 
cablo "civilización". 

La civilización destacó definitivamente al hombre en la es- 
cala zoológica. La industria siguió su marcha progresiva, y de 
las nuevas conquistas sobre el medio surgieron nuevos motivos 
de asociación en los hombres. Las colonias humanas, que primi- 
tivamente fueron defensivas, como las demás colonias animales, 
se hicieron además cooperativas en la conquista sobre el ambien- 
te. De la nueva manera de vivir surgieron hábitos nuevos, que 
crearon las instituciones de la civilización. La adquisición de 
materiales nutritivos se hizo definitivamente por la vía indus- 
trial y surgió el trabajo; las funciones reproductoras se enno- 
blecieron con el sentimiento y surguió la familia; las funciones 
de relación atendieron a todas las solicitaciones de interés hu- 
mano, y sin rehusar su contribución ni a la adquisición de mate- 
rial nutritivo ni al ejercicio de las funciones reproductoras, ni 
a la defensa contra las agresiones cósmicas o animales del am- 
biente, — dedicáronse a alimentar las funciones imaginativas y 
crearon el Arte, y a disciplinar la investigación de los fenóme- 
nos naturales y crearon la Ciencia. Toda la historia del hombre 
es función de inteligencia, obra de manos y aplicación de ener- 
gías sobrantes. 

Pero paralelamente al conquistador de la Naturaleza, apare- 
ció en la humanidad el conquistador del hombre. Pronto cono- 
ció la inteligencia el valor de la economía del esfuerzo en la ad- 
quisición de energías, y siempre que le fué posible, el hombre in- 
tentó utilizar el material ya conquistado por el esfuerzo de otro. 
El abuso es una institución humana con tanta personería como 
las otras. A veces el abuso era fácil, y el hombre lo cumplía sin 
mayor consumo de energías: era el despojo del más débil por la 
violencia. A veces no era tan fácil, el débil se asociaba con o- 
tros o se valía de la astucia o de medios industriales que reem- 
plazaban su fuerza ausente, y aparecieron entre los hombres ins- 
tituciones que sucesivamente ampararon o combatieron el abuso: 
la fuerza reglamentada, el mando jerarquizado, las leyes, las pa- 
trias. Todas esas instituciones aparecieron en distintos puntos 
del planeta para proteger al hombre; pero como el atacante o 
agresor era otro hombre, ellas exigieron para ser mantenidas e- 



80 



MERCURIO PERUANO 



nergías sobrantes que no tuvieron aplicación de progreso, aun- 
que la especie siguió progresando sin el concurso de esos lotes 
de energías. 

El abuso no se ejerció solamente contra otros hombres, sino 
contra el propio individuo, que cuando conoció el funcionamien- 
to de todos sus órganos solía ejercerlos sin sujetarse al límite 
"fisiológico". El abuso individual tuvo por consecuencia la al- 
teración del medio interior del organismo o enfermedad, así co- 
mo la desviación de la conducta hacia esas funciones preferidas 
que no producen energías útiles, o vicio. 

Luchas, enfermedades y vicios entre los hombres se fueron 
trasmitiendo con la herencia, como una escolta sarcástica de la ci- 
vilización que puede englobarse en el vocablo sufrimiento, y la 
Especie, para seguir viviendo, necesitó destinar a este apéndice 
de su triunfo sobre el medio energías defensivas, que naturalmen- 
te debe distraer de las economizadas por su industria inteligen- 
te. 

De manera que el hombre del siglo XX cumple cuatro cla- 
ses de actos o funciones: funciones nutritivas, destinadas a ob- 
tener energías y que conservan el organismo; funciones de re- 
lación, destinadas, unas a la conquista de material nutritivo, o- 
tras a la investigación cientíñca y producen progreso, otras al 
alimento de la imaginación y producen arte o "placer", etc.; 
funciones de reproducción, que producen herencia, — y funcio- 
nes defensivas, que combaten el sufrimiento y son en realidad 
reacciones contra agresiones humanas, porque las agresiones de 
la Naturaleza inorgánica ya estaban de hecho vencidas cuando 
se estabilizó el tipo humano por su armonía definitiva con el am- 
biente o "adaptación". 

Cada uno de estos actos o grupos de actos — que son todos e- 
llos funciones orgánicas aunque todos no tengan órganos espe- 
cíficos — requiere y consume su correspondiente lote de energías. 
Así es que el hombre actual distribuye las energías que acumula 
en cuatro lotes: uno para los actos nutritivos, otro para las fun- 
ciones de relación, otro para la conservación de la especie y un 
cuarto lote para defenderse de las energías agresivas, predomi- 
nando en éstas, por lo numerosas e intensas, las de origen hu- 
mano . 

Tal es el panorama biológico del hombre, que aparece em- 
pleando actualmente sus energías en tres direcciones: a) para 
conservarse; b) para progresar; c) para defenderse, — panorama 
que puede sintetizarse en el siguiente esquema: 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 81 

ESQUEMA ENERGÉTICO DEL HOMBRE ACTUAL 

Funciones: Consumen: Producen: 

a) nutritivas. a') energías nutritivas Energ. sobrantes 

rMovimiento. 

b) de relación, b') » de relación jci'e^nda 

t Progreso. 

c) reproductora.s, c') » de repro- 

ducción Herencia 

/Esclavitud. 
I Miseria, 
.v i agresiva y H'^ -■ ^Sresivas y J Vicio. 

/defensiva < defensivas j Enfermedad. 

I Perturbaciones 
I sociales. 

LOS DOS ASPECTOS DEL HOMBRE: LA "ANIMALI- 
DAD" Y LA "HUMANIZACIÓN". 

El esquema que antecede plantea en sus verdaderos térmi- 
nos la naturaleza del hombre, términos que hacen inútil la dis- 
cusión del antropomorfismo. 

La modificación del ambiente por medio de la civilización 
ha constituido un nuevo medio para el hombre, nuevas "circuns- 
tancias'' en el sentido lamarckiano de la palabra; estas nuevas 
circunstancias, que por ser todas producidas por el hombre, po- 
demos llamar "humanas", han determinado en el hombre necesi- 
dades nuevas, a que ha debido someterse por fuerza del hábito, 
— y por último estas nuevas necesidades determinaron nuevas 
funciones, que ora tienen un órgano especial — manos, regiones 
corticales, aparato vocal — ora desarrollan en esferas "humanas" 
y con aplicaciones nuevas los órganos filogenéticos, o que tam- 
bién existen en la escala zoológica: sentimiento para las memo- 
rias sensoriales y asociativas, arte para las funciones de imagi- 
nado i, ciencia para las de previsión, etc. Este aspecto de la vi- 
da del hombre podría ser designado en conjunto con el nombre 
de "humanización", preferible al de civilización y que del pun- 
to de vista metafísico no prejuzga nada. 

Pero destacado este aspecto humano de la vida del hombre, a- 
prcsurémonos a devolver a la célula viva toda su soberanía: el 
medio interior sigue imponiendo sus leyes a la humanización, y 
toda la fuerza del hombre, su industria, su sentimentalidad, su 
arte y su ciencia, — toda la majestad humana que ha dominado el 
mundo, sigue necesitando como los demás animales la correla- 
ción perfecta entre la célula y la linfa, y sigue tributaria de las 
leyes comunes a todos los organismos vivos que hemos estu- 



82 MERCURIO PERUANO 

diado en la primera parte: la "humanización" tiene el triunfo a- 
parente; la dirección suprema la conserva la "animalidad". Sólo 
respetando la animalidad puede continuar viviendo el hombre, y 
si no la respeta sufre o muere. 

El medio interior impone su ritmo a la vida, por eso hemos 
dicho en la introducción que el progreso de la Especie depende 
de que el Dn. Quijote de la "humanización" atienda las adverten- 
cias del buen Sancho de la "animalidad". 

El hombre es, pues, un binomio de animalidad y humaniza- 
ción: constituyen la animalidad las funciones de nutrición, de 
relación y de reproducción, y constituye la humanización todo 
eso que satisface con el trabajo las funciones nutritivas, digni- 
fica con el amor las funciones reproductoras y ennoblece de cien- 
cia o embellece de arte las funciones de relación. 



estímulos de la conducta HUMANA: POSI- 
TIVOS, LA NECESIDAD Y EL PLACER; NEGATIVO, 
EL DOLOR. 

¿Por qué se siente el hombre atraído hacia horizontes tan 
desiguales? ¿Por qué aplica sus energías en direcciones tan o- 
p.iestas, que en unas tienden a la conservación y progreso del 
organismo, en otras a la tortura de la propia individualidad o a 
la agresión contra individuos de la misma especie?.... 

Estas interrogaciones llevan directamente a investigar los 
estímulos de las funciones del organismo humano. El organis- 
mo humano, a pesar de su complejidad y su riqueza, no hace ex- 
cepción a la clásica ley de 1^ inercia, según la cual ningún cuer- 
po modifica su equilibrio — "estático" o posición y "dinámico" 
o movimiento — sin una excitación suficiente. Así como toda 
función requiere su correspondiente lote de energías, todo ór- 
gano necesita un estímulo para funcionar. Los estímulos del 
funcionamiento del organismo humano provienen de sus dos 
medios: el exterior o ambiente cósmico y el interno o ambiente 
celular. 

Los estímulos exteriores son los que recogen los órganos senso- 
riales, y son específicos: vibraciones luminosas para la vista, sono- 
ras para el oído, agentes químicos para el gusto y el olfato, agentes 
físicos y químicos para la superficie cutánea o sentido del tacto. Ca- 
da membrana receptora tiene ramificaciones de tejido nervioso por 
su superficie interior, que se continúan por fibras que pertene- 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 83 

cen al sistema nervioso común y solidario y que por intermedio 
de él conducen la excitación desde el segmento externo impre- 
sionado hasta el órgano que ha de funcionar. A veces el reco- 
rrido del estímulo entre el órgano sensorial y el órgano que 
reacciona es breve, por decirlo así, y "directo:" va desde el pun- 
to tocado en la periferia hasta un segmento regional del eje ner- 
vioso, que recibe el estímulo y da la orden de movimiento al ór- 
gano que debe responder. Es el circuito corto, y el movimiento 
así producido se llama en el lenguaje clásico "reflejo". Otros es- 
tímulos recorren un trayecto más largo y más complicado; ha- 
cen escalas sucesivas y llegan hasta el extremo superior del eje 
nervioso, la corteza cerebral, donde son percibidos por el indi- 
viduo. Es el circuito largo, y los reflejos asi producidos se lla- 
man en el lenguaje de la psicología clásica "actos o fenóme- 
nos conscientes". Se diferencian de los anteriores en que deben 
ser percibidos antes de que se produzca la reacción y en que la 
reacción puede ser evitada o aplazada, lo que en los otros es 
más difícil y en algunos quizá imposible (por ejemplo, los vi- 
suales y emotivos) . Los reflejos que siguen el circuito largo ne- 
cesitan por lo tanto más colaboración del individuo, por eso se 
llaman también "voluntarios". 

Los estímulos del medio interior provienen de las extremi- 
dades internas o viscerales del sistema nervioso, y son recogi- 
dos directamente o por intermedio del sistema nervioso llamado 
"gran simpático", o por la ramificaciones del sistema nervioso 
central en el ambiente mismo de la célula viva. Hay una sensi- 
bilidad orgánica interna exactamente activa como la exterior y 
cuyos estímulos recorren los mismos circuitos cortos y largos, 
extra-corticales y corticales, que los provenientes del exterior: 
es la cenestesia. 

Antes de pasar adelante, advirtamos que, en determinadas 
condiciones de intensidad o de resistencia — especialmente cuan- 
do los fenómenos pierden su ritmo habitual — todos los refle- 
jos de circuito corto pueden transformarse en reflejos largos o 
corticales, por efecto de la solidaridad nerviosa. No todos pare- 
cen ser susceptibles de inhibición o detención, es decir, ser vo- 
luntarios, aunque lleguen a ser corticales (quizá los latidos car- 
diacos no sean detenibles, la respiración en cambio lo es; el llan- 
to y otros reflejos viscerales también son detenibles por la cor- 
teza,) ; pero todos pueden ser percibidos y controlados por la 
corticalidad (pueden ser conscientes.) 



84 



MERCURIO PERUANO 



Abandonando el mecanismo conductor de los estímulos or- 
gánicos para pasar al primum movens del estímulo, la excitación 
efícaz, encontramos en primer término una excitación visceral 
o si se prefiere orgánica, que se manifiesta en la misma célula vi- 
va y es local, es decir, que la célula que será objeto de la reacción 
o descarga del reflejo es la que inicia la excitación que provoca- 
rá el acto terminal . Expliquemos este mecanismo por medio de 
un ejemplo nutritivo, el apetito o excitación para el alimento. 

El estímulo de la alimentación parte de la mucosa del es- 
tómago y recordé el circuito largo, el cortical. Es primero una 
sensación de advertencia: hay algo en el estómago que recla- 
ma la atención del individuo: es como una sensación de vacío 
que un rato antes no se sentía y que otras veces se ha calmado 
con la ingestión de alimentos. Si esa "solicitud" de calmar una 
molestia es desoída — porque la corticalidad puede no obedecer, 
inhibiendo el reflejo antes de llegar al arco terminal, el acto a- 
limenticio— la sensación aumenta en intensidad y en extensión: 
e'. acorde se hace orquesta. Ya no "arde" sólo el estómago, arden 
también el esófago, la faringe, hay sed general, duele la cabeza, 
zumban los oídos: es un desequilibrio general que de todos los 
segmentos nutritivos manda excitaciones a la corteza: el cir- 
cuito es ahora todo el sistema nervioso interesado en la nutri- 
ción. 

La naturaleza físico-química de esta excitación no tiene in- 
terés para esta dilucidación de que la conducta del hombre no es 
espontánea sino provocada (por ahora en nutrición) : basta que 
se conozcan sus efectos. Parece que todo se reduce a una simple 
desintegración molecular en las células de la mucosa gástrica, 
posterior a otras desintegraciones moleculares de las células vi- 
vas. La célula, por el hecho de vivir, es asiento de una reacción 
química eterna (mientras vive el organismo) que pierde cadenas 
de átomos v queda en estado de desequilibrio molecular. En- 
tonces, la afinidad química entra en juego y sustrae de la linfa, 
por osmosis, los elementos que le faltan para integrarse porque 
no puede vivir sin forma, (biógenos de Werworn) ; se equilibra 
con empobrecimiento de la linfa, y el desequilibrio de la linfa 
se completa o se integra a su vez con los elementos correspon- 
dientes de la sangre, y en fin cuando la sangre a su vez no tiene 
más biógenos se acude a la fuente externa, el medio exterior. 
El intermediario es el sistema nervioso, órgano de relación, y lo 
que da la advertencia es el sufrimiento del primer tejido que no 
tiene más: las células de la mucosa digestiva, pero que pronto 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 85 

arrastran a sus hermanas en sufrimientos. El apetito, pues, es 
un primer estado de sufrimiento celular, que la experiencia del 
individuo le ha enseñado a calmar alimentándose. 

Sigamos con la conducta cortical ante esta excitación del 
apetito. Pueden suceder dos cosas: la corteza deja pasar el es- 
tímulo y el reflejo se cumple en su totalidad, hasta el acto que 
alimenta; o la corteza inhibe tenazmente el estímulo y el refle- 
jo no tiene terminación práctica, se interrumpe en su trayecto 
cortical. Examinemos lo que pasa en uno y otro caso. 

Cuando el individuo, repitiendo un acto que se incorporó a 
su experiencia desde que nació, se alimenta, la sensación pertur- 
badora de su equilibrio general desaparece, para dar lugar a 
un estado de calma y fuerza que es el resultado de la "armonía 
fisiológica", o equilibrio entre todas las células del organismo 
y las linfas que las bañan. Ese estado general se traduce por un 
tono afectivo agradable al recuerdo, y queda incorporado a la 
experiencia del individuo, al patrimonio individual, como favo- 
rable a la conservación del organismo, porque no imposibilita, 
como el estado de inquietud que ha hecho desaparecer, el domi- 
nio de las funciones. Es un rudimento de placer. 

En cambio, cuando el individuo se opone tenzamente a la 
satisfacción de su apetito, la desintegración celular se hace más 
intensa y general; la sensación que aumenta domina y monopo- 
liza el sistema nervioso, canaliza sus energías todas en esa opo- 
sición y el individuo pasa por un estado que es afectivamente 
rechazado por él porque le quita facilidad a la vida, y como, ade- 
más, la célula que no se integra porque no tiene material a su 
disposición no puede esperar y sufre, el individuo tiene con- 
ciencia de que el apetito no satisfecho no favorece su organis- 
mo, es un estado de dolor, que el individuo no gusta repetir, y 
que por lo demás no puede prolongarse porque pronto viene la 
desintegración completa o muerte de la célula. 

La corteza del cerebro, cuya función es recibir sensaciones, 
asociar recuerdos y orientar movimientos, sintetiza en la perso- 
nalidad del individuo esos estados como agradables o desagrada- 
bles, y, salvo la alteración de la personalidad o desequilibrio 
mental, huye al dolor y busca el placer. En las funciones nutri- 
tivas, el dolor y el placer son rudimentarios, son el primer pel- 
daño de la escala jerárquica del afecto, o carácter general de los 
fenómenos que la personalidad de un individuo gusta repetir, 
por oposición a los que no gusta repetir. Hay una gradación su- 
tilítima del perfecto «quilibrio orgánico, que tal vez no tifínifí- 



86 MERCURIO PERUANO 

ca ni placer ni dolor, a los extremos de las lineas divergentes 
en que culminan los fenómenos que la personalidad consciente 
— memoria asociativa o mentalidad — conoce como causantes de 
placer y de dolor. 

Como se ve, el fenómeno fundamental de todo estímulo fun- 
cional es una necesidad orgánica, y como la más común e inape- 
lable necesidad es la nutritiva, no era muy vituperable Epicuro 
cuando ponía la piedra angular del placer en el estómago, y como 
muy a menudo el placer no es más que la cesación de un dolor, 
tampoco era antifísiológica su concepción de la suprema felici- 
dad como la suprema tranquilidad, la ataraxia. 

El dolor es un estímulo negativo, es decir, un estado a evi- 
tar, y tiene más fuerza excitadora que el placer porque desequi- 
libra el funcionamiento orgánico en sentido depresivo— o asté- 
nico, para emplear el lenguaje de Bechterew, — ^más fuerte toda- 
vía que la muerte, porque el dolor se repite y la muerte nó. 

Pero la necesidad y el dolor no son los únicos elementos 
que constituyen la experiencia individual : está también el pla- 
cer. El recuerdo del placer se incorpora con el del mecanismo 
que lo produce al patrimonio individual o mentalidad del hom- 
bre, y hé aquí el segundo polo de atracción para la conducta hu- 
mana. La evocación de un acto por el placer — a expensas de un 
mecaníshio que no necesitamos estudiar, aunque lo señalaremos 
en las funciones de relación — puede ser punto de partida de un 
reflejo o tercer modo de excitación individual; tendríamos así 
las excitaciones del medio exterior, las del medio interior o vis- 
ceral y las de la actividad cortical. Este tercer modo de excita- 
ción tiene un rol considerable, del mismo grado y eficacia que la 
inhibición cortical al paso de un reflejo. Mientras el órgano le 
responda y no tenga una resistencia mayor que su acción, — 
mentalidad educada, fuerza exterior predominante — la activi- 
dad cortical puede dominar la conducta total del individuo en 
favoi o en contra de su armonía fisiológica. 

•DE LA ANIMALIDAD A LA HUMANIZACIÓN: 
EXIGENCIAS ORGÁNICAS Y EXIGENCIAS PRE- 
ORGANICAS. 

El mecanismo fisiológico de la conducta humana sigue per- 
teneciendo al dominio de lo que hemos llamado "animalidad"; 
pero desde ahora en adelante hablaremos un lenguaje que no 
puede aplicarse más que al hombre. 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 87 

Sea corto o largo el circuito que recorren los estímulos, pa- 
sen o no éstos por la corteza cerebral antes de descargarse, la 
reacción que tengan al traducirse en actos pertenece por entero 
a la "humanización". 

En el organismo, el desequilibrio molecular presenta su exi- 
gencia biológica o animal : ser compensado bajo pena de sufri- 
miento o de muerte; fuera del organismo, la satisfacción de un 
apetito o de un deseo (el deseo de la evocación de un acto que 
puede coincidir o nó con un apetito: dentro de nuestro lenguaje 
de explicación, podríamos decir que es la "humanización" de un 
apetito) requiere una operación previa, que es la de adquirir el 
elemento que satisfaga su exigencia orgánica. 

Esta exigencia pre-orgánica es el eje de la conducta huma- 
na. Si el individuo no la satisface antes que a la otra (o, cuan- 
do la exigencia de la humanización sea consecuencia del acto 
biológico, después que a la otra), la satisfacción de la exigencia 
orgánica puede ser imposible o contraproducente. 

Aclaremos estas proposiciones con un ejemplo, tomado de la 
esfera nutritiva. Imaginemos a un sujeto en todas las situacio- 
nes que puede tener ante la ingestión de alimento. 

Primer caso. — El sujeto siente apetito (excitación interna). 
Como sabe por su experiencia anterior que el apetito le repite 
rítmicamente, ha previsto la necesidad de alimentarse y ha pre- 
parado su alimento, que ingiere hasta que se calme su molestia. La 
exigencia pre-órgánica está en armonía con la orgánica. 

Segundo caso. — El sujeto no ha preparado su alimento y 
cuando siente su apetito no puede calmarlo. Sufre cada vez más, 
hasta que no encontrando la solución de la experiencia ingiere 
como alimento vegetales que encuentra a su alcance, no prepa- 
rados por la industria culinaria. Como su sistema digestivo es- 
tá habituado a otro género de alimentos y no tiene fermentos di- 
gestivos específicos para todos los vegetales en el estado en que 
se encuentran en la naturaleza, puede no asimilar los que ingie- 
re y no nutrirse, o puede asimilarlos con perturbación del equi- 
librio fisiológico o enfermedad. 

Tercer caso. — Puede ver manjares sin tener apetito (exci- 
tación externa), y alimentarse con ellos sin necesidad orgánica. 
El material ingerido en esas condiciones puede no ser digerido 
ni asimilado, oficiando de sustancia extraña que debe eliminarse, 
o puede ser digerido con gastos de energías suplementarias — 
fermentos, jugos digestivos, oxígeno — que tomará el or- 
ganismo de otros lotes y despojará a otras funciones. 



88 MERCURIO PERUANO 

Cuarto caso.— La evocación cortical de un placer alimenti- 
cio puede engendrar el deseo de determinado alimento (excita- 
ción de la mentalidad) cuando no es necesario o cuando la ex- 
periencia ha demostrado que no es favorable al organismo, aun- 
que sea agradable (caso del alcoholismo), y producir así ener- 
gías nocivas a su organismo. 

Quinto caso. — En fín, el sujeto que sienta cualquiera de e- 
sos estímulos suñcientes, puede apoderarse de un alimento pre- 
parado por otro individuo al cual priva de energías nutritivas, 
y la consecuencia de este acto agresivo puede ser la necesidad 
de defenderse de otra agresión del despojado. 

Analizando esos cinco casos se comprende la extensión con- 
siderable que tiene la "humanización" en el funcionamiento or- 
gánico del hombre. 

NECESIDAD DE ORIENTAR LA "HUMANIZA- 
CIÓN": EXPERIENCIA INDIVIDUAL Y CIENCIA 
EN LA FORMACIÓN DE LA MENTALIDAD. 

El párrafo anterior demuestra que las exigencias pre-orgá- 
nicas no están sujetas a la ley de la necesidad. Por eso mismo 
escapan a la biología. Al individuo le basta, del punto de vis- 
ta nutritivo por ejemplo, satisfacer su apetito con la ingestión 
de alimentos, sin averiguar su procedencia ni su calidad, — y 
de igual modo que al estímulo-apetito reacciona biológicamen- 
te con respecto al estímulo-deseo o excitación sensorial . 

Biológicamente, para decirlo de una vez, ningún organismo 
está obligado a la reflexión. Pero, a pesar de esa indiferencia 
por las cosas pre-orgánicas, la biología es protectora de la vi- 
da, porque la memoria, que es propiedad de la sustancia viva, le 
huye al dolor. La memoria permite la educación de los organis- 
mos por la experiencia individual, y el recuerdo de lo que ha su- 
frido un día basta para que el individuo reflexione cada vez 
que se encuentra en situación semejante. 

Sólo que a menudo la reflexión llega tarde, cuando el or- 
ganismo ya ha sufrido las consecuencias de su inexperiencia. 
Los órganos podrían quedar abandonados a sus leyes de equili- 
brio físico-químico si el hombre no tuviera un poder tan exten- 
so, el de hacer seguir de un acto "realizador" las sugestiones de 
su inteligencia. Los órganos funcionan siempre como autóma- 
tas, entre un estímulo que inicia un reflejo y una reacción que 
lo determina, indiferentes a la dirección de esta reacción como 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 89 

las nubes que — según sea la condensación de vapor de agua o la 
concentración del fluido eléctrico lo que las desequilibra — lo 
mismo dejan pasar al agua que fecunda como al rayo que fulmi- 
na. Cierto que la experiencia es precisamente función de inteli- 
gencia, pero al lado de la experiencia del dolor existe en el hom- 
bre la experiencia perturbadora del placer. 

Toda la Biología está comprometida en este balance entre 
el dolor y el placer, dando a estos dos comentarios de la inteli- 
gencia su signifícado orgánico. La Biología no fué inventada 
por el hombre: es la historia de lo que pasa cuando un ser vive: 
por qué se conserva, por qué funciona, por qué se reproduce, 
por qué se enferma y por qué se muere. Todo ser viviente, por 
rudimentario que sea su organismo, escribe una página de Biolo- 
gía cuando toma del medio en que vive el alimento necesario 
para subsistir o huye del enemigo que puede destruirlo. El he- 
cho de que un individuo se conserve y se reproduzca significa 
que ha "aprendido" su biología; pero por cada especie que apro- 
vechó los datos de su experiencia, ¡quién sabe cuántas han rein- 
tegrado con los cadáveres de sus primeros individuos el medio 
marino o terrestre en que vivieron! 

La educación biológica del hombre fué en sus primeros 
tiempos la común de los animales. El primitivo cazaba, elegía 
frutos, seleccionaba vegetales, levantaba chozas, sin saber si lo 
que "ensayaba" era favorable o desfavorable para conservarse. 
Cuando el resultado de sus actos calmaba un sufrimiento o le 
permitía un placer lo repetía, y así fué sobreviviendo el que hi- 
zo experiencias favorables a su conservación. De igual manera 
que para las especies, por cada grupo humano que conservó su 
línea hereditaria, \ quién sabe cuántos grupos naufragaron en su 
primer viaje o en el primer cambio de su ambiente! Conocemos 
los que quedaron porque han aprendido su biología, pero a me- 
dida que aparecen nuevos estímulos en el ambiente o nuevos te- 
mas para su inteligencia, el hombre vuelve a ensayar. 

Esa experiencia fragmentaria e incoherente ya no es nece- 
saria al hombre del siglo XX en el capítulo de Biología que tra- 
ta de la conservación de su vida. La ciencia contemporánea — la 
"ciencia" no es más que la síntesis de las experiencias favora- 
bles — hace posible suprimir los ensayos peligrosos. Ya conoce 
lo bastante el mecanismo de la vida o Biología para unificar la 
marcha de la Especie, y la "humanización" pierde su derecho a 
la improvisación en materia biológica, salvo que proclame abier- 
tamente su rebelión a las leyes de la vida. 



90 MERCURIO PERUANO 

Si quisiéramos un ejemplo concreto, de experiencia indi- 
vidual y "ciencia", podríamos tomarlo de la Medicina. Hasta 
1894, el médico tenia derecho a ensayar en la terapéutica de la 
difteria, falto de la experiencia favorable decisiva, y las madres 
de treinta años atrás recordarán con espanto el resultado de esas 
improvisaciones. Pero desde que Roux entregó a la terapéutica 
su suero inmortal (sin quitarle la gloria a Behring y Kitasato) 
ningún médico tiene derecho a improvisar remedios a la cabece- 
ra de un diftérico, es decir, en plena acción, — aunque puede en- 
sayar otras medicaciones en su laboratorio o en su propio orga- 
nismo. De la biología inconsciente del improvisador a la biología 
consciente del sabio hay toda la diferencia q' va del médico ante- 
rior a Roux y el posterior a éste en la terapéutica de la difteria. 

Pero la Biología aislada y sin comentarios, a pesar de su so- 
lidez, sería infecunda. Se limitaría a escribir en leyes, frías co- 
mo inscripciones o rótulos el mecanismo de los fenómenos vita- 
les, pero su fórmula sería la misma para la clínica de un hospital 
que para el mármol de una tumba. "Este hombre, diría la fórmu- 
la biológica en el hospital, ha continuado viviendo porque pu- 
do digerir y asimilar al bacilo de la ñebre tifoidea, gracias al 
poder de sus fagocitos; éste otro, diría sobre la losa del sepul- 
cro, no continuó viviendo porque el bacilo de la tifoidea lo asi- 
miló". A la Biología le falta el calor del sentimiento que ama la 
vida y quiere defenderla: sus leyes necesitan un corrventario in- 
teresado; la Fisiología da ese comentario, por eso la frecuen- 
tan el médico, que tiene a su cargo la conservación de la vida, 
el sociólogo, que es el guardián del progreso, el ñlósofo, que 
tiene la curiosidad inteligente de las causas. 

UTILIDAD DE UN CRITERIO FISIOLÓGICO EN 
LA FORMACIÓN DE LA MENTALIDAD. 

La Fisiología tiene esa parcialidad de la vida. Ella es la ra- 
ma biológica que estudia la manera de continuar viviendo, y 
aunque es una disciplina científíca autónoma, como indica el lí- 
mite del funcionamiento normal y señala la frontera del patoló- 
gico, su lema es en realidad el mismo que sigue sin proponérselo 
la conducta humana: "contra el sufrimiento." Así, las leyes fí- 
siológicas son fórmulas filosóñcas, ricas en consejos prácticos. 

El esquema energético del hombre actual que hemos dado 
en el parágrafo indica en qué direcciones puede ejercerse la in- 
fluencia de la Fisiología sobre la conducta humana. Hemos 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 91 

visto que la distribución de las energías que puede acumular el 
organismo no tienen todas el mismo signifícado: las hay indis- 
pensables, agradables, convenientes y perjudiciales. Hay, pues, 
una jerarquía funcional que puede ser "seleccionada" por núes* 
tra mentalidad, por lo cual debe conocerse a fondo. En un prin- 
mer grado se encuentran las funciones nutritivas, usina de to- 
das las energías orgánicas, las que a su vez pueden ejercer ener- 
gías nocivas. Ellas son indispensables, y deben dejar un sobran- 
te de energías para el servicio de los órganos restantes. Un gra- 
do más arriba se encuentran las funciones de reproducción, so- 
bre cuya necesidad del punto de vista individual hablaremos 
más adelante, pero que son indispensables para la conserva- 
ción de la especie : un lote de energías les corresponde si se de- 
sea que el hombre se conserve . En un tercer grado se encuentran 
las funciones de relación, que tienen un aspecto indispensable, 
y es el que contribuye a las funciones nutritivas, y otro "agrada- 
ble", aunque no sea útil : es útil la mirada que advierte un ali- 
mento y el movimiento de prehensión que lo toma; son solamen- 
te agradables sin ser útiles la mirada que contempla una puesta 
del sol y la mano que arranca armonías a un piano. Pero éstas 
exijen un lote de energías, porque son las que dan mayores en- 
cantos a la vida. 

En un cuarto grado colocaríamos ese grupo de actos intelec- 
tuales que destinan energías al progreso, que no constituyen 
funciones autónomas aunque quizá no sea exagerado atribuirles 
el resultado lamarckiano de crear órganos nuevos, que se modela- 
rían en ciertos espacios libres de la corteza cerebral que forman 
gran parte de los lóbulos frontales y territorios adyacentes. 

No incluímos en la jerarquía de funciones los actos defen- 
sivos, porque la defensa del organismo es requerida por tres 
causas: la primera, por agresiones naturales del medio— concu- 
rrentes vivos o parásitos, sean animales o vegetales — y se con- 
funde con las funciones nutritivas que están precisamente para 
eso; las otras dos, provienen de factores humanos — el propio in- 
dividuo o individuos extraños — y pueden evitarse. La diferen- 
cia entre la resistencia orgánica a esas energías agresivas es tam- 
bién manifíesta: el triunfo sobre las naturales aumenta la fuer- 
za del organismo con la adquisición de órganos digestivos espe- 
cíficos contra el agente derrotado (inmunización específica), 
mientras que el rechazo de las energías de origen humano se ha- 
ce con disminución de la propia resistencia (alcoholismo, enfer- 
medades por exceso de nutrición, estado de lucha constante y 



92 MERCURIO PERUANO 

por lo tanto empleo constante de energías defensivas cuando el 
vencido es otro semejante que prepara su revancha, etc.) 

Esa jerarquía funcional bastaría por sí sola para la investi- 
gación de un criterio que pusiera la conducta de acuerdo con 
las leyes del funcionamiento orgánico, si no fuera además que 
ninguna de esas funciones deja de obedecer a las condiciones que 
hemos estudiado en la primera parte (ley del óptimum. leyes de 
la energética, fatiga e intoxicación, etc.) 

La orientación de la mentalidad humana por la fisiología 
tendería, pues, a tres finalidades: primero, ejercitar todos los 
órganos, para que se cumpla el principio genético de Lamarck; 
segundo, ejercitarlos dentro de las leyes del óptimum, para evi- 
tar la degradación del organismo; tercero, eliminar las energías 
agresivas que provienen de factor humano. 

PROYECCIONES DEL CRITERIO FISIOLÓGICO Y 
APLICACIONES. 

De acuerdo con esas orientaciones, el criterio fisiológico 
tiene aplicaciones a todos los actos del hombre, pues que todos 
son funciones de algún órgano y obedecen a las leyes comunes 
de la biología, aunque tengan algo más, la modificación "huma- 
na" de la conducta, sea de la conducta individual — Ontología fi- 
siológica, — sea de la conducta social del individuo. — Sociología 
fisiológica. 

En cada una de esas funciones, el criterio fisiológico repre- 
sentará los derechos de la Biología ante los de la "humaniza- 
ción", orientando la conducta del hombre en forma que ejerza 
los actos conscientes dentro de las condiciones que requiere el 
organismo para conservarse y perfeccionarse, utilice las ener- 
gías que le dejan disponibles las funciones nutritivas para hacer 
funcionar armónicamente todos los órganos que posee, y elimine 
de su conducta los actos que, como resultado inmediato o lejano, 
tiendan a disminuir la vitalidad del organismo o de la especie. 

Así, conocido el mecanismo, el objeto y la extensión indivi- 
dual y social de sus actos, (educación) — el individuo sabrá cuál 
debe ser su actitud personal con respecto a esas funciones (mo- 
ral), cómo puede adquirir los materiales necesarios a su subsis- 
tencia (trabajo), en qué sentido debe modificar las energías que 
recibe del medio exterior (industria), cómo retira placer del e- 
jercicio de sus funciones (arte), cómo corregirá los organismos 
agredidos por las energías nocivas de su ambiente (medicina), o 



EXPOSICIÓN Y OBJETO DEL CRITERIO 93 

cómo las neutralizará antes que actúe (higiene), y cómo regula- 
rá las relaciones entre semejantes (sociología), disponiendo el 
mínimum de obligaciones sociales que corresponden a cada indi- 
viduo por su condición de asociado (reglamentación social) y 
defendiéndose de los semejantes que perturben su medio social 
(legislación) . 

SÁNTIN CARLOS ROSSI. 

Montevideo 



Alfombra de Luz 



Cada hermosa mañana en el auguito 

y románico templo, 

cuando el clero celebra en los altares 

el sacrifício incruento, 

—con música del órgano, con canto, 

con murmullos del pueblo, 

bajo esplendor de cirios y entre nubes 

de litúrgico incienso, — 

por la ventana que al oriente mira, 

el sol, que va ascendiendo, 

penetra y tiende una cuadrada alfombra 

de luz en el crucero; 

alfombra que ornamentan los barrotes 

con tenues arabescos, 

y que hoy se halla tan íntegra y tan limpia 

como cuando la vieron 

otras generaciones que ya duermen 

de la paz en el sueño; 

seres que diariamente congregados 

ante este presbiterio, 

fervorosos rendían homenaje 

al Dios de los Ejércitos, 

y, en el fondo del alma estremecidos, 

adoraban el suelo 

al sentir ese soplo de la altura 

que pasaba sobre ellos, 

como pasa el simún por la infinita 

vastedad del desierto, 

obligando a abatirse contra el polvo 

al mísero viajero. 



ALFOMBRA DE LUZ 95 

Conforme avanza en su carrera el astro, 

así en el pavimento 

la alcatifa brillante se desliza 

a un lado del crucero, 

cual si invisibles manos la arrastraran 

lentamente, en silencio. 

Y, al contrario del gnomon, no es la sombra, 

sino el solar destello 

quien señala el huir de los instantes 

en lo interior del templo. 

Entonces esa mancha esplendorosa 

representa un espejo 

en cuya superficie se retrata 

el desfile del tiempo. 

Hasta habrá alguna sorda vejezuela 

que regule sus rezos 

por el lugar que el encendido cuadro 

va ocupando en el suelo 

A medio día, en el cénit la antorcha 

que alumbra el firmamento, 

no pueden penetrar por las ventanas 

sus rayos en el templo, 

y la alfombra de luz desaparece, 

como si ocultos genios 

la guardaran doblada en la penumbra 

de un rincón de misterio. 

Cajamarca, 1919. 

AMALIA PUGA DE LOSADA. 



Diálogos Olímpicos 

CRISTO Y MAMMÓN. 
(Fragmento.) 

Mammón se colocó el monóculo en el ojo izquierdo; tiróse 
los puños de la camisa con despreocupado y elegante ademán; 
arreglóse la corbata y paseando una mirada desdeñosa por el au- 
(iitorio dijo: 

— Vano y pueril intento es ¡oh, dioses! el querer intimidar 
con palabras y gestos arrogantes a quien lleva en la frente el sig- 
no luminoso de la voluntad olímpica y es en el mundo el depo- 
sitario de ella. Yo no he hecho otra cosa que cumplir el manda- 
to de los inmortales, vuestros mandatos. Ninguno de vosotros 
quería la resignación, el renunciamiento, la paz d^í no ser, por- 
que eso es la muerte; sino la lucha, la dominación, la guerra, 
porque eso es la vida. Cristo, tú mismo aseguraste que venias al 
mundo a traer guerra, no paz. Nadie me pedía misereres, sino 
cantos de combate e himnos de victoria. Mi acción no sólo fué 
benéfica, sino misericordiosa. Yo trasporté la lucha de los cam- 
pos de batalla al comercio, la industria y la ñnanza. Y así, aho- 
rrando sangre y triplicando al mismo tiempo las energías huma- 
nas, conservé en el alma del efímero lo esencial, lo que constitu- 
ye su fuerza y su nobleza: el gusto de la acción, el afán de do- 
minio, el instinto de poseer, que una moral obtusa y sórdida, una 
moral de esclavos y mendigos, iba en camino de destruir torpe- 
mente. Lo repito, ninguno de vosotros quería la paz, sino la 
guerra. Entonces ¿a qué viene tanta palabra soez y tanto gesto 
destemplado? ¿Porqué os serví bien? Jesús, siempre fuistes 
conmigo injusto y cruel. Me atribuyes gratuitamente todos los 
males y no menos gratuitamente te atribuyes todos los bienes. 
Sin embargo, mirando las cosas desde el punto de vista de la vi- 



DIÁLOGOS olímpicos 97 

da, y es de ahí que conviene mirarlas, tú eres el espíritu que 
niega, yo el espíritu que afirma. Irene y Pandora no tuvieron 
nunca amante más rendido ni más fiel servidor que yo. Y si lo 
dudas pregúntales quién de los dos ha interpretado mejor los 
designios de ambas. Ellas, te contestarían que mi pan de vida es 
más nutritivo que el tuyo; que yo soy mejor maestro de ilusio- 
nes que tú lo fuistes y que mis praderas terrenales son más sucu- 
lentas y dan más óptimos frutos que tus praderas celestes. A- 
quellas existen, se ven y se palpan; a las tuyas nadie las ha vis- 
to todavía. Su existencia es puramente espiritual, un mundo 
extra natura, como el de la conciencia, y en el que acaso se reali- 
zará un día la justicia divina como ahora en la conciencia la jus- 
ticia humana; pero ello no implica la negación del mundo mate- 
rial y sus virtudes supremas, porque de éste salen lo humano y 
lo divino. Es el carozo lo que dá la pulpa, y no la pulpa el ca- 
rozo. La ley de la Naturaleza es el egoísmo y sus derivados: el 
interés, la crueldad, la dominación; si imperase sola destruiría 
al mundo; tu ley, 1*3 del amor y sus consecuencias lógicas: el 
desinterés, la piedad, el renunciamiento, sin atemperante lleva- 
ría el mundo al suicidio. Mi ley es la amalgama de las dos, la a- 
malgama de la voluntad del universo y la voltintad de concien- 
cia, que es la ley de Irene y Pandora. ¿Osarás maldecirlas? po- 
sarás anatematizarme ahora? ¿No comprendes aún porqué soy 
el más fiel servidor de la vida? 

Cristo reflexionó un instante; parecía aquilatar el grado de 
justeza de lo que afirmaba Mammón. Luego suspiró y dijo: 

— ¡La vida, la vida! No dudo que seas, como afirmas, 

su más fiel servidor. ¿Pero acaso la vida es todo? ¿Acaso es si- 
quiera lo esencialmente importante? Todas las religiones tuvie- 
ron barruntos de que sólo era un tránsito, un lugar desapacible y 
pasajero donde los peregrinos mudan de ropa, dejan la perecc- 
deri envoltura material para vestir otras envolturas más sutiles 
y luego otras y otras y seguir avanzando cuesta arriba, camino 
de la perfección, hasta llegar a fundirse, de progreso en progre- 
so y de claridad en claridad, con la substancia divina. Alguien 
dijo que la muerte es el principio de la vida. ^ Ya hemos visto co- 
mo de cierto modo los materialistas también afirman hogaño lo 
que. sin prudencia, negaron antes: la inmortalidad, la vuelta de 
las almas a la patria celeste. La materia no muere, afirman, se 
transforma, y el alma, que ellos llaman la energía, tampoco pe- 
rece: se transfigura y vuelve a los espacios infinitos de donde sa- 
lió, que es lo mismo que decir al seno de Dios. ¡Cuántas cosas 



98 MERCURIO PERUANO 

va descubriendo la ciencia que las religiones afirmaron hace luen- 
gos siglos! Pronto tal vez acertará a descubrir el verdadero sig- 
nificado de la existencia humana y entonces posible es que los 
sabios no le den tanta importancia y hasta la desdeñen profun- 
damente como mis monjes y mis ascetas. Por otra parte, Mam- 
món, ¿llamas vida a la existencia infernal del mundo? ¿a la lucha 
y la matanza? ¿a la sordidez, el odio y la impiedad? ¡Tristes a- 
mos sirves en verdad! ¡Ah, Mammón! el orgullo te ciega. ¿Có- 
mo no ves que los apetitos que despiertas son los diabólicos aci- 
cates que incitan a los hombres al mal? 

— Para ser dichosos es necesario sufrir. Ya lo dijeron aquí 
Apolo y Dionisos: la armonía nace de la discordia, la paz de la 
guerra, el desinterés del egoísmo. Sin contrarios no habría pro- 
gresos. El mundo hace buenamente lo que puede. Su existencia 
pecadora es más moral que lo sería si reinase, como monarca ab- 
soluto, el desinterés predicado por tí. Eso fué un atentado con- 
tra la vida, y la vida, aunque tu aseguras lo contrario, es por ex- 
celencia la cosa respetable, la cosa sagrada. Cristo, si yo te juz- 
gara con tanta severidad como tú a mí, te llamaría sin ambajes 
el Apóstol de la Muerte. Pero no soy bastante filósofo; me pre- 
cio de poseer una inteligencia abierta y comprensiva; en todo 
me atengo más al espíritu que a la letra y no olvido nunca las 
circunstancias de tiempo y lugar. Por eso, aunque enemigo tu- 
yo, aprecio tu grande obra, o mejor dicho, aprecio las excelen- 
cias de tus intenciones; admiro tu bondad infinita y me postro 
de rodillas ante la religión del amor, de la cual, aunque te sor- 
prenda, soy devoto ferviente. Pero lo dicho no empece que re- 
chace con todas mis fuerzas y combates por todos los medios las 
doctrinas del desinterés. Yo combato lo que se opone al triun- 
fo de la vida. Nada hay que le ponga más trabas que el desin- 
terés. El desinterés es una mentirola, una paparrucha, un cache 
misare, la perla falsa de la moral y, en conclusión, una cosa in- 
moral. ¿Para qué mentir, para qué engañarse? La inteligencia hu- 
mana ha llegado a un grado tal de desarrollo, que no le permi- 
te reparar sus pérdidas orgánicas sin acudir a los poderosos re- 
constituyentes de las verdades positivas. Los cucos no la asus- 
tan. A todo trance quiere levantar con mano osada los velos de 
Isis. Y bien, digámosle la verdad: no existen actos desintere- 
sados, el hombre es un egoísmo en acción y no puede jamás sa- 
lirse del círculo mágico que trazan alrededor suyo los instintos, 
las pasiones, los apetitos y hasta la razón misma, la cual, como 
muy acertadamente lo dijo Apolo, es utilidad pura. El espíritu 



DIÁLOGOS olímpicos 99 

no obra menos interesadamente que la carne pecadora. Las aus- 
teras doctrinas que sacrificaron el egoísmo en los altares del 
bien supremo, remataron siempre en el supremo mal, que es la 
negación de la vida. Tú lo hicistes, Jesús, por tener 
los ojos sólo puestos en el cielo y tus verdaderos fie- 
les como los monjes solitarios, los anacoretas de los desiertos, 
los ascetas de la Tebaida fueron más lejos que tú: no sólo des- 
deñaron los bienes materiales, las riquezas, el poder y declara- 
ron santa la pobreza, la haraganería y hasta el desaliño y la su- 
ciedad sino que llenos de resentimiento e inducidos por la mala 
conciencia condenaron las formas nobles del vivir elegante y 
deleitoso y luego la vida misma. La salud, la fuerza, la gracia, 
la belleza parecieron sospechosas a los buhos del bien y los bu- 
hos del bien se aplicaron fervorosamente a destruirlas. Todo 
se volvió tormento de la carne, tortura de los apetitos, suplicio 
de los sentidos, asco del cuerpo y horror de la existencia, como 
si el hombre y el mundo no fueran las obras máximas del 
Creador. La divisa de la Iglesia fué, en un principio, miseria y 
fealdad. Seria curioso recordar lo que dijeron sus doctores so- 
bre la pureza y los extremos a que llegaron los estagiritas pe- 
nitentes y charlatanes de los primeros siglos cristianos, para hon- 
rarla y hacerla prevalecer. La salvación de las almas requería 
la destrucción de la vida y los buhos del bien pusieron la espe- 
ranza en la muerte. Yo puse la esperanza en la vida. De ahí na- 
ce, Cristo, nuestra acérrima enemistad . Los cargos que me ha- 
ces son manifestaciones de la aversión que me tienes, no testi- 
monios de un noble deseo de verdad y justicia. Tú me has juz- 
gado siempre sin inteligencia y sin misericordia. Te lo repito: 
yo no soy el espíritu que niega, sino el espíritu que afirma. No, 
no niego ni negué nunca la conciencia, ni la ilusión humana, 
ni la grande esperanza del hombre, sino que, por el triunfo de 
ellas, trabajé junto a Apolo y junto a Dionisos, porque, al revés 
tuyo, encuentro sabrosos y me sustento y regalo con los frutos 
del árbol de la ciencia y los frutos del árbol de la vida. Niego 
rotundamente que yo haya corrompido los manantiales de la 
verdadera dicha y envilecido el alma. Al contrario, purifiqué a 
aquellos limpiándolos de la mala conciencia y ennoblecí el alma 
haciendo revivir en ella las energías celestes de que la voluntad 
del universo la había hecho depositaría. A voz en cuello protes- 
to contra el crimen que me imputas de haber envenenado la exis- 
tencia de los hombres y convertido a cada hombre en un enemi- 
go mortal de los demás. Lejos de eso, devolviéndole al efímero 



100 MERCURIO PERUANO 

la alegría de vivir y el gusto de luchar y poseer, lo desintoxiqué 
de lo-s venenos sutiles del renunciamiento, que lo llevaban al se- 
pulcro, y le permití por medio de las armonías económicas, que 
nacen del combate económico, realizar, en parte y sin emascu- 
lar las voluntades, como lo hicistes tú, para que entrasen en el 
reino de Dios, la suspirada concordia de eus voluntades, fattl- 
mente en lucha. 

Jesús replicó dulcemente: 
— ¿Me reprochas que haya querido libertar al alma de las ca- 
denas de los apetitos y suprimir, entre otros males, los nefastos 
odios y las odiosas pugnas que aquellas engendran entre los 
hombres? ¿Me echas en cara el noble propósito de sustituir la 
crueldad por al amor, la injusticia por la equidad, el pecado por 
la virtud, el mal por el bien? En verdad te digo que tienes ojos 
y no ves, orejas y no oyes. Sólo una cosa es esencial en el hom- 
bre para que deje de ser bestia y sea hombre: el triunfo de la 
razón sobre el instinto, la salvación del alma, el reino de la con- 
ciencia. Esta es el fruto maravilloso del universo y la econo- 
mía entera de la planta tiene por exclusivo fin ese fruto. Para 
lograrlo, absorben las raices los jugos de la tierra y las hojas los 
elementos vitales del aire. Toda esta máquina prodigiosa de los 
cielos y esta variedad inñnita de la naturaleza: todo este movi- 
miento y vida de lo creado; todo este esfuerzo colosal del cos- 
mos entero va encaminado a producir aquel fruto. Para él l\i- 
charon los dioses contra los Titanes; por él Apolo persiguió a 
los monstruos de las tinieblas, por él Prometeo gime encadena- 
do en la roca, por él expiro yo en la cruz. Bueno es reconocerlo : 
la ley de la Naturaleza es fuerza; la ley del hombre, justicia; a- 
quélla es verdad real y triunfa en el universo entero; ésta es 
verdad moral y reina sólo en el mundo infinitamente pequeño, 
pero también infinitamente elástico de la conciencia. Y lo más 
prodigioso es que este mundo, hecho con las sutiles mallas de la 
esperanza, va en camino de absorber y diluir en su diminuto se- 
no al cosmo inconmensurable El reino de Dios, si no 

existía, se va formando. Irene y Pandora a él se encaminan; es- 
tán de mi parte, no de la tuya: Irene transforma la guerra en 
paz, Pandora los males en esperanzas. Créeme, Mammón, lo im- 
portante, lo esencial es que triunfe el espíritu sobre la materia; 
que la chispa divina anime la estatuta de barro antes que se se- 
que, raje y caiga en pedazos. Lo demás es superfino, contingen- 
te, deleznable. El que se regala pulcramente con un sabroso me- 
locotón, tira la cascara y come la pulpa; el que busca oro en It 



DIÁLOGOS olímpicos 101 

generosa arena que lo contiene, la lava, la filtra y se lleva el oro 
y deja la arena; el que cosecha trigo, arroja la paja y guarda el 
grano . 

— ¿Y crees tú, Josús, que el cuerpo es cascara, los instintos y 
las pasiones arena, los intereses paja? Ese profundo error, que 
fué el error de una época ignorante y candida te indujo a Ie< 
vantar la Iglesia sobre la arena movediza del desinterés absolu- 
to. La arquitectura ostenta ufana el misterioso atractivo de lo 
paradoja! ; las pupilas ojivales reflejan los cielos; las flechas gó- 
ticas atraviesan los los corazones y se pierden en las nubes. Pe- 
ro los cimientos de la fábrica carecen de solidez y los muros se 
rajan por todas partes. Yo levanté mis templos sobre la roca 
dura. La roca dura del alma es la absoluta utilidad. A cada nue- 
vo terremoto del saber, los edifícios levantados sobre la arena 
caen por tierra; los que se elevan sobre Ib roca dura permanecen 
ñrmes y derechos. Mientras tus iglesias se derrumban, mis 
templos van cubriendo literalmente el planeta del uno al otro 
polo. Cada casa es un santuario, cada alma un altar, cada espíri- 
tu un sacerdote. Y es lógico; tu ofreces el pan del dolor y la 
muerte ; yo el pan del goce y la vida . Este pan es el alimento de 
la voluntad y la voluntad la esencia divina del alma. No te ex- 
trañe, pues, que en las iglesias las multitudes adoren los símbo- 
los de la fortuna y el poder, ni te admire si las plegarias son ac- 
tos interesados, ni te indigne si el pan eucarístico al entrar en el 
cuerpo del creyente, se convierta en alimento. No podía ser de 
otro modo. Tu hostia contiene tu sangre y tu carne; la mía, la 
moneda, la carne y la sangre del mundo, la carne y la sangre del 
universo, la carne y la sangre de todos los dioses. 

— ¡Cómo blasfemas, Mammón! Siempre fuistes el mismo 
Per tu boca habla el demonio. Eres Judas, eres Caín, eres el' 
ángel protervo. 

CARLOS REYLES. 



Lirismo Agreste 



AI doblar una montaña, 
de pronto el valle aparece, 
extático, dulce, inmenso, 
abriéndose al sol que asciende 
Y una vez más, olvidando 
las congojas con que siempre 
una a una vi frustrarse 
mis esperanzas infieles, 
— Trémulo aún de sollozos, 
con balbuceos fervientes, — 
he tendido los dos brazos 
a la inmensidad silente. 

¡ Pobre corazón de niño 

en quien la ilusión no muere! 

Como un ciego que esperase 

la aurora, que nunca viene, 

así he vivido, así vivo, 

así viviré . La suerte 

me ha ligado al infortunio 

de querer lo que no puede 

ser mío, de doblegarme 

aunque tengo el alma fuerte, 

de saber adonde voy 

y en el camino perderme. 

Arquero yó, sin reposo, 
de una quimérica hueste, 



LIRISMO AGRESTE 103 



siempre vientos encontrados 
halló mi saeta ardiente, 
y en lo sumo de los aires 
fue del acaso juguete, 
j Feliz de mí si ella, súbita, 
hacia la tierra no vuelve 
y se me clava temblando 
en el corazón demente ! 

II 

Al zagal, que va pasando, 
la zagala ha sonreído, 
le arroja un clavel de fuego 
que lleva sobre el corpino, 
y en la cabana se oculta 
con todo el rostro encendido. 

{Anhelos de amor, anhelos 
que sois constante delirio, 
y en medio a la ansiosa espera 
os realizáis de improviso, 
cuan parecéis no esperados, 
cuan parecéis imprevistos! 
No llegó hasta la cabana, 
ni la flor ha recogido: 
inmóvil está el zagal 
en mitad de su camino, 
llenos de amorosa lumbre 
los grandes ojos de niño. 

En torno corren, triscando, 
los pintados cabritillos. 

III 

Bajo el galope del frío 
por las quebradas, las mieses 
ondulan, tiemblan, se abaten, 
como heridas de repente. 
No hay un pájaro, no hay una 
voz que en el aire aletee: 
sólo el pavor invisible 



104 MERCURIO PERUANO 

de las almas cuya suerte 
quedó enterrada en los surcoi 
al enterrar la simiente. 
A la noche, las estrellas 
— las grandes estrellas cruelet 
de las heladas de estío — 
brillarán sobre la muerte 
de mil sueños, agostados 
como las flores del césped; 
y habrá espanto en las cabanas 
ayer no mas tan alegres; 
y blasfemarán los hombres; 
y gemirán las mujeres; 
crispadas hacia los cielos 
las pobres manos dolientes. 

¡Señor, Señor, de cuan poco 
la felicidad depende! 
Un dia vi el mundo entero 
de pronto desvanecerse 
porque una mujer me daba 
un adiós indiferente. 
Muchos años he vencido 
entre combates estériles; 
me he prodigado a las cosas, 
me he vuelto duro y rebelde ; 
y oír aún las palabras 
de aquel adiós me parece 

¡Cordiales frases comunes, 
cuan terribles sois a veces! 

IV 

Con un dolor que sonríe, 
con una tristeza blanca, 
en la paz de la campiña 
el crepúsculo se apaga; 
y entre la noche, que inunda 
la tarde, ya inanimada, 
muere el olvido que el sol 
puso en mi desesperanza. 



LIRISMO AGRESTE 

¡Adiós, esplendor del cíelo, 
pastores, lentas vacadas 
dormidas, valle dichoso 
que has enjugado mis lágrimas! 
Ya de sombra está cubierta, 
como los campos, mi alma; 
y me parece que nunca 
veré llegar la alborada 



Otra vez camino a solas, 

con mi alma taciturna, 

por las sendas que ha hechizado 

con su silencio la luna. 

Mis ojos, y mis heridas, 

y mi ardor, ansiosos buscan 

el bálsamo de una tregua 

en la paz de la penumbra . 

Soñar el mundo parece, 
como un niño entre la cuna : 
duermen los campos, la luz, 
el rio, la sombra muda . 
Pero el ayer me persigue, 
^lo8 recuerdos me conturban, 
vuelven los viejos sollozos 
a exasperar mi amargura, 
y en los abismos de mi alma 
ruedan las aguas obscuras 
de un gran rio silencioso 
hecho de amor y de anguitia. 



105 



ADÁN ESPINOSA SALDAÑA. 



Desolación 



En cuanto el médico, terminado el prolijo reconocimiento, 
ordenó al enfermo que se vistiera, interrogóle la madre ansiosa: 
— ¿Verdad, doctor, que encuentra usted mejor a Humberto? 
¿Verdad que dentro de poco estará más fuerte que antes de en- 
fermar? Y sus pobres ojos angustiados, fíjos en los del mé- 
dico, parecían implorar : — j Por Dios, doctor, no olvide usted mi 
ruego! ¡Si mi hijo tiene algo grave, dígamelo a mi, a mí sola! Pa- 
ra mí todas las inquietudes, todas las aflicciones; pero a él tran- 
quilícelo, aliéntemelo. 

El doctor, comprendiendo la muda súplica, contestó bené- 
volo: 

— Señora, en conciencia creo que puedo exponer a usted y a 
su hijo mi opinión sincera, ya que ella nada tiene de alarmante 
para la excitabilidad nerviosa de mi cliente. La grave neumonía 
que ha sufrido ha debilitado mucho todo su organismo. El esta- 
do dr los pulmones no me satisface ; el izquierdo está todavía al- 
go congestionado, lo cual no es cosa de broma, sobre todo antes 
de les treinta años; la juventud, el más terrible enemigo para 
otras enfermedades, es, en ésta, el mejor auxiliar. Si hablo con 
esta franqueza — continuó el galeno dirigiéndose en particular a 
la señora que lo escuchaba anhelante, contraído por un gesto do- 
loroso, el rostro pálido entre los pliegues negros de la manta — 
es porque puedo indicar el remedio seguro: el cambio de clima. 

— Iríamos a alguno de los pueblos próximos, a la Magdale- 
na, a Chosica — insinuó ella tímidamente. 

— Paliativos, señora, sólo paliativos! — contestó el médico.— 
La única manera de librar a este joven de la terrible amenaza de 
la tuberculosis es haciéndolo vivir, siquiera durante un par de 
años "n alguna ciudad de la Sierra; que se vaya, por ejemplo, a 
Tarma, lugar de clima excelente y de ciertos recursos; encontra- 
ría allí alguna ocupación ligera y remunerativa que compensara 



DESOLACIÓN 107 

en algo el esfuerzo que en la situación pecuniaria de ustedes sig- 
nifica un viaje. Mucho lo he meditado antes de aconsejarlo; pe- 
ro es lo único que honradamente puedo recetar con fé en xl 
f xito. 

— Nos iremos, doctor, nos iremos — exclamó el enfermo cu- 
yo decaido espíritu se animó con la palabra convencida del 
médico. — Felizmente el sacrificio puede hacerse. 

La madre asintió con un gesto resignado. ¡Bien sabia ella, 
cuál era el sacrificio! Y le pareció ver, en la vetusta plazuela del 
Cercado, la humilde casita con su patio empedrado, sus dos ven- 
tanas, vestidas de campanillas multicolores, a ambos lados de la 
puerta de la sala, los muebles de ésta siempre enfundados, la ara- 
ña de cristal envuelta en gasas amarillas, la amplia alcoba con el le- 
cho conyugal, el cuartito de Humberto, el comedor con las si- 
llas en torno de la mesa cubierta de un hule rameado y el apara- 
dorcito de pino con la vajilla descabalada, el traspatio con su 
higuera centenaria, quizás contemporánea de la del palacio de 
gobierno, que plantaron las fuertes manos de Pizarro, el corra- 
lito de cañas, habitación de una media docena de gallinas bullan- 
gueras y ponedoras, la cocina con el gato negro, mensajero de 

la buena suerte, al calor del fogón Querida casita que viste 

nacer a Humberto, que le viste jugar, que le viste llorar la muer- 
te de su padre, que viste agotarse su juventud por los rigores de 
la enfermedad, ¿sería cierto que era inevitable perderte para que 
esa juventud retoñara lozana y alegre? 

Sí; era inevitable; no le cupo la menor duda cuando, en el 
almuerzo, su hijo, expansivo y locuaz, como no lo estaba desde 
hacía mucho tiempo, desarrolló extensamente sus proyectos. — 
Venderían la casa. — Lo decía tranquilamente, con esa feliz des- 
preocupación de la mocedad que aun no siente las raigambres 
del pasado. Encontrar comprador era fácil : ¡ poquitas ganas te- 
nía el bachiche de la esquina de comprarla para ensanchar su 
pulpería! El producto de la venta, por exiguo que fuese, siem- 
pre alcanzaría para trasladarse a la ciudad bendita, vencedora 
del mal, dispensadora de nuevas energías, y emprender allí al- 
gún negocio lucrativo. ¿Por qué no? Disfrutando de salud todo 
se logra, y ésa había él de recuperarla, respirando el aire purísi- 
mo de las alturas, ¡Oh. la altura! ¿Te acuerdas a cuántos pies 
sobre el nivel del mar está Tarma? 

¡Qué se había de acordar la viejecita si en su vida, lo supo! 
Humberto tampoco podía precisarlo en ese momento; pero, des- 
preciando detalles, siguió diciendo: 



IOS ' MERCURIO PERUANO 

— ¿Figúrate que gran parte del viaje se hace en el ferroca- 
rril más elevado del mundo; como lo oyes, el más elevado; todos 
los extranjeros nos lo envidian! — Y al añrmarlo así, mostraba el 
joven tan orgullosa satisfacción como si fuera uno de los inge- 
nieros que concibió y ejecutó la obra maravillosa, allá en los 
buenos tiempos en que aun podía decirse por hipérbole y no por 
ironía va/e un Perú. 

Terminado el almuerzo, salió Humberto; y la madre, después 
de arreglar el comedor, se caló las gafas, colocó la canasta de 
costura en el alféizar de la ventana que daba al traspatio de la 
higuera añosa, y, sentada en una silla baja, se puso a zurcir me- 
dias. Mientras las manos ejecutaban mecánicamente la tarea, el 
espíritu entristecido no cesaba de lamentar el obligado destierro 
de la tibia ciudad natal y del barrio donde había transcurrido tu 
existencia toda, donde hasta las piedras conocían a la señora 
Matilde. Siempre había habitado la parte alta de la ciudad, la 
que aun conserva su castizo sello criollo, y cuando alguna vez 
ambuló por la zona moderna — la Avenida Nicolás de Piérola, el 
Paseo Colón, con sus amplias aceras flanqueadas por casas de 
tres pisos que parecían elevadísimas a sus ojos de limeña vieja- 
sentíase inquieta y azorada, y no respiraba a gusto hasta en- 
contrarse de nuevo en su barrio familiar, el de los templos colo- 
niales, donde la oración brota espontánea y confiada y las lágri- 
mas son consoladoras. ¡Ay, su iglesia del Carmen, su convento 
del Prado con las monjitas dulceras, su capillita del Cercado! 
{Cuánto hubieran podido decir esos místicos muros de las limi- 
tadas aspiraciones, de las penas vulgares, de la fe primitiva, del 
vivir humilde de aquella ancianita a quien se le antojaba amena- 
zador y hostil el mundo que se extendía más allá del estrecho 
recinto de su barrio querido! 

Nunca conoció otro. Aún quedaba en pie, ruinosa y destar- 
talada, en la calle de los Naranjos, una de esas casonas de ve- 
cindad, de numerosos departamentos anti-higiénicos, refugio in- 
salubre de la pobreza, triste asilo de la miseria decente, donde 
durante muchos años vivieron Matilde y su madre viuda, ago- 
tando las fuerzas y perdiendo la salud en la costura de ropa bur- 
da, mezquinamente retribuida, único recurso al que ellas, como 
tantas otras infelices sin preparación para la vida, podían ape- 
lar para ganar el pan cuotidiano. Sin embargo, aquellas penurias 
estuvieron doradas para Matilde por el radioso sol de la juven- 
tud, y aun sonreía, recordando sus paseos a la luz de la luna, de 
bracero con las amigas, ostentando ufanas las claras batistas de 



DESOLACIÓN 109 

SUS trajecíllos estivales, y los jazmines aromosos, adorno de sus 
cabecitas inquietas, mientras las personas mayores sacaban si- 
llas a las puertas de la casa para aspirar la fresca brisa nocturna 
y vigilar a los galancetes rondadores de las muchachas. En las 
veladas de invierno solían reunirse donde la familia del princi- 
pal, y Matilde dudaba sinceramente de que se gozara tinto como 
allí en los saraos suntuosos de aquellas señoritas de la alta so- 
ciedad a quienes solía ver tal cual mañana en la aristocrática i- 
glesia de San Pedro y cuyos diminutivos familiares repetía con 
cierto airecillo de intimidad, pero trabucándolos lastimosamen- 
te. No eran los mayores placeres de esas tertulias las emociones 
de la brisca y la quina, ni las galletitas crujientes, ni las pastillas 
con inscripciones almibaradas en todo sentido: — | Paloma míat 
— Tu amor o la muerte — En tus brazos al cielo. — Aun ahora, con 
sesenta y tantos años y su cortejo de dolamas y aflicciones a cues- 
tas, confesábase Matilde que el mayor atractivo de esas fíestas 
era la presencia de cierto guapo mozo de vistosas corbatas, bigo- 
tillo enhiesto y cabellos relucientes de pomada que murmuraba 
a su oído frases más dulces que las de las pastillas. La madre 
de Matilde no veía con buenos ojos aquellos amores: — Estos 
mocitos del día — aseguraba — sólo quiren engatusar con su ele- 
gancia (¡ay elegancia!) y su palabrería a las muchachas candi- 
das para luego dejarlas plantadas. — Se cumplió la profecía, y fué 
el tentador instriunento de su realización, cierta viudita bastan- 
te corrida y de mucho garabato, vecina del caserón, que, harta 
de oír ponderar el idilio de Matilde, dijo, poniéndose en jarras 
— i pues yo le quito el novio a esa presimiida! — y tan se lo qui- 
tó, que antes de los dos meses alzó el vuelo con él y fueron a col- 
gar su nido al otro lado de la ciudad, allá por Monserrate. La 
madre de Matilde no cesaba de repetirla con muchos aspavien- 
tos: — ¡De cuánto era capaz ese canalla! ¡De lo que te has libra- 
do! ¡Dale gracias a Dios, hija de mi alma, por haberte visto con 
ojos de piedad! ¡Dale gracias a Dios! — ¡Ay¡La pobre mucha- 
cha no tenía fuerzas para semejante acto de gratitud porque se 
le había metido corazón adentro el zarramplín, aquél de las cor- 
batas vistosas, el bigotillo enhiesto y los cabellos relucientes de 
pomada. Por distraer su pena, alejándose del teatro de sus ilu- 
siones volanderas, decidió a su madre, alegando razones econó- 
micas, a mudarse a la calle del Cercado ; accedió la anciana y no 
tardó en felicitarse de ello, al notar que el pulpero de la esqui- 
na, un italiano cuarentón, formalote, trabajador y que segura- 
mente tendría sus buenos reales, bebía los vientos por la niña; 



lio MERCURIO PERUANO 

ésta, en cambio, hacía ascos a su tosco adorador . ¡ Cómo ! Una se- 
ñorita decente podía descender hasta ser la esposa de un hombre 
de tan baja esfera ! ¡ Eso nunca ! ¡ Arruinarse, no es encanallarse ! 
— Y al decirlo inflaba las rosadas naricillas con la vanidad in- 
nat? en las hijas de esta tres veces coronada villa, donde cual- 
quiera cursilita cree descender, nó del plebeyote de Francisco 
PÍ2arro, sino de los más empingorotados virreyes. 

Pero la gota de agua horada la peña; tan humilde y cons- 
tante se mostró al pulpero, de tantas atenciones la rodeó, fue- 
ron tan apremiantes las instancias de la madre y las de la dura 
necesidad, que Matilde, al cabo, empezó a transigir con la idea 
de conceder al buen hombre su manecita pálida, de dedos pico- 
teados por la aguja. Y fué en la festividad de San Juan Bautis- 
ta, que celebra con el clásico paseo a Amancaes, cuando acabó 
de decidirse. Después del popular jaleo a que el pulpero, rum- 
boso por milagro de amor, las invitara, tornaban Matilde, su 
madre y algunos amigos, a la ciudad, en una carreta adornada 
profusamente con ramos amarillos de amancaes; un mozo punteó 
la guitarra y dejo oír, en la serenidad romántica del atardecer, el 
quejumbroso jraravi de Melgar: 

Aun la nieve se deshace 

(ay mi dueño t 
Cuando el sol le comunica 

su calor lento. 

Matilde, conmovida por la copla sollozante, no quiso ser 
menos que la nieve y dio al fín la respuesta apetecida a las soli- 
citaciones del italiano, que envalentonado por las libaciones, se 
mostraba más insistente que nunca. 

Jamás tuvo motivo para arrepentirse de ella; el italiano, a- 
fectuoso y noblote bajo su ruda corteza, la rodeó de todo el bien- 
estar que su modesta condición permitía, y la ayudó, paciente y 
solícito, a sacar adelante al único heredero, a quien el padre lla- 
mó Humberto en homenaje a su rey lejano. ¡Oh! los proyectos 
y las ilusiones de cimbos esposos sobre el porvenir del niño! El 
no sería un humilde pulpero; sería ingeniero, médico, abogado, 
lo que él eligiera, y en cualquier profesión llegaría muy arriba 
con aquel talentazo que demostró desde las primeras horas de 
su existencia. Para dar base sólida a sus castillos aéreos lleva- 
ron al chico los amorosos padres a un colegio reputadísimo, y se 
les caía la baba oyéndoles repetir familiarmente los nombres 



DESOLACIÓN 1 1 1 

aristocráticos de sus condiscípulos o las fórmulas enrevesadas 
de una ecuación de segundo grado. Desgraciadamente, el buen 
hombre murió, dejando muy contados ahorros a su mujer y a su 
hijo, que apenas contaba trece años; la viuda, poco entendida 
en negocios, resolvió vender la pulpería, pero jurándose a sí mis- 
ma conservar la casita, conservar la casita, regalo de bodas de su 
pobre marido, mientras tuviera vida. Naturalmente, las ilusiones 
de carrera universitaria para Humberto se desvanecieron, y el 
muchacho se dio por muy bien servido consiguiendo, al termi- 
nar la instrucción secundaria, un puestecito en una oficina. El 
brillante profesional de los dorados sueños paternales sólo llegó 
a ser, en realidad, un empleadito rutinario, juicioso, más que por 
las imposiciones de una moralidad austera, por las de su salud in- 
tercadente, que le hacía pagar muy caro cualquier devaneo ju- 
venil. Bastaron unas cuantas malas noches, pasadas en tertulias 
de medio pelo, para ocasionarle la neumonía y la congestión pul- 
monar, que tan mal parado lo dejaron y de cuyos estragos sólo 
podría reponerse en la Sierra. Proponíase la pobre madre, para 
no acibarar las esperanzas que su hijo cifraba en el viaje, ocul- 
tarle el desgarramiento que para su cansada vejez significaba el 
ai ranearse del barrio modesto al que estaba circunscrita su exis- 
tencia, de la casuca, donde cada rincón encerraba un recuerdo, 
de las costumbres añejas, cuyo ritmo monótono y querido esperó 
sentir hasta que le llegara el momento de 
, caer en santa paz, como las hojas. 

Realizó doña Matilde su propósito, no tanto por obra de la 
voluntad, como por la del egoísmo inconsciente del hijo, que no 
se cuidaba de observarla, ocupado en los preparativos de la par- 
tida, durante el día, y en quejarse por la noche, entre toses y ca- 
rraspeos, de la fatiga y el decaimiento que tales ajetreos le cau- 
saban. Asustada la señora por esos amagos de recaída, deseó 
sinceramente el momento de la marcha; pero cuando éste llegó, 
le faltaron las fuerzas y cayó en brazos de las vecinas que habían 
acudido a despedirla, expresando su pena con sollozos y lamen- 
taciones pueriles. Humberto se hallaba en la estación vigilando 
el despacho de los equipajes, y al reunirse con él, tuvo la madre 
una pálida sonrisa de satisfacción, viéndole muy atareado, de 
aquí para allá, con la cabeza erguida y el aire resuelto, orgulloso 
de sentir sobre su pecho, en el bolsillo interior de la americana, 
la cartera henchida por el fajo de billetes, producto de la venta 
del hogar. Era todo lo que tenía la anciana en el mundo: aquel 
hijo, endeble de cuerpo y alma, y aquellos papeles que, de no 



112 MERCURIO PERUANO 

ser esperanza de salud para el vastago adorado, le hubieran pa- 
recido, por obtenidos a trueque del rincón querido, malditos co- 
mo los treinta dineros de Judas. 

A las cinco horas de marcha, el tren se detuvo bruscamente, 
en plena vía. Los pasajeros se miraron inquietos; Humberto, 
con aires de turista experto, explicó a su madre: — Esta es la é- 
poca de las crecientes de los ríos y de las lluvias torrenciales 
que muchas veces arrastran grandes trozos de los cerros; uno, e- 
norme, ha caido sobre el puente que debíamos atravesar y lo ha 
hundido en parte; se ha remediado el desperfecto colocando so- 
bre el río sólidos tablones, que pasaremos a pie para trasladarnos 
al otro lado, no hay peligro alguno, pero es un fastidio. 

Renegando contra tamaña contrariedad, los viajeros con- 
templaban de mal talante el improvisado puente; las aguas cena- 
gosas mojaban las tablas y seguían su curso veloz, atronando los 
oídos con el chocar de las piedras. Ante el imponente espec- 
táculo lloriqueaban los chiquillos negándose a pasar, algunas 
mujeres lanzaban grititos nerviosos y los hombres, avezados a 
la travesía casi todos, se reían de los miedosos y les ofrecían a- 
yuda. Doña Matilde aceptó la de un joven ingeniero, acostum- 
brado a esos trotes, y murmurando— { Madre mía y Señora del 
Carmen !— apretó los párpados y pasó, sostenida por la mano vi- 
gorosa de su guía. Cuando estuvo en salvo, miró a los que ve- 
nían tras ella: dos hermanas de la Caridad, unos oficiales, luego 
Hvmbrrto, después hasta una veintena de viajeros, y suspiró 
tranquil i 2ada, pensando que dentro de breves momentos tendría 
a Humberto a su lado, riéndose de los exagerados temores ma- 
ternales y como si sus miradas pudieran acelerar la llegada del 
ansiado momento no las apartaba del mozo, que avanzaba rápida- 
mente, fijas las pupilas en las turbias aguas que lamían el recio 
maderamen. ^''■Of 

¡Pobres ojos de anciana hechos al llorar resignado! ¿Por qué 
el destino piadoso no os cegó antes de que la tragedia os desor- 
bitara, artes de que la fatalidad os hiciera ver al hijo amado pre- 
sa de repentino vértigo, vacilar, caer, desaparecer para siempre 
en la vorágine de la corriente tormentosa? 

Moda, inmóvil, petrificada de dolor, el terror en el corazón 
y el caos en el cerebro, la infeliz sabía únicamente que estaba 
sola, bajo la bóveda impasible del cielo, sin casa, sin pan, sin hijo, 
&o^a ri el horror dantesco de la ancianidad desamparada. 

MARIANELA. 



Oración 

Para Alberto J. Uretm. 

¡Señor: no creo en tit Pero esta vida 

que alguien, sin corazón, puso en mi pecho 

me estorba ya. Tu mano distraída 

deja caer si tiene algún derecho: 

que yo aguardo el instante de partida, 

para dormir, por siempre, en cualquier lecho .... 

Dame la paz, ] Señor ! . . . . No puedo el resto : 

ya el cansancio ha colmado la medida. 

Si supieras, ¡Señor!, de qué protesto, 

me darías la muerte apetecida, 

como un vaso de luz servido presto 

a un ciego peregrino de la vida. . . 

Si tú existes y es cierta tu grandeza, 

deja que yo te cuente mi martirio: 

me consumo en las sombras, como un cirio; 

mi madre fué una loba: la tristeza; 

tengo en cada molécula un delirio, 

v una nube celeste en la cabeza. ... 

Con todo esto, { Señor I, voy por la ruta, 

preso en mi pueblo y en mi carne preso . . . 

Luchando, a palmos, con la fuerza bruta 

me robaron, ¡oh Dios!, mi único beso, 

que era como una lámpara absoluta 

alimentada con la luz del seso . . . 

Aqui tienes mis días inñnitos: 

dime, {Señor!, para saber, tu nombre; 

que si el mundo te oculta entre sus mitos, 

con la voz del blasfemo., (¡no te asombre 1) 

tú me oirás, cuando te diga a gritos : 

I acuérdate de mí : yo soy el hombre 1 . . . 

CESAR A. rodríguez. 



Toy no Quiere 

(Cuento en acción) 
— Escena única — 



(Salita de invierno en casa de Mr. Gascoth, acaudala- 
do banquero. — Lujo sobrio. — Las seis de la tarde. — 
Recostada en una poltrona, junto a la ventana que da 
vista a la calle, Lucy observa cómo el día gris acentúa 
sus tintes oscuros en el cielo. — Los personajes son tres, 
apenas tres: Lucy, hija única de Mr. Gascoth; Ketty, 
su amiga predilecta; y una criada. — Sobre una piel de 
Bengala, dormita, a los pies de Lucy, un hermoso mas- 
tín. Se llama Toy. — La criada introduce a Ketty y se 
retira en el acto. — Advierte Lucy la presencia de su a- 
miga. Y enpieza el cuento o lo que sea.) 



Lucy 

Te he adivinado, querida. Toy se ha dormido y empezaba a 
aburrirme la soledad y la monotonía desesperante de las co- 
sas. Todas las tardes el mismo cielo, opaco, sin matices. El 
tedio va resultando una enfermedad mía para cuyos padeci- 
mientos es tu visita una deliciosa tregua. 

Ketty 

Gracias, Lucy. Tú siempre cariñosa y galante. Me engríen 
tus palabras, pero debo ser franca contigo: preferiría no 
oírlas . No te imaginas cuánto me contraría verte triste y vo- 
luntariamente enferma. Es preciso que reacciones, que sa- 



TOY NO QUIERE 1 1 5 

cudas los nervios. Una mujer como tú debería ser feliz: ri- 
ca, bella e inteligente, sobre todo inteligente. 

Lucy (con vehemencia) 

Sí, inteligente, por desgracia. Ahí está el mal: las mujeres 
no deberíamos ser inteligentes porque dejamos de ser frivo- 
las para ser desdichadas. Nuestra alma exquisita y sensible 
tiene en la^reflexión su peor enemigo. Cuando -se piensa en 
lo que se siente no es posible ser feliz. Esto es lo que a mi 
me sucede . En mi cerebro giran ideas confusas ; mis nervios 
•on como hilos telegrafíeos por los cuales el corazón envía 
•in descanso despachos a la cabeza. Y yo a nada atino, nada 
resuelvo, rio, lloro, callo o grito sin saber cómo ni por qué. 
{Es horrible 1 

(Toy despierta súbitamente, se incorpora y gruñe a Ketty) 

Ketty (riéndose) 

Has conseguido despertar al perro. Vamos, niña, serénate. 

Lucy (acariciando a Toy) 

¡Oh, mi perro! Es una de las pocas realidades que para mí 
existen. El afecto que le profeso es casi el único que salva 

del naufragio de los demás. Y sin embargo es él' 

es mi perro el que 

Ketty 

Lucy, amiga mía, me infundes miedo. No sé qué pensar de 
lo que veo y oigo. En tu semblante se copia la lucha que se 
libra en tu alma. Sí, confiésalo, te agita una preocupación 
grave, muy grave, que no te decides a revelarme. ¿He per- 
dido acaso, también yó, tu cariño y tu conñanza? 

Lucy (resueltamente) 

Voy a probarte que nó . Lo sabrás todo, pero temo la 

burla o incredulidad con que sin duda vas a acoger mi con- 
fidencia. 



1 16 MBRCURIO PERUANO 

Ketty 

Hablas tan sería que no corres ese riesgo. 

Iroey 

Pues bien, escucha: he resuelto deshacer mi compromiso con 
Dick. Tal como lo oyes; no rae casaré con 61 ni con nadie. 
Los motivos son dos: el primero que no quiero y el segundo 
que no puedo. 

Ketty (asombrada) 

I Eres tú la que te burlas I ¿Qué te propones? 

Lucy (inquieta) 

No me interrumpas porque puedo arrepentirme de haber em- 
pezado a hablar. La sociedad, que presume saberlo todo, ca- 
si nunca conoce la verdad. Ignora, por ejemplo, los antece- 
dentes de mi noviazgo con Dick. Lo cree fruto de un acto 
espontáneo de amor y voluntad mios y, sin embargo, no han 
mediado ni ésta ni aquél. — Mi padre es banquero y para un 
banquero la vida es una tabla de multiplicar. Al imponerme 
a Dick como novio no ha perseguido otro objeto que el de 
acrecentar mi fortuna. Cuestión de números, nada más que 
de números. — En un principio, venciendo mi repugnancia 
por los hombres, me sometí a su capricho. Adquiri novio 
como quien adquiere un mueble que no necesita y que pien- 
sa que no va a incomodar. Pero a poco de tropezar con él, 
me he convencido de mi error: el novio es el más incómodo 
de los muebles. Por consiguiente, lo suprimo. Y ahi tienes 
la primera razón: no quiero novio. 

Ketty (con ironía) 

jOh, empiezo a interesarme! — Estoy intrigada. Prosigue. 

Lacy 

Tampoco puedo casarme. Hay alguien que se opone y a 
quien temo desobedecer. 



TOV NO QUIERE I 1 7 

Ketty 

¿Tu madre, acaso ? 

Lucy 

Nó; es Toy, mi perro. (Ketty ríe a carcajadas). Revienta de 
risa, si quieres. (Colérica) Eres desleal; te burlas, olvidan- 
do tu promesa. En tu concepto, soy una inbécil. A honra lo 
tengo, amiga mía. Para tí, que eres una mujer superior, más 
vale un hombre que un perro ; para mí, que soy una estúpida, 
más vale un perro que un hombre. Y si ese perro es mi perro, 
es Toy, entonces vale lo que nadie vale. — Sin poderlo evi- 
tar, han trascurrido mis días, desde aquel que me prometí, 
comparando a Dick con Toy, y el balance de sus respectivos 
méritos y cualidades arroja saldo cuantioso a favor del pe- 
rro. Por eso he dado mi mano al perro y la espalda a Dick. 
—Fué una escena breve: como de costumbre, vino Dick esta 
tarde al "//ve o'clock tea" y' tan pronto como nos dejó solos 
la criada, le comuniqué sin preámbulos mi resolución: 

"Toy no quiere, le dije. Toy te odia y vive devorado por 
"los celos. Y en cuanto a mí, no me decido a cambiar un a- 
"mor puro y desinteresado como el del perro por otro amor, 
"como el tuyo, que no tiene de tal sino el nombre y cuyo 
"rencor, al sentirse pospuesto, gritará sus iras nó en tu co- 
"razón sino en tus bolsillos. Pierdes cinco bonitos millones. 
"¡Lástima grande! En cambio a Toy nada le importa que yo 
"los conserve; le es indiferente el dinero; sólo pide cariño, 
"mucho cariño. — Cuando está a mi lado, su hocico húmedo 
"no olfatea, como el tuyo, mi bolsa ; sus ojos llorosos no mi- 
"ran, como los tuyos, mis joyas. Nó, su afecto es sincero y, 
"opulenta o miserable, me prodigaría el mismo, Pero tú, si 
"mi padre quebrara, ¿insistirías en casarte conmigo? ¡Claro 
"que nó! Y harías bien, para eso eres hombre. — Yo no puedo 
"despreciar los celos de Toy porque son justos y porque... 

"¡valgan franquezas! entj?e él y tú, lo escojo a él. No 

"es mi ánimo ofenderte con símiles que acaso no te agradan. 
"NsíJiR de eso, amigo mío. Si meditas un instante, hallarás 
"lógica y talento en lo que tiene falsa apariencia de torpeza. 
"Compara con calma los dos afectos, el del perro y el tuyo; 
"las condiciones en que se han producido, el signiñcado in- 



118 



MERCURIO PERUANO 



"trínseco que cada cual tiene. Era yo pequeñita y Toy me 
"enseñaba a andar: apoyada en su lomo seguía sus pasos cui- 
"dadosos; su fino instinto le daba perfecta conciencia de su 
**mi£ión. Era mi compañero inseparable, adivinaba mis ale- 
"grías y mis penas, gozaba conmigo, sufría conmigo, co- 
"míamos juntos y de noche, al pié de mi cama, velaba mi sue- 
"ño. Su afecto es, pues, tan profundo como antiguo. El tu- 
"yo, Dick, es de ayer y artificial: jamás nos conocimos has- 
"ta que mi padre me adjudicó a tí en calidad de novia, pre- 
**vio un rápido cálculo; tú hiciste otro y quedó cerrada la 
"operación. 

"Toy se dio cuenta de todo y fermentaron sus celos salvajes, 
"dándome a entender que te haría trizas al pié del altar. Pe- 
"ro si aquello no sucediera, te casarías conmigo para abu- 
"rrirte enseguida, como te aburrirías de un mismo traje o de 
"un mismo caballo. La esposa les resulta a ustedes muy 
"pronto monótona. Toy, por el contrario, nunca se aburri- 
"rá de mí y me acompañará hasta la tumba, cuando yo mue- 
"ra. Esperará que se despida el duelo y cuando todos, inclu- 
"sivc tú, se vayan para no volver a traerme una flor, él ven- 
"drá a mi fosa a llorar, sobre la tierra dura y árida, los días 
"felices que vivimos juntos." 

Dick, querida Ketty, me escuchó impasible mientras 
tomaba el té; sacó después la cartera de su bolsillo, hizo una 
resta y se fué sin despedirse. 

Ketty (levantándose) 



Como desearía irme yo, olvidando esta visita de la cual' 
llevo decepción tan grande. Tu neurastenia avanza, pobre 
niña, y quién sabe adonde va. Te he oído con agradable es- 
tupor: pensaba, escuchándote, que en toda locura hay, a su 
pesar, un fondo de lucidez. Has dicho muchas cosas ciertas; 
el matrimonio, contemplado desde el punto de vista en que 
para juzgarlo te has colocado, bien merece tus conceptos: 
los hombres que se casan por interés, se rebajan y nos re- 
bajan. Son despreciables. Pero de allí a condenar a todos 
los hombres, suponiéndolos iguales, para convertirse en 
apologista de perros (Toy ladra) hay mucha distancia a la 
verdad y muy poca a la locura. 



toy'no quiere 11^ 

Lucy (amargamente) 

Locura, eso es, locura. Cada cual tiene la suya y yo no cam- 
bio la mía. 

Ketty 

Adiós, entonces. ¡Qué el cielo conserve a tu perro! 
(Ketty sale seguida por Toy que ladra con furia). 

(Y así acaba el cuento o lo que sea.) 

ALBERTO JIMÉNEZ CORREA. 



/ 



Mieses de Francia 



De Carlos Baudelaire 
LA INVITACIÓN AL VIAJE 

¡Hermana, tierna criatura, 

Imagina la dulzura 
De irnos lejos, allá lejo», loa dos juntos a vivir! 

¡ Amar a nuestro placer. 

Amar y desfallecer 
En la que se te asemeja comarca donde hamos de ir I 

Los soles anubarrados 
De sus cielos empañados 
A mi corazón recuerdan el encanto singular, 
Lleno de enigmas severos. 
Con que tus ojos arteros 
Tras de sus lágrimas suelen sonreir y centellear. 

En esa comarca todo respira orden y beldad; 
Todo es solamente lujo, calma, voluptuosidad. 

Vetustos muebles bruñidos 

Por los años transcurridos. 
Adornarían, austeros, nuestra alcoba fraternal; 

Las más exóticas flores 

Mezclarían sus olores 
A los aromas etéreos del ámbar occidental*. 

Los artesones suntuosos, ^ s 

Los espejos tenebrosos, 
La mirifica opulencia del decorado oriental. 



MIESES DE FRANCIA 121 

Todo en secreto hablaría 
Al alma y la arrobaría 
Con la dulzura inefable de su lenguaje natal. 

En esa comarca, todo respira orden y beldad; 
Todo es solamente lujo, calma, voluptuosidad. 

Mira en aquesos canales 

Dormir sueños vesperales 
A esos navios cansados, de espíritu vagabundo: 

Sólo por satisfacer 

Tú más ínfimo placer 
Acuden a estas orillas del otro extremo del mundo . 

Los crepúsculos murientes 

Revisten, desfallecientes, 
Los campos y los canales y la callada ciudad 

De oro disuelto y jacinto, 

Y el mundo se aduerme, cinto 
En una cálida onda de pálida claridad. 

En esa comarca, todo respira orden y beldad; 
Todo es solamente lujo, calma, voluptuosidad. 

Versión de MANUEL BELTROY. 



La Primera Centuria 



Causas geográficas, políticas y económicas que han detenido el 
progreso moral y material del Perú en el primer siglo de su 
vida independiente, por Don Pedro Divalos Lissón.—'Lima, 
1919, 



El libro cuyo título encabeza estas líneas aparece en horas 
de angustiosa incertidumbre para la vida nacional; en horas 
que serian de "conciencia y de pensar profundo" si algo exis- 
tiera que tuviese la virtud de estimular en nosotros el ejercicio 
de estas facultades del espíritu para otra cosa que no fuera nues- 
tro inmediato y personal provecho. Porque el libro del señor 
Dávalos, al presentarnos el cuadro de la realidad nacional cuan- 
do estamos próximos a completar la primera centuria de nuestra 
vida independiente, constituye un serio y documentado examen 
de conciencia, y pocas cosas hay más fecundas en provecho, asi 
para los individuos como para los pueblos, que el practicar de 
vez en cuando, con toda sinceridad, esta útilísima disciplina es- 
piritual . 

¿Qué somos? ¿Qué hemos realizado en el dilatado período 
de nuestra vida de nación independiente? ¿ De qué modo nos he- 
mos mostrado dignos de ser un pueblo libre? ¿Qué suma de 
bienestar hemos logrado proporcionarnos? ¿Cuál es nuestra con- 
tribución a la cultura y a la civilización? ¿Qué ideal nos inspira; 
hacia dónde vamos? A todas éstas y a muchas otras inquietantes 
y torturadoras preguntas responde el libro del señor Dávalos. 
Le basta para ello retratar fielmente el estado actual de nuestra 
vida colectiva en sus diversas manifestaciones. 

¿Será necesario decir que las respuestas no son de las que 
pueder halagar nuestra vanidad, sino que, muy por el contrario, 



LA PRIMERA CENTURIA 123 

son de aquellas que se dan con la cabeza baja y sin atreverse a 
mirar frente a frente al interrogador? 

Porque éste no es un libro escrito por encargo, con el ob- 
jeto de demostrar, para seducción de inmigrantes y capitalistas 
extranjeros, que el Perú es el mejor y más adelantado país del 
mundo. Tampoco es el libro de un desilusionado, de un hipocon- 
driaco, dispueíjto a encontrar que todo está mal, que todo está 
irremediablemente perdido. El autor no ha partido para su 
noble empresa con el propósito determinado de probar 
ni una ni otra cosa. Sin prejuicios, con espíritu equilibra- 
do y abierto a todas las ideas, ha salido en busca de la 
verdad, y es, como lo demuestra en todas sus páginas, 
el primero en sentir mortifícado y dolido su patriotismo 
cuando esa verdad resulta amarga e ingrata. Pero no por eso 
procura ocultarla ni desfigurarla. La encara valientemente, ana-* 
liza sus causas, se documenta en opiniones agenas para llegar 
al convencimiento, y llevarlo a los demás, de que no está equi- 
vocado, y ofrece indicar en un libro próximo a publicarse sus 
convicciones y opiniones sobre las reformas que son necesarias 
para encaminar la vida nacional por rumbos más sanos y progre- 
sistas. 

Este libro no es, pues, ni optimista, ni pesimista. Es un li- 
bro de crítica, y al calificarlo así, creo decir también que es un li- 
bro de consciente y reflexiva esperanza, porque la actitud crítica 
es siempre reveladora de esperanza: se critica lo que se encuen- 
tra susceptible de mejora y perfeccionamiento, y el creer en la 
posibilidad de perfeccionamiento, en la capacidad humana para 
alcanzar la perfección por acto de la voluntad, es lo esencial, lo 
fundamental de la esperanza cuando a esta palabra se le despoja 
de su significado religioso. Cree el señor Dávalos Lissón que 
la exhibición descarnada de nuestra realidad, que la constatación 
de nuestras deficiencias, el contraste entre el progreso que he- 
mos alcanzado y el que pueden mostrar otros países del mismo 
origen que el nuestro, la critica, en fin, de los métodos, prácti- 
cas y costumbres que nos han impedido ser más de lo que somos, 
deben constituir un estímulo para la acción eficaz y bien diri- 
gida, un acicate que acelere el ritmo de nuestro proceso evoluti- 
vo. 

Hay muchos, especialmente entre nosotros, que encuentran 
antipatriótica la crítica de los vicios y deficiencias nacionales. 
No opina así Dávalos Lissón ; él desprecia, como Ortega y Gasset, 
ese patriotismo inactivo, espectacular, extático, en que el alma 



124 MERCURIO PERUANO 

se dedica a la fruición de lo existente, de lo que un hado ventu- 
roso le puso delante; esa noción de la patria como la condensa- 
ción del pasado y como el conjunto de las cosas gratas que el 
presente de la tierra en que nacemos nos ofrece; noción frente 
a la cual no queda al patriotismo más que hacer sino asentarse 
cómodamente y ponerse a gozar de tan deleitable panorama. Y 
con él mismo eminente autor, que es uno de los más grandes 
pensadores de la España contemporánea, opone a esa noción e- 
goísta, sibarita y estéril de la patria, el concepto de que ésta no 
es nada que una mano providencial nos alargue para que goce- 
mos de ello, sino algo que no podrá existir como no pugnemos 
enérgicamente por realizarlo; lo que no hemos sido y tenemos 
que ser, so pena de sentirnos borrados del mapa. Hace Ortega 
y Casset en el pasaje que vengo glosando una definición del pa- 
triotismo que quisiera ver llegar al fondo de la conciencia de to- 
dos los peruanos, y arraigarse fuerte y definitivamente en ella. 
"Entendida así la patria,— dice — es el patriotismo pura acción 
sin descanso, duro y penoso afán por realizar la idea de mejora 
que nos propongan los maestros de la conciencia nacional. La 
patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber". 
Y termina con una frase que Dávalos Lissón pudo poner como 
ep.'gtafe de su libro, pues en ella se condensa, mejor que en todo 
lo que pudiera yo decir, el espíritu que lo informa: *'E1 patrio- 
tismo verdadero es crítica de la tierra de los padres y construc- 
ción de la tierra de los hijos". 

Sintetizado así el propósito de la obra, échase de ver inme- 
diatamente que ella constituye formidable arremetida contra el 
más grave y persistente mal que nos aflige, el providencialismo, 
y contra sus naturales consecuencias: la falta de fe en la virtua- 
lidad del esfuerzo; el excepticismo respecto a los métodos cien- 
tíficos; el abandono de los más graves problemas al azar de las 
circunstancias y del tiempo. Nuestro pueblo vive esperando e- 
ternamente el milagro en todo orden de cosas. Siempre debe de- 
tenerse el sol para este privilegiado y elegido pueblo nuestk-o. 
Nc el brazo musculoso y la dura herramienta, sino la vara mila- 
grosa de Moisés, ha de hacer brotar de la roca el agua que espe- 
ran sedientas nuestras pampas. No el empuje de nuestros solda- 
dos y la calidad y abundancia de sus armamentos, sino trompe- 
tas sonoras y gritos estridentes han de rendir los Jericós de 
nuestros enemigos. Ni hemos tampoco de quemarnos las pesta- 
ñas estudiando los mejores métodos que puedan aplicarse a la 
solución de nuestros problemas, que ya vendrá la sabiduría a 



LA PRIMERA CENTURIA 125 

posarse en forma de lenguas de fuego sobre nuestras cabezas pa- 
ra iluminarnos sin que ello nos cueste esfuerzos ni fatigas. Y 
mucho menos será necesario que suden nuestras frentes porque 
tratemos con trabajos rudos y desagradables de arrancar a la 
madre tierra sus escondidos tesoros, si en cualquier momento nos 
los darán incontables una lámpara maravillosa o un anillo del 
genio que hemos de encontrar cuando menos lo pensemos. Polí- 
ticamente, parece que, por misterioso atavismo, perdurara tenaz- 
mente en nuestra patria el mito de Manco-Capac, con ciertas mo- 
diñcaciones bíblicas. Siempre esperamos que venga a nosotros 
un hombre dotado de tan maravillosa intuición y extraordina- 
rias facultades que él sólo pueda convertir al Perú en un paraíso. 
Como un precepto de la Constitución hace indispensable que ese 
ser excepcional haya nacido en el Perú, no nos es posible cum- 
plir con todos los requisitos que la periódica repetición de la 
incásica leyenda exigiría, entre ellos el de que el nuevo Manco- 
Capac descendiera del cielo o viniera de ignotos y fantásticos 
países: pero suplimos esto como podemos hace algunos lustros, 
alejando al personaje por espacio de tiempo más o menos dila- 
tado, para traerlo luego nimbado de los más peregrinos atribu- 
tos. La imaginación popular se complace en suponer que, du- 
rante el obligado ostracismo, el futuro regenerador se pasa dis- 
cutiendo con los dotStores en el templo o entregado en recóndi- 
ta Tebaida a austeros renunciamientos y severas disciplinas. 
Excusado es decir que la influencia bíblica que ha venido a 
modiñcar la pureza del mito autóctono consiste en la pasión — 
¡gracias a Dios, nó la muerte! — que hacemos sufrir a nuestros 
regeneradores en cuanto principian a ejercer sus elevadas fun- 
ciones. 

Dávalos Líssón carece absolutamente de simpatía por estas 
sencillas y poéticas creencias. Ha vivido en los países más ade- 
lantados de Sud América; ha recorrido el Canadá y los Esta- 
dos Unidos y ha visto surgir las ciudades en lo que poco antes 
eran selvas bravias; ha visto como se levantan en pocos meses 
edifícios que cuentan sus pisos por decenas; cómo el rebaño hu- 
mano trafíca apresuradamente por debajo de la tierra, sobre la 
superficie y en vías que corren a grande altura; cómo los hom- 
bres y las colectividades transforman en ingentes y fabulosas 
riquezas cuanto tocan sus manos y difunden luego esos tesoros 
en forma de bienestar y de cultura para todos. Y ha visto qije 
esto no ha sido realizado por agentes milagrosos y sobrenatura- 
les, sino por el trabajo, el estudio y el esfuerzo incansables de 



126 



MERCURIO PBRUANO 



les hombres. No cree, por eso, en que reaparezcan en nuestros 
tiempos ni la vara de Moisés, ni las trompetas de Josué, ni la 
lámpara de Aladín. No cree tampoco en la mesiánica redención 
de nuestros pecados nacionales. Y. aunque no lo dice, casi estoy 
por suponer que no cree en que Wilson descuelgue la caja de los 
truenos internacionales para fulminar a nuestros enemigos. Es, 
en su concepto, nuestro propio esfuerzo en el trabajo material 
e intelectual el que ha de realizar el milagro de nuestra trans- 
formación, el que ha de hacer del Perú el país rico, culto, fuer- 
te y respetado que todos anhelam.os, pero en cuyo anhelo no po- 
nemos la suficiente energía, la suficiente voluntad para conver- 
tirlo en acción eficaz y fecunda. No es persistiendo en el ausen- 
tismo espiritual que aqueja a nuestras clases dirigentes; no es 
con estériles ideologías, ni cambiando sólo la forma externa de 
las cosas que haremos surgir el Perú ideal del futuro. Es 
ahondando en las raíces de nuestra realidad nacional; es devol- 
viendo su legítima preeminencia a los valores espirituales y mo- 
rales que el arribismo y el sensualismo usurpadores pretenden 
desterrar: es entregándonos por entero al trabajo y al estudio, 
indispensables en estos tiempos de tecnicismo y organización 
científica; es amando y respetando a la justicia, sin flaquezas ni 
reservas, y con sacrificio de nuestros personales intereses; es, en 
una palabra, con "sinceridad y esfuerzo", como dice Azorín, y 
por el concurso personal de todos y cada uno de los peruanos 
que lograremos hacer verdaderamente una nación de este caóti- 
co e informe conglomerado en que vivimos. Si el pasado no ha 
podido crear lazos suficientes para unirnos estrechamente, para 
darnos la cohesión que es indispensable para la realización de 
nuestros destinos, busquemos esos lazos en la obra del futuro, 
que hay quizás más fuertes vínculos entre los que proyectan o 
laboran en común que entre los que simplemente recuerdan. 

Mucho contiene el libro de Dávalos Lissón y mucho más su- 
giere, y ya se sabe que la capacidad de sugerir es lo que consti- 
tuye el mayor mérito y la mayor eficacia de la obra intelectual y 
artística. No puede dejarse de obtener provecho de la lectura 
de este libro. Por lo menos, ya lo he dicho, obliga a pensar y a 
hacer examen de conciencia. {Ojalá contribuya también a que 
hagamos propósito de enmienda! 

Lima, agosto de 19x9. 

CARLOS LEDGARD. 



Evolución de la Arquitectura en el Perú 



Reputamos que la asociación de la juventud ilustrada que 
quiere y puede obedecer al deber que le impone la concepción 
histórica de lo que el Perú fué, y la espiritual de lo que ha de 
ser, necesita fijar atención especial en el suelo que pisa e inter- 
pretar como es propio, lo que la Arquitectura dicta, sin vueltas 
de hoja de libros. Los monumentos incaicos, los coloniales y los 
republicanos son testigos mudos de lo que fueron y son las cul- 
turas á que esta tierra bendita ha estado sujeta, y marcan lo que 
importa iniciar en vista del porvenir humano hacia una federa- 
ción mundial: coronación de 20 siglos de preparación cristiana, 
iniciada por la palabra divina de Jesús: ¡ayudaos!, que interpre- 
ta la necesidad cardinal de variedad que la Naturaleza impone al 
hombre para poder vivir. Si van á terminar los Congresos y 
Conferencias internacionales — de interés parcial — que por las 
conveniencias de la relación de las naciones se inició en 1845, 
para finalidades concretas — con la instalación del Gobierno del 
Mando, por un solo poder colectivo, la Liga de las Naciones, 
ur¿e qae el Perú se prepare para figurar en ésta, salvando y orga- 
nizando sus riquezas morales, étnicas y materiales, del modo y 
forma que le permita entrar en ese gobierno de la humanidad, 
aportando sus valores en concordancia con las fuerzas determi- 
nantes de las corrientes que el horrendo esfuerzo latino-sajón 
acaba de encauzar en Europa; esfuerzo que ha aniquilado 10 mi- 
llones de seres humanos y 52,000 millones de libras esterlinas. 
La humanidad unida, y asistida por la navegación, los ferrocarri- 
les, el automovilismo, la energía eléctrica, la aeronavegación y la 
comunicación radiotelegráfica, que imponen esa unión, va á mo- 
verse á impulsos de ideales definidos, bien claros ya, y sucumbi- 
rán los pueblos que no se hallen en condición de cooperar á la 
obra común, para lo cual deben evolucionar hacia la homogeneiza- 
ción respecto de los pueblos más adelantados. 



128 MERCURIO PERUANO 

Felizmente, un grupo brillante de la intelectualidad peruana 
actual, se ha puesto en obra, recogiendo materiales para la Histo- 
ria de los Incas y sus rebaños, de los Virreyes y sus lobos y de 
los cstratécratas y sus vividores. Dicho grupo entra, como debe, 
i inquirir las causas del naufragio que sufrimos, para poder salir 
de él ; pero sin el espíritu, la extensión y los recursos que nece- 
sita ese campo de investigación cientíñca, en que se hallan los 
antecedentes y consecuentes de los pueblos, como en. una ecua- 
ción corrcta el valor de las incógnitas. 

Ese grupo debe fruncir el ceño, aterrado ante el falso pie en que 
se creó la República, la incongruencia de sus exóticas leyes, la 
falta de moral, que se oeupa de crear, y la actual ausencia de 
industrias que den ocupación y hagan luchar a sus habitantes 
para hacerse independientes; y asi exigir con imperio a las gen- 
tes válidas de todo sexo, nacionalidad y edad, que cooperen. a la 
obra redentora que ese grupo ha emprendido, del modo 
y forma que esté al alcance de cada cual, si es que se quiere im- 
pedir que vengan otras gentes, del Sur o del Norte, del Este o 
del Oeste, a sacarnos a empellones del estado de atonía o del pa- 
rasitismo en que se hallan las instituciones y los individuos, ba- 
jo la acción del opio de los "buenos propósitos de actos heroicos 
para mañana": "La heroicidad de unos pocos es vergüenza para 
los demás". 

Exigid, jóvenes, con el más grande imperio, que el mun- 
do se ponga en obra, como lo hacéis vosotros, y que se os 
ayude con dinero y con labor, en los estudios que es indispen- 
soble abordar. — El que esto escribe cumple con ese deber, tras- 
mitiéndoos lo que respecta a Arquitectura ha podido acopiar en 
su labor ordinaria, interpretando lo que cree debe leerse en ella, 
y que os somete como contribución. 



Cuando los españoles invadieron el Imperio de los Incas, 
se quedaron estupefactos al hallar obras como las de Cajamarca, 
Chavín, Huanaco, Pisac, OUontaitambo Cuzco y Tiahuanacu, 
hechos con piedra labrada, acondicionada de un modo especial, 
sin que, hasta la fecha, se haya sabido cuál fué el arte con que 
dominaron ese material, siendo así que no conocieron el uso del 
ñerro, ni mucho menos el' acero, por supuesto. 




Muros ciclópeos de ^^La Foi 



OBRA DC L.OS 




en el Cuzco (Sacsahuamán) 



S RERUAINJOS 



EVOLUCIÓN DE LA ARQUITECTURA EN EL PERÚ 129 

Desde que visitamos por primera vez el Cuzco, en 1872, y to- 
mamos nuestros primeros apuntes, opinamos por que los picape- 
dreros fueron simples desbastadores y moldeadores de bloques, 
utilizando para alisar las junturas limas de púas de sílex, soste- 
nidas por tabletas, trincadas por fuerte empate, tal cual sabían 
hacer, pues lo usaban en sus flechas: la "hoja" natural de frac- 
tura de la piedra, la paciencia resignada — triste característica 
de la raza — y el trabajo monótono reglamentario que les impo- 
nía el régimen de la organización a que estaban sujetos los abo- 
rígenes^ — en el cual el factor tiempo no era considerado— hicie- 
ron lo demás; resultando esas masas formidables, esos muros 
imponentes, esos dispositivos militares, sin nada ornamental, sin 
alegría en la forma, en que la Historia lee la vida monótona y 
abyecta de autómatas, sujetos a amos, quienes no le dejaron pen- 
sar ni querer; y de allí el pueblo sin alma, mantenido sin ella 
por sus explotadores coloniales primero y los liberticidas des- 
pués, quienes le pusieron el sudario español-francés que lleva; 
sin arreglar las cosas para hacer hombres de esos bípedos, que 
labran la tierra para el taitai de hoy, serviles ante el cholo, el 
mestizo o la autoridad. Trinidad ésta, inicua — al decir de Gon- 
zález Prada — .compuesta del Cura, el Alcalde y el Sub-Prefec- 
to. En ese estado, el indio no tiene más pensamiento que el de 
satisfacer su vida animal, ni más ideal que el de embriagarse, en 
camino a la desaparición por esterilización, sin remplazo posi- 
ble para el laboreo de las minas y la ganadería. 

¿Qué de esos muros formidables — uno de cuyos tipos pre- 
sentamos en la lámina adjunta — , si para exigir esos testimonios 
de servidumbre, se había de lograr a la sociedad humana los re- 
baños llamados "Comunidades", que trabajan sin querer y vi- 
ven sin amor? 

Y allí están, sin que los "encomenderos" hubieran entendi- 
do su negocio colectivo, sin que la torpe estratecracia al arran- 
char las riendas del Estado, hubiera hecho de ellos otra cosa 
que carne de cañón, y, lo que es peor, sin que la juventud quiera 
0|idicar todas sus fuerzas a ella, dejando el quinto cielo, a que 
la empuja la fácil literatura que San Marcos le barbecha, olvida- 
da de nuestro medio geográfico y topográfico y de las condi- 
ciones etnológicas y sociales de cuatro millones de seres buenos, 
entre los que sobresalen las hembras — no digo mujeres — cuya 
redención reclama métodos que no hallarán en las fuentes que 



130 



MERCURIO PERUANO 



Lorente importó, echando la simiente del españolismo, flore- 
ciente al soplo potente de Deustua y al amparo de Prado en Le- 
tras; e iniciado tímidamente en arquitectura por San Martín 
(Manuel Julián) y Batanero ayer, Marquina y Malachowski 
hoy. 

El problema de la Nacionalidad peruana, está en los 
Andes y más allá de los Andes. — Lo primero es lo urgente 
y acusador, allí donde el Muro estupendo (que los aboríge- 
nes fabricaron) desafía impávido los siglos, y se enfrenta a 
la hojarasca de arte erigida por los españoles, sin que ésta haya 
resistido las injurias de corto tiempo, reducida hoy al estigma- 
tizado estado en que se halla, según le diremos en un próximo 
escrito . 

El descubrimiento del fotograbado permite darse cuenta de la 
arquitectura egipciaca que llamaremos de Tiahuanacu, por con- 
siderarla como precursora de todas las demás; y si el lector vi- 
sitara el Cuzco.^-esa "arca santa de las tradiciones gloriosas de 
la raza" — le recomendaríamos estudiar las bases de la actual 
iglesia de Santo Domingo, construida sobre los restos del tem- 
plo del Sol, los restos del Palacio de Manco-Cápac. pertenecien- 
te hoy al señor César Lomellini, los muros del Palacio del In- 
ca Rocca y la portada que existe en la calle de Cocachaca — 
fuente por sí sola de grandes enseñanzas históricas — aparte de 
tantas otras obras ciclópeas entre las que el Trono del Inca, ta- 
llado en roca en una de las cuchillas de la Fortaleza de Sacsa- 
huamán, es de impresión inolvidable. 

Las personas que se interesen por desarrollar estas notas 
pueden ocurrir a la obra de Humboldt "Monuments des Pouples 
Indigenes de 1' Amérique", pag. 13; a la de Ulloa "Noticias Ame- 
ricanas"; al opúsculo del ingeniero Pablo Chalón, "Arte de 
Construir de los antiguos peruanos", y a las "descripciones de 
Raymondi en sus obras "El Perú", siendo evidente que sus opi- 
niones tienen que ser modifícadas por las deducciones de la U- 
niversidad de Yale, que ha hecho trabajos muy serios de inves- 
tigación, dirigidos por un grupo de sabios encabezados por el 
notable hombre de ciencia Hiram Bingham, cuyas conclusiones 
han echado torrentes de luz en el campo de la arqueología pe- 
ruana y de que daremos cuenta en otro artículo. 

TEODORO ELMORE. 



La adhesión de la República Argentina 
al tratado de alianza defensiva Perú-boli- 
viano de 1973 



(Continutclón) 



Como se ve, en estas notas transcritas, se reanudaron, en el 
año 1875, las negociaciones encaminadas a conseguir la adhesión 
solicitada; pero, como si ningún apuro hubiera habido en perfec- 
cionar, lo antes posible, ese acuerdo, se renovaron, según lo acredi- 
tan las comunicaciones insertas, las instrucciones q' se le tenian 
dadas a nuestro Plenipotenciario en el Brasil y Repúblicas del 
Plata, reiterándosele, por parte de Bolivia, la misma exigencia, 
que había venido esterilizando esta labor diplomática, y ordenán- 
dosele, por parte del gobierno del Perú, q' se le prestara el mayor 
apoyo a ella, no obstante de haber sido antes desahuciada, y q' se 
modificaran, además, los términos de la restricción que se había 
impuesto, en abril de 1874, al Tratado de alianza, sobre las cues- 
tiones del Brasil. Estas dos exigencias se anticiparon. 

Fueron, no obstante, recibidas sin mayor resistencia, y hubie- 
ran podido ser satisfachas en breve plazo, como lo manifiestan 
las notas que reproducimos en seguida; debido desde luego, a la 
buena disposición que manifestaron en pro de la alianza el nuevo 
Presidente de la República, doctor Nicolás Avellaneda, y el nue- 
vo jefe de la Cancillería argentina, doctor don Bernardo de Yri- 
goyen. Las notas que así lo acreditan son las siguientes: 



132 MERCURIO PERUANO 

Buenos Aires, Junio a8 de 1875. 
("Reservada 
No. 37") 

"S. M. 

**B1 16 del corriente fui invitado a una conferencia por el 
señor Ministro de Relaciones Exteriores de esta República; y 
tuvo lugar el 19 a las dos de la tarde en el salón de su despacho. 

"En ella me manifestó el señor Ministro, que el gobierno de 
Chile continuaba desarrollando una política alarmante con res- 
pecto a la cuestión que sostenía sobre la Patagonia y el Estre- 
cho; y que su gobierno, en el deseo de conservar la paz, miraría 
con suma complacencia que el del Perú se dignase ejercer sus 
buenos ofícios, pasando una nota al de Santiago en términos idén- 
ticos a la que le dirigió hace como un año, y que tan buenos re- 
sultados produjo, aunque no llegó a ser entregada por el Minis- 
tro señor Noboa (35). 

"Le contesté al señor Ministro, que comunicaría a U. S. su 

indicación; y que no dudaba que mi gobierno ejercería con com- 
placencia sus buenos ofícios, en cualquier circunstancia que cre- 
yese favorable, en obsequio de la paz de dos repúblicas amigas 
y con las que tantos y tan estrechos vínculos la ligaban. 

"En seguida, vino de un modo natural la conversación so- 
bre el estado en que habían quedado las negociaciones referen- 
tes a la adhesión de esta república a nuestro Tratado de alianza 
defensiva; y después de recordar todos los antecedentes, me dijo 
el señor Ministro, que en la última comunicación que había reci- 
bido de la Legación argentina en La Paz, le decía el señor Uri- 
buru que el señor Baptista no aceptaba la explicación que había 
yo acordado aquí con el señor Tejedor sobre el principio del 
uti possidetis. Es<.o me dio ocasión para manifestarle todo lo 
que había precedido a aquel acuerdo, y para declarar que, al rea- 
brirse las negociaciones, tenía que hacer a nombre del gobierno 
boliviano, una ampliación sobre las explicaciones dadas ya res- 
pecto al uti possidetis, en el sentido de mi proyecto de respuesta ; 
esto es, salvando las nacionalidades tal cual hoy existen. 

"Después de hora y media que duró esta entrevista y cuan- 
do me despedía, me dijo el señor Ministro, que sería conveniente 
que tuviese yo una conversación sobre tan importante asunto, con 



(35) Representante diplomático del Perú en Chile. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIANO 133 

S. E. el Presidente de la República; a lo que le contesté, que yo 
estaba expedito para el día y hora en que S. E. quisiera honrar- 
me invitándome para una audiencia. El señor Ministro me mani- 
festó entonces que ésta podía tener lugar el ai por la noche, que 
era el día en que S. E. recibía en su casa; y que él se lo preven- 
dría, al darle cuenta de la entrevista, que acabábamos de tener 
y a la que él me había invitado por su orden. 

"Asistí en la noche del expresado día a casa del Presiden- 
te, más, se encontraba rodeado de tanta gente que no fué posible 
que hablásemos a solas. A mi salida me citó el señor Ministro pa- 
ra dos días después, esto es, para el 33, a las dos de la tarde; y 
en dicho día, y a la expresada hora, tuvo lugar, en el despacho 
de S. E. el Presidente, la entrevista de que paso también a dar 
cuenta a U. S. 

"El Presidente comenzó por excusarse, de no haber podi- 
do hablar conmigo a solas en su casa, por la gente que le rodea- 
ba, y por no haber querido llamar la atención; y me pidió, en 
seguida que le manifestase el estado en que había quedado la 
negociación sobre la adhesión. Accedí en el acto a su deseo, re- 
firiéndole con todos sus pormenores, cuanto había pasado sobre 
tan importante asunto; y, al concluir, concretó el Presidente la 
conversación sobre los temores que nuestro Tratado de alianza 
podía inspirar al Brasil, diciéndome a este respecto, que cuando 
el señor Tejedor dio cuenta al gobierno del señor Sarmiento, del 
que él formaba parte, de la solicitud de adhesión hecha por mí, 
era ese temor el que más había impresionado su ánimo. Me fué 
fácil, como debe U. S. presumir, tranquilizar a este respecto a 
S. E. el Presidente, refiriéndole de nuevo la declaración que te- 
nía hecha, de que la alianza no se extendería a las cuestiones que 
pudiesen surgir entre esta república y el Imperio; y hablándole 
además de las seguridades que en este sentido había yo dado en 
Río Janeiro al gobierno Imperial. 

"Se ocupó también S. E. de la posibilidad que había de que 
Chile se aliase con el Brasil; y también me fué fácil desvanecer 
sus temores, manifestándole el ningún interés que tiene el Im- 
perio de mezclarse en las cuestiones del Pacífico, sobre todo te- 
niendo, como tenía, conocimiento de la alianza que estaba para 
perfeccionarse entre nosotros y cuyo objeto principal era resol- 
ver la cuestión de límites con aquella república. 

"Después de esto, y viendo al Presidente en muy favorables 
disposiciones, quise aprovechar de esta entrevista para hablarle 
lobre las declaraciones que el señor Baptista quiere que se hagan 



134 MERCURIO PERUANO 

en lo relativo al uti possidetis. Dije, con tal fin a S. E. que las 
dificultades que el señor Tejedor habia encontrado para formali- 
zar la adhesión, durante su Ministerio, habían provenido del jus- 
to deseo que tiene el gobierno de Bolivia de introducir, al ocu- 
parse del uti possidetis, alguna frase que salve la organización 
actual de la república, a fin de que no se haga más tarde cuestión 
de Tarija ; y que no habiendo tenido, ni teniendo en la actualidad 
el gobierno argentino, intención, ni propósito, de hacer cuestión 
de aquella provincia, no comprendía que pudiese existir ninguna 
dificultad seria que impidiese hacer alguna declaración a este 
respecto, bien en Protocolo o por medio de simples notas. 

"S. E. el Presidente y el señor Ministro de Relaciones Exte- 
riores, en cuya presencia tuvo lugar la conferencia, de que estoy 
dando cuenta a U. S., no hicieron a esto la menor objeción; lo 
que me dá la esperanza de poder allanar este punto, conforme a 
los deseos del señor Baptista y a las instrucciones que a este res- 
pecto se ha servido U. S. comunicarme. 

"Al terminar este punto, S. E. el Presidente me dijo, que 
tendríamos necesidad de algunas conversaciones mis y le en- 
cargó al señor Ministro de Relaciones Exteriores, que reuniese 
y le presentase todo lo referente a este negociado. Estoy esperan- 
do, en vista de esto, que me citen a alguna nueva conferencia; y 
en ella me esforzaré por obtener un resultado final. 

"Dígnese U. S. dar cuenta de este oficio a S. E. el Presiden- 
te de la República; y aceptar los sentimientos de profundo res- 
peto con que me suscribo de U. S. atento servidor. 

( Firmado) .— "M . Yrigoyen." 



Buenos Aires, Agosto 9 de 1875. 



("Reservada 
No. 34") 

"S. M. 



"Tengo el honor de acusar a U. S. recibo de la nota reser- 
vada No. 14, fecha 8 de junio, con que se ha servido dirigirme, 
en copia autorizada, el oficio que nuestro Encargado de Negocios 
en La Paz dirigió al señor Ministro Baptista, sobre la reserva 
referente a los asuntos del Brasil que debe hacerse, llegado el 
caso de que se formalice la adhesión del gobierno argentino a 
nuestro Tratado de alianza defensiva. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIANO 



135 



"Por dicho documento quedo impuesto, de que el gobierno 
boliviano está perfectamente de acuerdo en hacer por su parte la 
misma declaración que hemos hecho nosotros, y que en este sen- 
tido me dirigirá sus instrucciones. No he recibido, sin embargo, 
hasta ahora una sola palabra del señor Ministro Baptista a este 
respecto, ni en lo referente tampoco a lo general de la negocia- 
ción; no obstante que, desde el mes de setiembre del año próxi- 
mo pasado, le dirigí por conducto de ese Ministro una extensa 
nota memorándum sobre dicho asunto, y que a mi salida de Li- 
ma, en el mes de abril, le comuniqué al expresado señor Ministro 
mi regreso a esta capital. 

"No obstante esto, si llegase el momento de formalizar fa 
adhesión del gobierno argentino a nuestro recordado Tratado de 
alianza defensiva, procederé a hacer la reserva indicada, a nom- 
bre no sólo de nuestro gobierno sino también del de Bolivia; se- 
gún se sirve U. S. ordenármelo al fínal de la nota que dejo con- 
testada. 

"Soy de U. S. muy atento y obediente servidor. 

(Firmado).— "M. Yrigoyen." 

Mas, no había tardado el doctor Yrigoyen en comunicar las 
buenas perspectivas que ofrecía el flamante gobierno argentino, 
para llevar a feliz término las negociaciones en que estaba em- 
pañado, cuando recibió— en contestación a su oficio del 2 de ju- 
nio, en el que consultaba la conducta que debía seguir, en caso 
de que el gobierno argentino se resistiera a aceptar las exigen- 
cias de Bolivia — la nota del 12 de julio y las cartas particulares 
del Ministro de Relaciones del Perú, que se insertan a continua- 
ción, en las que, por temores a las previstas complicaciones in- 
ternacionales, ya no se le recomienda activar, sino, por el contra- 
rio, demorar la suscripción del protocolo de adhesión de la Ar- 
gentina a nuestro Tratado del 6 de febrero de 1873. 

La nota referida decía asi: 

"Lima« Julio la de 1875. 
("Reservada 
No. 24") 

"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen, Ministro Plenipotenciario del Pe- 
rú en el Brasil y R. R. del Plata. 

"Me ha sido grato recibir la nota de U. S., fecha 2 de ju- 
nio anterior, signada con el No. 11. 



136 MERCURIO PERUANO 

"Conoce U. S. las elevadas miras del gobierno del Perú al 
celebrar el pacto de alianza defensiva de 6 de febrero, y al so- 
licitar más tarde la adhesión de la República Argentina. Tratá- 
base, mediante él, de hacer difícil o imposible la guerra entre 
naciones de un mismo origen, que, por mutua conveniencia, es- 
tán llamadas a conservar la más estrecha armonía, y de intro- 
ducir en el Derecho Público Americano, principios de gran uti- 
lidad para este continente; sin que el Tratado contenga mira agre- 
siva contra potencia alguna. 

"El gobierno argentino pareció admitir la idea con entusias- 
mo y el proyecto de adhesión fué aprobado en la Cámara de Di- 
putados, habiendo sido aplazado en la de Senadores, por los mo- 
tivos que debe U. S. recordar y comunicó oportunamente a este 
Ministerio. De consiguiente, debemos suponer que parta de ese 
gobierno la iniciativa para reanudar las negociaciones y, en caso 
contrario, sólo debe U. S. tocar la cuestión con el mayor tino, 
tratando de investigar si en la actualidad se aceptaría las fra- 
ses que se negó a admitir el señor Tejedor y que debían constar 
en el protocolo de adhesión, por instancia del gobierno de Boli- 
via, cuyos intereses no podemos abandonar. 

"Sensible es que no se hayan remitido a U. S. hasta hoy las 
instrucciones que tiene ofrecidas el señor Baptista, pero entien- 
do que le serán enviadas muy pronto, según lo que se me asegura 
en la correspondencia que acabo de recibir; y una vez en pose- 
sión de ellas, podría U. S. proceder, teniendo siempre presente 
el estado de las relaciones de la Confederación con Chile, el Bra- 
sil y las otras repúblicas del Plata, y nuestro deseo de conservar 
las que nos ligan con todas esas potencias. 

"Por lo demás, una vez reanudadas las negociaciones por ini- 
ciativa de ese gobierno y manifestando que está en sus intereses 
adherirse al Tratado de 6 de febrero, puede U. S. continuarlas, 
exigiendo las garantías que Solivia necesita y que no considero 
difícil obtener, atendiendo a las conferencias privadas del señor 
Uriburu, a las ideas emitidas por el mismo señor Tejedor y a la 
circunstancia de ser probable que en la actualidad se ocupen en 
Sucre del Tratado de límites entre la República Argentina y 
Bolivia, habiendo rii'o nombrado, y aceptado el cargo de Pleni- 
potenciario, por parte de la última el doctor Reyes Ortiz, Vi- 
ce-Presidente dsl Cnsejo de Estado. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIANO 137 

"Sin perjuicio de lo indicado anteriormente, yo cuidaré de 
comunicar a U. S. oportunamente las instrucciones que conven- 
gan. 

"Dios guarde a U. S. 

(Firmado).— M. V. de la Torre." 



Y el tenor de las cartas es este : 

"Lima, Julio 5 de 187$- 

"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen. 

"Querido amigo: 

"Creí que el vapor me daba tiempo y resulta que se despa- 
cha dentro de una hora. Seré pues extenso en el próximo vapor. 

**Continúe Ud. las negociaciones sin manifestar gran interés. 
El que nosotros tenemos es por la conservación de la paz en Amé- 
rica. Si la República Argentina cree que adhiriéndose a nues- 
tro Tratado, arribará más pronto a una solución favorable en sus 
cuestiones con Chile, de modo que justa y equitativamente que- 
den arregladas, puede Ud. fírmar el Tratado, por supuesto sal- 
vando los intereses de Bolivia, del modo indicado. Ud. sabe que 
a fuerza de trabajo hemos conseguido el arreglo de esta última 
con Chile, que ya es terminado. 

"Escribiré largo en el próximo correo. 

"Disponga de su affmo. amigo y S. S. 

(Firmado).--"i4. V. de U Torre." 



"Lima, Julio 19 de 1875. 
"Sr. Dr. Manuel Yrigoyen 

Buenos Aires. 
"Querido amigo: 



"El 5 le escribí muy de ligero, pero lo bastante para que 
comprendiese Ud. nuestra idea. Conñrmo esa carta, que está en 
consonancia con el oñcio que marcha por este correo (fecha la 
del presente). 



138 MERCURIO PERUANO 

"Ud. comprende bien que no nos conviene, por el momento. 
activar mucho esos asuntos. £1 estado de las relaciones del Im- 
perio con las Repúblicas del Plata y de estas mismas entre sí; 
así como las de la Confederación con Chile, nos obligan a ser cau- 
tos y marchar con mucho tino. Preciso es, pues, esperar la ini- 
ciativa de ese gobierno, para reanudar las negociaciones, y, en 
caso contrario, sondear su ánimo respecto a las exigencias de 
Bolivia, a la que no debemos abandonar; y aceptar la adhesión, 
salvadas que sean las difícultades que se presentaron antes. 

"Esperaba ayer las instrucciones del señor Baptista para 
Ud., pero no han llegado. Esta circunstancia no será un obstá- 
culo para proceder, pues tiene Ud. las copias de los despachos 
cambiados en La Paz y el extracto de mis conferencias. 

**Se acerca la hora de cerrar el correo y concluyo despidién- 
dome de Ud., muy affmo. amigo y S. S. 

(Firmado).— "i4. V. de la Torre." 

PEDRO YRIGOYEN. 
(Coatlntiará) 



Notas varías 



LA CUESTIÓN UNIVERSITARIA 
(Ud aspecto olvidado) 

Ya que aun eg cuestión de viva actualidad la promovida por 
los estudiantes de la presente generación, respecto a la reforma 
de la enseñanza superior, no queremos dejar de decir nuestra pa- 
labra; reservándonos para opinar con más calma y latitud poste- 
riormente sobre punto tan interesante como trascendente. 

Interésanos decir, antes que todo y sobre todo, esto: que en 
las controversias y disertaciones producidas, apenas si inplícita- 
mente se ha aludido o tenido en cuenta lo que es fundamental y 
capitalísimo en cuanto a la cultura superior concierne: el senti- 
do espiritual de la enseñanza. Parece, en efecto, que entre los 
motivos de la actual agitación no actúan los que nos serían más 
simpáticos, sentimentalmente, y que, sin discusión posible, son 
los más justificables y eficaces desde el punto de vista pedagó- 
gico, si hemos de tener presentes las últimas conquistas de esta 
ciencia. Nos referimos a los motivos éticos, a las crecientes ne- 
cesidades que impone una espiritualidad de superior cultura. 
Se deja sentir, muy marcadamente, en las actuales demandas, 
la ausencia de altas preocupaciones filosóficas, científicas o so- 
ciales; y, en cambio, todas ellas parecen orientarse a impulsos 
de aspiraciones y tendencias de un burguesismo demasiado pe- 
gado a tierra, demasiado ajeno a los intereses morales y huma- 
nos por excelencia; burguesismo para el cual parecen haber 
desaparecido del todo los fines — digámoslo aunque parezca exce- 
sivamente noble la palabra — apostólicos de la educación univer- 
sitaria. A juzgar por las manifestaciones actuales, s^ diría que 
hoy sólo se busca en la Universidad la habilitación práctica — 
muchas veces de una clamorosa falsedad, y de allí la frase de 



140 MERCURIO PERUANO 

**nulidade8 tituladas" — para la explotación de lat profesiones li- 
berales, campo en el cual cada día es mayor y menos escrupulosa 
la simulación del trabajo y de la competencia. Se olvida insistir 
•obre la cuestión planteada por le Dr. Deustua años ha, a pro- 
pósito de la formación de la comisión para el estudio de la nue- 
va ley sobre instrucción (z) pública, en la siguiente forma: 
¿Qué conviene más: una dirección científíca, materialista, con 
finalidad exclusivamente económica, o una religiosa, espiritua- 
lista, con finalidad exclusivamente sobrenatural, o una filosófi- 
ca, idealista, que concille ambas tendencias y forme el carácter 
moral del educando?" 

Penetrando al fondo del problema, el Dr. Deustua plantea- 
bt, como se ve, una cuestión previa impostergable por lo mismo 
que formamos parte de organizaciones sociales nuevas tan he- 
terogéneas. — Antes que estudiar las cuestiones de metodología — 
apuntabb entonces el director de "Ilustración Peruana" comen- 
tando al Dr. Deustua — hay que resolver y plantear las cuestio- 
nes relativas al ideal humano a la orientación que debemos dar 
■ nuestra vida. 

Pues bien; preocupaciones de esa naturaleza, que deberían 
ser el foco de las inquietudes juveniles, si en su seno hubiese 
fermentos de verdadero espíritu de progreso y perfeccionamien- 
to, brillan por su ausencia, como ya lo hemos dicho, en las mani- 
festaciones que motivan estas lineas. Por más buena voluntad 
que se tenga para hallar trazas de altos deseos de progreso y en- 
noblecimiento de nuestras instituciones docentes, en el movi- 
miento que ahora encabeza formalmente la Federación de Estu- 
diantes, nada de eso se ve. Sólo se trata, en el fondo, de "cues- 
tiones de economía doméstica", conforme a la gráfica expresión 
del sagaz Andrenio, al comentar una situación análoga a la nues- 
tra, suscitada en España. Conviene que apuntemos más amplia- 
mente sus conceptos: "La raíz de esta dolencia está en que la en- 
señanza, y en general el cultivo de las ciencias no le importan 
un ardite a la generalidad, aunque en público se diga otra cosa. 
Todas las cuestiones de enseñanza que agitan a la opinión entre 
nosotros, son cuestiones adyacentes: cuestiones confesionales o 
cuestiones de economía doméstica. ¡Y pensar que los alemanes, 
a quienes tanto admiran muchos de los que así discurren, tienen 
la candidez de pagar las lecciones de los cursos privados y pri- 



(i) . — Este mismo vocablo denota la tendencia a prescindir de las 
necesidades morales y educativas. 



NOTAS 141 

vadisimos de los profesores oficiales! La triste verdad, que por 
rubor no se confiesa, es que hay una profunda indiferencia hacia 
la cultura (2) cuando nó una sorda hostilidad hacia esa quisico- 
sa que no hace felices a los hombres y despierta la funesta ma- 
nía de pensar. £1 ideal de algunos padres de familia en materia 
de enseñanza sería que los títulos universitarios se vendieran en 
los estancos (3) a cinco pesetas o que pudiera expedirlos cual- 
quier dómine doméstico pagado con la comida y alguna ropa 
de deshecho. En materia de enseñanza somos liberales... (4) 

Hace ya tres o más años, un escritor de méritos, el señor 
Emilio Huidobro, inició en los diarios una campaña contra 
nuestra defectuosa enseñanza universitaria, a la que acusaba de 
ser una de las principales causas de nuestro estancamiento in- 
dustrial y comercial, y de la plétora de profesionales ineptos 
que nos aqueja, viniendo, según él, a culminar, todo esto, en los 
morbos sociales llamados "empleomanía", "parasitismo", "arri- 
vismo", etc., y terminando por producir la inestabilidad políti- 
ca (5) . Rara será la persona de sentido común que no esté de a- 
cuerdo con ese criterio. La decadencia, la falta de verdadera 
vida espiritual, de nuestros institutos de enseñanza superior, 
fué denunciada, nó ahora que la situación se ha hecho insosteni- 
ble, sino mucho antes, con una frase durísima, por uno de los ca- 
tedráticos de San Marcos de más sólido prestigio: "La Univer- 
sidad huele a cementerio", dijo. Y nosotros sabemos que otro 
profesor de gran prestigio tuvo que sostener una reñida campa- 
ña para introducir algún movimiento de verdadera vida en la 
Facultad de Ciencias, siendo, por supuesto, vencido por la iner- 
cia y el estrecho conservatismo de los más. 



(2). — Subrayado por nosotros. 

(3). — Ya Góngora (el otro?) lo comentaba en una famosa compo- 
sición: 

Todo se vende este día; 
Todo el dinero lo iguala; 
La corte vende su gala, 
La fuerza su valentía 
Y hasta la Universidad 
Vende la ciencia— -Verdad 

(4).— "Nuevo Mundo", Diciembre 1.0 1916. 

(s) V. nuestros arts., "Universidades y Revoluciones", "La Unión", 
Marzo 6 de 1913 y "Plétora de universitarios y despoblación de la In- 
dustria", "La Crónica", Febr. 33 de xqxO. 



142 MERCURIO PERUANO 

¿Qué movimientos, qué corrientes de vida, de entusiasmo 
cultural o científíco, o de propaganda social denotan en nuestras 
universidades la razón de su existencia en el conjunto institu- 
cional de nuestro país? Y sin embargo ninguna de las reformas 
pedidas parece inspirarse en el anhelo de salir de situación tan 
anómala. — A este respecto, y en un informe presentado al "Se- 
gundo Congreso Cientíñco Pan-Americano", José Ingegnieros es- 
cribía: "La extensión de las doctrinas, normas ideales que cons- 
tituyen la filosofía de una sociedad, representa la cultura social 
de un pueblo. En las naciones civilizadas contemporáneas esa 
cultura tiende a organizarse en las Universidades, que son sus 
instrumentos naturales de aplicación a los problemas vitales de 
la sociedad. — Tal es — añade — la aspiración de toda Universidad 
moderna: ser un instrumento de acción social. Pero es induda- 
ble que la organización actual de casi todas las universidades (y 
especialmente de las hispano-americanas) no llena ese objeto, 
por des causas: la. no responden al sistema de ideas generales 
que resulta de las ciencias contemporáneas; aa. no están espe- 
cialmente adaptadas a las sociedades en que funcionan" (6). 

E. E 



FEDERICO NIETZSCHE. — Epistolario inédito-^Trtducción castelU- 
na de Luis Lope* VaJlesteros y de Torre. 



El dolor es, en las almas superiores, una austera fuente de optimis- 
mo; porque ante la profundidad de los arcanos que el dolor descubre y 
ahonda, el alma exaltada y ardiente obtiene la orgullosa y suprema com- 
pensación de reconfortarse en sí misma y de sentir en las propias en- 
trañae del martirio, la palpitación de una indestructible juventud. 

"¿Cuan viejo soy realmente? Lo ignoro; así como lo joven que aún 
seré". 

De esta suerte la vida de Nietzsche realizó el prodigio de exaltar, 
sobro las miserias corporales, sobre el aislamiento a que su misma 
excelsitud la llevaba, sobre la desolación del abandono y de la incom- 
prensiva necedad de los hombres, el valor de afirmarse a sí misma con 
un gesto perennemente rebelde, con la expresión de una alegría siempre 
triunfadora pero siempre también, sublimemente trágica. 



(6).— "La filosofía científica en la organicación de las universi- 
dades". 



NOTAS 143 

Este proceso se transparenta en sus cartas, que llenas de poesía 
y de sencilla familiaridad traducen la creciente liberación de su pen- 
samiento y esa dolorosa ascensión de su vida, transfigurada por la luz 
de su visión maravillosa, hasta llegar a la cumbre donde su soledad só- 
lo encontró, según propia declaración im compañero digno de ella: Spi- 
noza (carta a Overbeck, Sils María, 30 de julio de 1881). 

Pero la raíz sentimental de su carácter era profundamente tierna, 
piadosa y dulce. Es, seguramente, lo que resulta difícil de descubrir a 
través de sus obras, donde resuena el ímpetu de una originalidad sin 
precedente, de una audacia sin limites, de ima libertad verdaderamente 
monstruosa. Pondo sencillo, casi infantil, que apareció constantemente, 
suavizando la desarmonía de exaltaciones y de melancolías, de esperan- 
zas y de desfallecimientos que vibran en la música asombrosa del alma 
de Nietzsche. 

"Aquellos hombres, escribía, que se han acostimibrado a sentirse 
solitarios; que considerando con fría mirada los lazos sociales y de ca- 
maradería, han visto los inconsistentes hilos que enlazan al hombre con 
el hombre, hilos tan fuertes que basta un hálito de viento, para hacerlos 
desapi'.recer ; aquellos que, además, tienen la prudencia de evitar que 
les convierta en solitarios, la llama del genio, llama de cuyo círculo lu- 
minoso todo huye, porque todo, a su luz, parece desprovisto de sentido, 
vanidoso, seco y con un ritmo de danza macabra; aquellos también, a 
quienes una determinada idiosincracia o una rara mezcla de deseo, ta- 
lentos y anhelos de la voluntad han llevado a la soledad; todos estos sa- 
ben qué "milagro incomparablemente elevado" es un amigo y si son idó- 
latras tendrán que elevar, ante todo, un altar al "desconocido Dios que 
creó al amigo" (carta a Erwin Rohde, Naumburg y Leipzig, a princi- 
pios de enero de 1869) • 

Posteriormente consignaba esta hermosa reflexión: "Cesa uno de 
amarse a sí mismo cuando cesa de practicar el amor hacia los demás. 
Per tanto, no debe uno nunca dejar de practicarlo. Tal es mi propia ex- 
periencia". (Carta a Peter Gast, Marienbad 18 de julio de 1880); y en 
otra carta al mismo Peter Gast (Marienbad 20 de agosto de 1880) ex- 
presaba este pensamiento que ofrece en su desnudez el noble aspecto 
generoso y humano del filósofo: "Aún ahora, después de ima conversación 
simpática con hombres para mí extraños en absoluto, siento vacilar toda 
mi filosofía, me parece insensato querer tener razón si ha de ser a cam- 
bio de no poder amar a nadie ni despertar ninguna simpatía." 

Su capacidad de amar y de admirar, revelada por su culto a Scho- 
penhaucr y por su adhesión fervorosa, de un tiempo, a la persona y a 
la obra de Ricardo Wagner, vibran en cartas admirables. 

Hablando de Ricardo Wagner escribía al barón de Gersdorff el 4 
de agosto de 1869 "Nadie le conoce y nadie le puede juzgar, porque to- 
do el mundo se basa en fundamentos distintos a los suyos y nadie se 
siente a gusto en su atmósfera. Reinan en él un tan absoluto idealismo, 
una tan profunda y conmovedora humanidad, una serenidad tan elevada, 
que a su lado me siento como al lado de lo divino". 

El otro gran entusiasmo de su vida por la filosofía de Schopen- 
hauer. de cuyo pensamiento supo extraer un optimismo fundamental, se 
refleja en todas sus cartas, casi en todas sus frases. Hermoso ejemplo 



144 MERCURIO PERUANO ^ 

de la virtualidad que todo gran pensamiento tiene, cuando te deposita 
en u la alma profunda. 

Sensibilidad exquisita, percepción extraordinariamente dotada para 
distingur matices, Nietzche, se estremecía hondamente ante la músi- 
ca. Nietzsche componía; y es conmovedora la emoción que este in- 
menso poeta y filósofo ponía en sus producciones musicales, indeciso 
fluido donde él se sumergía con delicia infinita. 

Algo profundamente impresionante es la confianza que abrigaba en 
iu obra y que se acentuó en los últimos años de su vida. Y tenía razón 
cuando pensaba que era prodigiosa. Creía tal vez que la vida de los 
hombres iba a cambiar del todo con el advenimiento de su transmuta- 
ción de todos los valores. E^a vida humana se trasformará radicalmen- 
te al^'ún día y las ideas de Nietzsche que visten imágenes radiantes- 
estallarían entonces con la ruda vitalidad de su enorme contenido. 

"No he encontrado nunca, hasta ahora, desde mi niñez, nadie que 
tuvieran en su corazón y en su conciencia la misma "necesidad que 
yo", decía en una carta a su hermaru constatando el sublime aislamien- 
to de su ^¡tuación. Quizá ahora muchos o algunos hombres sientan esa 
"necesidad", que elevó hasta la suprema altura de la liberación el pen- 
samiento de Nietzsche. 

Libertad: he ahí el resorte íntimo de la actividad mental del pro- 
fesor de Basilea, y sin embargo, negaba la libertad psicológica. ¿Con- 
tradicción? 

La contracción es la hostilidad de los conceptos que pretenden ex- 
plicitar la confusa complejidad de un pensamiento íntimo o de una im- 
presión esencial ante la vida. Pero los conceptos, suelen dejar intacta 
la virginidad de la adivinación. El comprenderla, el vivirla, el amarla, 
son obra de la contemplación admirativa, de la adhesión estética y nó ló- 
gica. 

M. I. R. 



Revistas de Revistas 



LA REFORMA SOCIAL. — Revista mensual de cuestiones sociales, e- 
conómicas, políticas, parlamentarias, estadísticas y de higiene pú- 
blica. — Junio, 1919 — Nueva York. 

Soplan vientos de pesimismo en el campo ideológico de las 
conquistas del Derecho Internacional . Todos los que no se hicieron 
muchas ilusiones a cuenta de las promesas de los dirigentes de las que 
acaso sea justo denominar "oligarquías plutocráticas" de Occidente es- 
tán viendo confirmarse sus desconfianzas; primero, con el revuelo de 
críticas, sátiras y controversias motivadas en Europa y América por los 
viajes de Wílson y sus actitudes que, sin satisfacer por completo a nin- 
gún pueblo, a todos los dejaba en suspenso y un tanto descontentos, 
conforme lo ha puntualizado el ilustre publicista inglés Sir John Fos- 
ter Fraser en su artículo titulado "What Europe thinks of Woodrow 
Wilson" y después, con las actividades desplegadas por el grupo prin- 
cipal del partido republicano de los Estados Unidos en torno a ciertas 
enmiendas qne se pretende introducir en el Estatuto de la Liga de las 
Naciones con el fin, según dicen esos políticos de la escuela y las ins- 
piraciones de Roosevelt, de mantener incólume la Doctrina de Monroe. 
]La sonaja eterna! 

Tres artículos relacionados con estos tópicos contiene el indicado 
número de "La Reforma Social", dos de ellos debidos al experto inter- 
nacionalista y buen amigo del Perú señor D. Jacinto López: "La Liga 
de las Naciones y la América Latina" y "La más grave cuestión inter- 
nacional de América" (quinta parte), y el otro, firmado por el conocido 
publicista cubano D. Orestes Ferrara, "Vicna 1815 — París 1919", breve 
parangón histórico, éste, de los congresos internacionales reunidos en 
las mencionadas ciudades y fechas, después de sendas y sangrientas gue- 
rras. Como es nuestro intento trascribir éste artículo, pleno de intere- 
santes sugerencias en el momento actual, vamos a referirnos de prefe- 
rencia a los otros dos para que, así, los lectores de "Mercurio Peruano" 
puedan formarse un concepto siquiera sea aproximado de la manera có- 
mo se miran en los altos círculos intelectuales a que hacemos referen- 
cia los grandes problemas internacionales de nuestra época 

En el artículo sobre la Liga de las Naciones y la América Latina. 
Jacinto López se constituye, en forma tan atinada y correcta como e- 
nérgica, en adalid de nuestros más caros intereses políticos e institucio- 



146 MERCURIO PERUANO 

nales, frente al grupo de los que llama con expresión muy eficaz, propul- 
sores del "monroísmo ortodoxo": Knox, Lodge. Root y Hughes, caute- 
losos, celosos y previsores leaders del vergonzante imperialismo del 
Norte. — Según lo expuesto en el citado articulo, resulta que los Esta- 
dos Unidos se reservan, mediante las enmiendas ideadas por los men- 
cionados movroístas ortodoxos, "se reservan un poder discrecional y su- 
premo, una especie de poder de reto final en cuestiones internacionales 
latinoamcriranas que en cualquiera otro continente serian, de hecho y 
sin discusión algtma, de la plena y única competencia de Liga de las 
Naciones. ¿ £f esto— pregimta el articulista— compatible con la soberanía 
e independencia de las naciones latinoamericanas?" Todo este movi- 
miento responde, como bien lo observa el señor López, a las aspiracio- 
nes yanquis de absoluta preponderancia, y más aún ,de dominio omní- 
modo en América. Y ese velado pensamiento de los hábiles políticos 
norteamericanos, dejado traslucir por el menos tímido de ellos o el más 
sincero en una frase que López cita, tiene su expresión ya no sólo fran- 
ca sino estridente en las palabras del famoso Secretario del presidente 
Cleveland, Mr. Olney, en su nota de Junio ao de 1895 ^^ ^^ controver- 
sia de límites con Venezuela, declaración que ha repercutido como un 
martillazo en los ámbitos de nuestra América y que decía así: "Los 
Estados Unidos son hoy prácticamente soberanos en este continente, y 
■a fíat es ley en Us cuestiones a las cuales confina su interposición"— 
Era, como se ve, una situación de clarísima violencia que quiere retro- 
traerse hoy, olvidando multitud de circunstancias que modifican funda- 
mentalmente las posiciones relativas de nuestros países. Basta citar los 
nombres de dos argentinos: Drago y Saenz Peña para hacer ver cómo, 
sin necesidad de apelar a las generosas declaraciones de Wilson, el de- 
recho público americano debe regirse en adelante por algo más que la 
mera voluntad de los corifeos norteamericanos que, como en el caso 
de Panamá, bien puede no estar legalmente autorizada. — El comenta- 
rio que el señor López opone al orden de cosas que se quiere instaurar 
es, como todos los suyos, terminante: "Es sin duda — dice •— un 
hecho inesperado, extraño y sorprendente que una gloriosa innovación 
(i) como la Liga de las Naciones traiga consigo la más conclyente com- 
probación de la dependencia y subordinación de la América Latina en 
los problemas y cuestiones de política internacional . Todas las nacio- 
nes, grandes y pequeñas de todos los continentes, estarán en un pie de 
igualdad con respecto a la Liga de las Naciones, menos la América La- 
tina. Todas las naciones podrán formar parte de la Liga, conforme, 
por supuesto, al pacto o contrato constitutivo que en realidad es una 
alianza; pero no está claro aún que las naciones de la América Latina 
podrán libremente ser miembros, y en caso afirmativo, que con respecto 
a ellas sean plenamente aplicables en todas las circunstancias las fun- 
ciones y facultades de la Liga" — Refiriéndose, después, a la situa- 
ción que se pretende crear y según la cual sería difícil, por una parte, 
establecer cuáles serian las cuestiones puramente americanas-^ohrc las 
que no tendría jurisdicción el llamado Consejo ejecutivo de La Liga, y. 



(i). — Ya se verá por el articulo de Ferrara cómo la cosa no es tan 
nueva como parece. 



REVISTAS DE REVISTAS 147 

por otra, cuáles serian las cuestiones en que la Liga tendriaí 
ingerencia tratándose de cuestiones en las que pueblos arae> 
ricanos estuviesen interesados; hace ver el articulista las com- 
plicaciones que surgirían, terminando por hacer mención de nues- 
tra cuestiór con Chile en la siguiente forma: "Hay— escribe— una gra- 
ve cuestión internacional pendiente de solución en América, la cuestión 
resultante de la guerra de conquista de Chile contra el Perú 7 Bolivia 
en 1879. En nombre de la Doctrina Monroe, los Estados Unidos se opu- 
sieron entonces a la intervención europea, y la conquista fué posible por 
la interposición y la inercia de los Estados Unidos. ¿Cuál será ahora su 
concepción de las cosas, cuando el Perú, por ejemplo, apele a la Liga de 
las Naciones para la solución de esta disputa conforme al derecho y la 
la justicia?" 

La acusación que contra la patria del gran amigo de nuestra Améri- 
ca, Henry Clay, envuelven las anteriores frases nos lleva derecho al tema 
tratado por el mismo Jacinto López en la quinta parte de su brillante y 
admirablemente documentado estudio sobre la cuestión del Paciñco. 
Sin pronunciarnos sobre la mayor o menor responsabilidad que toque a 
los Estados Unidos en ese borrón de la historia de América (que por des> 
gracia no es el único) que es la conquista de Atacama, Tarapacá y Tac- 
na, delicadísima cuestión para nosotros los peruanos, y en la que, como 
su verá luego, no nos será dado levantar la voz para acusar a ningún ex- 
traño que no sea el detentador, por lo mismo que no supimos auspiciar 
con el orden interno una intervención justa y salvadora; sin pronunciar» 
nos a ese respecto, decimos, vamos a hacer una breve reseña del impor- 
tante artículo del señor López, aprovechando la oportunidad que se nos 
brinda para vulgarizar ciertos hechos poco conocidos de la generalidad y 
que son de particular interés para nuestro punto de vista. 

Dos hechos culminantes pone de manifiesto ese escrito. Es el prime- 
ro, la rapidez con que fué reconocido el Gobierno de García Calderón, ra- 
ro caso en la historia del Departamento de Estado Americano; y el se- 
E^undo, cómo los egoísmos partidaristas impidieron que es^ gobierno se 
consolidara, obligando al ministro Hurlbut a emprender una campaña de 
catequización, delicada y morosa, para que se le sometieran los bandos 
que ejercían autoridad en las diversas secciones del territorio nacional. 

Lo primero fué indudablemente un triunfo diplomático del ministro 
confidencial del Perú en Washington, Dr. Juan Federico Elmore, quien, 
educado en los Estados Unidos, y con perfecto conocimiento del espíri- 
tu que rige la política americana de reconocimiento de gobiernos de he- 
cho, hizo valer como argumentos decisivos: i.° que García Calderón reco- 
nocía la constitución que Piérola había derogado haciéndose dictador; 
a.? que el movimiento encabezado por él tenía por objeto hacer desapare- 
cer el estado de guerra. El Dr. Elmore había sido presentado al presi- 
dente Garfield por el General Grant, antes de la conferencia con Blain 
a que se refiere López, y asi se explica aquel reconocimiento fulminante 
de aquella creación, no obstante las prevenciones del ministro americano 
en Lima Mr . Christiancy, pues el gobierno norteamericano se basa en una 
política netamente presidencial. 

El a.? punto a que nos hemos referido entraña ima enseñanza que de- 
ben tener muy presente quienes sientan latir en el pcbo un corasón pe- 



1 48 MERCUMO PERUANO 

ruano: se perdió la partida, después de estar casi ganada, por la demora 
incalificable en la unificación del pais, no obstante la actitud resuelta de 
Hurlbut en pro de la doctrina de paz sin cesión de territorio. 

Se agrega a este enorme daño, el causado por las dificultades halladas 
para ei envío de fondos a la Legación: i se envió por toda habiliíación un 
giro por quinientas libras! y una simple orden a los agentes financieros, 
residentee en Europa, para que se remitiera el envío de toda acción, o 
sea- dinero.— Se llegó a remitir por pequeñas remesas y en el curso de 
tres años, cincuenta mil doUars "para que se procurara salvar el territorio 
nacional", según los términos del Dr. Rosas; hecho que, según dijo el Dr. 
Blmore, en años posteriores, en las Cámaras, como ministro de Relacio- 
nes Exteriores, "llenaba de vergüenia y humillación a quienes tuvieran 
en las venas sangre generosa". 

Y una vez en esto, conviene dar a conocer un hecho generalmente 
ignorado. — El señor López explica perfectamente cómo el "clavo" de la 
negociación de paz sin cesión de territorio estaba en poder ofrecer ima 
amplia indemnización pecuniaria. Pues bien, para que García Calderón 
pudiera ofrecerla, como lo hizo rotundamente, fué preciso que el Dr. 
Elmore se constituyera en Europa y procediera a dar cima a la negocia- 
ción que ofreció diez y seis millones de libras esterlinas o sean 80.000.000 
de soles fuertes. — {Es asi como se actúa entre nosotros, y así cómo se 
cociplican las negociaciones I 

E.B. 



VIENA i8i5-ParÍ8 1919 

Las luchas sostenidas en el seno del Congreso de París, las 
ideas desarrolladas en el mismo y aun las figuras de los princi- 
pales personajes son fácilmente consideradas por nuestra men- 
te como cosas nuevas, producto de un ambiente nuevo que deben 
proporcionar a la humanidad medios para cambiar la condición 
de las cosas que los siglos nos han legado, creando asi, hipótesis 
de un orden definitivo en la vida internacional de los pueblos. 
Como en el campo religioso se llama Dios a la suma de fenóme- 
not^ desconocidos, así en el social, la ignorancia del pasado ante 
los nuevos experimentos asume el nombre pomposo de Justicia. 
Sin embargo, el mundo es una eterna repetición, cambiando con 
lentitud de hipopótamo. A veces por efecto reflejos creemos 
haber aplicado bellas teorías, pero la historia enseguida nos 
demuestra, desvaneciendo toda ilusión, que fenómenos iguales a 
aquellos de que se esperaba el bien y la justicia, tuvieron desas- 
trosos resultados en el pasado y tramontaron fácilmente en sus 
anales. 



REVISTAS DE REVISTAS 149 

El Congreso de París, hoy que el pacto de la Liga de las 
Naciones está listo, aparece a los idealistas como el aconteci- 
miento culminante de todos los siglos, pero nosotros, aunque 
augurando que este deseo del bien no se eclipse en el ánimo de 
los hombres, no podemos menos de recordar que hace un si- 
glo, un congreso internacional idéntico, después de un periodo 
de sangrientas batallas, y también entonces castigándose a un 
hombre y ntmierosas dinastías secundarias, se tuvieron los mis- 
mos propósitos, se mantuvieron las mismas esperanzas, y exis- 
tieron los mismos tipos de hombres debatiendo argumentos a- 
nálogos . 

El Congreso de Viena y los advenimientos precedentes y 
subsiguientes, parecen haber dejado intacta su estructura bási- 
ca para dar a los hombres y a las cosas de un siglo después la 
norma obligada de su desarrollo y acción. La identidad de los 
hechos que se desenvuelven a un siglo de distancia, así como de 
los hombres que son sus instrumentos, es tan impresionante que 
el ee>píritu humano aun el mejor preparado por tendencias de 
estudios, queda estupefacto. 

Desde el 1791 los estados de Europa que luchaban contra la 
Francia tomaron la actitud que los estados modernos han asumi- 
do contra Alemania, En efecto el 17 de Julio de aquel año el 
Ministro austríaco Kawrnitz se dirigía a los embajadores de su 
Soberano recordándoles que era un deber de todos los estados 
ponerle de acuerdo para preservar la paz y mantenr la fe en los 
tratados. Augunos años más tarde, en 1804, el Zar Alejandro 
enviaba al Ministro del Rey de Inglaterra, William Pitt, una 
exposición de los principios, que debían aplicarse en la política 
de acción, por medio de un enviado especial, Novoziltsw. El 
examen de esta exposición, recuerda mutatis mutandi, los ca- 
torce puntos del Presidente Wilson, escritos éstos también an- 
tes que los acontecimientos bélicos tomaran un giro definitivo, 
e inspirados en un sincero sentido de justicia abstracta de paz 
universal, sin excluir el concepto de la se// determination, cosa 
verdaderamente extraordinaria dada la época y la restringida li- 
bertad de los pueblos. 

El Zar Alejandro, como el Presidente Wilson más tarde, de- 
cía: nosotros no hacemos la guerra a la Francia, sino a Napoleón, 
y nuestro objeto es libertarla para que ella elija el gobierno que 
cuadre a su voluntad. Agregaba el Zar que, dados los principios 
de organización del mundo por él indicados, se podría llegar "a 
una pacificación general y formar una liga que dictase un nuevo 



150 MERCURIO PERUANO 

Código a las Naciones, por la cual la potencia que violase las re- 
glas incurriría en el riesgo de verse combatida por todas las fuer- 
zas de la Liga". 

El Zar en aquella época indicaba por escrito a Pitt, lo que 
en el período moderno ha sido probablemente dicho de viva voz 
entre el Presidente de los Estados Unidos y Lloyd George : que 
los des gobiernos, es decir, Rusia e Inglaterra en aquel tiempo, 
debían con su unión y preponderancia defender los principios 
que debían hacerse adoptar a Europa. Pitt respondió, como 
Lloyd George habrá sin duda respondido, con la maravillosa 
precisión británica, con el equilibrio tan admirado en el hombre 
de estado inglés de todos los tiempos, equilibrio entre el ideal 
y el interés práctico. En la respuesta de Pitt se encuentran 
grandes analogías con los tiempos que corren. El ministro in- 
gles entiende que en el interés de la paz deben elevarse a esta- 
dos los países librados de Francia para que sirvan de barrera 
contra sus posibles agresiones futuras; propósito semejante al 
que hace reaparecer hoy a Polonia y a Bohemia y crea a Jugos- 
lavia. Además, Pitt, como hoy Lord Cecil, en vez de seguir a 
Alejandro en su lenguaje empírico de la Liga de las Naciones, 
habla de un derecho público internacional nuevo, garantía de 
protección mutua y seguridad de los Estados. 

Y para terminar de citar las analogías de estos dos documen- 
tos, diremos que el Zar Alejandro excluía del beneñcio de la Li- 
ga a la Turquía que le interesaba muy de cerca. Algo, si no se- 
mejante, aparentemente igual a la exclusión de los hechos sobre 
los cuales está fundada la doctrina de Monroe sustraída a la ju- 
risdicción de la Liga actual. 

El Zar Alejandro era un tipo místico, con principios gene- 
rales muy arraigados, que La Harpe le había inspirado y culti- 
vado en su primera juventud y que más tarde había confirmado, 
con mayor ascetismo, la vieja baronesa de Krudener. El estaba 
convencido de que tenía una alta misión que cumplir en el mun- 
do y para la cual había sido creado; su criterio era amplio como, 
el de todo hombre inteligente, pero esta amplitud tenía por lí- 
mites sus puntos de vista como acontece en todos aquellos fa- 
natizados por una idea; permitía fáciles cambios de forma, pe- 
ro reservábase él, con persistencia excesiva, resolver el fondo de 
las cuestiones, no escuchando más que a sus ideas fijas. El pola- 
co Czartorisky que trabajó mucho a su lado, dejó dicho de A- 
lejandro, que era voluntad del Zar que "todos fuesen libres de 



REVISTAS DE REVISTAS 151 

opinar como quisieran pero dentro de los límites de su volun- 
tad". > 1 

Quizás en días no lejanos los biógrafos del Presidente Wil- 
son no lo presentarán al público en forma muy diferente, y el 
coronel House, su colaborador, con el mismo afecto que Czarto- 
risky tuvo por Alejandro, podrá justiñcar el hecho del excesi- 
vo apego del Presidente Wilson a sus propias ideas. 

EJ Congreso de Viena tropezó como el de París con la difi- 
cultad de los tratados secretos. Fué entonces Francia quien se 
opuso a ellos, dado que esta nación, después de la caída de Na- 
poleón, no fué más considerada como enemiga, e Inglaterra que 
había solucionado todos sus conflictos, apoyábale, pero sin com- 
prometerse mucho, como sucede hoy. Talleyrand hacía valer 
sus principios de desinterés diciendo a todos que él era el único 
que nada pedía. 

Acudieron entonces a Viena como ahora a París un número 
enorme de plenipotenciarios; noventa y tres ministros reconoci- 
dos y sesenta y siete encargados de defender los derechos de los 
pequeños estados. Infinidad de príncipes y sus abogados com- 
pletaban el cuadro internacional del congreso, pero todos a pe- 
sar de la actividad que desplegaban entre bastidores tenían en 
realidad muy poco de que ocuparse, pues las grandes potencias 
de la época habían asumido todas las facultades dejando a las 
otras sin tener el derecho de reunirse ni el honor de conocer los 
acontecimientos antes de ser del dominio público. Parecida con- 
dición a aquella del gran número de pequeñas naciones en la con- 
ferencia odierna a las cuales se les leee el tratado de paz sin per- 
mitirles objeción alguna, solamente pocas horas antes de ser no- 
tificado a Alemania. 

LiSi gran obra de Alejandro no se refería al pasado sino co- 
mo la del Presidente Wilson al porvenir. Su finalidad era la paz 
eterna, el reposo de Europa que él había indicado en su mensaje 
a Pitt desde el año 1804. Guiado por su espíritu tenaz propuso 
el tratado de la Santa Alianza que en su artículo segundo dice: 
"el solo principio en vigor, sea entre dichos gobiernos (Austria, 
Prusia y Rusia), sea entre los subditos de los mismos, será el de 
prepararse recíprocos servicios; de atestiguarse con benevolen- 
cia inalterable el afecto mutuo que los anima, y de considerarse 
todos como miembros de una misma confederación cristiana". 
Alejandro estaba tan convencido del éxito futuro de la obra suya 
que sacrificaba todo para obtener la adhesión a la misma por 
parte de los otros testados. La Liga fué creada y la misma In- 



152 MERCURIO PERUANO 

glaterra firmó el tratado. Fué un éxito personal del más alto 
representante de aquel Congreso, pero nó una institución que 
estuviese en harmonía con la época. Castlereagh, representante 
de Inglaterra en aquel congreso, caliñcó la Liga "obra de subli- 
me misticismo pero falta de sentido común." 

Entcnces también se debatió el tema de si fuera más útil a 
la causa del orden y de la paz una alianza restringida de gran- 
des estados que nó aquella asamblea general internacional en la 
cual ia intriga tendría campo abonado. Produjéronse los pleni- 
potenciarios en los mismos términos que lo han hecho en Pa- 
rís, pero la insistencia del Zar resolvió el debate a favor de la 
gran Liga. Y una analogía aun mayor encontramos porque se 
reticre a un incidente de forma surgido entre el Zar Alejandro 
y Metternich: habiendo contrariado éste las ideas del Zar, sur- 
gió una disputa entre los dos en que el Soberano trató al Canci- 
ller Austríaco con métodos poco diplomáticos. ¿No parece aca- 
so un precedente de las diñcultades surgidas entre el Presidente 
Wiison y el primer Ministro Orlando? Este parecido entre un 
pasado infructuoso y un porvenir de esperanzas es fuente de pe- 
noso escepticismo, especialmente cuando uno desea conocer la 
verdad, sea por razones de estudio o por innato amor a la mis- 
ma, y no mecerse en ensueños fáciles. 

Los acontecimientos, como enseña la filosofía de Juan Bau- 
tista Vico, se repiten. A iguales causas suceden los mismos e- 
efctos, mientras los hombres, aun los más vigorosos, son débi- 
les instrumentos de aquellas fuerzas potentes que los hechos 
generan a cada instante. 

Mas, a pesar de ello, el ánimo humano no debe nunca deses- 
perar del bien. Y es de esperar que el trabajo hecho en París 
no tenga como consecuencia un siglo de luchas y de sangre, en 
el interior y en el exterior de los estados. El mundo, repitién- 
dose, se renueva. El mismo Vico dice que esta repetición de los 
hechos no excluye el progreso que es marcha continua hacia el 
bien. Y en verdad la época actual contiene factores que no la 
de hace un siglo, los cuales no solamente influirán en la diná- 
mica de los gobiernos, sino principalmente en la de los pueblos. 
Es:o3 nuevos factores de iluminada y práctica justicia resolve- 
rán, quizás, el porvenir. 

Desearíamos que el Congreso de París, fuese parecido al de 
Viena solaiiiente en su exterioridad ; pero que en sus efectos cons- 
tituya su más grande contradicción histórica. 



REVISTAS DE REVISTAS 



153 



La critica y el estudio, a veces dictan el desconsuelo en el 
ánimo, pero el sino humano nos indica que el mejoramiento de 
las sociedades continúa, marcha sin descanso, como el judío de 
la leyenda. 

ORESTES FERRARA. 



EL CONVERSATORIO UNIVERSITARIO 
Don José Joaquín Larriva por Raúl Porras Barrenechea. 



Mucho se retrasó la segunda conferencia del Conversatorio Univer- 
sitario. £1 movimiento de reforma lo quiso así. Era imposible distraer 
la atención de los estudiantes, absorta en el desarrollo de la revolución 
universitaria, y, sólo haciendo un gran esfuerzo, han logrado los organi- 
zadores del Conversatorio tener el éxito que han tenido en la segunda 
conferencia. 

Versó sobre José Joaquín Larriva y fué su autor Raúl Porras Ba- 
rrenechea . 

La anterior conferencia, a modo de preámbulo a las labores del 
conversatorio, tuvo por objeto estudiar la sociedad limeña en el siglo 
XVIII. La de Porras entra ya de lleno en la época fijada: los primeros 
veinticinco años del siglo diecinueve. 

Difícil parecía sostener una conferencia sobre Larriva. Acostum» 
brados, como estamos, a oír decir que el procaz clérigo fué un desver- 
gonzado, voluble, venal, insolente y envidioso, nos parecía aventurada 
la empresa de Porras. Graves y sesudos críticos, apenas habían dedica- 
do unas pocas frases de conmiseración a Larriva; y, he aquí, que un es- 
tudiante venía a anunciar toda una conferencia sobre tan desdeñado per- 
sonaje . 

Porra» salió con bien de su empresa. Caracterizó en Larriva él al- 
ma inquieta de los limeños de entonces, del criollo oportunista que vi- 
vía adorando al héroe del día. Así fué Larriva. Orador famoso elogió 
a varios virreyes, y, luego, zahirió a los peninsulares derrotados en Aya- 
cucho; lo que no le impidió insultar a Bolívar, cuando éste había perdi- 
do su omnipotencia. 

Fué Larriva uno de aquellos que se convencieron tarde de la Inde- 
pendencia, y que no se acostumbraron a esa idea. 

Poeta donosísimo, brillante impovisador, agudo, mordaz, insolente, 
su vida fué un perenne combate. Derrochó en los cafés la sal de su in- 
genio. En polémicas interminables, repudió al periodista español Rico 
y Ángulo, y al entonces, recién llegado don Felipe Pardo, quien, según 
parece, lo castigó personalmente, por sus procacidades. 

De todas estas cosas habló Raúl Porras. Desmintió diversas afír- 
macioncs hechas acerca de Larriva. Hizo varias rectificaciones al cdro- 



154 MERCURIO PERUANO 

nel Odriozola y a don José Toribio Polo, sobre la autenticidad de algu- 
nas de las obras que adjudican o arrebatan a Larriva. Y, en fin, hizo una 
animada evocación de la sucia y maloliente Lima de entonces, tan dis- 
tinta de la Lima pomposa que Jorge Guillermo Leguía describiera en la 
conferencia anterior. 

Fué, en suma, un éxito para Raúl Porras— que ya es autor de un fo- 
lleto i;obre Literatura Peruana, y que prepara un estudio sobre la sátira 
en el Perú — y para el Conversatorio Universitario. 

Ojalá haya quien patrocine la idea de publicar una edición completa 
de las obras de Larriva, cosa que se puede hacer después de las inves- 
tigaciones de Porras. Seria el corolario de la obra emprendida por el 
Conversatorio. Una reimpresión de tantos folletos desconocidos, de la 
épora de nuestra emancipación, sería la ofrenda de la juventud en el ya 
próximo Centenario Nacional. Habría mucho por hacer. Y asi se igno- 
raría menos nuestra historia. 



Las próximas conferencias serán sustentadas por Luis Alberto Sán- 
chez, Manuel G. Abastos, Luis Ernesto Denegrí, Eloy Espinoza Salda- 
ña, Víctor Haya de la Torre, etc. 

L. A. S. 



PROGRAMA DE LOS JUEGOS FLORALES.^Auspiciados por el 
Circulo Español de Córdoba (Argentina) para conmemorar el día 
glorióte de ¡a raza. 

' En este período crítico de la historia, atraviesa Espaiía por una fa- 
se de renovación innegable. £1 genio de la Raza, dormido por tanto 
tiempo bajo la balumba de múltiples factores que, en el andar de los 
siglos, se presentaron, despierta lleno de portentosa vitalidad, y, sacu- 
diendo sus gigantes alas, remóntase a las alturas luminosas, en las cua- 
les, un día, brilló con resplandores inefables, calentando la tierra con el 
fuego sagrado de su inspiración. 

Al cansancio originado por el enorme desgaste de quien produjo 
diecinueve naciones, algunos menguados filósofos dieron el nombre de 
muerte, y al solar en que el genio descansaba, la injuriosa denominación 
de tumba. 

Pero se equivocaron. El genio dormía y despertó. 

España, que, a fínes del pasado siglo, vio derramada a torrentes la 
sangre de sus hijos y arrancados los últimos pedazos de su vasto impe- 
rio colonial, ha conseguido en diecinueve años, los que ninguna nación 
del mundo consiguiera. 

Las ciencias, las artes, las industrias han tendido, en pos del genio 
inmortaü, su encumbrado vuelo. 



REVISTAS DE REVISTAS 155 

Es el espíritu caballeresco de la Raza que surge entre explosio- 
nes de vida, para ocupar en la historia de la humanidad el sitio de pre- 
ferencia que por derecho le corresponde . 

Hoy, la España fuerte, la España rediviva, ha dirigido su voz a las 
naciones que fueron fruto de su prodigiosa fecundidad, y éstas han res- 
pondido al llamamiento, y hoy es el genio de la Raza hispano-america- 
na el que se levanta triunfante para afrontar el destino que le señala la 
Providencia . 

Por eso, la Colectividad Española, penetrada de la honda significa- 
ción que el 12 de Octubre representa, hace un cariñoso llamado a la 
gran familia hispano-americana para estrechar los vínculos de esa au- 
gusta fraternidad, y en ese ingente conglomerado, "esculpir el alma de 
la raza". 

Nada más a propósito para llegar a ese fin deseado, que la clásica 
fícsta de los Juegos Florales, la que, evocando los tiempos caballeres- 
cos, suscita las mismas levantadas ideas y los mismos ennoblecedores 
pensamientos que labraron la grandeza de España en los siglos de su 
regio esplendor y de su magnífica gloria. 

Americanos y españoles: cuantos sentís amor a la belleza y expre- 
sarla sabéis en el hermoso lenguaje de Castilla, venid a honrar nuestro 
torneo literario, donde ha de escucharse el latido poderoso de la Raza. 

Poetas: El Círculo Español de Córdoba abre a los bizarros paladi- 
nes las puertas de un nuevo "Consistorio del Gay-saber"; medid vues- 
tras fuerza^;, elegid el arma de combate, y la Reina de los Juegos Flo- 
rales colocará en vuestras manos la palma inmarcesible del vencedor. 

I. — "Poesía" con libertad de metro, rima y extensión sobre asuntos 
relacionados con la FE, el AMOR o la PATRIA. 

Flor natural y Premio de Honor y Distinción solicitado a S. M. 
Alfonso XII. 

II. — "El ideal del patriotismo argentino". Prosa. Ideas y senti- 
mientos en que el Pueblo debe afianzar el concepto de la nacionalidad. 

Premio del Excmo. Gobierno de Córdoba, consistente en ochenta 
argentinos . 

II.—- "Breve ensayo histórico sobre la fundación de Córdoba". 
Prosa . 

Premio de la H. Municipalidad de Córdoba: cincuenta argenti- 
nos. 

IV. — "Ensayo crítico sobre el carácter de la colonización españo- 
la en América". Prosa. 

Premio de la H . Cámara de Diputados de la Nación, consistente en 
una plaqueta de plata, y de la H . Cámara de Senadores de la Provincia, 
en treinta argentinos. 

V.— "Cuento o novela breve" sobre temas relacionados con la vi- 
da colonial o independiente de la Argentina. 

Premio de la H. Cámara de Diputados de la Provincia: cincuenta 
argentinos . 

VI.— "Influencia de la poesía española en la cultura americana". 
Prosa. 

Premio del Club Social de Córdoba: una rota de oro. 



I 56 MERCURIO PBRUANO 

VII.— "C«nto a los Juegos Olímpicos". Poesía con libertad de metro, 
rima y extensión. 

Premio Jockey Club de Córdoba: quinientos pesos m|n. 

VIH — "Influencia de la Colectividad Española en el progreso ar- 
gentino" . Prosa . 

Premio de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires: ob- 
jeto de arte y medalla de oro. 

IX. — "Canto al Fundador de Córdoba". Poesía con libertad de 
metro, rima y extensión. 

Premio del Club Español de Buenos Aires: treinta argentinos. 

X.»"La raza hispano-americana" . Canto con libertad de metro, 
rima y extensión. 

Premio de la Comisión Pro- Juegos Florales: una artiatlca medalla 
de oro. 

XI.— "Lema musical. Marcha triunfal a gran orquesta", con par- 
titura y partes instrumentales. 

Premie del Círculo Español de Córdoba, consistente en mil pesetas. 



CONDICIONES 

I.«*LoB trabajos serán originales, inéditos, redactados en lengua 
castellana y escritos a máquina, serán dirigidos al doctor J. Espejo 
Pérez, secretario de la Comisión pro- Juegos Florales, — Círculo Español, 
37 de Abril 15a, Córdoba^— en sobre cerrado, dentro del cual habrá otro 
sobre que contendrá en su interior el nombre del autor y su domicilio, 
y en la cubierta exterior, el seudónimo con que ha de estar firmada la 
composición, el tema a que corresponde y el lema que encabeza dicha 
composición. 

II.— El Jurado podrá adjudicar a cada tema los Accésits y Mencio- 
nes Honoríficas que, a su juicio, merecieren los trabajos presentados. 

III —El Círculo Español se reserva el derecho de publicar, por una 
sola vez, los trabajos que hubieren merecido premio, accésit o mención 
honorífica. Este derecho caducará el 12 de Octubre de igao. 

IV. — El Jurado dará a conocer su veredicto con la suficiente ante- 
lación, y los autores premiados deberán presentarse al acto de la dis- 
tribución de premios, o nombrar personas que los representen. 

V. — El poeta agraciado con la flor natural tendrá derecho a ele- 
gir la reina del torneo; mas, en el caso de que renunciare o no hiciere 
uso de tal derecho, éste recaerá en la Comisión Pro- Juegos Florales. 

IV. — La marcha que obtenga el premio del tema musical, será eje- 
cutada bajo la dirección de su autor, en el acto de ascender al trono la 
Reina del torneo. 

VII — La época de presentación de trabajos finaliza el 15 de Sep- 
tiembre del año en curso para la Argentina, y el 25 del mismo mes y año 
para el extranjero. 

VIII. — En lo que se refiere a los trabajos literarios, el jurado está 
constituido por los siguientes miembros: doctor Julio Echegsray, doc- 
tor Luis G. Martínez Villada, doctor J. Espejo Pérez, profesor Ángel 
P. Avalos, señor José R. del Franco y R. P. Demetrio Velasco. 



REVISTAS DE REVISTAS 157 

En la parte musical, está compuesto por los siguientes profesores: 
señor Hugo del Carril, señorita Alicia Olmedo y señor Francisco 
Steck. 

Córdoba, 15 de julio de igig. ' 

José R. del Franco Juan Espejo Pérez 

JPVtoidente de la Comisión Secretario 

VOCALES 



Antonio Rivero, Manuel Rey, Demetrio Velasco Scb. P., Manuel 
González, Eloy Martínez, Manuel Martin, Arturo Trigueros, Jacinto Or- 
tiz de Guinea. 

NOTA. — La Comisión Pro-Juegos Florales suplica a los directores 
de publicaciones la reproducción del presente programa. 



\ 



Esculturas de Piqueras Cotolí 





r 



^ 






y^ 



'j 



>íi» 




'] 



^ 




V 



N 



j 



Si' 



'K'. 



m 



H 





• •- I» 





Manuel Piqueras Cotolí 



El Escultor Piqueras Cotolí 

La transmissíon de la pensée par l'art, 
comme la transmissíon de la vie, est oeuvre 
de passion et d'amour. 

Eugéne Garriere. 

Insaciable curiosidad artística, me llevó hace tres años a la 
Academia de España, en Roma. Aquel antiguo conocido nues- 
tro, Jaime de Ojeda, fué mi compañero de peregrinación a la 
academia de bellas artes más importante de la Ciudad Eterna. 
Quizás a algunos sorprenda mi afírmación; pero la tradición ar- 
tística más sana e integral, está en España. Es allí, donde los 
herederos de Velásquez y de Goya, mantienen, contra todo el 
mundo y a pesar de todo, el fuego sagrado de la verdad y de la 
austeridad. Quizás el aislamiento de España, aquel "atraso" 
que señalan los que no han llegado a comprender la tierra de 
nuestros mayores, es la razón suprema de su virilidad artística, 
i Bendito atraso y bendito aislamiento, que tales hombres pro- 
ducen! En Roma, la Academia es la casa de España. En sus 
puertas se detienen la frivolidad y los artificios, inexplicables, 
del arte moderno. El futurismo, el cubismo, todos los lirismos 
de la decadencia mundial, no han sabido invadir la gravedad si- 
lenciosa de los claustros de San Pietro in Montorio, y al entrar 
allí, el espíritu descansa de la visión enfermiza de las exposi- 
ciones y pinacotecas modernas. 

El director de la Academia, mi amigo don Eduardo Chi- 
charro, pintaba entonces su gran lienzo "Las tentaciones de 
Buda", obra admirable, que espero ver terminada muy pronto. 
Así como Villegas pintó su "decálogo" y Rodin trabajó toda su 
vida en aquella puerta miguelangelesca del "Infierno", Chicha- 
rro habla de su vida artística, como de la síntesis de tres ideas: 
Cristo, Platón y Buda, trilogía de inquietudes. 

Los jóvenes pintores y escultores de la Academia, me imr 
presionaron profundamente. Había en ellos tal sinceridad, tul 



160 



MERCURIO PERUANO 



maestría, tal seguridad técnica, que tomé nota de los nombres 
de dos o tres de ellos, pensando, siempre, en la fundación de una 
Academia de Bellas Artes en Lima. Así como supe contribuir, 
hace doce años, a la fundación de la Sociedad Filarmónica y 
Academia de música, he colaborado, esta vez, en la creación de 
la Escuela Nacional de Bellas Artes, nó con palabras, sino con 
hechos, y estoy ampliamente satisfecho del apoyo que, hasta 
ahora, los poderes públicos han sabido prestar a esta obra de cul- 
tura y de imperiosa necesidad nacional. 

El pensionado Manuel Piqueras Cotolí, se revelaba, desde 
hace tres años, como escultor de nota. Había terminado un torso 
de mujer, una vieja horrible. El drama de la vida, los años, qui- 
zás la pasión, la lujuria, habían deformado, grotescamente, su 
cuerpo tembloroso. Cubríase el rostro con horror, ante la mise- 
seria de su carne desnuda, de aquella carne que otros hombres, 
posiblemente, adoraron .... y sin embargo, era obra profunda- 
mente bella y humana. Pensé en Rodín, recordé a Mestrovic. 
El Miguel Ángel francés y el gigante dálmata no habrían rehu- 
sado firmar aquel exponente de fuerza trágica y de maravillosa, 
sintética expresión. Cotolí, sin abandonar la realidad, cree en 
el simbolismo en el arte. Sus figuras piensan y sienten, luchan 
y sufren. No estudia el modelo buscando sólo el rasgo físico, la 
técnica del músculo, la superficialidad de la materia. Va más 
allá. Llega a interpretar el dinamismo, la vida, dentro del mar- 
co estrecho y austero de la escultura. Sabe, con el barro, pensar 
y hacer pensar. Cuando penetré en el taller, parecíame escuchar 
un sollozo de la vieja. Aquel torso genial, fué su primer "envío 
de Roma", singular arrogancia de artista, que busca, nó el 
aplauso fácil del público, sino aquel otro, el único que satisf?ce 
al hombre: el aplauso de la propia conciencia. 

Cotolí domina el problema, tan arduo, de los valores, en la 
escultura. El pintor goza de un elemento vedado al escultor, 
del empleo de los tonos intermediarios que, a manera de nimbo, 
envuelven la figura, uniéndola o separándola del fondo; en una 
palabra, creando el ambiente y la vida misma. Sea estudiada o 
instintivamente. Piqueras Cotolí llega a encontrar una equiva- 
lencia, de la cual ya habla Camille Mauclair, refiriéndose a Ro- 
dín. Rompiendo moldes escolásticos, que confunden la exacti- 
tud con la verdad, llega, muchas veces, a la amplificación, razo- 
nada, de los planos, para obtener, con el mármol, no sólo el 
movimiento, sino ese juego misterioso de la Itiz, que el pintor 
obtiene con los tonos intermediarios. No es momento de exten- 



£L ESCULTOR PIQUERAS COTOLI l6l 

dcrme, aquí, sobre esta teoría, principio crítico de la escultura 
griega y que los modernos parecen olvidar. Para modelar así, 
hay que ser "alguien". Estamos, en el Perú, tan acostumbrados 
a falsear la verdad en arte, que el elogio lo obtiene todo hijo de 
vecino que se propone consagrarse genio, y como no deseo que 
el lector crea que exagero, citaré aquí las frases que Francisco 
Pompey dedica a Cotolí, a propósito del malogrado escultor 
Julio Antonio, autor de los "Bustos de la Raza", expuestos 
últimamente en Madrid: Julio Antonio tuvo un maestro espiri- 
tual que le indicó el verdadero camino de su temperamento y 
éste fué el joven y gran escultor, hoy pensionado en Roma, Co- 
tolí. Pero, no es extraño el que no se haya dicho, puesto que 
fué en los primeros meses de estar Julio Antonio en Madrid, 
cuando teníamos unos cuantos jovencillos los estudios de la 
calle de Villanueva y no conocíamos ni a literatos ni a periodis- 
tas. Cotolí era el que sabía más de todo, le admirábamos como 
a un maestro. Conviene se tenga esto en cuenta, porque es muy 
probable, y quizás pronto, que el joven artista Cotolí se revele 
al publico como un artista extraordinario al regreso de Roma." 
Más de una vez he recordado a Cotolí, y cuando el gobier- 
no me encargó contratar los servicios de un escultor, para nues- 
tra novísima academia, sin vacilar, pensé en él, como posible 
maestro. Acaba de terminar su pensionado en Roma y la mejor 
presentación que del novel artista puedo hacer, es consignar aquí 
algunas frases de mi correspondencia con el maestro Chicharro. 
"Para desempeñar el cargo de profesor de modelado en Lima, 
como Ud. me indica, nadie tan a propósito como el pensionado 
de esta Academia, Don Manuel Piqueras Cotolí, a quien Ud. co- 
noció y que aun se encuentra en Roma. Es un escultor de gran 
fuerza, modela admirablemente y dibuja como pocos escultores. 
Sabe trabajar el mármol, conoce perfectamente la fundición, pu- 
diendo montar y dirigir un taller si fuese preciso, cincela, etc., 
en una palabra, no hay técnica ni parte del oficio que le sea des- 
conocida. Garantizo en absoluto, sus condiciones como escultor 
y como hombre. El gobierno del Perú, en caso de conferirle la 
cátedra, verá, muy pronto, la adquisición que ha hecho, y Ud. 
amigo Barreda, tendrá que darme las gracias. El señor Cotolí 
no es una esperanza de la escultura, es ya una realidad. Cuando 
Ud. venga a Roma, se convencerá, al ver las dos grandiosas fi- 
guras que está terminando." Paréceme que como muestra, basta, 
y no continuaré citando al Director de la Academia de España 
por no pecar de indiscreto y por temor de herir la suceptibili- 



162 MERCURIO PERUANO 

dad de algunos grandes nombres de arte contemporáneo euro- 
peo. Para los consagrados por la fama, son desagradables las 
comparaciones con los artistas jóvenes, que aún carecen de his- 
toria . 

En Cotolí se repite el caso, tan conocido, de la lucha en el 
hogar para impedir el desarrollo de la vocación artística. Su pa- 
dre hizo lo posible para que se dedicara a la carrera militar, y a 
los dieciocho años, en 1904, ingresó en Toledo en el Colegio de 
María Cristina. Allí se distinguió en el dibujo del "antique" y 
en el modelado obteniendo medalla de oro y un premio extra- 
ordinario. Gracias a la bondad de sus profesores el Capitán Si- 
mancas y don Ricardo Arredondo, que adivinaron sus aptitudes 
artísticas, Cotolí pudo trabajar fuera de las horas de clases, ha- 
ciendo dibujos y retratos de sus compañeros, amén de algunos 
bustos escultóricos, que se conservan en dicho colegio. Con- 
temporáneamente con esta época de su vida, presentó nuestro 
artista-militar, su primer trabajo en la Exposición Nacional de 
Bellas Artes, mereciendo del jurado una mención honorífica. I- 
gualmente, contribuyó a las exposiciones de "ilustraciones del 
Quijote" y del Círculo de Bellas Artes, y en 1906, Cotolí abando- 
na, deñnitivamente, los estudios militares y se instala en Ma- 
drid, paia "comenzar la Odisea", como él mismo me cuenta, "pues 

tenía que vivir con mis recursos dibujar, modelar, hoy 

aquí, mañana allá, y a trabajar a jornal." "El estómago tenía la 
palabra; empecé otro aprendizaje en los talleres de decoración 
en estuco en piedra y en la fundición, donde me daban el jor- 
nal .... Los domingos a dibujar, al Museo de Reproducciones, y 
cuando podía, a modelar por mi cuenta, para no perder las ilu- 
siones". Con sabia ironía, dice Cotolí: "en los comienzos, el ar- 
te está reñido con la riqueza, desgraciada o afortunadamente". 

Parece que un golpe de suerte permitió que Cotolí conocie- 
ra al escultor don Miguel Blay, y éste fué su "tabla de salva- 
ción". Ingresó en su taller, siempre como obrero, y en realidad, 
el muchacho se impuso por su talento, pues el maestro llegó a 
tratarle con verdadero cariño, permitiéndole trabajar en sus 
propias obras con el modelo. Blay es el verdadero maestro de 
Cotolí, y en la fundición de Codina, en Madrid, inspeccionaba 
la parte artística de las fundiciones, simultáneamente con sus 
trabajos de taller, y dice el novel artista: "todas estas cosas me 
han tenido apartado de las exposiciones, que son las que dan 
nombre, aunque no se aprenda." 



EL ESCULTOR PIQUERAS COTOLI 163 

En 1914, salió a oposición una plaza de escultor pensiona- 
do en la Academia de España en Roma, y entre treinta oposito- 
res, Cotolí la obtuvo, por unanimidad. Allí ha trabajado en el 
silencio, colaborador del genio, en ese admirable ambiente del 
Gianicolo, en contacto con lo más hermoso que nos queda de la 
antigüedad heroica de la Roma de los Césares y de los Papas. 
De allí sale para ir al Perú: lleno de saber, de ilusiones y de es- 
peranzas. Con profunda fe me dice: "El Perú no será para mí 
pais extraño. Es como cambiar de casa dentro de mi tierra, con- 
tinuando ver los mismos rostros, hablar la misma lengua, tener 
les mismos gustos, las mismas simpatías, de nuestra hermosa 
raza latina, que tantos defectos dicen que tiene; pero que tanto 
quiero, aun en sus mismos defectos". 

Este es el hombre que presento al público de Lima, doble- 
mente emocionado. Se trata de la Academia de Bellas Artes y 
de un grande artista, casi desconocido. Los años, el más con- 
vincente de los argumentos, darán razón a mis añrmaciones y a 
la conñanza tan sincera que tengo del talento de Cotolí. Su in- 
fluencia puede ser muy grande, en el desarrollo cultural del 
país. Déjesele trabajar, y que aquella falange de adolescentes 
intuitivos que en Lima nos hablan de Belleza, sin saber dónde 
está, acuda a él para comprenderlo. El gobierno puede confíarle, 
sin vacilar, la ejecución del monumento a Chávez. ¡Qué hermoso 
tema y qué gran símbolo de fuerza y de fé! Para ello necesita 
Cotolí de la más absoluta libertad, tanto en la ejecución del 
monumento, como en la ornamentación arquitectónica de la lla- 
mada "Plaza Chávez", Es llegado el momento de destruir y de- 
rribar aquellas puertas grotescas de Santa Beatriz, por respeto 
a nosotros mismos. 

Toca ahora al nuevo gobierno continuar la obra, tan feliz- 
mente iniciada, y prestar a la novísima academia el apoyo que 
merece y que el país reclama. La falta de perseverancia en la 
acción, de unidad en el esfuerzo, hacen que muchas bellas inicia- 
tivas permanezcan en la sombra. La trasmisión de la vida es ta- 
rea agradable y, cuéntanme, que hasta fácil para algunos, ¿pero 
qué sería de la raza humana, si abandonáramos los hijos al na- 
cer? Olvidamos siempre esta argumentación de parábola y a 
casi todos los gobiernos del Perú, podría acusárseles de infan- 
ticidas. Buscamos el triunfo barato, el esplendor superficial de 
las cosas, el oro falso de la dialéctica patriotera, que hace más 
daño al país que muchos desastres que prefiero silenciar. Si Ma- 
lebranche dijo, que la Providencia es una creación continuada, 



164 MBRCURIO PERUANO 

podríase afírmar que el Gobierno, en su aspecto ideológico, es la 
progresión continuada del anhelo de surgir que agita la con- 
ciencia de los pueblos. 

L^s enseñanzas universitarias, sobre la importancia del' Ar- 
te y sus relaciones y consecuencias con la vida de los pueblos, 
son temas fáciles para discursos académicos; pero sólo "Words, 
oiüy words". Por lo general, nuestros hombres de gobierno ol- 
vidan lo que aprendieron en las aulas y miran el arte como cosa 
superflua, como un lujo, y creo inútil insistir sobre tan profun- 
do, gravísimo error. La Ciudad de los Reyes sería muy distin- 
ta, en todos sus aspectos, si las ideas de belleza y de bienestar 
hubieran llegado al corazón de las multitudes. Urge reaccionar, 
y la influencia de la Academia Nacional de Bellas Artes puede 
ser factor decisivo para el porvenir y desarrollo de las ciudades 
de la República. Es indispensable obtener en Europa los yesos 
necesarios para completar nuestro rudimentario museo de re- 
producciones, si asi puediera llamarse lo que existe en Lima. 
El "antique" es indispensable para la formación del gusto. Su 
estudio debe ser un complemento, después de haber trabajado 
asiduamente el natural. Recuerdo haber oído explicar esta teoría 
a Rodín, en el ocaso de su vida, en su taller pagano, de Meudon 
Val — Fleuri. El viejo maestro tenía ideas, muy precisas, sobre 
este aspecto de la escultura, que la posteridad no debería olvi- 
dar. 

Fácil sería organizar para nuestro centenario una exposi- 
ción de arte internacional. Como no es posible pretender un 
certamen mundial, pues las consecuencias de la guerra europea 
se sentirán aún, en 1921, podríase organizar una exposición 
Hispano-americana. Tenemos para ello dos años, que permiti- 
rían hacer la propaganda y los arreglos indispensables y sería, 
no sólo un éxito sino una esplendorosa revelación para muchos, 
para todos aquellos que no han visto la belleza sino a través de lo 
muy poco que hay en Lima. Hemos descuidado, en el Perú, la 
cultura y la educación artística de las masas, hemos vivido y 
vivimos en las más densas tinieblas. Hernández, Cotolí, todos 
•los maestros de la Academia, tienen ante sí el más noble, el más 
elevado de los sacerdocios: la gratísima responsabilidad de a- 
lumbrar a las muchedumbres, con las siete lámparas de la Belle- 
za. 

ENRIQUE D. BARREDA. 

Frimlcy Warren — Mayo de 1919. 




Fernando Maristany, 



POETA 



Un gran poeta lírico Español 
Fernando Maristany 



Conocí a Fernando Maristany en casa del acaudalado caba- 
llero y literato argentino señor Mayol de Senillosa. Me presen- 
tó a su tertulia literaria el simpático escritor argentino Valen- 
tín de Pedro y con la distinguida familia del señor Mayo!, es- 
tuvimos allí la escritora señorita Carmela Eulate Sanjurjo, entu- 
siasta cultivadora de las buenas letras, de comprensivo y genero- 
so espíritu, abierta inteligencia y sólida cultura, nuestro nove- 
lista José Antonio Román, que huyendo de las tropelías arauca- 
nas de Iquique, ha llegado a Barcelona, el editor señor Gassó y 
el que estas líneas escribe . Ya sabía yo a Fernando Maristany 
un excelente traductor de los líricos ingleses, franceses, alema- 
nes y portugueses. Su labor de cultura ha sido enorme en Espa- 
ña, pues sin duda, muy pocos como él conocen tan a fondo la lí- 
rica contemporánea y tal vez ningún otro la ha reflejado tan pu- 
ramente en la sonora lengua de Castilla. 

Maristany es un hombre delgado, alto, pálido, de modales 
fínos, muy elegante, con esa elegancia inglesa, que no vive en el 
color de la tela, en el corte del traje, sino en un no sabemos qué 
de distinción y de simplicidad. Una grave enfermedad que su- 
frió en la adolescencia a la vista, y en la cual temió quedarse 
ciego, (¡Oh, recuerdo evocador del gran Milton!), le obliga a 
usar monóculo, que sienta a maravilla en su rasurado rostro de 
Lord. Tardo al escuchar, pone en su atención cuando se le ha- 
bla, una suave marca de cortesanía. Es, físicamente, un hombre 
supremamente distinguido . 

En la tertulia del señor Mayol, como en las reuniones lime- 
ñas de antaño, todos lucen alguna gracia y por privilegio de li- 
teratos medio bohemios y medio aristocráticos, ninguno se cor- 
ta al leer o recitar algo. El señor Mayol nos da a conocer un C4- 



166 MERCURIO PBRUANO 

pitulo de novela, muy pintoresco y sensual, en que describe una 
fíesta de estilo gaucho en plena Cataluña. La señorita Eulate 
hace leer una vibrante traducción de Vigny; de Pedro dice sua- 
vemente unos líricos y bellos versos y hasta a mí se me obliga, 
a recitar unas rimas. Sólo nuestro Román, observador y novelis- 
ta, se retrae, sonriente y cachazudo. Invitan todos a Maristany 
y accede el poeta, leyendo traducciones suyas de Poe y del gran 
lírico portugués Teixera de Pascoaes. Su vez profunda, aunque 
algo opaca, se llena de sincera emoción, y en el ambiente, hasta 
entonces algo bullicioso y frivolo, pasa como una onda de reco- 
gido silencio. Al escucharle, comprendo y siento que el traduc- 
tor > lector de esos versos es un Poeta. 



"La hoja que caía 
era alma que se alzaba. 
Y bajo nuestros pies 
la tierra era saudade, 
la flor melancolía, 
la piedra conmoción." 



Cuando termina de leer la admirable Elegía de Pascoaes, 
hace un caluroso elogio del gran poeta portugués. Se anima y 
encuentra frases llenas de vida superior para pintar al que con- 
sidera el primer lírico actual. Urgido para leer algo suyo, nos 
dice una Elegía inédita que figurará en su primer libro ¡Y cómo 
la dice! Todos le escuchan emocionados. Trae este poeta una 
enorme cantidad de alma, y una sencillez espiritual tan pura, tan 
mística, que hasta en sus instantes de complicación íntima, su 
sinceridad halla acentos evangélicos. Al terminar la tertulia, 
converso con él y creo captar su bondad y su sentimentalismo. 
Simpatizamos rápidamente. Dos días después, voy a visitarle a 
su casa y salgo encantado. 

EL POETA.— SU FORMACIÓN ESPIRITUAL.— SU VI- 
DA.— SUS IDEALES. 

Fernando Maristany, no tiene en su ascendencia ningún 
poeta, ningún artista. Su padre es un caballero catalán, muy ri- 
co, muy laborioso, muy circunspecto, muy distinguido, de alma 



UN POETA lírico ESPAÑOL 167 

limpia y exterior severo. En su familia, sólo su hermano, como 
él, tiene carácter intelectual: Alejandro P. Maristany, como se 
sabe, es un buen traductor de obras teatrales y un distinguido 
comediógrafo. El poeta, en su adolescencia, tuvo también aficio- 
nes teatrales. No hay, pues, en la genealogía de Maristany, ante- 
cedente conocido alguno que explique esta pura eclosión, tan 
musical y tan fina, de un alma sustancialmente poética y esencial- 
mente subjetiva. Puede decir, orgullosamente : "Je suis ancetre". 

Maristany me cuenta su vida, llena de tristezas y de incom- 
prensiones, su convalescencia después de largas y penosas en- 
fermedades y el encuentro más tarde de un gran amor, que ilu- 
mina y llena su vida. El dolor físico, la pena por su salud pre- 
caria, las horas lentas en la sombra, con el peligro y la angustia 
inexpresables de quedar ciego, fueron modelando su espíritu, 
puliéndolo, dejándole una impresión meditativa y soñadora. 
Educado en un medio de aparente hostilidad, de individualismo 
aislador, como es el catalán, su alma enternecida y debilitada, 
ha ido ganando en matices y en finezas espirituales que hoy flo- 
recen en rimas de conformidad y de mística esperanza. El me- 
dio comercial, la vida democrática y burguesa, la mezcla inevi- 
table de apetitos y vulgaridades que caracterizan los grandes 
centros industriales, han servido de recio tamiz a su espiritua- 
lidad, y así, como un contraste nacido del cotidiano choque, ha 
surgido la alquitarada quintaesencia de su anhelo poético. 

Maristany me ha contado cómo en la soledad de su espíritu 
se hizo acompañar por los grandes poetas líricos del mundo; 
cómo y con cuánta dedicación leyó a los antiguos y los nuevos 
en sus idiomas nativos; la Valmore, Musset, Samain, Jammes, 
Verlaine, en Francia; Wordsworth, Shelley, Keats, Coleridge, 
Tennyson, Brdwning, Thompson, en Inglaterra; Camóes, Guerra 
Junqueiro, Pascoaes, en Portugal ; Dante y Leopardi, en Italia, 
y cómo poco a poco, cual una tímida llama que un aliento cons- 
tante eleva y sostiene, su espíritu se llenó del lírico anhelo ger- 
mano, de la saudade lusitana, de la canción inglesa. Y entonces 
como un refugio, como un consuelo, limpio de sonoras vanida- 
des, comenzó a traducir al castellano la lírica de todos los paí- 
ses, con un amor, con un espíritu de compenetración sentimen- 
tal tan grandes, que sus traducciones son verdaderas obras de 
arte, maravillosos reflejos de obras maravillosas, recreaciones 
de su propia alma, tallada en mil facetas y reflejando en ellas to- 
da la gama de los más selectos espíritus. 



166 MKRCURIO PERUANO 

Apesar de su herencia netamente catalana, Maristany escribe 
en castellano, apartándose en ésto del intenso movimiento litera- 
rio de Cataluña, que se afana por crearse una lengua artística, 
depurando el catalán actual, aun en evolución, aunque muy rico, 
según mi humilde entender ,para las expresiones musicales de la 
poesía. Pero si su instrumento es netamente catellano, su alma 
no lo es. Ibérico, como lo pueden ser los portugueses y los ga- 
llegos, y aunque mediterráneo en cierto sentido, como en algu- 
nas expresiones líricas lo fueron Verdaguer y Maragall, Maris- 
tany hace pensar más bien en los poetas nórdicos, poco atentos 
al espectáculo externo, desdeñadores, a su manera, del color, 
reflejadores profundos de su intimidad, y transparentadores del 
mundo sólo en la cósmica compenetración del subjetivismo, 
cuando el mundo es únicamente la representación del dolor, 
del anhelo, de la añoranza, o cuando como un gigantesco y rudo 
contraste, aparece en la sombra para engrandecer y esclarecer 
un alma. 

La formación espiritual de Maristany es, evidentemente, 
sajona. Tiene mucho de los ingleses y tal vez de los germanos, 
y en este sentido se asemeja también a los actuales líricos portu- 
gueses, en los que la influencia inglesa es notoria. En España 
y como poeta castallano, Maristany es único casi. Exceptuados 
Juan Ramón Jiménez, Machado y algún otro, los poetas españo- 
les son por lo general demasiado escultóricos y elocuentes. El 
valor puramente subjetivo casi no existe entre ellos. La tenden- 
cia objetiva de la raza se impone hasta hoy, no obstante las co- 
rrientes renovadoras. La ductilidad del idioma, por la que tan- 
to trabajó ese supremo artífice de Darío, ha dado grandes frutos 
no cabe duda, y existe hoy una tendencia artística, finísima en la 
forma, pero el alma castellana sigue presentándose como un gran 
bloque sonoro. Los jóvenes que siguen al admirable Cansinos 
Assens, procuran liberarse de la tradición declamatoria y retum- 
bante, pero me parece advertir en ellos, en veces, cierta peligro- 
sa tendencia a un cerebralismo tal vez excesivo. La lírica pura, 
simple, sustancialmente humana, lejos de la retórica y del alar- 
de verbal, no corre fluidamente en España. Arroyuelos canta- 
rines, semi-ocultos en las frondosidades que aun persisten, co- 
rren humildes y enternecedores, sin llegar a formar, uniéndose, 
la gran corriente anímica de una nueva lírica hispana. Marista- 
ny es de los que trae en su lira sencilla una música nueva. 

En la poesía catalana, tan rica en matices, la influencia fran- 
cesa se ha dejado sentir mucho indudablemente. Carner, que es 



ÜN POETA LÍRICO ESPAÑOL Í69 

un gran poeta en catalán, y que conoce admirablemente el ins- 
trumento musical de esta vieja lengua lemosina, es un poeta que 
tiene mucho de francés. Maristany, es un poeta sajón. ¿Por qué 
misteriosas afinidades, por qué complejas penetraciones, su alma 
se ha modelado tan fuera del ambiente? Tal vez la comunión 
constante con los poetas ingleses, ha llevado a su alma, pura y 
mística, a desviarse de las propias tradiciones. Por lo demás, 
en Cataluña ocurre con frecuencia relativa este fenómeno de 
auto-creación, que sorprende a primera vista, pero que, bien me- 
ditado, revela que es seguramente una verdad sicológica incon- 
testable la antinomia irreductible del espíritu catalán y del es- 
píritu castellano. El individualismo que se ve, se siente y se pal- 
pa en Cataluña y que se revela hasta en los modales de las gen- 
tes vulgares, puede crear evidentemente subjetivismos únicos. 
Ese afán interesantísimo de independencia personal y colectiva, 
que hace de cada catalán el "señor de si mismo", puede condu- 
cir a espíritus superiores al subjetivismo más personal y elevado. 
No hay que olvidar que, apesar de sus apariencias de codicia, de 
su tendencia egoísta, de su afanoso deseo de riqueza, el catalán 
tiene un gran fondo místico y austero. Su literatura se diferen- 
cia sustancialmente de la castellana y es original en cuanto re- 
vela aspectos de la raza. Maristany obedece seguramente a un 
mandato ancestral, que en él se ha afinado y pulido, en la cons- 
tante preocupación por su propia intimidad 

Si se inquiere en Maristany acerca de sus gustos y sus idea- 
les literarios, se encuentra inmediatamente su amor por el sub- 
jetivismo, su desdén por la plástica y el artificialismo . Es un 
artista puro en ese sentido. Desdeña el malabarismo poético, 
tanto como el alarde retumbante o el brochazo deslumbrador. 
Sólo que muy comprensivo, y noble y amplio en su criterio, no 
niega valor a las manifestaciones del arte objetivo, pero declara 
sinceramente que está más cerca de Verlaine que de Hugo; de 
Shelley que de Kipling ; de Becquer que de Quintana o Núñez de 
Arce. Su gran pasión literaria es Teixeira de Pascoaes, un for- 
midable poeta portugués, de quien me propongo hablar a los lec- 
tores de "Mercurio" en otra ocasión. Maristany cree que es el 
má{ grande poeta actual. Pascoaes es un creador vulcánico, hon- 
do y sencillo en su lirismo, arrebatador y profundo en sus poe- 
mas de carácter épico. Es tal vez el único poeta en quien Ma- 
ristany admira la multiplicidad del don poético, épico y lírico. 
A través de toda la península, los catalanes y los portugueses 
se dan la mano y sienten entre ellos una originalísíma fraterni- 



170 MERCURIO PERUANO 

dad. Una tendencia soñadora a un Iberismo federativo, alienta 
en algunos espíritus selectos: Giner de los Ríos, Unamuno, Va- 
lle-Inclán, Ribera-Rovira, Diez Cañedo, González Blanco, suspi- 
ran por una Hermandad luso-española. La saudade portuguesa, 
que es la más fuerte característica de la lírica lusitana, y que co- 
mo una gran corriente central atraviesa y anima todo el movi- 
miento de renovación artística que en Portugal existe, se aseme- 
ja a la añoranza catalana, que como dice Ribera-Rovira, "el al- 
ma española se ha incorporado bellamente". Maristany siente la 
saudade o, si se quiere, la añoranza, como algo compuesto de es- 
píritu y materia; como un recuerdo que aviva y atenacea el de- 
seo, y por eso tal vez lo externo no le interesa sino como expre- 
sión de un estado espiritual. Como los grandes amorosos es ce- 
loso de su vida interior; la golondrina que pasa le atrae porque 
se refleja en los ojos de la Amada; el paisaje es sólo el fondo 
donde se destaca un alma. 

LA OBRA DE MARISTANY— SU PRIMER LIBRO: "EN 
EL AZUL".— LA TENDENCIA MÍSTICA DEL POE- 
TA. 

Maristany publicó hace algún tiempo un libro de poesías 
originales: "En el Azul".... Insatisfecho de su obra, la retiró 
por completo, y con cruel orgullo de artista, no vaciló en llevar 
toda su edición a una fábrica de papel y entregarla a la voraci- 
dad de una máquina, que en pocos minutos se tragó la obra 
poética y la volcó luego en masas informes y grises, en la pas- 
ta sufrida, que, convertida en papel más tarde, Dios sabe qué 

sueños o que apetitos habrá llevado al mundo Después de 

casi seis años, Maristany ha publicado su "primer libro". Tam- 
bién se llama "En el Azul. ." y es evidentemente el fruto de una 
saudade, según la admirable defínición de Duarte Núñez de 
Leao: "el recuerdo de alguna cosa con deseo de ella". El libro 
del poeta, tiene apenas sesenta páginas de composiciones breves 
en su mayor parte y de un puro aliento lírico, distante de todo 
afán artifícial, de todo alarde técnico. Son notas de un alma, de 
una gran mgenuidad. La forma es riquísima en matices expre- 
sivos y sin embargo no hay nada que suene desmesuradamente. 
La luz y la música de estas poesías viene de dentro y todo el li- 
bro da una impresión de interior suavemente iluminado. Tei- 
xera de Pascoaes dice que la recia lengua castellana "se dulcifi- 
ca y anima en Maristany, cual si la luz catalana y la penumbra 



UN POETA lírico ESPAÑOL 171 

galaico-portuguesa la revistiesen de la más sentida suavidad.*' 
Y esta dulce sencillez, esta diafanidad casi evangélica, no sig- 
nifica en él inferioridad de técnica o alarde artificioso. Es fru- 
to de su intimismo, porque cuando-en una rara y única ocasión- 
siente la gracia del discreteo y de la galantería de sociedad, en- 
cuentra notas tan finas como ésta: 

"Las voces del marfil se humillan cuando elevas 
tu voz, de entonaciones tan jóvenes y nuevas, 
que la gama de antaño se siente recelosa. . . . 
Con tus notas más graves haces vibrar la estancia, 
y en un jarro de Sévres, beodo de fragancia, 
vacilan abrazados tu canto y una rosa." 

Pero quien juzgara a Maristany por este botón de muestra, 
no le encontraría seguramente. Su poesía es esencialmente si- 
cológica y mística. La sencillez y la pureza la nimban de cielo. 
Su dolor se aquieta en la conformidad cristiana de una ilusión 
ultraterrena . Creyente y cristiano en el más hondo sentido, Ma- 
ristany acepta su cruz y camina cantando. No hay en sus que- 
jas reproches amargos ni protestas inútiles; llega al dominio 
del dolor por la resignación y la esperanza, y sin ser Nietzcheano 
realiza el supremo deseo de vencer la miseria mortal y terrena. 
El lo dice maravillosamente, cuando revela su viejo sufrimien- 
to, el choque con la realidad y su triunfo: 

"Entonces me hundió el negro escepticismo 
bajo el lago tan honda y firmemente, 
que sentí los horrores del abismo... 
Fuílo, empero, dejando suavemente, 
y mi alma surgió de él tan aprendida, 
que hoy flota sobre el lago de la vida." 
Su gran tendencia mística se observa en una bellísima 
poesía titulada "Las dos fuentes": 

¡Ah Señor!, balbucí, me has dado un corazón 
vibrante como el aire que tiembla del sonido, 
sensible como el lago que a un roce se estremece . . 



Maristany siente la felicidad de ser cristiano, y de saber su- 
frir: 



172 MERCUllIO PKRUANO 

Hoy bendigo las zarzas de la tortuosa senda 
— En la cual flotó polvo de tu Getsemaní! — 
Hoy bendigo esa senda, porque ella me ha llevado 
a la más clara fuente que en sueños presentí. 
— Alfómbrame de abrojos la ruta que me espera. 
Tanta dicha me diese pavor — ¡pero por Tí! 
que hasta el fín me rocíe el corazón el agua 
de la más pura fuente que en sueños presentí. 

Y de su ideal celeste y de su sencillez y pureza de alma, 
dice un elogio, instintivo y admirable, esta poesía que refleja 
su espíritu y que pinta al poeta: 

La librería de un poeta humilde 
refleja el huerto en sus cristales pulcros 
y en ellos ríe una graciosa y frágil 
rosa de nieve. 

¿Qué libro indican sus virgíneas hojas? 

¿a qué autor besa su belleza pura? | 
a Homero? a Dante? a Salomón? a Wordaworth? 
a San Francisco. 

¡Y qué hondo es cuando pinta el dolor y cuan bien advierte 
la inexpresividad terrible de las cosas ante las almas que sufren, 
y cómo sabe dar entonces a lo externo el valor de un comenta- 
rio mudo, la misteriosa testifícación de una compañía terrible e 
inevitable! No vacilo en reproducir íntegramente la Elegía, que 
le escuché la primera vez y que revela su enorme lirismo, su ad- 
mirable poder evocativo y su anhelo místico. 



elegía. 

A Emilio de Riquer. 

Son las seis de la tarde y ha una hora 
que es de noche. Abandono el calor dulce 
de mi estudio, y aun ebrio del espíritu 
del poeta con quien he comulgado, 
dispóngome a salir. 



UN POETA lírico ESPAÑOL l73 

Abro la puerta, 
cerrada con cerrojos y cadenas, 
y saludo a la noche. Están las sombras 
frías, siniestras casi, pues la luna 
que esta noche debiera plenamente 
platear de ternura melancólica 

la excelsitud del valle, se halla enferma 

Se arrebuja debajo de las mantas 
haraposas, y ansiosa se descubre 
poco después, y a arrebujarse vuelve 
poseída de fiebre... 

Apenas veo 
donde pongo los pasos. . . . Sopla un aire 

norteño que me hiere con su filo 

¿Dónde voy?.. En rigor salgo tan sólo 
por gozar del encanto del regreso, 

por gozar del contraste -¡ Oh, los faroles 

de las últimas casas de la aldea, 
colgados de una esquina, con sus llamas 

de gas, que al viento oscilan añorantes! - 

Mas la aldea está cerca y el pretexto 
de la salida es recoger las nuevas 
llegadas con las sombras. Voy en sueños 
recordando las magnas maravillas 
del poeta con quien he comulgado. 
La luz de unos faroles me deslumhra; 
vuelvo a la realidad; cruzo una calle 
casi desierta, y entro en una humilde 
vivienda, casi a obscuras. Salgo de ella 
con tres misivas. A la luz más pródiga 
de una carpintería, curioseo 

las cartas La tercera . . . . ¡ Oh, la tercera ! 

Siento que palidezco y se oscurece 

la luz sobre la carta .... Vacilante 

me arrastro hacia la sombra, donde lloro . . . 

Mi amigo de mi alma me ha dejado 
por el azul, su patria, que es la mía 

Cruzo luego muy rápido la calle 

Reacciono La luna plena brilla 

para hallarme conmigo en despoblado... 



1 74 MERCURIO PERUANO 

sobre un trozo de azul, con una estrella . . . 

Siento una profundísima tristura, 

luego melancolía, luego, luego 

parece que mi amigo me consuele: 

"Soy feliz... ¡Cuan feliz!... No te imaginas". 

Mi altna se anega en el azul y elévase 

más y más. Sigo andando, con los ojos 

absortos.... El azul se ha ido encubriendo.... 

Subo la breve y empinada cuesta 

y me hallo ante mi hogar, maquinalmente. 

La luz de un amplio ventanal me daña 

con acritud. Tras de él está la mesa 

dispuesta y unas flores.... Quedo atónito 

de este cuadro. Deténgome y contemplo 

mi hogar como un difunto 

Y hallo extraño 
ver cosas materiales. Creo apenas 
que en mi casa las almas tengan forma 

Esta Elegía pinta la intimidad del poeta, su conformidad 
casi religiosa y su subjetivismo. Todo el paisaje pintado de 
mano maestra, tiene un alma, la del poeta, y hasta la casa, con 
esa extraordinaria sensación del regreso, no es sino un pretexto 
para revelar un estado síquico. Y en la profundidad inmensa de 
esta poesía, no hay un sólo alarde, ni un gesto de asombro. Las 
cosas están dichas con una simplicidad que aparentemente pue- 
de parecer prosaica en veces, pero que dentro del marco de con- 
traste de la Elegía, es eminentemente poética y lírica. Y hay 
una sensación meterlineana en el cuadro fínal, sin que la impre- 
sión del misterio aparezca artificiosa ¡Cuan hermosa y cuan sen- 
cilla a la vez es esta Elegía! La he reproducido íntegramente 
porque es sin duda la más característica entre las mejores com- 
posiciones de Maristany. Su hondura sentimental, su expresión 
de lo externo como estado de alma, su misticismo puro, su afán 
de azul y su penosa conformidad con la vida, alientan en esta 
poesía originalísima y profunda. Y para dar esta impresión, el 
poeta no ha necesitado desmelenarse, ni alzar los brazos al cielo, 
ni darse golpes de pecho, ni prorrumpir en apocalípticas impre- 
caciones. ¡ Cuan lejos estamos del bullicio de los trascendentalis- 
mos verbales; cuan lejos de aquel afán de decir cosas nuevas y 
extraños, de aquel deseo infantil de sorprender a las gentes! ¡Y 



UN POETA lírico ESPAíSoL 175 

pensar que aún hay quienes quieren ser originales por la expre- 
sión y profundos por el gesto teatral y escenográfico ! Sólo el sen- 
timiento ha bastado para crear esta poesía de forma noble e in- 
genua. Ha dicho Doña Emilia P. Bazán en su Lectura sobre el por- 
venir de la Literatura, después de la guerra, que "el sentimiento, 
cuando es real, sencillo, verdadero, es la más limpia fuente de 
originalidad literaria." 

Maristany siente los contrastes de la naturaleza y de la 
vida con um agudeza penetrante. Recuerdo que en un viejo 
soneto mío, procuro dar la sensación de la tristeza del sol, ca- 
yendo sobre la aldea. Esta ruda impresión de la hora del resol, 
en un interior apacible, la da Maristany admirablemente. El 
cree que la tristeza del crepúsculo es más soportable, 

"que la tristeza cruda, enjuta, rígida, 
de las dos de la tarde, esencialmente 
si el sol es vivo y el azul intenso." 

porque le parece que el sol es como un niño inconsciente que 
juega y chilla con los objetos, dando la impresión aguda y trá- 
gica 

"de la risa estridente en el silencio 
solemne de las cosas " 

Cuando Maristany describe, se advierte también su intenso 
subjetivismo, pues lo hace sólo cuando del objeto descrito emer- 
ge, como un vaho sombrío, una gran tragedia, un dolor silencio- 
so y profundo. En un cuadrito, que es realmente extraordi- 
nario, ha pintado Maristany la sensación dolorosísima que da un 
pobre soldado ciego. 

"El mismo viento de la guerra 
que le apagó la luz solar, 
entró en su casa y sopló impío 
la luz — más pura — de su hogar. 

Hoy con su madre y sus dos hijos 

se halla el soldado en el jardín..,. 
Va como puede adivinando 
si riega el cedro o el jazmín. . . 
El compañero de "los suyos", 
un gato blanco, patriarcal, 



176 MBRCURIO PERUANO 

hecho un ovillo se ha dormido 

en la maceta de un rosal 

Lector : ¡ piedad ! . . . . En la maceta 
riega el soldado sin querer 
al gato blanco, que, asustado, 
se punza, y, loco, echa a correr. 
Los niños rompen a reír, 
la vieja madre a sollozar 
y el viudo, anémico, atontado, 
no sabe de ello qué pensar .... 

El cuadro es admirable, por la humilde y grande tragedia 
que revela. Otra impresión que Maristany sufre hasta la hipe- 
restesia es la del choque de la vulgaridad de la vida que pasa, 
y cuando la revela en sus versos, describe con un verismo tan 
grande, que el tono lírico que salta al fin como una cuerda ten- 
dida, vibra largamente sobre la repugnante banalidad del con- 
traste. En una poesía titulada Ocaso hay rasgos como éstos: 

Los abiertos automóviles 
desatan sus bocinas irritando 
los nervios susceptibles. 



Se hace el neutro 
circular de la gente sudorosa 
más oprimido. Hay algo en el ambiente 
de actividad febril, entremezclada 
de un sensualismo gris. 

...Al balcón de mi sastre, absorto, a solas, 

' miro pasar el turbulento río 

Y al dar mis ojos con la luna pálida, 
siento que asoma al fin algo que es mío. . .. 

Maristany, con este su primer libro, tiene derecho a ser 
considerado como uno de los verdaderos y grandes poetas líri- 
cos de España. Su originalidad, su distinción, su sencillez su- 
prema, revelan una alma de selección. Su obra como poeta ori- 
ginal es aun breve, pero promete jugosísimos frutos. Como to- 
do gran lírico, no es abundante. Sólo los prestidigitadores sue- 
len sacar muchas y variadas cosas de una cinta de papel. Cuan- 
do se bucea en la propia alma, la selección espiritual lleva a ex- 



ÜN POfeTA LlftlCO ESPAÑOL 177 

traer sólo los diamantes más puros. Maristany nos ha mostra- 
do ya algunas facetas maravillosas. De su viaje constante por 
su alma, habrán de surgir anhelos nuevos y músicas inefables. 
Su pureza es tal vez la causa de que no sea muy fecundo. Pero 
tiene el don creador en grado sumo y lo revela especialmente en 
el efluvio que de su persona se desprende y que invita al recogi- 
miento y a la ensoñación. Maristany es poeta lírico por esencia 
y tiene el don admirable de contagiar su intimismo. Con él, 
como con aquellas almas dilectas que uno encuentra muy de 
cuando en cuando en la vida, se siente la necesidad de ser más 
bueno de lo que la tosca realidad nos enseña, porque Maristany 
realiza el adorable prodigio de ser un artista sin envidias, un 
poeta sin mezquindades, un espíritu aristocrático en la noble y 
genial acepción del concepto. Su persona revela superioridad 
en la cortesía y sencillez del trato, y su obra es, como dice Pas- 
coaes, el reflejo sustancial de su persona. Mucho amor tengo a 
mis escarceos retóricos, a mis sonoros discreteos de antaño. Soy 
incapaz de desconocer fieramente a muchos malos hijos de mi 
juvenil entusiasmo, pero sinceramente confieso que cerca de 
Maristany, me he sentido más lírico que nunca y he comprendi- 
do que lo que tal vez haya en mí de mejor, es lo más simple, lo 
más ingenuo, lo más íntimo. En la inquietud algo sombría y 
persistente de mi vida, este poeta milagroso ha entreabierto con 
sus m^nos ñnas, en mi Reino interior, una vieja ventana que 
mira al Cielo 

JOSÉ GALVEZ. 
(Correspondiente de la Real Academia Española) . 

Barcelona, mayo de igig. 



Wordsworth y la Escuela Laquista 



Hace tiempo que se me ha pedido por unos amigos del círcu- 
lo de "Mercurio Peruano" que escriba algo sobre la obra poéti- 
ca de Guillermo Wordsworth, escritor inglés que apenas se co- 
noce en el mundo hispano-americano. Es muy notable que los 
escritores más castizos e influyentes en la literatura de su pro- 
pio país, sean los menos conocidos y apreciados en el extranje- 
ro. Así ha sucedido con Wordsworth y su escuela, figuras ge- 
nuinamente inglesas, que merecen conocerse, no tan sólo por el 
valor intrínseco de su obra y su influencia en la historia litera- 
ria de Inglaterra, sino también por los acentos proféticos con 
que hablan a la literatura peruana contemporánea. 

I Conversión poética 

Guillermo Wordsworth, nació en el pueblo de Cockermouth 
en el norte de Inglaterra, el 7 de abril de 1770, es decir, dieci- 
nueve años antes de la Revolución francesa : a los catorce años tu- 
vo una experiencia singularísima, una especie de conversión poéti- 
ca, que determinó toda su vida posterior. Paseándose un día por 
el campo, se le ocurrió la idea de la infinidad de formas de co- 
sas naturales que habían escapado a la atención de todos los 
poetas anteriores, e hizo allí la resolución de suplir en algo es- 
ta deficiencia. Desde esa hora abrazó la poesía como su voca- 
ción en la vida, consagrándose a ser el poeta de la naturaleza. 
Nótese aquí que este impulso poético no emanó de ningún sen- 
timiento o pasión que buscara expresión lírica, ni se volvió 
poeta nuestro autor por haber fracasado en otros oficios, sino 
que, antes de gustar la vida y sus atractivos, escogió el oficio 
de bardo de los campos y los bosques, a fin de pintar la infinidad 
de matices naturales que nunca habían sido cantados en verso. 



lí^ORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 170 

Aquí, en esta dedicación de poeta, encontramos la clave de 
toda la vida y doctrinas poéticas de Wordsworth. 



Revolución y reacción 

A los diecisiete años de edad Wordsworth se matriculó en 
la Universidad de Cambridge, Universidad de Milton y Newton, 
donde se graduó en 1791. Durante una de las largas vacaciones 
en la universidad, emprendió un viaje a Suiza, ese Parnaso del 
alma poética, y de regreso pasó por Francia, agitada entonces 
por las primeras pulsaciones de la Revolución. El joven poeta se 
entusiasmó, escribiendo a raíz de los sucesos del 8g: 
Bliss was it in that dawn to be alive. 
But to be young was very heaven". 

"Fué dicha sólo vivir en esa aurora, pero estar joven fué el 
mismo cielo". 

Terminado su curso universitario, Wordsworth regresó a 
Francia, y se puso en contacto íntimo con la Revolución; pero, 
sus parientes, aprensivos de la suerte que le cupiera, se nega- 
ron a continuar enviándole fondos, y el poeta debió volver a 
Inglaterra. Las matanzas y extravagancias que a poco produje- 
ra la Revolución, hicieron que el entusiasmo de Wordsworth se 
enfriase, tanto que acabó por ser partidario ferviente del conser- 
vatismo inglés. Hasta volvió al regazo de la iglesia del Estado. 
Comenzó por escribir versos contra los reyes "esos hijos del li- 
mo", que con su cetro querían detener la marca revolucionaria, 
y a quienes había de barrer y sepultar la ola de la libertad. Pe- 
ro, con el cambio de sus opiniones políticas, abogó por un go- 
bierno fuerte que sólo permitiera cambios en las instituciones 
antiguas por un proceso gradual y lento. Si bien Wordsworth 
vaciló en su devoción a la Revolución francesa nunca retroce- 
dió un paso en cuanto a su radicalismo literario. Es un hecho 
histórico interesante que, mientras el espíritu romántico se ex- 
presó en Francia en la Revolución política, en Inglaterra se ex- 
presó en la revolución literaria. Nadie más radical que Words- 
worth. en cuanto a la materia y forma literaria de su poesía, na- 
die tan conservador como él en cuanto a la constitución de su 
país. Es este rasgo de su carácter el que le hace hijo tan genuino 
y castizo de la vieja Albión, amada tierra en donde se preocupan 
más de la vida que de la lógica. 



iSO MERCURIO PERUANO 

Apagados los fuegos de inquietud, la vida de Wordsworth 
se desliza como plácido río. Establécese en una de las regiones 
más bellas de Inglaterra, o sea entre los montes del condado de 
Westmoreland . Allí a orillas de risueños lagos pasa la vida dul- 
cemente en compañía de su hermana Dorotea y de dos amigos poe- 
tas, Samuel Taylor Coleridge y Roberto Southey. Los tres ha- 
bían comulgado en el mismo santuario de la naturaleza, y ahora 
fundan una nueva escuela de poesía, conocida en la historia li- 
teraria con el nombre de "laquista". 



Los Laquistas 

Echemos una mirada a este grupo literario. Un solo ideal 
poético les unía, el de abandonar la atmósfera sofocante de los 
los salones donde los poetas de la escuela augustina degenera- 
da se entreten6an galvanizando trillados temas con la música 
de versos metálicos y hueros. Los "laquistas" todos huye- 
ron de los convencionalismos clásicos y buscaron inspira- 
ción en el campo y la vida común, en los rori.ances y la histo- 
ria. Su vida correspondía a sus ideales literarios,... era sencilla 
recta, sobria: y ellos nunca mancharon su carácter con las man- 
cillas que han empañado la buena fama de más de un caudillo de 
las letras. Mas, fuera de estos rasgos comunes, los tres poetas 
diferían hondamente. Representaban en efecto tres tipos distin- 
tos de poeta. Wordsworth es el tipo de poeta reflexivo. Aman- 
te fervoroso de la naturaleza en todos sus aspectos, sacaba su 
inspiración poética de la vida del campo y de incidentes senci- 
llos de la historia. Nunca se dejó llevar a estímulos artiñcia- 
les para despertar su musa. Buscaba adentro, en su propia al- 
ma, móviles poéticos, en recuerdo de emociones experimenta- 
das anteriormente. Sosteniendo que la poesía "tiene su origen 
en emociones recordadas con tranquilidad", nunca componía 
hasta que su imaginación se encontraba en estado tranquilo: 
"Not used to make a present joy the matter of a song" 
"No solía hacer de un goce presente el tema de una canción". 

Muy distinto fué el temperamento poético de Coleridge. 
Este era un aficionado a todo lo romántico y lo extraño y un 
adicto al opio. Componía a largos intervalos, y solamente al 
sentir inspiración especial. "Kubla Khan", que es una de las jo- 
yas de la literatura romántica inglesa, fué compuesta al despertar 
Coleridge de un sueño de opio. Al saber esto no nos 



WORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 181 

extraña que este poeta tuviera genio espasmódico y vo- 
luntad débil. Aparece en la literatura como el torso de un co- 
loso. Tenía un cerebro privilegiado, era mucho más filósofo que 
Wordsworth, pero nunca hizo nada completo. 

Roberto Southey, es el tipo del erudito, del bibliófilo. Siem- 
pre andaba con un libro de apuntes (common-place book) en la 
mano, su biblioteca constaba de 14,000 volúmenes. Su vida se 
caracterizaba por gran sencillez y unidad de propósito. Era muy 
trabajador, y de una producción asombrosa. Sus libros publica- 
dos alcanzaron el número de 109, y escribió además 150 artículos. 
Entre sus obras se encuentran algunas traducciones de la litera- 
tura castallena, entre ellas "Amadís de Gaula" y "La Crónica 
del mío Cid". Pero Southey es poco leído ya. Su reputación 
literaria descansa principalmente en su "Vida de Nelson", li- 
bro que podrá considerarse como uno de los mejores modelos de 
la prosa inglesa. 

Vida literaria de Wordsworth 

Desde que fijó su residencia entre los lagos, la vida de 
Wordsworth se consagró por completo a la poesía, y su plá- 
cido curso no se interrumpió sino por viajes ocasionales, cuan- 
do salía el poeta en busca de nuevas inspiraciones. Alquiló una 
casa en el pueblecito de Grasmere, donde pasó sus días leyendo, 
paseándose por el campo, visitando las chozas de los labrado- 
res, celebrando tertulias con sus amigos literarios, libre siempre 
de cuidados financieros. Esta calma y sosiego, esta simpatía 
con la naturaleza y la vida humana se reflejan en todas las pá- 
ginas de su poesía; su cielo gris, crepuscular, ignoró los ful- 
gores que lanzaran sus rayos sobre el camino de los románticos 
posteriores . 

En 1798, Wordsworth publicó en compañía de Coleridge, 
un volumen de poesías intitulado "Baladas Líricas". El objeto 
de esta publicación fué demostrar la posibilidad de escribir 
poesías interesantes sobre otros temas que los tradicionales. Co- 
leridge debía tratar asuntos sobrenaturales y Wordsworth as- 
pectos de la vida común. O según las palabras del mismo Colerid- 
ge, en que explica las bases de la colaboración literaria entre los 
dos poetas: "acordóse que mis esfuerzqp fuesen dirigidos a per- 
sonajes y tipos sobrenaturales, o al menos, románticos, pero 
con el fin de transferir de nuestra naturaleza interior un inte- 
rés humano y apariencia de verdad suñciente para conseguir 



182 



MERCURIO PERUANO 



por el momento para estos fantasmas de la imaginación aquella 
suspensión voluntaria de la incredulidad que constituye la fé 
poética. Mr. Wordsworth, en cambio, debía proponerse como 
su objeto dar el encanto de la novedad a las cosas de la vida 
común y diaria, y excitar un sentimiento análogo a lo sobrena- 
tural, despertando la atención de la mente del letargo de la 
costumbre, y dirigiéndola a la belleza y las maravillas del mun- 
do en que vivimos; el cual es un tesoro inagotable, pero, a con- 
secuencia de la membrana de la familiaridad y solicitud egoís- 
ta, tenemos ojos que no ven, oídos que no oyen, y corazones que 
ni sienten ni entienden". La mayor parte de las poesías fueron 
escritas por WordsWorth, pero Coleridge contribuyó con unos 
poemas inmortales, entre ellos, "El Marinero Viejo", una de las 
poesías más imaginativas que existe. La publicación de las "Ba- 
ladas Líricas" marca una nueva era en la literatura inglesa y 
aún en la europea. 

Fué la gran ambición de Wordsworth hacer un poema filo- 
sófíco que versara sobre el Hombre, la Naturaleza y la Sociedad. 
Este poema se intitularía "El Recluso", puesto que tendría por 
objeto principal "las sensaciones y opiniones de un poeta que 
vivía en retiro". En 1805, fué terminado el "Preludio", poema 
que había de ser el "pórtico" de la magna obra, pero que no se 
dio a luz hasta después de la muerte de su autor. Otra parte de 
"El Recluso" salió en 1814, llevando el título de "La Excursión", 
y consiste en una descripción de viaje. Pero el tan soñado pro- 
yecto del poeta nunca se realizó, y "El Preludio" y "La Excur- 
sión", por ser las composiciones más largas de Wordsworth, tie- 
nen más valor autobiográfíco y didático que poético. Les ha- 
acaecido la suerte de tantas otras poesías ambiciosas que nadie 
lee sino los críticos literarios. 

Si bien los mencionados fragmentos de "El Recluso" tienen 
gran importancia para la historia literaria, la reputación poéti- 
ca de Wordsworth estriba en otras composiciones, o sea en sus 
sonetos odas y líricas. Escribía mejor cuando no pensaba en 
teorías poéticas. Quien quisiera formarse una idea de la musa 
de Wordsworth podrá hacerlo fácilmente leyendo: los dos so- 
netos, "A Milton", y "Líneas escritas sobre el puente de Lon- 
dres"; las tres exquisitas líricas, "Al Cuclillo", "Los Narcisos" y 
"Lucy Grey"; la "Abadía de Tintern"; y aquella maravilla de 
concepción y hechura artística "Reminiscencias de la Infancia", 
poema platónico. Si luego el lector quisiera conocer la musa de 
Wordsworth, cuando, por el pesado lastre de doctrinas poéticas. 



WORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 183 

ella vuela muy a ras de tierra, que lea "Pedro Bell" y "El ni- 
ño idiota". 

Wordsworth murió en 1850, el día del aniversario del na- 
cimiento y muerte de Shakespeare. Un mismo día, el día de San 
Jorge, conmemora al poeta de la naturaleza y al poeta de la 
human'dad. Ningún poeta ha llenado con tanta perfección co- 
mo Wordsworth el famoso cuadro de Fray Luis de León: 

"¡Qué descansada vida 

I^a del que huye el mundanal ruido 

Y sigue la escondida 

Senda por donde han ido 

Los pocos sabios que en el mundo han sido!" 

No ha habido poeta, ni aun Milton, que haya tenido 
tan viva conciencia de su vocación como Wordsworth, 
quien quiso considerarse poeta, o nada. Apartado del mundo, 
libre de cuidados seglares y pasiones desgarradoras, su vida se 
maduró como una rosa que nunca fué azotada por el viento. Su 
carrera es comparable tan sólo a la luz de un día que nace sere- 
na de una plácida aurora y se apaga entre los arreboles de una 
dulce tarde de otoño, sin que trueno o rayo haya perturbado el 
haz del cielo. En 1842, ocho años antes de su muerte, Words- 
worth había sido nombrado poeta laureado. Por fin sus grandes 
méritos fueron reconocidos, pues durante gran parte de su vida, 
debido a la creciente popularidad de los nuevos románticos 
Byron y Shelley, sus poesías habían sido objeto de burla. Pe- 
ro Wordsworth supo arrostrar el ridículo momentáneo, sin 
preocuparse para nada de la opinión pública, y ahora vive en la 
estimación del mundo sajón, mientras que la fama del idolatrado 
Byron decae con cada año que pasa. 

Doctrinas poéticas de Wordsworth 

Volviendo ahora a un examen detenido de la poesía de 
Wordsworth, es menester que sepamos cuáles eran las opinio- 
nes de éste respecto al arte poético y la vocación del poeta. Te- 
nemos felizmente una declaración autorizada de ella en el fa- 
moso y tan discutido prefacio que Wordsworth escribió para la 
segunda edición de "Baladas Líricas". 

El poeta es, para Wordsworth, un hombre que habla a 
hombres, un ser más sensitivo a impresiones y más conocedor de 



1B4 MSKCUmO PKRUANO 

la naturaleza humana que los demás. La poesia es el más filosó- 
fico de todos los géneros literarios. Su objeto es la verdad, pero 
la verdad conforme está relacionada con sufrimientos y alegrías. 
El hombre de ciencia analiza y trata las cosas en sí, el poeta las 
trata como focos o productores de sentimientos. Así es que los 
descubrimientos más remotos de la ciencia podrán ser asuntos 
poéticos, siempre que produzcan, en algún modo, sentimientos 
de tr'steza o alegría. Por consiguiente, por complicada y cien- 
tífica que venga a ser la civilización, nunca faltará lugar para el 
poeta . 

La poesía es el desbordamiento de sentimientos, y el len- 
guaje usado debe concordar con el carácter e intensidad de la 
emoción. Decir una cosa de una manera rara, no es poesía. La 
poesía antigua, dice Wordsworth, nació de la pasión, y el len- 
guaje empleado por los primeros poetas era lenguaje de emo- 
ción. Pasando el tiempo, los giros y las formas métricas que 
antes palpitaban con vida, llegaron a ser puros convencionalis- 
mos, símbolos de un género literario que estaba divorciado de 
la realidad. Entonces los poetas, por no sentir la realidad palpi- 
tante de las cosas, buscaban estímulos fuertes, tenían sed por 
lo extravagante, por lo sentimentalmente enfermizo. El resul- 
tado fué un estilo afectado, de mucha corrección, en que el poe- 
ta veía el mundo con ojos ajenos, y hablaba en palabras que to- 
mó prestadas. El autor del "prefacio" arremete luego contra 
los poetas de la escuela clacisista de Pope, los que habían per- 
dido todo contacto verdadero con la naturaleza. Ataca el em- 
pleo de giros especiales o de orden artificial de palabras cuando 
la intensidad de la emoción no reclama más que los giros y or- 
den prosaicos. Lo que es falso, afectado, bombástico y ridículo 
en prosa, lo es igualmente en verso. 

He aquí la teoría poética que Wordsworth sostiene y de- 
fiende. El rtlma del poeta se desarrolla en íntima comunión con 
la naturaleza, la cual es la única y verdadera maestra del hom- 
bre. En vez de buscar temas grandiosos que embellezca luego 
con floridas imágenes, el punto de partida del poeta debe ser 
uní emoción causada espontáneamente por un objeto. Su poesía 
consistirá en el esfuerzo de dar expresión poética a dicha emo- 
ción, después que ésta ha pasado dejando sólo un recuerdo, 
pues en la opinión de Wordsworth "un goce presente nunca de- 
be ser tema de una canción". Lo que él se propone, según nos 
dice en su "apéndice sobre dicción poética", es escoger inci- 
dentes y asociaciones de la vida común; emplear el lenguaje 



AV0RDS>iC0RtH Y LA ESCUELA LAQUÍSTA 185 

usado por los hombres; arrojar sobre las cosas un cierto colo- 
rido, dando a la imaginación su verdadero papel de dignificar 
lo humilde y de despertar interés en dichos incidentes por ha- 
llarse en ellos las leyes primarias de nuestra naturaleza. Es su 
suma ambición de estilista: "amoldar a los usos de la poesía el 
lenguaje ordinario de la conversación, tal y como la emplean la 
clase media y la clase baja". Nos dice además que toma sus te- 
mas de la vida rústica porque allí se pueden estudiar las emo- 
ciones humanas en su mayor fuerza y también en lenguaje más 
depurado. 



El poeta de la naturaleza. 

Cabe preguntar aquí, ¿cuál es la naturaleza que Words- 
worth canta en sus versos? No es la naturaleza romántica de 
Scott, ni la naturaleza turbulenta de Byron, ni la naturaleza in- 
diferente de Arnold, ni la naturaleza sanguinaria, "roja en dien- 
te y uña" de los evolucionistas. La naturaleza wordsworthiana es 
mansa, democrática, crepuscular. Es el campo en contraposi- 
ción a la ciudad, sus pobladores son humildes y viven todos en 
"estado natural", lejos del ambiente malsano de los grandes 
centros. En el regazo de la naturaleza, Wordsworth sentía una 
)^ resencia cuya morada es la luz del sol poniente, y el redondo 
océano, el aire viviente, y el cielo azul y la mente del hom- 
bre" (i). En este Elíseo que no es sino la vestidura y morada de 
una divinidad, el poeta se extasía, pero nó por hallarse ante pai- 
sajes bellos o majestuosos, ni por pisar lugares que la historia ha 
consagrado, pues a Wordsworth la naturaleza no le comunica 
deliciosas sensaciones de arte como lo hacía al alma sedienta y es- 
tética de Keats, ni le sugiere, a cada milla, como a Walter Scott, 
vividos recuerdos de antaño, sino que le causa emociones, refle- 
xiones, pensamientos. En otras palabras, la naturaleza habla 
al corazón de Wordsworth más que a sus sentidos e imagina- 
ción, teniendo para él un valor más bien didáctico que artístico 
y romántico. 

Así es que en la poesía de Wordsworth, la naturaleza apa- 
rece, nó como una madre decrépita, sino como una maestra jo- 
ven que enseña por la boca de todos los fenómenos y seres na- 
turales. Tiene una función apostólica y sacramental. La marí- 



(i) .—Abadía de Tintern. 



186 MERCURIO PERUANO 

posa es para Wordsworth la "historiadora de su infancia"; es 
"la amada del poeta, que le trae a la memoria muchas cosas". La 
humilde margarita es "un apóstol de la humanidad", que enseña 
a los hombres cómo hallar albergue de cualquier viento que so- 
ple. Los ranúculos son "profetas de delicias y alegría"; salen 
antes de Is demás flores y las anuncian.La canción del cuclillo 
le recuerda los días de su niñez. Un sólo impulso de un bosque 
en la primavera "enseña más acerca del hombre y del mal ydel bien 
que todos los sabios". La salida del astro Héspero le sugiere 
que "son pocos no más los que se atreven a pisar más allá de la 
natural carrera". Las alondras son tipo de "los sabios que vue- 
lan muy alto pero nunca vagan". 

Pero no pensemos por un momento que para Wordsworth 
la naturaleza es poco más que un libro de moralejas. La conside- 
ra más bien como un divino sistema de símbolos que exige 
pasividad de parte del iniciado para comunicarle su signiñcado. 
"Cierra estas áridas hojas", dice Wordsworth a un amigo: "saK 
y trae contigo un corazón que observe y reciba. Sal a la luz de 
las cosas. Deja que la naturaleza sea tu maestra". En otro lu- 
gar dice: "Hay poderes que por sí impresionan nuestras mentes 
y podemos alimentarlas en una sabia pasividad". Este abandono 
a la influencia de la naturaleza tranquiliza al espíritu, y enton- 
ces ccn la harmonía así producida se puede ver hasta el mismo 
corazón de las cosas. De aquí se ve que, según Wordsworth, se 
llega a la realidad poética del mundo nó en momentos de excita- 
ción, sino en momentos de calma: ¡Qué semejante es esta idea 
a la del gran místico San Juan de la Cruz, quien tras una dura 
lucha con las pasiones y la imaginación en la "Noche obscura 
del alma" llega por ñn a la cima del Monte de Carmelo, de don- 
de su mente, ya calmada, goza de la visión beatífica ! 

Pero la verdadera eminencia de Wordsworth como poeta 
no depende de su filosofía poética, por importante que ésta sea. 
Hay que decir la verdad. . . .El es tanto más poeta cuanto menos 
piensa en teorías y da rienda suelta a su fantasía. Lo que co- 
loca a Wordsworth al lado de Shakespeare y Milton es su po- 
derosa imaginación y la intensidad extraordinaria con que sen- 
tía la naturaleza. En las palabras de Matthew Arnold, uno de 
los más grandes críticos de la literatura inglesa: "La poesía de 
Wordsworth es grande por la intensidad extraordinaria con que 
siente el goce que se nos ofrece en la naturaleza, el goce ofreci- 
do en las sencillas afecciones ordinarias, y por la fuerza extraor- 
dinaria con que nos muestra este goce y lo traduce de tal mane- 



WORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 1S7 

ra que nosotros podamos participar de él". Desgraciadamente, 
las pocas poesías de Wordsworth que hay traducidas en castella- 
no dan una idea muy pobre de su autor; ya por la selección he- 
cha per el traductor ya por lo malo de la traducción. Quien ha 
acertado más a traducir a Wordsworth al español es el poeta 
Fernando Maristany. Este ha incluido unas cuantas poesías de 
Wordsworth en una antología intitulada "Las cien mejores 
poesías de la lengua inglesa". Voy a servirme de las traduccio- 
nes de dicha antología. 

He aquí tres estrofas escritas sobre la muerte de una niña 
amiguita de Wordsworth. 



"Junto a una fuente, en rústico paraje 
Vivía una chiquilla, 
La cual jamás por nadie fué ensalzada, 
Por nadie aborrecida. 

Una violeta junto a una musgosa 
Piedra, a la vista oculta, 
Bella como una estrella si en el cielo 
No brilla más que una''. 

Vivió ignorada y casi nadie supo 

La muerte de Lucia, 

Reposa ya en la tierra y desde entonces 

¡ Cuan otra es j ay ! mi vida ! 

Otra poesía "La Segadora solitaria" respira la misma senci- 
íltz y amor a la vida campestre. 

"¡ Mírala ! ¡ pobre campesina 
Del solitario monte agreste! 
Oye cuál canta para ella: 
— Párate o pasa gentilmente — 
Canta una copla melancólica 
Mientras en gavillas ata el trigo. 
¡Oh, cómo el hondo y triste valle 
L'iena el dulzor de su gemido! 

No ofreció nunca un ruiseñor 
Notas más dulces al viajero 



188 



MERCURIO PERUANO 



Bajo la sombra de una choza 
Sobre la arena del desierto. 
Nunca se oyó tal voz, ni aún 
Cuando el gentil cuclillo canta 
Sobre el silencio de los mares 
Allá en las Hébridas lejanas. . . 

¿Quién saber puede lo que gime? 
Tal vez el ritmo triste mana 
De muy lejanas tradiciones 
O de antiquísimas batallas; 
O acaso fluya su cantar 
De intimas penas que la aguardan, 
De unos pasados sufrimientos 
Que ahora de nuevo la amenazan. 

Lo que cantó la moza a solas 
Cual infinita melodía, 
Sobre la hoz curvado el cuerpo, 
O entrelazando las gavillas, 
Lo oí tranquilo y silencioso, 
Mas al volver a esas montañas 
Mucho después de haberla oído. 
Vibró esa música en mi alma" 

De otra índole es el siguiente soneto, en el que el poeta la- 
menta el menosprecio con que la gente mira la naturaleza, aña- 
diendo que preferible fuera ser un pagano cuyo crudo antropo- 
morfisTiO transformara los fenómenos naturales. 

El mundo con exceso está en nosotros, 

Pronto o tarde las fuerzas agotamos: 

Poco que sea nuestro aquí encontramos, 

y el corazón lo damos a los otros. 

Este mar, que a la luna da su seno. 

Los vientos, que aullarán dentro unas horas, 

Y ahora, duermen, cual flores soñadoras. 
Todo, todo a nuestra alma le es ajeno. 

Nada nos mueve. Ansiara ahora tener 
Las creencias antiguas de un pagano 

Y desde esa llanura poder ver. 



i 



WORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 189 

— Sintiendo menos sólo el corazón — 
Cual Proteo al surgir del océano, 
U oír sonar el cuerno de Tritón". 



Pero hallando imposible dar idea adecuada de la poesía 
de Wordsworth por medio de traducciones, voy a hacer a éste 
hablar en su propia lengua y la mía. Lectores del "Mercurio" que 
no sepáis inglés, perdonad mi osadía. Y ¡ojalá entre los que 
saben dicho idioma, algún poeta fuera movido a interpretar a 
Wordsworth al mundo hispano en dignos versos castellanos! El 
primer trozo es sacado de la oda "La Abadía de Tintern". 



— "I cannot paint 

Whát then I Was. The sounding cataract 

Haunted me like passion; the tall rock, 

The moutain, and the deep and gloomy wood, 

Their colours and their forms were then to me 

An appetite; a feeling and a love, 

That had no need of a remoter charm, 

By thought supplied, ñor any interest 

Unborrowed from the eye. — That time is past, 

And all its aching joys are now no more, 

And all its dizzy raptures. Not £or this 

Faint I, ñor mourn ñor murmur; other gifts 

Have followed; for such loss, I would belicve, 

\bundant recompense. For I have learned 

To look on nature, not in the hour 

Of thoughtless youth; but hearing oftentimes 

The still, sad music of humanity. 

Ñor harsh ñor grating, though of ampie power 

To chasten and subdue. And I have felt 

A presence that disturbs me with the joy 

Of elevated thoughts ; a sense sublime 

Of something far more deeply interfused, 

Whose dwelling is the light of setting suns, 

And the round ocean and the living air. 

And the blue sky and in the mind of man 

A motion and a spirit that impels 

All thinking things, all objects of olí thought, 

And rolls trough all things. 



190 MERCURIO PERUANO 

En el citado trozo el poeta declara su actitud hacía la na- 
turaleza, de niño y de hombre, en su primera visita a la antigua 
Abadía, "la ruidosa catarata le perseguía como una pasión; el 
alto peñasco, el monte y el profundo y tenebroso bosque, sus 
colores y sus formas me eran como un apetito; un sentimiento 
y un amor, que no necesitaban de ulterior encanto suplido por el 
pensamiento, ni de ningún interés que no fuese suministrado 
por la vista". Pero ya hombre, y habiendo escuchado a me- 
nudo la música, suave y melancólica, de la humanidad, echa so- 
bre la naturaleza una mirada más serena. Ya no podrá mirarla sin 
tornarse pensativo, pues ha venido a sentir en ella una presen- 
cia que le "perturba con el goce de elevados pensamientos". 

Citaremos en seguida una estrofa de "Reminiscencias de 
la Infancia", uno de los más grandes monumentos del arte poéti- 
co que existe en la literatura inglesa. Escogeremos la estrofa en 
que el poeta sostiene la tesis platónica de la pre-existencia del 
alma: 



Our birth is but a sleep and a forgetting; 

The Soul that rises with us, our life's star, 

Hath had elsewhere its setting 

And cometh from afar; 

Not in entire forgetfulness, 

And not in utter nakedness, 

But trailing clouds of glory do we come 

From God who is our home: 

Heaven lies about us in our infancy! 

Shades of the prison house begin to cióse 

Upon the groWing Boy, 

But he beholds the light and whence it flows. 

He sees it in his joy. 

The youth, who daily farther from the east 

Must travel, still is naturé's priest, 

And by the visión splendid 

Is on his way attended: 

At length the man perceives it die away 

And fade into the light of common day." 

Nuestro nacimiento, dice el poeta, no es sino un sueño y 
un olvido; el alma ha tenido en otro mundo su ocaso y nos vie- 
ne de lejos arrastrando nubes de gloria. En la infancia nos envucl- 



WORDSWORTH Y LA ESCUELA LAQUISTA 191 

ve un esplendor celeste. Pero desde la cuna se inicia un proce- 
so de olvido, hasta que el hombre ve la visión desvanecerse, des- 
haciéndose en la luz de un día común. 

No han faltado críticos de Wordsiworth, desde cuando su 
mismo compañero Coleridge criticó duramente las teorías poéti- 
cas sostenidas por el poeta en su famoso "Prefacio". No cabe 
negarlo .. Wordsworth es uno de los poetas más desiguales. De 
serlo, cs simplemente por llevar hasta la exageración ridicu- 
la su concepto de la naturaleza y el estilo poético. Tan intenso 
fué el amor de Wordsworth hacia todos los aspectos de la vida 
común, que incluyó en el grupo de sus héroes campestres, entre 
carreteros, labradores, pastores etc. etc. un niño idiota. Mucho 
se han criticado los versos sobre el pobre imbécil, diciéndose 
que el tema es antipoético y el estilo el colmo de la prosa. Pero 
es que los críticos no ven la sonrisa en la cara del poeta. ¡Na- 
da más gracioso que la salida del idiota al anochecer, monta- 
do a caballito, despedido por los besos de su mamá que, a despe- 
cho de las protestas de una vecina, le manda al pueblo cercano 
para llevar al médico a la choza de una mujer anciana que está 
próxima a morir! Toda la noche el jinete vaga extático por 
bosque y llanura, entretenido por la blanca luna y el ulular de 
las lechuzas. Entre tanto, la madre del héroe, se desespera, 
mientras a la anciana, Susan Dale, le da otro ataque. Por fin, 
aquélla sale en las primeras horas de la madrugada en compa- 
ñía de la vecina de la noche anterior, y luego de llegar a la ca- 
sa del médico y enterarse que Juanito no había ido, dan con el 
nuevo Quijote internado en un bosque al borde de una rugiente 
cascada. Los tres regresan a la aldea, y cuando ya están cer- 
ca de ella, les sale al encuentro, alegre y sana, la anciana mori- 
bunda, a quien el temor por la suerte de sus benefactores había 
resucitado del lecho de la muerte. Y Juanito, cuando se le encare- 
ce que cuente sus aventuras, pero con toda veracidad — dice so- 
lamente : 

"The cocks did crow to-whoo, to-wihoo, 
and the sun did shine so cold" 
"Los gallos cantaban tujú, tujú, 
y el sol brillaba tan fríamente. 

Si bien el idiota mismo no es una fígura poética por no te- 
ner en su locura ningún propósito fijo, el incidente en su con- 
junto es altamente poético y humano. Nada más patético, por 



192 MERCURIO PERUANO 

ejemplo, que el amor de la madre a su hijo imbécil y su fe en 
que, en el fondo, él sea cuerdo. A más de esto, esta poesía descubre 
verdadero humor y cierta capacidad de dramatización, cualida- 
des que muchos críticos niegan a Wordsworth. 

Nada sería más fácil que señalar todas las limitaciones de 
Wordsworth como poeta, mas como estoy deseoso que mis lec- 
tores lean a Wordsworth por sí mimos antes de escuchar crí- 
ticas sobre su obra, me limito a decir cuatro palabras para orien- 
tar una crítica sana. En primer lugar, para apreciar la poesía 
de Wordsworth se necesita que uno vea con los ojos del poeta 
y ame la misma naturaleza y los mismos seres que el amaba. En 
segundo lugar, Wordsworth no podría ser el poeta de la natura- 
leza si cupiese en su alma la pasión del amor. El amor que 
hallamos en las poesías de Wordsworth es el amor platónico 
que ama todo lo amable y bello. En tercer lugar, para poder 
glorificar lo humilde fué necesario que descontase otros aspec- 
tos de la naturaleza, tales como lo áspero y lo apasionado. Y 
por último, cuando, al través de nuestra lectura de Wordsworth, 
damos con un símil como el siguiente, en que el botecito de un 
niño se compara a "una tina casera como esas que usan las mu- 
jeres para lavar sus ropas", no riamos: mejor es usar una figu- 
ra de la vida común que amontonar metáforas altisonantes y re- 
cónditas que no sirvan otro fin, a menudo, que el de glorificar 
al poeta.... y proclamarlo falto de alma poética. 



Un Wordsworth peruano 

Las tierras americanas necesitan su Wordsworth, y sobre 
todo el querido solar peruano. Ricardo Palma ha sentido el pa- 
sado del Perú en sus maravillosas "Tradiciones". Pero ¿quién 
ba sentido, o siente, el presente, cristalizando sus afectos y pen- 
samientos en versos palpitantes? La Epopeya de Homero, fué 
suplementada por "Las Obras y Días" de Hesíodo, y la Eneida 
de Virgilio por las "Geórgicas" del mismo autor. Amadís de 
Gaula y toda la literatura caballeresca en España fué suplemen- 
tada por las "Novelas Ejemplares de Cervantes", y el "Ciclo Ar- 
turiapo" en Inglaterra, por las poesías de Crabbe y Wordsworth. 
Y las "Tradiciones Peruanas" de Palma serán suplementadas en 
el Perú por por un poeta que se entregue con dulce aban- 
dono a la influencia de la naturaleza peruana . El Wordsworth 
peruano dejará sus libros, sus pesimismos y sus dolores imagi- 



WORDSWORTH Y LA EáCUELA LAQUISTA Í9^ 

naríos, y despidiéndose de salones sofocantes, saldrá para los 
Andes. Sentirá la frescura natural en la vega de Huancayo, o 
cada madrugada, desde la cumbre de una montaña, verá el velo 
de neblinas disiparse sobre los bosques tropicales del Perene. 
Sus temas los buscará en la vida del pueblo. Hará sentir las 
pulsaciones del alma peruana en todas sus múltiples matices. 
Despertará interés en el mestizo y el indio, e interpretará la 
música íntima del período actual. Poblará los arenales costeños, 
las punas y las selvas, con personajes familiares y amables, y es- 
to lo hará, desprendiéndose de un estilo artificial, y de la imita- 
ción francesa, y se forjará otro lenguaje nuevo más cerca del 
idioma del pueblo. En una palabra, será un poeta verdadera- 
mente nacional y democrático. 

¡Dichoso poeta, tan anhelado Wordsworth peruano, tu sa- 
brás, a ejemplo de Quijote, "convertir en ideales a las zafias la- 
bradoras!". ¡Tú sabrás satisfacer las ansias del sabio salmanti- 
no (i), desviando los pensamientos de tu pueblo del mundo 
muerto de las letras para fomentar en él el amor al mundo vivo 
de la naturaleza y las almas! 



JUAN A. MACKAY. 



(i). — Vid. "Ensayos" de Unamuno, tomo VII p. 156. 



Los Poetas Orientales 



EN SECRETO. 



He extinguido la lámpara, 

Porque brilla la luna, 
Y su luz ilumina el recinto en redor, 

Y en el fondo del alma, 

Misterioso burbuja, 
Un sutil pensamiento de inefable dolor, 



Mi pupila, anegada 
Por el llanto, se nubla, 
Y un dolor agudísimo viene el alma a sentir 
Al pensar que mi amada. 
No sabrá tal vez nunca, 
Que en su ausencia por ella he llorado yo aquí. 



UANG-SING-YU. 
(Poeta chino del siglo XI) 



(i). — Publicamos con vivo agrado las versiones poéticas que si- 
guen, obra de la señorita Carmela Eulate Sanjurjo, distinguida poetisa 
española, y que debemos al amable envío de nuestro colaborador y Cón< 
sul en Barcelona, señor D. José Gálvez. Son breves composiciones líri- 
cas de poetas chinos y japoneses, en que en pequeñas y breves formas mé- 
tricas ?e encierran los delicados sentimientos melancólicos tan caracte- 
rísticos de la poesía del Extremo Oriente. 



LOS POETAS ORIENTALES l9f 



AURA DE PRIMAVERA. 



Leve aura de flores 

Ha invadido mi cuarto; 

Aura de Primavera, perfumada, 

Que acaricia el olfato; 

En las sombras nocturnas 

El perfume ha llegado, 
Y alcanzó con sus alas intangibles 

Mi lecho solitario. 



Voló en aquel instante 

Mi espíritu turbado. 
Siguiendo del río Kiang la verde orilla, 

Y en su viaje tan rápido, 

Contempló en el camino 

A una niña, de candidos 
Ojos, y de fígura seductora, 

Que el alma me ha robado. 

Tenía mi cabeza, 

En la almohada apoyando. 
Mas con el soplo aquel de primavera. 

Tan lejos ha volado. 
Que llegó hasta Kianghnanan en un minuto, 

¡Un instante de encanto! 

Cien leguas de camino 

Sin detenerse, rápido .... 
El Amor, despertando en Primavera, 

Realiza este milagro. 



TSIN'TSEN. 
(Poeta Chino, año 750) 



iQfe MERCURIO PERUANO 



DE MI jardín. 



La mujer que yo adoro 
A otro ha dado su amor 
Cual naranjo nacido 
En mi propio jardín, 
Que su fruto de oro, 
De exquisito dulzor. 
Por sus ramas, rendido, 
Entregó de festín, 
Al jardinero del jardín vecino 
Por horrible sarcasmo del destino. 



1 



TJKANGHE. 
(Poeta japonés) 



MAS QUE LA VIDA. 



No me importara, nó, perder la vida, 
Pues perdí, al despertar del dulce ensueño. 

La ilusión que purísima 

Abrigaba en mi seno 
¡Y era toda la luz del alma mía! 



TADU—MINE. 
(Poeta japones) . 



LOS POETAS ORIRNtALBS 197 



CON UNA FRASE. 



Con una frase, ayer, una barrera, 
Se elevó entre nosotros de improviso, 
Y parécele al alma en su tristeza 
Que ya ha pasado un siglo. 



KEN-TOKU-KO. 
(Poeta japonés) . 



ULTIMO DESEO, 



Cuando vaya a partir y, de la muerte, 
Sienta la mano fuerte 
Asirme en mi agonía, 
¡Yo quiero verte! 
Y llevarme en mi última mirada 
Tu forma bien grabada 
En la pupila mía! 



IDZUMI SIKIBU. 
(Japonés) 



CARMELA EULATE SANJURJO. 
Barcelona, 

/ 



Poetas Colombianos 



EDUARDO CASTILLO 

En 1904, apareció por primera vez el nombre de Eduardo 
Castillo en las letras colombianas. Revelábase como un tempe- 
ramento de extraordinaria originalidad. Despreocupado de cuan- 
to le rodeaba se entregaba rabiosamente a sus sueños y a los li- 
bros. Lo que no dijera relación a las letras apenas si le hacia 
mover el rostro demacrado que, bajo la descuidada y abundante 
cabellera, parecía consumirse a influjo de la llama interior. Ex- 
traña, exótica indiferencia la de este poeta en medio de las 
agitaciones políticas y económicas de las nacientes democracias 
americanas. Decía Renán que los muros de San Sulpicio esta- 
ban separados del ruido del mundo por treinta mil leguas de si- 
lencio. Análogamente, á Castillo sólo llegan aquellas impresio- 
nes que su corazón y su espíritu han menester para ir tejiendo 
la armonía de su vida interior que desborda en versos llenos de 
una inquietud que disimula la noble serenidad del canto, va- 
ciado en formas límpidas, a las veces de una desesperante per- 
fección . 

Ha sido cualidad saliente de los poetas colombianos, que no 
se desmiente de ninguna manera en Castillo, el dominio absolu- 
to de las formas. Por eso, como traductor en verso, es conti- 
nuador eximio de Caro, Pombo, Valencia, Gómez Restrepo y 
Londoño que han incorporado en la antología castellana nume- 
rosas obras maestras de otros idiomas. 

La poesía es en Castillo intima m&s no familiar. Los moti- 
vos exteriores nada le deben a su canción. De nuestra natura- 
leza tropical, esplendorosa y magnífica, no hay rastro siquiera 
en su obra, que es toda interior. Lias imágenes mismas son en 



POETAS COLOMBIANOS 199 

cierto modo atenuadas y suaves. Su producción se caracteriza 
por la noble distinción de quien desama el estrépito callejero 
sin recluirse en la torre de marfil, ya que él sabe muy bien que 
aquel egoísta aislamiento no constituye, como se ha querido ha- 
cerlo creer, pecado de orgullo sino falta de lógica, que siempre 
oculta otras y más graves deficiencias. 

Hay en él una serenidad al propio tiempo melancólica y 
consoladora. Dijérase que el sentimiento, noble y elevado, pu- 
rifica la tristeza, y el canto deja entonces una emoción suave co- 
mo la que produce el paisaje cuando cae sobre él un sol pálido 
y delicado. Es modelo este soneto que tan acertadamente inti- 
tuló el poeta Encantamiento: 

A la orilla del mar, sobre la arena, 
un pastor infantil, hora tras hora, 
hace llorar, con voz arrulladora, 
su doble flauta de silvestre avena. 

Es una primitiva cantilena 
que por la muerte de los dioses llora 
su melodía lánguida y canora, 
dulce como el cantar de la sirena. 

Un barco pescador en el distante 
azur mancha los pálidos confines 
que surcaron las velas de los nautas, 

mientras a flor del piélago espumante 
su dorso rosa agrupan los delfines 
suspensos del hechizo de las flautas. 

De este admirable cuadro se desprende la infinita desola- 
ción de lo irremediablemente ido. Decía verdad aquella voz 
que se dejó oír a lo largo de las riberas de los mares: "¡Pan, el 
gran Pan ha muerto!"; los dioses están ya muy lejos, pero aun 
divisa el poeta, bajo el sereno y diáfano azul, el triángulo de un 
barco pescador que mancha los confínes por donde antes surca- 
ron las velas de los nautas, y ve sobre el sagrado Mediterráneo 
agruparse los delfines al hechizo de la música pastoril de una 
flauta . 

Esta melancolía que piadosamente venda la herida y apaga 
el grito, ennoblece toda la obra de Castillo. Hasta en las horas 



200 MERCURIO PERUANO 

en que la vida le invita con los celestiales dones del amor, pare- 
ce buscar, como Sainte-Beuve "un pensamiento que lo consuele 
en medio de la felicidad", y adelantándose en plena juventud a 
saludar el otoño prematuro, sediento de sosiego interior, le di- 
ce a la amada: 

Tarde recibo el don de tu belleza, 
pero aun pueden venir días serenos 
en que habré de llorar sobre tus senos 
recién nacidos, toda mi tristeza. 

¿Lo ves?. .. .Perdí en la vida mi riqueza 
y no poseo ya bienes terrenos, 
mas me queda en el mundo, por lo menos, 
el tesoro ideal de tu belleza. 

No habrá de ser nuestra ventura al modo 
•Je esos amaneceres en que todo 
es regocijo y florecer y canto; 

mas tarde de octubreñas languideces 

llena del tierno y fugitivo encanto 

de lo que no hemos de vivir dos veces. 

¡ Qué dolorosa inquietud refleja la última parte del soneto, 
en que el poeta vacila entre la esperanza de la felicidad y la 
visión anticipada de la fuga de los días felices! Acaso análoga 
clarividencia fué la que le arrancó a Abel Marín, otro de los 
jóvenes portaliras colombianos, este grito angustioso: 

¡Saluda el corazón con un sollozo 
el valle patriarcal de la vejez! 

Pero lo que en el uno tiene el acento trágico de la desespe- 
ración, es en Castillo serena y elevada melancolía, herida que em- 
balsama la resignación, u orgulloso sadismo espiritual de encon- 
trar en el alma la "consonancia de una desolación incomparable". 

Hay en las últimas producciones de Castillo una marcada 
tendencia mística que coincide con un sabor más castizo de la 
forma. Quizá es difícil encontrar entre los poetas de la lengua 
unción religiosa más honda que la que encierra la Plegaria a 
Jesús. ¿Habrá ido a buscar reposo a su inquietud en la religión 



POETAS COLOMBIANOS 201 

de las supremas consolaciones? Quién sabe. Castillo, por mu- 
chos aspectos, recuerda a Verlaine, y de él ha dicho L. E. 
Nieto Caballero en un admirable boceto: "Tan alejado se halla 
de la materia, que hasta desprecia y castiga la que le sirve de es- 
tuche para su alma Inmaterializándose, tratando que su 

carne se convierta en llama, ha ido tomando el aspecto de uno 
de esos ascetas consumidos por el amor divino. Bajo la capu- 
cha, en el siglo XV, de pasear por las calles de Florencia, el 
pueblo hubiera dicho: "¡Savonarola!". 



MANUEL A. CARVAJAL. 



Parnaso Colombiano 



ALMA ANTIGUA 



Yo, en siglos ya remotos, viví por modo vario: 
bardado de oro y cinta la espada de Toledo 
hasta la Tierra Santa fui en pos de Godofredo 
y en sangre infiel tiñóse mi acero temerario. 



Luego, en cartujas lóbregas, fui monje silenciario; 

vi, sobre los eclipses y el terremoto, el dedo 
de Dios, y entre la peste y el hambre sentí el miedo 
de la luctuosa y trágica noche del milenario. 



Y he sido rey, trovero, paje, pastor, de modo 
que todo lo he ganado, que lo he perdido todo., 
No hay para mí dolores ni júbilos extraños. 



Pequeño ante esa herencia de amor, fe y heroísmo, 
me espanta la abolida grandeza de mí mismo 
y siento la fatiga de quien vivió mil años! 



PARA LA NAVE DE VIRGILIO 



(Imitación de Horacio) 



Que el céfiro más puro y más suave 
propicio impulse sobre el mar salino 
hacia la Sacra Hélade la nave 
del poeta latino. 



Llévele olor de rosas y azahares 
la brisa matinal que se insinúa 
entre las rojas velas triangulares 
al Cisne de Mantua, 



que anhela ver surgir de las serenas 
olas del archipiélago sonoro 
—que antaño oyó cantar a las sirenas- 
las Cicladas de oro. 



Y ver radiar, mientras la nave avanza 
bajo ¡a dulce claridad febea, 
sobre la santa Acrópolis la lanza 
de Palas Atenea. 



Blanda brisa te vuelva del exilio 
sobre el límpido azur del mar en calma, 
nave que te llevaste con Virgilio 
la mitad de mi alma. 



PLEGARIA A JESÚS 



¿Cómo pude dejar la regalada 
pa2 de tu seno y con fatal desvío 
huir de tu redil, oh Dueño mió, 
como pobre ovejuela descarriada? 



Tarde tal vez retorno a la majada, 
mas te traigo en ofrenda mi albedrío, 
i y un alma que, a pesar de su extravio, 
aun está de tu amor embalsamada! 



Tuya es, mi Bien. La herida dolorosa 
que le abrió tu saeta, es una rosa 
que mana suaves mieles derretidas . . . 



i Oh Amor de mis blandísimas querellas, 
quien conoció el dulzor de tus heridas 
no halla gozo y deleite sino en ellas! 



LA FLORIDA PAZ 



Tanta tristeza sin remedio estruja 
mi juventud, Señor, que desasida 
de todo, tiende a tí desfallecida, 
como hacia el polo la imantada aguja. 

Un hondo anhelo de quietud me empuja 
a ir a llorar las culpas de mi vida 
y a cavar mi sepulcro en la florida 
paz de un jardín umbroso de cartuja. 



Allí, en ese refugio apetecido 
donde el alma se aduerme entre las flores 
embeleñada de oración y olvido, 



iré a buscar el regalado nido 

de tu regazo, ¡Amor de mis Amores, 

siempre soñado y nunca poseído! 



POR LA CRUZ DE LA ESPADA 



(A Ángel María Céspedes, después de una polémica) 

¿Qué azar inexorable, qué Fatum más impío 
que el Fatum tenebroso del numen esquiliano 
nos puso, frente a frente, las armas en la mano 
y el corazón tremente de juventud y brío? 

¿Cómo olvidar pudimos en nuestro desvarío 
tú, el trovador glorioso y el adalid galano, 
que tus saetas iban al pecho de tu hermano, 
y yo que laceraba tu pecho, hermano mío? 

Mds ya cesó la Iticha y en nuestros corazones 
fraternos, al discorde clamor de las pasiones 
suceden alborozos y cantos de aleluya. 

En mi alma, empero, hay algo más grande todavía 
que el júbilo: el orgullo profundo de que un día 
crucé en viril torneo mi espada con la tuya. 

II 

Mal puede en nuestros seres tener cabida el lodo 
de las rencillas hondas y del rencor perverso; 
¿qué importa que nuestro íntimo pensar sea diverso? 
En la belleza Santa se reconcilia todo. 

Artistas y poetas por diferente modo, 
nos une, sin embargo, la religión del Verso, 
y en este siglo, al arte y a la canción adverso, 
por la canción y el arte luchamos codo a codo. 

Así somos hermanos en el cantar divino, 
bien que yo sea el pobre felibre trashumante 
y tú el apolonida de numen peregrino, 

que doma el verso en toda su prodigiosa escala 
y que no sólo tiene los rayos del Tonante 
sino también el pomo de nardo de Magdala. 



LA ULTIMA PAGINA 



¿Un verso, aun indeciso, con su canción te embruja 
como el ave del cuento al monje embelesado? 
Óyelo, mas no apreses al peregrino alado: 
se deshará el encanto como sutil burbuja. 



La mano avara y torpe del artífice estruja 
las alas que semejan un prisma delicado, 
y queda el huésped lírico sobre el papel clavado 
como una mariposa que atravesó una aguja. 



Déjalo con su encanto llenar los infinitos 
abismos estrellados de tu melancolía: 
los versos más hermosos jamás fueron escritos. 



Sobre el infausto Gólgota del libro, acongojada 
y en oblación sin gloria, la Santa Poesía 
— dulce víctima incruenta— . muere crucificada. 



EDUARDO CASTILLO. 



Docencia Magna 



Enseñanza de ¡a filosofía de la vida fundada en la psicognosia 

"El hombre ya no existe. Los que hoy se lla- 
man hombres ... no lo son sino en mínimas par- 
tes. Todos están mutilados, todos están truncos. 
LoB que tienen ojos, no tienen oídos; los que os- 
tentan dilatado el arco de la frente, muestran 
hundida la bóveda del pecho; los que tienen 
fuerza de pensar, no tienen fuerza de querer. Son 
despojos de hombre, son visceras emancipadas. 

RODO. 

La guerra que ha terminado, entre los muchos benefícíos 
que ha hecho a la humanidad — que compensan con creces los da- 
ños causados, ya que más gente muere, en igualdad de tiempo, sólo 
porque los hombres no han querido aplicar a la práctica y en la 
debida forma las nociones de previsión sólidamente estableci- 
das por la ciencia — entre los muchos beneficios de la guerra, 
decía, dos hay de invalorable significado prospectivo, a saber: la 
adquisición de la conciencia de capacidad de organización so- 
cial deliberada y la apreciación del verdadero valor de la edu- 
cación y, por ende, de la necesidad de su reforma. En efecto, 
antes de la guerra, nadie habría osado pensar que todas las insti- 
tuciones de un Estado podían transmutar casi instantáneamente 
toda su organización, para adaptarla a un fin totalmente nuevo; 
sin la guerra, también, nadie se habría atrevido a considerar el 
sisterriia de educación en vigencia como una institución malthu- 
sianista, y del más grave malthusianismo, el del espíritu. 

La base, lo decisivo de un sistema educativo, es su orienta- 
ción, su finalidad. Los actuales fracasan porque carecen de or- 



bOCENCÍA MAGNA 20^ 

ganización, sea por falta absoluta de finalidad, sea por no te- 
nerla humana. Sin un fin esencialmente humano, la educación 
no puede llenar sus requisitos fundamentales, cuales son: de- 
sarrollar la mentalidad, formar el carácter y hacer conocer la 
realidad cósmica y la social. 

Felizmente, gracias a la mentalidad plasmada por la guerra, 
se ha visto, con el horror que merecen, los vicios de orientación 
dentro de cuyos extremos oscila la inspiración de quienes pilo- 
tean la instrucción pública, es decir, el craso utilitarismo, hijo 
de cerebros ayunos de cultura humanista, y el vacuo palabrismo, 
propio de gentes sin nociones científicas: dos tipos — ^más fre- 
cuente el segundo — de hombre público y de pedagogo, que son 
producto natural de esos mismos métodos aberrantes, que, si- 
guiendo el fatal círculo vicioso, acentúan sus defectos iniciales. 

Urge la reforma radical de la educación, porque el tipo 
humano de hoy tiene caracteres mentales que son una amenaza 
para el porvenir. En realidad, no sólo son por demás incomple- 
tos los individuos del presente, en particular desde el punto de 
vista de la personalidad y de la conducta, como bien lo expresó 
Rodó en las frases del epígrafe, sino que, además, son enemigos, 
voluntarios o involuntarios, del saber; filisteos casi por instin- 
to, y daltónicos de espíritu, por la misma limitación de su lati- 
tud intelectual: parece que hubiesen tomado como credo funda- 
mental aquel dicho de Browning: "Mind is nothing but disease, 
and natural health is ignorance". Una educación sin rumbo y 
una cultura sesquipedal, son causas de que los hombres no sean 
hombres sino hambres, sedes, fiebres y apetitos andando, como 
dijera Emerson— quien reconoció que la ignorancia es más cala- 
mitosa que el homicidio. 

Por otra parte, toda reforma de la educación, para que sea 
proficua, ha de basarse en la psicología. Hoy que el estudio de 
las funciones mentales y su evolución ha progresado tanto, y 
que existe una técnica eficaz para la construcción de la perso- 
nalidad y la dirección de la conducta humana, hoy no es con- 
cebible la pedagogía sino bajo el contralor de las ciencias psi- 
cológicas. Sin su conocimiento no se puede favorecer la atrofia 
de los residuos hereditarios, nocivos al individuo y a la socie- 
dad, ni fomentar la formación de nuevos resortes mentales que 
condicionen valores morales superiores y dotados de estabili- 
dad. La ley suprema de la higiene mental es estimular, con de- 
terminada medida y en señaladas condiciones, todas y cada una 
de las funciones vitales y psíquicas del sujeto: ¿Está esto al al- 



2i0 MERCURIO PERUANO 

canee de los maestros de escuela que hoy se acuñan? La respues- 
ta la da elocuentemente el hecho de no encontrarse ya hombres 
integrales, sino entes monstruosamente incompletos o deforma- 
dos. 

Para realizar la tarea educativa que venga a ser verdadera- 
mente regeneradora, es necesario, además de hacer de cada maes- 
tro un profesional de las disciplinas psicológicas indispensables 
a su labor — pues él tiene en sus manos ese formidable haz de 
fuerzas vivas llamado niño, que, según el modo como lo trate, es, 
desde el punto de vista prospectivo, un haz de promesas o un 
haz de amenazas — además de eso, decía, es necesario la inter- 
vención, en el campo de la escuela, de dos nuevos tipos de cul- 
tor de almas: el médico psicólogo y el filósofo pedagogo. El 
primero, que no se identiñca con el alienista, pues éste se ocupa 
solamente de las mentes desequilibradas o en ruinas, sino que 
es profundamente conocedor y diestro orientador del alma hu- 
mana, capaz de mejorar el equilibrio mental y la eficiencia psí- 
quica de cualquier sujeto, por normal que sea, pues siempre le 
puede aproximar algo arquetipo ideal de eupsiquismo— el mé- 
dico psicólogo, pues, para ocuparse principalmente de la adap- 
tación afectiva del sujeto a la vida, destruyendo in statu nas- 
cendi los conflictos psíquicos generados al contacto del niño 
con el mundo, los cuales son factores decisivos para su porvenir, 
pues lo que de ellos queda en la mente, encarna los obstáculos 
de más tarde en el camino del ideal a la acción, y sublimando 
las proclividades innatas, por conversión de los valores egoís- 
tico-sensuales en idealístico-sociales. El filósofo pedagogo, por 
otra parte, para ocuparse fundamentalmente de la formación de 
una superestructura ideológica que, adaptándose a los intereses 
y aspiraciones peculiares al individuo de la época, le dote de una 
personalidad intelectual de tal índole, que sea a la vez órgano 
de !a harmonía subjetiva y venero inagotable de recursos para 
inspirar la conducta más noble y constructiva en todas las emer- 
gencias de la vida cotidiana. 

En esta ocasión no tomaré en cuenta sino la misión del fi- 
lósofo pedagogo. 

Es un hecho, probado hoy hasta la evidencia por la psicolo- 
gía individual, que el espíritu del individuo, desde la más 
tierna infancia, tiende vigorosamente hacia el porvenir, sobre 
la defectuosa intuición del cual edifica puentes ideológicos, es 
decir, principios autógenos de dirección o ficciones que se pue- 
den llamar pragmáticas, y, adaptado a ellas, elabora un yo ideal, 



y DOCENCIA MAGNA 211 

un verdadero Doppelgaenger, amasado de aspiraciones; en o- 
tros términos, con una precocidad, hasta hace poco insospecha- 
da, que parece inverosímil, el individuo necesita de un sistema 
filosófico para adaptarse a la vida. 

Según esto, nada más sabio que aportar al niño elementos 
para que esa filosofía, que ha de ser su destino, no descanse en 
visiones parciales o engañosas del mundo y del yo, y no tienda 
hacia fines en desarmonía con los altos intereses humanos. Pe- 
ro surge una cuestión: ¿De dónde sacar estos elementos para la 
integración de la filosofía de la vida? Su solución, afortunada- 
mente, es factible. No en vano ha tenido la humanidad, desde 
remotos tiempos, grandes conocedores de la propia naturaleza, 
vale decir, poderosos faros cuya luz permite orientarse en el 
océano de la vida. El pensamiento de profetas, moralistas, filó- 
sofos y poetas, que constituye esa "literatura eterna", que dije- 
ra Taine, de cuyos tesoros, hasta hoy, la humanidad no ha sabi- 
do aprovechar: tal será la fuente de recursos que, conveniente- 
mente adaptada, suministrará al niño y al joven el capital pre- 
cioso con que iniciar el gran negocio de hacerse una vida supe- 
rior. Así, la obra de Cristo, Lao-Tse, Heráclito, Eurípides, 
Platón, Horacio, Séneca, Plutarco, Sankara, Montaigne, Sha- 
kespeare, Goethe, Nietzsche y dos docenas más de genios de ta- 
lla aproximada, reinterpretada conforme a las aspiraciones y 
condiciones del presente, sería incorporada a la personalidad co- 
mo fermento psico-ético, esencialmente dinámico; y no ya como 
mero tema de estériles discusiones académicas, cuando no de 
vana ostentación pedantesca. Los secretos que esos agudísimos 
observadores del comportamiento y del fondo humano arranca- 
ron penosamente a la vida, y que formularon en conceptos de 
permanente oportunidad, serían recién debidamente aplicados a 
ella misma: las magnas ideas se trasformarían en poderosos 
agentes funcionales, en fuerzas creadoras de superhumanidad . 
Sin duda columbrando este modo de aprovechamiento de las 
ideas es que Kant escribió a Mendelssohn que "el bien verdade- 
ro y durable del género humano está ligado a la metafísica". 

La civilización, por la falsa ruta que ha seguido en los úl- 
timos tiempos, ha alejado al hombre de su vida, de su verdade- 
ra vida: él es hoy dishumano, demasiado dishumano. La comple- 
jidad desmesurada de la vida exterior y el desarrollo vivaz de 
las instituciones civiles, han tenido por consecuencia ir dejan- 
do cada vez menos posibilidades de diferenciación y de espon- 
taneidad al yo íntimo. Estos mismos factores sociales, en su 



212 MERCURIO PERUANO 

progreso, con desmedro de los verdaderos intereses del hombre, 
han tenido otra consecuencia de igual naturaleza— que quizás 
en el fondo es la misma cosa — ,cual es, desorbitar la conciencia 
del sentido de la vida: la tiranía del industrialismo, del maqui- 
nismo, de la tecnología ha tendido a desplazarla hacia el centro 
de atracción del dominio económico, enteramente artificial y 
desprovisto en absoluto de signiñcado genuinamente humano. 
La Circe del confort ha convertido al rey de la creación en casi 
naüa más que comerciante. ¡Oh nefasto poder del dinero! Ra- 
zón tuvieron los perspicaces babilonios para llamar a éste *'es- 
tiercol del infierno". 

£1 único modo de salir de este mal camino, que no sólo 
acabará por conducirnos a la ruina, pues su pendiente fatal lle- 
va a la disolución de todo lo que puede hacer tolerable la insti- 
tución social, si que también alejará cada vez más al individuo 
de la posibilidad de ser dichoso, pues el género de existencia 
que condiciona hace que sea cierto que cuando el hombre no tie- 
ne motivo de sentirse desgraciado, cause la desgracia, como ex- 
presa el clásico verso: 

"Da er kcin Eíend hat, so will er Elend machen" 

— el único modo de salir de éste mal camino, decía, es hacer de 
cada niño que se educa un filósofo preparado para seguir mejo- 
res vías. 

He dicho ya de qué clase ha de ser esta filosofía propedéu- 
tica, cuyo fín, en vez de una hermetización dogmática del pensa- 
miento, como prácticamente lo es en la enseñanza de naturaleza 
medioeval que todavía prevalece, ha de ser un instrumento de 
liberación y ampliación del espíritu, desplegándolo hasta su lí- 
mite extreme. En vez de voluptuosa contemplación intelectua- 
lista, que priva de su activismo a la voluntad, ha de ser pragma- 
tismo constructivo, estimulante específico de las fuerzas expan- 
sivas del sujeto. Según el criterio que preconizo, la filosofía de 
la experiencia de la vida humana, no utilizará, pues, el pensa- 
miento genial como mero objeto de conocimiento, de admiración 
ataráxica o de culto fetiquista, sino como fuente de motivos di- 
námicos para la configuración de una personalidad íntima que 
dote al carácter de fibras de resistencia y al espíritu de volun- 
tad de crecimiento; como sugeridor de esquemas de aprovecha- 
miento artístico de la existencia y de táctica en la conquista de 
la aptitud para la felicidad : en una palabra, la filosofía de la vi- 



DOCENCIA MAGNA 213 

da, enseñada como es debido, será capaz de convertirse, en 
tanto que asimilación subjetiva, en el supremo poder de crearse 
fines y de crearse medios para hacer más noble, bella y útil la 
existencia. 

La filosofía de la vida, así orientada, es, según mi concep- 
to, lo único capaz de hacer que el hombre vuelva a ser hombre, 
y ya hombre superior, o sea: integral, eupsíquico, omnibiótico y 
antropotécnico ; en otros términos, que tenga una organización 
mental completamente desarrollada en todos los aspectos del in- 
terés y del desinterés humanos, al mismo tiempo que harmonio- 
sámente jerarquizada gracias a la hegemonía espontánea de los 
valores elevados; que, en correspondencia con esta organiza- 
ción mental; lleve una vida que realice y ejercite con vigor to- 
dos los ideales y todas las necesidades que hacen del hombre 
un ser noble y un animal lozano, digno del dominio del futuro. 

Se argüirá, tal vez, que la educación así instituida sería rui- 
nosa para la moral del renunciamiento, de la anulación del yo, 
pues favorece la autoestimación : ello, en cierto modo, es verdad; 
pero esta forma superior del natural egoísmo es la base necesa- 
ria para una moralidad inteligente y verdaderamente estable: 
gracias a ella el individuo tiende a ser el artífice de su persona- 
lidad, y por ende, a que sea una obra grande, pues hará sustituir 
en su escala de valores los halagos de la utilidad inferior por las 
compensaciones de la espiritualidad estoica— quintaesencias, tal 
vez, del egoísmo orgulloso y arrogante, cuando nó producto in- 
directo de un misticismo paleogénico — , soberanía que implica 
una atmósfera interior de conciencia de la propia dignidad, 
propicia al heroísmo en lo pequeño como en lo grande. Por lo 
demás, toda ética opuesta al respeto de sí mismo, es una super- 
fetación contra natura, que pronto o tarde degenera en hipo- 
cresía, (i) 



(i) .—Lo que en otra ocasión he dicho refiriéndome a la necesidad 
de que la escala de valores subjetivos esté en concordancia con el co* 
rfocimiento científico de la realidad exterior, también se puede aplicar 
a la necesidad de que tal escala concuerde con la realidad de la consti- 
tución egocéntrica del mundo interior: "Si los ideales que forman la 
superestructura no son incompatibles con la realidad, y si, por el con- 
trario, se alimentan de ella, alcanza entonces la personalidad moral una 
amplitud de horizonte y una elevación de tal grandeza, como no puede 
alcanzar cuando está emparedada por prejuicios: únicamente por esa 
VÍA llega al más arriba del interés, cumbre suprema de U aristocractm y 



214 



MERCURIO PERUANO 



La cuestión práctica de la docencia magna tiene tres aspec- 
tos, a saber: 

a). — La extracción del tesoro ideológico y su organización. 
de suerte que — gradualmente y basada en las necesidades, dis- 
posiciones y afinidades de cada período del desarrollo mental y 
moral del sujeto, que ha revelado el psicoanálisis,. — la organiza- 
ción del tesoro ideológico de suerte que sea un estimulo oportu- 
no para que el educando tome conciencia de los problemas hu- 
manos milenarios y de los mejores modos de solucionarlos. En 
esta tarea deben colaborar el filósofo ,el psicógnosta, el pedago- 
go y el erudito. 

b). — La preparación de quienes han de ejercer el elevadísi- 
mo magisterio, la docencia magna, de cuya habilidad dependerá 
en buena parte que haga de los escolares, nó eruditos o ergotis- 
tas, sino hombres de visión y de acción. 

c). — La iniciación y la duración de la docencia magna: 
cuesti.'.n que no tiene dificultades, pues, por su misma natura- 
lera, debe comenzar con el primer año de instrucción primaria y 
terminar con el último de cultura universitaria. Sólo con una 
acción incesante e intensiva se puede conseguir de un alma que 
desarrolle hasta su máxima plenitud lo que en ella es apenas 
virtual o ambivalente, y que oblitere sus proclividades connatas. 

El segundo aspecto de la cuestión, b), es el verdaderamente 
difícil, pues la instrucción unilateral y dishumana de hoy no 
puede formar sujetos con las aptitudes ni mucho menos con la 
preparación para ese magisterio: el problema es, pues, formar la 
primera generación de filósofos pedagogos. La nueva enseñan- 
za, por estas limitaciones, tiene que comenzar en muy pequeña 
escala, posiblemente en un sólo instituto. Toda iniciación tiene 
dificultades que vencer y peligros que salvar: a costa de gran- 
des esfuerzos y de grandes sacrificios es posible llegar a formar 
el tipo necesario, aunque sea después de muchas tentativas in- 
fructuosas. Y ¿qué significan todos los más dolorosos freí<:asos 
que pueda sufrir el hombre con el intento de mejorar al hombre, 
si llega a conseguirlo, aunque sea en grado mínimo? ¿Hay, aca- 
so, algún otro objetivo más grandioso y más digno de abnega- 



pureza espiritual. Una moral es tanto más noble cuanto mayor es bu 
coritenido de verdades".— HONORIO F. DELGADO: "La mentalidad 
místico r romántica y la filosofía científica". Revista d« Filosofía (Bue- 
nos Aires), Julio igi8, p. 84. 



DOCENCIA MAGNA 215 

ción heroica que salvar al hijo del hombre? ¡Nada significarían 
todos los trabajos e insucesos posibles en la prosecución de esta 
idea de la docencia magna, ya que ella colocaría a la especie en 
el camino hacia el verdadero superhombre! 

Permítaseme ahora poner este proyecto a cubierto de las 
objeciones de los filisteos. Los antropólogos afirman, con razón, 
que los salvajes, a fuerza de empeñarse en ser prácticos, son los 
seres menos prácticos del mundo. Me parece que esto es verdad 
también para muchísimas gentes que por su apariencia y por 
alguna otra cosa se les considera como no salvajes. En efecto, 
por doquier tocamos con personas que sólo creen práctico aque- 
llo cuyas consecuencias útiles son ostensibles dentro del limi- 
tadísimo campo visual de su miope inteligencia. Por desgracia, 
lo verdaderamente práctico, lo soberana y humanamente prác- 
tico no puede abarcarse en el menguado campo visual de los za- 
fios Lo práctico terre á terre, con frecuencia, a la larga es más 
dañino que beneficioso. Si el hombre no hubiera sido capaz de 
otro practicismo que del inmediato, no habría pasado de la edad 
de piedra. Los grandes promotores del progreso son más bien 
aquellos que desprecian la pequeña ventaja del momento por 
conquistar una inmensa y durable, pues ellos solos saben des- 
criminar lo accidental de lo permanente. 

Si la docencia magna no resulta más que una utopia, será 
por que el hombre que la juzga no está a la altura de los pro- 
blemas y de la cultura de su época; y si no se lleva a la prácti- 
ca, será sencillamente porque las gentes de progreso no son las 
gentes del poder. La superioridad incontestable que la civili- 
zación confiere al hombre, es el saber, y su poder decisivo es 
tomnr éste como .medio, como instrumento de progreso: Un 
país vale tanto más cuanto mayor es su aprecio por la cultura y, 
sobre todo, cuanto más grande es su coeficiente de utilización 
del saber. Alemania alcanzó el primer lugar entre las naciones 
porque incorporó intensamente en la práctica el truismo: durch 
Kennen zum Koennen. Cuando veo que la gran mayoría de los 
hombres permanece indiferente al imperativo categórico del sa- 
ber, hallo justificada la boutade de Rudyard Kipling: hablando 
de unas focas que no hacían más que pelear estérilmente, dice 
el gran poeta: '7or they were just as stupid and unaccomodating 
as men." 



HONORIO F, DELGADO, 



La voluntad creadora 



A propósito de una parábola de Rodó. — 

Leí hace tiempo, con sin igual deleite y contracción, "Mo- 
tivos de Proteo", de José Enrique Rodó. Obra maravillosa por 
la armonía y ática pureza del estilo, lo es más aún, por el sabio 
credo de vida que proclama. Jamás me produjo un libro, impre- 
sión tan fuerte y perdurable, ni tan altísimo provecho. "Moti- 
vos de Proteo" es un himno entonado a la voluntad triunfado- 
ra, a la vida que se afírma con plenitud y se renueva a través de 
creaciones radiantes y perennes; es el elogio del hombre fuer- 
te que, sabedor de su dignidad espiritual, se produce con auda- 
cia, se encumbra en la lucha, y triunfa por afirmaciones constan- 
tes de su personalidad. Es, en suma, la moral-estética de la fuer- 
za libre y armoniosa, edificada en torno de un valor esencial: la 
voluntad . 

Suprimid la voluntad, y la vida se extingue en sus más ri- 
cas calidades. Perdido su intimo sentido moral y su belleza 
dinámica, sólo podrá brindar al observador intuitivo y sagaz, 
los atributos de la materia indiferente. Es la inquietud de re- 
novación, el ansia inaplacable de ser siempre mejor bajo la su- 
gestión irresistible del ideal, lo que da significación a una vida. 
"Renovarse es vivir", porque la vida sin mutaciones, inquietu- 
des y progresos, no vale la pena de vivirse. Bien está que el bru- 
to, sometido al tremendo rigor de las leyes naturales, consuma 
sus fuerzas en el rutinario proceso de una vida simple. Pero no 
es compatible con la superior dignidad del hombre, conformar- 
se a una situación tan apocada. Por eso, cuantos tuvieron ap- 
titud para comprender la sustantiva finalidad creadora de la vi- 
da opusieron a la vida que se deja vivir, la vida que debe vivirse, 
y vibraron, con profundo dolor, ante el prosaísmo miserable de 



LA VOLUNTAD CREADORA 2l7 

las existencias que discurren monótonas y homogéneas, como si 
un fatum todopoderoso las obligase a cruzar un sendero ya tra- 
zado por ajeno designio. Y enseñaron, en cambio, el optimismo 
del esfuerzo incesante y creador, que fortifica y exalta. 

Sólo cuando el hombre sufre el contagio de estas nobles 
lecciones dictadas por la experiencia de los fuertes, puede obte- 
ner la clarovidencia de su valor y de su fin. Más para esto es 
necesario unir a la obra fecunda de los buenos consejos, la ex- 
perimentación personal. No se forja una voluntad dentro de 
una brillante ideología, sino en un campo de lucha. Es indis- 
pensable buscar salida a la iniciativa que se incuba, abrir un 
cauce al impulso que pugna por estallar en irradiaciones de e- 
nergia; y luego, adquirir la virtud de la perseverancia. No es 
un volitivo, el hombre de los raudos impulsos iniciales, ni el de 
las acometidas fulminantes; éstos se agotan en el exordio de la 
acción, y desfallecen ante le perspectiva de unos cuantos tro- 
piezos. El volitivo de verdad posee la energía habitual de la 
realización; hace de las ideas, fuerzas, y de las fuerzas, instru- 
mentos formidables para llegar al fin. Y he aquí, por qué debe 
aprenderse a mortiñcar la voluntad, a sufrir limitaciones y mar- 
tirios libremente impuestos, para saber sufrirlos cuando la vi- 
da, sin nuestra anuencia, los impone. Es preciso tener la certe- 
za de que nuestros actos no pueden desplazarse con la simpli- 
cidad geométrica de una línea recta, porque la senda de los hom- 
bres no es plano inclinado de superficie suave, sino camino tor- 
tuoso, sembrado de tapujos que han de robar energía, y eriza- 
do de espinas que han de abrir heridas. Pero también debe con- 
venirse en que todo ésto es necesario, porque la victoria fácil 
es la simple aprehensión de algo que por sí sólo se brinda y de- 
ja insatisfecho el espíritu, como el amor de las mujeres en una 
hora conquistado. Triunfos de ésta clase, no producen goces 
inefables ni educan el espíritu. Lanzarse a la vida sabiendo que 
la lucha es dura, que el obstáculo es axiomático y que en la 
enorcre concurrencia de apetitos humanos, surge y se eleva el 
de más vigorosa voluntad de persistencia ¡ tal es la leyenda con 
que los buenos y los fuertes deben suscribir todas sus empresas!. 
Y es sólo de este modo que la voluntad se endurece y agigan- 
ta, que el espíritu se multiplica y crea, resolviendo sus maravi- 
llas de ideación y de sentimiento, en hechos y producciones de 
consistencia vigorosa. 

¿Qué significación puede tener, dentro de éstas ideas, la 
quietud contemplativa de los pesimistas y de los abúlicos? Va 



118 



MERCURIO PERUANO 



apatía del estoico o la ataraxia del epicúreo, son posiciones fal- 
sas, excesivamente femeninas, del hombre en la existencia. 
Quien renuncia a intervenir en el concurso de fuerzas de la vi- 
da, por temor a la batalla inminente o por la perspectiva de una 
derrota posible, pone a su espíritu el más denigrante de los 
frenos. No jugar por el miedo a perder es tan intonso, como ha- 
cerlo con la confíanza ciega de ganar. Si justamente es necesa- 
rio hacer audaces apuestas en la gran aventura de la vida, y 
aun perder, para templar la voluntad en el fracaso y avivar la 
fé en las caídas, como se enseña en el precioso mito helénico de 
Anteo: porque el triunfo perpetuo engríe y envanece, y no per- 
mit'' extraer de las derrotas dignas, la enseñanza moral que ellas 
contienen. Necia es, pues, la actitud de aquellos hombres que 
entierran su sueño y se juzgan aplastados, porque sufrieron un 
fracaso. Nadie ha conquistado el derecho a las victorias perpe- 
tuas, pero tampoco a las derrotas sistemáticas. En esta aleato- 
ria conquista del porvenir que encierra para cada hombre su 
hermoso vellocino, es, precisamente, aquella eterna vacilación 
del futuro, lo que permite situar toda esperanza con igual de- 
recho. 

Destruido un ideal, es preciso creear otro para seguir vi- 
viendo; porque sin la perspectiva idealista y tonifícante de la 
esperanza y de la f¿ en el pujante esfuerzo, va enfriándose el 
amor por la vida y surgiendo aquel escepticismo malsano que 
amarga y ennegrece el espíritu. Sólo los débiles, los que por fa- 
natismo religioso, como el yogui indostánico, o por insana ma- 
nía de tristeza, viven sintiendo el imperio de una extraña fata- 
lidad, se agotan en la apatía soñadora y estéril y renuncian, sin 
reservas, a todo nuevo esfuerzo. Estos espíritus que se marchi- 
tan al primer derrumbe y se doblegan con resignación silencio- 
sa, cual ramas finísimas que quiebra el viento, forman en la vida 
la masa de vencidos. Todos ellos, abúlicos por herencia o por 
educación, son "muertos que andan", según la frase pintoi^sca 
y rotunda del poeta uruguayo; y, por eso, quedan al margen de 
la vida, limitados al triste papel de contemplar el desfile es- 
truendoso de la humana cabalgata que forman los activos, los 
luchadores, los que buscan el camino del ideal con resolución 
e inextinguible dosis de voluntad creadora. 

Es preciso modelar el espíritu desde sus primeras vibra- 
ciones, en esta amplia y noble escuela de la vida, abierta para 
todos los que tienen hambre y sed de verdad y de victoria. Es 
preciso aprender a ser fuertes, asimilando las lecciones sabias y 



LA VOLUNTAD CREADORA 219 

profundas de los grandes maestros de energía que como James, 
Mardens, Rodó y tantos otros, han escrito el evangelio de la 
fuerza espiritual, siempre renovadora y constructiva, que rom- 
piendo los linderos de la materia, se expande en irradiaciones 
de bondad, de sabiduría y de belleza. 

José Enrique Rodó, ha condensado esta doctrina, maravi- 
llosamente, en una parábola notable: la pampa de granito. He 
aquí, condensada, su estructura. 

En una inmensa pampa de granito, desolada y estéril, se 
yergue altivo, con la mirada imperiosa y el gesto duro del re- 
suelto, un viejo de aspecto miserable A sus plantas aparecen 
tres niños escuálidos, débiles y jeremíacos. El anciano anida el 
pensarr.iento atrevido de fecundar la pampa; posee una simien- 
te, pero le faltan instrumentos para horadar el suelo, tierra para 
cubrir la fosa y agua para irrigarla. Entonces, sin doblegarse 
ante tamaño obstáculo, coge a uno de los niños por las piernas y, 
contra toda resistencia, le ordena y le obliga a roer el suelo. 
Largo tiempo empleó el niño en conseguir su objeto; más al fin, 
la fosa estuvo abierta. En la cavidad, arrojó el anciano la semi- 
lla. Pero, era indispensable colmarla de tierra, y tomó al se- 
gundo de los niños, rehacio como el primero a todo esfuerzo, y 
separando con fuerza sus mandíbulas, lo puso boqui-abierto, en 
sentido contrario al de los vientos, para que éstos depositaran 
en sd boca los átomos de tierra que arrastraban; y el niño escu- 
pía periódicamente la tierra reunida hasta que la fosa fué lle- 
na. Faltaba agua, por fin, y asiendo al tercer niño, le quebran- 
tó un brazo para que llorara, y gruesas lágrimas cayeron de sus 
ojos, y regaron la tierra. Transcurrieron los años y un arbus- 
to de alta y frondosa copa se levantó en aquella fosa. Los ni- 
ños y el anciano, tuvieron desde entonces, sombra protectora, 
frutos que comer y jugos para aplacar la sed ardiente. Y así se 
hizo fecunda aquella inmensa y desolada pampa de granito. 

¿La interpretación? 

Aquel viejo inflexible y enérgico, simboliza la voluntad 
disciplinada; y aquellos niños, los apetitos humanos, insubordi- 
nados y caprichosos, pero susceptibles de utilización maravillo- 
sa cuando se les somete al imperio de un carácter férreo . Se ense- 
ña en esta parábola cómo una voluntad poderosa, quiebra todas las 
resistencias que coactan la expansión creadora de la vida, y ter- 
mina por afirmarse vencedora. 

HUMBERTO BORJA G. y URRUTIA. 



Sonetos 



ESPERO LA VISITA 



Espero la visita de una dama enlutada. 
Nunca he visto su rostro.pero lo he presentido 
cuando en las negras horas de la noche callada 
se acerca hasta mi lecho creyéndome dormido. 



La peregrina dama tiene muchos amantes, 
aunque a ninguno de ellos jamás dio desengaño. 
Su boca es para todas las bocas anhelantes 
y a lodos da cabida su corazón extraño. 



Me dicen que su espíritu complicado y profundo 

recoge avaramente con nuestras alegrías, 

como en un vaso inmenso, las lágrimas del mundo; 



que satisface todos nuestros locos excesos, 

con sus caricias raras y con sus manos frías. ..... 

¡Si es cierto, he de saberlo cuando me dé sus besos! 



FLOR DE LOS TRISTES 



Ante aquella hornacina, donde viejos abuelo* 
abrían en las horas graves los corazones, 
a la manera de una floración de los cielos, 
medraron como rosas de fé mis ilusiones. 



Allí desbordó el alma sus primeras unciones, 
dulce Virgen María, de los días risueños; 
cuando recompensabas mis blancas oraciones 
poniendo tus estrellas de paz sobre mis sueños . . . 



Yo quisiera volver nuevamente a creer; 
aprender a esperar lo que nunca ha de ser, 
^ confiarte mi cuita, y rendir mis anhelos, 



y decirte las cosas de mi melancolía, 

ante aquella hornacina de los viejos abuelos, 

a Tí, Flor de los tristes, suave Virgen María. 



lAJlS A, RIVERO. 
1919, 



Leyendas Guaraníes 

MBOPI-GUAZU 
(EL VAMPIRO.) 



Era Yaguareté (i) un cacique temido por su tribu, y más 
temido aún por las tribus enemigas. Su crueldad no tenía lími- 
tes: por eso a muchos soles de distancia se le conocía con el mo- 
te de "ei tigre". Esto no obstante, su predominio entre la india- 
da aumentaba incesantemente, pues la victoria era su compañe- 
ra inseparable, y allí donde Yaguareté se presentaba con sus hues- 
tes feroces, rodaban las cabezas enemigas por centenares, sin 
que hubiera piedad ni aun para las mujeres y los niños inde- 
fensos. 

Sentía el salvaje la obsesión de la sangre. Verla correr so- 
bre la verde grama de los campos, después de la pelea, era para 
él un deleite supremo. En esas horas trágicas sus mismos par- 
ciales temblaban al acercársele, temiendo ser víctimas del vér- 
tigo rojo del cacique. 



II 

Decíase de Yaguareté que no era hijo de mujer. Corría una 
conseja entre los infieles, singular y portentosa. Se contaba 
que el caudillo fué hallado, a poco de nacer, en el hueco de un 



( 1 ) . — "Yaguar eté".— Guaraní : tigre . 



LEYENDAS GUARANÍES 223 

añejo tronco de ombú (i), y que le dieron a luz con dientes y 
que, de su garganta, en vez de lloros, partían agudos silbos y 
chirridos que hacían estremecer de pavor a las personas que le 
rodeaban. Se añadía que la carne humana era su manjar apete- 
cido, y que sacrificaba tiernas criaturas para devorar sus entra- 
ñas en canibalescos y horrendos festines. 

En fin, las tradiciones que acerca de Yaguareté corrían de 
boca entre sus hombres de guerra, y a muchas jornadas de dis- 
tancia de su comarca, le pintaban como un monstruo que tenía 
tanto de hombre como de fiera y del cual era preciso precaverse, 
sobre todo en sus días sombríos, que eran los más del año. 



III 

La ruda lucha había llegado a su término. Vencido y dis- 
perso el enemigo. Yaguareté dirigía el reparto del botín entre 
los suyos, señalando para sí, como lo hacía de costumbre, la par- 
te principal de lo cogido. La escena se desarrollaba en medio 
de una selva, en plena noche y a la luz de las fogatas del vivac. 
Armas, mantas, pieles de venado y de jaguar, plumas de varia- 
dos colores vituallas y mujeres y niños cautivos, constituían el 
despojo hecho en la jornada a la tribu derrotada y fugitiva. 

Entre los prisioneros todavía respetados por la bárbara 
horda triunfadora, hallábase un cacique tupí con su familia: 
la mujer y tres hijos de tierna edad. Estos lloraban amar- 
gamente, abrazándose a las rodillas de la madre. El cautivo, en 
cambio, fuerte de ánimo, miraba con altivez a sus enemigos, er- 
guido en medio del grupo formado por su consternada compa- 
ñera y los niños. 

Era la prisionera una joven de extraordinaria belleza, real- 
zada ésta por los vistosos atavíos que adornaban su cuerpo es- 
belto. Vestía un faldellín de algodón de vivos colores, llevaba 
ajorcas de plumas de colibrí y ceñía su cabeza con una polícro- 
ma diadema de hermosas gemas del nativo suelo. 

También ella lloraba, presintiendo las crueldades del ven- 
cedor inexorable. 

Concluido el reparto del botín, dirigióse Yaguareté al sitio 
donde se hallaba el cacique tupí, y después de lanzar a éste una 



(i). — "Ombú".— 'Árbol indígena de los países que forman la cuen- 
ca del Plata. 



224 MERCURIO PERUANO 

siniestra mirada, preñada de amenazas, prorumpió con terrible 
acento : 

¡Por fin te tengo en mi poder, despreciable tupil y ni el 
mismísimo aña (i) va a librarte del suplicio que te preparo. 
¿Ves ese gran hoyo que mis fieles soldados están cavando? En 
él serás arrojado, junto con tus hijos, cuando se encienda la ho- 
guera más inmensa que habrán alimentado los Teños de este bos- 
que. Y eso no es todo ¡canalla! — agregó el diabólico cacique, — 
a fín de que tu muerte sea más espantosa, quiero que sepas de 
antemano que tu mujer, que hago desde ahora mi esclava, va a 
presenciar tu agonía 

Dicho esto, y lanzando una satánica carcajada, volvió el je- 
fe guaraní la espalda al prisionero y encaminóse al centro dek 
vivac . 



Llamas rojas, azules y violáceas se elevaban a una altura 
mayor que la de los más gigantescos árboles de la floresta cen- 
tenaria. Se habían talado troncos corpulentos para abrir brecha 
y dejar un espacio libre destinado al suplicio de los prisioneros 
tupis. 

La chusma salvaje, con su jefe al frente, rodeaba a aquéllos, 
dirigiéndoles los postreros apostrofes injuriosos. 

El tupí, impávido y desafiando con mirada plena de despre- 
cio a sus ruines enemigos, escuchaba los cobardes insultos sin 
mover los labios: mientras su compañera sollozaba, estrechando 
sus hijos contra su pecho, presa de la más honda desesperación. 

El valor sin igual del cautivo puso fuera de sí a Yaguareté, 
quien en un impulso de despecho y de furor, azotó con el arco 
de su flecha el rostro hasta entonces sereno de aquél. La san- 
grienta y cobarde afrenta hizo temblar de coraje al tupí. 

— jVil!, exclamó, escupiendo a su verdugo. 

Iracundo Yaguareté lanzó una interjección soez y dio una 
orden breve, imperativa, a su chusma que rápida se abalanzó so- 
bre el tupí, arrancando al mismo tiempo a los niños del regazo 
de la madre. 

Fué obra de segundos. Las llamas voraces envolvieron los 
cuatro cuerpos sin dar tiempo a las víctimas para arrancar de 
sus pechos un lamento. La indiada feroz dio un alarido espan- 



(i). — "Aña". — Guaraní: el demonio, 

^ ' _ 4... 



LEYENDAS GUARANÍES 225 

toso. El tigre de la selva arrastró por los cabellos a la hermosa 
tupí y la llevó junto al borde de la hoguera, donde convulsos se 
revolvían aún los cuerpos de las víctinnas. 

— Quiero que veas, — díjola con saña horrenda, — cómo se 
venga tu nuevo dueño de las personas que odia. . . 

No pudo continuar. Aquella esposa y madre enloquecida 
por el dolor, sacó fuerzas hercúleas de su flaqueza, y empu- 
jando con rara pujanza al malvado, lo precipitó en medio de las 
llamas . 

Con los ojos inmensamente abiertos, los brazos levantados, 
la voz vibrante y profetice el acento, lanzó la india una impre- 
cación formidable, ante los sobrecogidos parciales del cacique: 

— ¡Monstruo de maldad sin igual en la tierra, que Aña (i) 
te haga renacer de tus cenizas y te convierta en animal repug- 
nante y horroroso, que viva entre sangre por toda la eternidad ! . . 
¡Qué la luz del día te rechace de su lado y sólo reines en la ti- 
niebla, junto con los espíritus que rondan en torno de las tumbas 
malditas ! 



VI 

Terminada la tremenda imprecación, la tupí, paso a paso, 
con imponente majestad, llevando siempre los brazos en alto, 
y la mirada hierática, penetró plácidamente en la hoguera para 
unirse con los suyos en idéntica muerte 



Pero las llamas se apartaron a su paso sin rozarla, y su si- 
lueta se esfumó, poco a poco, cual si fuese un ser impalpable, 
de ensueño 



En el mismo instante sacudió la selva un trueno formida- 
ble, y, del centro de la hoguera, que se extinguió de súbito, sur- 
gió un extraño animal, de anchas alas membranosa? y cuerpo 
negro y velludo. Dando raros y agudos chirridos acometió a la 
turba de gentiles, que huyó despavorida como si se hallara en 
presencia de un endriago. 



( I ) . — " Añá".^Guararií : el demonio . 



226 MERCURIO PERUANO 

VII 

Y dice la conseja que, noche a noche, de la sepultura de ca- 
da reprobo se abre paso un horrendo vampiro, que retorna antes 
de despuntar el alba con el hocico sangriento y los ojos con bri- 
llo de carbúnculos. Agrega la leyenda que en la tierra que cu- 
bre esas tumbas no crece yerba alguna y que, si se depositan flo- 
res, se transforman, con las tinieblas, en abrojos. 

VIII 

Y así se viene realizando, a través de los tiempos, la terri- 
ble maldición. 



LOS PUIHTA-YOVAI. (i) 
I 

Gran reanión de gentes se advertía en la aldea guaraní; y 
no tenían los indios el alegre continente de los días de expan- 
sión, sino al contrario, el aire mustio y apesadumbrado propio 
de los acontecimientos dolorosos. Y tal era, en efecto, el que 
congregaba allí a muchas centenas de hombres, de mujeres y de 
niños. 

El patriarca de más edad de la comarca, el depositario de la 
ciencia y la tradición, el sacerdote y hechicero de los valientes 
botocudos, había muerto de manera inesperada por la noche, y 
su urna funeraria iba a ser conducida en ese momento al vecino 
cementerio . 

Las "plañideras" lanzaban agudos lamentos desde el inte- 
rior de la cabana mortuoria, y las coreaban, afuera, las mujeres 
y los chicos. Los hombres hablaban entre ellos quedamente, ta- 
citurnos, preocupados . . . 



(i). — "Puihta-yovái. — Indios de raza guaraní, que poseen la ha- 
bilidad de despistar al que les persigue, dando determinadas forma al 
pie, en virtud de lo cual es imposible saber la dirección en que caminan. 
Habitan en el sur del Brasil; y se dice que en las selvas vírgenes del es- 
te del Paraguay hay también núcleos de esos itktios que se han unido 
a los guayaquies. 



LEYENDAS GUARANÍES 227 

La aldea estaba triste, y hasta el cielo parecía asociarse al 
duelo de los gentiles, cubriendo su puro azur con un manto de 
nubes aplomadas. 

II 

La gran urna de primorosa alfarería, adornada de simbóli- 
cos dibujos, acababa de ser sepultada en la colina de los muer- 
tos, y las personas que formaban el cortejo depositaban sobre la 
tumba piedras y guijarros. 

Terminada la piadosa práctica, consagrada por larga y res- 
petada tradición, el nuevo abaré (i) habló a la multitud y predi- 
jo la obligada e inminente desgracia: 

— "La muerte de nuestro amado patriarca nos trae un grave 
infortunio. £1 enemigo de los botocudos se aproxima con un 
poderoso ejército que no podremos rechazar. Se halla muy cer- 
ca de nuestro poblado, según me lo acaban de comunicar los es- 
cuchas que teníamos en acecho. Hay que hacer, hermanos, el sa- 
crificio doloroso de abandonar sin demora casas y haciendas. Id 
a hacer vuestros aprestos sin vacilar. 

j Temed al espíritu del difunto !" (2) . 

Concluida la breve e impresionante arenga, regresaron los 
gentiles en silencio a la aldea, donde cada cual reunió precipita- 
damente los objetos y armas indispensables para el largo viaje 
que era forzoso realizar. 

Muy avanzada la noche llegaron otros escuchas, los cuales 
refirieron que numerosas fuerzas enemigas trataban de circun- 
dar la población. No había, pues, tiempo que perder. Toda la 
tribu se puso en movimiento y, poco después, iniciaba su éxodo 
desesperado a ignoradas y lejanas latitudes, oyendo a sus espal- 
das el alarido rabioso de las huestes invasoras burladas. 

La marcha duró toda una luna (3), y fué penosa y dura. 
Cuando los botocudos acamparon definitivamente, se encontra- 



(i). — "Guaraní" sacerdote; hechicero. 

(3). — Los guaraníes creen en la supervivencia de los espíritus. Es- 
tos no abandonan el cuerpo después de la muerte de las personas, pues 
viven en sus cercanías por largo tiempo, rondando las casas y pueblos 
de los muertos . El espíritu es protector para los buenos y castiga ine- 
xorablemente a los malos. 

(3) . — Los guaraníes tienen el mes lunar y cuentan también los días 
por soles. - 



228 MERCURIO PERUANO 

ban a enorme distancia de la abandonada terruca, y habían re- 
corrido parajes donde ningún otro ser humano había pisado ja- 
más. 

III 

Entre tanto ocurría una cosa extraordinaria en la indiada 
del malón. Sus avanzadas dieron pronto con las huellas de los 
fugitivos y las siguieron un día entero, al cabo del cual obser- 
varon estupefactos que se hallaban en el mismo sitio de partida. 

Comunicaron el extraño caso al jefe principal de la tribu; se 
reunieron los ancianos; oyóse al abaré; se consultó la opinión 
de los más expertos y sagaces rastreadores, — y nadie fué capaz 
de hallar una explicación satisfactoria. Pero se convino en sgeuir 
las huellas estampadas en la tierra, de nuevo y con el mayor 
cuidado posible, encargándose de la delicada exploración todos 
los invasores. 

Resuelto el punto, se organizó de inmediato una batida en 
regla, iniciándose la marcha a partir de las primeras señales de- 
jadas por los botocudos a su salida de la aldea. Allí notaron 
que aquellas tomaban tres diferentes direcciones, por lo cual se 
acordó que los rastreadores, fraccionados a su vez en tres gru- 
pos, recorrerían por separado cada una de las series de huellas 
halladas . 

Partieron los exploradores y caminaron todo un día, pero, 
con general contrariedad y sorpresa, se encontraron al término 
de la jornada, los tres grupos, en el preciso paraje donde habían 
comenzado la batida. 

£1 caso era, por demás singular e inexplicable. Los ras- 
treadores, profundamente heridos en su amor propio, experi- 
mentaban una rabia feroz. Se sentían dispuestos a no darse por 
vencidos y seguir con tenacidad la pista del enemigo hasta dar 
con su nuevo refugio, aunque tuvieran que inquirir durante to- 
da la vida. De la misma manera pensaban los demás infieles. Y 
se reanudó la batida; y se repitió cien veces el encuentro de los 
grupos; y se produjeron nuevas escenas de despecho y de co- 
raje; y un verdadero vértigo se apoderó de todos, hombres y 
mujeres, ancianos y niños. 

Las huellas se hacían más confusas cada día, a causa de las 
pisadas de los exploradores, que se mezclaban con las dejadas 
por los del éxodo; y aquellos seguían recorriendo delirantes 
los mismos laberínticos senderos, cayendo exhaustos poco a 



LEYENDAS guaraníes 229 

poco en el camino, hasta que, uno tras otro, fueron pagando 
con su vida el loco empeño de hallar e! rastro verdadero de los 
indios perseguidos. 

IV 

Y agrega la conseja que, sintiendo cercana la muerte el an- 
ciano abaré de los botocudos, reunió a éstos en su remoto re- 
fugio, y les dijo así: 

— "Ha llegado mi hora y voy a dejaros para siempre, pero 
antes os haré una importante revelación. Poseéis sin saberlo un 
don extraordinario y precioso, que el mismo espíritu que os cas- 
tigó ha querido concederos: el de caminar sin que vuestros pies 
impriman la huella de la dirección que llevan. 

"Abandonad este lugar tan luego me halláis enterrado y 
volved a vuestra aldea, que ya no hallaréis enemigos en el cami- 
no. Seguid sin desviaros la ruta que os marque quarací, (i) y al 
cabo de los días y las noches que contaréis en las semillas del 
quipus (2) que os entrego, vuestro viaje habrá terminado." 

Sepultado el abaré, partió la indiada botocuda, siguiendo 
la ruta del sol . Día a día se separaba una nueva semilla del 
quipus y cuando se llegó a la última, un bosque de humanos es- 
queletos se presentó a la vista de los gentiles... 

Mas la macabra y repugnante visión, fué reemplazada en 
seguida por el panorama risueño de la aldea, bella y florida co- 
mo antes, con las majadas pastando en los verdes prados loza- 
nos y las chozas abiertas, cual esperando confiadas la vuelta de 
sus dueños. 

Desde aquella fecha se conoce a este pueblo con el nombre 
de puihta-yovái, y sólo él posee entre los guaraníes el raro se- 
creto de despistar al perseguidor. 

Ha vuelto a ser temido y respetado, pues hace irrupción en 
los toldos de sorpresa, y, cuando se retira cargado de botín y de 
cautivas, nadie sabe dónde ha marchado, tal es el arte maravi- 
lloso que pone para desorientar con engañosos rastros. 



ORIOL SOLÉ rodríguez. 



(i). — "Quarací". — Guaraní: el sol. 
(a). — Semillas de cayutero. 



La cuestión de México 



(c'In tervencionismo ?) 

Desde principios de Agosto viene siendo motivo de nuevas 
y no ligeraf inquietudes la tirantez de relaciones entre los go- 
biernos de México y los Estados Unidos, ocasionada por ciertos 
incidentes, de dudoso carácter y significación, mal conocidos 
por el mundo hispano-americano a través de los cablegramas 
venidos de Norte América. 

La materia no es para tratarse en una breve nota. En medio 
de las luchas de los poderes políticos y económicos hoy estable- 
cidos en el mundo y los factores sociales en conflicto, la cues- 
tión mejicana es como un caos dentro de otro caos, si se nos per- 
mite la expresión. Nuestro punto de vista frente a las tenden- 
cias intervencionistas es de franca censura y perentoria conde- 
nación. Como miembros de un instituto de cultura de orienta- 
ciones liberales y modernas no podemos mirar con indiferencia 
los sórdidos esfuerzos y maquinaciones puestos en juego por 
los poderes arbitrarios, de toda especie, de una plutocracia pre- 
ponderante, para desvirtuar y mixtificar la libre determinación 
de pueblos manifiestamente inclinados, como México, hacia el 
moderno democratismo, que no admite componendas ni contu- 
bernios con regímenes caducos y reaccionarios, ni aún en los 
países donde éstos ejercen, a despecho de la genuina voluntad 
popular, un rol de ilegítima y autoritaria soberanía. 

Al lado de los Estados Unidos, la patria de Hidalgo aparece 
hoy como una democracia turbulenta, cuya formación social y 
étnica, cuya psicología colectiva, cuyas formas institucionales 
nuevas y cuya misma vitalidad indisciplinada y genialmente re- 
belde, envuelven ciertos peligros, muy graves a los ojos de los 
políticos, comerciantes y diplomáticos interesados por diversas 



/ 

LA CUESTIÓN DE MÉXICO 231 

y obvias razones en el mantenimiento del orden actual de cosas, 
no sólo dentro de su país, sino fuera de él. — La corriente inter- 
vencionista norteamericana responde, pues, a inquietudes de 
clara filiación republicana, es decir, inspirada, fomentada y 
mantenida por el poderoso núcleo de políticos yanquis que, en 
oposición a las doctrinas y principios de alta liberalidad wílso- 
niana, preconizan una política de "reservas", "controles", "mo- 
nopolios", "enmiendas", "intervenciones", "demostraciones" (de 
poder bélico) etc. política, en fin, egoísta, hegemónica, expan- 
sionista y, digámoslo de una vez, política imperialista. — Feliz- 
mente para todos los pueblos que no pertenecen al pequeño circu- 
lo de la "aristocracia internacional de los más fuertes" (i) 
esta política, que tan bien se compagina con el nefando milita- 
rismo, es hoy universalmentc rechazada y execrada por todos 
los pueblos conscientes y civilizados, y los mismos Estados 
(órganos o instrumentos de oligarquías más o menos extendi- 
das y arraigadas en la masa de las naciones), aunque recurren 
a ardides bastante conocidos para disimular sus designios, sue- 
len ser impotentes para contrariar la voluntad de las grandes 
multitudes ciudadanas y arrostrar la censura ilustrada de las 
corporaciones y centros de cultura, órganos de publicidad y re- 
levantes personalidades que combaten sin descanso semejantes 
farisaísmos, cuyas ambiciones megalómanas y cuya concupiscen- 
cia desenfrenada y sanguinaria no han sido abatidas por la con- 
templación del horrendo cataclismo europeo, ni parecen querer 
dejarse amilanar por las amenazas del maximalismo y bolchevi- 
quismo universales, cuyos espectros ha tenido el' cuidado de opo- 
nérselos Wilson (2). Encuentra, pues, el intervencionismo yan- 
qui una fuerte y decidida oposición de parte de lo más sólido y 
representativo de la nacionalidad norteamericana. Tal vez allá, 
aunque parezca extraño, preocupe más a la opinión pública que 
en nuestros países de incorregible frivolidad política. Prueba 



(r). — Alberto Elmore, "Ensayo sobre la doctrina de Monroe". 

(2) . — Entre otras muchas manifestaciones del verdadero sentir 
popular americano, que no es sino luia expresión del sentir universal, 
puede señalarse el definitivo y trascendental acto de los laboristas (so- 
cialistas) yanquis consistente en la resolución adoptada por la Federa- 
ción del Trabajo — que ya interviniera en anteriores emergencias con la 
nación mexicana, saludablemente — ratificando su solidaridad con la re- 
volución rusa, y su protesta condenl^toria de la política reaccionaria de 
la Entente. 



232 MERCURIO PERUANO 

de lo que decimos son los datos que enseguida consignamos. 

1. Persiguiendo los intervencionistas, como uno de los me- 
dios de desquiciar el poder constituido en México . (acusado, 
como veremos después, de representar tendencias anti-norteame- 
ricanas y hasta bolcheviquis) la retrotracción del reconocimien- 
to de Carranza, he aquí las consideraciones que opone a tales in- 
tentos, en una nota editorial un periódico yanqui, "Springfield 
Republican", refiriéndose a Fletcher, embajador, como se sabe, 
del gobierno de Washington en México: "La retrotracción del 
reconocimiento del gobierno de Carranza sería, en su opinión, 
aumentar tan sólo el desorden, y no cree a ninguno de los cau- 
dillos rebeldes capaz de establecer un gobierno duradero. No 
puede decirse — añade el mencionado periódico — que las pre- 
sentes condiciones de México sean peores que en muchas partes 
de Europa, y mientras la guerra mundial no cese en algún gra- 
do, México no debe ser juzgado muy severamente por participar 
de la fermentación general (general ferment). — Las dos obser- 
vaciones que contiene el fragmento citado son exactas, pues só- 
lo la mala fe, o la deliberada intención de intensifícar el mal 
que se aparenta contrarrestar o una torpeza imperdonable pue- 
den inducir a obstaculizar el esfuerzo organizador de Carranza, 
por un lado, y a no ver en la agitación de México lo mismo que en 
otros países acaso menos infortunados pero no más dignos de 
respeto y hasta admiración, en cierto sentido. 

2. Como muestra del criterio con que se juzga a México en 
Estados Unidos, copiamos a continuación, sin traducirlo para 
mayor exactitud un suelto titulado "Conditions in México", to- 
mado de una publicación anglo-americana que se edita entre 
nosotros; dice asi: 

Loot, Bolshevism and pro-Germanism are the three outstan- 
ding features of the Carranza régime in México, Dr. William T. 
Gates, a Cleveland archaeologist and cióse friend of Secretary 
of War Baker, told a House Committe at Washington on July 
28th. 

Dr. Gates, Who passed years in México and was the guest 
of Carranza and every rebel and bandit chief of consequence 
from Villa and Zapata dow, charged that Carranza "has played 
US from the beginning". 

The committe was especially interested because Dr. Gates 
was before going into México, an ardent Carranza man. Some of 
his more important statements were: 



LA CUESTIÓN DE MÉXICO 233 

I. — That President Wilson was betrayed by Carranza, 
Whose government "is not a government, but a band of 
outlaws" . 

2. — That rampant Bolshevism exists now in Yucatán. 

3. — That Secretary Baker was told in the spring of 1918 
that powerful wireless outfits in México were communicating 
with Germany via Spain, and that these continued to opérate. 

4 — That Carranza considers the United States an England 
"the two greatest ogres of civilization." 

5. — That the secretary of the American Socialist party 
in Aprii, 1919, communicated with General Obregón, Bolsheviki 
and Carranza confidant, asking his opinión of a propitious time 
for unjfied action by the radicáis of Canadá, Cuba, México and 
the United States. 

6. — That William Bayard Hale went to México for Pres- 
ident Wilson and came back draSving $ 15,000 a year from the 
Germán government, after reporting that Carranza "w(as a fine 
man". Lincoln Steffens made the same report, he said. 

7. — That every official in the Carranza government has 
"freedom to loot". 

8. — That the State Departament hushed up a New York 
neWspaper regarding México to save itself embarrassment. 

9. — That there is no immunity to life and property within 
reach of the Carranza soldiers. 

A pesar de todo eso, muy otro es el concepto que tenemos 
de Carranza y sus partidarios, por estos lares, y acusaciones 
como las que se le lanzan en ese escrito no son compatibles con 
el reconocimiento oficial de su gobierno. Por lo demás, esas acu- 
saciones son sintomáticas de las inquietudes a que antes nos he- 
mos referido, y debe tomarse de ellas más lo que ocultan que lo 
que aparentan manifestar. Particularmente recomendamos al 
lector avisado e inteligente los artículos 4 y 5, recordándole que 
los ingentes intereses petroleros del norte de México están en 
manos de capitalistas ingleses y norteamericanos, en conflicto 
con las instituciones y leyes mantenidas por Carranza y Aguilar 
en forma prudente pero enérgica. En cuanto a las ideas políti- 
cas de Carranza, conviene recordar que sus principios de inter- 
nacionalismo han sido justamente comparados a los de Wilson. 
El gran caudillo constitucionalista ha dado pruebas de poseer 
no vulgares dotes de gobernante, sabiendo conciliar las ne- 
cesidades del orden — tan difícil de mantener en países anarqui- 



234 MERCURIO PERUANO 

zados — con las aspiraciones e ideas modernas, sin abandonarse a 
las utopías o señuelos demagógicos de otros conductores de 
pueblos de nuestra época. El ideal de fraternidad y el princi- 
pio de igualdad hallan en él a un bizarro defensor, hombre re- 
presentativo de un pueblo y de una raza donde los intereses 
creados no son obstáculo suficientemente fuerte para reducirlos 
a la impotencia. "No más bayonetas, no más cañones, no más 
acorazados para ir detrás de un hombre que por mercantilismo 
va a buscar fortuna y a explotar las riquezas a otros países y que 
cree que debe tener más garantías que cualquiera de los ciudada- 
nos de ese país, que trabajan honradamente", dice, definiendo 
sus orientaciones y el carácter de su política, y todos los his- 
pano americanos, todos los que sabemos cuánto han sufrido 
nuestros purblos, so pretexto de reclamaciones diplomáticas, de 
parte de lar. naciones de presa, sabemos lo que ese principio sig- 
nifica proclamado por un gobernante mexicano. Nada de pode- 
res arbitrarios ni de máquinas o artificios económico-políticos 
para favorecer explotaciones injustas, intereses conglomerados 
en forma anónima y monstruosa o ensueños vanos de expansio- 
nismo o vanidades de superioridad racial y cultural. El Presi- 
dente Carranza sigue las aspiraciones e inspiraciones de nues- 
tras masas cultas proclamando en contra de eso el ideal de equi- 
dad y de fraternidad humanas sin restricciones equívocas. Si se 
le asimila a los demócratas rusos por su ideología, téngalo a 
honre-, porque de común tiene con ellos las excelencias de las 
nuevas verdades y de las nuevas reivindicaciones, nó la ofusca- 
ción del apasionamiento ni las injusticias, ni los errores. 

3. "Intervention in México", se titula un libro publicado, 
mu/ oportunamente, en agosto próximo pasado por Mr. Samuel 
Guy Inman, con un prólogo del profesor William R. Shepherd, 
conocido hispanoamericanista, en Nueva York (The Association 
Press). Este libro refleja en buena parte las corrientes de opi- 
nión norteamericanas adversas al interés intervencionista que 
quiere, como desembozadamente lo dicen los cables, realizar la 
"conquista comercial de México", "controlar la situación" allí, 
y no sólo eso sino "poseer el control absoluto de la América La- 
tina, tanto en lo económico como en lo político y lo militar", 
intenciones achacadas a Alemania por un sujeto llamado Alten- 
dorf, a quien se ha dado más importancia de la que merece, en 
Norte América, y que, a no dudarlo, juega un papel semejante 
al que jugara Casement, hombre de ingrata memoria, en la cues- 
tión del Putumayo. — Combate Mr. Inman, hombre conocedor 



LA CUESTIÓN DE MÉXICO 235 

de México, sus instituciones y sus hombres, el intervencionis- 
mo en los precisos miomentos en que adquiere cierto auge debi- 
do a la preponderancia de los elementos del partido republicano 
en el Congreso de su patria; cuando todo parece anunciar que la 
Administración va a rectificar sus procedimientos, tomando me- 
didas de acción rápida y eficaz para precipitar los aconteci- 
mientos. — Traducimos para los lectores de "Mercurio Peruano" 
un fragmento del artículo dedicado al nuevo libro por "The 
Evening Post" de Nueva York, de Agosto i6 último: "En su- 
gestivas y sazonadas palabras liminares el profesor William R. 
Shepherd pone toda la cuestión en el hoyo de la mano (in a 
nutshell es la expresión inglesa) preguntando: "¿Es México un 
Estado Soberano e independiente o es una región colonial su- 
jeta a la explotación y al control extranjero?" Hace cien años — 
añade el comentarista — desde los días de Henry Clay en el Se- 
nado, el gobierno y el pueblo de los Estados Unidos se han in- 
clinado hacia el primero de estos opuestos puntos de vista. La ac- 
tual administración de Washington se ha pronunciado a favor 
de él. Pero, al parecer, existen empresarios petroleros (oil 
cperators), propietarios de minas, reyes de la ganadería (cattle 
kings), periodistas, y otros — "arqueólogos", por ejemplo (3) — 
quienes desean que se adopte un criterio distinto. Ellos desea- 
rían que considerásemos a México como un país sin desarrollo 
(undeveloped), como territorios abandonados, sin gobierno, ha- 
bitados por un pueblo que no tiene derechos dignos de nuestro 
respeto. Y esta es la cuestión que está sobre el tapete. Si nos 
decidimos por la intervención, claramente se comprende que 
queda aceptado el segundo punto de vista, trayendo consigo la 
obliteración de la soberanía mexicana y el control extranjero de 
su territorio. Los intervencionistas huyen ordinariamente de 
estos extremos y declinan la responsabilidad de aceptarlos. Pe- 
ro los mexicanos no tienen dudas de ningún género (4). Resis- 
tirán la intervención, calificándola de invasión, con toda la de- 
cisión y la fiereza de un pueblo que lucha por su propia exis- 
tencia como nacionalidad. Este es — añade después — uno de los 
hechos que todos los que realmente conocen México compren- 
den, y que Mr. Inman trata de poner en evidencia. La inter- 
vención en México significaría invasión. Y la invasión no se 



(3).— Esto debe ser una alusión o sátira particular. 
(4) . — Ya los mismos cablegramas norteamericanos hablan de que 
la doctrina justa de los mexicanos dice: "México para los mexicanos". 



236 MERCURIO PERUANO 

detendría lejos de la conquista Una campaña para conquis- 
tar a un pueblo cuyas siete octavas partes están formiadas por 
indios mestizos, y del cual hay un total de quince o dieciséis 
millones que se unirían en defensa de sus libertades, no es asun- 
to baladí. No nos imaginemos — dice el profesor Shepherd — que 
aquella tarea se vería libre de los naturales horrores que acom- 
pañan siempre, aun a las guerras más justificables (5). La inter- 
vención en México no sería otra cosa que la entrada de un ejér- 
cito invasor. La historia nos dice lo que eso significa, tanto para 
el invadido como para el que invade. Peor aun, la pelea vendría 
necesariamente a transformarse en un conflicto de razas, y nos- 
otros sabemos muy bien lo que eso es". 

Recordemos aún dos antecedentes: i). Con motivo u& la In- 
tervención tripartita en México, que después asumió el carácter 
exclusivo de francesa (1861 á 1867) el Gobierno de los Estados 
Unidos proclamó en varias ocasiones "el derecho del pueblo 
mejicano para quedar arbitro de sus destinos". ¿Qué diferencia 
existe ahora que pueda modificar ese criterio, máxime cuando 
en todo el continente se ha proclamado la necesidad de llevar 
la doctrina de Monroe a su desarrollo lógico, es decir, haciendo 
de ella una eficaz defensa de todas las soberanías dentro del 
mismo continente y no ya sólo contra agresiones europeas? (6). 

2). El gran Lincoln combatió con la mayor severidad e in- 
trepidez la política de Polk, gestor de la guerra de conquista, 
protestando siempre contra la iniquidad de los que la promovie- 
ron, deprecando las fatales consecuencias que había de producir 
— como en efecto se produjeron — y declinando toda responsa- 
bilidad en ella, para sí y su partido. De su discurso del 12 de 
Enero de 1848, en el Congreso, tomamos las siguientes pala- 
bras suyas que podrían dirigirse nuevamente al gobernante yan- 
qui que autorizara una invasión de México:... "Que recuerde 
que está sentado donde Washington se sentó; y recordándolo, 
responda como Washington respondería. Así como una nación 
no toleraría, ni Dios permitiría, que fuese engañada, que tampo- 



(5). — Grant condenó la anterior guerra contra México diciendo 
que había sido la guerra mis inicua que jamás una nación fuerte había 
hecho a otra débil. 

(6) . — Véanse los principios de Pérez-Triana sustentados en "His- 
pania",, Londres, 1913-1914. 



La cuestión de mexico 237 

co pretenda darnos una evasiva o una ambigüedad por toda res- 
puesta". Así hablaba el gran patriarca americano al interrogar 
a Polk y sus secuaces acerca de las intrigas e insidias que con- 
dujeron a la guerra que terminó con la anexión de California, 
Tejas, y otros territorio» (7). 



EDWIN ELMORE 



\ 



(7).— Vida de Lincoln. 



Nota Editorial 



NUESTRA PROTESTA 

No cumpliría "Mercurio Peruano" con naturales requeri- 
mientos de solidaridad periodística ni, por encima de éstos, con 
los predicados que le marcan sus más puras y nobles tradicio- 
nes nacionalistas, si sus columnas editoriales guardaran tímido 
silencio ante los increíbles desmanes a que se entregaron'^ en 
esta capital, el día lo del mes que corre, turbas de gentes ma- 
leantes que, confundidas entre los concurrentes al mitin cele- 
brado en dicho día, creyeron, o fingieron creer, que la finalidad 
de aquella manifestación pública no quedaría satisfecha si no 
culminaba en el ataque salvaje y cobarde contra las personas y 
las propiedades de quienes en la prensa, o fuera de ella, no par- 
ticipaban de sus ideas y sentimientos políticos. 

Lima ha presenciado, atónita y avengonzada, los incendios 
y saqueos de que en esa tarde aciaga fueron víctimas las impren- 
tas de dos de los más importantes diarios del país y los hoga- 
res de algunos personajes de alta figuración social y política. 
El oprobioso baldón con que estos bolcheviques de nuevo cuño 
han maculado la conciencia nacional y el prestigio exterior de 
la República, pesará como hierro y por muchos años sobre 
nuestra infortunada patria. 

Honda y cálida, como que surge de la brecha abierta en lo 
más íntimo de los fueros de nuestra culturg cívica y de nuestro 
decoro de nación libre y soberana, nuestra protesta se alza 
tanto más sentida y vibrante cuanto que nace al margen de toda 
sospecha de pasionismo circunstancial o de prejuicio de bando. 
Nuestra fé de bautismo, escrita con sinceridad en las "Palabras 
iniciales" del primer número de esta Revista, anota expresamen- 



NOTA EDITORIAL 219 

te el firme propósito de que "no entrabarán nuestra acción ni 
sectarismos de escuela ni estrechos intereses de círculo". — Ha- 
remos siempre honor a este lema. 

Contempladas así las cosas, desde inaccesible cumbre a la 
que no alcanza la perturbadora influencia de nuestras mezqui- 
nas luchas domésticas, cabe y urge que, dominando el profun- 
do desconsuelo que aflije nuestro espíritu con el torturante re- 
cuerdo de tanto abominable extravío en que parece sucumbir 
la majestad de la idea y amenaza disgregarse el cuerpo social, 
hagamos un fervoroso llamamiento invitando al pueblo a la 
cordura y a nuestras clases dirigentes al celoso respeto de los 
postulados y realidades en que descansan las democracias de 
verdad . 

Es indispensable que no se pierda de vista, ni un sólo ins- 
tante, el grave y trascendental momento que la República atra- 
viesa, empeñada como se halla en cimentar sus bases institucio- 
nales y en buscar solución satisfactoria a sus problemas exte- 
riores. E indispensable es, también, convencerse de que sólo a 
precio de dedicarnos sinceramente a una labor constructiva, 
limpia de inútiles aderezos oratorios, e inspirada en ideales pu- 
ros de regeneración y enmienda, nos será dable lograr buen 
éxito en tarea de tan enorme responsabilidad. 

Sacudámonos, de una vez por todas, de los ismos, tratándo- 
se de las personas y de las doctrinas, que tanto nos dañan ava- 
sallándonos con el falso miraje de pretendidas omnisciencias y 
con la vana promesa de infalibles panaceas. Acostumbrémonos 
a pensar que en los tiempos que corren es difícil, si no imposi- 
ble, encontrar en un solo hombre o en una sola idea la clave se- 
gura de ninguna redención ni el pedestal sólido de ningún re- 
surgimiento. Otro salvador del mundo, después del Nazareno, 
acaso nunca podrá ya venir, a menos que se repita el milagro de 
una nueva religión a base de amor, de concordia y de paz. Y es 
precisamente la absoluta ausencia de estos sentimientos, en el 
orden pr.lítico-social, la que entorpece y anula toda obra de 
provecho colectivo. 

Tratemos, entonces, de fomentar y abrir amplio cauce a 
una corriente de verdadero nacionalismo, a la cual afluyan las 
voluntades y las inteligencias de todos los hombres de bien, sin 
exclusivismos odiosos ni petulantes pretensiones. 

Tal el sentido de nuestra protesta: condenación franca y 
rotunda de los bárbaros métodos que, en hora menguada, re9^- 



240 MERCURIO PERUANO 

citaron las multitudes inconscientes con el inútil intento de sub- 
yugar ia independencia y la libertad de las ideas. Y, conjunta- 
mente con ese anatema, afírmación de inquebrantable fe en días 
mejores para nuestra patria si, escapando a peligrosos y enga- 
ñadores fenómenos de espejismo mental, queremos entregarnos 
de lleno a edificar valores ciertos, cansados al fin de destruir si- 
tuaciones pre-existentes para proporcionarnos, como único go- 
ce, el de una incomprensible vida eternamente estéril sobre rui- 
nas y escombros. 



La adhesión de la República Argentina 
al tratado de alianza defensiva Perú-boli- 
viano de 1873 



Lima, Agosto 2 de 1875. 

"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen. 

Buenos Aires. 

"Querido amigo y compañero: 

"Llevamos muchos días de trabajos serios sobre cuestiones 
económicas muy difíciles y, creyendo que el vapor Magallanes 
no salía hasta el 6, habíamos reservado el ocuparnos de los asun- 
tos de Ud. Entre tanto, en este momento me avisan que el correo 
se cierra dentro de una hora y apenas tengo el tiempo preciso pa- 
ra comunicar a Ud., rápidamente, las órdenes de S. E., sin perjui- 
cio de enviarle oficialmente instrucciones por el próximo vapor. 

"Como se complican de un modo alarmante las cuestiones 
de la República Argentina con Chile, el Paraguay y el Brasil, es 
indispensable que proceda Ud., con la mayor cautela y tino, sin 
apresurarse a ñrmar el protocolo de adhesión. 

"En caso de que encuentre Ud. un pretexto natural para sus- 
pender este asunto, hágalo, hasta recibir las instrucciones; pero 
es preciso que sea un pretexto muy bueno y que no choque, ni 
parezca violento. 

"Si el gobierno argentino cree que debemos interponer nues- 
tros buenos oficios, avísemelo Ud., por telégrafo trasandino, por 



242 MERCURIO PERUANO 

medio de nuestra Legación en Chile. Para esto y lo demás que 
ocurra he formado a la ligera la clave que le incluyo. Después 
haré otra. 

"Su affmo. amigo y S. S. 

(Firmado).— "i4. V. de la Torre." 

De conformidad con estas inusitadas instrucciones, el doc- 
tor Yrigoyen demoró la consecución del negociado, en la for- 
ma que se expresa en su nota del 3 de setiembre, que copiamos 
en seguida; y quedó en espera de mayores informes. Mas, como 
se verá también, en la indicada nota, no lo hizo sin dejar de es- 
forzarse en hacer desaparecer las exageradas alarmas, que esta- 
ban originando un cambio tan grave y perjudicial en la política 
del gobierno peruano. 

("Reservada 
No. 5a") 

Buenos Aires, Setiembre 3 de 1875. 
S. M. 

Al terminar la entrevista de que he dado cuenta a U. S., por 
medio de mi ofício de esta misma fecha No. 51, me dijo el señor 
Ministro de Relaciones Exteriores Dr. Yrigoyen (36) : q* se ocu- 
paba en esos momentos de ponerse al corriente de todo lo rela- 
tivo a la adhesión a nuestro Tratado de 6 de febrero; que había 
sido sensible que el Senado argentino no le hubiese prestado in- 
mediatamente su aprobación, desde que aquel pacto no ofendía 
a nadie y era por el contrario un beneñcio de todos; que en este 
aplazamiento habían influido muchas causas y entre ellas el es- 
tado de los partidos en que se encontraba dividido aquel Cuerpo, 
con motivo de la cuestión electoral; y, por último, que esperaba 
que este asunto quedase terminado en el trascurso del presente 
mes, a fin de poder aprovechar las últimas sesiones del Congre- 
so, que sólo duran hasta el 30 del corriente. En respuesta me li- 
mité a decirle lacónicamente al señor Ministro, que realmente 
había sido muy sensible el aplazamiento que acordó entonces el 
Senado. (37) 



(36) Don Bernardo. 

(37) En esta contestación del doctor Yrigoyen ya se puede ver la ma- 
nera como comenzaban a cumplirse las nuevas instrucciones impartidas 
por el gobierno peruano, para demorar o suspender la alianza con la Ar- 
gentina. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLlVIANO 243 

"En vista de esto, no se pasarán, pues, muchos días sin que 
el expresado señor Ministro me invite a continuar la negocia- 
ción; y para entonces me propongo como lo tengo indicado a 
U. S., recabar la aceptación de la parte de mi proyecto de res- 
puesta referente al uti possidetis, que se negó admitir el señor 
Tejedor, o algo de acuerdo con las instrucciones que contiene la 
nota de U. S. de 22 de abril último No. 6, o con los términos 
del despacho del señor Baptista fecha 8 de agosto de 1874, que 
oportunamente trascribí a ese Ministerio. Obtenido esto, que será 
para mí cuestión previa y sin lo que declararía que no podía fir- 
mar el Protocolo, entraré a arreglar lo relativo a la reserva so- 
bre asuntos del Brasil; y así trataré de que pasen los días que 
faltan hasta el 15, en que se espera la próxima correspondencia 
del Pacífico y en que deben llegarme, por consiguiente, las ins- 
trucciones oficiales, que en carta particular de 2 de agosto, se 
sirve U. S. decirme que procure esperar, antes de firmar el Pro- 
tocolo de adhesión. Puede, pues, U. S. estar seguro de que así 
sucederá y puede estarlo, igualmente, de que si se me presenta- 
se algún pretexto digno, y que no pueda absolutamente chocar 
a este gobierno, para suspender por completo la negociación, 
hasta el recibo de las indicadas instrucciones, lo haría también 
en conformidad con lo que se sirve indicarme U. S., al mismo 
tiempo, en la carta a que me he referido. No espero por ahora, 
sin embargo, que se me presente ninguno. ' 

"Por lo demás, debo decir a U. S., que en mi opinión, han me- 
jorado notablemente las relaciones de la República Argentina 
con el Paraguay, el Brasil y Chile; y que no hay ya, a lo menos 
respecto a los primeros, temor de un rompimiento, que tan fun- 
dadamente existió hace muy poco tiempo. Así tuve el honor, 
hace quince días, de manifestárselo a U. S. en nota especial, a 
la que adjunté los oficios cambiados entre el gobierno del Pa- 
raguay y el argentino sobre reapertura de negociaciones. 

"En cuanto a Chile, ha pasado también, según creo, el inmi- 
nente riesgo que hubo hace apenas unos cuantos días de que ke 
rompiesen las relaciones y sobreviniese la guerra; y juzgo así, no 
sólo por el giro que ha tomado la discusión, y la calma en que ha 
entrado la prensa, sino también porque, según parece, este go- 
bierno no llevará la ejecución de la ley sobre la navegación de 
la Patagonia hasta el punto de provocar un rompimiento con 
aquella república. Así me lo han asegurado, al menos, personas 
a quienes supongo bien informadas; como me han asegurado 
igualmente (y se lo comunico a U. S. sin garantir su exactitud), 



244 MERCURIO PERUANO 

que hay en esta capital un agente ofícioso de Chile, que se ocu- 
pa de evitar un rompimiento y que, con dicho fin, trata de que 
el gobierno de Santiago retire la Legación que actualmente hay 
aquí, y que se supone hostil a este gobierno, y haga venir co- 
mo su representante al señor Ibáñez. Todo esto, pues, apoya 
mis apreciaciones; y puede servir a U. S. para el giro que con- 
venga dar a nuestra política. 

"Haciendo uso de la clave que se ha servido U. S. remitir- 
me, me apresuraré a comunicarle cualquier acto de importancia 
referente a la adhesión, que pudiese realizarse; o algún otro de 
naturaleza distinta que ocurriese y que por su gravedad creyese 
necesario poner, sin pérdida de tiempo, en conocimiento del Su- 
premo Gobierno. 

"Entre tanto, ruego a U. S. se digne elevar este despacho 
al conocimiento de S. E. el Presidente de la República, y acep- 
tar la expresión de mi mayor consideración y respeto. 

(Firmado).— "M. Yrígoyenr 

A poco de escribirse esa nota llegaron las instrucciones ofi- 
ciales, anunciadas en la carta del 2 de agosto, en las que la Can- 
cillería de Lima, dejándose llevar por el temor extremo de que 
pudiera perturbarse la paz en América, da instrucciones, aún ya 
más terminantes, a nuestro Plenipotenciario en Buenos Aires, 
para que detuviera las negociaciones, "retardando todo lo posi- 
ble la firma del protocolo" de la adhesión, a fin de "conservar 
una actitud independiente", en presencia de las nuevas dificulta- 
des surgidas entre la República Argentina y Chile. 



"Lima, Agosto 14 de 1875. 
("Reservada 
No. 36") 

"Señor Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del 
Perú en la República Argentina. 

"Me ha sido grato recibir el estimable oficio de U. S. fecha 
28 de junio anterior, marcado con el No. 27, en que dá cuenta 
de las conferencias que ha tenido con el señor Ministro de Re- 
laciones Exteriores y con S. E. el Presidente de esa república. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLlVlANO 245 

referentes a la adhesión al pacto de alianza de 6 de febrero de 

1873. 

"En mis últimas correspondencias, hasta la que dirigí a U.S. 
de un modo privado en 2 del presente, le he manifestado que 
habiéndose complicado de un modo alarmante las cuestiones de 
la República Argentina con Chile, el Paraguay y el Imperio del 
Brasil, era prudente obrar con la mayor circunspección, retar- 
dando todo lo posible la firma del protocolo respectivo, a fin de 
evitarnos complicaciones que pudieran sernos perjudiciales en 
las actuales circunstancias. 

"Por otra parte, no se había aún recibido en este Despacho 
la comunicación del señor Ministro de Relaciones Exteriores 
de Bolivia, conteniendo las últimas instrucciones que su gobier- 
no tiene a bien dar a U. S., la misma que incluyo apertoria, como 
ha sido remitida. 

"U. S. notará alguna diferencia entre lo acordado verbal- 
mente por mí con el Excmo. señor Baptista, que se puso en tiem- 
po oportuno en conocimiento de esa Legación, y lo que ahora se 
expresa; pero de todos modos debe U. S. tener presente que es 
indispensable no abandonar los intereses de Bolivia, debiendo in- 
sistir en que quede a salvo su nacionalidad tal cual hoy existe, 
no pudiendo hacerse más tarde cuestión de Tarija. 

"Interesado el Perú en la conservación de la paz en América; 
seguro de que un rompimiento entre la República Argentina y 
Chile afectaría cuando menos nuestros intereses comerciales, y 
ligado como se halla con ellas por vínculos tan estrechos, no 
puede ver con indiferencia la actitud que parece tratan de asu- 
mir y cree llegado el caso de interponer sus buenos oficios cerca 
de sus gobiernos. 

"Por separado me ocuparé de este delicado asunto. 

"Entre tanto, y mientras podamos observar el giro que to- 
man los acontecimientos, conviene conservar una actitud inde- 
pendiente, colocándonos en situación de obrar como mejor con- 
venga a los intereses generales de la América y a los particulares 
del Perú. 

"U. S. sabe que antes de ahora solicitó Chile la alianza del 
Brasil. En la actualidad asegúrase que se han hecho nuevas in- 
sinuaciones a este respecto; y atendiendo al mejor resultado de 
la misión Tejedor, a los despachos cambiados entre las cancille- 
rías del Imperio y la Confederación, con ese motivo, y al modo 
como ha sido recibido en Río de Janeiro el señor Blest Gana, 
puede muy bien esperarse que aquella alianza se realice. U. S. 



246 MERCURIO PERUANO 

cuidará de estar al corriente de lo que ocurra y ponerlo en mi 
conocimiento; debiendo hacerlo por telégrafo, en casos graves 
y urgentes, como se lo tengo prevenido. 

"De todos modos, debe U. S. obrar con la mayor prudencia 
y circunspección. 

"Dios guarde a U. S. *^ 

(Firmado).— "i4. V. de la Torre." 



"Lima, Agosto 14 de 1875. 
("Reservada 
No. 37") 

"Sr. Dr. D. Manuel Yrigoyen, E. E. y Ministro Plenipotencia- 
rio del Perú en el Brasil y R. R. del Plata. 

"Cuando después de la prolongada discusión que se ha sos- 
tenido entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de 
Chile, sobre la posesión del territorio Patagónico, era de esperar- 
se que se arribase, próximamente, a un arreglo pacífico y satis- 
factorio; los últimos despachos cambiados entre el Excmo. se- 
ñor Pardo (38) y el Excmo. señor Blest Gana, (39), en el mes 
de junio del presente año, con motivo del proyecto de ley pre- 
sentado a las Cámaras argentinas, para subvencionar la comuni- 
cación marítima entre Buenos Aires y las costas de la Patagonia, 
tocando en Chubut y al sud del río Santa Cruz, y para conce- 
der terrenos a la empresa que haga ese servicio, hacen temer 
que surjan nuevas complicaciones y que pueda llegar la vez de 
que se altere la armonía que felizmente ha existido entre los dos 
países. 

"Las repúblicas de este continente, por su origen, su común 
esfuerzo para conseguir su independencia, la identidad de las 
instituciones que las rigen y otros vínculos posteriormente for- 
mados, están llamadas a estrechar cada día más sus relaciones y 
nada podría ser tan perjudicial y peligroso para ellas como el que 
llegasen a alterarse. Por lo que hace al Perú, interesado como es- 
tá en la conservación de la paz en América, sin pretender inmis- 
cuirse en la cuestión que se ventila entre la República Argen- 



(38) José Pardo y Aliaga, Ministro Plenipotenciario del Perú en 
Chile, que sucedió al señor Ignacio Noboa. 

(39) Ministro Plenipotenciario de Chile en la Argentina. 



TRATADO DE ALIANZA PERU-BOLIVIANO 247 

tina y Chile, no puede permanecer indiferente cuando amenaza 
un peligro tan serio, como el de que lleguen a un rompimiento 
dos naciones amigas, a las que se encuentra ligado por tantos 
vínculos. 

"En tan desgraciada emergencia, fácil es comprender la na- 
turaleza de los sacrificios a que ambas tendrían que resignarse, 
no obstante que, elevándose al origen de la cuestión, nada hay en 
en ella que afecte su honra o su dignidad. 

"U. S. no ignora que la política de mi gobierno, en sus rela- 
ciones externas, tiende siempre a conservar la más estrecha ar- 
monía con las demás naciones; pero, tratándose de las de una 
misma familia, creo que la paz entre las repúblicas de este conti- 
nente, es una necesidad imperiosa, de la que no puede prescin- 
dirse por interés de ellas mismas, y considera de su deber, en la 
actualidad, interponer sus buenos oficios cerca de los gobiernos 
de la República Argentina y de Chile, a fin de que, antes de lle- 
gar al caso extremo que se teme y cuyas consecuencias serían de- 
sastrosas para los dos países, se procure un arreglo pacífico y e- 
quitativo, poniéndose de acuerdo, o apelando al arbitraje de una 
tercera potencia, para dar término a la enojosa controversia que 
se sostiene, evitando, en uno y otro caso, todo acto que tienda a 
separarlas de la idea de una solución amigable. (40) 

"U. S. aprovechará de sus buenas relaciones con el Excmo. 
señor Ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Ar- 
gentina, para manifestar estos sentimientos del gobierno del Pe- 
rú y cooperar al fin que se propone aprovechando todas las oca- 
siones que se presenten para trabajar en el sentido indicado. 

"Puede U. S. dar lectura de este Despacho a S. E. el señor 
Pardo y darle copia de él si la pidiere. 

"Dios guarde a U. S. 

(Firmado). —"i4. V. de la Torre". 
(Continuará) PEDRO YRIGOYEN. 



(40) Se ve por esta solicitud del Perú en ofrecer sus buenos ofi- 
cios, para evitar un probable rompimiento entre la Argentina y Chile, 
y por las instrucciones que, simultáneamente, se le daban a la Legación 
en Buenos Aires, de "retardar todo lo posible la firma del protocolo" 
de adhesión, cómo el gobierno de este país, en su anhelo de conservar 
la paz, no trepidaba en posponer su conveniencia de conseguir la 
alianza que había solicitado, de la República Argentina. Se puede apre- 
ciar aquí cómo el pacifismo del Perú llegó a este extremo, de que, por 
no alentar, ni siquiera de modo indirecto, la guerra entre aquellos paí- 
ses, eludió, aun con evidente perjuicio de sus intereses en el Pacífico, 
el perfeccionamiento de su alianza. 



Notas varias 



REVISTA EUROPEA.-^iHay probabilidades de paz permanente? 

Cuando el ii de Noviembre de 1918, se pactó el armisticio, segui- 
do a poco por la reunión de la Conferencia de la Paz y de la confec- 
ción y firma del tratado definitivo, la humanidad en guerra experimen- 
tó una sensaciórr de profundo alivio. Las ciudades en ruina, los campos 
asolados, la completa paralización de las industrias pacíficas, el dese- 
quilibrio de todo aquellp que significaba orden y método, estas cosas 
fueron olvidadas ante la satisfacción producida por el fin de la guerra. 
Se creyó que la labor de la Conferencia sería rápida y los términos del 
tratado de paz serian aceptados por el enemigo derrotado y que cuatro 
años y medio del cataclismo mayor de la historia quedarían liquidados. 
Los pueblos aguardaban confiados libertad, reparaciórí, y garantías con- 
tra una repetición de la tragedia. Creía entrarse, en fin, en una era 
nueva . 

Al contemplar hoy día los hechos, tales como se han producido, 
podemos darnos cuenta de lo infundado del optimismo de entonces. La 
paz está firmada, en verdad, y sin embargo en este momento hay alre- 
dedor de veinte guerras pequeñas en vez de uní) sola grande. 

Los polacos y los checo-eslavos, los serbios, los rumanos los hún- 
garos y los italianos o pelean de hecho o están al borde de la guerra. 
Los turcos, los búlgaros, los griegos, los estonios, los ukranianos, cons- 
tituyen otros tantos focos de peligro para la tranquilidad del mundo. 

Alemania ha firmado la paz, es cierto, pero clara e inequívoca- 
mente ha manifestado que lo hacía bajo la presión de la fuerza y que 
sólo aguardaba el momento propicio para romper el pacto. Es decir 
que no se ha llegado sino a un acuerdo condicional con Alemania, cuyo 
cumplimiento depende de la cohesión que pueda tener la presente alian- 
za durarite los próximos quince años. Y esa cohesión ya se ve grave- 
mente amena:íada por la actitud de Italia y del Japón, cuyo amargo re- 
sentimiento contra las tres potencias que dominaron la Conferencia de 
la Paz. ha sido claramente manifestado. De hecho, puede declararse 
con toda franqueza que la antigua alianza ya no existe y que sólo que- 
da la irfteligencia de los Estados Unidos, Francia y la Gran Bretaña. Y 
por último, esa misma inteligencia se ve hasta cierto punto amenazada 
por factores que en los Estados Unidos agitan la opinión pública con- 
tra Francia é Inglaterra y proclaman la conveniencia del regreso a la 
antigua política de prescindencia y aislamiento que al 3er adoptada de- 



NOTAS 249 

jaría a la Gran Bretaña y a Francia solas frente a una Alemania sedien- 
ta de venganza, a una Italia profundamente rencorosa y a una Rusia cu- 
ya reintegración total parece inevitable y que quizás no acuda en auxi- 
lio de sus ex-aliados. Con respecto a este último punto hay que obser- 
var que los dirigeiítes de la Rusia anti-maximalista han manifestado mayor 
hostilidad contra la Entente que contra Alemania. Han dicho que más 
intolerable es la traición aliada que la brutalidad teutona. Y esta de- 
claración por cierto que no encierra promesas de apoyo y lealtad hacia 
la Entente. Ya en anterior artículo hemos hecho observar la inevitable 
y decisiva influencia que una Alemania fuerte y unida tiene que ejercer 
sobre una Rusia desorganizada, por razón de vecindad inmediata y de 
profundo conocimiento del medio en que se propone actuar. Para con- 
trarrestar aquella influet.cia la Entente ha resucitado a Polonia. 

Pero hé aquí que se presenta un dilema, at parecer insoluble . La 
Entente — Francia especialmente — necesita una Polonia muy fuerte co- 
mo factor de equilibrio en el Oriente de Europa. Pero una Polonia 
realmente fuerte sólo puede serlo a expensas de Rusia y es bueno pre- 
ver la posibilidad de una Rusia reconstituida y ofendida por los arre- 
glos que hoy día se efectúan. Por otra parte una Polonia débil, aban- 
donada a su suerte, será segura presa del maximalismo. 

Hay además otros dilemas no menos graves y que requieren deci- 
sión pronta y satisfactoria. Al concederse a Rumarfía todas sus de- 
mandas, se pierde: i.o — la posibilidad de separar a Hungría del bloque 
germánico y 2.0 — la de satisfacer al nacionalismo ruso en la cuestión de 
Besarabia. En caso contrario hay fuertes probabilidades: i.o — de que 
Rumania llegue a un acuerdo con Alemania, Austria, Bulgaria y quizás 
Italia, y 2.0 — de que siga posesionada de la Besarabia y haga caso omi- 
so de las decisiones de la Coriferencia. No hay que perder de vista el 
hecho de que Rumania es hoy día una potencia de gran importancia y 
está llamada a jugar gran papel en el porvenir. 

Enseguida la cuestión de Fiume queda pendiente. Italia se ha co- 
locado en un terreno irreductible y no queda aparentemente camino al- 
guno que pueda evitar una guerra a plazo más o menos largo entre los 
italianos y los eslavos meridionales. Luego, los griegos y los italianos 
se disputan el Epiro septentrional y las islas del Egeo, y los polacos y 
los checo-eslavos alegan ambos derechos sobre Teschen, asiento car- 
boitífero de importancia. 

El reparto de la Turquía Asiática será también fruto de inevitable 
discordia — ^de hecho ya se han producido desagradables incidentes de 
cancillería entre Francia e Inglaterra respecto a la esfera de influen- 
cia francesa en Siria. 

Y luego subsiste, por supuesto, la eterna cuestión de los Balkanes 
que sólo parece puediera arreglarse mediante la total desaparición de 
las razas litiganítes. 

Y, como si todo esto no bastara, existe un problema cuya solución 
es máf apremiante que cualesquier otro y es el problema ruso. No ha- 
brá paz en el mundo, digna de llamarse así, mientras 150 millones de 
hombres se debatan en los horrores del más rojo maximalismo. En ver- 
dad, que el problema es formidable, y frente a sus proporciones quizás 
si hasta pueda aceptarse el rumbo seguido por los estadistas aliados co- 



25o MERCURIO PERUANO 

mo el único posible y racional. Porque remontando el ciirso de la his- 
toria para buscar un ejemplo que nos sirva de guía y norma, vemos los 
resultados de la política que adoptó Europa, amenazada por la Francia 
revolucionaria. El principio de libertad, demasiado comprimido por el 
circulo de hierro de coaliciones hostiles, cobró fuerzas inconcebibles 
e hizo pedazos el anillo opresor de la tiranía. De igual modo, no es iló- 
gico suponer que el maximalismo, frente a una guerra sin piedad, ad- 
quiera vigor insospechado y se precipite como un mar desbordado sobre 
la civilización occidental. No será en Moscú o en Petrogrado en don- 
de Lenine y Trotzky sufrirán la definitiva derrota, sino en la concien- 
cia del obrero internacional, cuando se lleve á ella el convencimiento de 
que para él el maximalismo significa la ruina. 

Ahora, en cuanto al establecimiento de la Liga de las Naciones co- 
mo medio de solucionar todas las dificultades pendientes, hay que ha- 
cer algunas observaciones. 

J<a teoría que sostiene la Liga, es la de que las guerras son acciden- 
tales, que los pueblos son llevados a ellas contra su voluntad por error 
o malicia de sus dirigentes y que al proporcionarse a dichos dirigentes 
una alternativa decorosa para evitar el conflicto armado, la presión e- 
jercir^.a por kus gobernados los obligará a evitar el conflicto. Con tal 
fin ha ideado la Liga procedimientos que se adaptan a todos los casos 
de posibles disputas y que de seguirse con buena fe por los contratan- 
tes indudablemente reducirían a un grado mínimo el peligro de guerra. 
Pero hemos de llamar aquí la atención sobre el error fundamental de la 
teoría que presupone que los pueblos prefieren a la guerra la paz a 
cualquier precio. La nación que considera poseer aspiraciones justas y 
legitimar» no las sacrificará nunca en el altar de la conciliación. Mil ve- 
ces preferirá el serbio la lucha, a la paz bajo el yugo búlgaro ; el pola- 
co sufrirá siglos de opresión pero no abdicará su derecho; nosotros 
mismos— los peruanos — llegado el caso, iremos al sacrificio de una lu- 
cha, pero no transigiremos. Y, por último, una prueba clara de la dis- 
posición de los pueblos para preferir la guerra a lo que ellos conside- 
ran abdicación de sus derechos, ha ocurrido al dirigirse el Presidente 
Wilson, con prescindencia de sus hombres de gobierno, directamente 
al pueblo italiano. 

Es probable, por consiguiente, que no ejerza la Liga — por lo me- 
nos hoy por hoy — más que un control moral limitado, control que cier- 
tamente influirá poco en el arreglo de cuestiones de interés vital para 
los pueblos. Lógico es suponerlo, a menos que los miembros de la Liga 
estén completamente dispuestos a mandar ejércitos a los Cárpatos, a 
los Urales, o a cualquier otra parte, para hacer ejecutar por la fuer- 
za las decisiones que se impongan. 

De manera, pues, que descartando lo improbable y lo utópico, lle- 
gamos al hecho real, positivo y tangible, al único resultado sólido: el 
tratado de alianza entre Francia, los Estados Unidos y la Gran Breta- 
ña sobre el que queda edificado cualquier proyecto de Liga de Nacio- 
nes y que al deshacerse hará desaparecer inmediatamente toda esperan- 
za de asociar a los pueblos de la tierra para perseguir un común 
ideal. 

C W. 



NOTAS 2^ i 



ERNESTO HAECKEL. 

Acaba de morir el sabio alemán Ernesto Haeckel, a quien podía 
considerarse como el primer zoólogo de su tiempo. 

Nació en Postdam en 1834. A los veintitrés años de edad se graduó 
de doctor en medicina, y la falta de clientela lo indujo a dedicarse a la 
enseñanza en Jena, en 1861. Cuatro añs más tarde fué fundada especial- 
mente para él una cátedra de Zoología en la universidad de aquella ciu- 
dad, en la cual transcurrió la mayor parte de su fuerte y fecunda exis- 
tencia . 

La labor sistematizadora y descriptiva de Haeckel se refiere princi- 
palmente a los animales inferiores: esponja», radiolarios, sifonóforos, y 
fué él quien creó el reino intermediario de los protistas. 

En cuestiones de alta biología, Ernesto Haeckel ha sido el após- 
tol del darwinismo en la Europa Central, y puede afirmarse que él y 
Herbert Spencer han sido los que más han contribuido al éxito de la 
concepción darwiniana. Haeckel estudió la cuestión de la evolución con 
un criterio casi exclusivamente zoológico, sin el debido control de la 
Paleontología, y llevado del ardor con que abrazó la nueva doctrina, 
sentó afirmaciones que no siempre pudieron resistir la continua elabo- 
ración de las investigaciones científicas. Haeckel fué quien elevó a la 
categoría de ley biológica y de criterio inductivo el descubrimiento que 
otros investigadores habían ya entrevisto, y que él enunció diciendo: 
el desarrollo ontogénico de un animal, es una recapitulación breve del 
desarrollo filogénico de la especie de que forma parte . Así creó el mé- 
todo embriogénico en los estudios de la evolución, método cuya aplica- 
ción exageró más de lo debido. 

El gran zoólogo trazó, partiendo de este criterio nuevo, el árbol 
genealógico del reino animal, que es la primera filogenia general que 
registra la historia de la ciencia, pues el ensayo de Lamarck en este sen- 
tido> fué demasiado prematuro y basado sólo en analogías exteriores. 
Haeckel, siempre aplicando los métodos que tan fervorosamente preco- 
nizó, estableció una genealogía de la especie humana, partiendo de la 
manera, simple masa informe de protoplasma, y pasando por el mono y 
el pitecántropo. 

En filosofía fué materialista y sostuvo la doctrina de la conti- 
nuidad de las formas inorganizadas y organizadas. Su gran mérito en 
el terreno filosófico consistió en haberse dado cuenta de la significa- 
ción y los alcances de la hipótesis de Darwin. 

La obra de Haeckel es enorme: pocas ramas de la ciencia zoológica 
habrá que no hayan recibido el impulso de su laboriosidad y de su ge- 
nio. 

I 

C. L. P. 



252 MERCURIO PERUANO 



-I- JOSÉ MANUEL OSORES 

José Manuel Osores, el amigo, el escritor admirable, se ha ido 
para siempre. De su persona, conservamos una temblorosa impresión 
que se resiste a transformarse en recuerdo, como si nuestra alma no 
pudiera creer que esa vida llena de virtualidades, que esa juventud hecha 
de amor y de ideal, se hayan concluido con la irremediable y definitiva 
conclusión de la muerte. 

Y así ha sido. Toda la inquietud, todo el ensueño de ese joven 
selecto, se han abismado silenciosa y lentamente. 

Su curiosidad, su perenne ansiedad interior, esa constante vibra- 
ción de su sensibilidad ante lo desconocido, han encontrado, tal vez una 
sulucidn inefable. Pero nada puede consolarnos de la indecible triste- 
za que nos sobrecoge, ante el espectáculo de esta vida trunca, donde una 
cruel fatalidad, acentuó inexorablemente el martirio. 

En el espíritu de Osores se juntaban las más variadas y las más al- 
tas disposiciones. 

Su temperamento artístico era de una originalidad verdaderamente 
flotable. En sus cuento encuéntranse, al par que el interés del relato, 
un hondo contenido filosófico y una magnífica aptitud de sugerencia y 
de expresión. Sentido del misterio, visión íntima, trascendental de la 
realidad, que se trasparentan, a través de un estilo musical y ágil, co- 
mo una inquietante perspectiva. 

La inteligencia de Osores era tenaz y analítica, sin que, por ello, le 
faltara la capacidad juvenil de volar libre y suelta. Y así pudo com- 
pletarse en su espíritu, la rigidez de la investigación científica, con la 
adorable expansión de la fantasía. 

Este bello intelecto, ayudado por una bien orientada laboriosidad, 
hiciéronle obtener, durante la vida universitaria, las más altas distin- 
ciones. Sus estudios fueron siempre brillantes y sus tesis importantí- 
simas contribuciones a los problemas nacionales. Su trabajo último, 
"La Legislación y el Medio", revelador de una poco común erudición 
y de una capacidad crítica sobresaliente, fué no ha mucho elogiado por 
nosotrot', desde estas mismas páginas del "Mercurio". 

En la común existencia diaria, tuvo la aristocracia de no prodigar- 
se; huyó de la pueril exhibición y del elogio convencional y vacuo. En 
la íntima pentimbra de sus pensamientos y de sus emociones, alimentaba 
la inextinguible fe en sí mismo; y así, en medio a la implacable hostili- 
dad de la materia, lucía en él, inmaculada, la flor de una ilusión espi- 
ritual. Pura, bella ilusión de vivir, de sentir y de amar; noble goce 
profundo de la bondad invisible, de la música íntima de esa perenne e 
irtvencible juventud que canta como una fuente armoniosa, su canción 
ideal . 

En los últimos años de su vida, tornóse melancólico y dulce, con ese 
prestigio difuso de los que van a morir pronto; con esa aureola in- 
decisa de los que presienten el advenimiento irreparable del misterio 
infinito . 

M. I. R. 



Notas bibliográficas 



EL BARÓN DE KEEF EN LIMA, Por Federico E/^uera.— Segunda Se- 
rie, Lima, 1919. 



Ha salido a luz en los talleres de la imprenta Gil, la segunda serie 
de los artículos humorísticos que, bajo el pseudónimo que encabeza estas 
líneas, y sobre costumbres y tipos limeños escribiera en años pasados en 
"El Comercio" de esta ciudad el donoso y fino humorista Federico El- 
guera . 

Ocioso sería hablar de la personalidad literaria de este escritor 
criollo, en quien florece la vena satírico-humorística que constituye aca- 
so la peculiarísima manifestación de nuestro genio nacional en las letras, 
manifestación constante y siempre viva en ellas, desde los más remo- 
tos tiempos, ya que la encontramos no sólo en las antiguas letras his- 
panas sino también, y con saltante relieve, en el escaso folklore que de 
nuestros antepasados quechuas nos queda. 

Sólo diremos a guisa de comentario acerca de esta segunda parte 
de "El Barón de Keef en Lima", que en ella campea la misma chispa sa- 
tírica de los artículos contenidos en la primera, sátira que zahiere bur- 
lescamente nuestros defectos y anomalías, con la proverbial gracia criolla 
de nuestros abuelos, sin la acritud y biliosidad de ciertos satíricos de 
nuevo cuño, quienes confunden la sátira con el desahogo del encono per- 
sonal y la crítica con el insulto vulgar. Elguera nunca desciende a estos 
tristes extremos y se mantiene siempre, aun enmedio de su más aguda 
crítica, en la alta posición del literato humorista que habrá de observar 
como inflexible precepto el castigat ridendo mores del vate latino. 



M, B. 



I ~ 



294 MERCURIO PERUANO 



EDUARDO DE SALTERAIN HERRERA.— "Cartas fundamentales". 
—Montevideo, 19x9. 

El libro del señor Salterain Herrera, contiene muchas interesantes 
reflexiones sobre arte, moral, psicología, costumbres, etc . ; es decir 
sobre los mil estímulos de nuestra curiosidad y de nuestra infinitud. 
Revelador de un espíritu cultivado y fino, suscita una constante vibra- 
ción df: ideas y proporciona no pocos puntos de vista originales. 

Según el autor, su libro "no viene a llet^ar un vacío", sino — tal 
vez—- a vaciar alguna plenitud vana, que inunda el espíritu como el agua 
sin cauce a los campos: agostándolo todo". 

Etl este empeño, prodiga el señor Salterain Herrera, su gimnástica 
mental, logrando producir páginas de hermosa ideología. 



M. I. R. 



Kevista de Revistas 



ESTUDIO, Revista mensual. Enero igig. — Barcelona. 

Sobriamente ponen: "Revista mensual" los redactores de esta pu- 
blicación barcelonesa, que a juzgar con inequívocos indicios, son gran- 
des señores de la cultura, en absoluto ajenos a toda simulación, pedan- 
tería o "camouflage" — para emplear la palabra de moda. — En verdad, 
sin muchos subtítulos, que por lo general vienen a ser en las revistas 
otras tantas promesas jamás cumplidas. Estudio es de las más bien 
orientadas y de las de miras más amplias. La recomendamos muy de 
veras a nuestro público, y en especial a aquellos que quieran tener una 
buena selección de hechos y comentarios de interés universal. 

Hicimos referencia, en anteriores apuntes (i), a un artículo de Gó- 
mez Carrillo sobre "El renacimiento del gusto español en la Argenti- 
na", recordando cómo entre nosotros nótase igual tendencia, simpática- 
mente encauzada por Malachowski. Hoy reproducimos el trabajo 
que va al pie, acerca de tema similar, habiendo preferido la trascripción 
de este trabajo por tratarse de un tema tan singularmente interesante en 
países oii plena formación y desarrollo como el nuestro. Reservándonos 
para mejor oportunidad exponer nuestras ideas al respecto, no queremos 
dejar pasar ésta, que ahora se nos brinda sin aprovecharla para llamar 
la atenciórf de nuestro público, en especial de nuestros profesionales en 
el arte de edificar, sobre el ejemplo dado por los yanquis en California, 
donde, como tipo artístico de habitación, ha sido francamente adoptado 
el que se ha convenido en llamar colonial-español De resto— como han 
dado en decir, resucitando un elegante giro arcaico, algunos escritores 
de Colombia — recordemos estas palabras de Ruskirí, antes de repro- 
ducir el artículo del señor del Arco: "It may not be so in future; but the 
architecture we endeavored to introduce is inconsistent alike with the 
reckless luxury, the deforming mechanism and the squalid misery of 
modern cities" (Of the mystery of Life, 104) . 

Incidentalmente nos referimos aquí al último trabajo de este dis- 
tinguido arquitecto, de depurado e inteligente gusto, que conoce nues- 
tro público. Incidentalmente, porque no somos técnicos en el ramo. 



(i). — "Mercurio Peruano", Mayo, 1919, 



256 MERCURIO PERUANO 

aunque nuestra inquieta y multiforme avidez — moderna y elegante en- 
fermedad — nos lanza hacia él con la curiosidad del diletarlte .... Pero 
¿qué estamos diciendo? No puede haber hombre medianamente culto 
que. en países donde todo está por hacerse, no se interese en los pro- 
blemas, de todo orden, inherentes a la Arquitectura, y a este arte en sí 
mismo, como suma manifestación de la civilización de que forma parte. 
Nos gustó muchísimo el proyecto a que vertimos refiriéndonos (ya 
nuestros lectores habrán caído en la cuenta de que se trata del proyec- 
tado Hotel que se ha de instalar en la Plaza San Martín) . Nos gustó, 
así de primera impresión, por la concepción plena de limeñismo y de 
castizo y culto tradicionalismo que refleja. Luego, alejando nuestro 
pensamiento de todo lo que pudiera inducirifos a pretender analizar el 
trabajo con un criterio pedantesco-profesional, nos dimos a pensar, no 
sin cierta fruición patriótica en la suerte de esta Villa de haber encon- 
trado, precisamente en los días en que corría inminente peligro de des- 
figurarse, un artista, tan hábil y perspicaz como Malachowski, que se 
enamore de su estilo, bellísimo estilo con reminiscencias sevillanas que 
tan galantemente elogiara el poeta Marquina. Y nada más.. ¡Ah! sí; 
que hemos visto con gusto que el quisquilloso y temible Castillo, proto- 
tipo del criticón, aplauda el proyecto, persistiendo en su saludable 
campaña de tradicionalismo artístico en nuestras ciudades. 



EL RESURGIMIENTO DE LA ARQUITECTURA 
NACIONAL POR LA TRADICIÓN 

Hoy no existe idealismo en materia de Arquitectura; impera la lu- 
«cha por la vida, y están muertos, o al menos profundamente aletarga- 
dos, el entusiasmo y la abnegación sentimental de nuestros constructo- 
res urbanos. De aquí nace el individualismo que, torturado y sobreex- 
citado en busca de torcida originalidad, lo vemos en Gaudi, como caso 
típico y digno de mención. Pero o es esto, que nada dice al espíritu, 
o es esa desesperante uniformidad de las ciudades modernas, merced a 
la vacuidad y a la pobreza de legítimos recursos imaginativos de los 
artistas. 

La falta de significación personal, unida al divorcio latente con la 
tradición nacional, ha originado el mal que hemos de lamentar a fuer- 
za de herederos de copioso caudal artístico en todos los órdenes, caudal 
que es forzoso conservar y tener presente como selecto modelo. 

La tradición es el carácter de la raza, es la concreción de espiri- 
tualidades y formas, arquitectónicamente hablando. ¿Acaso en la his- 
toria del Arte hay ejemplos latentes de tradicionalismo? ¿No lo son 
el templo griego respecto al arte oriental, y la catedral cristiana, suma 
y compendio de la época medieval? 

"Pueblo sin tradición, pueblo que no mira, no cortsulta a su pasa- 
do, es pueblo que no puede resurgir", ha dicho Menéndez y Pelayo, y 
ha dicho bien. Y en el caso que nos ocupa, la tradición sobresale, ins- 



REVISTA DE REVISTAS 257 

pira laá maneras y no excluye (antes al contrario) una inteilsa actua- 
ción personal, o sea la originalidad del artista, creadora de los estilos 
modernos . 

La libertad absoluta del arte arquitectónico no existe en España, 
pues no hay que confundir la libertad con el libertinaje, ni esos engen- 
dros do exaltadas fantasías que, queriendo romper moldes, rompen hasta 
con la belleza (que es eterna e inmutable), con las concepciones serenas 
7 sabias que se inspiran en los estilos históricos, hacieiido en ellos las 
modificaciones o adaptaciones de lugar y tiempo pertinentes. 

Jbor lo demás, hay que tener en cuenta el Nosce te ipsum. Conócete, 
mira tu origen, tu historia y podrás conocer y tal vez encauzar tus ap- 
titudes. Y es elemental considerar que antes de remontarse es preci- 
so aprerfder, copiar. No va a ser excepción la Arquitectura de lo que 
ocurre con la Gramática, la Escritura y todas las humanas disciplinas. 

Luego ya vendrá el desenvolvimiento y la aplicación prudente de 
las iniciativas propias. 

Hay que beber, pues, en la fuente de la tradición artística ; si la som- 
bra del pasado no es posible ahuyentarla, en Arquitectura debe ser cons- 
tante este principio. Hay que nacionalizar, en una palabra, nuestra ar- 
quitectura civil y religiosa a la vista de esas obras espléndidas que nos 
han legado los antepasados, como algo intimo y predilecto de nuestro 
ideal artístico. 

El ejemplo dado por el Rey al dotar al palacio de la Magdalena, que 
le regaló la ciudad de Santander, construido al estilo inglés, de cerra- 
miento en consonancia con el arte regionsd montañés, fuerza es que 
cunda . 

No ha mucho, la marquesa de Bermejillo del Rey mandó edificar en 
la calle de Fortuny, de Madrid, una casa para habitación propia, en la que 
albergan todos los primores de nuestro arte del Renacimiento en la fá- 
brica, en el ornato y en los más leves detalles. 

Y esta noble señora — ¡oh recuerdo deleitoso de doña Ana Lastanosa, 
de la condesa de Gelves, de doña Luisa de Portocarrero! — ^ha dirigido 
las obras y ha revisado y modificado los planos con igual gentileza que 
la mujer de Rembrandt y la de Rubens ayudaron a esos hombres precla- 
ros en sus levantados menesteres artísticos, y con la misma prestancia y 
el desenfadado talento de nuestras damas del bello y florido Renacimien- 
to. 

La tradición manda, y de ella ha sido un triunfo de calidad esta nue- 
va morada de arte renaciente de los siglos XVI y XVII. 

De vez en cuando se registra alguna de estas rehabilitaciones; y 
ellzíi serían más si la conducta de la marquesa de Bermejillo tuviera sen- 
sa*os imitadores. 

En no recuerdo qué Congreso de arquitectos españoles se debatió 
largamente este asunto de la necesidad de volver la mirada a nuestro ar- 
te arquitectónico nacional; la sociedad "Amigos del Arte" tiene asigna- 
dos premios a las construcciones que tal norma sigan; el Ayuntamiento 
de Barcelona concede anualmente recompensas a quienes levanten en 
aquella ciudad los más bellos y artísticos edificios. 

Y, sin embargo, el arte francés, la escuela inglesa, más aún, un in- 
forme conglomerado en que destacan la desorientación y un refinado 



258 MERCURIO PERUANO 

culteranismo del gusto estético (si vale la expresión) o un barroquismo 
vaío de todo sentido escolástico, imperan y gobiernan en el ánimo de 
aqueles que dedican su dinero a labrar con ostentación su propia mora- 
da, y en el de los arquitectos — y esto es peor, mucho peor — encargados 
por su misión técnica de encauzar el gusto de los pudientes. Y así ve- 
mos que la mayoría de las construcciones que se levantan en las grandes 
ciudades más parece zarabanda ridicula de extravíos arquitectónicos o 
muestrario endeble de ñoñeces artísticas que aplicación serena y ade- 
cuada de aquellos principios que fueron gala del arte clásico, siempre 
joven, que informaron al más puro helenismo o fueron pauta de aquellos 
vdrcntcs del Renacimiento, que, en medio de sus defectos, iban en pos de 
un ideal de belleza. ¿Es que acaso no hablan al espíritu — principio que 
debe informar todo intento artístico, por nimio y de poca monta que pa- 
rezca — esas viejas casas solariegas, esa Casa Consistorial de Huesca, 
con su severa fachada, sus airosas y feudales torres, su castizo alero, ple- 
no de majestad y bizarría; esa Casa de las Conchas y mil vestigios más 
del gusto, varonil y refinado a un tiempo, de esos alarifes de nuestro 
Rcrfacimiento artístico? 

La tradición se impone ciertamente, aunque con harta lentitud, lu- 
chando — vislumbrando, eso sí, el horizonte de la victoria — con las aberra- 
ciones de que queda hecha mención. 

Pero para que esta labor de reivindicación— sana y patriótica— -surta 
más pronto sus saludables efectos, es menester: primero, que el criterio 
de ciertas Corporaciones y de ciertas gentes no esté en pugna con la es- 
tética y la sindéresis, no mandando demoler determinadas construccio- 
nes, cuando a ellas se propende; y segundo, y sobre todo, que los ejem- 
plos dados por las personas de buen gusto menudeen y se multipliquen, 
medio único de que los artistas despierten, acicate para que los arquitec- 
tos trabajen pro pane lucrando y pro arte serio y digno, a un tiempo; y 
remedio decisivo — pues que estriba en la razón económica latente — pa- 
ra que nuestra tradición artística — la tan motejada tradición, por boca de 
los beocios y de dómines indigestos de extranjerismo — salga de la pos- 
tración en que yace por obra y gracia de malos encantadores. 



RICARDO DEL ARCO. 



El Tradicionista Palma 



Por lo mismo que circunstancias invencibles, fruto del cho- 
que de las injusticias humanas, impidieron a la prensa nacional 
rendir a don Ricardo Palma, en la hora de su desaparición de la 
tierra, el homenaje cálido, armonioso, brillante, que exigían su 
alteza espiritual y su renombre, siente MERCURIO PERUA- 
NO, por virtud de su prosapia y de sus deberes para con las 
nuevas generaciones intelectuales, una mayor responsabilidad 
al consagrar estas páginas a la memoria del tradicionista glo- 
rioso. Su actitud, a más de la sinceridad en la pesadumbre y del 
calor en la admiración, que son tratándose de don Ricardo Pal- 
ma movimientos de espíritu que se confunden con la nacionali- 
dad, tiene en estos momentos la emoción ocasional de quien se 
encuentra obligado a arrogarse una representación solemne, en 
nombre de la patria, ante la tumba abierta. Es como si nos co- 
rrespondiera, de pronto, sin buscarlo, el rol de enlazar con un 
crespón la bandera bicolor en frente a las miradas de todos los 
que bien quisieron a don Ricardo Palma y bien se enorgullecen 
de ser peruanos y de que él fuera el primero de su siglo litera- 
rio y artístico. 

MERCURIO PERUANO, cumple su deber en la medida de sus 
fuerzas, confundido por su poquedad, alentado por su emoción. Sa- 
be que se yergue para señalar, tendido el brazo, el sitio donde se 
ha derrumbado la más alta cumbre y donde, en medio al res- 
plandor hecho oro de la catástrofe, aparece la gloria. Sabe que 
el elogio de don Ricardo Palma está ya consumado y que su in- 
mortalidad llegó para él antes de que cerrara dulcemente los 
* ojos, y sabe, por lo mismo, que todo lo que resta para aprisionar 
la solemnidad de la tragedia terrestre, es transmitir al futuro el 
dolor de los hombres en el instante en que perdieron de vista en 
el horizonte, cegados por el sol, la barca de Caronte. 



260 MERCURIO PERUANO 

Lector: estas páginas de MERCURIO están escritas con 
patriotismo. Nunca, antes de ahora, pudo decirse con nxás ver- 
dad que la desaparición de un literato cierra un ciclo de la his- 
toria de un pueblo e impone la meditación en la suerte futura 
de las letras nacionales. Don Ricardo Palma era el único escri- 
tor representativo de su nacionalidad, el único q\ic haciendo la 
propaganda de su arte y de su nombre, hizo la de su ciudadanía. 
Todos los pueblos tienen tradición y todos la atesoran avaros de 
la riqueza espiritual que significa; pero son pocos los que pue- 
den vanagloriarse de que ella, transformada en monumento lite- 
rario, trascienda a otros pueblos y tome cuerpo en la conciencia 
universal. Don Ricardo Palma es, en este sentido, el eslabón 
más fuerte que ata en la inmortalidad las glorias de la patria a 
las de la raza. Su nombre será en la historia la himbre que ilu- 
minando los senderos de atrás inspire a los hombres el amor a la 
perspectiva y el deseo de entrar en ella y recorrerla con la ale- 
gría de la excursiones que se hacen a gusto del corazón. 

La personalidad literaria de don Ricardo Palma es única en 
la América. Su arte es original. No puede detenerse el critico 
en la admiración del estilo, tomado de fuentes clásicas y puras, 
juvenil y sano, jugoso y brillante, ni en la pintura de los perso- 
najes de la tradición, todos ellos moviéndose en el libro con vida 
espiritual y corporal; tampoco puede detenerse en la interroga- 
ción de si el tradicionista impone al lector el ambiente de la 
época o si lo transporta a través de los siglos, olvidado de su per- 
sonalidad y su momento. Lo más admirable de la reconstrucción 
artística y de la supresión de« las distancias que realizan las 
Tradiciones, cualquiera de ellas, todas tal vez, es precisamente 
la sutileza del artificio, imposible de descubrir y por lo mismo 
de imitar. Eso es lo personal. Eso lo grande. Eso lo que hace 
de don Ricardo Palma un escritor único, solo, inaccesible. Tra- 
dicionistas hay muchos en el mundo. Comentadores y revivido- 
res de crónicas añejas los hay más. Repetidores de anécdotas y 
romances lo somos todos. Pero reconstructores de ambiente y 
magos encantadores que hagan pasar a las generaciones de siglo 
en siglo hasta convertirlas, con sólo el libro delante, en espec- 
tadoras de la misma historia, no hay, ni ha habido en América, 
con ser inagotable la tradición americana, sino don -Ricardo 
Palma. Lector: ni tú ni yo ¡sabernos, cuando tenemos entre ma- 
nos el libro admirable, en qué momento dejamos de ser nosotros 
mismos para convertirnos en el hereje campanero que toca y 
toca, alegremente, su picara campana de media noche .... 



EL TRADICIONISTA PALMA 261 

Ya se comprenderá, si tal es el concepto de los que vivimos 
la literatura de ahora, que rinde patrias al estilo, pero que busca 
la sugerencia artística, cuánto ha de entusiasmarnos la labor li- 
teraria de don Ricardo Palma y con qué gesto de definitiva ad- 
miración la señalamos en la hora de su muerte. Sin atropellar a 
ninguno de los hombres de su época para empuñar el estandar- 
te conductor, ellos se lo dieron. Sin admitir comparaciones con 
ninguno de los escritores pasados y presentes, distinto de todos 
ellos, solo siempre en el laberinto de los que se dicen genios y 
de los que quisieran serlo, ese estandarte cobra ahora, en sus 
manos, una significación de gloria universal. 

Poeta infantil y romántico, primero, epigramático y satírico 
más tarde, jugó con sus aptitudes como quiso, hasta encauzarlas 
todas en el camino de la Tradición maravillosa. Podrá deberle 
el Perú la labor paciente de la reconstrucción de la Biblioteca Na- 
cional y podrán agradecerle los jóvenes de hoy la serena auste- 
ridad de su vejez, deslizada mansamente en medio de emociona- 
dos anticipos de la inmortalidad; pero lo que no le pagará la 
patria nunca, porque es gloria que ni los héroes suelen darla, es 
la sonoridad de su nombre y el rendimiento universal a su 
memoria . 

LUIS FERNÁN CISNEROS. 



Un eco del dolor argentino 



Entre las últimas fírmas que la mano, ya entorpecida, del no- 
ble anciano estampara, se encontrarán, sin duda, las que suscri- 
ben cariñosas dedicatorias, en un tomo de sus poesías obsequia- 
do a mi esposa y en la edición de "Tradiciones y Artículos His- 
tóricos" de 1899. "Al buen amigo, el Señor Antonio Sagarna, Mi- 
nistro Argentino — dice — en recuerdo de la amable visita que en 
el día de la patria peruana hiciera a su afectísimo amigo, el oc- 
togenario " ; y ya que la espera de algunas impresio- 
nes de mi país, prometidas por espíritus selectos y que deseába- 
mos llevar a Don Ricardo Palma — como un eco del alma queri- 
da de la tierra— con la gratitud emocionada por el obsequio, su- 
frieran excesivo retardo, queden en las páginas representativas 
de Mercurio Peruano, estas notas del recuerdo, del amor y de la 
veneración. 

Con serias dudas sobre mi capacidad de adaptación a las prag- 
máticas de la ortodoxa diplomacia, desgraciadamente menos refor- 
mada que lo que algunos ingenuos suponían, compensaba — al 
venir al Perú — las preocupaciones de yerros y traspiés en este 
inusitado sesgo de mi vida, con el pregusto de emociones, pre- 
sentidas y suspiradas desde las confidentes bancas del escolar: 
animar y reconstruir, en lo íntimo, frente a una "huaca" o a una 
losa, que tal vez hollara la planta soberana del Huayna, la vida 
sabia y triunfal del Imperio del Sol; evocar, dentro de los mu- 
ros de la Casa de Pizarro, la estupenda potencia de fé, de ambi- 
ción y de heroísmo, que moviera la obra insuperada de los Con- 
quistadores; poner en más estrecha comunión el alma con el es- 
píritu flotante del austero Gran Capitán y Gran Padre de tres 
patrias; ver, oír, estrechar, un segundo siquiera, la mano rugo- 
sa, evocativa como un viejo palimpsesto, del encantador 
tradicionista 



UN ECO DEL DOLOR ARGENTINO 263 

Y mientras el arcaico "protocolo" sigue guardado y res- 
guardado, cual la Thora en los ritos hebraicos, he ido llenando 
los números del programa de mis preferencias mentales y cor- 
diales; y en una tarde nublada del mes de Junio, por segunda 
vez encaminé mis pasos hacia la casita de Miraflores. donde apa- 
cible, se deslizaba la vida de Palma, después de su retiro de la 
Biblioteca Nacional. De esa visita daba cuenta en amisto- 
sa confidencia, a un compatriota, cuyas horas fructíferas, 
son compartidas por prestigiosas actividades jurídicas, nobles 
y altruistas preocupaciones democráticas y plácidos baños 
de alma en aguas y luz del azul. Dice así la carta : 

"Lima, 27 de Junio de 1919. Mi distinguido amigo: 
Hace pocos días, en compañía de mi esposa y de la del Secreta- 
rio de la Legación, fuimos a visitar a esa preciosa reliquia de 
las letras americanas, el venerable patriota, tradicionista y 
poeta peruano Don Ricardo Palma. Vive en compañía de su 
hijo Ricardo, médico de bien cimentado concepto cientifíco y de 
sus tres hijas, que le cuidan — no diré como tres monjitas ni tres 
vestales — porque, hacendosas y muy humanas, diluyen su tiempo 
en una alegría feliz y espontánea, que cascabelea y refracta la 
luz que mana de aquel santuario, en policromía del iris, así los 
caireles de una lámpara votiva." 

"Vive en una modesta casita este nimbado patriarca, en la 
villa y balneario de Miraflores, a una cuadra de la hermosa 
Avenida de la Alameda, a la que sus hijas le llevan por las tar- 
des en silla de ruedas, con gracia y orgullo de soldados que 
llevaran, sobre la cureña, su viejo pabellón peruano, arrugado y 
deflecándose por los embates del tiempo, pero reverberando, en 
la púrpura de sus paños, el sol de muchos días de gloria." 

"Está viejecito Don Ricardo, perdida casi la vista, tullido y 
tembloroso, pero frescos todavía los recuerdos y lleno de vigores 
el luminoso espíritu; aún es capaz de hilvanar perlas en sus 
inimitables Tradiciones, para enjoyar la literatura y vigorizar 
el nervio del espíritu nacional." 

"Nos recibió en su biblioteca, con sentidas palabras de cari- 
ño y expresiones de esa cortesía limeña, de gran señor hospita- 
lario, tan castiza y delicada: "¿Argentinos? Pues adelante a to- 
mar posesión de esta casa humilde, que es la vuestra y a contar- 
me como el más rendido de vuestros esclavos." Mucho lo rego- 
cijaba, nos dijo, que sus paisanos hubieran sabido demostrarnos 
el afecto del Perú hacia la patria de San Martín, Sarmiento, Gu- 
tiérrez y Sáenz Peña y que nos sintiéramos felices en su tierra. 



264 MERCURIO PERUANO 

Tuvo y tiene muy buenos y queridos amigos en la Argentina, 
recordando con especial complacencia, entre los primeros, a don 
Juan María Gutiérrez, de quien fué amanuense para sacar copias 
de libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional, cuando aquel 
eminente estuvo algún tiempo en Lima, durante la tiranía de 
Rozas. Claro está que me bañé en agua de rosas al oír, desde tan 
encumbrada cima, elogios tan justos y entusiastas como los que 
Don Ricardo expresara del Doctor Gutiérrez, el compañero de 
Alberdi, Várela y otros en la Sociedad Literaria del Plata, de 
donde saliera el famoso "Dogma Socialista" de Echeverría; el 
gran ministro de la Confederación; el ilustre rector e historia- 
dor de la Universidad de Buenos Aires. Me reñere el señor 
Palma que, allá por el año 1880, (yo tampoco no recuerdo con 
precisión la fecha) con motivo de los juegos florales, en que 
fueron laureados nuestros dos más grandes poetas, Ricardo 
Gutiérrez y Olegario V. Andrade, Don Juan María, visto por 
una comisión de caballeros para que formara parte del jury, ex- 
presó 8U imposibilidad por su estado de salud, pero, mostrando 
un tomo de las "Tradiciones Peruanas" que recién le llegaba 
con cariñosa dedicatoria de su ex-amanuense, les manifestó que 
también los poetas y artistas argentinos, debían orientarse hacia 
las cosas, acontecimientos e ideales de la tierra y que con ese 
criterio debían fallar los jueces y crearse los estímulos." 

"Entre los hombres de letras argentinos del presente, men- 
ciona cariñosamente a Don Pastor Obligado; y yo me explico 
la preferencia, por la afinidad de almas y la similitud en las 
manifestaciones literarias, en asuntos y estilo, de estos nobles 
ancianos, quienes viven todas las horas de sus serenas y fecun- 
das existencias, removiendo piadosamente las capas primeras de 
nuestras respectivas historias, ambas incipientes, pero tan lle- 
nas de humus fértilísimo como para que en él germine y arrai- 
gue un patriotismo idealista, por lo justiciero, libertario, gene- 
roso y fraternal." 

"Expresó profunda y sincera pena por l'a muerte, anuncia- 
da recientemente, de su estimado e ilustre amigo el Doctor Es- 
tanislao Zeballos; noticia que rectifiqué vivamente, agregándo- 
le que, después de soportar ima grave intervención quirúrgica, 
el organismo robusto del distinguido compatriota, se había re- 
puesto con verdadera rapidez y que a estas horas, florecida co- 
mo siempre su impecable boutoniére atendía con su habitual 
asiduidad, el Decanato y la Cátedra en la Facultad de Derecho, 
su prestigiosa revista, su autorizado bufete de abogado, algunos 



UN ECO DEL DOLOR ARGENTINO 265 

temas de la redacción de "La Prensa", la presidencia del Insti- 
tuto Popular de Conferencias y otros niunerosos asuntos que 
ocupaban su fértil actividad. Un vivo fulgor resplandeció en 
los ojos bondadosos y dulces del poeta y me dijo: "No sabe Ud. 
Señor Sagarna, cuánto bien me hace y cuánto le agradezco su 
noticia;'* y con ayuda de su hija encendió un nuevo cigarri- 
llo, que chupó larga y fruicientemente, como si quisiera transmi- 
tir a ese viejo compañero, confidente de sus rumias y de sus so- 
liloquios ya crepusculares, el júbilo de su buen corazón por el 
reaparecer de aquel amigo, que creyera anticipado por la ruta 
hacia el "ignoto país." 

"Pendiente de una de las paredes de la habitación, vi la fo- 
tografía de un perfil enérgico y simpático, ya encanecidas la ca- 
beza y barba, pero revelando franco vigor. ¿Don Rafael Al- 
tamira?, pregunté. Nó, respondiéronme, es el retrato de Don 
Nicolás de Piérola. "El Reconstructor", me atreví a insinuar; 
"justo — dijo entonces Don Ricardo— El Reconstructor, mi úni- 
co jefe de partido, pues muerto él, ya abandoné un asunto que 
poco entiendo y menos gusto; el reconstructor de nuestra vida, 
aniquilada después del desastre y que él tonificó y levantó con 
el ejemplo de su saber, su rectitud y su patriotismo". Mis infor- 
maciones sobre el Perú, aunque deficientes, no andaban, pues, 
tan lejos de la verdad histórica." 

"Preguntóme si había conocido a Don Rafael Altamira, 
que era también su amigo de muchos años y de tan hondo afecto 
como de gran admiración, mostrándome un retrato con dedica- 
toria. Contesté que le había conocido "desde la barra" en algu- 
nas de sus conferencias de Buenos Aires y mucho antes, por 
sus obras históricas y por su renombrada cátedra en la Univer- 
sidad de Oviedo; que eran él y Jaurés los dos "embajadores es- 
pirituales,", como tan elocuentemente calificara Joaquín V. 
González, quienes más intensa impresión y más valiosas ense- 
ñanzas dejaron en la juventud argentina, de entre los varios 
que en determinado momento, nos visitaron por allá (Perrero, 
Ferri, Gaffre, Posada, Clémenceau, Blasco Ibáñez, Murri, Fran- 
ce, etc,) por la sinceridad, fervor y altruismo de su predi- 
cado. Advirtió el Señor Palma que, también entre la juventud 
peruana, dejó imborrable huella el maestro español, por las mis- 
mas razones que yo expusiera. ¡Es que no hay registrador que 
iguale en precisión para constatar y medir valores morales, al 
de la conciencia de la juventud sana que estudia y que lucha, 
que ama la vida misma por lo que ella tiene de espontáneo y ex- 



266 



MERCURIO PERUANO 



pansivo; que cataloga fidelisimamente a los que adoctrinan o 
simulan adoctrinarla, de un lado en "maestros ciruelas", "peda- 
gogos soufflés." "dulcamaras", y "diablos predicadores" y del 
otro, en maestros, pura y simplemente, con todo el sublime sen- 
tido de abnegación, altruismo y pasión docente del concepto! 
Y por eso, los Larroques, Clark, Torres, Scalabrini, Bavio, Ugar- 
teche, Sarmiento, Gómez, Estrada, Alvarez, (Agustín), para no 
nombrar sino a unos cuantos muertos, que iluminaron y cal- 
dearon nuestra escuela, colegio y universidad, son inconfundi- 
bles con el cardumen de los "enseñadores" descreídos, que lo 
mismo empavesan su hueca testera con una banderola de "pa- 
triotas incorruptibles" en un día de fiesta, que se uncen, ellot 
mismos, los muy voluntarios, al carro de alguna fea oligarquía 
en la esperanza de honores o provechos indecorosos." 

Seguimos conversando de varias cuestiones interesantes, en 
un ambiente familiar, como si de larga data nos conociéramos; 
y cuando nos retiramos, ya entrada la noche, non lucevan le 
stelle, porque la densa bruma invernal de Lima, encapotaba el 
cielo y humedecía la tierra, pero una sensación de altura pare- 
cía soliviantar, suavemente, nuestras almas. ¡Qué inmenso bien 
produce el trato con estos nimbados exponentes de los grandes 
tiempos que fueron, que comprenden y aquilatan la nueva hora 
que pasa y que sienten el pregusto de las conquistas futuras 
con un optimismo gozoso, que no amengua ni entibia siquiera 
la segura próxima despedida! ¡Qué lección estupenda daríamos 
a nuestra juventud si pudiéramos hacerla pasar, de cuando en 
cuando, en peregrinaciones templarías por las casas de estos pro- 
ceres de la civilidad, del patriotismo y de la belleza!". 



'Antonio Sagarna". 



Llegado el 28 de Julio, sin perjuicio de las ceremonias y de 
las manifestaciones amistosas oficiales, llevé mi saludo y mi ho- 
menaje — con el homenaje y el saludo del pueblo argentino — al 
nimbado patriarca, en su retiro augusto. Sé que le hice feliz y 
él a mí. Reanimóse, y cálido y vibrátil, díjome las buenas, bellas 
palabras de su corazón, para agradecer lo que él juzgaba una 
gentileza de mi parte y yo conceptué como un deber y sentí 
como una delectación. El recuerdo justiciero y amoroso para 
el común Gran Procer; la evocación de las comunes glorias; la 
seguridad plácida de comunes ideales y destinos; la confianza en 



UN ECO DEL DOLOR ARGENTINO 267 

próximos mejores días para la Patria y la América, salían de sus 
labios con esa espontaneidad grácil y confiada de quien, sabiéndo- 
se obrero cumplido y eficaz en su tarea y en su hora, descansa en 
el sano optimismo de saber que otros harán la suya y que todos 
los rehacios, retardados o desertores, no serán capaces de tor- 
cer el curso de la vida en ascensión perenne. 

j Fué el apretón de manos de ese día, el de nuestra despedi- 
da eterna! — Por esperar otras — como dejo dicho, anunciadas — 
no alcancé a llevarle palabras cariñosas de mis queridos alumnos 
de la Escuela Normal de Paraná; de altas personalidades como 
Zeballos; como el fervoroso y noble Maestro Juan José Millán, 
Inspector General de Enseñanza Secundaria, Normal y Espe- 
cial, quien me dice: 

"Me he enterado de su visita al egregio escritor y poe- 
ta Don Ricardo Palma. Me imagino fácilmente sus alegrías, en 
presencia de ese hombre cuyos libros Ud. vio en mi biblioteca, 
cuando buscábamos la guía del Tiahuanaco, como me imagino 
bien el alcance que Ud. da a esa vida que guarda todos los en- 
cantos del pasado; para Ud. y para su espíritu idealista, jqué 
hermoso baño de sentimentalidad, habrá sido esa conversación 
con el hombre que tan hondo ha penetrado, no sólo en el alma 
tradicional del Perú, sino en la de todas nuestras tradiciones! 
Así, como en el pasado, con las aplicaciones que el progreso 
científico pueda añadirle, es como concibo la organización so- 
cial del porvenir. Quizá algunas mejores formas de la vida po- 
lítica y de relación agregadas o modificadas, respecto de lo pa- 
sado y actual; una mayor seguridad de la paz y la solidaridad 
humanas, una mucho mayor porción de modestia y sinceridad 
y con eso ya seríamos felices del todo"; y como Prudencio Cia- 
ría, gran abogado, austero ciudadano, notable orador, alma crio- 
lla sensible al bien y la belleza: "Muy buena, me dice, su carta 
última, en la que con tanto y tan explicable calor — y cariño — nos 
habla de ese" "viejo amigo," de Don Ricardo Palma, de cuyas 
"tradiciones" hemos desprendido hermosas perlas. Y entiéndase 
que cuando le llamo "viejo amigo" es porque me lo presentaron 
sus obras, y me lo hicieron gustar sus exquisiteces, y me lo hi- 
cieron querer sus bondades, sus gentilezas y sus vinculaciones 
con muchos de los nuestros." 

"Creo, como Ud., que haría mucho bien a nuestra juventud 
— y a muchos que no lo son — ^visitar de vez en cuando sagrarios 
como ese, bañarse en su luz, beber ese elixir de belleza y de 
santidad, retemplar la fibra' en presencia de ese bravo viejo lin- 



268 MERCURIO PERUANO 

do, tan ameno en el decir, tan robusto en el querer y recordar." 
Rudas, vitales agresiones, sacudieron al mundo en los últi- 
mos años y pareciera que, más que al dolor tremendo, al feo es- 
pectáculo de sus devastaciones, dulces Haedas de América ce- 
rraron los ojos y elevaron las almas en busca de refugios sere- 
nos y luminosos: Darío, Almafuerte, Guido Spano, Rodó, Ñervo, 
Palma, el último. Y sin embargo, para reconstruir el mundo, para 
salvar la democracia, por apóstoles de la belleza y del bien, cla- 
man las conciencias, ahitas de fuerza inclemente, de sofismas 
juristas y de dogmatismos intolerantes. Su ausencia es, pues, 
m9S sensible e irreparable. 

De las copas de sus altos árboles; de las cimas y laderas 
de sus cerros y montañas; de la tupida fronda de sus bosques, 
centenarios y misteriosos como los de Chapultepec; de los flo- 
ridos jardines y verjeles, que orlan su vida sana, generosa y be- 
lla, mi Patria Argentina desgaja, para ofrendarlos a la memoria 
gloriosa de Ricardo Palma, laureles, olivos y palmas, aromos, 
madreselvas, margaritas y flor del aire, como un emblema — 
en vigor y perfume — del eco dolorido de un pueblo que le amó 
en vida y le reverencia en la eternidad de su obra. 

Y pues que se va al cielo, este patriarca de las letras y del 
alma soñadora de América, un resplandor de soles cruzará la 
extensión serena de su azul y le partirá en franjas. Será mi 
bandera, montando guardia en su honor al paso del gran corte- 
jo y flameará melancólicamente', como un pañuelo amigo en la 
partida final 

ANTONIO SAGARNA. 



Palma, satírico 



La aptitud limeña para la sátira, es ya un lugar común en 
la historia literaria peruana. Nuestros más originales ingenios 
fueron satíricos. A la sátira no alcanzó la imitación que bastar- 
deó todos los otros géneros. Palma, el espíritu más representa- 
tivo de nuestra literatura, tenía que ser necesariamente burlón. 
Su humorismo provenía de aquella surgente vena criolla, de risa 
sana y jovial, de inconfundible malicia, que tuvo su hontanar 
risueño en el siglo XVII, en Juan del Valle y Caviedes, el 
poeta de la Ribera. 

En apariencia es a Palma al que menos conviene, entre 
nuestros risueños burladores, el dictado de satírico. Su obra 
propiamente satírica es muy escasa. En breve cuenta podría re- 
ducirse a las rimas festivas de Verbos y Gerundios, a su cola- 
boración en el Juicio de Trigamia y a sus fugaces intervencio- 
nes en la política. 

Pero en Palma lo risueño, lo burlón, es lo innato, lo distin- 
tivo. Por sobre sus prestigios como historiador y su reputación co- 
mo poeta está su purísima gloria de ironista. En tierras de Casti- 
lla, Miguel de Unamuno lo ha llamado el primer ironista de la 
lengua. En nuestra descaracterización literaria, tuvo Palma la 
virtud de un gesto propio: su sonrisa. 

La sonrisa de Palma presta originalidad, unidad y aliento 
personal a su obra. ¿Qué son sus Tradiciones, sino historia ilu- 
minada por una chispa de gracia, historia festiva hecha por un 
limeño que no podía olvidarse de su agudeza ni abdicar de nin- 
guna de sus prerrogativas risueñas? El supo hacer sonrientes las 
más graves tareas: la erudición, la filología, la bibliografía. El 
hizo sonreír a la plañidera musa romántica de los bohemios de 
su tiempo. 



270 



MBRCURIO PBRUANO 



Palma intentó en su mocedad, más por contagio que por 
nativa tendencia, ganar los lauros de Apolo. Varios libros que- 
dan como testimonio de ese pecado venial. Pero, desde enton- 
ces, se nota en él la vena satírica. Mientras sus compañeros de- 
liran por Hugo, Byron y Espronceda, él comparte sus admira- 
ciones románticas con Larra y Fray Gerundio y traduce al escép- 
tico ironista de Atta Troll. Por más que su mejor traducción 
sea la de una poesía de Hugo, no era el formidable temperamen- 
to del titán francés el que se acomodaba a la amable espiritua- 
lidad del ironista peruano. Fruto de aquella bohemia, en la que 
no faltaban espíritus tan chispeantes como Juan de los Heros, 
el festejadísimo autor de las Ensaladas y Pucheros, fué El Dia- 
blo, periodiquillo tundidor y travieso, en el que Palma hizo sus 
primeras armas satíricas, y por el que estuvo a punto de recibir 
un bautismo, nó de agua sino de legítimo bejuco americano. 

Fué carácter distintivo de nuestra sátira la orientación po- 
lítica. Los ejemplos de sátira social son muy escasos. Fuera de 
los pocos artículos de Pardo, el único ejemplo de crítica de las 
costumbres lo ofrece Segura. Y dentro de la sátira política, el 
periodismo tentó a todos y, lo que es lo más grave del caso, el 
periodismo de oposición. Para atacar nunca faltó gracia entre 
nosotros: El Murciélago y Juan de Arona bastan para compro- 
barlo . 

Palma intervino una vez en el periodismo satírico, y no hay 
necesidad de decirlo que fué en el de la oposición. En unión de 
Juan de los Heros, escribió "La Campana", periódico en el que 
publicó unas jocosas semblanzas de los diputados a la Constitu- 
yente del 67, que son la prueba más dolorosa de la tenacidad de 
nuestros vicios políticos. Véase si no parecen congresales contem- 
poráneos, estos dos tipos esbozados por el regocijado semblan- 
cero de aquella época. Este es el entonces diputado por La Mar: 



Quien hace lo que puede 
A más no está obligado: 
Al buen callar lo llaman 
En este mundo, Sancho; 
Quien se mete en camorras 
Sale perniquebrado. 
Por eso usarced dice: 
Votemos y vivamos. 



PALMA, satírico 271 

Y la que sigue es la intencionada semblanza de un honora- 
ble señor que respondía inoportunamente al nombre de Casa- 
franca : 

Pues no está franca la casa, 
¡Pese a su nombre de pila!, 
Pues añrman (¡será guasa!) 
Que el ministerio la alquila. 



El que no acertó a ser sino un mediano poeta lírico, fué un 
buen poeta festivo. Verbos y Gerundios es la prueba. Aunque toda- 
vía perduran las huellas románticas, en Verbos y Gerundios pre- 
dominan ya las composiciones alegres. Si no había conseguido 
dar la delicada nota erótica, da la traviesa nota picaresca, y en 
vez del epitalamio romántico, rima en octosílabos su parte de 
matrimonio. Son las de esta colección las poesías más popula- 
rizadas de Palma, las que perdurarán de su obra poética, por la 
virtud eternizadora de la risa. De memoria sabemos todos esas 
anécdotas rimadas que él titulaba cuentecillos en los que predo- 
mina la fina y ligera nota epigramática. Para acreditarle como poe- 
ta festivo bastan Heroicidad, La última copita. Indirectas directas, 
La mendiga. Hasta los gatos quieren zapatos, esa alusiva compo- 
sición Lo de siempre que tiene su exacta moraleja política o 
aquellas otras en las que da la difícil receta para hacer versos 
o solicita a un viudo una rama del árbol en que se ahorcaron sus 
dos cónyuges, o aquella traviesísima y delicada en que un enfer- 
mo de hospital suspira por ser yerno de Dios ante el palmito 
adorable de una de sus místicas hijas. Como una muestra de ese 
ligero y picaresco ingenio básteme reproducir esta cuarteta, ca- 
racterística como ninguna, de la malicia socarrona de Palma: 



¡Que pierna, Jesucristo! Era un portento: 
¡Redonda, limpia^ trasparente, tierna! 
De esas piernas tan pródigas de encantos 
Que hacen prevaricar hasta a los santos. 



Otros méritos tiene el desenvuelto rimador de Verbos y Gerun- 
dios, para figurar con honra como poeta festivo. Su regocijada mu- 
sa no podía estarse quieta mucho tiempo. A poco de aparecida a- 



272 MERCURIO PERUANO 

quella colección de versos, se une Palma con los más chispeantes 
ingenios de su época para publicar un periódico: "La Broma". 
Por una excepción encomiable "La Broma" no se ocupa de políti- 
ca. La inhibición política les obliga a buscar nuevos motivos para 
su pluma chancera. Nace entonces la idea de escribir un juicio en 
verso, con todas las formalidades requeridas por el Código de En- 
juiciamientos. Entre los bromistas había jurisconsultos tan promi- 
nentes como Miguel Antonio de la Lama y Manuel Atanasio 
Fuentes, El Murciélago. El propio Palma podía exhibir diploma 
académico. El juez de la causa sería Lama. Palma, — nunca más a- 
certada elección — abogado de una limeña, indignamente chasquea- 
da por su consorte, un inconstante capitán, inicia la demanda en un 
jocoso escrito en que denuncia el matrimonio de éste, sucesivamen- 
te, con una arequipeña y ima moqueguana. Fuentes, se encarga de 
la defensa del trígamo. Acisclo Villarán, haría de Promotor 
Fiscal. La arequipeña sería defendida por Eloy P. Buxó y la 
moqueguana por Julio L. Jaimes. Escribano y alguacil: Benito 
Neto. 

Las cuatro primeras piezas, las fundamentales del proceso, 
son las más ingeniosas y agudas. Palma y Fuentes compiten 
en ironía y en humorismo y se echan unos a otros saladísimos 
epítetos. Después de complicado procedimiento, en el que no 
faltan las indispensables notiñcaciones, decretos, declaraciones y 
solemne vista de la causa, con informe oral de los abogados, el 
jueí expide una sentencia leonina y desconcertante, pero gracio- 
sísima : 

y como el capitán ha revelado 

inteligencia escasa, 

le condenamos a vivir con ellas \ 

en una misma casa. 

Una debía criar a los hijos y coser, lavar y planchar la otra, 
servir en la cocina la tercera, y el capitán infortunado soportar 
y mantener a las tres. 



Pero en donde Palma revela más originalmente su humo- 
rismo es en las Tradiciones. Con ser obra de historia y de celo- 
sa erudición, las tradiciones son el mejor testimonio de su ma- 
licia y de su donaire picaresco. Sólo él supo, reuniendo cualida- 



PALMA, satírico 273 

des que se rechazan por instinto, ser erudito y travieso. Pudo 
haberse despersonalizado en la lectura soporosa y en la rebusca 
ímproba. Pero su espíritu alado revoloteaba juguetonamente 
sobre los infolios a caza de la anécdota añeja y escabrosa, de la 
aventura galante o el detalle sugeridor. En vez de envejecerse 
en el trato con los pergaminos, él rejuvenecía la historia con su 
regocijo satírico. 

Como más tarde el autor de la Isla de los Pingüinos, él ha- 
ría sátira en la historia y la haría con todas las características de 
la sátira criolla hasta con sus alusiones políticas. 

Palma se revela en sus Tradiciones criollo auténtico, indisci- 1 
plinado, enemigo de la autoridad, irreverente en cuestiones re- 
ligiosas, oposicionista por temperamento, malévolo y gracioso. 

Como criollo legítimo le tiene odio jurado a la autoridad, 
llámese esta: monarca español, virrey, audiencia, corregidor o 
presidente. Se regocija cuando el virrey se ve en algún grave 
aprieto; cuando es más tirante el forcejeo entre el virrey y el 
arzobispo a propósito de un estrado o de un quitasol; cuando al 
virrey le cortan el revesino o lo llevan a la cárcel como a cual- 
quier pelafustán. Hasta parece que colaborara con los pasquine- 
ros que escriben pareados contra los virreyes en las paredes de 
palacio y que ayudara a repicar al campanero delator de los tra- 
pícheos del virrey hereje. Cada virrey tiene su mote en las Tra- 
diciones: el hereje, el poeta, el inglés, el de la adivinanza, el vi- 
rrey brazo de plata, el temblecón, el gotoso, el' de los milagros, 
Pepe Bandos o el virrey de los pepinos. Al único que alaba sin 
reservas es al virrey limeño. Sus simpatías son siempre por los 
rebeldes. Por Gonzalo, el gallardo insubordinado, y por Carba- 
jal, el irreductible y sarcástico Demonio de los Andes. Aplau- 
de al noble que alega la limpieza de sus cuarteles para desobe- 
decer las ordenanzas de un corregidor. Pero nunca se regocija 
más que cuando el motín es de limeñas. Diríase que azuza el 
resentimiento femenino, cuando un virrey se ha atrevido a le- 
gislar sobre la saya y manto o sobre las medias de las limeñas. 
Se le oye gruñir: ¡Buena laya de godazo! De todas las autori- 
dades la que más le subleva, acaso más que el Rey o la Inquisición, 
es la del padre tiránico con la hija enamorada. Bate palmas 
cuando la limeña se obstina en no casarse con el pretendiente 
arterio-esclerótico o se retira, herida en su dignidad, a una celda. 
Sus críticas a la autoridad tienen cierto sabor a periodismo 
de oposición. Cuando el virrey no sabe qué hacer ante la suble- 
vación de las limeñas, él apunta: "Entre tanto el gobierno esta- 



274 



MERCURIO PERUANO 



ba en Babia". Por asunto parecido llama "papanatas" a Felipe 
TI y muy traviesamente exclama, refiriéndose a otro monarca 
que se atrevió a dictar pragmáticas contra los chapines de raso 
de las limeñas: "¡Vaya un rey de baraja sucia!" ¿No hay en to- 
do esto su puntilla de sátira política?. 

Nadie tampoco más amigo del alboroto y del tumulto que el 
tradicionista. Aunque en la Colonia no hubiera partido políti- 
cos, ni revoluciones, él se encarga de abultar el menor conflicto 
administrativo social o eclesiástico y de dividir la opinión en 
bandos inconciliables. La rivalidad entre criollos y peninsulares, 
latente en toda la época colonial, da asunto con sus curiosos li- 
tigios a sus mejores tradiciones. Ella se demostnba más violen- 
ta en los capítulos de frailes. Palma se complace descubriendo 
los preparativos de la elección, haciendo el recuento de los vo- 
tos, describiendo las batallas y las incidencias de aquellas jor- 
nadas frailescas. Como no hace historia seria, no tiene reparo en 
plegarse a uno de los bandos y rimar vítores por el triunfo de 
su candidato. Limeño empedernido se afília siempre al bando 
criollo, como que sabe que éste será más tarde el de la Indepen- 
dencia. Si el cronista hubiera vivido en esos tiempos, hubiera 
sido partidario de los padres Urrutias, los dos limeños presti- 
giosos. Tradicionista, no oculta su simpatía por el virrey capi- 
tulero. Con el tiempo el virrey será presidente y el convento, 
municipio o cuerpo electoral. El mismo se encarga de hacer 
el risueño paralelo de la Colonia y la República en Una hostia 
sin consagrar. 

En las tradiciones de Palma, por último, hasta íos santos se 
ocupan de política. Santa Rosa, esa "divina mestiza que fué 
santa sin dejar de ser limeña", formula al Señor una súplica a 
favor del Perú, idéntica a la que su mística hermana Santa Te- 
resa hiciera para España: un gobierno justo y moderado. El 
Dios español, algo truhanesco, contesta en clara lengua de ro- 
mance, en tanto que el sonriente Padre Eterno de Lima, tiene la 
picaresca malicia de los hijos de la ciudad y envía regocijada- 
mente a la Santa a comer buñuelos. Pero esta graciosa inven- 
ción, no tiene ya nada de tradición ni de historia. Es una capi- 
llada auténtica que hubiera podido ser firmada por Fray Ge- 
rundio y refrendada por Tirabeque. Tampoco es tradición 
aquella traviesa profecía, Apocalíptica, en que los limeños devo- 
tos de Nuestra Señora la Pereza, llegan tarde al Juicio Final . . . 
Insensiblemente el tradicionista se olvida de sus deberes his- 
tóricos, para dar su palotada sobre partidos o sobre caudillos de 



PALMA, satírico 275 

su época. Su lenguaje es el primero en delatarlo. Es al satírico 
político al que se adivina cuando llama irónicamente a las ba- 
las, "pildoras de democracia", o cuando dice que el dómine de 
uno de sus cuentos "concedió amnistía general" a los arrincona- 
dos escolares, o, por motivos de heráldica, afirma que "el sable es 
civilista que no corta ni pincha". Abundan esta clase de alusio- 
nes en las Tradiciones. Con el menor pretexto, el cronista se tras- 
lada desde sus tiempos pretéritos a la realidad del presente que 
nunca dejó de preocuparle. Así por una indecisión de si vale 
más el águila o el león con corona de los Prado o los Pardo, 
nos dice: "Decídalo otro, que a mí me basta saber que entre un 
Pardo y un Prado han traído tanta bienandanza al Perú que esta- 
mos dando dentera al mundo". Sobre presidentes del Perú, hay 
abundantes apreciaciones en las Tradiciones, y nó precisamente 
en las que a ellos se refieren. De Gamarra, dice: "que fué el pri- 
mer caudillo de motín que tuvo la patria nueva y el que fundó 
cátedra de "anarquía y de bochinche". A Salaverry lo ensalza. 
A Castilla, de quien fué opositor, no le escatima sin embargo 
admiración. De Balta habla con no oculto fervor partidarista. 
Se burla en cambio de la "república práctica" de D. Manuel 
Pardo. Y todo esto haciéndole risueñamente ascos a la política, 
como cuando dice: "Pero noto que voy metiéndome en el peli- 
groso campo de la política y hago punto; no sea que me eche a 
disparatar como la mayoría de los hombres públicos de mi tie- 
rra, que no pueden dar en bola cuando están con el taco en la 
mano". ¿Y el tradicionista? Por los cerros de Ubeda.... por 
los cerros de Ubeda de la política se entiende. 

Muy largo sería analizar todos los motivos que dan lugar 
a la risa picaresca de Palma. Quizás de lo que se burló más do- 
nosamente fué de las supersticiones, y de los santos. San Pedro 
y Jesucristo resultan viajeros por el valle de lea. El cronista 
no duda de ninguna superstición y cuenta crédulamente, con de- 
voción de beata terciaria, los milagros del beato Martín o la 
ingenua conseja del alacrán de Fray Gómez, A las viejas lime- 
ñas las ha caracterizado admirablemente, en tradiciones que son 
verdaderos retratos burlescos. Baste citar las tradiciones Tras- 
L'ido a Judas, Contra pereza, diligencia. El niño llorón, sobre to- 
do aquella inimitable La misa negra. Véase si los párrafos de 
este cuento no parecen surgidos de la desdentada boca de la 
abuela : 

"Como un año estuvo presa la picara sin querer confesar 
ñizca: pero, ¿adonde había de ir ella a parar con el padre Pardi- 



276 MERCURIO PERUANO 

fias, sacerdote de mucha marraqueta que fué mi confesor y me 
lo contó todo en confianza? Niños recen ustedes un padrenuestro 
y un avemaria por el alma del padre Pardiñas. 

Como iba diciendo, quieras que no quieras, tuvo la bruja 
que beberse un jarro de aceite bendito y entonces empezó a ha- 
cer visajes como una mona, y a vomitarlo todo, digo que cantó 
de plano; porque el demonio puede ser renitente a cuanto le ha- 
gan, menos al óleo sagrado, que es santo remedio para hacerlo 
charlar más que un barbero y que un jefe de club eleccionario. 
Entonces declaró la San Diego que hacía diez años vivía ({ Jesús, 
María y José!), en concubinaje con el Patudo: ustedes no saben 
lo que es concubinaje y ojalá nunca lleguen a saberlo. Por mi 
ligereza en hablar y habérseme escapado esta mala palabra, re- 
cen ustedes un credo en cruz". 

Más que historia, es reproducción de un tipo que el tradi- 
cionista conoció niño y que trasladó con admirable fidelidad. 

El poeta festivo, tiene también cabida en las Tradiciones. 
Fuera del obligado preludio que precede a cada serie de ellas, 
su musa picaresca encuentra múltiples ocasiones de revelarse 
en una repiqueteada cuarteta o en un pareado burlón. ¿Son 
realmente copiados muchos de los versos que contienen las 
Tradiciones o son fruto del ingenio nunca en reposo del poeta? 
El no lo dice, pero yo me inclino a lo segundo. Absolutamente 
suyos algunos, sobre una base ajena insignificante otros; al tra- 
dicionista pertenece por lo menos, el mérito de su oportunísima 
colocación. Asoma en esos cortos versos un regocijo jovial, un 
acento de copla liviana, frescura y desembarazo de musa po- 
pular : 

La madre que te parió 
merecía parir veinte 
y que yo fuera diezmero 
y me tocaras en suerte. 



Digo que no eran dedos 
los de esa mano, 
sino que eran claveles 
de a cinco en ramo. 



PALMA, satírico 277 



Es el amor un bicho 
que cuando pica 
no se encuentra remedio 
ni en la botica. 



Si yo me viera contigo 
la llave a la puerta echada 
y el herrero se muriera, 
y la llave se quebrara 



Como éstas, podía citar cien. Sólo citaré dos más, traviesi- 
«ima la primera, muy característica de Palma la segunda: 

Mis ojos fueron testigos 
Que te vieron persignar, 
¡Quién te pudiera besar 
Donde dices enemigos! 



Cuando dos que se quieren 
, se ven solitos, 

se hacen unos cariños 
muy rebonitos. 

El estilo de las Tradiciones es, por último, la mejor prueba, 
del humorismo de Palma. No entra ya en las dimensiones de es- 
te artículo hablar de aquella riquísima prosa, mezcla de habla 
antigua y de castizo criollismo, en que se confunden el vocablo 
rancio de los viejos infolios con la granea expresión popular, y 
que, por lo airoso de su construcción y la abundancia de pala- 
bras burlescas que la coloran, es por sí sola una invitación al 

Y, como en las Tradiciones, fué Palma en su vida y en su 
obra: siempre risueño. Filólogo, presenta a la Academia de la 
lengua un catálogo lexicográñco en el que predominan los más 
bufones vocablos: adefesiero, bagre, cabulista, caray, capitule- 
ro, codeo, chichirimico, despapucho, disfuerzo, guá, muchitan- 



278 ' MERCURIO PERUANO 

ga, paporreta, picasena/ politiquear, puchuela, tetelememe, tim- 
birimbero, tutuma, zafado, zamacueca, zaragate. Diríase que de- 
fiende el léxico de sus Tradiciones. Bibliotecario, yo le admiro 
el gesto risueño de anotar picarescamente los libros, con anota- 
ciones que serán documentos en el futuro. Sin su sonrisa, la 
obra de Palma hubiera sido la de un poeta chirle y plañidero, 
la de un adocenado erudito, la de un historiador mediocre, la 
de un bibliotecario prolijo. Por su picardía, poi* su fina espiri- 
tualidad, por su lisura limeña, la obra de Palma quedará como 
la más genuina muestra de la travesura criolla. 

RAÚL PORRAS BARRENECHEA. 



La Poesía de Palma 



Cuando se quiere sintetizar en un epiteto la obra literaria 
de D. Ricardo Palma, se le llama Tradicionista. Este adjetivo 
qUe, al correr de los años se ha hecho inseparable antecedente 
de] apellido del maestro y que, aun solo, lo designa antonomási- 
camente, define aquella obra para el pueblo mejor que cualquie- 
ra clasiñcación retórica imaginable. Como todo lo que sugiere o 
evoca en vez de describir o someter a análisis, tiene para la men- 
te popular el mismo poder mágico que el sésamo ábrete de los 
cuentos orientales. Así como esta fórmula abría a quien la pro- 
nunciaba el antro fabuloso en que hacinábanse las miríficas ri- 
quezas acumuladas durante años, aquel caliñcativo hace rutilar 
ante la fantasía del pueblo el prodigioso lingote de las leyen- 
das nacionales, secular y magníñco, pacientemente acopiado y 
transformado por el buril, a un tiempo firme y ágil, del artífice, 
en una deslumbrante sucesión de hermosas orfebrerías. Hace des- 
filar ante sus ojos, en el animado panorama de sus relatos, las su- 
cesivas épocas de la historia, nó a manera de vastos frescos claus- 
trales, rígidos y obscurecidos por añosa pátina, sino con el mo- 
vimiento, la emoción y la vitalidad de la representación escéni- 
ca, en que la propia vida se resume y acendra. Y en ese viviente 
escenario, el pueblo aprende y ama su Historia que no pudo leer 
en los indigestos centones, ni en los descarnados manuales. Pero 
no por eso le llama historiador, aunque la Historia le suminis- 
tre su materia, ni novelista por más que en sus Tradiciones la 
fantasía novelesca imprima carácter, pues no es ni lo uno ni lo 
otro separadamente, sino que le llama Tradicionista, porque es- 
ta calificación abarca ambos elementos de su ingenio, 
tan inseparables en sus libros como lo fueron en su espíritu. 
Así el instinto popular, que nunca se equivoca, rebasando una 
estricta denominación retórica que no comprendería la riqueza 



280 MERCURIO PERUANO 

literaria del escritor que nos ocupa, al bautizarle con el título 
de Tradicionista, se la reconoce, a la vez que discierne en él, al 
lado y por encima del cronista, al poeta, al poeta uue infunde al- 
ma a los yertos datos del historiógrafo; al artista que, con la vir- 
tud milagrosa de su imaginación, encarna, revive y anima las 
frías osamentas de la Historia. De esa suerte el caliñcativo de 
Tradicionista corresponde perfectamente al concepto popular, 
acerca de las Tradiciones, viene a signiñcar desde el punto de 
vista literario, mucho más de lo que sugiere, literalmente enten- 
dido; y designa al poeta embellecedor de las leyendas popula- 
res, mucho más que al mero folklorista o recopilador de mitos 
populares o que al paciente analista que ordena en casilleros cro- 
nológicos los sucesos históricos. 

En consonancia con el sentir popular, el más sólido criterio 
para apreciar las obras de arte, queremos sostener en este ar- 
ticulo, que en las Tradiciones de Palma hay algo más que meras 
crónicas coloniales vertidas en estilo gracioso y retozón, y vivi- 
ficadas por una vena de humorismo criollo; que hay en ellas 
verdadera obra de creación poética, en cuanto allí la fantasía 
reedifica con las piedras ásperas de la Historia el arruinado al- 
cázar de las épocas pasadas devolviéndole toda su b<^lleza y es- 
plendor, y en cuanto el dato histórico o legendario sólo es allí 
el material bruto que cincela y labra la fantasía Por contraste, 
sólo vemos en la obra versificada de Palma un superficial tra- 
bajo de imitación, una serie de ensayos de dilettante, en que des- 
aparece por entero su genio poético, su emotiva fantasía de 
creador, para dar lugar a efímeros escarceos. 

Incurriendo en aparente paradoja, queremos encontrar al 
poeta donde no se le busca: en la obra del prosador, y ver sólo en 
el presunto poeta al vulgar imitador; afirmar, en stima, que la 
\erdadera obra poética de Palma, reside en las Tradiciones y nó 
en las Poesías, donde la quiere ver la mirada que se detiene en 
los nombres de las cosas y no penetra en su sustancia. 

Un somero examen de las Tradiciones y de los versos corro- 
borará la justeza de estas afirmaciones. 

¿Qué son las "Tradiciones", este nuevo género literario que 
aclimató inmediatamente Palma con la fuerza de su ingenio en 
las letras castellanas y que, abriendo ancho cauce al americanis- 
mo literario, dio a su nombre tan prolongada resonancia? Son a 
la literatura peruana lo que las leyendas históricas de Zorrill:a y 
los romances del Duque de Rivas a la española . Relatos de acon- 
tecimientos históricos remotos o de arraigadas y antiguas su- 



LA poesía de palma 281 

persticíones y consejas populares, idealizados por la fantasía 
del literato y vivificados por su generosa emotividad; y repre- 
sentan en nuestra literatura el florecimiento del genio popular 
que adquiere conciencia de sí mismo en su contacto con la his- 
toria patria, al influjo del romanticismo europeo, llamado a 
reemplazar al ya caduco y agonizante clasicismo. Constituyen 
su materia, los sucesos históricos y las tradiciones populares de 
nuestro país, y su forma corresponde a los géneros que nacie- 
ron del Romanticismo. 

De suerte que, tanto por su contenido como por su forma, se 
derivan de las más puras fuentes poéticas que puedan alimentar 
a una literatura: la imaginación histórico popular y el senti- 
miento y el amor del pasado nacional erigido a la categoría de 
una escuela. 

El Romanticismo tuvo en el Perú el mismo sentido y pro- 
dujo los mismos efectos que dondequiera apareció: fué un re- 
chazo de los modelos extranjeros, agotados ya por prolongada 
imitación, y un regreso a las tradiciones nacionales olvidadas o 
abandonadas en el ferviente entusiasmo por lo clásico. Como se 
ha dicho, el movimiento romántico a la vez que una reacción fué 
una restauración: reacción contra lo importado, restauración de 
lo propio. Así se ven resurgir en Europa al calor de esa escue- 
la las tradiciones medioevales sumergidas y ahogadas por el es- 
plendor clásico y reflorecer en nuevas formas literarias. Fran- 
cia resucita sus viejas gestas y revive su feudalidad en la Le- 
yenda de los Siglos y en Nuestra Señora de París de Víctor Hu- 
go; Walter Scott evoca én Quintín Dunvard los años más tur- 
bulentos del medioevo; en España, Zorrilla y el Duque de Rivas 
reanudan el viejo Romancero y los cantares heroicos, con sus 
Leyenda y Romances. El Romanticismo significa así, esencial- 
mente, un renacimiento poético nacional, el despertar del espí- 
ritu patrio que, buscando arraigo en su propio swelo, queriendo 
amar su propia historia, la poetiza para poder amarla así embe- 
llecida. Es un movimiento inverso respecto del Renacimiento, 
tanto por sus orígenes como por su naturaleza; porque éste na- 
ció de la erudición y aquél procede del hastío de la erudición; 
porque el Romanticismo obró de fuera a dentro v el Renaci- 
miento, al contrario. Aquella tendencia a buscar en el es- 
píritu castizo y popular la verdadera fuente de la poesía 
nacional, le presta al Romanticismo, en unión con otras 
causas, su carácter genuinamente poético. De allí que 
los más legítimos representantes de esa escuela hayan sido a la 



282 



MERCURIO PBRUANO 



▼C2 los más grandes poetas de cada nación. Víctor Hugo, Bt- 
» pronceda, Byron, Heine, Leopardi son ejemplos de ello; y lo 
son, porque además de haberse inspirado en la típica tradición 
popular, han reunido en su temperamento artístico los más ge- 
nainos y fundamentales rasgos del carácter de sus naciones. 

Ricardo Palma, ocupa en la literatura peruana el mismo lu- 
gar que los mencionados poetas en las de sus respectivos 
países, y tiene en aquélla igual significado. Así como esos 
poetas adaptaron las doctrinas poéticas del Romanticismo 
a la índole de sus literaturas, condensando en sus obras 
el íntimo sentir y pensar de su pueblo, Palma hizo servir 
esas doctrinas a la expresión del especial espíritu poético 
peruano y fué, a semejanza de los mismos, la encarnación 
cabal de ese espíritu, como si hubiera sido escogido para re- 
presentarlo. Si el lied alemán no pudo encontrar su exquisita 
carácter de este poeta, alemán apesar de todo: si la dura altivez 
y el soberbio gesto del alma castellana sólo pudo manifestarse 
en el pétreo romance del Duque de Rivas, el genio criollo perua- 
no, zimibón y alegre, malicioso y frivolo, epicúreo y fanático, re- 
tozón y versátil encontró su concreción, acabada y completa, en 
el temperamento de Palma y su más fiel expresión en las Tradi- 
ciones Peruanas. 

Las Tradiciones Peruanas significan la eclosión del genio 
literario peruano fecundado por el espíritu poético del Romanti- 
cismo. Lejos de encarnar el triunfo del temperamento criollo en 
su lucha con ese espíritu, según se cree vulgann-^nte, expresa 
la indiscernible fusión de ambas tendencias la gran obra litera- 
ria de las Tradiciones. En esta íntima compenetración, si el 
Romanticismo se ve obligado a despojarse de algunas de sus 
virtudes, si se debilita y descolora un tanto al infundirse en el 
genio popular, éste, en cambio, se enriquece y ennoblece 
considerablemente, y, revestido con brillantes arreos imagina- 
tivos, puede subir a las altas cumbres literarias y consagrar- 
se en el templo del Arte. La brillante fantasía, el hondo senti- 
miento del pasado, transfiguran el obscuro acervo de las groseras 
tradiciones populares y prestan a las larvas soñolientas las iri- 
sadas alas de las mariposas. Cuando Riva Agüero, en su ma- 
gistral estudio sobre Palma, habla del "concierto del criollismo 
y de la cultura" como exponente de la personalidad literaria de 
este autor, expresa, con la exacta concisión crítica que lo dis- 
tingue, el maridaje que se realiza en las Tradiciones entre la 
virtualidad poética del Romanticismo y el temperamento criollo 



LA poesía de palma 283 

del escritor, heredero de las más características cualidades de 
ese temperamento. En esa feliz confusión del criollismo con el 
Romanticismo está el secreto de las Tradiciones. Estas no se 
pueden explicar por el mero criollismo, pues el carácter litera- 
rio nacional carece de la alta virtud creativa que en aquéllas re- 
conocemos. Tiene todas aquellas cualidades de gracia ligera y 
de agudo humorismo que chispean en la sátira y en el madrigal, 
pero que no bastan para alcanzar los grandes géneros poéticos. 
Y tan es cierto que el criollismo por sí solo no podía crear las 
Tradiciones, que durante el medio siglo de vida republicana que 
dominó, antes de Palma, sólo acertó a producir la tosca dramá- 
tica popular de Segura y las sátiras políticas de Felipe Pardo, 
cuando nó las coplas populacheras y los romances de ciego. Y, 
sí es lícito llegar a este orden de argumentos, hasta el propio 
título de Tradiciones con que bautizó Palma a sus leyendas, 
indican con el resabio de su nomenclatura romántica, al lado de 
las razones que hemos esbozado, cómo el alma de la poesía ro- 
mántica insufló vida y humanidad a las vagas consejas tradi- 
cionales y a los yertos hechos históricos que, a semejanza de 
sombras, flotaban en la mente popular o, como rígidas esquele- 
tos, yacían en los rugosos centones. 

El poeta palpita, pues, bajo la minuciosa erudición del cro- 
nista y lo guía con alada planta por el obscuro laberinto de los 
mitos vulgares, de las consejas, de las reminiscencias históri- 
cas, de las supersticiones populares, a la manera como los dio- 
ses se encarnaban en humildes pastores para hacerlos ins- 
trumentos de sus celestes designios. Pero si bien en Palma, el 
erudito y el poeta cooperan en la obra, la labor del primero es la 
del artesano que acarrea los materiales que el segundo ha de dis- 
poner en gráciles arquitecturas. No obstante, a veces, raras 
veces, el cronista olvida que debe servir al poeta y se entrega a 
amontonar pacientemente sus datos y sus fechas. Por lo común, 
el historiógrafo suministra al poeta sus material er., antes de que 
éste haya planeado la obra; entonces se puede distinguir perfec- 
tamente el papel que a cada cual corresponde. El alarife échalos 
cimientos y levanta los muros que el pintor revestirá de bri- 
llantes y coloridos medallones. Casi todas las Tradiciones resul- 
tan de este proceso. Una cédula real prohibiendo el uso de la 
saya y el manto, el nombre de una calle, un refrán popular, una 
costumbre pintoresca comienzan el relato históricamente, y pro- 
porcionan al artista la trama sólida sobre la cjtie bordará su in- 
genio las labores más caprichosas. De pronto, ambos se confun' 



284 MERCURIO PERUANO 

den : el relato empieza in media res y el gracioso panneau apenas 
deja vislumbrar la naturaleza de la arquitectura que recubre. 
Pero jamás la fantasía vuela libremente, ni se remonta hasta 
perder de vista la realidad; su papel consiste en aletear en torno 
de ésta, hermoseándola y vivificándola con li rutilación de sus 
alas de seda. Sólo existe a condición de infundir savia vital en 
lo muerto, de despertar a lo que duerme, de acendrar l"a vida en 
lo viviente; más no puede dar vida a nuevas criaturas. Al 
alejarse de lo real, se desvanece y marchita, como el alma al 
salir del cuerpo, a causa de la muerte, se convierte en una 
forma vaga que no cae bajo el dominio de los sentidos. Es 
una fantasía que sólo puede retozar sobre lo real, como la abeja 
que se posa de flor en flor; mas no le es dado avent\irarse por lo 
infinito del espacio ideal, pues le faltan para ello alas de águi- 
la: el sentimiento profundo y vasto de los grandes líricos ro- 
mánticos. A lo sumo en tres o cuatro tradiciones, se ensom- 
brece la escena y se siente al dolor o al espanto atravesarla 
silenciosa o siniestramente. Una sensibilidad galante, donosa, 
ágil y picaresca matiza las escenas cortesana? con las suaves y 
discretas mediastintas de las pastorales dieciochescas; sensibi- 
lidad que nunca se eleva a ternura y sí con frecuencia desciende 
a licenciosa picardía popular. Si en esa sensibilidad predominante- 
mente epicúrea y voluptuosa cruzan de pronto sombras de te- 
rror o estallan chispas de regocijo y jovialidad, nunca se advier- 
ten llamaradas de amor o de entusiasmo. Y hé aquí porqué Pal- 
ma no pudo, a pesar de ser corifeo del Romanticismo, escuela de 
esencial efusión lírica, y a pesar de su fantasía creadora, llegar 
a ser un verdadero poeta lírico. Le faltan parq serlo profun- 
didad sentimental y elevación ideal, cualidades incompatibles 
con su ligereza criolla que sólo pudo asimilarse del Romanti- 
cismo, la fantasía histórica y la brillante objetividad. 
Si a veces parece encontrar los acentos líricos y la pro- 
fundidad emocional, sólo se trata de una perfecta imitación. Es 
el espíritu de Becquer, el de Campoamor o el de Heine el que 
anima las correctas y frías formas líricas. No puede vaciar en 
ellas la esencia que no encierra su corazón: debe pedirla pres- 
tada a quienes la poseen. ¿Cómo creer en la sinceridad de! dolor, 
de la desesperación, de la melancolía, de la pasión de este ama- 
ble y burlón epicúreo cuya sonrisa maliciosa y volteriana deste- 
lla jovialmente entre verso y verso? ¿Podrá hacernos creer que 
llora quien por su carácter, sóTo está organizando para reír? Por 
esto, porque hemos visto florecer en las Tradiciones el verdade- 



LA^POESIA DE PALMA 285 

ro carácter humorístico de Palma, sus versos no nos conmueven. 
No podemos armonizar cualidades incompatibles: el gracejo y la 
zumba con el doliente recogimiento o la melancolía silenciosa. 
Solo en el alma germánica, obscura, contradictoria y miste- 
riosa, pudieron hermanarse. Y aunque así no fuera, aunque 
fuera posible unir lo distinto y separar lo unido, ésta seria una 
operación abstracta; pero la lectura de las composiciones de Pa- 
sionarias o de Nieblas nos causaría siempre la misma impresión 
de vaciedad, de escarceos de imitador, de alardes de retórico; 
nos dejaría siempre en ese estado de indiferencia espiritual que 
es la mejor prueba de que allí no hay poesía. Y si todavía 
abrigásemos dudas, éstas se desvanecerían por completo ante las 
propias palabras del maestro: "todo el cariño literario que sien- 
to por mis Tradiciones o leyendas en prosa, sólo puede igualar- 
se al desapego que siento por mis renglones rimados", declara- 
ción que va precedida de la advertencia de su absoluta sinceri- 
dad y abonada por el horror a la falsa modestia que expresa 
su autor, el que la completa asi: "Si en los días de la mocedad 
pudo el amor propio alucinarme hasta el punto de creerme poe- 
ta, hoy, en horas de desencanto senil y de razonamiento frío, 
apenas si me tengo por mediano versificador". Y en otra parte 
añade aún: "Mi conciencia literaria con más de medio siglo a 
cuestas me grita que mis versos valen poquísima cosa". 

Recojamos este gesto de hermosa sinceridad del maestro, 
como un ejemplo de noble entereza y honradez espiritual 
y no pretendamos en un exceso de bondadosa admiración atri- 
buirle, contra su formal declaración y contra la imparcialidad 
que ha de revestir toda crítica veraz, una excelencia lírica que 
no tuvo porque no podía tenerla, y estemos persuadidos de que 
con ello no perderá su venerable figura patriarcal la radiante 
aureola de Poeta que se forjó en las Tradiciones y que corona- 
rá a través de los tiempo su frente de Inmortal. 

MANUEL BELTROY. 



Así partió 



(A la memoria excelsa y pura 
de Don Ricardo Palma) 

Junto de los pinares, en la paz amorosa 
que brindan los silencios del manso Miraflores, 
halló dulce retiro su ancianidad gloriosa, 
entre huertos y arrullos de pájaros cantores. 

El pueblo perfumado, como un cesto de flores, 
veló su débil paso ... y en la tarde ambarina 
le daba el Sol un beso de místicos fulgores 
y el alma de los niños su risa cristalina. 

Tal vivía el maestro del buen tiempo pasado. 
Su cabeza er^ blanca y su cuerpo encorvado, 
pero el ático espíritu serenamente terso. . . . 

Hasta que una mañana su vejez triunfadora, 
en el recogimiento propicio de la aurora, 
se adormeció rezando la música de un verso. 

LUIS A. RIVERO. 



La "Bohemia" de Palma 



En la historia intelectual del Perú, pocas generaciones, co- 
mo la que apareció en 1848, han tenido un carácter de más gene- 
roso idealismo, laborado con más fe y de tan incansable manera, 
ni ejercido más influencia sobre las sucesivas generaciones. 
Después de la modorra colonial, en que el pensamiento y la sen- 
sibilidad vagaban con la inconsciencia del sonámbulo por las 
vías laberínticas de una imitación enfermiza; después de la ge- 
neración clásica de los primeros años de la República, que tenia 
la vista y el corazón puestos en Europa, — la "Bohemia" de que 
habla Palma aparece, en el ritmo admirable que preside el pensa- 
miento, como la reacción contra los hábitos estrechos de las 
preceptivas anteriores, como la sanción contra las ideas del des- 
potismo político, como la destinada en nuestra patria a predicar 
el peruanismo, a volver los ojos a la tierra y los muertos olvi- 
dados. Es la bohemia una de las generaciones más libres que han 
vivido en nuestro suelo. Los jóvenes de aquella época son escri- 
tores románticos y son almas revolucionarias. Se rinden ante su 
dama y dirigen sus estoques contra los poderosos. Entienden la 
bohemia en su significación exacta, y, desdeñando los arrestos 
ridículos de los posteriores poseurs, llevan a todas partes, con 
virtud magnética, su amor místico de la belleza y su entusiasmo 
desbordante por los hechos generosos. La sociedad los aplaude; 
Pardo y Segura, los exaltan; Juana Manuela Gorriti los acoge 
en sus tertulias; y don Miguel del Carpió, noble Mecenas, los 
estimula y los protege. 



Azorín nos ha contado en su "Alma Castellana" las honro- 
sas estrecheces de los inmortales artífices del siglo de oro de 



288 MERCURIO PERUANO j 

nuestra lengua. Pues bien. Los bohemios peruanos no brillan por 
su holgura económica. "Conviene — dice Carpió — que la nación fa- 
vorezca a estos muchachos que son casi pobres de solemnidad". 
Salaverry, según refiere Alberto Ureta, no disfruta de mayor 
patrimonio; y José Arnaldo Márquez, declara melancólicamen- 
te: 

"Yo sólo tengo ensueños y memorias, 
que obscuro, pobre y solitario soy, 
y al daros mis endechas transitorias, 
de amor y sueños, cuanto tengo os doy. 

¡Pero nada de ello les importa! Como Espronceda arroja al Tajo 
al entrar en Lisboa la única peseta que guarda en el bolsillo, 
pues eso, y mucho más, espera hallar en el curso luminoso de 
su vida, — ellos ingresan resueltos en el campo de nuestra litera- 
tura. 

Salaverry dice en versos que dedica a Cisneros: 

Marchemos, sí; la lira, los pinceles, 
La hermosa pluma y la luciente espada. 
Haremos que nos sirvan de broqueles; 
y en otra ocasión dirá: 

No, no detengas la orgullosa planta: 
{Como el arroyo, entre malezas, cantal 



Son los años en que aparecen los bohemios, tiempos de fe- 
bril actividad. La escuela romántica, que languidece en Europa, 
llega a la América Española, cual una brisa cálida que animará 
los espíritus entumecidos por la imitación del clasicismo deca- 
dente. Simultáneamente, recibe nuestra tierra la noble suges- 
tión de las doctrinas francesas de la escuela republicana del 48. 
Ambas corrientes, literaria y política, encuentran ardorosos pro- 
sélitos en la generación peruana de la época. Nuestros jóvenes 
las adoptan, ya por moda, como sucede con la mayoría, ya como 
una orientación que se armoniza con sus aptitudes. En 1863, en 
un artículo publicado en la "Revista de Lima", a propósito de 
las "Poesías Patrióticas y Religiosas" de Althaus, condensaba 
Salaverry las aspiraciones que ardían en el alma de los bohemios. 



LA «BOHEMIA» DE RICARDO PALMA 289 

"La libertad, decía el poeta, es la musa de América, y todos, con 
infatigable ardor, debemos buscar la nueva forma de una nueva 
poesía, el canto épico de otra Ilíada, cuyo principal héroe sea 
el pueblo armado, corriendo a la conquista de la libertad de la 
tierra". Así piensan, así sienten, así desean nuestros jóvenes ro- 
mánticos. ¡La libertad!: he ahí su divisa. ¡Imponerla!: he ahí 
su ñnalidad. Primero, han de combatir al clasicismo que repre- 
senta "en el mundo literario lo que la monarquía en el mundo 
político." Luego, han de atacar el' principio absolutista, que es 
"como el despotismo del precepto literario". En sustitución de 
los factores predominantes, deben implantar la hegemonía del 
romanticismo y el imperio de la democracia absoluta. Para ello, 
es preciso convertirse en predicadores y cruzados del nuevo 
evangelio artístico y político. Y ellos han de adoptar tan gene- 
rosa misión, agotando el caudal de sus energías en la propagan- 
da y con el ejemplo. 



El delirio romántico los embarga. Nos cuenta Palma, con 
su característica picardía: "Márquez se sabe de corro a Lamar- 
tine; Corpancho no equivoca letra de Zorrilla; para Adolfo Gar- 
cía más allá de Arólas no hay poeta; Liona se entusiasma por 
Leopardi; Fernández hasta en sueños recita la poesía de Cam- 
poamor; y si cada cual tiene su vate predilecto, entre la pléya- 
de revolucionaria del mundo viejo, hablarme del Macías de La- 
rra o de las "Capilladas" de Fray Gerundio, es darme por la ye- 
ma del gusto". Después de leer a los maestros de la escuela en 
boga, los bohemios van de la admiración a la imitación. Los ro- 
mánticos españoles y franceses son sugeridores de lirismo y al- 
macigo de dramaturgos peruanos. El fecundo Salaverry, Cor- 
pancho, Márquez, Palma, Cisneros, obtienen en el teatro ruido- 
sas ovaciones de nuestro público impresionable. Pero de las an- 
teriores representaciones no merece el nombre de drama ningu- 
no de los indicados como tal. Transcurrida la fiebre de las imi- 
taciones y audacias del romanticismo, será aplicable a nuestros 
líricos la calificación que emplea Palma en una de sus Tradicio- 
nes. "Contrabandistas del sentimiento" ha de ser, no obstante, la 
entusiasta y excesiva apología del eximio literato, la frase con 
que merezca designarse a la mnyoría de nuestro» líricos román- 
ticos 



290 MERCURIO PERUANO 



Espíritus dinámicos, luchadores, no pueden permitir que la 
tiranía oprima su patria y sojuzgue las conciencias. Es preciso 
luchar contra los gobiernos déspotas. En la prensa, ellos han 
de oponer la aleación de los tipos de imprenta al plomo de las 
desenfrenadas soldadescas. Si es preciso marchar al destierro, 
ellos irán a él, con la frente erguida, sin pensar siquiera en la 
apostasía política. ¿No es Víctor Hugo un ejemplo que se debe 
imitar, y no son sus "Castigos" una espada que se puede esgri- 
mir? Cuando Sánchez Silva denuncie con su vigorosa pluma en 
"El Correo Peruano" los festines fiscales de la consolidación, 

ha de seguir la ruta de los presidiarios de la colonia El día 

en que el egotismo y los caprichos del Gran Mariscal, produzcan 
la conspiración y la actitud de los liberales en la casa de aquel 
caudillo en Divorciadas, Palma, comprometido en esa acción po- 
lítica, saldrá también para Chile. Y al renacer en Arequipa la 
chispa de las sagradas iras populares, Bonifaz predicará la ba- 
rricada, y unirá a la palabra, la acción, cayendo como bravo, víc- 
tima de las tropas de Castilla, mientras arengaba con sus estro- 
fas inflamadas a las enardecidas huestes de la libertad. Antes, 
Enrique Alvarado, que a la nobleza de la sangre unía la noble- 
za del talento, estigmatizaría en semblanzas que parecen escri- 
tas con aguarregia, las prevaricaciones de nuestros funcionarios 
púnicos. Luis Benjamín Cisneros, se valdrá de la escena para 
fustigar los despilfarros del general Echenique, pero la censura 
ha de impedirle el estreno de su obra, y "El Pabellón Peruano" 
se representará sólo después de la evolución política realizada en 
los campos de la Palma. 



Pasados los años, Althaus y Cisneros, que durante su ju- 
ventud fueran torrentes desbordados, han de tornar al cauce 
primitivo de la escuela clásica. Aquél, ha de ofrecer en sus ver- 
sos la impresión de las aguas que encierran los canales holande- 
ses. Este, ha de dar la sensación de los caudalosos ríos que se 
dirigen al Atlántico, entre el solemne murmurio de las caden- 
ciosas florestas amazónicas. En Adolfo García, la inspiración 
alimentará las dos vertientes poéticas . Juan de Arona, como uno 
de esos ríos que alternativamente se pierden en su lecho subte- 
rráneo, ha de aparecer unas veces para reflejar los paisajes de 
sus márgenes, y entonar el himno de la naturaleza y de la vida 
en sus ondas juguetonas alumbradas por el sol; otras, ha de su- 




O <U 

Z c 
u 

Ti ctJ 
(1 CO 

ni 

.2 3 
(\) «2 

C 60 

Ti « 
o ^ 

.!= o 
J3-C 



'O O 
O (O 

XI r(i) 

O o. 



LA «BOHEMIA» DE PALMA 291 

mergirse en las vías cavernosas en que parecen oírse las maldi- 
ciones del Dante. En Corpancho, la muerte prematura diluye 
el enigma de la fidelidad o la apostasía romántica. Márquez 
brinda en su producción todas las fases del curso de las aguas 
en la tierra. Ora es manantial que murmura melancólico entre 
las yermas alturas; ora arroyo que se despeña; ora linfa que 
refleja en su bruñida superficie la visión de los campos y las 
urbes que recorre. Salaverry es el océano: ya desencadena sus 
oleajes pasionales contra las rocas que limitan su expansión; ya 
se aduerme en la mansedumbre de la mar que domina el arco 
iris; ya se cubre con la neblina impenetrable de la melancolía. 
Fernández y Carrasco, son la fuente que refleja y se agita leve- 
mente . 

Algunos de los bohemios, como Palma y Paz Soldán y Uná- 
nue, han de alternar los libres vuelos de la fantasía con las ru- 
das tareas de la erudición, la asistencia a las tertulias amenas 
con las horas soporosas de las bibliotecas y los archivos. Ambos 
románticos, como el clásico Bello, han de pasar, en admirable 
cadencia, de la producción poética a los estudios gramaticales. 
Palma escribirá sus "Papeletas Lexicográficas" y Paz Soldán, su 
interesante "Diccionario de Peruanismos". Y el primero, al pre- 
tender hacer cuadros históricos en nuestra literatura, ha de 
ofrendarnos la maravillosa galería de las Tradiciones Perua- 
nas" ¡Loor a tí, Bohemia, que permitiste en tu ambiente tange- 
niales creaciones! Bastaría con que Palma militara en tus filas 
para hacerte digna de la posteridad! 



"Se van los bohemios". 

Implacable fué el destino con los miembros de la Bohemia. 
La mayoría muere sin contemplar su consagración. Enrique Al- 
varado, se extingue melancólicamente a los veintidós años. La 
tuberculosis apaga lentamente, insensiblemente, la existencia de 
Constantino Carrasco, al modo que suave, muy suave imprime el 
tiempo su huella en los infolios que tanto amara el erudito tra- 
ductor del drama Ollanta. Trinidad Fernández muere también 
devorado por la tisis. Clemente Althaus y Adolfo García, pere- 
cen entre los delirios de la alienación mental. Manuel Nicolás 
Corpancho y Benito Bonifáz caen tempestuosamente; luchando, 
aquél, ante los resplandores del navio que se incendia, con las 
embravecidas ondas del golfo mejicano; peleando, éste, ilumina- 



292 MERCURIO PERUANO 

do por los fogonazos del combate, en la Ciudad Madre de las 
Revoluciones. Narciso Aréstegui, sucumbe ahogado en el lago 
Titicaca. Carlos Augusto Salaverry y Luis Benjamín Cisneros; 
lo«? dos, grandes líricos; los dos, espíritus explosivos, habrían de 
sufrir las torturas de la parálisis, cuál — dice Chocano — "un 
Prometeo encadenado sin cadenas". José Arnaldo Márquez, vie- 
ne a morir en su patria, después de su vida errabunda y desgra- 
ciada. Sólo Cisneros, ha de experimentar en su frente pense- 
rosa el placer que saboreara el cantor de Laura 

Correspondería a don Ricardo Palma contemplar las des- 
apariciones sucesivas de aquellos camaradas, que no murieron, 
sino naufragaron. No sólo escuchó la despedida doliente de sus 
compañeros de bohemia literaria. Había de recibir también el 
postrer adiós de ese bohemio de la política que se llamó don 
Nicolás de Piérola. En 1913 decía el Tradicionista: "En la pe- 
numbra de mis añoranzas melancólicas, he contemplado desde la 
ventana de mi retiro, la puesta del sol". El ocaso ha llegado, 
asimismo, para él; pero es el ocaso que antecede a la aurora. Y 
el último de los bohemios, que saboreara la gloria que es vida 
y es himno en labios de los peregrinos de la americanidad, ha 
caído majestuosamente escuchando las estrofas de un libro pre- 
dilecto. Cuando en el loboratorio misterioso en que se hacen 
las selecciones del futuro, ingrese su recuerdo inmortal, el nom- 
bre de don Ricardo Palma ha de resplandecer entre los nombres 
de los demás bohemios, como resplandece el diamante en medio 
a la fosilización de los bosques milenarios!. . . . 

JORGE GUILLERMO LEGUIA. 



t . 



Palma, critico literario, filólogo 
e historiador 



Cuando Palma publicó sus primeros artículos de critica li- 
teraria, bien acerca de escritores coloniales o de contemporáneos 
suyos, produjo sensación. Nunca, hasta entonces, se había lle- 
vado a cabo labor tamaña entre nosotros. Los ensayos anterio- 
res a él, fueron muy poca cosa. Y así es como la de Palma pare- 
ció una obra gigantesca y abrumadora. Hoy, en cambio, después 
de las sesudas páginas de Menéndez y Pelayo y de la tarea aplas- 
tante de José Toribio Medina, ¡cuan deslucidos nos parecen los 
estudios de don Ricardo ! ¡ Cómo exagera, y cuántas omisiones co- 
mete en lo que atañe a nuestra literatura virreinal por la que 
sintiera tanto desdén! Tan es así que, haciendo un balance del 
entusiasmo de antaño y la frialdad de hogaño ante los juicios 
críticos de Palma, preciso es decir que su gran mérito consiste 
en haber sido el precursor, el Bautista de la crítica literaria en 
el Perú. 

Entre los que se empeñaron en la fatigosa tarea de excavar 
en nuestras letras, en esta verdadera obra de arqueología litera- 
ria, Palma es de los meons perezosos. Pero, si, en su época, ganó 
tantos admiradores, menester es no olvidar que, también, fué 
contemporáneo suyo el erudito argentino don Juan María Gu- 
tiérrez, autor de páginas admirables sobre Caviedes, las poetisas, 
Peralta, Barco Centenera y muchos otros literatos de la Colo- 
nia; y, si, al lado de los juicios críticos de Lavalle, Mendiburu 
o Polo, los de don Ricardo son formidables aciertos, no es la 
misma su situación ante Gutiérrez, quien sabía penetrar en el 
fondo de las obras, que estudiaba con verdadero ahinco y, más 
que con ahinco, con amor. 

Palma hizo un enorme servicio a las letras nacionales, pu- 
blicando las poesías de don Juan del Valle Caviedes, acerca del 



294 MERCURIO PERUANO 

cual escribió breves líneas, y las actas de las sesiones de la aca- 
demia de Castell-dos-Ríus, constelación de vaciedades y despro- 
pósitos (Documentos Literarios" de Odriozola, Lima, 1873, to- 
mo V; "Flor de academias", Lima, 1899). En el Prólogo de "Flor 
de Academias" formuló su opinión acerca de las letras coloniales, 
completando y, en cierto modo, rectiñcando los juicios que ha- 
bía expresado doce años antes, en el Discurso pronunciado en la 
inauguración de la Academia correspondiente de la Lengua. 
("El Ateneo", 1887, tomo IV, p. 133). Había cometido, enton- 
ces, varios errores, como decir que el caudal literario del siglo 
XVI fué escaso "por no decir nulo", lo cual es inexacto, ya que 
en la segunda mitad de dicha centuria hubo una gran cantidad 
de escritores, muchas de cuyas obras se han perdido; pero, no 
ha sido tanta la pérdida como para formular semejante asevera- 
ción. Enumeraba, asi mismo, como coetáneos, a Centenera (1535- 
1605?) y a Ojeda (i57i?-i6i5) junto al Conde de la Granja (1636- 
^717)5 y llamaba "Polo Antartico" al "Parnaso Antartico" de 
Diego Mexia de Fernangil. No ocurre lo mismo en su prólogo 
a "Flor de Academias". Se echa de ver, al punto, que Palma ha 
estudiado mucho, y, aunque poco avanza sobre lo que acababa de 
decir Menéndez y Pelayo, su prólogo es un ameno resumen de 
las letras coloniales. Peca, sin embargo, de injusto al negar la 
feminidad de Amarilis. Palma era demasiado imaginativo y ca- 
recía de facultad analítica. Por eso, al no creer en que era mujer 
el anónimo del "Discurso en loor de la poesía" — a quien antoja- 
dizamente bautizó con el nombre de Clarinda — hizo extensiva 
su negación a Amarilis, tan tierna, tan sincera y tan mujer. 

Los artículos críticos de Palma sobre El Ciego de la Mer- 
ced, Barco Centenera y Terralla son de los más verídicos que 
salieron de su pluma; e igualmente meritorios son los que de- 
dicó a "Los plañideros del siglo pasado", a los vítores, y a las 
improvisaciones del jaranista padre Chueca infatigable en eso 
de bailar zamacuecas y marineras y en rasguear la guitarra. Al- 
guna que otra inexactitud bibliográfica hay en el estudio sobre 
los plañideros, y en el de Terralla omite una obra inédita del 
travieso versificador andaluz, obra que don Ricardo debió cono- 
cer en los largos años que desempeñó la dirección de nuestra Bi- 
blioteca. Conozco, además, el insignificante prefacio que puso a 
les Memorias de Llano Zapata (Lima, 1904), y algunos juicios 
autógrafos que Palma estampó en muchos libros coloniales, por 
ejemplo, aquel en que considera a "Armas Antárticas", inédito 
también, como algo digno de olvido e inferior a "Lima Funda- 



PALMA, CRITICO LITERARIO, FILÓLOGO E HISTORIADOR 295 

tía", cosa muy discutible, pues, salvo los poemas de fray Juan 
de Ayllón y de Rodrigo de Valdez, nada hay más soporífico en la 
literatura .del Virreynato que la "Lima Fundada" de Peralta. 

Escribió, también, un prólogo para "Artículos, poesías y co- 
medias" de Segura, (Lima, 1885), haciendo reminiscencia de su 
juventud de bohemio y aplaudiendo la comicidad y el criollismo 
de nuestro Bretón de los Herreros. En "La bohemia de mi tiem- 
po" (Lima, 1886), don Ricardo hizo el elogio de su generación. 
En ella no hubo mediocres, a juzgar por lo que dice Palma. En- 
cariñado con su mocedad, para todos los que, entonces, fueron 
sus compañeros de aventuras tiene un elogio fervoroso. Me ha- 
ce recordar este libro el Canto de Calíope de Cervantes, donde 
»1 que menos rivaliza con Homero. Tiene, sin embargo, algunos 
aciertos. Cuando dice de Salaverry que era detestable como au- 
tor dramático y que "el último de sus dramas es siempre peor 
q^e el anterior", no hace sino sentar una gran verdad. Exacta, 
también, su opinión sobre Althaus: fué el más académico de los 
poetas de la época. Cuanto a González Prada, que acababa de 
romper su mutismo y había pronunciado su célebre discurso en 
el Ateneo, don Ricardo decía de él que era un "joven literato 
llamado a conquistarse gran renombre" jY tanto! Como que Pra- 
da ha llegado a ser un símbolo de lucha y rebeldía, una bandera 
de combate en la isla de San Balandrán, donde los hombres tie- 
nen en las venas agua, en vez de sangre, y huyen de las palabras 
deñnitivas como los demonios de las leyendas sagradas ante los 
exorcismos de los santos. 

Hay qui««es piensan que no se puede citar el nombre de 
Prada al lado del de Palma; pero yo me complazco en establecer, 
nó el paralelo, que eso es imposible, sino la divergencia. Por 
ejemplo, cuando habló de Castelar, don Ricardo, después de alu- 
dir a la proverbial castidad del gran orador y de hacer elogios 
de su verbo, sostuvo que, como político, era don Emilio "una 
ilustre calamidad" y que moriría de fraile. Prada nó. Prada ha- 
ce más. Prada no entiende de términos medios. O el elogio o la 
diatriba. A Castelar le toca la diatriba, y hay que oír a Prada: 
Castelar "habla como los otros digieren ; .... su elocuencia se pa- 
rece a la de Mirabeau como la espuma del champagne al hervide- 
ro de un mar en tempestad ; . . es el tambor mayor del siglo 
XIX;. . . todo en él prueba la atrofia de los órganos viriles o la 
perversión del instinto genésico." Cuando trata de Valera, Pal- 
ma con notable injusticia lo considera superior a Pereda, el pai- 
sajista más grande que haya tenido España, y a Galdós, el más 



296 MERCURIO PERUANO 

eminente novelista de la Península. Y Prada, en cambio 

Oídlo: "al leerle ( a Valera), nos acordamos de los viejos ver- 
des, que tienen unas cuantas mechas de pelo, las dejan crecer, 
las dan mil vueltas, las pegan con goma y piensan haber oculta- 
do la calva". Y he aquí a lo que yo quería llegar. Palma y Prada 
no se excluyen: se integran. No se debe decir que éste es menos 
peruano que aquél. Ambos son igualmente peruanos. Se trata, 
solamente, de limeñismo. Palma, a fuer de buen limeño, es bur- 
lón y mordaz; Prada es la fuerza, el insulto leal. La gracia de 
don Ricardo está al alcance de todos. La fuerza de Prada es in- 
comprensible en una tierra de anémicos. Lo que en el uno es 
sonrisa, en el otro es rugido. Cuando aquél tiende la mano cor- 
dialmente, éste pega un zarpazo. 

Así es Palma. En sus juicios literarios pone demasiada in- 
dulgencia, y sólo de este modo se explica que elogie un estilo 
farragoso y propicio a caídas y tropiezos como es el del general 
don Manuel de Mendiburu. El ídolo de su juventud fué Zorri- 
lla, y no son pocas las alabanzas que le dedica en "Recuerdos de 
España", libro en el cual encomia, además, al prodigioso don 
Marcelino Menéndez y Pelayo, a Campoamor, a Núñez de Arce, 
a la Pardo Bazán y — contra el desdén de don José Joaquín Al- 
vez Pacheco, el inolvidable personaje de Queiroz — a Cánovas del 
Castillo. 

Elogia en demasía. De la poetisa ecuatoriana Dolores Vein- 
temilla se ocupó en un artículo sensiblero, trascribiendo muchos 
párrafos de Blest y Gana e innumerables versos de la poetisa. A 
Pastor Obligado, a Mitre, a Zorrilla de San Martín y a cien es- 
critores más les dedicó artículos encomiásticos. Sobre el loco 
Quiroz escribió una semblanza, y loó a la señora Matto de Tur- 
ner, a Constantino Carrasco y, en una palabra, a todos los con- 
temporáneos de los que tuvo que hablar. Empero, cuando Cho- 
cano publicó Azahares (1896), Palma tuvo un reparo que oponer- 
le. "Prefiero — le dijo — en usted el poeta objetivo, trascendental, 
razonador, filosóñco, que se inspira en ideales que a la humani- 
dad toda interesan, el poeta del Sermón de la montaña, por 
ejemplo, deslumbrador, varonil, impetuoso, al poeta de las veleida- 
dades y af eminamientos amorosos". Y tuvo razón. El Chocráneo de 
entonces, melenudo y teatral, escribía muy malos versos, dignos 
de la prisión en que le encerró el gobierno de Cáceres el año 
94. Sólo que Palma se equivocó al predecir al bardo que su por- 
venir estaba en la poesía trascendental, razonadora y filosófica; 
debió decir, simplemente, en la poesía civil. 



PALMA, CRITICO LITERARIO, FILÓLOGO E HISTORIADOR 297 

Como bibliógrafo no descolló, tampoco, Palma. Ahí está la 
severa rectificación que el erudito español don Francisco Rodrí- 
guez Marín hace a "El Quijote en América" de don Ricardo 
(vide: Rodríguez Marín, "El Quijote y don Quijote en Améri- 
ca", Madrid, igii); y aún no habrán olvidado muchos, la polé- 
mica entre Palma y el marqués de Laurencin, a propósito de La 
Ovandina. 

Es inútil insistir en otros aspectos de la crítica de Palma. 
Basta apuntar que su característica con los contemporáneos, era 
la extremada indulgencia y, con los escritores coloniales, e! des- 
dén más profundo. El mismo escribió que, en achaques litera- 
rios, su espíritu "estaba más dispuesto a la benevolencia que a 
la censura amarga". Pero, esto no rezó con los literatos de la 
Colonia. 

No obstante su edad y su condición de académico, don Ri- 
cardo no fué hostil al modernismo. Ya en "Recuerdos de Espa- 
ña" decía: "Si todos los jóvenes de la nueva escuela se llamaran 
Salvador Rueda, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera o Ju- 
lián del Casal, sin duda que rompería yo, sin escrúpulo, un par 
de guantes aplaudiéndolos". Alabó a Lugones en un artículo de- 
dicado a Alberto Navarro Viola y, en carta dirigida a Zorrilla 
de San Martín, estampaba estas palabras: "cuando leo poetas co- 
mo Eduardo de la Barra, Rubén Darío, Guillermo Prieto, Rafael 
Pombo o Rafael Obligado, poetas con fisonomía propia, digá- 
moslo así, se fortifica mi fé en que el dominio del porvenir lite- 
rp.rio está reservado para nuestra joven América". No era otra, 
en definitiva, la idea de González Prada y de los más recalci- 
trantes anticlasicistas. Palma, sin el vigor ni la voz atronadora 
de Prada, insinuaba la necesidad del modernismo y de crear el 
americanismo literario. Hizo más. Siendo académico presentó 
una larga lista de palabras usadas en América, para que fuesen 
incorporadas al léxico de la Academia. Pesaba demasiado la ti- 
ranía de los señores puristas; sólo que en nuestro continente 
hablábamos y seguimos hablando como mejor nos viene en ga- 
na, sin dársenos una ardite la opinión de la Academia. 

Palma filólogo, continuó la obra de Juan de Arona, y fué 
verdaderamente revolucionario. A Prada le obsesionó la misma 
idea. Más la diferencia entre ambos está en que el uno proponía 
palabras nuevas y el otro quería, no sólo traer nuevos vocablos, 
sino reformar los existentes y renovar la sintaxis misma; mien- 
tras don Manuel anhelaba que la revolución viniese de afuera y 
derrumbara la Academia, don Ricardo creía que en el mismo se- 



298 



MERCURIO PERUANO 



no de ésta podía comenzar la reforma, para extenderse después. 
A Prada lo cegaba su furia destructora. Palma no podía librarse 
de muchos prejuicios, y por eso iba tan lento. 

Esta labor de filólogo hállase condensada en "Neologismos 
y Americanismos", (Lima, 1895), en "Papeletas Lexicográñcas" 
(Lima, 1903) y en algunos artículos como Gazapos oficiales y 
otros. Profusa colección de americanismos son estas obras; co- 
lección de palabras nuestras que nadie podrá olvidar, 
mal que les pese a los señores académicos que, poco a poco, han 
ido incluyendo en el léxico algunos de los vocablos propuestos 
por Palma, muchos de los cuales habían sido enumerados ya 
por Juan de Arona en su "Diccionario de peruanismos'*, (1883). 
Recuerdo en este momento, unas pocas palabras de las muchas 
que mencionó Palma: aporrear, candelejón, empavar, mangan- 
zón, resondrar, presupuestar, tambarria, mataperro, pajarero, el 
giro "salir a espetaperros", y el indestructible verbo disforzarse 
(considerado antes por Juan de Arona), que, como dice don Ri- 
cardo, "morirá con la última limeña disforzada", vale decir: 
con la última limeña. 

Preciso es no olvidar la obra novadora de Palma filólogo, 
porque da la medida de su carácter y rati^ca el concepto 
revolucionario que los americanos tenemos del lenguaje. O 
se aceptan nuestros giros o, de una vez, daremos las espaldas 
a la Academia, cortando esa especie de cordón umbilical que nos 
mantiene unidos a España. Fombona ha dicho muy bien que nos 
toca a nosotros, los americanos, desandar el camino de Colón y 
llevar a la Península nuestra cultura, nuestro entusiasmo y 
nuestra fe. 

La tradición malogró a Palma para la historia. Cuando qui- 
so escribir historia, escribió tradición. Verdad que él mismo lo 
ha dicho: "el tradicionista tiene que ser poeta y soñador; el 
historiador es el hombre del raciocinio y de las prosaicas reali- 
dades". Debió escribir nuestra historia, pero medió la tradición. 
Hermanando ambas pudo iniciar la novela histórica en el Perú. 
¿No ha dicho él que en el incendio de Miraf lores se quemó el 
manuscrito de una novela suya, titulada "Los Marañones"? 

El gracejo y la poesía lo echaron a perder para la historia. 
Sus errores provienen de esa ligereza para juzgar los hechos, de 
su incapacidad para compulsar datos, de su viva imaginación. 
Me hace recordar una frase de Anatole France: cuando Palma 



PALMA, CRITICO LITERARIO, FILÓLOGO E HISTORIADOR 299 

no tiene sino una fuente a que acudir, dice la verdad; cuando 
son varias las que tiene que compulsar, comienza la mentira. 

Sus Anales de la Inquisición de Lima (1863), como mate- 
rial para un estudio más amplio, serían muy apreciables, si no 
estuvieran salpicados de tantos chistes, que llevan la descon- 
fianza al ánimo del lector, y si Medina no hubiera publicado su 
monumental obra "Historia del Santo Oficio de la Inquisición 
en Lima" (Santiago de Chile, 1887, 2 volúmenes) . 

Acierta, en cambio, en su polémica con el jesuíta Cappa 
que, tan despechugado como era, quería probar que los con- 
quistadores fueron muy clementes porque engendraron hijos en 
las pobres indias. ¡ Si a la violación y al estupro se les llama bon- 
dad, los compañeros de Pizarro fueron santos! Lo malo es que 
Cappa ha hecho escuela; y en un Boletín de la Unión de Labor 
Nacionalista, celebrando la fiesta de la Raza del año 1917, se re- 
petir su argumento. 

Como meras curiosidades, puede citarse los ?Ttírulos de Pal- 
ma sobre las corridas de toros y las peleas de gallos, sus anota- 
ciones a los "Apuntes históricos" de Mendiburu (Lima, 1902) y 
a los Anales del Cuzco. Sus "Siluetas" de los conquistadores 
son pobrísimos ensayos de biografía, con escaso fundamento 
histórico y hechos a base de mucha fantasía y de ninguna inves- 
tigación. Donde, sí, acierta Palma es en las tradiciones sobre 
el Demonio de los Andes. Falsas o nó, ellas caracterizan admira- 
blemente al feroz Carvajal y, a mi juicio, son esas páginas de 
tradición más verdaderas que la propia historia. También, re- 
cuerdo el prólogo que don Ricardo puso a "Reminiscencias his- 
tóricas del Ecuador" por Benjamín Lama (1894), en el cual ma- 
nifestaba su antibolivarismo . 

Después de los Anales de la Inquisición, el estudio histó- 
rico de más aliento emprendido por Palma es el titulado "Bolí- 
var, Monteagudo y Sánchez Carrión". En él, mejor que en nin- 
gunr otra parte, se muestra los defectos de Palma para historiar. 
Su odio al Libertador lo ciega hasta extrem,os deplorables; y, a 
fuerza de fantasía, pretende desentrañar el misterio de la muer- 
te de Sánchez Carrión. Nada más lógico y, a la vez. más injusto 
que su odiosidad contra Bolívar. El Libertador fué, sin duda al- 
guna, un genio, un verdadero genio con todas las cualidades y 
los defectos de tal. Sólo que al Perú le tocó la mayor parte de 
éstos, los defectos, y muy poca de aquéllas. Esa fué nuestra 
desgracia: Bolivia y Guayaquil lo testimonian. 



300 MERCURIO PERUANO 

Creo inútil insistir más sobre Palma historiador. Lo único 
que precisa fíjar es que sus cualidades de tradicionista, lo echa- 
ron a perder como historiógrafo. Y, sin embargo, ¡qué libros 
habrá que despierten más vivamente la afición por la historia 
patria que las Tradiciones de don Ricardo! 

La vida de Lima no podía ser descrita por la grave Clio. Pa- 
ra contar las mil y una incidencias de la existencia capitalina, 
para hablar de las tapadas y relatar las pendencias de frailes, pa- 
ra murmurar de los amoríos de los virreyes y de las calaveradas 
de los marquesitos engreídos, no era admisible la voz de Clío. 
Sólo en la tradición cabe nuestra historia, llena de travesuras, 
sensual y jaranera, bajo las apariencias de religiosidad. 

La historia de Lima está en las Tradiciones. Palma era el 
símbolo de nuestra ciudad; era una tradición viviente. Encar- 
naba el espíritu travieso de los limeños "mazamorreros", de los 
limeños de pura cepa, noveleros y juguetones, siempre dispues- 
tos para la broma y, también, para el perdón. Su muerte nos ha 
asombrado por eso, porque lo creíamos inmortal. Con él hemos 
perdido nuestra última reliquia: se ha quedado sin alma nuestra 
vieja ciudad. 



LUIS ALBERTO SÁNCHEZ. 



Las tardes de Don Ricardo 



Las mejores horas, acaso, de sus últimos años, 
las pasó Don Ricardo Palma en la Alameda de 
Miraf lores al amor umbroso de los ficus. Miraflo- 
res es un pueblo nuevo, sin tradiciones casi (i) . 
Un pueblo de población heterogénea, donde se 
han ido juntando gentes de muy diversos orígenes, 
y de distintos gustos y maneras de vivir. — Entre 
las familias que — unas buscando la serenidad gra- 
ve y apacible de su ambiente; otras el amor orna- 
mental, tutelar y exótico de los pinos; otras, aca- 
so, ese particular encanto que cada ciudad tiene, 
y que nos hace decir: "aquí desearía pasar la vi- 
da" (frase ilusionada e idílica en unos, y, en otros, 
palabras de renunciamiento y desesperanza) — en- 
tre las familias, decía, que se han radicado en Mi- 
raflores está la de Don Ricardo, y yo no se por qué 
creo que se empeña como todos nosotros en ligar 
el nombre de su ilustre padre al de la modestísima 
villa. — Desde el día en que el eximio tradicionista 
puso el pié en este pueblo, de un romanticismo 
tan desprovisto de originalidad, tan improvisado, 
tan pobre en motivos de recordación y de ensue- 
ño; desde entonces, se pretende que cambie la fi- 
sonomía del lugar. Se quiere que, como por encan- 
to, adquiera la silenciosa villa, mitad campestre, 
mitad marina, señalada signiñcación intelectual y 
literaria. — A la calle donde viviera un tiempo Don 
Ricardo, se le puso su nombre; pero la ironía de 
la suerte quiso que luego se mudara don Ricardo... 

E. E. 

(z).— Raro es el pueblo de la costa peruanla — dice, a propósito de 
Miraflores, Juan de Atona — que no reconoce en sus orígenes un Trip- 
tolemo o Manco-Cápac, im civilizador que ha llegado y fincado allí de 
una manera misteriosa u oscura, y que tras una vida más o menos larga, 
ha dejado nombre perdurable, edificios, enseñanza, memoria vividora, 



302 MERCURIO PERUANO 

mi! cosas" — "Cúpole este honor en Miraflores — añade — a Don Domingo 
Porta"... 

Como curiosidad copiaremos aquí los versos que el mismo Juan de 
Atona dedicara en 1864, a conmentar la invención de Doti Domingo, con- 
sistente en unos "ramilletes de fresas, capulíes (*) y algunas flores, que 
se ofrecían en venta a los pasajeros del tren, quienes los pagaban bas- 
tante caro creyétldolos la octava maravilla". 

He aquí los versos, un poco ramplones, es verdad, pero no despro- 
vistos como suyos de original sabor: 



En cuanto a Miraflores, ahí la ves. 
Ahí la tienes lector a Miraflores 
Con sus dos miradores 

Y un baño nada franco 

Puesto que hay que buscarlo en cuatro pies. 
Aunque hoy, según me dicen, de madera. 
Se ha puesto una escalera 
En el gaznate atroz de su barranco, 

Y ya no tienes que bajar a gata? 

i Oh tú infeliz que de bañarte tratas I 



En sus llanos desiertos 

Culto al Dios de los huertos 

Rindiendo ha tiempo el industrioso Porta, 

Gruesas frutillas para Lima exporta. 

Desde Octubre o Setiembre. 

No extraño que las siembre 

Si le han de dar retribución no corta, 

Pues de industria ignorante 

£1 ocioso habitante, 

Bien ordenado al ver de flor y fruta, 

El artístico ramo, 

Maravilla del arte lo reputa, 

Y ciego abalanzándose al reclamo, 

Con ardiente embeleso 

Suelta sin regatear peso tras peso". 



(*). — El capulí es una baya indígena que se dá en una mata, 
Physalis peruviana. 

N. de /. de A. 



LAS TARDES DE DON RICARDO 303 



'Para mi el mundo picaro es poético, 
poco en el hoy y mucho en el ayer" 

R. P. 



Abandonándonos al sereno encanto de la amistad — la tarde 
es su palacio, decía Emerson — caminábamos Celio y yo, una tar- 
de del último otoño, a lo largo de la Alameda. En la maravillo- 
sa paz del' campo sólo se oía, de vez en vez, el trinar de los huan- 
chacos en los alfalfares. Como suele suceder cuando las almas 
dialogan con sus voces inconfundibles e inefables, el espíritu 
de una taciturnidad cordial se había apoderado de nosotros. Y 
nuestros pensamientos flotaban sobre las cosas, y parecían go- 
zarse en las bellezas del paisaje, sin poder adherirse a ellas, y 
mucho menos lograr expresarse en las palabras; palabras que, 
sin embargo, nosotros cultivábamos como maravillosas flores 
del espíritu. 

Celio— el Idealista puro, el joven soñador de intacto cora- 
zón, que lleva en el alma el mejor de los tesoros: una visión de 
redención y de belleza para la vida — parecía, en aquel momen- 
to, saborear la íntima miel de sus contemplaciones, esperanzas 
y recuerdos. Alma platónica y musical, vivía la divina hora fu- 
gaz que Longfellow exaltara en un soneto encantador: "The 
evening star" como si fuese la eternidad ganada para su alma. 
Su esbelta ñgura; su rostro pálido y enjuto de hidalgo castella- 
no; el ademán lento de sus manos, que esgrimían su bastón rús- 
tico de cerezo; su prestancia toda, era mística. Y en sus ojos, 
grandes y atormentados ojos de noble ser combatido por injus- 
ticias múltiples, y adversidades, tanto mayores cuanto más de- 
licada es su sensibilidad... en sus ojos fulguraba la moderna 
inquietud de los que en nuestro siglo piensan los nobles pensa- 
mientos de los grandes del Alma inmortal, que pasaron para no 
volver, con la ansiedad de encarnar en realidades de vida, en o- 
bras de arte, en instituciones o en leyes los ensueños. 

Yo, a su lado, era el espíritu díscolo e incrédulo, decep- 
cionado y escéptico, que hace de la duda y de la burla los áci- 
dos que todo lo corroen y pervierten. Su serenidad, su éxtasis, 
su bella pasión por las cosas inmortales y por el ideal del con- 
tinuo perfeccionamiento de lo humano, agudizaban en mí los 
morbos de la desiliisión, las amarguras de una vida frustrada en 



304 MERCURIO PERUANO 

SUS más vitales y elevadas aspiraciones. A él aún le acariciaba la 
musa del Ensueño; a mí me habían mordido ya los canes de la 
Realidad . 

— Volvéunos al pueblo — , dije yo de pronto, más por el malig- 
no goce de interrumpir su envidiado soliloquio espiritual, que 
por necesidad alguna. Y él: 

— Verdad, ya es tarde. \ Cuan a mi placer estoy en esta sole- 
dad que a otros podría parecer de una vulgar ruralidad! Figú- 
rate tú i Con estos camellones y estos rastrojos de maizales 

medio quemados, y estos viejos tapiales incaicos derruidos, don- 
de con tan gracioso misterio se posan las lechuzas! Y yo, por 
contradecirle, por el prurito socrático de hacerle parir ideas: 

— Prefiero la ciudad . . . 

— ¡La ciudad! ¡La Ciudad! ¿Recuerdas que hemos platica- 
do bastante de esto? £1 maestro Próspero nos dio allá, en Mon- 
tevideo, bajo la Cruz del Sur, la lección inolvidable. Yo fui uno 
de los que le escucharon. Sus palabras, llenas de fervor y de en- 
tusiasmo, obran en mi corazón como las llamas misteriosas de 
una forja que, multiplicada en infinitos corazones, estuviera 
forjando la Realidad futura, la sabia, la bella, la maravillosa 
Ciudad del porvenir . . . 

— Bien veo — interrumpí con crueldad proterva — que esta 
tarde. .. ."Metafísico estáis", si bien nó porque no comes, como 
Rocinante, sí por que tu pasto ha sido el nada sólido fulgor de 
las estrellas. . . 

— ¡Qué lejos has estado de mi pensamiento! \Y qué mal 
dejan traslucir mis palabras, mis preocupaciones de ahora! ¿Si 
supieras que estaba pensando en esa realidad mezquina que te 
abruma y te tiene exasperado hasta el despecho y el odio?... 

(Una gaviota cruzó el espacio, haciendo gala de esa liber- 
tad que Segismundo envidiara a las bestias. Celio la miró como 
la hubiera mirado San Francisco de Asís; y parecía ya olvidar- 
se de lo que me iba diciendo, cuanto tornó hacia mí, con el amis- 
toso y sereno gesto que me le hace tan querido y admirado:) 

— Pensaba en algo que podía dar tema a tus diatribas: la 
deslimeñización de Lima. Desde hace varios lustros la piqueta 
demoledora no ha cesado de caer sobre nuestro antiguo Lima, se 
diría que nuestra generación, dominada por un espíritu de re- 
novación inconsulto y frivolo, quiere renegar de nuestro pasa- 
do. Dentro de poco — y nota cómo imito tu estilo — ,de la anti- 
gua ciudad, sede del poder hispano en Sud América, poder 
centralista al igual de los demás contemporáneos, sólo quedará 



' LAS TARDES DE DON RICARDO 305 

el recuerdo. En su Itigar surgirá una flamante capital adocena- 
da, de arquitectura exótica y sin carácter, extraña a nuestro 
clima y a nuestra idiosincracia. Ciudad, en fin, advenediza y 
sin alma. . . ,Y los que amamos el pasado, por ser simiente y raíz 
de lo presente, y una especie de presentimiento o anuncio de lo 
porvenir; los que rendimos culto a todo lo que es genuinamen- 
te nuestro, y lo exaltamos en nosotros, soñando hallar en sus 
más íntimos repliegues, bellezas increadas o sabios secretos de 
nuestra razón de ser. . .viviremos bajo la desiltisionante impre- 
sión de quien, perdida para siempre la casa paterna — leyendas 
familiares, ecos misteriosos de voces de idilios y ternuras — , 
tiene que habitar en un hotel, lugar de paso, entre agitaciones 
y sordideces mercenarias . . . 

Una a una — continuó, mirando cómo en el cercano pueblo se 
iban encendiendo las luces de las casas mientras en algunas ven- 
tanas se reflejaba el sol caliente — , una a una, ante la general 
indiferencia, han caído las viejas casonas que cobijaron a nues- 
tros abuelos. Los grandes portalones no darán, como antes, a 
los edificios, un aspecto de severa arrogancia. Minúsculos an- 
tepechos han sustituido a las grandes ventanas, verdaderas 
obras de arte de oficiales herreros. Despreciados y rotos, han 
terminado en los basurales los mosaicos multicolores y aporcela- 
nados, que pusieron, en los corredores, solanas y salas donde 
moraba la rigidez castellana, notas de alegría y de luz de moru- 
na estirpe . ¡ Oh traza, que apenas puede distinguirse ahora, 
entre nosotros, del empalme histórico de dos privilegiadas y ad- 
mirables razas !... Donde estuvieron los zaguanes de dulce pe- 
numbra, familiares y hospitalarios, y los soleados patios cir- 
cuidos de columnatas y balaustradas talladas, se levantan estre- 
cha? casas modernas. Los jardines florecientes que rodearon 
Lima han sido talados; las flores tradicionales: jazmines, clave- 
les, aromas, que ornaron fragantes, las altivas cabelleras de 
nuestras damas de entonces, no se cultivan ya con el casero es- 
píritu de antaño (2), y nuestros ojos sólo pueden contemplar la 
monotonía verde de los "parques ingleses" urbanos y amanera- 
dos. Hasta los árboles centenarios de una alameda, contemporá- 
nea de los Virreyes, han caído bajo el hacha municipal, claman- 
do contra semejante sinrazón. El tiempo no quiere ser menos 
que los hombres, en su obra destructora e ingrata, y todas las 
tardes puedes ver cómo tiene allí aniquilado, como si fuese un 



(a) .—"Tradiciones Peruanas" tomo II, págs. 94-95. 



306 



MERCURIO APERUNO 



símbolo de la genuina alma limeña que fenece, a Don Ricardo . . . 
Pronto desaparecerá con él el último vestigio de nuestras espi- 
rituales gracias, y su obra prodigiosa de exaltación de lo nues- 
tro en gustos y costumbres, de revelación del quid único de 
nuestro espíritu criollo, lleno de defectos, pero también con 
cualidades irreemplazables y valiosas, no será bastante para im- 
pedir que se diluya e! sabor que él — verdadero mago de nuestra 
literatura — salvara en buena parte. Con Don Ricardo desapare- 
cerá de Lima el espíritu amplio, risueño y hospitalario que le co- 
municara aquel sello, aquel estilo de tan particular encanto... 



Cuando llegamos a la parte umbrosa, la más antigua, de la 
Alameda, Don Ricardo abandonaba, para retirarse a su hogar, 
su banca predilecta. Maríanela, su hija, cultivadora, como él 
del modismo inteligente y sabroso de nuestros lares, le acompa- 
ñaba con filial solicitud. Celio tornó a decirme: 

— Es la imagen viviente de nuestra Lima que caduca. En 
esta ciudad improvisada, en este pueblo cosmopolita y colecticio, 
sin tradiciones; su fígura venerable es exótica, tal una sombra 
que se deslizara por sobre las cosas sin dejar la menor huella. . . 
Cuando decimos con orgullo: "Aquí vive Don Ricardo", senti- 
mos inmediatamente el contraste vivísimo que resulta de com- 
para aquel mundo de conquistadores y obispos; oidores, cabil- 
dantes, licenciados, corregidores, letrados, frailes y escribanos; 
hidalgos y criollos, mercaderes y tenderos, cortesanos, tapadas, 

monaguillos, lacayos y verdugos en cuyo teatro — elegante 

grotesco y picaresco a un tiempo — de pasiones, pasioncillas, ca- 
prichos, travesuras, calaveradas y tretas, nobles gestos y ridicu- 
leces, recreara su imaginación y ejercitara su agilísimo inge- 
nio, con las novedades sin color, carácter ni estilo de nuestra 
mesocracia contemporánea con sus parvenúes y sus rastas, sus 

snobs y sus huachaferías ¡Qué lejano y qué distinto ésto de 

aquéllos ! 

— Pero, ¿no crees tú — insinué yo, interrumpiendo la parra- 
fada — que la levadura de malignidad, socarronería y frivola des- 
preocupación del espíritu limeño, que tan donosamente retrata- 
ra el maestro, aún persiste y ha de persistir por mucho tiempo? 

— Lo que él implícitamente elogiara — contestó Celio — se va 
perdiendo; aquello para lo cual su indulgente sonrisa, que ad- 



LAS TARDES DE DON RICARDO 307 

mirara Valera, y su ligera burla, han constituido acaso el* más 
duradero de los castigos, aumenta y se afea. Nuestra bellaque- 
ría y rufianería — disfrácese de lo que se disfrace — es cada vez 
menos graciosa y más canalla. Con lo grotesco y picaresco de 
nuestros días, Don Ricardo no podría hacer las filigranas que 
hizo con lo grotesco y picaresco de antaño. Por eso le ves to- 
das las tardes, cuando, como en el verso de Ureta: 

"sonríe el oro de la tarde en las sombras".,., 
entretenerse con los niños en la Alameda, gratamente olvidado 
de aquel raro don de inteligencia y de simpatía intuitiva y adi- 
vinadora que le hiciera dable reanimar lo pasado, cual si colo- 
case su última esperanza de patriota en las generaciones del 
porvenir . 

(La noche se hacia sobre la población. En las cercanas huertas y 
en las chacras de los campos aledaños ladraban los perros) . 

SILVESTRE VASOMBRIO. 



Antología de Palma 



¿r- 



X. 




Las campanas de la torre de San Agustín echaron un largo y entusiasta repique. 



Un virrey hereje y un campanero bellaco 

Crónica de la época del decimoséptimo virrey del Perú. 

I 
AZOTES POR UN REPIQUE. 

El templo y el convento de los padres agustinos estuvieron 
primitivamente (1551) establecidos en el sitio que ahora es igle- 
sia parroquial de San Marcelo, hasta que en 1573 se efectuó la 
traslación a la vasta área que hoy ocupan, no sin gran litigio y 
controversia de dominicos y mercedarios que se oponían al esta- 
blecimientos de otras órdenes monásticas. 

En breve los agustinianos, por la austeridad de sus costum- 
bres y por su ilustración y ciencia, se conquistaron una especie 
de supremacía sobre las demás religiones. Adquirieron muy va- 
liosas propiedades, así rústicas como urbanas, y tal fué el mane- 
jo y acrecentamiento de sus rentas, que durante más de un siglo 
pudieron distribuir anualmente por Semana Santa cinco mil pe- 
sos en limosnas. Los teólogos más eminentes y los más distin- 
guidos predicadores pertenecían a esta comunidad, y de los 
claustros de San Ildefonso, colegio que ellos fundaron en 1606 
para la educación de sus novicios, salieron hombres verdadera- 
mente ilustres. 

Por los años de 1656, un limeño llamado Jorge Escoiquiz, 
mocetón de veinte abriles, consiguió vestir el hábito; pero como 
manifestase más disposición para la truhanería que para el es- 
tudio, los padres, que no querían tener en su noviciado gente 
molondra y holgazana, trataron de expulsarlo. Más el pobrete 
encontró valedor en uno de los caracterizados conventuales, y 



312 MERCURIO PERUANO 

los religiosos convinieron caritativamente en conservarlo y dar- 
le el elevado cargo de campanero. 

Los campaneros de los conventos tenían por subalternos 
dos muchachos esclavos, que vestían el hábito de donados. El 
empleo no era, pues, tan despreciable, cuando el que lo ejercía, 
aparte de seis pesos de sueldo, casa, refectorio y manos sucias, 
tenía bajo su dependencia gente a quien mandar. 

En tiempo del virrey conde de Chinchón creóse por el cabil- 
do de Lima el empleo de campanero de la queda, destino que se 
abolió medio siglo después. El campanero de la queda era la ca- 
tegoría del gremio, y no tenía más obligación que la de hacer to- 
car a las nueve de la noche campanadas en la torre de la cate- 
dral. Era cargo honorífico y muy pretendido, y disfrutaba el 
sueldo de un peso diario. 

Tampoco era destino para dormir a pierna suelta; pues si 
hubo y hay en Lima oficio asendereado y que reclame actividad, 
es el de campanero; mucho más en los tiempos coloniales, en 
que abundaban las fiestas religiosas y se echaban a vuelo las 
campanas por tres días lo menos, siempre que llegaba el cajón 
de España con la plausible noticia de que al infantico real le 
había salido la última muela o librado con bien del sarampión y 
la alfombrilla. 

Que no era el de campanero oficio exento de riesgo, nos lo 
dice bien claro la crucecita de madera que hoy mismo puede 
contemplar el lector limeño incrustada en la pared de la pla- 
zuela de San Agustín. Fué el caso que, a fines del siglo pasado, 
cogido un campanero por las aspas de la Mónica o campana vol- 
teadora, voló por el espacio sin necesidad de alas, y no paró has- 
ta estrellarse en la pared fronteriza a la torre. 

Hasta mediados del siglo XVII no se conocían en Lima más 
carruajes que las carrozas del virrey y del arzobispo y cuatro o 
seis calesas pertenecientes a oidores o títulos de Castilla. Feli- 
pe II por real cédula de 24 de noviembre de 1577 dispuso que en 
América no se fabricaran carruajes ni se trajeran de España, 
dando por motivo para prohibir el uso de tales vehículos que, 
siendo escaso el número de caballos, éstos no debían emplearse 
sino en servicio militar. Las penas señaladas para los contraven- 
tores eran rigurosas. Esta real cédula, que no fué derogada por 
Felipe III, empezó a desobedecerse en 1610. Poco a poco fué 
cundiendo el lujo de hacerse arrastrar, y sabido es que ya en los 
tiempos de Amat pasaban de mil los vehículos que el día de la 
Porciúncula lucían en la Alameda de los Descalzos. 



UN VIRREY HEREJE Y UN COMPAÑERO BELLACO 313 

Los campaneros y sus ayudantes que vivían de perenne ata- 
laya en las torres, tenían orden de repicar siempre que por la 
plazuela de sus conventos pasasen el virrey o el arzobispo, 
práctica que se conservó hasta los tiempos del marqués de Cas- 
tel-dos-Ríus . 

Parece que el virrey conde de Alba de Liste, que, como ve- 
rá el lector más adelante, sus motivos tenía para andar esca- 
mado con la gente de iglesia, salió un domingo en coche y con 
escolta a pagar visitas. El ruido de un carruaje era en esos tiem- 
pos acontecimiento tal, que las familias, confundiéndolo con el 
que precede a los temblores, se lanzaban presurosas a la puerta 
de la calle. 

Hubo el coche de pasar por la plazuela de San Agustín; 
pero el campanero y sus adláteres se hallarían probablemente de 
rodeo y lejos del nido, pues no se movió badajo en la torre. Cho- 
cóle esta desatención a su excelencia, y hablando de ella en su 
tertulia nocturna, tuvo la ligereza de culpar al prior de los agus- 
tinos. Súpolo éste, y fué al día siguiente a palacio a satisfacer 
al virrey, de quien era amigo personal; y averiguada bien la co- 
sa, el campanero, por no confesar que no había estado en su 
puesto, dijo: "que aunque vio pasar el carruaje, no creyó obli- 
gatorio el repique, pues los bronces benditos no debían alegrar- 
se por la presencia de un virrey hereje". 

Para Jorge no era este el caso del obispo D. Carlos Marce- 
lo Corni, que cuando en 162 1, después de consagrarse en Lima, 
llegó a Trujillo, lugar de su nacimiento y cuya diócesis iba a 
regir, exclamó: "Las campanas que repican más alegremente, lo 
hacen porque son de mi familia, como que las fundió mi padre 
nada menos". Y así era la verdad. 

La falta, que pudo traer grave desacuerdo entre el represen- 
tante del monarca y la comunidad, fué calificada por el definito- 
rio como digna de severo castigo, sin que valiese la disculpa al 
campanero; pues no era una pajarraco de torre el llamado a ca- 
lificar la conducta del virrey en sus querellas con la Inquisi- 
ción. Y cada padre, armado de disciplina, descargó un ramalazo 
penitencial sobre las desnudas espaldas de Jorge Escoiquiz. 



314 MERCURIO PERUANO 

II 

EL VIRREY HEREJE. 

El Excmo. Sr. D. Luis Henríquez de Guzmán, conde de 
Alba de Liste y de Villaflor y descendiente de la casa real de 
Aragón, fué el primer grande de España que vino al Perú con el 
título de virrey, en febrero de 1655, después de haber servido i- 
gual cargo en Méjico. Era tío del conde de Salvatierra, a quien 
relevó en el mando del Perú. Por Guzmán, sus armas eran escu- 
do flanqueado, jefe y punta de azur y una caldera de oro, ja- 
quelada de gules, con siete cabezas de sierpe, flancos de plata 
y cinco arminios de sable en sautor. 

Magistrado de buenas dotes administrativas y hombre de 
ideas algo avanzadas para su época, su gobierno es notable en la 
historia únicamente por un cúmulo de desdichas. Los seis años 
de su administración fueron seis años de lágrimas, luto y zozo- 
bra pública. 

El galeón que bajo las órdenes del marqués de Villarrubia 
conducía a España cerca de seis millones en oro y plata y seis- 
cientos pasajeros, desapareció en un naufragio en los arrecifes 
de Chanduy, salvándose únicamente cuarenta y cinco personas. 
Rara fué la familia de Lima que no perdió allí algún deudo. Una 
empresa particular consiguió sacar del mar cerca de trescientos 
mil pesos, dando la tercera parte a la corona. 

Un año después, en 1656, el marqués de Baides, que acababa 
de ser gobernador de Chile, se trasladaba a Europa con tres bu- 
ques cargados de riquezas, y vencido en combate naval cerca de 
Cádiz por los corsarios ingleses, prefirió a rendirse pegar fuego 
a la santabárbara de su nave. 

Y por fin, la escuadrilla de D. Pablo Conteras, que en 1652 
zarpó de Cádiz conduciendo mercancías para el Perú, fué des- 
hecha en un temporal, perdiéndose siete buques. 

Pero para Lima la mayor de las desventuras fué el terremo- 
to del 13 de noviembre de 1566. Publicaciones de esa época des- 
criben minuciosamente sus estragos, las procesiones de peniten- 
cia y el arrepentimiento de grandes pecadores; y a tal punto se 
aterrorizaron las conciencias que se vio el prodigio de que mu- 
chos picaros devolvieran a sus legítimos dueños fortunas usur- 

^^ EÍ 15 de marzo de 1657 otro temblor, cuya duración pasó de 
un cuarto de hora, causó en Chile inmensa congoja; y ultima- 




,,, pasaba un par de horitas de sabrosa intimidad 



UN VIRREY HEREJE Y UN COMPAÑERO BELLACO 3 1 5 

mente, la tremenda erupción del Pichincha, en octubre de 1660, 
son sucesos que bastan a demostrar que este virrey vino con 
aciaga estrella. 

Para acrecentar el terror de los espíritus, apareció en 1660 
el famoso cometa observado por el sabio limeño D. Francisco 
Luis Lozano, que fué el primer cosmógrafo mayor que tuvo el 
Perú. 

Y para que nada faltase a este sombrío cuadro, la guerra 
civil vino a enseñorearse de una parte del territorio. El indio 
Pedro Bohorques, escapándose del presidio de Valdivia, alzó 
bandera proclamándose descendiente de los incas y haciéndose 
coronar se puso a la cabeza de un ejército. Vencido y prisione- 
ro, fué conducido a Lima, donde lo esperaba el patíbulo. 

Jamaica, que hasta entonces había sido colonia española, 
fué tomada por los ingleses y se convirtió en foco del ñlibuste- 
rismo, que durante siglo y medio tuvo en constante alarma a 
estos países. 

El virrey conde de Alba de Liste no fué querido en Lima 
por la despreocupación de sus ideas religiosas, creyendo el pue- 
blo, en su candoroso fanatismo, que era él quien atraía sobre el 
Perú las iras del cielo. Y aunque contribuyó a que la Universi- 
dad de Lima, bajo el rectorado del ilustre Ramón Pinelo, cele- 
brase con gran pompa el breve de Alejandro VII sobre la Pu- 
rísima Concepción de María, no por eso le retiraron el apodo de 
virrey hereje que un egregio jesuíta, el padre Alloza, había 
contribuido a generalizar; pues habiendo asistido su excelencia 
a una fíesta en la iglesia de San Pedro, aquel predicador lo ser- 
moneó de lo lindo porque no atendía a la palabra divina, dis- 
traído en conversación con uno de los oidores. 

El arzobispo Villagómez se presentó un año con quitasol 
en la procesión de Corpus, y como el virrey lo reprendiese, se 
retiró de la fiesta. El monarca los dejó iguales, resolviendo que 
ni virrey ni arzobispo usasen de quitasol. 

Opúsose el de Alba de Liste a que se consagrase fray Ci- 
priano Medina, por no estar muy en regla las bulas que 16 ins- 
tituían obispo de Guamanga. Pero el arzobispo se dirigió a me- 
día noche al noviciado de San Francisco, y allí consagró a Me- 
dina. 

Habiendo puesto presos los alcaldes de corte a los escriba- 
nos de la curia por desacato, el' arzobispo excomulgó a aquéllos. 
El virrey, apoyado por la Audiencia, obligó a su ilustrísima a 
levantar la excomunión. 



316 



MERCURIO PERUANO 



Sobre provisión de benefícios eclesiásticos tuvo el de Alba 
de Liste infinitas cuestiones con el arzobispo, cuestiones que 
contribuyeron para que el fanático pueblo lo tuviese por hom- 
bre descreído y mal cristiano, cuando en realidad no era sino 
celoso defensor del patronato regio. 

D. Luis Henríquez de Guzmán tuvo también la desgracia 
de vivir en guerra abierta con la Inquisición, tan omnipotente 
y prestigiosa entonces. El virrey, rtitre otros libros prohibidos, 
había traído de Méjico un folleto escrito por el holandés Gui- 
llermo Lombardo, folleto que en confianza mostró a un inquisi- 
dr'r o familiar del Santo Oficio. Mas éste lo denunció, y el 
pilmer día de Pascua de Espíritu Santo, hallándose su excelen- 
cia en la catedral con todas las corporaciones, subió al pulpito 
un comisario del tribunal de la fe y leyó un edicto compelien- 
do al virrey a entregar el libelo y a poner a disposición del San- 
to Oficio a su médico César Nicolás Wandier, sospechoso de lu- 
teranismo. El virrey abandonó el templo con gran indignación, 
y elevó a Felipe IV una fundada queja. Surgieron de aquí se- 
rias cuestiones, a l'as que el monarca puso término reprobando 
la conducta inquisitorial, pero aconsejando amistosamente al de 
Alba de Liste que entregase el papelucho motivo de la quere- 
lla. 

En cuanto al médico francés, el noble conde hizo lo posible 
para libertarlo de caer bajo las garras de los feroces tcrnicf^ros; 
pero no era cosa fácil arrebatarle una víctima a la Inquisición. 
En 8 de octubre de 1667, después de más de ocho años de encie- 
rro en las mazmorras del Santo Oficio, fué penitenciado Wan- 
dier. Acusáronlo, entre otras quimeras, de que con apariencias 
de religiosidad tenía en su cuarto un crucifijo y una imagen de 
la Virgen, a los que prodigaba palabras blasfemas. Después de7 
auto de fe, en el que felizmente no se condenó al reo a la ha 
güera, hubo en Lima tres días de rogativas, procesión de desa- 
gravio y otras ceremonias religiosas, que terminaron trasladan- 
do las imágenes de la catedral a la iglesia del Prado, donde pre- 
sumimos que existen hoy . 

En agosto de 1661, y después de haber entregado el gobier- 
no al conde de Santisteban, regresó a España el de Alba de Lis- 
te, muy contento de abandonar una tierra en la que corría el pe- 
ligro de que lo convirtiesen en chicharrón, quemándolo por he- 
reje. 



UN VIRREY HEREJE Y UN COMPAÑERO BELLACO 3 1 7 

III 

LA VENGANZA DE UN CAMPANERO 

Es probable que a Escoiquiz no se le pasara tan aína el es- 
cozor de los ramalazos, pues juró en sus adentros vengarse del 
melindroso virrey que tanta importancia diera a repique más o 
menos . 

No había aún transcurrido una semana desde el día del va- 
puleo, cuando una noche, entre doce y una, las campanas de la 
torre de San Agustín echaron un largo y entusiasta repique. 
Todos los habitantes de Lima se hallaban a esa hora entre pa- 
lomas y en lo mejor del sueño, y se lanzaron a la calle pregun- 
tándose cuál era la halagüeña noticia que con lenguas de bronce 
festejaban las campanas. 

Su excelencia D . Luis Henríquez de Guzmán, sin ser por 
;llo un libertino, tenía su trapicheo con una aristocrática dama; 
y cuando dadas las diez no había ya en Lima quien se aventura- 
se a andar por las aceras, el virrey salía de tapadilla por una 
puerta excusada que cae a la calle de los Desamparados, muy re- 
bujado en el embozo, y en compañía de su mayordomo encami- 
nábase a visitar a la hermosa que le tenía el alma en cautiverio. 
Pasaba un par de horitas en sabrosa intimidad, y después de 
media noche se regresaba a palacio con la misma cautela y mis- 
terio . 

Al día siguiente fué notorio en la ciudad que un paseo noc- 
turno del virrey había motivado el importuno repique. Y hubo 
corrillos y mentidero largo en las gradas de la catedral, y todo 
era murmuraciones y conjeturas, entre las que tomó cuerpo y se 
abultó infinito la especie de que el señor conde se recataba para 
asistir a algún misterioso conciliábulo de herejes ; pues nadie po- 
día sospechar que un caballero tan serióte anduviese a picos 
pardos y con tapujos de contrabandista, como cualquier mozal- 
bete . 

Mas su excelencia no las tenía todas consigo, y recelando 
una indiscreción del campanero hízolo secretamente venir a pa- 
lacio, y encerrándose con él en su camarín, le dijo: 

— jGran tunante! ¿Quién te avisó anoche que yo pasaba? 

— Señor excelentísimo— respondió Escoiquiz sin turbarse, — 
en mi torre hay lechuzas. 

— ¿ Y qué diablos tengo yo que ver con que las haya? 



318 MBRCUKIO PERUANO 

— Vuecencia, que ha tenido sus dimes y diretes con la In- 
quisición y que anda con ella al morro, debe saber que las bru- 
jas se meten en el cuerpo de las lechuzas. 

— ¿Y para ahuyentarlas escandalizaste la ciudad con tus 
cencerros? Eres un bribón de marca, y tentaciones me entran de 
enviarte a presidio. 

— No sería digno de vuecencia castigar con tan extremo ri- 
gor a quien como yo es discreto, y que ni al cuello de su camisa 
le ha contado lo que trae a todo un virrey del Perú en idas y ve- 
nidas nocturnas por la calle de San Sebastián. 

£1 caballeroso conde no necesitó de más apunte para cono- 
cer que su secreto, y con él la reputación de una dama, estaba a 
merced del campanero. 

— i Bien, bien! — le interrumpió. — Ata corto la lengua y que 
el badajo de tus campanas sea también mudo. 

— Lo que soy yo, callaré como un difunto, que no me gusta 
informar a nadie de vidas ajenas; pero en lo que atañe al deco- 
ro de mis campanas no cedo ni el canto de una uña, que no las 
fundió el herrero para ruñanas y tapadoras de paseos pecamino- 
sos. Si vuecencia no quiere que ellas den voces, facilillo es el 
remedio. Con no pasar por la plazuela salimos de compromisos. 

— Convenido. Y ahora dime: ¿en qué puedo servirte? 

Jorge Escoiquiz, que como se ve no era corto de genio, rogó 
al virrey que intercediese con el prior para volver a ser admiti- 
do en el noviciado. Hubo su excelencia de ofrecérselo, y tres o 
cuatro meses después el superior de los agustinianos relevaba al 
campanero. Y tanto hubo de valerle el encumbrado protector, 
que en 1660 fray Jorge Escoiquiz celebraba su primera misa, te- 
niendo por padrino de vinajeras nada menos que al virrey hereje. 

Según unos, Escoiquiz no pasó de ser un fraile de misa y 
olla; y según otros, alcanzó a las primeras dignidades de su con- 
vento. La verdad quede en su lugar. 

Lo que es para mí punto formalmente averiguado es que el 
virrey, cobrando miedo a la vocinglería de las campanas, no 
volvió a pasar por la plazuela de San Agustín, cuando le ocurría 
ir de galanteo a la calle de San Sebastián. 

Y aquí hago punto y rubrico, 
, sacando de esta conseja 

A la siguiente moraleja: 

que no hay enemigo chico. 



:-- -*tí*íví**».-«fF*'. "•*''■'*"*'' 



'-m 



■■■■•'!' 




hubo corrillos y mentidero largo en las gradas de la Catedral. 



De las Poesías Líricas 



CAMINO DEL CIELO. 



¡Vedla! Cubren su belleza 
albos, transparentes tules; 
así una estrella circundan 
ledas nubes. 

No la despertéis, que duerme 
la niña de ojos azules, 
y sueña con sus hermanos 
los querubes. 

Cuando al lucir la mañana 
el sol dilata sus luces, 
y sobre cuanto es creado 
calor y vida difunde, 
no llores, madre, no llores; 
y alienta el consuelo dulce 
que va camino del cielo 
la niña de ojos azules. 



i GORDO VA! 

De heroísmo verdadero 
fué una edad que ya se aleja.. 
¡Os hace falta un Homero 
tiempos de la patria vieja! 

De aquel valiente que pudo, 
de Ayacucho en la victoria, 
dejar de palmas desnudo 
todo el árbol de la gloria; 

del bravo entre los mejores 
que dijo: — ¡arma a discreción! 
y ¡paso de vencedores! — (i) 
oídme una tradición. 



Espartano en bizarría 
era y gallardo el doncel; 
mozo que a nadie cedía 
del entusiasmo el laurel. 

Es la civil disensión 

y es un campo de batalla; 

de ancho llano en la extensión 

muertos siembra la metralla. 

Héroe de la antigua Grecia 
transportado al Mundo Nuevo, 
allí do el combate arrecia 
se ve impávido al mancebo. 



(x).— Histórico. 



OB LAS poesías LÍRICAS 321 

j Oh, cuánta estéril hazaña! 
I Cuántos tajos y reveses! 
jAsí bajo la guadaña 
del segador caen las miesesl 

I Ríndete.' (le grita alguno) 

Tu esperanza es ilusoria; ' 

somos ciento y eres uno, 

y es nuestra ya la victoria, (i) 

Con sereno parecer 

y tranquilo sonreír: 

— si es imposible vencer. 

No es imposible morir — (a) 

Dijo el valiente adalid 
y, espoleando su bridón, 
cayó en la revuelta lid 
destrozado el corazón. 



(i). — Histórico. 
(a).— Histórico. 



LA LIMEÑA. 



Tiene en sus ojos rara fosforescencia, 

y en su color, del alba la transparencia; 

en su talle hay lo esbelto de árbol lozano; 

es turgente su pecho, su pie es enano 

y, al andar, con la gracia se enseñorea 

del clavel que en su tallo se balancea. 

Si sonríe, acaricia; si ríe, hechiza; 

la palabra, en su boca, se poetiza; 

tiene son de divinas arpas colias, 

perfume de azahares y de magnolias. 

No siempre es grácil palma que se doblega 

al viento que sus hojas versátil riza; 

razonadora, a veces; otras, fe ciega 

domina en sus creencias espirituales, 

o es fatalista, como las orientales. 

Ora se manifíesta sultana altiva, 

ora violeta humilde que el sol esquiva, 

y hasta en su ingenio, si éste se desmenuza, 

es tanto castellana como andaluza. 

Lo grave de Castilla con cuanto cría 

de sal, en sus salinas, Andalucía 

se juntó en la limeña, que en esta playa 

ni Galicia, ni Asturias y ni Vizcaya 

se aclimataron. Poco fruto de amores 

dieron aquí los vascos conquistadores. 

¡No! No mintió el que dijo que es la limeña 

azúcar refinada, sal levantisca, 

espuma gaditana, luz madrileña, 

cual fué Lima, en los siglos a éste anteriores, 

ciudad medio cristiana, medio morisca, 

ciudad de celosías y de pebetes, 



DE LAS poesías LÍRICAS 323 

y de góticas torres y minaretes, 

en que, al par goda y árabe, seria y sencilla, 

su catedral remeda la de Sevilla. 

Del helénico tipo y el bizantino 

guarda el perfil limeño lo peregrino; 

de la Venus romana la gentileza 

resalta en los contornos de su cabeza, 

y, negros, misteriosos, rizos y bellos, 

sobre la ebúrnea espalda caen sus cabellos. 

Búcaro en que armonizan cien flores varias, 

la limeña armoniza cosas contrarias: 

ya es peña inconmovible que el mar acosa, 

ya tiene veleidades de mariposa; 

ya algo de lo esplendente de los querubes, 

ya mucho de lo vago que hay en las nubes. 

Sus pasiones a veces son huracanes; 

en su desdén hay algo de nieve andina; 

su amor esconde el fuego de los volcanes, 

deslumhra, atrae, se impone, quema y fascina. 

Generosa, abnegada, caritativa, 

siempre risueña y ágil, siempre expansiva, 

lo mismo en los festines está del mundo 

que junto al triste lecho del moribundo. 

Siempre a dar al mendigo, débil o anciano, 

la limosna bendita, pronta su mano, 

y en toda desventura que al alma toca 

palabras de consuelo tiene su boca. 



De ^^Flor de Academias^^ 

PREFACIO 
(Fragmentos) 

III 

Dice Menéndez y Pelayo, y dice bien, que lazo entre la li- 
teratura del siglo XVII y la del XVIII fué la tertulia o Acade- 
mia que, por los años de 1709 a 17 10, reunía semanalmente, en el 
Palacio de Lima, el Virrey Marqués de Castell-dos-Ríus. Com- 
pilación de los trabajos, leídos en veintiuna veladas, a las que con- 
currieron las más aristocráticas señoras de la sociedad limeña, 
es este libro — Flor de Academias — códice que hasta ahora se 
conserva inédito, y del cual sólo era conocida la existencia de 
otra copia, en la librería personal del erudito académico español 
don Pascual de Gayangos. 

Mi respetable amigo don Leopoldo Augusto de Cueto, mar- 
qués de Valmar, que tuvo ocasión para examinar el manuscrito 
de Gayangos, lo comenta así en su monumental obra — Historia 
crítica de la poesía castellana en el siglo XVIII: — ^"El mal gus- 
to de la época rebosa en esta abundante colección de versos ar- 
tificiales; pero, acaso por el aislamiento en que vivían los poetas 
en aquellas apartadas regiones, el cultismo, no subió allí mucho 
a las nebulosas alturas de los Góngora ni descendió a la ruin y 
repugnante esfera de los Montero. Los asuntos son, unas veces, 
nobles y naturales; y otras, las más, son de aquellos que ponen 
en prensa el ingenio y provocan los juegos de metro y de pala- 
bra, los retruécanos y los conceptos. En medio de éstas y 
otras extravagancias asoma, a menudo, la fantasía viva y fecun- 
da de aquellos ingenios extraviados.'* 

No estoy, por completo, de acuerdo con el juicio del egre- 
gio académico de la Española, porque precisamente creo que 



DE «FLOR DE ACADEMIAS» 325 

fué el gongorismo, ese Moloch devorador de los más claros ce- 
rebros, el pecado en que anduvieron más empecatados los lite- 
ratos de la tertulia palaciega. Así lo expreso en el juicio sinté- 
tico que formulo, al fin de cada acta, sobre el grado de mereci- 
miento de los trabajos leídos, juicio que sería deficiente si, en 
este prólogo, no consignara también algunas noticias sobre la 
personalidad de cada académico, principiando por la del Vi- 
rrey. A toat seigneur, tout honneur. 

Don Manuel de Omms de Santa Pau, antes de Sentmanat y 
de Lanuza, Marqués de Castell-dos-Ríus y Virrey del Perú, fué 
el creador de las tertulias literarias que, en la noche del lunes, 
se celebraron en Palacio, desde el 23 de Setiembre de 1709 has- 
ta el 24 de Marzo de 1710. La muerte del Virrey, acaecida 
treinta días después, puso término a las amenas veladas, y así 
lo declararon los consocios en el acta fúnebre de la junta que, 
para honrar a su ilustre compañero, celebraron el 15 de Mayo. 

Si como poeta o versificador fué el marqués de Castell-dos- 
Ríus de lo más ramplón que cabe serlo, sus condiciones como 
pr.sador son sobresalientes. Las cedulillas y el vejamen que le- 
yó o hizo leer en la décima velada, revelan agudeza de ingenio, 
cátita delicada, estilo correcto y castizo, y sobre todo espon- 
taneidad. Se adivina que la pluma del marqués corría fácil co- 
mo la de Quevedo, autor que parece fué de lectura favorita para 
Su Excelencia, según lo revelan varias felices imitaciones que 
del padre de las Zahúrdas de Platón resaltan en el vejamen. 

Se sabe que el de Castell-dos-Ríus hizo, en verso, una tra- 
ducción de los himnos del angélico Santo Tomás, y que escribió 
una comedia, El Escudo de Perseo, en la que había trozos de 
can' o, representada en Palacio en celebración del nacimiento del 
príncipe de Asturias que fué más tarde Fernando VI. De esta 
comedia, muy encomiada por la adulación de los cortesanos, 
luzgando por el primer acto del que se encontraba una copia en 
el archivo del antiguo teatro de Lima, cabe decir que fué una 
monstruosidad escénica en detestables versos También fué au- 
tor de una disertación político-filosófica a la que intituló Sermón 
del mandato, y aun afirman varios cronistas que dejó muy avan- 
zada una historia sobre sucesos del Perú, desde la conquista 
hasta el año 1689. Todos estos trabajos del Virrey se han perdi- 
do, siendo sólo de lamentar la desaparición del último; pues 
conocidos como son la pobreza del estro de Su Excelencia y lo 
pervertido de su gusto, las musas no vestirán de duelo por 
carecer de los versos de aquel bendito señor. 



326 MERCURIO PERUANO 

De entre los tres virreyes poetas que tuvo el Perú — el prín- 
cipe de Esquiladle, príncipe también, y muy esclarecido, en los 
reinos de la poesía, — el conde de Santistevan, que rimó poquísi- 
mo en castellano y mucho en latín — y el marqués de Castell-dos- 
Ríus, éste apenas si transpuso los umbrales del templo de /^polo. 

De don Juan Manuel de Rojas sólo sabemos que era esna- 
ño', caballero de la orden de Santiago y secretario del Virrey. 
Versificaba con facilidad suma, y aunque afectado del mal gus- 
to de su época, de vez en cuando antojábasele romper con el con- 
ceptismo, y entonces lucía dotes de poeta. 

Don Juan Eustaquio Vicentelo, Tello Toledo y Leca, mar- 
q 'cs de Brcnes y de la orden de Santiago, era sevillano, y en sus 
versos sobre temas risueños sabia desparramar sal andaluza. 

De Fray Agustín Sanz, superior de lofe paulinos, y confesor 
del Virrey, está comprobado que fué español, que gozó de gran 
reputación como orador sagrado y que fué, en Lima, lo que se 
entiende por fraile de muchas campanillas. Distinguíase entre 
sus compañeros de la tertulia palaciega, por su poca afición al 
empleo de imágenes mitológicas en la poesía, y aunque no libre, 
por completo, del conceptismo en boga, fué de los menos peca- 
dores. 

Sobre don Jerónimo de Monforte y Vera, no tenemos otras 
noticias sino las de que era nacido en el reino de Aragón, que 
desempeñaba un alto empleo en Palacio y que, algunos años des- 
pués del fallecimiento del de Castell-dos-Ríus, fué agraciado 
por el monarca con el hábito de Santiago. De las composicio- 
nes poéticas que leyera en las veladas, hay poco que decir en 
elogio de su numen. 

Parece que en estos cuatro versificadores españoles, las afi- 
ciones poéticas hubieran muerto junto con el Virrey; pues sólo 
muy de tarde en tarde encontramos, con firma de ellos, algún 
soneto, espinelas u octavas en las páginas laudatorias que, a 
guisa de prólogo, era moda apareciesen en los libros. Todo ami- 
go de un autor estaba obligado a pagar tributo encomiástico. 

Aunque nada asiduo en la asistencia personal, también figu- 
ra entre los académicos de Palacio, el madrileño don Luis Anto- 
nio de Oviedo Herrera y Rueda, primer conde de la Granja, 
autor de un poema en doce cantos sobre Santa Rosa de Lima y 
de un romance sacro sobre la Pasión de Cristo, dividido en siete 
estaciones de andanza o lectura muy fatigosa, como que son 
4,796 los octasílabos y uno solo el asonante. El conde era lo que 
se llamaba hombre erudito y de vivaz fantasía, si bien como 



DE «FLOR DE ACADEMIAS» 327 

poeta afean sus versos las extravagancias culteranas a que era 
muy propenso. 

De don Mathías de Angles y Meca, paje mimado del Vi- 
rrey, no hay más que decir sino que era un jovencito español, 
aficionado a hacer versos, esto es, un poeta de ocasión, y nada 
más, al que admitieron los académicos en su sociedad por com- 
placer al aristocrático Mecenas. 

Pasemos a los peruanos que tomaron participación en el 
núcleo literario de 1709, principiando por don Antonio Zamudio 
de las Infantas, marqués del Villar del Tajo, y del que, en puri- 
dad de verdad, no se puede decir sino que escribía versos cuan- 
do las Musas andaban de bureo lejos del Parnaso. 

El doctor don Pedro Joseph Bermúdez de la Torre, naci- 
do en Lima y que, en dos distintas épocas, desempeñó el recto- 
rado de la Universidad de San Marcos, fué un poeta cortesano 
por excelencia, y su musa, como la de Peralta, se ocupó en li- 
sonjear a virreyes y monarcas. Entre ambos se mantuvo viva 
competencia, y la opinión pública andaba dividida en lo de acor- 
dar al uno supremacía sobre el otro. Hoy hay que convenir en 
que Bermúdez, como poeta, sin serlo portentoso, es en mucho 
superior a Peralta. Por lo menos no es tan superlativamente 
dado al gongorismo y al conceptismo que hacen nebulosas, in- 
traducibies al lenguaje llano, la mayor parte de las composicio- 
nes del autor de Lima Fundada. A Bermúdez, de vez en cuan- 
do se le entiende; a Peralta, nunca; a lo sumo, se le adivina. 

El licenciado don Miguel Cascante fué un clérigo limeño, 
por quien el marqués de Castell-dos-Ríus tenía marcada predi- 
lección. Menos enrevesado que Peralta, con más bizarría de 
imaginación que Bermúdez, y más correcto que el marqués del 
Villar del Tajo, es, para mí, entre los cuatro peruanos del cen- 
tro académico, el menos acreedor de censura. 

Juicio no tan sintético como los anteriores, debo consagrar 
a don Pedro de Peralta y Barnuevo, historiador, astrónomo, 
teólogo, médico, jurista, poeta, enciclopédico, en fin, y el' más 
fecundo de los escritores que hasta el día hemos tenido, juicio 
que en 1887 expresé en gran parte en una actuación solemne. 
La fama literaria de Peralta encontró en España resonancia sim- 
pática, pues mantuvieron con él asidua correspondencia el 
marqués de Villena que, en 1713, fué el fundador de la Real 
Academia Española, así como los académicos duque de Mon- 
tellano. Carvajal' y Lancaster, González Barcia, Villegas Piña- 
telli y marqués de San Juan. Los primeros ejemplares que del 



328 MERCURIO PERUANO 

Diccionario de autoridades llegaron al Perú, vinieron encomen- 
dados a Peralta para su expendio. 

Ningún conocimiento del saber humano era extraño para 
el portentoso talento y singular ilustración de nuestro compa- 
triota, y acredítalo la crecida cifra de libros que escribiera so- 
bre variadas y aun antagónicas materias; pero, como estilista, 
en prosa, el prurito de ostentar erudición, mal del que, como he 
dicho, pocos, muy pocos literatos de su época lograron liber- 
tarse, rebaja el grado de encarecimiento de sus obras. Peralta 
aparece siempre como oportuno repetidor de máximas y doctri- 
nas ajenas; nunca supo asimilarse el fruto de sus vastas lectu- 
ras; y cuando, por casualidad, expresa una idea propia, no se 
encuentra satisfecho sino después de haber rebuscado y exhi- 
bido autoridades que la vigoricen. Parece como que el literato 
desconñara de su cerebro y de la verdad y fuerza de sus racioci- 
nios. Y he aquí el porqué su prosa es oscura y falta de sobrie- 
dad, y lánguida y sin brillo su frase, como todo lo que pasa por 
varios crisoles. 

A su conceptuoso poema, Lima Fundada, le falta el quid di- 
vinum, el perfume poético. Sus octavas soberanamente gongó- 
ricas, carecen del ritmo musical de la poesía, y revisten carac- 
teres de mala prosa rimada. Sus imágenes no son flores nacidas 
en cármenes deliciosos y mecidas por la brisa tropical, sino 
flores de conservatorio, sin aroma ni colores vivos. 

En vano buscaríamos en los versos de Peralta el estro arre- 
batador de Ercilla, la pompa descriptiva de Bello, la entonación 
pindárica de Olmedo, el espiritualismo religioso de Ojeda, la 
espontaneidad de Caviedes, la pureza de dicción de Valdés, 
n estro admirable traductor de los salmos, o el aticismo de 
Fel.pe Pardo y del guatemalteco Irisarri. 

Era Peralta un gran pensador; era un sabio eminente; era 
el erudito que, en América, conocía mayor número de idiomas, y 
aun de dialectos; pero el Arte, la estética literaria no pueden, 
en desapasionada y concienzuda crítica, darle puesto de honor 
entre los favorecidos por el cielo con los dones del sentimiento 
y de la expresión poética. 

El sabio Feijóo escribió en su Teatro Crítico que de Peralta 
no se puede hablar sino con admiración, pues apenas se hallará 
en toda Europa hombre alguno que lo supere en talento y eru- 
dición. Después de tan grandilocuente encomio, formulado por 
la pluma del inmortal benedictino, confieso que mi crítica que- 
daría completamente desautorizada, si no la apoyase también el 



DE «FLOR DE ACADEMIAS» 329 

muy exquisito criterio de don Marcelino Menéndez y Pelayo. 
Dice así esta eminencia de las letras contemporáneas: ¿Qué es 
lo que la posteridad ha dejado en pie de la fama cuasi mitoló- 
gica de Peralta? Cuesta trabajo decirlo; poco más que un nom- 
bre que no despierta eco ninguno de gloria literaria. Sus 
obras no se leen ya, en América ni en España. Su eru- 
dición, sin duda, era estupenda, pero indigesta y de mal' 
gusto; su criterio histórico de los más inciertos y extravagan- 
tes; su estilo, en prosa y en verso, enfático, crespo y campanu- 
do, con todos los vicios de la decadencia literaria que, después 
del advenimiento de Luzán y de Feijóo, no eran ya tolerables 
ni en una remota colonia. Como poeta, sus versos están conde- 
nados sin remisión; y si hay aún, por azar, quien lea su poema 
Lima Fundada, mezcla extraña de gongorismo y prosaísmo, sin 
que le falte ningún rasgo de mal gusto, no es porque lo cautiven 
las octavas, sino por las notas marginales, genealógicas o histó- 
ricas. Su vena adulatoria llegó a un extremo casi de demencia 
cuando compuso el elogio del virrey Armendáriz, sin emplear 
en su discurso más que una vocal — la letra A. ¡Lástima de estu- 
dios tan torpemente malogrados!. 

Yo no osaré agregar un concepto más a juicio tan autorizado. 

IV 

Y aquf ponemos punto, llenado como queda nuestro propó- 
sito de limitarnos a presentar en sucinto cuadro a los poetas que 
antecedieron a la tertulia académica, así como a los que ésta 
compusieron. Labor menos compendiosa corresponde al escri- 
tor que acometa el estudio de las obras de ingenios posteriores 
hasta el día. El encontrará, para acordarles justiciero aplauso, 
una pléyade de notables poetas nacidos en el Perú; pues puede 
afirmarse, sin miedo de incurrir en equivocación, que desde las 
postrimerías del siglo XVIII se inició en las letras nacionales, 
una era de mejoramiento en el gusto y en el estilo, y de aspira- 
ción a ideales más levantados que los que, hasta entonces, can- 
taron los poetas. 

Agosto, de 1899. 



rr^ tf 



De ^^Recuerdos de España 



EN CÓRDOBA 



Wilfredo de la Puente, hoy conde del Portillo, nos esperaba a 
las dos de la tarde, en la estación de Córdoba. Hijo de padre 
peruano y de aristocrática dama española, vivió en Lima desde 
los catorce hasta los veintiocho años, y fué oficial en la marina 
de guerra del Perú, allá en los tiempos en que yo dragoneaba de 
contador y comisario en la escuadra. Pero sobrevino aquello de 
la toma de las islas de Chincha y lo de la reivindicación o ame- 
naza de reconquista, y Wilfredo, que no podía combatir contra 
la patria donde naciera ni contra sus compañeros y deudos del 
Perú, solicitó y obtuvo separación del servicio, yendo a domici- 
liarse en Córdoba, donde encontré, al cabo casi de un cuarto de 
siglo, al que yo conociera gallardo y alborotador mancebo, con- 
vertido en todo lo que hay que ser de tranquilo pater familias. 

Sólo hasta el siguiente día podía yo permanecer en la ciu- 
dad donde César pasó a cuchillo a veinte mil partidarios de 
Pompeyo, y de suyo se adivina que no pude encontrar mejor ci- 
cerone que Wilfredo. 

Córdoba que, en los tiempos del califato de Abdelrrhamán, 
llegó a tener doscientos mil vecinos, hoy escasamente tendrá 
treinta mil. Es, como Granada, una ciudad enferma con la nos- 
talgia de su pasado. Los dioses del Olimpo, dice Pi y Margall, 
no pudieron salvarla del furor de César; el Profeta no quiso 
tenderla una mano desde su sepulcro; y Cristo la dejó aniquilar 
por las tropas francesas al mando de Dupont. 

Lo primero que se anhela visitar en Córdoba ps su renom- 
brada mezquita, principiada en el siglo XIII por Abdelrrhamán y 
concluida bajo el gobierno de su hijo Hixem, sobre terreno que 
fué templo cristiano. Yo no me propongo describir, ni aunque 



DE «RECUERDOS DE ESPAÑA» 331 

me lo propusiera atinaría, lo que tantos viajeros han descrito con 
brillantez y superabundancia de detalles. 

Penetramos por la puerta del Perdón al patio de los Naran- 
jos, donde aún existe la fuente destinada a las abluciones; y 
tres minutos después nos hallábamos, en la Catedral, que parece 
un bosque artificial, de columnas labradas con los mármoles, 
jaspes y granitos más preciados. Me dijeron que, en la época 
primitiva, las columnas excedían de mil cuatrocientas; pero que, 
paia formar el coro de la Catedral cristiana, hubo que eliminar 
muchísimas, siendo hoy sólo ochocientas sesenta las que forman 
Us veinte naves principales y las treinta y cinco laterales. En 
el espacio que ocuparon quinientas cuarenta columnas, está 
hoy la Catedral católica con sus capillas, que son más de treinta. 

Dígase lo que se quiera, esa Catedral no es Catedral. En 
ella el alma se remonta más a Mahoma que a Cristo. 

Cuéntase que, en los primeros años de fundada, las golon- 
drinas, que anidaban en los techos, turbaban con su canto el re- 
zo de los fieles. Para libertarse de ellas no se encontró más re- 
medio que el de acudir a las armas espirituales, y después de una 
procesión en forma se pronunció sentencia, nó sin que el aboga- 
do del diablo, a quien, por prescripción canórica, se encomendó 
la defensa de las golondrinas, hubiese agotado su arsenal de ar- 
gumentos para probar que las aves cantaban en ejercicio de un 
legitimo derecho. No valieron razones ni citas leerles, y las go- 
londrinas fueron conminadas, bajo pena de excomunión mayor, 
? no cantar ni revoletear en el tempo durante las horas destina- 
das al culto. Y ¡cosa rara! desde que se las leyó la sentencia no 
han vuelto a ser indiscretas. 

De una capilla que ^se llama de "La Sangre", refiérese que 
tomó tal nombre porque un judío escondió en uno de sus zapa- 
tos una hostia consagrada, descubriéndose el sacrilegio por la 
huella roja que, al caminar, dejaba. 

No visitar la capilla de "Las Animas" habría sido indiscul- 
pable en un peruano. Esta capilla la fundó, en 1^ primera dé- 
cada del siglo XVII, nuestro compatriota el Inca — historiador 
Garcilaso de la Vega. En una lápida de mármol negro se lee esta 
inscripción : 

"El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de per- 
"petua memoria, ilustre en sangre, perito en letras, valiente en 
"armas, hijo de Garcilaso de la Vega, de la casa de los duques de 
"Feria e Infantado, y de Elizabeth Palla, hermana de Huayna- 
"Cápac, último emperador de las Indias, comentó la Florida, 



332 MERCURIO PERUANO 

"tradujo a León Hebreo, y compuso los Comentarios Reales. Vi- 
"vió en Córdoba con mucha religión y murió ejemplar. Dotó es- 
"ta capilla y enterróse en ella. Vinculó sus bienes al sufragio de 
"las ánimas. Sus patrones perpetuos, los señores Deán y Cabil- 
"do de esta Santa Iglesia. Felleció a 22 de Abril de 1616. Rue- 
"guen a Dios por su ánima." 

Todas las capillas que, como he dicho, pasan de treinta, 
tienen su historia más o menos curiosa y singular. A poca distan- 
cia de la de Garcilaso de la Ve^a se ve, en una columna, una ima- 
gen de Cristo en la cruz que, dice la tradición, fué labrada so- 
bre el mármol en tiempo de la dominación morisca, por un cau- 
tivo cristiano, sin otro buril que la uña, y durante años y años 
de pacienzuda labor. ¡Valiente uña! ¡De acero debió ser la de ese 
prójimo! A este prodigio aluden unos versos latinos que se 
leen en un cuadrito, con la traducción que copiamos: 

El cautivo con gran fé — en aqueste duro mármol — con la 
uña dibujó — a Cristo crucificado — siendo esta iglesia mezquita 
— donde lo martirizaron. — 

Tres horas pasé en la monumental mezquita, horas en las 
que mi espíritu estuvo abrumado por la admiración de tanta y 
tanta maravilla. 

Cuando después recorrí la ciudad deteniéndome en el famo- 
so puente romano, visitando el espacioso y elegante Club o Ca- 
sino de construcción moderna, y hasta el muy bonito paseo del 
Gran Capitán, nada encontré que fijase mi atención. 

En la mañana volví a pasar otras dos horas en la Catedral 
para con el ánimo más sereno, acabar de formarme idea de un 
monumento en que las civilizaciones cristiana y morisca pare- 
cen competir, sin gran ventaja para la primera. 



De ^'Verbos y Gerundios^^ 

' A UNA BEATA. 

En tiempo de Diocleciano, 
guapo emperador romano, 
floreció Santa Nefija, 
de la cual se habla prolija- 
mente en el Año Cristiano. 

Y refiere de la tal 
un muy docto historiador 
algo que prueba en rigor 
que ni pecado venial 
es besar al pecador. 

Persiguiendo al cristianismo 
aquel bárbaro, a los fieles 
condenaba al ostracismo, 
si no hacía el barbarismo 
de echarlos a sus lebreles. 

Fué la santa desterrada, 
y en ello fué bien librada, 
que él, con feas o bonitas, 
no se andaba con chiquitas 
para hacer una gatada. 

De llegar hubo a una ría, 
y no teniendo dinero 
para pagar al barquero, 

le pagó (¡Jesús María!) 

con un beso bullanguero. 



334 MERCURIO PERUANO 

Si tras el toque de queda 
comer ansiaba una hogaza, 
un beso daba muy leda, 
que eran sus besos moneda 
bien aceptada en la plaza. 

Si limosna la pedía 
alguien, por amor de Dios, 
la santa se detenía, 
y así ... . sin gazmoñería 
daba un beso, y hasta dos. 

Y de esa santa en elogio 
y ajeno a toda diatriba, 
casi, casi a decir iba 
que en todo el martirologio 
no la hay más caritativa. 

— Pero, ¿todo eso es verdad? 
— Y la purísima, hija. 
Si aspiras a santidad 
conmigo haz la caridad 
que hacía santa Nefija. 



DE «VERBOS Y GERUNDIOS» 335 



galantería mística. 

De caridad hermana 
era en un hospital sor Sinforiana, 
y ni agrego ni quito 
diciendo que era lindo su palmito. 
Un enfermo del pecho, 
mirándola de pie junto a su lecho 
mucho más bella que oriental sultana, 
exclamó: — ¡Dios eterno! 

Y la hermana repuso: — No se aflija 

¿Qué quiere usted con Dios? Yo soy su hija. 
— ¿Qué quiero? Que me acepte por su yerno. 



/ 



Los sábados de Don Juan Valera 



Nombre más popular, en los países donde se habla y culti- 
va la lengua de Cervantes, que el del autor de Pepita Jiménez, 
difícilmente podrá citarse. Alarcón, Pérez Galdós y Pereda 
quedan rezagados cuando se nombra a don Juan Valera. 

Ligábame a él una deuda de gratitud; pues, en el segundo 
tomo de sus Cartas americanas me había honrado con juicio 
asaz encomiástico sobre uno de mis libros de Tradiciones, Visi- 
tando a Valera, a poco de mi llegada a Madrid, llenaba más que 
un deber social y de literaria cortesía, una exigencia del cora- 
zón. 

Valera que, cuando lo conocí, barbeaba ya con los setenta, 
pues nació en 1824, en un pueblo de la provincia de Córdoba, 
es hombre lleno de vigor físico y en quien el gracejo andaluz, 
unido a un trato llano como camino real, hace una personalidad 
muy simpática. Recuerdo que Zorrilla no podía convencerse de 
que ya don Juan lleva a cuestas recia carga de años; porque, al 
hablar de él, llamábalo siempre Juanito Valera. ¿Será que los 
viejos nos sentimos rejuvenecidos cuando remozamos con el di- 
minutivo a los seres que, en la juventud, tratáramos con intimi- 
dad? Para Zorrilla, Madrazo era siempre Pedrito Madrazo, y 
don Miguel de los Santos Alvarez, Miguelito. 

Cuanto yo pudiera decir a mis lectores en justiciero enco- 
mio de don Juan, sería pálido ante estas palabras de don Ma- 
nuel de Revilla: — "Valera es la ciencia con corbata blanca, y la 
erudición vestida de limpio". 

Valera recibía los sábados a sus amigos. Su tertulia princi- 
piaba entre nueve y diez de la noche, concluyendo a las dos de 
la mañana. Los escritores americanos, que por delegación de 
sus respectivos gobiernos, nos hallábamos a la sazón en Madrid, 
éramos solícitamente invitados. Zorrilla de San Martín, el can- 



LOS SÁBADOS DE DON JUAN VALERA 337 

tor de americanistas ideales; Rubén Darío, el parnasiano de fan- 
tasía deslumbradora; Juan Ferraz, el modesto bardo de Tristes 
y Colombinas; Leónidas Pallares Arteta, que en su pequeño 
poema Idioma sin traducción rivalizara con Campoamor, con el 
maestro inmortal; Pancho Sosa, el benévolo crítico mexicano; 
Quijano Wallis, el simpático jurista de Colombia; y tantos 
otros del mundo republicano, fraternizábamos en esas delicio- 
sas veladas con los más encumbrados literatos españoles, como 
Menéndez y Pelayo, Núñez de Arce, Manuel del Palacio y José 
Alcalá Galiano. Prosa o verso, todos leíamos algo. 



Sólo una noche vi en la tertulia al octogenario don Nemesio 
Fernández Cuesta, el patriarca de los escritores españoles; pues 
Martínez Villergas, residente en Zamora, no alcanzaba a contar 
los años del director del Diario de Sesiones del Congreso, (i) 
Fernández Cuesta era poco conversador, y apenas permaneció 
una hora en los salones. Ya en el Perú, supe, por la prensa ma- 
drileña, el fallecimiento del venerable anciano, a fines de 1893, y 
a pocos días de la repentina muerte de Rafael García Santiste- 
ban, poeta de buen humor y de finísimo porte, con quien intimé 
algo en casa de Concepción Jimeno, a cuya tertulia concurrían 
también Teodoro Guerrero y Ricardo Sepúlveda, dos escritores 
a quienes tanto renombre ha conquistado el espiritual libro 
Pleito sobre el matrimonio. 



Allá, en mis ahora muy remotos días de colegio, era el' Can- 
to a Teresa, de Espronceda, la poesía española más leída y recita- 
da en América, acaso tanto como hoy el Idilio de Núñez de Ar- 
ce y la dolora de Campoamor ¡Quién supiera escribir! — 

Encabezaba Espronceda su romántica composición con esta 
octava de Miguel de los Santos Alvarez, en su inconcluso poe- 
mita María: 



(i). — En 1864, tuve por compañero de viaje, de Saint-Thomas a 
Londres, al festivo Villergas, intimándose más nuestra amistad doce 
años después, cuaiido residió por algunos meses en Lima. Durante mi 
permanencia en España cambiamos varias cartas, no habiéndome sido 
posible cumplir la promesa que, en una de ellas, le hice, de ir a visitar- 
lo en Zamora. Ha muerto en Mayo de 1894. 



338 MERCURIO PERUANO 

Bueno es el mundo! ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno! 

Como de Dios, al fin, obra maestra: 

por todas partes de delicias lleno, 

de que Dios ama al hombre hermosa muestra. 

Salga la voz alegre de mi seno 

a celebrar esta vivienda nuestra 

¡Paz a los hombres! Gloria en las alturas! 
¡Cantad en vuestra jaula, criaturas! 

Tan unidos vivieron siempre Alvarez y Espronceda, que 
éste murió en Mayo de 1842, siendo huésped de don Miguel de 
los Santos, que habitaba en la calle de la Greda. 

Cuando yo lo conocí, era Alvarez un viejecito lleno de vi- 
vacidad, que pensaba poquísimo en las letras y menos en la di- 
plomacia, que fué su carrera pública. Se consideraba ya jubila- 
do en política y en literatura. Nadie sabrá decir si fué optimis- 
ta o fatalista: su filosofía no era en él un sistema. 

Salimos juntos de una de las veladas, a las dos de la maña- 
na, llevando la misma dirección, y al despedirme en la puerta 
de mi hotel, le dije:— tardecito vamos a la cama, señor don Mi- 
guel.— Pues para mí es temprano, me contestó, porque nunca me 
acuesto antes de las seis de la mañana. 

Y decía mucha verdad. Cuando se retiraba de visitas o de 
tertulias iba a un casino o café, se engolfaba en la lectura de pe- 
riódicos, en charla con los amigos, o en las peripecias del tre- 
sillo, y sólo cuando los rayos del sol aparecían, se encaminaba a 
su casa, después de apurar una taza de chocolate con mojicón. 

Un sábado, en el mes de Noviembre, dejó de concurrir don 
Miguel de los Santos a la velada de Valera. Allí supe que aca- 
baba de fallecer, después de dos o tres días de enfermedad. 

Sus funerales fueron muy modestos, y apenas una comitiva 
de cien amigos, en su mayoría escritores, presidida por el poeta 
Ángel María Dacarrete, deudo del finado, acompañó al cemen- 
terio los restos del que fué el más íntimo camarada de Espron- 
ceda. 

¡Y don Miguel de los Santos Alvarez murió sin obtener 
asiento entre los académicos! Verdad que tampoco lo es (ni lo 
será) don Francisco Pi y Margall, por grandes que sean los pri- 
mores de estilo y de lenguaje que abrillantan su prosa. 



LOS SÁBADOS DE DON JUAN VALERA 359 

Narciso del Campillo, cuyos ensayos literarios son contem- 
poráneos con los de Valera, es un poeta andaluz ccn todo el gra- 
cejo del profesor de cante flamenco. No tiene gravedad preten- 
siosa, y eso que Campillo desempeña cátedra en la Universidad 
de Madrid, sino toda la genial travesura del estudiante. Campi- 
llo es un espíritu siempre fresco, un hombre que sólo es viejo 
por las canas y por las arrugas. Si es cuestión de dirigir una ga- 
lantería a una hermosa, pocos jóvenes superarían a don Narciso 
en espiritualidad y buen tono. Campillo es de los pocos hombres 
de talento a quien todos quieren, y que no tiene envidiosos que lo 
denigren, porque a nadie hace sombra ni se atraviesa en el ca- 
mino de nadie. El, ni avanza ni retrocede un paso, en el puesto 
en que sus buenas dotes literarias lo han colocado. Ni siquiera 
ha soñado con ser académico. A él le basta ser qvien es: ilus- 
trado, inteligente, benévolo, y sobre todo muy conocedor del 
mundo y de sus vanidades y miserias. 



Al duque de Rivas, don Enrique de Saavedra, pariente polí- 
tico de Valera e hijo del autor del Moro expósito y del Don 
Alvaro, sólo lo encontré en una velada y en poquísimas juntas 
de la Academia Española, a la que pertenece desde 1863, en la 
vacante que dejó don Agustín Duran. Disfrutando de salud de- 
licadísima, poco, muy poco puede ocuparse en la labor literaria. 
Conozco de él algunas novelitas muy morales y escritas en co- 
rrecta prosa, así como versos líricos en que campean buenos con- 
ceptos. Es todavía un romántico ñel a la bandera que enarbola- 
ra su egregio padre, bandera que tantos y tantos desertores ha 
tenido. 

En su trato personal es tan franco y afectuoso como su her- 
mano político el marqués de Valmar, don Leopoldo Augusto de 
Cueto, también académico desde 1857, en la vacante que dejó 
el laureado Quintana. Hoy, después de Pezuela y Guerra y Or- 
be, (i) es don Leopoldo el más antiguo en la docta corporación. 



(i). — Don Aureliano Fernández Guerra y Orbe, ha fallecido recien- 
temente. Para ocupar la vacante que dejara, ha sido electo don Eugenio 
Selles, el poeta del Nudo gordiano. 



340 MERCURIO PERUANO 

Hace años que al marqués de Valmar lo inhabilita una fa- 
tal dolencia para salir de su casa. Pasa sus horas en un sillón, 
leyendo o consagrado a trabajos que, como sus juicios críticos 
sobre los líricos del siglo XVIII, reclaman erudición y pacien- 
cia de benedictino. No quise alejarme de España sin conocerlo, 
y le escribí pidiéndole hora en que le fuese posible recibir mi 
visita, en su casa de la calle de Cervantes. No se hizo esperar la 
respuesta : 

23 de Febrero de 1893. 

Muy distinguido compañero: Cordialmente agradezco a 
usted que me proporcione la satisfacción de conocerlo personal- 
mente, ya que lo conocía y estimaba por sus obras. Mi achacosa 
ancianidad me obliga a vivir completamente retirado del mundo, 
y consagrado a la familia y a las letras. Con especial compla- 
cencia recibiré a usted el día que guste, a las tres de la tarde. 

Suyo, con sentimientos de simpatía, atento y afectísimo 
compañero Q. B. S. M. 

El marqués de Valmar. 

Don Leopoldo Augusto de Cueto, a pesar de 1p cruel enfer- 
medad que le impone forzado retraimiento, es un viejo bien 
conservado y que apenas representa setenta aííos. Trabaja en su 
bufete cuatro o cinco horas diarias, por lo menos, en una obra 
que le ha encomendado la Academia y que, según me dijo en la 
primera visita que le hice, estaba ya en vía de concluir. Es don 
Leopoldo el único académico que goza la prerrogativa de ser 
considerado como presente en las sesiones. 

El marqués de Valmar, como literato, vale por su erudición, 
su aquilatado gusto y su forma netamente clásica. 



Salvador Rueda era uno de los invitados a la tertulia; pero 
no concurría. Rubén Darío lo llevó una tarde a casa, y quedé en- 
cantado de su trato. Es Salvador Rueda un joven andaluz, pe- 
queño, de ojos vivaces, bigotillo negro, elegante y simpático. 
Su aspecto personal, la cultura de sus modales, y sus dotes de 
poeta colorista deben cautivarle entre las desterradas del Pa- 
raíso. Por dicha para él, si bien tiene siempre en los labios y en 



LOS^SABADOS DE DON JUAN VALERA 341 

la pluma una fína galantería para toda belleza, no paga gran 
tributo a devaneos amorosos. La literatura es la pasión que ab- 
sorbe todas las energías de su espíritu. Escribe prosa poética, 
y muy inspirada; y, cuando se echa a versificar, es portentosa 
la liqueza rítmica de su musa. No es, por la forma, un poeta es- 
pañol, sino, un parnasiano francés (ya sé que ni lo habla ni lo 
traduce) de los que hacen filigrana con el oro de la palabra. En 
cuestión de escuela literaria, no entro ni salgo. Mi estética es 
la de Boileau: 

Tous les genres sont bons hors le genre ennuyeux. 

Si todos los jóvenes de la nueva escuela se llamaran Salva- 
dor Rueda, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera o Julián del 
Casal', sin duda que rompería yo, sin escrúpulo, un par de guan- 
tes aplaudiéndolos. Lo que en ellos es genial, propio, caracte- 
rístico, se me hace insoportable en el cardumen de sus imitado- 
res que, en América sobre todo, han surgido, y a los que hay 
que espantar a plumerazos como a los mosquitos de trompetilla. 



En don Juan Val era se encuentran reunidas todas las con- 
diciones precisas para ser, en España, algo así como el Mecenas 
de los literatos. Sobre lo fino y contemporizador de su trato, 
cualidades no sé si geniales o adquiridas en su ya larga carrera 
de diplomático, hay que agregar el afecto, respetuoso a la vez 
que íntimo, que sabe inspirar a cuantos con él cultivan relacio- 
nes. En la boca de Valera hay siempre un mohín risueño, que 
tampoco sabré decir si es inofensivo o encarna algo de burla. 
Ese mohín sabe trasladarlo, a veces, a los puntos de su pluma, 
y tanto que, en muchas de sus críticas, queda el lector en duda 
sobre la sinceridad del encomio. 

Don Juan Valera comparte, con Menéndez y Pelayo y con 
don Federico Balart, la reyecía de la crítica seria y trascenden 
tal en literatura. 



DE "ANALES DE LA INQUISICIÓN DE LIMA' 



(Fragmentos) 

SUMARIO. — Fundación del Tribunal en Lima. — Real cédula de 
fundación. — Autos de fe bajo el gobierno de don Francis- 
co de Toledo. — Don Martin Henriquez, IV virrey. — El 
marqués de Cañete, XIII virrey. — El marqués de Salinas, 
IX virrey. — El conde de Monterrey, X virrey. — El marqués 
de Montesclaros, XI virrey. — El marqués de Guadalcázar, 
XIII virrey. — Escándalo bajo el gobierno del conde de 
Chinchón, XIV virrey. — El marqués de Mancera, XV vi- 
rrey. — Edicto contra los portugueses. — Juicio de residen- 
cia y acusación de cohecho. — El conde de Alba de Aliste, 
XVII virrey. — El conde de Santisteban, XVIII virrey. — 
El conde de la Monclova, XXIII virrey. — El marqués de Vi- 
llagarcía, XXX virrey. — Decadencia del Tribunal. — Autos 
de fe bajo los gobiernos de los virreyes conde de Superun- 
da y marqueses de Osorno, de Castel fuerte y de Aviles. 



Gobernando el Perú en nombre de Felipe II, el virrey don 
Francisco de Toledo, llegó a Lima, el 9 de Enero de 1570, el licen- 
ciado Servan de Cerezuela, familiar de la casa de los condes 
de Oropesa, portador de la real cédula de fundación del Tribu- 
nal del Santo Oñcio. El compañero de Cerezuela, Andrés Bus- 
tamente, había fallecido en el viaje de España a América, pe- 
sando, por lo tanto, bajo la exclusiva responsabilidad del licen- 
ciado la organización del Tribunal. La real cédula a que hemos 
referido, está asi concebida: 

Don Francisco de Toledo, mayordomo de nuestra casa, 
nuestro virrey y capitán general de las provincias del Perú y 



DE «ANALES DE LA INQUISICIÓN DE LIMA» 343 

Presidente de nuestra Audiencia real de la ciudad de los Reyes, 
Oidores de la dicha nuestra Audiencia, Presidentes y Oidores 
de las nuestras Audiencia reales que residen en las ciudades de 
la Plata, Quito, Panamá y Chile, de las dichas provincias y 
cualesquier nuestros Gobernadores, Corregidores, Alcaldes ma- 
yores y otras Justicias de todas las ciudades y villas de ellas, 
ansí de españoles como de indios naturales que al presente sois 
y en adelante fueren, y a cada uno de vos a quien la presente o 
su traslado auténtico fuere mostrado, y lo en ella contenido toca 
o pueda tocar en cualquier manera, salud. 

Sabed que el Muy Reverendo en Cristo Padre Cardenal de 
Sigüenza, Presidente de nuestro Consejo, Inquisidor Apostóli- 
co General en nuestros reinos y señoríos, con acuerdo de los del 
nuestro Consejo de la General Inquisición, y consultando con 
Nos, entendiendo ser muy necesario y conveniente para el au- 
mento y conservación de nuestra santa fe católica y religión 
cristiana, poner y asentar en esas provincias el Santo Oñcio de 
la Inquisición, lo ha ordenado y proveído así. Y porque demás 
de los Inquisidores y Oñciales que con su título y provisión han 
de residir y asistir en el dicho Santo Oficio, es necesario que ha- 
ya familiares como los hay en reinos de Castilla, habiéndose pla- 
ticado sobre el número de ellos y así mismo de los privilegios y 
excepciones que deben y han de gozar, consultando conmigo, 
fué acordado que, por ahora y hasta que otra cosa se provea, ha- 
ya en la dicha ciudad de los Reyes, donde ha de residir el Santo 
Oficio, doce familiares; y en las cabezas de arzobispados y obis- 
pados, en cada una de las ciudades, villas y lugares de españo- 
les, del distrito de dicha Inquisición, un familiar: y que los que 
hayan de ser proveídos por tales familiares sean hombres pacífi- 
cos y cuales convienen para ministerio de oficio tan santo. Y 
los familiares gocen de los privilegios de que gozan los familia- 
res del reino de Castilla y que, acerca del privilegio del fuero 
en las criminales, sean sus jueces los Inquisidores, excepto en el 
crimen lesa majestatis humana, en el crimen nefando contra na- 
tura, y en el crimen de levantamiento y conmoción de pueblos, y 
en el crimen de cartas de seguro nuestro, y de rebelión e inobe- 
diencia a los nuestros mandatos reales, y en caso de aleve o de 
fuerza de mujer o monasterio, o de quema de campo o casa, y en 
otros delitos mayores que éstos. ítem, en resistencia o o desaca- 
to calificado contra nuestras Justicias reales; porque en el cono- 
cimiento de nosotros ni de las causas criminales en que fueren 
actores o reos no se han de entrometer los dichos Inquisidores» 



344 MERCURIO PERUANO 

sino que la jurisdicción en dichos casos quede en los jueces se- 
glares, ítem, que los que tuvieren oficios públicos de los pue- 
blos y otros cargos seglares, y delinquieren en cosas tocantes a 
los dichos oficios y cargos sean juzgados en los dichos delitos 
por las nuestras justicias seglares; pero en todas las otras cau- 
sas criminales en que los dichos familiares fueren reos que no 
sean de los dichos delitos, quede a los inquisidores la jurisdic- 
ción criminal para que libremente procedan contra ellos y de- 
terminen sus causas, como jueces que para ello tienen nuestra 
jurisdicción, por ahora y adelante; y en los dichos casos en que 
los Inquisidores han de proceder pueda el juez seglar prender 
al familiar delincuente, con que luego le remita a los dichos In- 
quisidores que del delito hubieren de conocer con la informa- 
ción que hubiere tomado, la cual se haga a cuenta del delin- 
cuente, ítem, que cada y cuando que el' familiar hubiese delin- 
quido fuera de esa ciudad de los Reyes, donde como está dicho 
ha de residir el Santo Oficio, y fuere sentenciado por los Inqui- 
sidores, no pueda volver al lugar donde delinquió sin llevar tes- 
timonio de la sentencia que en su causa se dio, y lo presente 
ante la Justicia del lugar y la información del cumplimiento de 
ella. Y para que no se exceda del dicho número de familiares 
que conforme a lo que está declarado ha de haber, los dichos 
Inquisidores guarden lo que acerca de esto el dicho Inquisidor 
General y Consejo les ha ordenado por sus instrucciones. Y los 
dichos Inquisidores tendrán cuidado que en el dicho su distrito 
se dé al Regimiento copia del número de familiares que en cada 
una de las dichas villas, ciudades y lugares ha de haber, para que 
los Gobernadores, Corregidores y las otras Justicias y Regi- 
mientos puedan reclzimar cuando los Inquisidores excedieren 
del número; y que así mismo se dé la lista de los familiares que 
en cualquier gobernación o corregimiento se provean, para que 
los unos y los otros sepan que aquéllos, y no otros, son los que 
han de tener por familiares; y que al tiempo que en el lugar de 
aquellos familiares se proveyere otro, los Inquisidores lo hagan 
saber al dicho Corregidor, Gobernador o Justicia seglar en cuyo 
distrito se proveyere, para que entienda que aquél ha de tener 
por familiar y no a otro, y para que, si supiere que no concurren 
en tal proveído las dichas calidades, advierta de ello a los In- 
quisidores, y si fuere necesario al Inquisidor General y Consejo 
para que lo provean. 

Por ende, YO vos mando que guardéis y hagáis guardar y 
cumplir lo susodicho en todo y por todo, y que contra el tenor 



DE «ANALES DE LA INQUISICIÓN DE LIMA» 345 

y forma de ello no vayáis, ni paséis ni consintáis ir ni pasar por 
ninguna causa, forma o razón que haya; que a cada uno de vos 
juzgue y conozca en los dichos casos que os quedan reservados, 
y tn los otros no os entrometáis, y cese toda competencia de ju- 
risdicción, porque así conviene al servicio de Dios Nuestro Se- 
ñor y buena administración de la justicia; y esta es mi voluntad, 
y de lo contrario, nos tendremos por deservido. Fecha en Ma- 
drid a 7 de Febrero de 1569 años. — YO EL REY. — Por mandato 
del Rey Nuestro Señor, Jerónimo de Zurita. 



A poco, el difunto inquisidor Bustamante fué reemplazado 
con el licenciado Pedro Antonio Gutiérrez, nombrándose a la 
vez como físcal al licenciado Alcedo, y por secretario a Eusebio 
de Arieca, señalándose por salario a cada uno de estos minis- 
tros mil pesos ensayados. El peso ensayado tenía el valor de 
trece reales. 

Creáronse además los siguientes empleos: un rector y un 
alguacil mayor, con mil pesos; un notario, con seiscientos pe- 
sos; un alcaide con quinientos; un nuncio, con cuatrocientos; 
un contador, con doscientos, y un portero con cuatrocientos, 
salarios que subsistieron hasta que Urbano XIII dispuso que se 
creasen nuevas canongías, en las catedrales del Perú, para el 
sostenimiento de los ministros del Santo Ofício. 

Lima recibió con toda solemnidad y con grandes festejos al 
Inquisidor Servan de Cerezuela, quien estableció el Tribunal en 
la casa fronteriza a la portería e iglesia de la Merced, según lo 
refiere el padre Bernabé Cobo en su Historia de Lima. Fué mu- 
chos años después cuando la Inquisición llegó a edificar las 
cárceles que hemos conocido, en el terreno que primitivamente 
ocupara la casa de Nicolás de Rivera, el Mozo, compañero de 
Pízarro y uno de los fundadores de la ciudad . El inquisidor más 
antiguo estaba obligado a vivir en uno de los departamentos del 
edificio. j '? 

Lima tuvo la honra de contar entre sus Inquisidores, nada 
menos que a un caballero de sangre real. Fué éste don Cristó- 
bal de Castilla y Zamora, hijo natural de Felipe IV. Hallándose 
de Inquisidor, en i66g, le llegaron las bulas en que se le nombra- 
ba obispo de Guamanga. 



■«■^ 



346 MERCURIO PERUANO 



No se hizo la Inquisición esperar mucho para ofrecer al 
pueblo el espectáculo de un auto, y el domingo 15 de Noviem- 
bre de 1573 tuvo efecto el primero en la plaza Mayor, presidido 
por el nuevo inquisidor Gutiérrez de Ulloa y su colega Cerezue- 
la. Fueron penitenciados en él seis reos, y arrojados a las lla- 
mas Mateo Salade, francés, hereje y contumaz. A inmediacio- 
nes de Maranga existe aún la ermita que habitó Salade. Fué 
éste un embaucador a quien el pueblo, creyéndolo santo, favore- 
cía con limosna de dinero. Vestia hábito de jerga, y todos los 
sábados se le veía en la ciudad cosechando pesetas. 

No asistió a este auto el virrey; y el arzobispo que se en- 
contraba enfermo, concurrió en silla de manos. 



El 13 de Abril de 1578, y en la misma plaza Mayor se cele- 
bró el segimdo auto de fe. He aquí la descripción que de él ha- 
ce un historiador: 

Este auto se celebró con tanta pompa como pudiera tener 
en la primera ciudad de España. La concurrencia fué inmensa, 
porque las gentes habían acudido desde largas distancias, 
atraídas por lo ruidoso de la causa y por el deseo de presenciar 
el triunfo de la f e . En la plaza Mayor se levantó un tablado con 
doseles para e! virrey y para la Audiencias, y con asientos para 
las corporaciones y personas notables. El estandarte de la fe 
fué conducido con la mayor solemnidad. Los reos, en número 
de dieciséis, salieron con vela en mano, sin ceñidor, la cabeza 
descubierta, algunos con soga en la garganta, uno con coroza y 
dos con sambenito. Había entre ellos dos religioscs dominicos, 
dos mercedarios, dos clérigos, un jurista y un escribano. Al 
virrey, y a la Audiencia y a las demás autoridades se tomó ju- 
ramento de favorecer al Santo Oficio. El obispo de Quito que, 
por estar vacante el arzobispo autorizaba aquel acto, predicó 
con mucho favor. Los procesos y sentencias se fueron leyendo 
con toda prolijidad, durando la ceremonia desde la mañana has- 
ta las doce de la noche. Los delitos y penas particulares fueron, 
en sustancia: 

— Miguel Hernández, se había fingido familiar del Santo 
Oficio para cobrar una deuda, y fué multado en setenta pesos 
esayados . , 

— Juan de Estrada, por igual ficción y porque daba memo- 



.■*'«^- 



DE «ANALES DE LA INQUISICIÓN DE LIMA» 347 

riaí de palabras y cosas para hacer burlas, fué penado en cien 
azotes. 

— Baltasar de Céspedes, se decía deudo de uno de los in- 
quisidores y enviado del Santo Oficio: había falsificado la firma 
y sello del obispo de la Imperial : y, echándola de astrólogo, su- 
puso haber descubierto un cerro de oro. En castigo de éstas y 
otras supercherías, salió con coroza, y en ella pintados tres hom- 
bres con los nombres de Bachiller coronado, Cerro de oro y Li- 
cenciado Prieto. Recibió doscientos azotes; en adelante se de- 
bía llamar Baltasar Rodrío^uez, y estar perpetuamente fuera del 
distrito del Santo Oficio. 

— Diego Marrón, mestizo, sufrió doscientos azotes, porque 
atemorizó a ciertos testigos que deponían contra un compadre 
suyo. 

— Mateo de Enteros, flamenco, que tenía el Inquisidor de 
Erasmo, libro prohibido, y bajaba los ojos y el rostro al comul- 
gar, hizo abjuración de levi y otras penitencias. 

— Esteban de Salcedo, mestizo, sufrió un castigo análogo 
por haber dicho que la simple fornicación no era pecado mortal. 
— Fray Gaspar de Bustamante, diácono de la Merced, te- 
nía un manuscrito de ruines cosas, había predicado dándose ya 
por sacerdote y ofrecía anillos, ungüentos y piedras para inspi- 
rai amor, por lo que fué condenado a abjuración de levi, degra- 
dación de órdenes, destierro perpetuo del Perú y cinco años de 
reclusión en España. 

— Antonio Estacio, francés, que había sido cautivo de los 
turcos y renegado, fué condenado en dos mil pesos ensayados y 
otras penitenciáis, por haber dicho que a un difunto, de quien 
era albacea, le habían de hacer mal las misas. 

— Pedro Hernández, escribano, se jactaba de soltarse fácil- 
mente sin romper los grillos y prisiones, de tener una jaca que 
andaba treinta leguas en un día, y de otras cosas que olían a 
pacto con el demonio; por cuyas torpes jactancias sufrió dos- 
cientos azotes y el destierro de Indias, so pena de impenitente. 

— El maestro Juan de Morales, ciego predicador, fué des- 
terrado a España y suspendido por cinco años de sus funciones sa- 
cerdotales, por haber tratado con los presos de la Inquisición y 
dicho, entre otras cosas sospechosas, que era pamema el juicio 
en el valle de Josafat. 

— El bachiller Arnal de Biezma había comunicado con los 
presos del Santo Oficio y dicho que Mateo Salade, el ermitaño 
de Maranga, no tenia más culpa que San Jorge, y que conocía 



3 48 MERCURIO PERUANO 

una hierba con la que, poniéndosela delante, no serían las muje- 
res vistas de sus maridos. Aunque explicó estos dichos de una 
manera plausible, fué condenado a abjuración de vehementi, a 
cinco años de reclusión en la ciudad, a presentarse al Santo O- 
fício una vez al mes, a no celebrar y a no llamarse licenciado. 

— Pedro Bermejo, sastre, afirmaba que la caridad era menor 
que la fe, y que San Pablo pudo errar porque fué hombre. En 
pena de estas aseveraciones, y en vez de decirle: "¡íastre, a tu a- 
guja y tus puntadas", fué condenado a doscientos azotes, abju- 
ración de vehementi y tener la ciudad por cárcel durante seis 
años, so pena de impenitente relapso. 

— Fray Gaspar de la Huerta, mercedario, ordenado de gra- 
dos, por haberse fíngido sacerdote para decir misa, y asegurado 
a ciertos frailes que se le había aparecido un niño llamado Sal- 
vadorico, fué condenado a abjuración de vehementi, degrada- 
ción, doscientos azotes, y a servir cinco años en galeras al remo 
y sin sueldo, so pena de relapso. 

— El Dr. D. Agustín de Quiñones, jurista, oyendo predi- 
car que Jesucristo era imagen del Padre, sostuvo que estaba mal 
dicho, y también afirmaba que los matrimonios clandestinos o- 
bligaban en conciencia, aunque el Concilio tridentino los había 
dado por nulos. Por estas opiniones fué declarado hereje, sacó 
sainbenito, perdió sus bienes, estuvo confinado en el Cuzco por 
ur año, y en diez leguas a la redonda por cinco; quedó inhabili- 
tado e infame, se le probó que no sabía los mandamientos, ni los 
artículos, ni los sacramentos, y se le obligó a oir misa y sermón 
todos los días festivos. 

La causa más notable de este auto fué la de tres padres do- 
minicos, de gran opinión en ciencia y santidad que habían sido 
inducidos a creer las cosas más extraordinarias y atrevidas por 
las palabras de una moza, por cuya boca hablaban en opinión 
de ellos, los ángeles y los santos. 

— Fray Pedro de Toro, provincial de Santo Domingo, que 
e«a uno de estos reos, murió en la prisión pidiendo misericor- 
dia; y sin embargo, salió al auto en estatua y con sambenito, de- 
clarado por hereje. 

— Fray Alonso Gascón, presentado en teología y prior de 
Quito, se delató al obispo de haber dado crédito a las cosas pro- 
puestas por aquella mujer endemoniada, y en consideración a 
que había dado cuenta de su delito, fué condenado a abjuración 
de vehementi, reclusión por seis años, con suspensión, por uno, 
de funciones sacerdotales. 



DE «ANALES DE LA INQUISICIÓN DE LIMA» 349 

— Fray Francisco de la Cruz, presentado en teología, predi- 
cador de mucha aceptación, privado del virrey y del arzobispo, 
y consultor de la Inquisición, fué declarado hereje pertinaz, 
dogmatizador heresiarca, inventor de nueva secta y, como tal, 
digno de ser quemado vivo. El fiscal" le había puesto más de 
ciento ochenta capítulos, su confesión llenó más de setecientas 
hojas, y el proceso más de tres mil. Entre otras cosas extrañas 
decía:-— que la Iglesia de Roma era simoniaca y había caído en 
la abominación^-que los indios eran el verdadero pueblo de Is- 
rael—que el arzobispo de Lima debía ser Sumo Pontífice — que 
la confesión auricular debía abolirse, y casarse los frailes y clé- 
rigos— que eran lícitos la poligamia y el desafío, en casos de 
honra — que la Sagrada Escritura debía andar en lengua vulgar — 
y que los inquisidores eran Anas y Caifas. Cediendo a los con- 
sjos de la energúmena, había tenido en una mujer casada un 
hijo, al que consideraba como a un futuro San Juan Bautista. 
Asimismo se suponía el nuevo Mesías, más iluminado que San 
Pablo, tan santo como San Gabriel, tan paciente como Job, y el 
mejor de los hombres. Probaba su misión con textos del Apoca- 
lipsis, cántico de Abacuc, salmos y profetas, que interpretaba 
con mucha sutileza. En el auto sostuvo sus proposiciones, hasta 
que, aconsejado por muchos varones graves, dijo que, pues ta- 
les personas eran de contrario parecer, bien podía él deponer 
el suyo. Pero esta tardía y tibia retractación no lo libertó de 
la hoguera. 

— También apareció, en caballo blanco y con una palma, el 
Dr. Agustín Valenciano, declarado inocente de la acusación de 
herejía. 

Otras personas fueron sacadas en estatua, por haber muerto 
en la prisión o por no ser habidas; y, conforme a sus delitos se 
les dieron las penitencias, haciéndose en el tablado relación de 
todo. L^a bandera de la fe volvió a la Inquisición acompañada 
del virrey y obispo, señores de título y demás concurrencia. El 
auto dejó impresión profunda por la grandeza del espectáculo, 
que había reunido a la pompa del triunfo el juicio más terrible. 
Se recordaban con horror herejías tan atrevidas e inauditas, y 
nadie se apiadaba del que había sido condenado por traidor a 
Dios, al Papa y al Rey. En aquel siglo intolerante y de guerra 
a muerte entre católicos y protestantes, los odios religiosos se 
acrecentaban con los odios políticos, y no dejaban ver un herma- 
no en el hombre de opiniones diferentes. 



DE "TRADUCCIONES" 



A MI HIJA. 

(De Víctor Hugo) 



Como un niño Jesú^, allá en tu infancia, 

dormías junto a mí, 
y a perturbar tu sueño no alcanzaba 
el cántico del ave en el jardín; 
y sobre tí sus alas a los ángeles 

los sentía batir, 
y yo sobre tu almohada deshojaba 

clavel, rosa, jazmín; 
y lágrimas mojaban mis mejillas 
en la noche, al pensar, del porvenir. 

Ya llegará mi noche, vida mía, 

mi turno de dormir; 
sombras me envolverán, y ese silencio 
canción no turbará de ave gentil. 
En esa negra noche, ¡oh mi paloma!, 

noche eterna, sin fin, 
vuelve a mi tumba lágrimas y flores, 

lo que a tu cuna di. 



SALMO DE LA VIDA. 



(De Longfellow) 



|Ah! ¡No! No me digáis con voz doliente 

que la vida es un sueño, 
que el alma muere donde el cuerpo acaba, 

que es nuestro fin incierto. 
Polvo que vuelve al polvo es la sentencia 

funesta para el cuerpo; 
pero el alma, que es luz, en luminosa 

región busca su centro. 
Placeres y amarguras no son sólo 

de la existencia objeto; 
la vida es acción viva, afán perenne; 

la vida es lucha, es duelo. 
La obra del tiempo es lenta, y el tiempo huye 

rápido como el viento; 
y el corazón la marcha del combate 

sigue siempre batiendo. 
¡Alerta! En la batalla de la vida 

reposar un momento 
es torpe cobardía .... la victoria 

es hija del esfuerzo. 
Da un adiós al pasado, y del mañana 

no te ofusque el destello; 
pon la esperanza en Dios, en Dios tan sólo, 

y lucha con denuedo. 
La Historia nos lo dice: la constancia, 

el valor y el talento 
engrandecen al hombre. ¡Fe y audacia! 



351 MERCURIO PERUANO 

También grandes seremos. 
Y más tarde, ¡quién sabe si otro hermano 

al cual agobie el peso 
del infortunio, revivir se sienta 

siguiendo nuestro ejemplo! 
Trabajar es luchar. ¡A la obra, a la obra, 

sin desmayar, obreros! 
Grabemos esta máxima en el alma: 

Trabajar y . . esperemos . 



->5'? 



FRAGMENTOS. 



(De Enrique Heine) 



Tú vertiste veneno 
en mi alma de poeta, y mis cantare?, 
amargos como la onda de los mares 
y envenenados son. 

¿Cómo pedir a mi alma 
cánticos dulces, trovas inocentes, 
cuando traigo escondidas mil serpientes, 
y a tí en el' corazón? 



VíV 



MENSAJE 

(De Enrique Heine) 



Pronto, escudero, el tordillo 
apresta o el alazán, 
y ve, volando, al castillo 
del rey Duncán. 

Y que averigües te mando 
por cuál de sus hijas, cuál, 
háse hoy promulgado el bando 

matrimonial . 

Si es la novia la morena 
puedes reposar sin pena 
hasta mañana muy bien; 
mas si es la rubia la amante, 
torna brida en el instante 
y aquí ven. 

Y al volver, buen escudero, 

tu corcel 
brioso deten primero 
en casa del cordelero 
y tráeme . . . tráeme un cordel . 



3^-^ 



DE "LA BOHEMIA DE MI TIEMPO' 



(FRAGMENTOS) 



En 1887 di a la estampa un volumen de versos, a los que 
sirvió de proemio un somero bosquejo de la historia (que, por la 
fecha, va picando en tradicional) de los primeros doce años de 
mi existencia literaria, y en los que fui bohemio matriculado. 

Quizá, los que ahora lean estas mis confidencias, vean en 
sus párrafos sólo im desahogo de fatuidad insustancial; pero sé 
que, cuando el presente sea lejano pasado, estas páginas serán 
estimadas por los desempolvadores de antiguallas, tanto como 
yo aprecio y aquilato hogaño la charla anecdótica de los viejos 
cronistas de convento. 

I 

De 1848 a 1860, se desarrolló en el Perú, la filoxera literaria, 
o sea pasión febril por la literatura. Al largo período de revo- 
luciones y motines, consecuencia lógica de lo prematuro de 
nuestra independencia,^ había sucedido una era de paz, orden y 
garantías. Fundábanse planteles de educación; la Escuela de 
Medicina adquiría prestigio, impulsada por su ilustre decano 
don Cayetano Heredia; y el Convictorio de San Carlos, bajo la 
sabia dirección de don Bartolomé Herrera, reconquistaba su an- 
tiguo esplendor. Por entonces llegaba de España don Sebastián 
Lorente, era nombrado rector del Colegio de Guadalupe, y ante 
un crecido concurso daba lecciones orales de Historia y Litera- 
tura. Lorente era un innovador de gran talento, y la victoria 
fué suya en la lucha con los rutinarios. La nueva generación lo 
seguía y escuchaba como a un apóstol, (i) 

Abríanse, pues, para la juventud, nuevos y espléndidos ho- 



(i) . — Don Sebastián Lorente, español, y decano de la Facultad de 
Letras en la Universidad de San Marcos, murió a ñnes de 1884. Entre 
otras obras de mérito, dio a la prensa una Historia de la Conquista, y 
otra de la época colonial. 



356 MERCURIO PERUANO 

rizontes. Arnaldo Márquez, Nicolás Corpancho, Adolfo García, 
Numa Pompilio Liona, Clemente Althaus, Luis Cisneros, Car- 
los Augusto Salaverry, Enrique Alvarado, José Antonio Lava- 
lie, Mariano Amézaga, Francisco Lazo, Juan Arguedas, Trini- 
dad Fernández, Toribio Mansilla, Melchor Pastor, Benito Bo- 
nifáz, Juan Sánchez Silva, Pedro Paz Soldán y Unánue, Cons- 
tantino Carrasco, Acisclo Villarán, Juan de los Heros, los her- 
manos Pérez, Narciso Aréstegui, y dos o tres nombres más, 
que por el momento se me escapan, hacían sus primeros versos 
y borroneaban su primera prosa, desde los claustros del cole- 
gio. Por entonces, fuera de esa bohemia estudiantil, no había 
en Lima sino literatos que empezaban a peinar canas, y esos 
en reducida cifra — don Felipe Pardo y Aliaga, don Manuel As- 
censio Segura, don Manuel Ferreyros, don José María Seguín 
(i), don Manuel Castillo, don Ignacio Novoa y don Miguel del 

Carpió. i^^lllSJ 

Nosotros, los de la nueva geem-ación, arrastrados por lo no- 
vedoso del libérrimo romanticismo, en boga a la sazón, desdeñá- 
bamos todo lo que a clasicismo tiránico apestara, y nos dábamos 
un hartazgo de Hugo y Byron, Espronceda, García, Tassara y 
Enrique Gil. Márquez se sabía de coro a Lamartine; Corpancho 
no equivocaba letra de Zorrilla: para Adolfo García, más allá de 
Arólas no había poeta; Liona se entusiasmaba con Leopardi; 
Fernández, hasta en sueños, recitaba las doloras de Campoamor; 
y así cada cual tenía su vate predilecto entre los de la pléyade 
revolucionaria del mundo viejo. De mí recuerdo que hablarme 
del Maclas de Larra o de las Capilladas de Fray Gerundio, era 
darme por la vena del gusto. 

II 

Gran Capitán de la bohemia limeña era un poeta español, 
oriundo de las montañas de Santander, mancebo de robusta y ar- 



(i). — Regresando de' una misión diplomática a Estado*? Unidos, pe- 
reció Seguín en el naufragio del vapor Central América. I a mayor par- 
te de sus poesías se encuentran en "El Comercio", diario del que fué, 
por varios años, redactor principal. Un hijo de Segfuín, joven que se 
iniciaba con brillo en el terreno literario, murió en la batalla de Mira- 
flores. Antes de la guerra con Chile había desempeñado algunas Secre- 
tarías de Prefectura y dos Consulados. En "El Correo del Perú" pu- 
blicó un notable trabajo titulado Americanismo en Literatura. 



DE «LA BOHEMIA DE MI TIEMPO^*- 357 

dorosa fantasía, cuyas composiciones nos cautivaban por lo mu- 
sical de ellas y por la elevación, un tanto apocalíptica, de las 
imágenes. En los fluidos y armoniosos versos de Fernando Ve- 
larde, encontrábamos un vago perfume de idealismo y de miste- 
rio. Para nosotros, no era un poeta discutible sino un poeta que 
se imponía . Lo admirábamos .... porque sí ... . razón magna y 
contra la cual se estrella toda crítica. En sus versos había mu- 
cho de estruendoso, como e nía música de Verdi. Cuando decla- 
mábamos este ramito de incoherencias: 

Un eco vago, 
fugaz retumba, 
de tumba en tumba 
zumbando va . . . 

parecíanos que entonábamos el coro de / Masnadicri con acom- 
pañamiento de bombo y trombón. Y nada digo de este pareado: 

que tus entrañas de granito roa 
el' férreo nudo constrictor del boa, 

con que los bohemios, a guisa de maldición gitanesca, agasajá- 
bamos a toda muchacha bonita que tuviera el mal gusto de res- 
ponder a nuestras ansias amorosas con calabazas de a libra. 

Está dicho que Velarde nos fascinaba con su genio, a pesar 
de los infinitos defectos de forma que caracterizaban su poesía. 
Al lado de una estrofa descuidada, pueril y extravagante como 
ésta: 

¡Sublime Teide! Tu grandeza admiro 

mas no por eso la cerviz prosterno 

que yo también, aunque pequeño, aspiro 

a conquistar un porvenir eterno. 

Yo también, Teide, yo también deliro, 

con los furores de un volcán interno, 

que mi existencia borrascosa absorbe 

y la arrebata más allá del orbe, 
pura música de Verdi!, ponía octavas ricas, de orientalismo y 
belleza descriptiva, como esta: 

Risueñas vencen mi gentil tristeza, 
brindando flores y arrancando abrojos, 
esas tus hadas de oriental belleza, 
de grandes, negros y rasgados ojos; 



358 MERCURIO PERUANO 

de inmaculada, virginal pureza, 
de labios suaves, cual la grana rojos, 
de talle esbelto, de turgente seno, 
lleno de gracias y de amores lleno. 

A veces en la lira de Velarde, había notas de encantadora 
sencillez, de ternura casi infantil. Véase una muestra: 

Ayer me dijeron que luego partías 
a climas remotos, muy lejos de aquí; 
y entonces, mi vida, sentí tanta pena, 
al ver que tan lejos te vas para siempre, 
pensando que acaso te olvides de mí. 

En fin, que no me he propuesto escribir un ensayo de crí- 
tica literaria, Velarde era, en Lima, el poeta a la moda, y no ha- 
bía frescos labios de rosa que no recitasen sus versos, ni estu- 
diante que, leyéndolos, no se sintiese arrebatado de entusiasmo. 

Velarde publicó un semanario (que tuvo gran boga y dos 
añoF de existencia) titulado El Talismán; más tarde, coleccionó 
sus poesías en un libro, Flores del Desierto. Entonces aparecie- 
ron en un diario varios artículos de hermosillesca y superficial 
crítica. ¡Palabrería, hojarasca, relumbrón! Tratándose de tejer 
corona para la frente de un poeta, habrá siempre manos más lis- 
tas para poner en ella espinas que no laureles. 

Entre los bohemios de mi tiempo, poco o nada fructificaba 
la envidia. Estábamos convencidos de que el camino no era es- 
trecho como el del paraíso, sino ancho, muy ?ncho; y sabíamos, 
que, con perseverancia, llegaría a la meta el que hubiera sido fa- 
vorecido por Dios con algunas dotes de ingenio. Lejos de noso- 
tros el poner piedrecillas para hacer tropezar al que nos lleva- 
ra un paso de ventaja. La bohemia entera salió, pues, en defen- 
sa del poeta español, que si no acataba mucho la gramática ni 
las formas, por lo menos rendía siempre culto a la belleza. No 
tengo presente cuál de nosotros, (sospecho que Liona) fué el 
autor de estos magistrales versos: ' 

No te amedrente el ponzoñoso dardo 
de turba vil que, con rencor bastardo, 
te provoca y te insulta . . . . ¡ Firme lidia ! 
porque jamás vio el mundo, noble bardo, 
fuego sin humo, gloria sin envidia. 



DE «LA HOHEMIA DE MI TIEMPO» 359 

No obstante, Velarde cometió la niñada de amoscarse; de 
un trastazo le rompió la cabeza al criticastro, y éste contestó con 
otro varapalo que le descompuso un brazo al poeta. 

Después de 1855, Velarde salió del Perú, recorrió las repú- 
blicas de Colombia y Centro América, fijando por algún tiempo 
su residencia en Nueva York donde, en 1861, dio a luz un nue- 
vo tomo de bellísimas composiciones. Presumo que a Velarde le 
escocía aún el garrotazo del crítico; pues tuvo la insensatez de 
execrar, nó a su enemigo, sino a la nación a que éste pertenecía. 
Velarde, a quien tanto había distinguido la buena sociedad de 
Lima, y a quien tanto habíamos amado los bohemios, respetán- 
dolo y admirándolo como a maestro, nos correspondía, en su 
nuevo libro, con este sinapismo capaz de levantar roncha a un 
cadáver: 



Maldita seas, sociedad inculta, 
ruin y mezquina cual roñoso cobre; 
no comprendiste la aflicción oculta 
del peregrino infortunado y pobre. 
Escupe al genio y la desgracia insulta, 
mientras bastarda corrupción te sobre, 
porque mañana yacerás hollada 
de tu miseria en la espantosa nada. 

Los que íntimamente conocíamos a Velarde nos empeñamos, 
entonces, en sostener que la insultadora octava reflejaba sólo la 
excentricidad del carácter del poeta; y el tiempo vino a probar 
que tuvimos razón al juzgar así. Cuando sonó para el Perú la 
hora de los grandes infortunios, Fernando Velarde envió, desde 
Londres, su ofrenda para la corona fúnebre de Miguel Grau, el 
bravo marino que sucumbió heroicamente en el combate naval de 
Angamos; y, con ella, palabras de aliento y de consuelo, que re- 
velan que, en su espíritu, hallaban eco las angustias y desven- 
turas de los peruanos. Aquella agresiva octava no pudo brotar 
del corazón, sino de lo exaltado de su sistema nervioso. Fué 
un arranque de mal humor, un delirio de febricitante, y na- 
da más. 

En 187 1, Velarde publicó en Londres, su tercer tomo de 
versos, notables, más que por la exuberancia de sentimiento 
poético en ellos encerrada, por el súbito cambio de sus ideas fi- 
losóficas y religiosas. A Velarde lo habíamos tenido por orto- 



360 MERCURIO PERUANO 

doxo, tan a macha-martillo que picaba en fanático con ribetes 
de güito descalzo. En su último libro se exhibió racionalista 
osado, furioso enemigo de la frailería y de los jesuítas, e incli- 
nado a las prácticas de la iglesia anglicana. Pero siempre poeta, 
y poeta admirable, a pesar de que el hielo de los años pesaba 
sobre su cerebro. • 

En 1881 murió en Londres, a los cincuenta y seis años de 
edad, el cántabro poeta que tanta influencia ejerciera en el mo- 
vimiento literario que se inició en Lima, por los años de 1848. 



IV 



No me atreveré a decidir si la sociedad limeña era más o 
menos ilustrada que la de hoy. Lo que sé es que estimulaba con 
su aplauso a los poetas, que leía sus versos, y que se ocupaba de 
ellos tanto, y en ocasiones más, como de la política. Numa 
Pompilio Liona, nacido en Guayaquil en 1832, que se educaba 
en San Carlos, publicó una composición erótica titulada Liber- 
tinaje. El Fiscal se escandalizó con su lectura, v la acusó ante 
el Jurado, mandando recoger previamente el número del diario 
en que corría impresa... Aquello fué un acontecimiento e hizo 
más ruido que un temblor. Las beatas, los hipócritas y los ton- 
tos se declararon por el Fiscal ; se pagaba, a buen precio, una 
copia de los versos; los colegiales y las colegialas, a quienes 
costaba trabajo retener en la memoria el texto de la Historia Sa- 
grada, se sabían al dedillo la anatematizada poesía; y el nombre 
de Liona volaba de boca en boca, y su fama poética se dilataba, 
fama que, haciéndole justicia, él ha sabido después robustecer. 
Lr acusación fiscal no tuvo consecuencia; pues el Jurado mani- 
festó la suficiente ilustración para echar tierra sobre ella. Lio- 
na no es de los poetas llamados a morir junto con los hombres 
de su generación. Literato, en la más amplia acepción de la pa- 
labra, esmerado en la forma, clásicamente correcto, vigoroso en la 
expresión, y levantado en ideas, aunque ligeramente peca a ve- 
ces de gongórico, Numa Pompilio Liona ocupará siempre culmi- 
nante lugar en el Parnaso americano, (i) 



(z) . — En 1882, publicó Liona con el título— C/amores de Occiden- 
te — la colección completa de tus poesías — cuatro volúmenes en 4.» ma- 
yor. 



DB «LA BOHEMIA DE MI TIEMPO» 361 

Casi a la vez que la composición Libertinaje producía una 
tormenta, no menor era la que levantaba una novela que apare- 
ció en el folletín de "El Comercio". Su autora era una dama ar- 
gentina — la señora Juana Manuela Gorriti — y la novela titulá- 
base La Quena, producción inmoralísima, a juicio de los mojiga- 
tos ; pero, al nuestro, después de ese idilio de Jorge Isaacs que se 
llama María, la más bella novela que se ha escrito en la América- 
latina. La Gorriti, sin escribir versos, era una organización 
altamente poética. Los bohemios la tratábamos con la misma 
llaneza que a un compañero, y su casa era para nosotros un cen- 
tro de reunión. 



El doctor don Miguel del Carpió, magistrado, estadista y 
literato, era el Mecenas de la bohemia. El, nos repetía siempre, 
con diversas palabras, estos alentadores conceptos que hace poco 
oí también, en la tribuna del Ateneo, a Manuel González Práda, 
joven literato llamado a conquistarse gran renombre: 

— "Acusar a su país de ingratitud, ha sido, es y será recurso 
de ineptos y de pretensiones sin mérito real. Hoy todos pueden 
escribir y hablar, exhibiéndosse tales como son. Si hay sabios 
ocultos, que nos descubran su sabiduría; si hay literatos eminen- 
tes, que nos enseñen sus producciones. En el gran certamen del 
siglo, el que no alza la voz es porque no tiene nada que decir. 
Dudemos de los genios mudos. El reinado de la inteligencia se 
afirma en el mundo, y el hombre de verdadero talento pasa el 
Rubicón, dejando atrás a la aristocracia de la sangre y la aris- 
tocracia del dinero." 

Carpió se complacía en que asistiéramos a su tertulia noc- 
turna, en la cual nos agasajaba con exquisito Moka, delicioso 
chocolate de Apolobamba, y riquísimos habanos. Corpancho, 
Mansilla, García, Camacho, Arguedas, Bonifaz, Fernández, Pas- 
tor, Sánchez Silva y yo éramos de los más asiduos. 

Allí conocimos y tratamos a Ignacio Novoa, ilustradísimo 
literato que murió en Chile, en 1875, desempeñando la Legación 
del Perú y que, en la administración Pezet, sirvió la cartera de 



362 MERCURIO PERUANO 

Hacienda (i); a Manuel Castillo, un vate tan incorrecto como 
sentimental (2) ; y a Aníbal Víctor de la Torre, Ministro de Re- 
laciones Exteriores en la época de la presidencia de Manuel 
Pardo, poeta de las mismas condiciones que Castillo, y que, 
en 1881, abatido por las funestas noticias que sobre la suerte de 
su patria le llegaban, se suicidó en la ciudad de Buenos Aires, 
donde estaba en misión diplomática del gobierno oeruano. (3) 
Como Carpió, Bonifaz y Fernández, los tres eran arequipeños, 
y hacia tiempo que para ellos, se había puesto el dorado sol de 
la juventud. Sin embargo de la desigualdad de edades y de po- 
sición social, fraternizaban con nosotros, y se sentían como re- 
mozados con nuestra festiva y un tanto pedantesco chachara es- 
tudiantil. Omito recordar aquí el nombre de otros jóvenes con- 
currentes a la tertulia, que después han figurado ventajosamente 
en la política, en el foro, en el magisterio y en la tribuna parla- 
mentaria. Cinco o seis de entre ellos, llegaron a ser hasta Minis- 
tros de Estado. 

Carpió prefería su discutible reputación de poeta y literato, 
al merecido renombre que su acierto en el manejo de los asuntos 
públicos y su honorabilidad e ilustración jurídica le habían con- 
quistado. ¡Así somos los hombres! Desdeñamos lo conseguido 
y corremos afanosos tras lo que se nos resiste. El bagaje poético 
de don Miguel se reducía a media docena de anacreónticas a lo 
Meléndez Valdés, muy limadas en la forma, pero muy pobres en 
el fondo; otras tantas silvas amatorias, en las que las imágenes 
mitológicas abundaban; y una oda al Misti que, sin valer gran 
cosa, era la obra maestra de nuestro anciano amigo. Aranldo 
Márquez la juzgaba así : 



(i).— En la "Revista de Lima", y en el "Correo del Perú" »e en- 
cuentran las principales producciones de Novoa. 

(3). — Castillo murió en 1869, pocos meses después que Carpió 
Sus poesías se encuentran dispersas en "El Comercio" y otros periódi- 
cos de la época. > ' , 

(3). — De La Torre hay un cuadernito de versos, impreso en Are- 
quipa en 1846, y una leyendita — La Cruz de Limatambo — impresa en 
Lima en 1852. Lo curioso es que aquel cuadernito principiaba con un 
soneto titulado Suicidio, siniestro presentimiento que en los días ju- 
veniles, tuvo el deventurado poeta. 



DE «LA BOHEMIA DE MI TIEMPO) 363 

Carpió escribió como una especie de oda 
a un cerro de Arequipa. En ella acaso 
se consumió su poesía toda; 
pero esta observación no viene al caso. 
Como las odas ya no están de moda, 
le han perdonado todos tan mal paso; 
y esa, además, se abona en grande escala 
con ser ya tan antigua como mala. 



Pero si don Miguel del Carpió, en desapasionada crítica, no 
pasaba de aficionado o amateur de las musas, en cambio poseía 
un corazón de oro para amar a los poetas. Su casa, su mesa 
sibarítica, sus libros, su influencia, y sospecho que hasta su bol- 
sillo eran nuestros. Cuando él era Ministro de Estado, los bo- 
hemios estábamos de plácemes: podíamos aspirar a todo y alcan- 
zarlo todo. Por fortuna para el Ministro, sus bohemios no eran 
pedigüeños ni pretensiosos en política. La juventud de enton- 
ces no tenía la petulancia de creerse en aptitud de imponer a 
los gobiernos un plan de conducta administrativa, ni se imagi- 
naba que los claustros del colegio podían convertirse en centros 
o clubs revolucionarios. 

A dos o tres de nosotros nos obsequió don Miguel del Car- 
pió, y sin que lo solicitáramos, que en eso está el realce de su 
acción, unas canongías de merced, que no otra cosa eran los tí- 
tulos o nombramientos de oficiales del Cuerpo político de la 
Armada. Conviene, decía Carpió, que la Nación favorezca a es- 
tos muchachos, que son casi pobres de solemnidad, con un suel- 
decito que les permita seguir estudiando sin ser gravosos a sus 
familias; y, en efecto, recibíamos mensualmente treinta y dos 
pesos (que eran la mitad del haber íntegro de esos canónigos) 
y teníamos derecho para usar el bonito uniforme de oficiales de 
marina. El gobierno no ocupaba en el servicio activo sino a los 
que así lo pretendían^ y los favorecidos bohemios seguíamos 
nuestros estudios en el colegio, muy contentos con comer de la 
sopa boba del presupuesto, lejos del mar y de los buques de 
guerra . '^ ■'^'^ 

Era el 7 de Febrero de 1852, día de mi cumpleaños, y don 
Miguel me había invitado a su mesa. Junto a mi cubierto, vi un 
pliego lacrado y con sello ministerial . Don Miguel sabía dar 
estas sorpresas con una delicadeza que ya no se v.sa. El por 



364 MERCURIO PERUANO 

qué un año más tarde (y a los veinte de mi edad) abandoné el 
colegio y, haciendo uso del título encerrado en aquel pliego, ser- 
ví activamente en la Escuadra, resignándome a ser presupuestí- 
voro, no es para referido en estas páginas. Eso no se relaciona 
con la literatura, sino con el corazón y las calaveradas de la 
mocedad. Además no me he propuesto hacer todavía confesión 
general de mis culpas, aunque tenga segura la absolución plena- 
ria por parte del lector, que de pecadillos como el mío tendrá 
henchida la conciencia. Al apuntar este episodio, que me es 
personal, he querido sólo tributar público homenaje de gratitud 
al venerable anciano a quien debí estímulo y protección. 



DE ''NEOLOGISMOS Y AMERICANISMOS". 



PROLOGO 
(FRAGMENTOS) 
V 

No se diría sino que se pretende que seamos subditos, nó 
voluntarios, sino forzados, del idioma, y que la autoridad del 
Diccionario sea, para nosotros, tan indiscutible como el Sylla- 
bus romano para el cúmulo de fanáticos. Hablemos y escribamos 
en americano; es decir, en lenguaje para el que creemos las vo- 
ces que estimemos apropiadas a nuestra manera de ser social, a 
nuestras instituciones democráticas, a nuestra naturaleza físi- 
ca. Llamemos, sin temor de hablar o de escribir mal, pampero 
al huracán de las pampas, y conjuguemos sin escrúpulo empa- 
parse, asorocharse, apunarse, desbarrancarse y garuar, verbos 
que en España no se conocen, porque no son precisos en país en 
que no hay pampas, ni soroche, ni punas, ni barrancos sino peñas, 
ni garúa. El escritor que, por prurito de purismo, escriba afta en 
vez de paco, divieso en lugar de chupo, adehala por yapa y coli- 
lla por pucho, será comprendido en España, pero nó en el pue- 
blo americano para el cual escribe. Debe tenernos sin cuidado 
el que la docta corporación nos declare monederos falsos en ma- 
teria de voces, seguros de que esa moneda circulará como de 
buena ley en nuestro mercado americano. Nuestro vocabulario 
no será para la exportación, pero sí para el consumo de cin- 
cuenta millones de seres, en la América latina. Creemos los vo- 
cablos que necesitemos crear, sin pedir a nadie permiso y sin es- 
crúpulos de impropiedad en el término. Como tenemos pabellón 
propio y moneda propia, seamos también propietarios de nues- 
tro criollo lenguaje. 

Los viejos que, aunque sin la intolerancia académica, he- 
mos desempeñado el papel de Quijotes apasionados de su Dul- 
cinea que se llama el habla castellana, nos vamos aprisa dejan- 



356 MERCURIO PERUANO 



do el campo libre de mantenedores. La generación que nos 
reemplazará se cuida poco o nada de hojear el Diccionario, pa- 
ra averiguar si tal o cual palabra es genuinamente española. El 
del Liéxico de la calle Valverde es cartabón demasiado estrecho, 
y la nueva generación ama la independencia acaso mas de lo 
que la hemos amado los hombres de la generación que se va. 

Los viejos, inclinados a acatar siempre algo de autoritario, 
perseguíamos el purismo en la forma, y ante el fetiche del pu- 
rismo, sacrificábamos, con frecuencia, la claridad del pensa- 
miento. Los jóvenes creen que a nuevos ideales cory^^P^^^JJ^ 
también novedad en la expresión y en la forma; y he ahí por 
qué encuentran fósil la autoridad de la Academia siempre afe- 
rrada a un tradicionalismo conservador, a un pasado que ya ago- 

"'^Discurriendo sobre el injustificable rechazo que de la Aca- 
demia merecieron los verbos clausurar, dictaminar y P^^^"P"^^- 
tar el distinguido periodista don Modesto Sánchez Ortiz, di- 
rector de La Vanguardia, diario barcelonés, se expreso asi: 

"Eso de considerar tales verbos como subversivos y barba- 
"ros a pesar de ser de uso corriente en América y hasta en Es- 
"parla! vale tanto como decir que allá no se escribe castellano 
"focual desmienten con sus obras muy insignes -tores. Creo 
"por mi parte, que la Academia de la lengua, --^P^^^^^ 
"Lrtas preocupaciones rancias, no se muestra todo lo dúctil 
"qué debiera, para conservar su hegemonía literaria en aquellas 
"va.^as regiones, hijas emancipadas de la madre Fcpana, unidas 
" m"ro?ella portel vínculo del idioma, V .- — ¿um^ 
"un número de habitantes superior en much simo ^^ ^^ ^^JJ^ 
"trcooli En todas esas regiones se presupuesta, y nosotros 
"^ smos. aquí, en España, presupuestamos a todo trapo, si bien 
"~emp're con escasa sinceridad. Si la palabra es viva, y su 

..,:. no difiere del de 0^^^^^:;^^^%^^^ 
"ha de neear la inscripción en el registro civn uc 
"Mal anda la docta corporacién con sus remilgos; pues b.en pu- 
"Su a ocurrir que, interpretándolos torcidamente provocaran 
"senstbUs enfrL entos y dieran al traste, por algún t.empo, 
"ron los proyectados tratados de propiedad intelectual entre Es- 
"paña y las repúblicas, gracias a lo cual --•>- .^-^ """"f ' [ 
"IrZL al sacar sus cuentas, se verán imposib.htados de pre- 
"„pr¿r el producto de sus obras en el mercado de Amer.ca. 
"aunque en rigor no resulte perjuicio a algunos académicos cu- 
"ros, si'los producen, rara vez logran pasar el charco. 



DE «NEOLOGISMOS Y AMERICANISMOS» 367 



VI 



Propósito muy hispanófilo fué, pues, el que me animó cuan- 
do en las juntas académicas a que concurrí, empecé proponiendo 
la admisión de una docena de vocablos de general uso en Amé- 
rica. 

Yo anhelaba que las fiestas del Centenario tuvieran signifi- 
cación práctica, revelando que España armonizaba tanto con 
nosotros que, si no admitía como suyos nuestros neologismos, 
por lo menos no los despreciaba como argentinismos, colombia- 
nismos, chilenismos, peruanismos, etc., etc.. 

Cuando se crearon las correspondientes en América, todos 
presumimos que la Academia madre se proponía asociarnos a su 
labor, para que contribuyéramos con el caudal de voces que, su- 
ficientemente estudiadas por nosotros, estimáramos de precisa o 
conveniente admisión. £1 desengaño ha sido tosco; y para no 
continuar siendo corporaciones decorativas o de relumbrón, dos 
de las Academias americanas, sin ruido, cambio de notas, ni al- 
haracas, se han declarado cesantes. 

"Es empresa poco menos que imposible (dice el académico 
"señor García Ayuso, en su discurso de incorporación) deste- 
"rrar las voces que han recibido la sanción del pueblo soberano". 

Y tan fundada es la afirmación del señor Garcí? Ayuso que 
aunque la Academia, en la última edición de su Diccionario, ha 
eliminado una de las acepciones de la palabra jesuíta, no por 
eso ha conseguido, ni conseguirá desterrarla del uso. La razón 
es que el pueblo soberano no hace política cuando habla ni en- 
tiende de contemporizaciones partidaristas. 

Y ya que he citado en apoyo de mis ideas la autoridad de un 
académico, no quiero concluir sin copiar palabras de otro ilus- 
tradísimo lingüista, también académico de la Española, don E- 
duardo Benot, que en su libro Acentuación CasteJhna, escribe: 

"La Academia tiene que obedecer a una autoridad inapela- 
"Ue, que es la del uso, supremo legislador en materia de lengua- 
"jc; y yo no creo que exista en la Academia autoridad bastante 
"para dar o quitar la ciudadanía a las voces y a las locuciones." 



368 MERCURIO PERUANO 



VII 



Eran poco más de trescientas cincuenta las palabras anota- 
das en mi cartera, las que intentaba ir, poco a poco, proponiendo 
para discusión. Esa relación se limitaba a apuntat las voces y 
defínirlas muy a la ligera, advirtiendo que no consideraba voz 
alguna que no fuera de uso generalizado en tres repúblicas, por 
lo menos. 

Hoy, al publicarla, he añadido rápidas apreciaciones, y aun 
más cien vocablos, teniendo a lia vista el Diccionario de chile- 
nismos de Zorobabel Rodríguez, el de peruanismos por Juan de 
Arona, el ríoplatense de Daniel Granada, y los trabajos lin- 
güísticos de los Cuervo, Baralt, Irisarri, Seijas, Armas, Batres 
Jáuregui, Pablo Herrera, Pedro Fermín Cevallos, Amunátegui 
Reytes, Eduardo de la Barra, Tomás Guevara, Membreño, Gagi- 
ni. Ramos Duarte, Washington Bermúdez y otros muchos filólo- 
gos americanos. 

i Y qué razones, Dios de Israel, las que oí alegar contra la 
admisión de algunas voces! 

Las razones más culminantes eran — : ¡ese vocablo no hace 
falta o ese vocablo no lo usamos en España! — como si porque en 
América no se han aclimatado el sustantivo ponencia ni el ver- 
bo empecer, palabras muy castizas y de las que gran derroche 
hicieron los oradores en los congresos Colombinos, debiéramos 
nosotros condenarlas. 

Después del rechazo de una docena de voces por mi pro- 
puestas, me abstuve de continuar, convencido de que el' rechazo 
era sistemático en la corporación, excepción hecha de Castelar, 
Campoamor, Cánovas, Valera, Castro Serrano, Baíaguer, Fabié 
y Núñez del Arce, que fué el paladín que más ardorosamente de- 
fendió la castidad del verbo dictaminar. 

Así, por razón de capricho erigido en sistema o por espíri- 
tu anti-americano, he llegado a explicarme el por qué nunca la 
Academia tomara en seria consideración los diccionarios de Zo- 
robabel Rodríguez, Juan de Arona y Daniel Granada. 



DE NEOLOGISMOS Y AMERICANISMOS 369 

Ese exclusivismo de la mayoría académica importa tanto 
como decirnos: 

Señores americanos, el Diccionario no es para ustedes. El 
Diccionario es un cordón sanitario entre España y América. No 
queremos contagio americano. 

Y tiene razón la Real Academia. 

Cada cual en su casa y Dios en la de todos. 

Lima, Febrero de 1895. 



bibliografía de palma 



Poesías. Lima. Imp. de J. M. Masías. Junio de 1855. 
Dos Poetas. Apuntes de mi cartera. Valparaíso, 1861. 
Anales de la Inquisición de Lima. (Estudio histórico). Li- 
ma, Tip. de Aurelio Alfaro, 1863. 

Anales. Otra edición. Madrid. Est. Tip. de Ricardo Fé. 1897. 
Armonías. Libro de un Destierro. París. Lib. de Rosa y 
Boiiret. 1865. 

Armonías. Otra edición. Ed. Lib. de la viuda de Ch. Bou- 
ret. París, México. 1912. 

Congreso Constituyente. Semblanzas por un Campanero. 
Lima. Imp. dirigida por J. M. Noriega. 1867. 

Corona Patriótica por Manuel R. Palma. Lima. 1870. 
Pasionarias. Havre. Tip. Alfonso Lemale. 1870. 
Tradiciones. Primera Serie. Lima. Imp. del Estado. 1872. 
Tradiciones. Segunda serie. Lima. Imp. Liberal de "El Co- 
rreo del Perú", 1874- 

Tradiciones. Tercera serie. Lima. Benito Gil. Editor. 1875. 
Tradiciones. Cuarta serie. Lima. Benito Gil. Editor. 1877. 
Verbos y Gerundios. Lima. Benito Gil. Editor. 1877- 
Tradiciones. Quinta- serie. Lima. Imprenta del Universo 

1883. „ 

Tradiciones. Sexta serie. Lima. Imp. del Universo. 1883. 

El Demonio de los Andes. Tradiciones históricas sobre el 
Conquistador Francisco de CarbajaL Nueva York. Imp. de las 
Novedades. 1883. 

Enrique Heine. Traducciones. Lima. Imp. del Teatro 

1886. 



^ BIBLIOGRAFÍA DE PALMA 37. 

^ .e.pu.í f-r í^"Lí-- r- • 

^ Sa. J.,a«/n. Lima, Imp. de Torre, Aguirre. .8,0. 
Ropa Apolillada. Octava v íílfír«o ^ . j. . 
Imp.yLib. del Universo 789^. '• trad.ciene.. Li™. 

ra,>«Ms. Lima. Imp. de Benito Gil. ,89a. 
tore:XS;%':^™r- «"«'-• «ontaner , S.m«n, Edi- 
PnJIrlS'"'" ' '-'^--o- Lima. Imp. , Lb. de Cario. 

Recuerdos de España. Notas de riaie P<.>,„ ., . 

g-smos y americanismos. Buenos Air« Tml T^. T'^^'"' 
de J. Peuser, 1897. "^^ '' ^"«"ad". 

./eCju™ P f 'ir f ?"r'!f °' '^ ^^ ^•'*-" "' «"• 
^^^ j x.iraa. i-. 1,. Imp. de la Industria. 1899. 

guirr^SÍ"" " """"" '"■^'"■'"'^- '-'■"'• ^"P- -^o"» A. 
CacA/vacAe.. Lima. Imp. de Torres Aguirre. rgoo 

e«^ ^re/=^- - i-r-i^rs- - ^'- 

rialMtc'^':::^'"''"'-'"'*^ per^a^a. Barcelona. Casa edito- 

A. "st::: Tc^r^f^r^ ""^'" -"-'- -'- 

EmpleTí^^u^ian^tíf '^ '" ^'"""^^^ "^ '''-■ ^'-- 



3f2 MERCURIO PERUANO 

Mis últimas tradiciones. Apéndice a mis últimas tradicio- 
nes. Barcelona. Casa editorial Maucci. (contiene los Anales de la 
Inquisición) (sin fecha). 

Las mejores tradiciones peruanas. (En la Colección de Es- 
critores Americanos dirigida por Ventura García Calderón.) 
Barcelona. Casa editorial Maucci. (sin fecha). 

El 2 de Mayo. — Poesías en cuartetos por Ricardo Palma. 
1867 (?). 

El Demonio de los Andes. — Maucci, Barcelona, 1915. 
Poesías Completas. — Maucci, Barcelona, 191 5- 

Fué redactor de "El Diablo". (1848); "El Burro" (185a); 
"El Liberal" (1858); "La Revista de Lima" (1859-63); "La Cam- 
pana" (1867); "El Constitucional"-— (1867); "La Broma"— (1878- 
79); "La Revista Peruana" (1879); "El Ateneo" (7887); "La 
Revista de Sudamérica" (1861). 

Colaboró en la comedia de Segara "El Santo de Panchita". 

STURGIS E. LEAVITT. 



Crítica de Palma 



DE D, JOSÉ DE LA RIVA AGÜERO Y OSMA. 

Juicios críticos acerca de la obra de Palma 

(FRAGMENTOS) 

Palma es el tipo del criollo culto, literario. Es muy raro este 
concierto del criollismo y de la cultura. Los que entre nosotros 
se han dedicado a la descripción de las costumbres tradiciona- 
les y populares han caído en la vulgaridad, en el mal 
tono y en una jerga abigarrada y plebeya. Podemos com- 
probarlo con el ejemplo de don José Joaquín Larriva y, sobre to- 
do, con el de Segura: "Sus sales gruesas, a lo Plauto", 
como dijo Juan de Arona, su lenguaje a veces grotesco, su ca- 
rencia de tacto y de elegancia, hacen que hoy tengamos ca^^i ol- 
vidado a Segura y que no se le estudie sino en calidad de docu- 
mento histórico, de antigüedad curiosa. Había en él dotes 
muy estimables de observador y de poeta cómico, pero para 
aprovecharlas debidamente le faltaron pulimiento y educación 
de gusto. Ricardo Palma es un Segura depurado y ennoblecido. 
Como ya lo noté,. Felipe Pardo es en este respecto precur- 
sor de Palma, pero sólo precursor. En Pardo la pintura de las 
costimibres criollas aparece como elemento secundario, al lado 
de sus sátiras políticas, que son sus verdaderos títulos a la glo- 
ria literaria; mientras que en Palma Ip tradicional y criollo es 
lo esencial. Aquello que Pardo apenas había indicado en tres 
comedias, dos artículos, un fragmento de poema y algunas le- 
trillas, lo ha expresado Palma en ocho copiosas series de tradi- 
ciones. Por último, Pardo se limitó a describir la sociedad de su 
tiempo, se inspiró en la verdad contemporánea, fué un realista, 
al paso que Palma ha hecho de lo pasado la materia de sus in- 
geniosas narraciones, les h^ quitado así ese prosaico sedimento 
que tiene siempre lo presente y el arte que lo copia, y ha osten- 
tado un sentido de reconstrucción histórica y un estilo sabio, 
primoroso y labrado, que nunca reveló en tal grado Pardo, y 
que eran cualidades estéticas completamente desconocidas en 
nuestra literatura de la primera mitad del siglo XIX. 



376 MERCURIO PERUANO 

Palma es el representante más genuino del carácter perua- 
no, es el escritor representativo de nuestros criollos. Posee, 
más que nadie, el donaire, la chispa, la maliciosa alegría, la fá- 
cil y espontánea gracia de esta tierra. Ameno, divertido, son los 
epítetos que al hablar de él acuden incesantemente a los puntos 
de la pluma. No es colorista, como no lo es tampoco la generali- 
dad de nuestros compatriotas. Palma, el maestro insuperable de 
las evocaciones coloniales, el que sabe resucitar una época en- 
tera hasta en sus mínimos pormenores, no necesita para ello de 
la exuberancia de color y de la prodigalidad de centelleantes des- 
cripciones. Es sobrio en lo pintoresco, sin dejar de ser maravillo- 
samente sugestivo, y riquísimo en el sentimiento histórico y 
local. Otros dos rasgos de su carácter que se transparentan en 
cuanto escribe y que concuerdan con los del carácter nacional: 
ef burlón, irreverente con las supersticiones más prestigiosas; 
y es enamoradizo y galante. El criollo, aunque ha sido muy re- 
ligioso, no reverencia ciegamente al clero y a la Iglesia. A me- 
nudo se ríe y se divierte a su costa. No tiene por las jerarquías 
sociales y las altas clases el respeto profundo de otros pueblos : 
el carácter zumbón y ligero es el mejor agente de la igualdad 
El amor ocupa mucho lugar en la vida del criollo, pero no es 
serio ni trágico sino raras veces. Es por lo común un absorvente 
entretenimiento ; pero no se eleva a los dramáticos .>rranques de 
la pasión, ni desciende hasta reducirse únicamente al apetito 
grosero y material. Casi siempre le acompaña cierta donosa 
gracia que le levanta sobre el mero instinto físico.— Estas dos 
tendencias de los criollos, que van en Palma hasta el volteria- 
nismo, la galantería fina y la intención escabrosa, le hacían poco 
apto para la poesía romántica. Por el escepticismo satírico y la 
gracia elegante y delicada, se acerca al siglo XVIII francés, y 
nó al esplendoroso y soberbio movimiento romántico. 

De allí proviene que las poesías románticas de su juventud, 
carezcan de tono y brillo propios. Los jóvenes comienzan imi- 
tando, y no puede suceder de otra manera; pero a veces las 
imitaciones en que se empeñan son la que menos se avienen con 
su personalidad. Quizás el hecho de que el romanticismo no 
concordara con sus condiciones literarias, explica, tanto como la 
natural inexperiencia de los primeros años, la inferioridad de 
los versos que Palma ha reunido bajo el título de Juvenilia 
(datan de 1848 a 1860). Son un eco fiel, un reflejo de las influen- 
cUs que obraban entonces sobre nuestros poetas: la de Fernan- 
do Velarde; la de los románticos franceses, principalmente 



JUICIOS críticos acerca de la obra de palma 377 

Víctor Hugo; y la de los románticos españoles, principalmente 
Zorrilla. Valen, ni más ni menos, lo que las primeras composi- 
ciones de Althaus, Corpancho, García, Márquez y Salaverry. 
No es esto convenir con los que le niegan a Palma la cualidad 
de poeta y le estiman sólo como prosista. Me parece esta opi- 
nión a todas luces injusta pero se halla difundida y a gene- 
ralizarla han contribuido la misma fama y popularidad de 
las Tradiciones peruanas (como si no se pudiera ser a la vez 
buen prosista y buen poeta) y las terminantes declaraciones del 
propio Palma: "Todo el cariño que abrigo por mis leyendas 
históricas en prosa, sólo puede compararse al desapego que ex- 
perimento por mis renglones rimados. Si en los días de 
la mocedad pudo el amor propio alucinarme hasta el punto de 
creerme poeta, hoy, en horas de desencanto y razonamiento 
frío, apenas si me tengo por mediano versificador Mi concien- 
cia literaria con más de medio de siglo a cuestas, me grita que 
mis versos son poca, poquísima cosa". ¿Hay aquí excesiva mo- 
destia, ceguedad crítica, coquetería de artista o conformidad 
con el gusto reinante? No es fácil averiguarlo; pero es lo cier- 
to que Palma poeta, en sus versos posteriores al' año 6o, aunque 
no es el émulo de Palma el tradicionista, dista mucho también 
de ser lo que él afecta. A nadie se le ocurrirá de seguro te- 
nerle por grande e inspirado vate; pero en nuestra incipiente y 
desmedrada literatura, aparece como uno de los más hábiles ver- 
sificadores y simpáticos poetas. Palma acertó a algo que muy po- 
cos de sus compañeros de bohemia alcanzaron: acertó a emanci- 
parse de la imitación servil y borrosa, y a pensar y sentir por sí 
mismo. Supo al cabo, en verso como en prosa, ser alguien, ex- 
presar sus personales sentimientos. 

En Harmonías y Pasionarias es de admirar, como dijo Luis 
B. Cisneros, la "dulce y amena galantería, la florida y cortesa- 
na amabilidad, la filosofía rápida y suave." Todo esto ¿no cons- 
tituye un poeta de especie rara y distinguida, que no produce 
grandes obras, sino joyas lindas, a veces deliciosas y de frivoli- 
dad y ligereza encantadoras, inimitable para los cumplidos de 
álbum, para el brillante y superficial apasionamiento mundano, 
hermano de los abates beaux-esprits del Versalles del siglo 
XVIII? ¿Está la literatura peruana en estado de menospreciar 
semejantes prendas? Pues todas ellas resplandecen (mucho más 
que en Harmonías y Pasionarias, donde se encuentran mezcla- 
das con fastidiosos pastiches románticos) en Verbos y gerun- 
dios, en Nieblas y Filigranas: — poesía madrigalesca, epigramáti- 



J/O MERCURIO PERUANO 

ca, de metros cortos, de música fluida y fácil, refrescadora del 
ánimo en versos como el aura resbaladores; toda esparcimiento 
y regocijo, buen humor, sátira festiva y chanza, y que, sin em- 
bargo, sabe en ocasiones ser digna y elevada. 

Uno de los distintivos de la poesía de Ricardo Palma es su 
flexibilidad y variedad de tonos, su dilettantismo. Ya compite 
en las letrillas con Felipe Pardo; ya prorrumpe en doloridos 
acentos de indignación patriótica (Vae victis, A San Martín); 
ya se viste con los arreos clásicos (A Florencio Escardó); ya se 
inspira en el humorismo de Campoamor y de Bartrina; ya re- 
produce la ingenuidad popular de Trueba, como en los Cantar- 
cillos; ya nos divierte con su picardía y travesura liberti- 
nas, hasta rebasar el límite y frisar en lo castaño obscuro, como 
en La mendiga, o bien, por bizarría y alarde de ingenio, imita 
los dezires y la fabla del siglo XIV; o nos trac el sujetivismo 
melancólico y misterioso de la poesía germana; todo con segu- 
ridad de mano, con facilidad y tino de trazo, con penetración de 
tantos estilos y maneras. 

Lias traducciones forman interesante y no escasa sección de 
sus versos. La de La conciencia de Víctor Hugo es con justicia 
la más conocida y celebrada entre todas las suyas. Sus restantes 
traducciones de Hugo son muy cortas y poco importantes, pro- 
bablemente porque la naturaleza poética de Palma no es apro- 
piada para amarle y sentirle. La del Salmo de la Vida de Long- 
fellow no desmerece ni aún puesta al lado de la que hizo César 
Contó. Ha traducido también algo de Heine. Estas versiones 
no valen tanto: carecen de aquella fidelidad escrupulosa, de 
aquella suave melodía, de aquella exquisita concisión de la de 
Pérez Bonal'de; pero no por eso dejan de tener valor muy real 
y efectivo; y luego, cuando aquí apenas comenzábamos a cono- 
cer a Bécquer, Palma tuvo el mérito de abrirnos nuevos hori- 
zontes, de revelarnos al gran bardo alemán, de ir a la pura fuen- 
te del subjetivismo germánico y volver de allí con rimas tan 
preciosas como A la caza. Las estrellas. Intuición, A la distan- 
cia y Tenacidad. El que ha escrito esto, el que ha iniciado seme- 
jantes rumbos y direcciones en la poesía peruana (piense él de 
sí mismo lo que quiera), ocupa, nó uno de los más altos, pero sí 
uno de los más risueños, agradables y floridos lugares de nues- 
tro Parnaso. 

Sin embargo, si Palma ha sido duro e injusto con sus versos, 
es evidente e incontrovertible que no hay comparación entre el 
valer de ellos y el de su prosa. Cuando se le proclama príncipe 



JUICIOS críticos acerca de la obra de palma 379 

de la literatura patria, no se piensa en sus poesías, sino en las 
Tradiciones, que es donde está vinculada su fama. Excepcional 
obra ésta de las Tradiciones. Los escritos de nuestros antiguos 
literatos, de los anteriores a Palma (fuera de Olmedo, si acaso 
se le considera como peruano), han envejecido muchísimo y pre- 
maturamente : no hay que negarlo. No responden a nuestro actual 
gusto : sus bellezas eran muy relativas al tiempo y a las condi- 
ciones en que aparecieron; y hoy al leerlos, lo hacemos llevados, 
más que de una pura afición artística, de cierto patriótico respe- 
to por nuestras antigüedades poéticas. Con los contemporáneos 
de Palma y con la generación posterior sucede otra cosa: no son 
regionales como los antiguos; sus escritos no nos dicen nada del 
terruño; su arte es arte de imitación extranjera, y, por lo mismo, 
resultan casi todos pálidos y faltos de originalidad: la mayor 
parte de ellos balbucea y aún parodia el lenguaje de los grandes 
maestros europeos. Cierto que es forzoso que así sea: vivimos 
en una civilización imitada e importada, y la literatura tiene 
que ser de imitación e importación. Peor sería encerrarse, co- 
mo algunos lo han pretendido, en los rezagos cada vez más dé- 
biles de un criollismo artificial y monótono. Estos Scila y Ca- 
ribdis, que tan difícilmente evitamos, del regionalismo burdo, 
ridículo y estrecho, o de la copia pueril, enfadosa y snobista; 
estas fatales condiciones de nuestras letras, no hacen sino real- 
zar el mérito de un libro como las Tradiciones de Palma, cuya 
belleza, aunque regional en mucho, es intrínseca; que no se re- 
duce a mera imitación de autores extraños; que aprovecha los 
escasos elementos originales de que podemos disponer; y que es 
el más ameno que poseemos. 

Al lado del marcado carácter nacional que hemos reconoci- 
do en Palma, han obrado sobre él múltiples influencias imitati- 
vas, que explican la génesis y formación de las Tradiciones. 
Procuraré señalar algunas. 

En primer término, la de los escritores de costumbres es- 
pañoles, que tanto se acomodan con su natural cbincero y zum- 
bático. Confiesa en la Bohemia de mi tiempo que en su juven- 
tud hablarle de Larra o de las Capilladas de Fray Gerundio "era 
darle por la vena del gusto". Después viene la influencia de 
Segura, a quien ha llamado su amigo y su maestro, y que le co- 
municó algo de su cariño por las costumbres del pueblo, y de su 
franca y limeña jovialidad. Por último, la influencia del roman- 
ticismo, en cuyas filas formó Palma por mucho tiempo. Las 
Tradiciones es obra de reconstrucción histórica, y toda recons- 



380 MERCURIO PERUANO 

trucción histórica procede del romanticismo. Antes nadie sa- 
bía salir de su época y de su país para vivir mentalmente en eda- 
des pretéritas. Los poetas iniciaron a los historiadores en el 
ferviente amor a lo pasado, y el nacimiento de la poesía histó- 
rica fué una de las principales consecuencias del romanticismo. 
Palma es nuestro Walter Scott: un Walter Scott en pequeño 
(como tenía que serlo, dada la escasa amplitud de nues- 
tra historia y de nuestro medio). Las Tradiciones son nove- 
las de Walter Scott en miniatura. No faltará a quien se le 
antoje impertinente esta comparación entre el tradicionista pe- 
ruano y el gran novelista escocés, pero aunque quizá de pronto 
no lo parezca, hay entre ambos rasgos innegables de semejanza, 
no sólo porque Walter Scott es el padre de la poesía legenda- 
ria en el mundo moderno y quienquiera que la cultive de él 
proviene, sino porque fué cmo Palma arqueólogo y anticuario; 
porque los dos han sentido la apasionada ternura por lo viejo, 
por los antiguos usos nacionales y pintorescos en vías de de- 
saparecer; y porque también los dos son satíricos "sin amargu- 
ra, de malicia continua y filosofía benévola", (i) 

Walter Scott formó escuela en el continente, y en España 
(al revés de lo que sucedía en Francia, donde la poesía histórica 
ha sido y es de simple moda) esta escuela se hermanó con la 
opulenta tradición épica, nunca del todo extinguida, y reanudó 
el ciclo de los romances ; y de este injerto de la imitación extran- 
jera y de los recuerdos castizos brotó el género legendario del 
duque de Rivas y de Zorrilla. 

La filiación zorrillesca de Palma es ostensible. Las Tradi- 
ciones peruanas vienen a ser leyendas de Zorrilla, puestas en 
prosa, despojadas con frecuencia de su prestigio misterioso y 
trágico, y sazonadas en cambio con abundante dosis de donai- 
res y de suave ironía. Palma comenzó por cultivar la genuina 
leyenda romántica, ya en verso, como en F7or de los Cielos (de- 
dicada a Julio Arboleda, y que es una imitación, aunque en re- 
ducida escala, del Gonzalo de Oyón), ya en prosa, como en El 
hermano de Atahualpa y en las primeras tradiciones (Palla 
Huarcuna, La achirana del Inca, El Cristo de la agonía. Un cor- 
sario en el Callao), procurando aplicarla a asuntos incaicos o 
de la Conquista. Todos estos cortos escritos valen en sí bien 
poco, pero interesan, como que son los primeros ensayos de Palmj^ 



(i). — Taine, Histoire de la Littérature Anglaise; Tome II; livre 
IV, chap. I, pages 307 et 308; édition de 1899. 



JUICIOS críticos acerca de la obra de palma 381 

en el género tradicional. No tardó en comprender, casi instin- 
tivamente, que había que modificarlo para aclimatarlo en el 
Perú. La leyenda romántica es seria: rehusa los adornos jocosos 
y satíricos; sólo ha logrado amalgamarse de manera feliz con 
ellos en algunos poemas de Byron; pero, por lo común, seme- 
jante combinación es muy difícil de conseguir: repugna a la 
índole del género, y por intentarla cayó D. José Joaquín de 
Mora en el inanimado hibridismo de sus Leyendas españolas. 
Por otra parte, a dicha combinación propendían el carácter de 
Palma y el de la época de la Colonia. No producen los tiempos 
de la Colonia, por cierto, una impresión de grandeza y de mis- 
terio. Después de la hazañosa Conquista y de las turbulencias 
de las guerras civiles (períodos relativamente cortos y que no 
alcanzan sino hasta la mitad del siglo XVI), vino como con- 
traste una larga época de profunda tranquilidad, cuyo encanto 
estriba en lo apacible e ingenuo de ella. Nada más ajeno al carác- 
ter de tal edad que la animada y brillante leyenda romántica. 
Había, pues, que transformarla: era menester desvestirla de sus 
lujosos y medioevales atavíos, y hacerla ligera, amena, traviesa 
y blandamente burlona. Ya lo habían intentado en verso Bello 
con su Proscrito, Batres Montúfar con sus Tradiciones guate- 
maltecas y Pardo con su Isidora. Pero todos éstos se encontra- 
ban aun en plena escuela clásica, carecían un tanto de fantasía 
histórica y no evitaban siempre el prosaísmo. Además, un 
poema para sucesos tan baladíes como los de la Colonia es de- 
masiado: diluidas las anécdotas en tantos versos, pierden su in- 
terés. Batres logró salvarlo como por milagro. No así Bello y 
Pardo, cuyos poemas, a estar concluidos, es seguro que hubie- 
ran parecido pesados y difusos. Palma optó, muy acertadamen- 
te a mi entender, por la prosa y la forma anecdótica y concisa. 

Otros dos predecesores tiene Palma: el primero remoto, 
muy próximo el segundo. Es aquél Antonio Flores, autor de los 
cuadros de costumbres Ayer, hoy y mañana, el cual en los titula- 
dos Ayer, al pintar la vida madrileña de principios del siglo 
XIX, tan parecida a la colonial peruana, se encontró muchas 
veces con igual asunto que nuestro tradicionista y lo desempeñó 
de manera no muy desemejante; es éste el poeta venezolano 
Juan Vicente Camacho, de quien hablaré después, el cual en 
la Revista de Lima escribía leyendas del mismo género que las 
de Palma. 

Hay una diferencia, además de las mencionadas, entre las 
Tradiciones peruanas y las leyendas románticas. La leyenda es 



382 MERCURIO PERUANO 

una ficción de la fantasía; cuando mucho, reposa sobre un vago 
recuerdo popular o sobre un dato histórico que el poeta embe- 
llece, amplía y adapta a los fines de su arte. Las tradiciones 
tienen siempre base auténtica mucho mayor. Se refieren a 
hechos ciertos, comprobados: su núcleo es exacto. Palma mere- 
ce el nombre de cronista al par que el de cuentista, porque sus 
tradiciones oscilan entre la historia y el cuento. Extrae de al- 
gún infolio, de algún manuscrito o de una crónica conventual, 
una noticia curiosa o una anécdota interesante: la vierte en su 
mimoso estilo; y la engalana con pormenores y detalles que 
contribuyen a producir más viva impresión de fidelidad. Para 
explicar esta idealización de los hechos históricos en las tradi- 
ciones, tomemos cualquiera de ellas; por ejemplo. La excomu- 
nión de ¡os alcaldes de Lima. Consta que en la noche del i6 de 
Junio de 171 7, Juan Manuel Ballesteros asesinó en la calle del 
Milagro a D. Alonso Esquivel, mayordomo del ex-virrey y ar- 
zobispo de las Charcas Morcillo de Auñón; que, para no caer 
en manos de la justicia, se refugió Ballesteros en el convento 
de los Descalzos; y que los alcaldes marqués de Híjar y D. 
José de Belaochaga le extrajeron de allí, violando los derechos 
del asilo invocados por los frailes. Ballesteros murió en el tor- 
mento que le aplicaron para que declarara los móviles del ase- 
sinato; y el arzobispo Zuloaga excomulgó a los alcaldes, con- 
sintiendo sólo después de tres días en absolverlos, conducta que 
el rey aprobó. Palma cuenta estos fríos sucesos prestándoles 
animación y movimiento; e inventa, para explicar el asesinato, 
los amores de Ballesteros y de Jovita y las pretensiones de Es- 
quivel, apoyadas por doña O. A veces no ha hecho sino trans- 
cribir las anécdotas que traen el Palentino o Calancha (que son 
los cronistas más abundantes en ellas), remozando el lenguaje; 
otras, se limita a exponer en forma directa los mismos aconteci- 
mientos que los cronistas consignan. Presenta en escenas vivas 
y animadas lo que éstos relatan en largos razonamientos y pro- 
lijas narraciones. Exprime en cristalinas copas el jugo de su 
erudición colonial. Cuando más, hace lo que los historiadores 
clásicos, que ponían en boca de sus héroes, y en calidad de dis- 
cursos efectivamente pronunciados, la expresión de los senti- 
mientos que debían animarlos. Dice Macaulay que: "las histo- 
rias clásicas son novelas basadas en hechos, porque si bien la re- 
lación está estrictamente ceñida a la verdad en todo lo principal, 
los pequeños incidentes, que tanto interés añaden a los hechos 
de más cuenta, las palabras, las acciones, son debidas a la ima- 



JUICIOS críticos acerca de la obra de palma 383 

ginación del autor". Las frases del eximio crítico e historiador 
inglés tienen cumplida aplicación en las Tradiciones peruanas 
y definen con toda exactitud el género de historia a que per- 
tenecen. Y puede añadirse con el mismo Macaulay que: "la 
mejor historia es aquella en la cual se empleí hasta cierto pim- 
to cierta parte de ficción, porque si bien es cierto que la fideli- 
dad pierde algo, no lo es menos que el efecto gana mucho con 
ello, descuidando un poco las líneas secundarias para que los 
rasgos característicos se graben y queden para siempre fijos en 
la memoria". Juan Valera en sus Cartas americanas escribía a 
Palma: "En esas historias que usted refiere como el vulgo y las 
viejas cuentan cuentos; donde hay, según usted afirma, algo de 
mentira, yo no reconozco ni sospecho la mentira sino en las 
menudencias. Lo esencial, lo de más bulto, f>s verdad del todo 
en mi sentir. Tengo la firme persuasión de que no hay historia 
grave, severa y rica de documentos que venza a Ids Tradiciones 
de usted en dar idea clara de lo que fué el Perú hasta hace po- 
co y en presentar su fiel retrato." Verdaderamente, cuando que- 
remos penetrar hasta el alma de la Colonia, nos apartamos de 
las sabias y pesadas compilaciones de Mendiburu, Odriozola y 
Córdova, de las voluminosas Memorias de los virreyes, de toda 
aquella materia bruta, donde no están sino las osamentas, los 
yertos despojos del pasado; y abrimos las Tradiciones, donde 
bulle vivo y cálido. Tienen la verdad de la Idea, en terminolo- 
gía hegeliana: aquella excelencia de la poesía sobre la historia 
que Aristóteles proclamaba. Aún en los pormenores, son las 
Tradiciones más exactas de lo que podría creerse y de lo que 
muchos afirman, y han divulgado gran copia de raras noticias y 
minuciosos datos, antes exclusivo patrimonio de pocos eruditos. 
Palma tiene decidida vocación de arqueólogo. Enamorado de 
las antiguallas; enamorado de su ciudad de Lima, cuyas vejeces 
conoce a maravilla: 

Ciudad medio cristiana, medio morisca, 
Ciudad de celosías y de pebetes, 
En que al par goda y árabe, seria y sencilla, 
Su catedral remeda la de Sevilla, 

es el mejor cicerone de nuestro país y de nuestra capital; por- 
que convenzámonos de que aquí lo que vale la pena de verse es 
lo que queda del buen tiempo viejo, como dijo Rubén Darío. 



384 MERCURIO PERUANO 

Me imagino que leídas las Tradiciones fuera de Lima, deben 
perder muchos de sus méritos; y que leídas fuera del Perú, per- 
derán la mitad por lo menos de sus hechizos. Pero para los que 
hemos nacido en este rincón del mundo y amamos con ñlial ca- 
riño los patrios recuerdos, poseen una magia indeñnible. Son 
como las tiernas y vagas memorias de la niñez; como los archi- 
vos de nuestros abuelos; como una galería de retratos de ante- 
pasados, cubiertos de secular pátina, a los que el amaneramiento 
arcaico y la candida ingenuidad de la pintura y las actitudes, 
presta un encanto más; como una colección de pequeños y gra- 
ciosos cuadros de esmalte que comprende los tipos de todas 
las épocas y todas las clases y condiciones sociales de la histo- 
ria peruana. 

(Del "Carácter de U Diteratura del Perú Independiente"). 



DE D. VENTURA GARCÍA CALDERÓN. 



La Tradición 

DON RICARDO PALMA 



**La Tradición, ese monstruo engendrado por las falsifica- 
ciones agridulcetes de la historia y la caricatura microscópica 
de la novela." Inútil es decir que sólo menciono esta injusticia 
porque expresa con exactitud una censura frecuente. Para algu- 
nos espíritus verídicos, la historia es todavía la musa grave que 
vemos en los viejos monumentos escribiendo en un libro de pie- 
dra, hechos eternos, glorias "inmarcesibles". De sus labios es- 
tán ausentes la divina mentira y la sonrisa ligera. . . "Las ense- 
ñanzas de la historia", decían con candor nuestros abuelos. 

Hoy, más escépticos, dudamos de conocer exactamente cual- 
quier pasado, y cuando un cronista como D. Ricardo Palma nos 
lo cuenta mezclando sus amables mentiras a tradiciones altera- 
das, estamos lejos de indignarnos. La fantasía nos parece una 
cualidad del historiador, pues no se comprende la realidad sino 
pudiendo, si es preciso, crearla. 

¿Por qué le censuraremos a Palma que, más novelista que 
historiógrafo, cuando el legajo tiene blancos, teja por encima, 
para llenarlos, sus telarañas?. . . .Mixtura dulce y sabrosa donde 
no sabemos si son patrañas del cronista las historias más verí- 
dicas, y las que son probablemente imaginaciones, se nos figuran, 
por la firmeza de la evocación, cuadros históricos. Un dulce 
escepticismo se desprende. Puesto que nada podemos saber de 
exacto — parece decirnos el autor, — riamos un momento de esta 
anécdota trágica o picaresca cuya exactitud poco o nada nos in- 
teresa. Le basta ser agradable y estar contada gallardamente, 
i Quién sabe si por querer seguir de cerca alguna de ellas le 
quitamos su prestigio poético! Porque el pueblo es el más ima- 



386 MERCURIO PERUANO 

ginativo de los poetas: a través de los años colora una ñgura 
desteñida, acumula en torno de un personaje las maldiciones, 
las proezas, los horrores. Y la leyenda es mejor que la realidad. 
¿La tradición será por esto siempre una histórica falsedad? 
De ningún modo. Con justa pretensión, D, Ricardo se conside- 
raba historiador, porque mucha ciencia del pasado esconde la 
alegre chachara del cronista. Le ha sido preciso vaciar centones, 
devorar crónicas de conventos, interrogar a las viejas parlan- 
chinas, para poder contarnos la historia menuda de este blasón 
y el origen de ese refrán y el porqué de aquella plaza abigarrada. 

De las menudencias amontonadas en el museo de sus libros, 
surge el pasado como de los grandes frescos románticos. Esta 
manera menuda, sucesiva, fraccionaria, es tan justiñcable como 
cualquiera otra, si nos reproduce la pretérita imagen. Y des- 
pués de la lectura de las tradiciones se conoce la colonia mejor 
que con una historia docta. 

¿No realizaron, merced a este procedimiento, los Goncourt, 
la más deliciosa evocación del siglo pastoral? Para el historia- 
dor—ellos lo comprendieron — no hay detalle pedestre, y tanto 
valen la mota de polvo de una actriz, como los hechos relum- 
brantes de una crónica veraz. Recomponiendo el ambiente, pe- 
gando las varillas de un abanico y los añicos de una chuchería, 
conseguían recomponer el alma de las damiselas de capa zinzo- 
lina y los gentiles pisaverdes. Así ocurre en Palma. El" pasado 
no es en sus libros la ruina suntuosa que poblaban los román- 
ticos de figuras desmesuradas sino un presente apenas nebulo- 
so, familiar y plausible. 

No creo por esto, como mi amigo Riva Agüero, que la fra- 
dición proceda del romanticismo, ni justa me parece su compa- 
ración con el autor del Ivanhoe. Nuestro cronista fué román- 
tico de ocasión, porque era preciso serlo a los veinte años en el 
Perú; pero más tarde define a los poetas de este período "con- 
trabandistas del pesar" y se decía a sí mismo: 

\ 

Basta. En buena hora sigan los románticos 
Lanzando de gemidos un tropel; . 

Para mí el mundo picaro es poético ' 

Poco en el hoy y mucho en el ayer. 



bibliografía 387 

Mientras Walter Scott crea la novela histórica, Palma no 
imita los grandes bosquejos de una edad de cortes de amor y de 
cruzadas. Y no se diga que el tema no se prestaba a esa exten- 
sión. Si en realidad la vida de la Colonia es algo nimia y las co- 
rridas de toros o las llegadas de galeón constituían sucesos sen- 
sacionales, también es cierto que un escritor romántico hubiera 
hallado en las hechicerías y en las venganzas, en un auto de fe 
o en una amenaza de piratas, motivos bastantes para comedias 
de capa y espada o novelas enfáticas. 

Palma casi no mezcla a la historia su fantasía. La deja sub- 
sistiendo paralelamente bajo el número II de casi todas sus tra- 
diciones, como si confrontara la tradición con la historia. En su 
primer tomo de tradiciones, narra los hechos de los virreyes al 
descuido, porque pretende ser únicamente historiador anecdóti- 
co. Ni puede llamarse en rigor novela a su tradición ni siquiera 
novela comprimida, o, para emplear un término suyo, "novela 
homeopática". 

Hay en más de una tradición un tema novelesco, como lo hi- 
zo notar D. Juan Valera; mas el tradicionalista abandona con 
negligencia la trama rica sin valerse de ninguno de los conoci- 
dos recursos del novelista. No busca el interés progresivo, la 
lógica en la urdimbre de la intriga. Salta de un tema a otro, in- 
terrumpe una anécdota para contar un recuerdo, una agudeza. 
No quiere sorprendernos con una ficción ingeniosa y enredada. 
Su propósito es desembuchar en charla fácil y vivaz el reguero 
de anécdotas, de picardías, de burlas que tientan su pluma de 
cronista. Roto el nudo, los chascarros se escapan en desorden 
como las cuentas de un collar. El mismo, en una tradición, asi 
lo explica: "Si en vez de relatar una crónica, escribiéramos un 
romance, aunque nunca nos ha dado el naipe por ese juego, en- 
jaretaríamos aquí un diálogo de novela. Afortunadamente, un 
narrador de crónicas puede desentenderse de las zalamerías de 
los enamorados e irse derecho al fondo del asunto." 

De propósito,- pues, abandona con frecuencia un tema ex- 
plotable. ¿Incapacidad o pereza? Si dudamos un momento, ga- 
nados luego por la deliciosa locuacidad, cautivados por el deli- 
berado descuido del narrador, comprendemos que hay mucho 
arte en ese abandono y mucha preparación en esa amable non- 
chalanee. 

No siendo historia ni novela, ¿de qué modo podría definir- 
se? Como todas las cosas ingeniosas y volátiles, no cabe en el 
casillero académico de una definición. Además las tradiciones 



388 MERCURIO PERUANO 

cambian de forma de carácter con el humor veleidoso del narra- 
dor. Algunas, abandonada casi la historia, son invenciones 
bordadas sobre algún hecho vago; otras tienen apenas tema; 
son anécdotas a propósito de un suceso curioso, de un indivi- 
duo interesante, como por ejemplo las anotaciones brevísimas 
que este agradable zurcidor de "ropa vieja" llamó pintoresca- 
mente hilachas. 

También la manera es desigual'. Aquí burlona, allí candoro- 
sa para cantar un milagro, después libertina como una facecia 
del Aretino, luego trágica y en fin pueril con una simplicidad 
de abuelo cotorra, que como ha perdido la memoria les cuenta } 
a sus nietos un cuento azul sin saber si es recuerdo de mocedad 
o fantasía. Sucesivamente nos acordamos de Perrault, de Mada- 
ma D'Aulnoy, de Voltaire, de Bocaccio y hasta de la "novela 
picaresca". Pero soportan las tradiciones la comparación con las 
obras maestras del cuento popular. Su manera es original, in- 
confundible: quedará. 

A través de todas las máscaras, alegre, triste, ingenua, ma- 
liciosa, adivinamos la figura expresiva de D. Ricardo tal como 
la entrevimos los colegiales en las excursiones furtivas a la Bi- 
blioteca Nacional los días de asueto, una figura socarrona de 
santo mocarro o de antiguo humanista polvoriento que nuestra 
imaginación de niños ávidos confundía con los abuelos tutela- 
res de las leyendas... 



Don Ricardo Palma es el autor de la tradición, como en 
España Zorrilla de la oriental y Campoamor de la dolara. Aun- 
que hubiera publicado obras de índole diversa como su novela 
El Marañan, perdida en el incendio de Miraflores, sería siem- 
pre para el gran público el autor de esos pequeños estuches en 
que se encierra un pasado de reliquias. Hoy se olvidan, él mis- 
mo quiere olvidarlos, los versos de mocedad, su primer libro 
Armonías, donde, en medio de imitaciones de Zorrilla (Orien- 
tal), de Bécquer (Bacanal, Bienes y males) y traducciones de 
Víctor Hugo, se anuncia ya en los cantarcillos la vena ligera de 
las futuras tradiciones. En vano dirá el autor en un verso que 
risa y burla son antifaces. Su optimismo zumbón está probado. 
La duda del verso Filosofía se resuelve en una humorada. "De 
mi genio la innata travesura", explica él mismo. 



LA TRADICIÓN 389 

Cuando los otros románticos hablan de Dios con énfasis, es- 
te burlador, necesariamente descreído, dice en tono jocoserio: 
"Hoy hemos eliminado a Dios porque nuestra fatuidad nos ha- 
ce pensar que nos bastamos y nos sobramos para todo, y Dios no 
pasa de ser un símbolo convencional para embaucar bobos y ha- 
cer a los frailes caldo de gordo. ¡Es mucho cuento la ilustra- 
ción de nuestro siglo escéptico, materialista y volteriano!" Y 
sea porque conserva de su antigua religiosidad un sedimento, sea 
porque trata de una edad donde lo sagrado y lo profano se con- 
funden, Palma gusta burlarse de la Iglesia y sus ministros, no 
con propósito acerbo, sino con ligera malicia. En sus tradicio- 
nes hay siempre un tema religioso, excomunión, sacrilegio, dis- 
puta teológica sobre el ombligo de Adán, excursión de algún 
apóstol del Perú. Estos títulos bastan a indicarlo: Un Proceso 
contra Dios, La Honradez de un ánima bendita. Un Obispo en 
contrabando. Una Hostia sin consagrar. La Venganza de un cu- 
ra. Las Bolas del Niño Dios, Traslado a Judas, etc. 

El diablo es el frecuente protagonista, el Deus ex machina 
— si puede decirse este absurdo. ¿Sabéis "dónde y cómo perdió 
el diablo el poncho" o que, fatigado de gobernar los inñernos, 
vino a ocupar una alcaldía en el Perú? 

Pero su Satanás no es el personaje incorrecto y azufrado, 
obsesión de las imaginaciones medioevales, sino un dandy ga- 
lante, bien educado y bien oliente, a quien debemos el pasado 
encanto. "Es preciso convenir en que lo que llamm civilización, 
luces y progreso del siglo, nos ha hecho un flaco servicio al su- 
primir al diablo." Porque representa la fantasía, el pecado triun- 
fante, la seducción gloriosa de la belleza. "Muerto el diablo, 
¡adiós el pecado! ¡Quizás también la belleza, esta aliada del 
diablo, se irá con él, tal vez no veremos más las flores de que 
nos embriagamos y los ojos de que morimos", dice un personaje 
de Anatole France. 

Vivo, retoza en la colonia y es él quien enreda los amores, 
quien seduce arciprestes de buen humor y da a las bocas de las 
limeñas sus colores de tentación, quien diligentemente destie- 
rra toda vulgaridad. Palma la adora porque es poeta. Busca an- 
te todo, en la colonia, poesía. Os dirá a cada instante que sólo 
pretende ser historiador; pero cuando habla de un virrey anodi- 
no, confiesa que en tal calidad no lo considera, porque "un vi- 
rrey que no habla a la fantasía no es virrey". Sólo que no en- 
tienda la poesía como efusión grandilocuente, sino medido en- 
tusiasmo, sin excluir por ello la gracia y la travesura. Pocas ve- 



390 MERCURIO PERUANO 

ees, dos o tres, sube de tono contando historias trágicas con el 
vocabulario de los románticos. Esto dura el espacio de una son- 
lisa. Siempre el travieso Mefistófeles sopla al oído del doctor 
Fausto los derechos de la realidad cuando éste quiere fugar a 
las nubes . . . 

La travesura, repito, no impide el entusiasmo y la emoción 
sincera ante el pasado; pero limita sus expansiones sonoras. 
Reir y hacernos reir es la misma preferente del cronista. Para 
conseguirlo recurre a todos los medios. Ya es la contraposición 
de costumbres antiguas y modernas lo que provoca la sonrisa; 
ya su graciosa impertinencia con la divina corte, enseñando la 
manera de lisonjear y saludar al Padre Eterno; ya contando ac- 
tualmente sucesos remotos, como al informarnos por boca de la 
Tía Catita que Judas Iscariote desciende de algún bachiche pul- 
pero. 

El ha iniciado en el Perú el género amable de Anatole 
France; la irreverencia para poner en escena a santos, beatos, 
obispos, vírgenes, mártires y confesores, todos los personajes 
del Año Cristiano y la Leyenda Dorada, haciéndolos hablar, 
reir, decir inocentadas como los hombres. Tiene su misma so- 
carrona seriedad para contar historias de aparecidos, de duen- 
des, de milagros auténticos e increíbles, entrecortando la rela- 
ción con reflexiones que apenas arañan..., y, sin embargo, el 
rasguño es más hiriente que una lanzada. La semejanza es inne- 
gable y vale la pena de ser notada menudamente. Semejanza 
tanto más curiosa por provenir de quien — anterior al ironista 
francés — no pudo inspirarse en él. 

Otros cascabeles tiene su burla. Ha creado o recogido del 
pueblo un venero de expresiones picarescas, exageradas o extra- 
vagantes, a menudo inconexas; pero que causan la sensación de 
una charla traviesa y dislocada. Así, decir, por ejemplo, para 
exagerar la sutileza de un alcalde, que "sería capaz de sentir el 
galope del caballo de copas", o de una "barba más crecida que 
deuda pública", o de un pobretón "sin más raíces que los pelos 
de la cara". A él le pertenecen expresiones de uso ya generali- 
zado: "contemporáneo de los tirantes", "los arrabales de la gar- 
ganta" y otras más, otras mil, imposibles de citar todas, pues ca- 
brillean en cada página jqué digo! en cada frase. La frase larga, 
incidentada, se pimenta de refranes y apelativos vivaces como 
cohetes. Y es así una música retozona que sólo por su sonido 
alegra. Se recuerdan sin quererlo, la novela picaresca española 



LA TRADICIÓN 391 

O láw bromas locuaces de ese abuelo despechugado que se llama- 
ba Rabelais. Sólo quiero citar dos páginas al azar: 

Mala Pascua me dé Dios y sea la primera que viniere o dé- 
me longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retra- 
to así físico como moral de Tijereta he tenido voluntad de jabo- 
nar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofradía 
del ante mí y el certiñco, y hago esta salvedad, digna de un le- 
go conñtado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son po- 
cas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de anís, 
cuanto porque esa es gente de mucha enjundia, con las que ni 
me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos 
y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es 
servido y el tiempo y las aguas me favorecen y esta conseja cae 
en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin más interven- 
ción de cartulario. Ande la rueda y coz con ella. 

Galán de capa y espada e hidalgo de relumbrón en ocasio- 
nes, y en otras legítimo mozo cunda y de todo juego era en el 
primer cuarto del siglo XVII, un don Pedro Mexía de Ovando, 
que así lucía guantes de ámbar, chapeo con escudete de oro y 
plumerillo, y parmesana azul de paño veintidoceno con acuchi- 
llados de raso carmesí, en los opulentos salones del señorial pa- 
lacio de los virreyes, marqués de Montes Claros y príncipe de 
Esquilache, como arrastraba su decoro en los chiribitiles de la 
Barranquita, Pampa de Lara y Tajamar de los Alguaciles, a la 
sazón cuarteles de los hampones, tahúres, bajamaneros, proxene- 
tas, pecatrices, y demás gentualla de pasaporte sucio y vergüen- 
za traspapelada. 

Como se ve por tan simpáticos ejemplos, Palma se acerca 
más en su burla a la locuaz manera española que a la concisa 
ironía de Francia. No es la suya la frase incisiva de Voltaire, 
en que más se adivina que se lee, ni esa sonrisa apenas insinua- 
da, retenida. Casi no intenta ser irónico. Su burla es franca. 
En la ironía hay siempre una escondida hostilidad, y Palma, 
amante sincero de la colonia, no puede reir de sus hábitos y es- 
carnecer sus supersticiones. 

Por esta mezcla de emoción y de travesura, en que hay bas- 
tante entusiasmo para evitar la malevolencia y mucha lucidez 
para dejarse cegar por el entusiasmo, Palma consigue que su vi- 
sión parezca la más aceptable. Los novelistas que después de él 



392 MERCURIO PERUANO 

exploten la realidad pasada deberán someterse a su evocación, 
si no quieren pasar por inexactos. . . . 

¡Edad cautivante de encantadoras futilezas y delicados de- 
vaneos! ¿Fué así fútil y encantadora? ¿No son mentiras del 
cronista? Lima es allí un Versalles diminuto donde cada balcón 
cerrado es un Trianón reducido, donde, en vez de las fuentes 
irisadas, hay un "paseo de aguas", y bien podemos parangonar 
a la Perricholi con la señora de Pompadour. 

Pero, entendámonos: un Versalles que concilla a veces la 
austeridad calderoniana con los abates beaux parleurs, y Niñón. 
La Inquisición no ha enseñado a las bellas inconstantes sus zo- 
zobras teologales, pero si su metódica crueldad. En las tradicio- 
nes de Palma, saben deshacerse de un marido, suprimir a un a- 
mante inñel, las mismas manos hechas para manejar el arma del 
abanico. Mientras sus hermanas de Versalles ensayan un lunar, 
en la mejilla o una elegante genuflexión de la pavana, ellas se 
obstinan y conspiran como hombres. Mienten amor a un virrey 
para vengarse; se amotinan porque otro legisla sobre mantos; 
se hacen justicia por sí mismas hasta esgrimir las uñas., o las 
navajas; se alocan por una frivolidad, se retiran a un claustro 
por un capricho, y cuando don Félix de Montemar les ha qui- 
tado la honra, van a purgar en un convento el delito de haber 
sido sinceras. 

¡La honra! Es la obsesión de esa edad, su enfermedad y su 
imagen. Ella hace matar al virrey que baja furtivamente la es- 
cala de seda, eterniza los odios familiares por todas las Elviras 
infortunadas. En el noble se llama orgullo del abolengo, el or- 
gullo que detuvo a dos calesas en una calle de Lima, porque 
dos linajudos se disputaban la derecha; el orgullo profesional, 
que prolonga las disensiones de virreyes y de arzobispos hasta 
que decida Su Majestad. Se derrocha el patrimonio por un 
blasón. Se pelea a muerte por si se tienen o no se tienen títulos 
comprobados a sentarse en una silla elegida; y — curiosa para- 
doja de esta edad de los contrastes — a pesar de la religión, que 
es mflexible, a pesar de la honra, que es tirana, no es raro el de- 
licioso relajamiento de Versalles. Se ríe y se peca en abundan- 
cia. Los mismos virreyes arriesgan la vida por un beso. La se- 
ñorita Perricholi, virreina de la galantería, tiene tantas perlas 
como pecados mortales. Abades madrigalistas pulsan tan bien 
la guitarra como la lira. No importa que la Inquisición amenace 
con sus llamas terrenas y la Iglesia con su infernal quemadero. 
Las limeñas se van al purgatorio sonriendo. El auto de fe es 



LA TRADICIÓN 393 

una fíesta como los toros; y aquella sombría austeridad que tor- 
nó la España del taciturno Felipe en un inmenso claustro, 
aquí, bajo el cielo risueño, se convierte apenas en una inocente 
hipocresía. 

Confieso, como José de la Riva Agüero, mi preferencia por 
las tradiciones donde se muestra la gracia artificiosa, la frivoli- 
dad coqueta de un siglo moderado y pulido, el elegante siglo 
XVIII. 

El tema y la manera del narrador aquí se armonizan exac- 
tamente. Palma es en su literatura, como su siglo de elección, 
travieso, irreverente con las cosas de Iglesia, libertino sin gro- 
sería y profundamente alegre, a pesar de su filosofía desenga- 
ñada . 

No quiere decir que yo desdeñe a cuantas tradiciones salen 
del cuadro de este siglo; pero a todas les presta el encanto de 
ese tiempo; en todas ensaya la manera voluble y caprichosa y 
desenfadada. Así cuente una leyenda incaica como el' gracejo 
de un presidente contemporáneo, no parece querer querer "ha- 
cer literatura", nunca es pomposo, sino se divierte o se conmue- 
ve un instante, sin insistencia, como un abuelo regocijado de 
una corte galante. 

Es esta naturalidad sonriente, distintivo frecuente del es- 
critor de raza, la que le ha valido a Palma tan extensa celebri- 
dad. Para los críticos de España y Sud-América es una figura 
conocida que ha atravesado las fronteras y les significa lo que 
adivinan y adoran por su gracia andaluza: el limeñismo. No se 
equivocan, porque hay pocos en la literatura peruana que repre- 
senten mejor el carácter peruano con sus virtudes y sus defec- 
tos. No me pidáis los defectos, porque no quiero decirlos. 

Y ahora se me ocurre preguntar: ¿tendrá continuadores la' 
tradición o es tan personal la vena del cronista, que excluya to- 
da escuela? Lo segundo parecen confirmarlo algunas imitacio- 
nes desdichadas. Además, don Ricardo, temiendo quizás ser 
tradicionado por sus discípulos, agotó la materia de tradiciones 
En más de cuatro volúmenes compactos, recorre toda la histo- 
ria del Perú, desde los incas pomposos, hasta nuestro profesor 
de heroísmo, Bolognesi. 

Si nos falta todavía la grave historia, la que ordena los he- 
chos, los interpreta científicamente, la que alguien ha llamado 
"experiencia de los pueblos", la que es ciencia severa y nó arte 
frivolo, contamos por lo menos con un curso menudo y capri- 
choso. Mi más grande alabanza sería decir que es una historia 



394 MERCURIO PERUANO 

al alcance de los niños. Si yo fuera educador, quisiera para 
ellos, en vez de los áridos textos — sucesiones cronológicas de vi- 
rreyes y fastos que todavía recuerdo con horror — un curso ex- 
tractado de las tradiciones de D. Ricardo, un libro que alternara 
con las novelas de Julio Verne en la infantil devoción, porque 
también tendería un "diáfano manto de fantasía sobre la desnu- 
dez de la verdad". 

Y al lado de otras glorias que posee — laureles de ayer, lau- 
reles frescos, — esta conmovida admiración de los niños perua- 
nos sería para el gran abuelo de las letras, el mejor homenaje. 

Los últimos años de su vejez los dedica, agotadas las tradi- 
ciones y sus fuerzas, a su afíción fílológica. Sus Papeletas lexico- 
gráficas son una continuación del Diccionario de peruanismos 
de Juan de Arona. Poeta, colecciona las palabras porque no son 
únicamente signos de pensamiento, sino, según In frase, poesía 
fosilizada, música en sílabas. 

En sus Recuerdos de España, cuenta sus aventuras de pere- 
grino gramático que somete a la Academia Española voces inde- 
pendientes, nacidas libremente en sabanas y en selvas. Pero a 
la Academia, anciana aristocrática, le incomodan sin duda las 
innovaciones o las teme, y Palma se vio rechazar todo un jugo- 
so vocabulario. El tradicionista, filosóficamente, se ha consolado 
riendo. 



¿Imitadores? Los ha tenido, naturalmente. Los más felices 
en Sud-América: Bartres Jáuregui y Obligado. En el Perú, la 
novelista Clorinda Matto de Turner. Esta literata, que no re- 
cordaría si no hubiera escrito Aves sin nido, novela aceptable, 
publicó dos series de tradiciones cuzqueñas. Se confesaba dis- 
cípula con orgullo. Y en el discípulo bisoño, bien lo vemos, hay 
un indiscreto imitador. Copió concienzudamente la factura de 
Palma, hasta usurparle expresiones, sin alcanzar su elegante 
maestría. Es afectada en el estilo anticuado, lo que siempre evi- 
tó su profesor. Además, limpiando escrupulosamente los archi- 
vos, sacudiendo telarañas al pasado, le privó con frecuencia de 
seducción. Las Tradiciones cuzqueñas, a pesar del título prome- 
tedor, son insulsas migajas de historia provincial . La poesía bas- 
tante sentimental del indio y sus dolores; casi ninguna libertad 
en la fantasía; jamás, jamás, la travesura. Esta mujer parece 
un hombre, y un hombre grave . . Es el más perverso reproche 
que puedo hacerle. 

VENTURA garcía CALDERÓN. 
(De "Dtl Romanticismo al Modernismo"). 



DE D. FRANCISCO GARCÍA CALDERÓN. 



Lecturas 



Lm defensM "pro domo" de don Ricardo Palma. — L^ obra del bi- 
bliotecario. — Su ñguracióa intelectual en América. 



Hay un tema de actualidad, una nota vibrante de la vida in- 
telectual, que quiero recoger en esta crónica. Palma, el viejo 
maestro de la tradición el restaurador de la Biblioteca Nacio- 
nal, el varón que ha consagrado al arte la magna energía de su 
vida, tiene que invocar títulos y defender, con desgarramiento 
de alma, el decreto que le acuerda una pensión de gracia. Ha 
habido un señor ministro de instrucción, representante en el 
Ejecutivo de los intereses intelectuales del país, que ha objeta- 
do aquel modesto galardón, que no alcanza a envolver en la 
áurea mediocridad del clásico poeta la gloriosa ancianidad del 
maestro. Nunca un desconocimiento más hondo del mérito, 
nunca un divorcio más grande entre la conciencia nacional y sus 
directores se ha realizado en nuestra patria. El legalismo, el ri- 
gor del precepto se ha opuesto a esta excepción que tendía a 
honrar una fígura de tan gran relieve intelectual. La carta del 
señor Palma demuestra, plenamente, con un dejo de viril ironía, 
su derecho y la magnitud de su obra . ¡ Qué triste debe haber si- 
do para el autor de las tradiciones tener que invocar recuerdos 
personales, mostrar en su sátira la larga proyección de su obra 
cuando nadie le niega gloria en América y España! 

Yo voy a decir aquí algo de lo que un lector frecuente de la 
Biirlioteca Nacional" puede observar, sin extrema perspicacia, en 
sus largos anaqueles. No quiero recordar la obra de restauración 
de la Biblioteca que realizó Palma en épocas de desgracias e in- 
í'i tunios. Después de la guerra aniquiladora, él reunió volúme- 
nes y creó lo que parecía muerto para siempre, j Con cuánto res- 
pete lo saludan otros bibliotecarios de América! Rene Moreno, 



396 MERCURIO PERUANO 

po' O afecto a la alabanza en materia de autores peruanos, se in- 
clina ante la gallarda figura del renovador de la Biblioteca, se 
admira de que, con escasos recursos, haya podido formar catálo- 
go y reunir lo que estaba olvidado y disperso. No voy tampoco 
a comparar el dinero que, con pródiga mano, entregan todos los 
gobiernos civilizados a sus grandes bibliotecas ni la preocupa- 
ción que los mueve en la obra de cultura democrática. Todo pa- 
ralelo es doloroso, y en el Perú habría que apurar los extremos, 
porque siempre fué la elevación intelectual planta olvidada por 
los pretendidos restauradores nacionales. Reunir aquí cifras so- 
bre Norte América, aun en su valor relativo, en proporción a la 
riqueza nacional, sería procurarnos fácil humillación. La ins- 
trucción fué siempre aquí tópico popular de programas, expo- 
I ertes de todos los buenos deseos, pero la realidad nunca se sin- 
tió vibrar ante la caricia de los reformadores. Con pobres ele- 
mentos, con renta vergonzosa, recibiendo, tristes limosneos de 
la cultura, el óbolo difícil del poder público, don Ricardo Palma 
ha organizado lo que hoy existe, ha aumentado el archivo de la 
biblioteca, ha hecho lo que nadie hubiera alcanzado, por grandes 
que fueran su desinterés y su constancia. Entrad al salón Amé- 
rica y observáis un nuevo espectáculo. Casi no hay libro que 
no lleve honrosa dedicatoria para Palma, homenaje al prosador, 
testimonio de admiración para el maestro, recuerdo de compa- 
ñerismo o amistad intelectual . Ese salón, por el cual conoce- 
mos algo de lo que se produce en América, está fundado con 
libros del señor Palma, es un regalo que ha hecho a la bibliote- 
ca y a su patria. Todos esos libros donados pródigamente os 
hablan de que el bibliotecario es una autoridad literaria y lin- 
güística, os dicen que los más sabios y brillantes de los ameri- 
canos lo respetan y lo admiran. En cada libro viene un saludo 
al Perú representado por su intelectualidad. Lo mismo Ramos 
Mejía que Rodó, Lugones que Rafael Cuervo: el psiquiatra, el 
crítico, el poeta y el filósofo, toda la juvenil flora intelectual de 
Arr erica, honran al maestro y quieren escuchar sus consejos. 

Y en España como en América, Palma representa un nuevo 
género de arte refinado y culto, lleno de evocaciones arqueoló- 
gicas y de encantadora poesía. La tradición, tan nacional por su 
gracia y fácil ingenio, por el vigor de la vida antigua, es un gé- 
nero que todos aprecian en España, desde don Juan Valera has- 
ta Rafael Altamira. Triunfante ha recorrido las tierras españo- 
las, ha encontrado editor hispano, y ha hecho de don Ricardo 
Palma un autor casi español, por el arte castizo del lenguaje y la 



LECTURAS 397 

juventud gallarda de la prosa: no sólo se le estima como a filó- 
logo y literato, sino también como a autoridad intelectual. Re- 
cuerdo que en un folleto sobre asuntos hispano-americanos, Al- 
tamira, que trabaja por un acercamiento de la gran familia ibé- 
rica, decía que dos grandes talentos americanos de prestigio in- 
discutible son Valentín Letellier y Ricardo Palma. Para decir- 
lo en breve síntesis, Palma es nuestro literato representativo, la 
fgura por la cual valemos algo en el mundo de las letras espa- 
ñolas. Una nación no triunfa en la historia sino por la vibra- 
ción que haya dejado en la vida superior de los pueblos. Nos- 
otros, lentos en la pujanza industrial y en las altas manifestacio- 
nes del espíritu, debemos enorgullecemos de que nuestro nom- 
bre sea saludado en América y España, dondequiera que se ex- 
tienda el idioma hispano, con admiración y entusiasmo al salu- 
dar a don Ricardo Palma. Por él vamos saliendo de la quiet.id 
intelectual y levantándonos en la ideal región de los espíritus 
enamorados del Arte, y sin exagerar puedo decir que en nuestro 
literato el ingenio se une a la magna laboriosidad ¡Cuántos li- 
bros de la Biblioteca, manuscritos curiosos, ilustrados, incuna- 
bles*, obras oscuras, llevan notas del bibliotecario! ¡Cuánta la- 
bor signiñca esa acumulación de lecturas y de observaciones! 

Palma signiñca en la historia intelectual del Perú, no 'j6^o 
el más genuino y robusto brote nacional, la planta autóctona d'^l 
arte propio, sino un perpetuo ejemplo de vidas vinculadas a la 
obra reflexiva del arte y al estudio. En labor de medio siglo, 
alejado de otras solicitaciones, ha escrito y publicado artículos 
y libros, ha seguido el movimiento intelectual, ha atraído hacia 
el Perú la mirada de los intelectuales. En nuestra nación tan 
pobre de espíritus de esta fecunda familia, el autor de las Tra- 
diciones hace pensar en que aún tenemos ingenio y persisten- 
cia para obras de valor ideal, para tentativas que se levantan 
sobre la mediocridad de los esfuerzos utilitarios y de las obras 
improvisadas. 

Como encarnación de nuestra personalidad intelectual, co- 
i.io simbc'o de restauración y de valor, como perpetua creación 
de la prolíñca Bohemia, don Ricardo Palma merecía lo que con 
avaricia se le niega. De las naciones puede decirse lo que en- 
cierra la frase antigua: humanus pancis vivit genus. Y como 
privilegiados por el ingenio y por el Arte son los que hacen la 
grandeza de las naciones y les infunden la eterna renovación de 
la gloria, la nación les debe un homenaje de gratitud y de ala- 
banza y todo lo que se les concede es pálido tributo a la obra de 



398 MERCURIO PERUANO 

elevación y de idealidad que realizan. En Francia los ministros 
de instrucción son los primeros en vibrar ante la llamada nacio- 
nal para honrar a los maestros. Han sabido encarnar aspiracio- 
nes comunes hasta tener la fortuna de cumplirlas. Ayer no 
más, en las fiestas de Renán, hablaba noblemente el ministro^ de 
|a gloria que enorgullecía a Francia, al celebrar la grandeza del 
artista y del sabio. Es que en Francia, por feliz efecto de una 
educación integral, no hay espíritus parciales encerrados en 
una sola dirección intelectual : el arte no es extraño a los hom- 
bres de ciencia; el abogado siente la noble sugestión de la filo- 
sofíc. y de las letras y la unidad de la vida ideal se presenta 
siempre a través de las vanidades profesionales. Sólo exten- 
diendo aquí esa vigorosa inclinación a la alta cultura, evitare- 
mos que alguna vez se olviden los mayores títulos de la inteli- 
gencia a la gratitud nacional. 

Pero no crea el maestro que aquí, en la juventud que lee y 
medita, se le mengüen prestigios y se discutan los esfuerzos de 
8U vida. Todos lo saludamos como al tronco glorioso de nues- 
tra vida intelectual, la columna solitaria en medio de la medio- 
cridad; todos quisiéramos ver coronado por el laurel de los in- 
mortales ese cerebro que ha vibrado ante todo rasgo de arte, 
que ha sentido la palpitación sagrada de la creación arística, 
que ha concentrado la admiración de América y España. 

Agosto, de 1904- 



DE D. JUAN V ALERA. 



A Don Ricardo Palma 



Muy estimado señor mío: Grandísimo gusto me ha dado 
el recibir y leer el libro que usted me envía, recién publicado 
en mi sentir, salvo que usted borda la verdad y la adorna con mil 
gunda parte del libro: Ultima serie de Tradiciones. En esas his- 
torias que usted refiere, como el vulgo y las viejas cuentan 
cuentos; donde hay, según usted añrma, algo de verdad y algo 
de mentira, yo no reconozco ni sospecho la mentira sino en las 
menudencias. Lo esencial y de más bulto es verdad del todo, 
en mi sentir salvo que usted borda la verdad y la adorna con mil 
primores que la hacen divertida, bonita y alegre. Por esto me 
duele la frase amenazadora última serie de Tradiciones. Quisiera 
yo, y estoy seguro de que lo querrían muchos, que escribiese us- 
ted otros tres o cuatro tomos más sobre los ya escritos. Yo ten- 
go la ñrme persuasión de que no hay historia grave, severa y ri- 
ca de documentos fehacientes, que venza a las Tradiciones de 
usted en dar idea clara de lo que fué el Perú, hasta hace poco, 
y en presentar su fiel retrato. 

Soy andaluz, y no lo puedo remediar ni disimular. Soy ade- 
más, y procuro ser, optimista, y como me parece esa gente que 
usted nos pinta, la flor y nata del hombre y de la mujer de An- 
dalucía que se han extremado y elevado a la tercera potencia al 
trasplantarse y al aclimatarse allí, todo me cae en gracia, y no 
me avengo a las declamaciones que hacen algunos críticos ame- 
ricanos al elogiar la obra de usted como sin duda lo merece. 

¿Para qué he de ocultárselo a usted? Aunque soy muy en- 
tusiasta de la América española, o dígase latina, ya que, por no 
llamarla española le han puesto ustedes ese apodo, confieso que 
me aburre, más que me enoja, la manía de encarecer, con lamentos 
o con maldiciones, todas las picardías, crueldades, estupideces y 
burradas, que dicen que los españoles hicimos por ahí. Se di- 
ría que los que fueron a hacerlas, las hicieron, y luego se vol- 



400 MERCURIO PERUANO 

vieron a España, y no se quedaron en América sino los que no 
las hicieron. Se diría que la Inquisición, los autos de fe, las 
brujas y los herejes achicharrados, la enorme cantidad de mon- 
jas y de frailes, la añción a la holganza y los amorios, la nin- 
guna afición a trabajar, y todos los demás vicios, errores y de- 
fectos, los llevamos nosotros allá, donde sólo había virtudes y 
perfecciones. Se diría que nada bueno llevamos nosotros a A- 
mcrica, ni siquiera a ustedes, ya que en este supuesto, o no se- 
rían ustedes blancos, o serian indios, o nacerían ahí. no de pa- 
dres y madres españolas, sino por generación espontánea. Y se 
diría, por último, que de todos los milagros que hicieron los 
santos que hubo en el Perú, tiene España la culpa, como si sólo 
en España y en sus colonias se hubieran hecho milagros, se hu- 
biera quemado brujas y hubiera sido la gente más inclinada al 
bureo que al estudio, al despilfarro que al ahorro, a divertirse 
que a atarearse. 

Si aquellos polvos traen estos lodos; si de resultas de no 
haber filosofado bien, de haber sido holgazanes y fanáticos, y 
de los otros mil pecados de que se nos acusa, somos hoy más 
pobres, más débiles, más desgobernados y más infelices nosotros 
que los franceses y alemanes, y ustedes que los yankees, no es- 
tá bien que toda la culpa caiga sobre nosotros, y que los discur- 
sos de esos críticos sean una paráfrasis de aquellos que dijo el 
cazo a la sartén: quítate, que me tiznas, negra. 

Procuremos enmendarnos aquí y allá; arrepintámonos de 
nuestras culpas y no juguemos con ellas a la pelota, arrojándo- 
noslas unos a otros ¿Quién sabe entonces, si es que la elevación 
de unas naciones sobre otras y el predominio nacen de mereci- 
mientos y de circunstancias y de leyes históricas, y que tal vez 
ni se sustraen a la voluntad humana, que tal vez ni se ven ni se 
explican por los entendimientos más agudos; quién sabe, digo, 
si volveremos a levantarnos de la postración y hundimiento en 
que nos hallamos ahora? 

Entretanto, lo mejor es que cesen las recriminaciones que 
a nada conducen; y lo peor es que cada español o cada hispano- 
americano se crea ser excepcional y reniegue de su casta, en la 
cual se considera el único discreto, hábil, listo, laborioso, justo 
y benéfico. 

Va todo esto contra los críticos de ahí que, al elogiar la 
obra de ustedes, nos maltratan. Nada va contra usted, que des- 
cribe la época colonial como fué; pero con amor, piedad e in- 
dulgencia filiales. 



A DON RICARDO PALMA 401 

La obra de usted es amenísima. El asunto está despilfarra- 
do, tan conciso es el estilo. Anécdotas, leyendas, cuadros de 
costumbres, estudios críticos, todo se sucede con rapidez, pres- 
tando grata variedad a la obra, cuya unidad consiste en que to- 
do concurre a pintar la sociedad, la vida y las costumbres pe- 
ruanas, desde la llegada de Francisco Pizarro hasta casi nues- 
tros días. 

En la manera de escribir de usted hay algo parecido a la 
manera de mi antiguo y grande amigo Serafín Estébanez Calde- 
rón, El Solitario; portentosa riqueza de voces, frases y giros, 
tomadas alternativamente de boca del vulgo, de la ^ente que bu- 
lle en mercados y tabernas, y de los libros y demás escritos an- 
tiguos de los siglos XVI y XVII y barajado todo ello y combi- 
nado con no pequeño artificio. En El Solitario había más ele- 
gancia y atildamiento; en usted mucha más facilidad, esponta- 
neidad y concisión. 

Por lo menos las dos terceras partes de las historias que 
usted refiere, me saben a poco; me pesa de que no estén conta- 
das con dos o tres veces más detención y deí?arrollo. Algunas 
hay en las que veo materia bastante para una extensa novela, y 
que sin embargo, apenas llenan un par de páginas del libro de 
usted. 

Aunque es usted tan conciso, tiene usted el arte de animar 
las figuras, dejándolas grabadas en la imaginación del lector. 
Los personajes que hace usted desfilar por delante de nosotros, 
virreyes, generales, jueces, frailes, inquisidores insurgentes y 
realistas, nos parecen vivos y conocidos, como si en realidad los 
tratásemos . 

Todo lo demás que contiene su libro me parece bien. Sólo 
me pesa el aborrecimiento de usted a los jesuíta?, y lo mal que 
los quiere y trata. Pero, en fin, no hemos de estar de acuerdo 
en todo. 

De cuanto queda dicho, infiero yo, y doy por cierto, que es 
usted un escritor muy original y de nota, cuya popularidad por 
toda la América española es fundadísima, cunde y no ha de ser 
efímera, sino muy duradera. 

Mil gracias por su divertidísimo libro, y créame siempre 
su amigo. 

(De las "Cartas Americanas") 



DE D. RAFAEL ALTAMIRA. 



Literato Americano 



Hace algunos años solazábame yo, allá en las soledades del 
aburrido Ateneo de provincia, que era mi centro intelectual, con 
la lectura de unos sabrosísimos cuentos titulados Tradiciones, 
que publicaba en las hoja literaria del Día un señor llamado Ri- 
cardo Palma. 

— i Caramba !•— decía yo para mis adentros, — ¿quién será es- 
te don Ricardo, que escribe con tanta gracia y en castellano tan 
pulido? Y como a fuer de buen estudiante de literatura españo- 
1 1, llevara yo, por entonces, la flaqueza de las pompas munda- 
nales por el lado de la Academia de la Lengua, debo confesar 
que me enamoraba, sobre todo, lo castizo y retocado de la fra- 
se, el tufillo clásico arcaizante y rancio que exhalaban las Tra- 
diciones. Claro es que no se me ocurrió pensar que el señor 
Palma fuese americano. De América sabía yo poco; y desde 
luego me figuraba que, en punto a idioma, había de ser preciso 
{.oner una tabla de voces al ñnal de cada libro de aquellas tie> 
rras. Bien es verdad que al sustantivo Tradiciones acompañaba 
el adjetivo peruanas. Pero no caía en la cuenta, ni en el Ateneo 
había nadie que supiese cosa mayor. Me consuela de este yerro 
pensar que todavía siguen sabiendo muchos españoles tanto co- 
mo mis consocios y yo sabíamos entonces de literatura america- 
na. 

Al fin, un chico que se había venido de la capital de Espa- 
ña nos trajo, en su primera vuelta a la tierra, la confidencia im- 
portante, adquirida en plena cacharrería del Ateneo matritense, 
de que el autor de Tradiciones peruanas era peruano legítimo. 
A la vez caía en mis manos la novela María, de Jorge Isaacs 
que gusté, apesar de mis aficiones naturalistas, que iban enton- 
ces comenzando; y estos dos solos hechos fueron suficientes a 
que yo convirtiese mi atención a la literatura de los pueblos her- 
manos del Sur de América. 



LITERATO AMERICANO 



403 



Desde entonces, uno de mis más constantes propósitos ha 
sido contribuir a que en España se conociese los nombres y los 
libros que son populares allá; y huélgome en decir que, por lo 
que toca a la poesía, el pandero está ya en otras manos, pero in- 
ñn-tamente mejores, en las de Menéndez y Pelayo, que tiene ya 
terminada — según me ha dicho, una Antología de poetas hispa- 
noramericanos . 

Y vuelvo a Ricardo Palma. 



La segunda relación intelectual que con él he tenido la 
debo a otras Tradiciones publicadas en La Ilustración Artística, 
de Barcelona, y especialmente a unas que se refieren a Carba- 
jal, el gran guerrero de Pizarro. Aun no hace muchos meses, 
volví a leerlas, con ocasión de la conferencia que sobre La Gas- 
ea dio en el Ateneo Rafael Salillas; y recuerdo que Salillas y yo 
charlamos acerca de la figura característica y salvaje del brioso 
soldado, en función de la cual se explayaron las aficiones y sa- 
bidurías antropológicas de mi amigo, en grandes disquisiciones 
curiosas. Estas renovaciones de amistades literarias con Palma 
hicieron renacer mi deseo de preocuparme todos sus libros, e i- 
dear.do estaba el modo de conseguirlo, cuando cátate que un lu- 
nes, en plena tertulia en casa de mi distinguida amiga Emilia 
Pardo Bazán, estando discutiendo sobre dramática la dueña de 
la casa, Luis Vidart, el insigne orador portugués Pinheiro- 
Chcgas y el infrascrito, entra un caballero alto, delgado, serio, 
cot rectísimo de modales, y de aspecto al parecer, entre militar 
y ciplomático, a quien la insigne escritora presente, diciendo: 

— Don Ricardo Palma, literato peruano. 

Sí, señores. Palma el propio Palma de las Tradiciones. Ha 
venido a España como delegado del Perú en los congresos ame- 
ric: nistas, literario y geográfico, y es nuestro huésped. 

Quedé asombrado de mi buena estrella. A poco que pude, 
arrinconé a Palma y formé con él rancho aparte. Tenía yo an- 
siedad por hablar con aquel señor que escribía tan correcto cas- 
tellano, para preguntarle, cuando menos, cómo diantres había 
conseguido tal gracia en estos tiempos de galicismo?; y de tutela 
extranjera, que con toda razón (dicho sea en honor de la ver- 
dad), sufrimos en punto a la vida intelectual. 



404 MERCURIO PERUANO 

Encantóme la suavidad y pureza del habla de mi interlocu- 
tor. Algo se le nota en el acento que es americano; mas por 
la serenidad imperdurable con que conversa, no \o parece. 

Claro que no hube de contentarme con aquella entrevista. 
Fui a verlo una mañana, en su habitación de viajero, en la calle 
del Carmen.. La sala rebosa libros por todos lados: libros es- 
pañoles, regalados o adquiridos, que Ricardo Palma, como buen 
patriota, envía por cajones a la Biblioteca Nacional del Perú, de 
Id que es director. Hablamos mucho de literatura americana, un 
poco de la española y algo de política. Entonces vi animarse el' 
rostro de Palma al contarme cosas de la patria lejana, recuer- 
dos de sus bohemias de muchacho y de sus luchas de político, 
pues lo mismo ha pronunciado discursos en las Cámaras, que ha 
manejado el fusil en la guerra y esgrimido la pluma en el perio- 
dismo. 



Nació Ricardo Palma en Lima, el 7 de Febrero de 1833, y 
empezó a bullir entre la juventud literaria de 1848, importadora 
de las novedades románticas, y en cuyas filas figuraban nombres 
que fueron ilustres. Velarde, Arnaldo Márquez. Liona, Althaus 
y otros. El mismo cuenta las proezas de aquella animosa jueven- 
tud en un sabrosísimo prólogo que, con el título de la Bohemia 
Limeña de 1884 a 1860, encabeza la edición completa de sus 
Poesías hecha en Lima en 1887. 

No puedo arrancar, como sería de mi gusto, toda esa his- 
toria literaria, tan curiosa y simpática, que trae al recuerdo la 
novela de la bohemia parisién que escribió Murger. Me falta 
espacio, y temo además, con razón, deslucir el asunto, que, des- 
pués de tocado por la prosa elegante de Palma, queda por terre- 
no vedado a los que sólo nominalmente escribimos en la lengua 
de Cervantes. 

Recordaré sólo los nombres de Fernando Velarde, el poeta, 
jefe de toda aquella generación revolucionaria; el de Liona, 
poeta también, deliciosísimo (que hoy vive en Guayaquil, casa- 
do con una escritora, igualmente notable, Lastenia Larriva) ; el 
del lírico Márquez; los de los novelistas Cisneros y Aréstegui; 
el de! poeta cómico Sep:ura; el de Pardo, educado en Madrid 
con sus compatriotas Mazo y Pezuela, que es nuestro conde de 
Cheste; y en fin, el de la señora Gorriti, novelista, entre cuyas 
obras se cuenta una titulada La Quena, que Palma tiene "después 



LITERATO AMERICANO 40 5 

de este idilio de Jorge Isaacs, que se llama "María", por "la más 
bella novela que se ha publicado en la América Latina". 

Conviene advertir que, lo mismo en tiempo de la bohe- 
mia que hoy día — pero sobre todo ahora — la mayor parte de 
los novelistas peruanos son (como en Inglaterra) mujeres. Apar- 
te de la Gorriti, que nació en 1819 y que acaba de morir aun no 
hace un mes, en Buenos Aires, díganlo los nombres de Merce- 
des Cabello de Carbonera, de Clorinda Matto de Turner, y de 
Teresa G. de Fanning, cuyo libro, Lucecitas, aparecerá muy 
en breve en Madrid, con un prólogo de Emilia Pardo Bazán. 

Palma debutó con varios dramas, tributo que pagan todos los 
literatos jóvenes a la casi inevitable seducción de la escena; pe- 
ro desistió pronto de este camino y su gloria literaria la debe a 
seis colecciones de poesías y a las ocho series de Tradiciones en 
prosa que, juntas, van a editarse ahora en Barcelona. 

Como poeta, apenas se conoce a Palma en España. Por eso 
conviene decir que, en las colecciones citadas, y especialmente 
en la que se titula Armonías que es también la que prefiere su 
autor, hay poesías dignas de ser aprendidas por todos. Entre 
ellas figura una delicadísima, titulada Camino del i.ielo, que me- 
reció el honor de ser traducida al portugués por Serra, y al ale- 
mán por Darapsky, y cuya factura es análoga a la que, años más 
tarde, había de usar el gran Anthero de Quental ru su epitafio 
a una niña, hermana del periodista y poeta portugués Joaquín 
de Araujo. 

En cuanto a las Tradiciones, ¿qué he de decir? Bien cono- 
cidas son de nuestro público español. Reproducir alguna, seria 
traer innecesariamente a la memoria cosas que una vez leídas no 
se olvidan jamás. Por eso yo he querido proporcionar a mis lec- 
tores placer todavía más grande, cual es el de gustar una tradi- 
ción inédita, y gracias a la amabilidad del autor, así será en el 
número próximo de la Justicia. 

Y con esto de conceder la palabra al literato limeño, es 
obligado que cierre yo la desaliñada semblanza que he intentado 
escribir. 

Madrid — 1892. 



DE RUBÉN DARÍO. 



Ricardo Palma 



Fui desde el Callao a Lima, por sólo conocerle, en Febrero 
de 1888. De a bordo a tierra iba con un chileno que me decía: — 
"¡No vaya usted a verle; es como un ogro de terco! — Yo pensa- 
ba para mi coleto: — De un regaño no ha de pasar. .Y ¡cáspita! re- 
cordaba mi Canto épico a las Glorias de Chile. 

Llevado por un coche que encontré en la calle de Mercade- 
res, después de caminar un buen rato por aquellas calles de la 
alegre ciudad de los virreyes,, me encontré a las puertas de la 
Biblioteca Nacional. Entré y, tras pasar largos corredores, lle- 
gué al departamento del señor Director. Frente a la puerta de 
su oñcina me detuve un momento, para admirar el célebre cuadro 
de Montero La muerte de Atahualpa. Por fín, valor y adelante. 
Dos golpecitos en la puerta. . . De un regaño no ha de pasar. . . 



— "¡Oh, mi señor don Darío Rubén!. ..." Ante una mesa to- 
da llena de papeles nuevos y viejos, viejos sobre todo, estaba Ri- 
cardo Palma y me recibía con una amable sonrisa, que me daba 
ánimos, debajo de sus espesos y canosos bigotes retorcidos. ¡ Fi- 
gura simpática e interesante en verdad! Mediano de cuerpo, ágil 
a pesar de su gruesa carga de años, ojos brillantes que hablan y 
párpados movibles que subrayan, a veces, lo que dicen los ojos; 
rápido gesto de buen conversador, y palabra fácil y amena, ¡ tal 
era el ogro! — "Oh, mi señor don Darío Rubén"... Así me salu- 
dó, así, poniendo el apellido primero y el nombre después. Mi 
pobre nombre tiene esa capellanía. En diarios sud-americanos 
he leído: "El escritor que se oculta bajo el pseudónimo de Ru- 
bén Darío " Sí, unos lo creen pseudónimo, otros lo colocan 

al revés, como el ingenio de las Tradiciones, y otros, como don 
Juan Valera, dicen que es un nombre "contrahecho o fingido". . 

¡Válgame Dios! Pero dejo para otra vez de contar por qué 



i 



RICARDO PALMA 407 

mi nombre es judaico y mi apellido persa, y vuelvo a don Ricar- 
do. Me habló de su vida entre papeles antiguos, llenos de pol- 
vo y polillas; de literatos chilenos amigos suyos; de su querida 
Biblioteca, que está restaurándose; de la guerra del Pacífico, 

(ahora viene el regaño, pensé ) ; ¡de tantas cosas más ! Luego 

me llevó a conocer todos los departamentos del e.^iñcio, el salón 
de pinturas y esculturas nacionales, el de lectura y los extensí- 
simos de los libros y manuscritos. No pude menos que excla- 
mar: "¡Rica Biblioteca!" Encendí la pólvora. Vino el regaño, 
pero no para mí; no apareció el ogro sino el hombrecito vibran- 
te y patriota: — "¡Rica antes de que la destrozaran los chilenos! 
Cuando la ocupación entraban los soldados ebrios a robarse los 
libros. Vea usted, mi señor don Darío, vea usted". Se acercó a 
un estante y tomó un precioso incunable en una de cuyas pági- 
nas estaba escrito, con letra de Palma, que el libro había sido 
comprado en dos reales a un soldado de Chile. Me narraba atro- 
cidades. Me dijo todo lo que había sufrido en los tiempos te- 
rribles. Y al oírle hablar todo nervioso, con voz conmovida, yo 
pensaba: ¿A qué hora le llegará su turno a mi Canto épico? No 
le tocó. 



Libros ingleses, libros alemanes, libros italianos y america- 
nos, libros españoles, la vieja legión de clásicos, y casi todos los 
autores modernos, estaban en aquellas estanterías; y luego el 
amarillento archivo colonial, los cronicones vestustos, la vasta 
mina escabrosa de donde el brillante y original trabajador pe- 
ruano saca, a la luz del mundo literario, el grano de oro sin li- 
ga que resplandece con brillo alegre en sus tradiciones incompa- 
rables. 

— "Me da tristeza, me dijo, que la parte americana sea tan 
pobre". Y en efecto, hacían falta muchas notables obras chile- 
nas argentinas, venezolanas, colombianas, ecuatorianas y, con 
especialidad, centro-americanas. Recuerdo que entre los libros 
de Guatemala encontré algunos de autores cubanos. Batres Mon- 
tiifar, el príncipe de los conteurs en verso, estaba allí; pero no 
García Goyena, el egregio fabulista, honra de la América Cen- 
tral, aunque nacido en el Ecuador. 

Pasamos luego a un gran salón donde están los retratos de 
los presidentes del Perú, destacándose entre ellos el del Gene- 
ral Cáceres, en su caballo guerrero de belfo espumoso y brava 
estampa . 



40B MERCURIO PERUANO 

Vi también el de aquel indio legendario que, correo 

de guerra, tomado por el enemigo, se comió las cartas que lle- 
vaba, antes que entregarlas, y murió fieramente. Palma me ex- 
plicaba todo, complaciente, afable, citando nombres y fechas, 
basta que volvimos a su oficina, donde llama la atención, en una 
de las paredes, un gran cuadro, formado con billetes de banco y 
sellos de correo peruanos. 



Mientras él me hablaba de sus nuevos trabajos, y de que 
pensaba entrar en arreglos con un editor de Buenos Aires, para 
publicar una edición completa de sus tradiciones, yo recorda- 
ba que, en el principio de mi juventud, me había parecido un 
hermoso sueño irrealizable estar frente a frente con el poeta de 
Armonías, de quien me sabía desde niño aquello ds 

I Parto, oh patria, desterrado I 
De tu cielo arrebolado 
mis miradas van en pos. 

Y en la estela 

que riela 
sobre la faz de los mares, 
{ay! envío a mis hogares 

un adiós; 

y con el autor de tanta famosa tradición, cuyo nombre ha alabado 
la prensa del mundo, desde "£I Fígaro" de París hasta el último 
de nuestros periódicos. Y veía que el ogro no era tal ogro, sino 
un corazón bondadoso, una palabra alentadora y lisonjera, un 
conversador jovial, un ingenio en quien, con harta justicia, la 
América ve una gloria suya. 

En sus juicios literarios se dejan ver sus conocimientos del 
arte y su fina percepción estética. El es decidido afiliado a la 
corrección clásica, y respeta a la Academia. Pero comprende y 
admira el espíritu nuevo que hoy anima a un pequeño, pero 
triunfante y soberbio, grupo de escritores y poeta de la América 
española; el modernismo. Conviene a saber: la elevación y la 
demostración en la crítica, con la prohibición de que el maestro 
de escuela anodino, y el pedagogo chascarrillero penetran al 
templo del arte; la libertad y el vuelo, el triunfo de lo bello so- 
bre lo preceptivo, en la prosa; y la novedad en la poesía: dar co- 



RICARDO PALMA 409 

lor, y vida, y aire, y flexibilidad al antiguo verso que sufría an- 
kilosis, apretado entre tomados moldes de hierro. Por eso él, el 
impecable, el orfebre buscador de joyas viejas, el delicioso anti- 
cuario de frases y refranes, aplaude a Díaz Mirón, el poderoso, 
y a Gutiérrez Nájera, cuya pluma aristocrática no escribe para 
la burguesía literaria, y a Rafael Obligado, y a Puga Acal, y al 
chileno Tondreau, y al salvadoreño Gavidia y al guatemalteco 
Domingo Estrada. Deleita oír a Palma tratar de asuntos filosó- 
ficos y artísticos, porque se advierte que en aquel cuerpo que se 
halla a las puertas de la ancianidad, corre una sangre viva y jo- 
ven, y en aquella alma arde un fuego sagrado, que se derrama en 
claridades de nobilísimo entusiasmo. 



Es la primera figura literaria que hoy tiene el Perú, junto 
con mi querido amigo el poeta Márquez, insigne traductor de 
Shakespeare. Y — a propósito de poetas, — en una de sus cartas 
me decía una vez don Ricardo: "Yo no soy poeta". Ante esta 
declaración, no hice sino recordar su magistral traducción de 
Víctor Hugo, donde aparece, formidable y aterrador, aquel ojo 
que, desde lo infinito, está fijo mirando a Caín, en todas partes. 
En cuanto a sus versos lijeros y jocosos, pocos hay que le aven- 
tajen en gracia y facilidad. Tienen la mayor parte de ellos un 
algo encantador, y es la nota limeña. 

{Lima! Ya lo he dicho en otra parte: Si Santiago es la 
fuerza, Lima es la gracia. Si queréis gozar, oh los que leáis es- 
tas líneas, id a Lima, si tenéis dinero; y si no lo tenéis, también 
id. Hallareis un delicioso clima, muchas flores, un cielo azul y 
radiante. Y sobre todo, allí encontrareis a la andaluza de Amé- 
rica, a la mujer limeña, breve de pié y de mano, de boca roja y 
ojos que hipnotizan, incendian y enloquecen. Id al hermoso pa- 
seo de la Exposición lleno de kioskos, alamedas, jardines y 
verdores alegres; id en las tardes de paseo, cuando están las 
mujeres entre los árboles y las rosas, como en una fiesta de 
hermosura, o en concurso de gracias, dominadoras y gentiles. 
O pasad por las portales cuando, envueltas en «us mantos ne- 
gros, pasan las damas que sólo dejan ver algo del blancor rosa- 
do del rostro, en el que, incrustrados, como estrellas negras, es- 
tán, encendidos de amor, los ojos bellos. 

El pueblo de Lima canta con arpa. La cerx'eza de Lima es 
excelente. En la ciudad de Santa Rosa, se fabricó un palacio la 



410 MERCURIO PERUANO 

alegría. Lima gusta de los toros, como buena hija de España. 
Sus teatros son a menudo visitados por buenas troupes, y el pú- 
blico es inteligente y entusiasta por el arte. Flota aún sobre 
Lima algo del buen tiempo viejo, de la época colonial. Lima 
tiene paseos, plazas, estatuas. Sobre una gran columna, que con- 
memora el célebre 2 de Mayo, se alza líricamente una fama que 
emboca su sonoro clarín. En otro lugar he visto a Simón Bolí- 
var en su caballo de bronce, con la espada victoriosa en su dies- 
tra de héroe. Lima es católica, pero está llena de masones. En Li- 
ma.hay familias de noble y pura sangre española. En el pueblo 
de Lima se puede notar ahora la más extraña confusión de ra- 
zas: chino y negro, blanco y chino, indio y blanco, y las vana- 
ciones consiguientes—El cholo es débil, pero canta claro y es 
añagacero. Lima es pintoresca, franca, hospitalaria, garbosa, 
complaciente y risueña. El que entra a Lima está en el" remo del 
placer. En Lima no llueve nunca. La tr adición, -tn el sentido 
que Palma la ha impuesto al mundo literario,-es flor de Lima. 
La tradición cultivada fuera de Lima, y por otra pluma que no 
sea la de Palma, no se da bien, tiene poco perfume, se ve falta 
de color Y es que, así como Vicuña Mackenna fué el primer 
santiaguino de Santiago, Ricardo Palma es el primer limeño de 
Lima. 

Me despedí de él con pena. ¡Quién sabe si volveré a verle 1 
Y ya en el coche, que volaba camino del hotel,-donde tenía que 
ver a Eloy Alfaro,-con los ojos entrecerrados, satisfecho de mi 
visita, sonreía al pensar en que el ogro no era como me lo pinta- 
ba mi amigo el chileno; y guardaba con orgullo en mi memoria, 
para conservarlo eternamente, el recuerdo de aquel viejecito, de 
aquel buen amigo, de aquel glorioso príncipe del ingenio. 

Guatemala, — 1890. 




as 

B 
<u 
x¡ 

< 00 
X) 

g o 

12. 
.§<í3 

o^ 
ro a) 

TD a) 
«^ 



<u 
-O 

6 



o 

3 




DE D. GONZALO BULNES. 



Ropa Vieja 



El notable literato peruano don Ricardo Palma ha enrique- 
cido las letras americanas con un nuevo volumen de Tradiciones, 
que robustecerá la vasta y asentada fama de que goza entre los 
cultivadores de la lengua castellana. El título de su nueva obra 
no es muy exacto, porque no se ha limitado a cortar ropa vieja 
sino también nueva, buscando el tema de sus artículos en la 
época de la independencia y dedicando estudios bibliográfícos a 
obras recientes, de flamantes escritores contemporáneos. Hace- 
mos esta salvedad, porque sería un error suponer que sólo los 
trajes viejos de su guarda-ropa son dignos de la atención del 
lector . 

Sería empresa diñcil hacer comprender a una persona que 
no haya leído a Palma en qué consiste el género literario creado 
por él. Una tradición es un cuento arrancado a la vida social, 
antigua o moderna; un episodio casero que adorna con el atavío 
de su lenguaje, que pule, y de objeto burdo que era, lo trasforma 
en obra de arte acabada. Es el oro bruto convertido por mano 
de artíñce en joya delicada; es la piedra de la estatuaria en po- 
der de un artista consumado, que la anima con su gracia y que 
le comunica su expresión. De aquí proviene que sea imposible 
dar a conocer las obras de Palma por un mero juicio literario, el 
que corriera el riesgo de ser tan insustancial e insípido como las 
revistas de cuadros o las descripciones de museos. 

Lo mejor en estos casos es decir al público: — Juzga tú mis- 
mo. Y así convido yo al lector a juzgar a Palma, seguro de que 
encontrará en sus tradiciones el deleite que producen las bue- 
nas letras, y el provecho de conocer la vida social de Lima du- 
rante la colonia. 

Palma no se ocupa sino ocasionalmente de los hechos que 
han pasado sometidos a la admiración o la censura pública; no 



412 MERCURIO PERUANO 

describe batallas; no juzga situaciones políticas. Deja esa gran 
labor a los historiadores. El se ocupa de los detalles que carac- 
terizan una época y, si me fuera dado expresar mi pensamiento 
en una idea, diría que me hace el efecto del que observa la vida 
de un pueblo por el ojo de una llave; observatorio cómodo para 
atrapar los incidentes o para fijarse en los detalles, pero inade- 
cuado para abarcar con amplitud el vasto horizonte en que se 
ajitan las pasiones y los intereses de los pueblos. 

Consideradas así, las tradiciones son un auxiliar de la his- 
toria . 

Una infinidad de detalles le pasarían inadvertidos al histo- 
riador si el vidrio de aumento del tradicionista no se hubiese 
ocupado de desentrañarlos, de darles proporciones y de presen- 
tarlos a sus ojos en forma limpia y concreta. 

En lo que el autor descuella es en el conocimiento del idio- 
ma castellano y en el gobierno de la frase antigua. Creo no 
equivocarme al asegurar que, en este sentido, Palma ocupa uno 
de los primeros puestos entre los buenos escritores que han 
honrado la lengua de Cervantes. 

La frase es, en sus manos, lo que el florete en las de un es- 
padachín; juega con ella; exajera, a veces, la flexibilidad de su 
arma; es amigo de lucir su destreza con suertes raras e inespe- 
radas. Su maestría lo induce a abusar de su reconocida compe- 
tencia, y este es uno de sus defectos, por que, en ocasiones, su 
lenguaje peca de habilidoso y de rebuscado. Y le hago este car- 
go con mayor fundamento cuanto que, dando libertad a su plu- 
ma, ha escrito páginas verdaderamente notables en el Apéndice. 

Es imposible, cuando se escribe sobre un libro en que los 
hechos pasan ante la vista a manera de imágene? por el vidrio 
de un kaleidoscopio, decir algo individualmente de cada uno de 
sus cuadros, puesto que cada página necesitaría i»na explicación 
especial, lo que, en la práctica, equivaldría a escribir un nuevo 
libro de Tradiciones para juzgar las de Palma, y Dios me libre 
del pensamiento de intentar seguirle en el camino difícil en que 
marcha tan ufana y gloriosamente. Colocado en la imposibilidad 
de dar un trasunto de sus principales tradiciones, me limito a 
enumerar las que considero mejores. 

La gran querella de los barberos es una de las más notables 
del libro, y en su género quizás la primera, y dijera sin vacilar 
la primera, si el tema interesantísimo de Pan, queso y raspadura, 
que cuenta episódicamente la batalla de Ayacuchc, no desperta- 
ra más interés. 



KÓPA VIEJA 413 

La. Protectora y la Libertadora hacen revivir, en el recuer- 
do de dos ancianas abandonadas por la fortuna, el reflejo de los 
grandes capitanes que amaron en su juventud, y parecen una 
leproducción al natural de su historia — gloriosa y desgraciada. 

Francisco Bolognesi es el homenaje que el autor tributa a 
un hombre que hizo honor a su país; y Un ventrílocuo, un epi- 
sodio gracioso de un general colombiano, y hecha esta nomen- 
clatura de las principales tradiciones, paso al Apéndice que con- 
tiene escritos de otro género. 

Si, escribiendo el Apéndice, Palma ha querido probar que 
es capaz de manejar el estilo suelto y llano con la misma gallar- 
día con que usa el, a veces, oscuro de las tradiciones, la prueba 
no puede ser más decisiva. Así como allá hemos admirado el 
uTte de hacer ñligrana, aquí se admira el trabajo de un artista 
en grande, que le dá vuelo a su genio literario. 

En el Apéndice, los dos trabajos de más importancia son 
un estudio bibliográñco sobre la Historia del Perú del jesuíta 
Cappa, y el discurso de orden al inaugurarse, en Lima, la sec- 
ción correspondiente de la Academia Española. 

Recorre el autor en este último, a grandes rasgos, las eta- 
pas más prominentes del ingenio peruano, y se detiene en las fi- 
guras culminantes que honraron su literatura. Como juicio crí- 
tico del pensamiento peruano, es tan breve como puede serlo un 
dircurso académico, y no estamos en aptitud de juzgar si el ave 
bajó a posarse en ñguras dignas de su atrevido vuelo. Pero lo 
que no puede negarse es que el autor, principalmente al referir- 
se al período del coloniaje, encontró frases de alta elocuencia 
para caracterizar a algunos de sus representantes. 

Palma, a quien se encuentra de ordinario burlón, alegre, be- 
névolo, haciendo, a propósito de todo, despilfarro de ingenio, se 
torna adusto y cruel al juzgar la institución de los jesuítas y el 
libro del padre Cappa. Los adjetivos hirientes, las frases san- 
grientas, corren en esas páginas con la misma abundancia con 
que juguetea la gracia bondadosa y burlona en las tradiciones. 
Pero quienquiera que tenga el amor de la patria y la noción de 
sus deberes, sentirá que se le comunica la legítima indignación 
con que el crítico azota el rostro del sacerdote español que, es- 
cribiendo para la juventud de Lima, enaltece el virreinato y es- 
carnece la república; que endiosa la Inquisición y maldice la li- 
bertad de conciencia; que injuria a los libertadores, por ser ta- 
les, sin exceptuar a San Martín ni a Bolívar. Puede existir di- 
ferencia de apreciación sobre esos personajes; puede creerse que 



414 MERCURIO PERUANO 

la obra del tal o cual fué errada; puede sostenerse el que la re« 
pública desvió su rumbo apartándose de los grandes ideales, que 
colocó a la vista de la América la mano de la revolución. Pueden 
có r la vista de la América la mano de la revolución. Pueden 
creerse muchas cosas; pero jamás será lícito intentar arrojar 
en la cabeza de los niños la semilla de reacción contra la liber- 
tad de pensamiento, la revolución de la indeoendencia y la 
república. 

En resumen, el libro de Palma debe ser leído por cuantos 
tengan interés en el cultivo y desarrollo de las buenas letras en 
América. Fruto de Lima, como la granadilla y las limeñas, las 
Tradiciones saben al zahumerio de sus conventos y al perfume 
de su campiña tropical. Y aquí es del caso repetir con el autor, 
aplicando a la Hteratura lo que el dice de la poesía: — "Parece 
"que las frescas alboradas, la irisada luz crepuscular, lo rever- 
"berante del sol, lo diáfano del cielo en nuestras tibias noches 
**de luna, y lo grato y suave del clima con que Dios favoreciera 
"a la gentil ciudad fundada por Pizarro, predispusieran el cora- 
"zón y el cerebro para las delicadas y fantásticas idealidades de 
"la poesía". 

(Santiago de Chile.) 



DE D. FELIPE BARREDA Y LAOS. 



Recuerdos de una velada (1) 



La ñgura de Palma comienza a esbozarse en la historia de 
la literatura peruana, en un medio social donde existían fuer- 
zas muy poderosas y contradictorias, originarias de constante 
desequilibrio. Las campañas de la Independencia habían dado 
en tierra con las instituciones coloniales, rompiendo aquella es- 
tabilidad social lograda con no poco esfuerzo, y sustentada so- 
bre el rigor de la autoridad, el encadenamiento de todas las fuer- 
zas libres del espíritu humano, la rigidez de las jerarquías, la 
severa y sanguinaria sujeción de los esclavos y el terror que 
inspiraba la Inquisición. La guerra de emancipación nacional 
anuló estas fuerzas que mantenían aquel equilibrio inestable en 
la Colonia, originándose súbitamente el derrumbamiento de la 
organización política y social de tres siglos. Difícilmente pode- 
mos darnos cuenta de las conmociones operadas en el espíritu, 
como consecuencia del triunfo de la emancipación. Los dere- 
chos del hombre proclamados en el estatuto provisorio, hacen 
surgir nuevas clases sociales. Legiones de siervos aspiran a su 
total emancipación, y el esclavo sojuzgado por el yugo del amo, 
transfórmase en obrero libre a quien nadie niega el aprovecha- 



(i). — En 1 91 2, la juventud de Lima, representada por un notable 
grupo de intelectuales, queriendo desagraviar a D . Ricardo Palma, por 
la injustísima remoción que sufrió por parte del gobierno de entonces, 
de la dirección de la Biblioteca Nacional, que restaiiró y engrandeció 
con indecible tesón, organizó en homenaje del maestro un^ velada lite- 
raria en que se leyeron discursos críticos sobre la obra y la personali- 
dad del ilustre literato. Por no haber perdido su actualidad, merced al 
carácter crítico que tienen, reproducimos aquí los discursos de los se- 
ñores Felipe Barreda y I aos y Juan B . de Lavalle e insertamos tam- 
bién los versos de José Gálvez. 



416 MERCURIO PERUANO 

miento personal del fruto del trabajo. Artesanos y burgueses, 
emancipados y enriquecidos, surgen de las profundidades don- 
de gemían antiguamente en la estrechez, la ignorancia y el opro- 
bio del vasallaje; aparecen en escena, echan de lado sus modes- 
tas ropas, se yerguen altivos y amenazadores contra los antiguos 
señores, sin respeto para los descendientes de la vieja aristocra- 
cia; suspiran por la dicha de distinguirse, saben que la sociedad 
quiere que el hombre rústico valga lo mismo que el señor; que 
la elegancia en la ropa es cuestión de sastre, y los títulos nobi- 
liarios cuestión de cancillería; y que la única patente verdadera 
de superioridad y de honor es aquella que la caprichosa natura- 
leza obsequia al espíritu de cada hombre. 

La sociedad colonial con su quietismo sagrado, su voluptuo- 
sidad mística, su dulce languidez y su silencio, aparece cada vez 
más lejana. Los hombres que la nueva vida requiere no son los 
señores remilgados y negligentes que tienen en la protección 
virreynal asegurada su fortuna, que no soportan más ocupación 
que la de divertirse y agradar, que pasan la vida en conversacio- 
nes con mujeres engalanadas, en las tertulias de alguna buena 
señora con achaques de literata: son los hombres que trabajan 
rudamente, que se fatigan meditando en silencio para hallar me- 
dios de superar a sus iguales, que confían en la audacia, en la 
aventura loca, en la intriga para asegurarse protectores ; hombres 
de inventiva, sin más ley que la ambición, el capricho, el propó- 
sito de realizar algún proyecto fervorosamente acariciado; 
hombres pródigos en labor, pero casi nunca resignados, con tem- 
peramento y carácter semejante al de muchos personajes del 
teatro de Dumas, Víctor Hugo y José Zorrilla. 

Al impulso de sentimientos democráticos, era incesante la 
ati.iación renovadora de las clases sociales del Perú: y el desen- 
freno de la personalidad, sin detenerse en prejuicios desautori- 
zados, y antiguas normas de conducta, caídas en desprestigio, 
favoreció la afíción a las aventuras arriesgadas que procuraban 
rápidos encumbramientos. 

Un golpe audaz tan pronto hacía surgir de la sombra una fi- 
gura desconocida como fulminaba un rayo en las alturas derri- 
bando al más encumbrado personaje; y fueron muchos los hom- 
bres de condición modesta y espíritu arrojado, que recibieron el 
poder como premio final de una feliz aventura. La conversión 
del espíritu público a que nos referimos, tenía necesariamente 
que impeler al Perú al jacobinismo revolucionario. Durante esa 
primera época de nuestra vida republicana, de tumultos militares 



RECUERDOS DE UNA VELADA 41 7 

y agitaciones incesantes, adquiere la personalidad humana e- 
norme poder de expansión individual y, si hacemos un atento es- 
tudio, parece que en esa época nada se reconocía tan inviolable 
como el subjetivismo. Deseos vehementes, pasiones inconteni- 
bles, proyectos de reformas, planes de gobierno, todo quedaba 
decidido en la conciencia de aquellos soñadores que pretendían 
imponer sobre la realidad de la vida sus utopías e ilusiones, sin 
que para ello contaran con otra fuerza que la del propio entu- 
siasmo y el soplo personal vivificante de sus almas soberbiamente 
inquietas, que no sabían vivir para la mezquindad, que fueron 
gandes y nobles hasta en sus errores más trascendentales. 

De esa aurora encendida, de esos años de lucha ardorosa y 
de pujanza, de surgimientos deslumbradores y caídas inmedia- 
tas, de aspiraciones irrefrenables, de pronunciamientos, de 
sangrientas contiendas, de represalias y ejecuciones de cruel- 
dad inverosímil, quedan como recuerdos imborrables sobre el 
campo de esa lejana historia, los destrozos de las constituciones 
políticas, las ilusiones populares deshechas, la democracia abru- 
mada por dudas inquietantes, y los jirones rojos de los estan- 
dartes relucientes que en alto elevaron los caudillos llamando 
a los pueblos a una redención salvadora, a una venturosa patria 
prometida que los pobres peregrinos de la vida a semejanza de 
los israelitas de los cuarenta años del desierto, sometidos al des- 
tino omnipotente y misterioso, sólo debían contemplar desde 
la lejanía de la montaña inconmovible. Desde el estatuto provi- 
sorio del 21 hasta el 6o, en que logramos obtener mayor estabi- 
lidad en nuestro espíritu colectivo, y como consecuencia, en 
nuestro régimen constitucional, puede afirmarse, con sobrada 
razón, que se desenvuelve el espíritu del romanticismo en la vi- 
da política del Perú. 

Cuando brota a la luz una agitación honda del espíritu, no 
hay instintos que no remueva ni campos vedados a su irresisti- 
ble irradiación. La renovación intelectual que comienza en el 
Perú a fines del siglo XVIII con Baquíjano y Carrillo, Hipó- 
lito Unánue y los estudios del Convictorio Carolino, dirigidos 
por Rodríguez de Mendoza, no podía paralizarse ni satisfacer 
sus exigencias sino con el anonadamiento total de los marcos 
antiguos, y de las fórmulas ya gastadas del pensamiento. Este 
afán renovador se apodera de nuestros literatos, quienes, aban- 
donan la rigidez inflexible de la poética de Aristóteles y Boi- 
leau, prescinden de los epítetos de escuela y de corte y de todo 
ese aparato de esplendor ficticio que el clasicismo usaba e im- 



418 MERCURIO PERUANO 

ponía. Lo que les preocupa son los grandes intereses del alma; 
la belleza, la esperanza, el amor, el temor melancólico, los con- 
suelos que endulzan las angustias, la libertad del yo mantenido 
en retiro inviolado, y la soberanía de la propia conciencia. 
Sienten la inquietud de Werther, el descontento del presente, el 
anhelo indeciso de una felicidad que no llega, el presentimiento 
de un mundo mejor, el tedio gris de la monotonía incurable de 
la vida. No fueron otras las agitaciones de conciencia que se en- 
señorearon de Musset, Hugo, Lamartine, Beethoven y Goethe, 
cuando emprendieron la renovación literaria y artística de Eu- 
ropa. L*a élite intelectual del Perú, vivía sin duda alguna en 
condiciones de espíritu inmejorables para la sólida adaptación 
r!' romanticismo. El carácter de esta escuela se acomodaba tan 
precisamente a nuestras condiciones espirituales, que sólo así 
se explica la pasión febril que se desarrolló entre los literatos 
pe uanos de aquel tiempo por la imitación romántica, y los éxi- 
tos indiscutibles que lograron alcanzar los fervientes admira- 
dores de Byron. Espronceda. Zorrilla, Lamartine, principales 
maestros de la juventud romántica del Perú de 1850. Palma ha- 
ce en tales circunstancias, su aparición en la escena literaria, 
formando parte como miembro muy conspicuo de aquella ju- 
ventud bohemia, revolucionaria de las letras, a la que pertenecie- 
ron nombres tan ilustres como Arnaldo Márquez, Nicolás Cor- 
pancho, Numa Pompilio Liona, Clemente Althaus, Carlos Au- 
gusto Salaverry, José Antonio Lavalle, Mariano Amézaga, 
Francisco Lazo, Pedro Paz Soldán y Unánue y Luis Benjamín 
Cisneros, quien mereció de Apolo, la gracia de la primacía en- 
tre este grupo sugestivo de poetas líricos. Bajo la dirección de 
aquel poeta montañés santanderino, de exuberante fantasía, 
Femando Velarde, la bohemia realizaba sus primeros ensayos y 
conquistaba sus laureles. Palma ha coleccionado en la "Bohemia 
de mi tiempo" los recuerdos amables de aquella época de adoles- 
cente, y nos cuenta con cariño la vida íntima de esT asociación de 
felices soñadores, los proyectos aspiraciones y éxitos de sus 
compañeros, las colegialadas graciosas, la sencillez de vida de 
esos espíritus que no gustaban del boato, ni ambicionaban ri- 
quezas, que sólo sentían pasión de gloria y anhelaban con de- 
sinterés y sin emulaciones, éxitos puramente artísticos. La Bo- 
hemia estimuló las aptitudes artísticas de Palma, y su lira enri- 
queció nuestro parnaso con sus "Harmonías" y "Pasionarias" de 
amena ligereza y dulce frivolidad. 



RECUERDOS DE UNA VELADA 419 

La expansión que adquiere la personalidad en este periodo 
romántico exijo campos cada vez más vastos para astisfacer la 
inquietud del espíritu. 

Parece pequeño el mundo en que se vive y estrechos los lí- 
mites de la realidad presente. El pensamiento se empeña en pe- 
netrar en el pasado, y hace resurgir mundos desconocidos o se- 
pultados en el olvido, iniciándose la era de la poesía histórica. 
Agregúese a esta tendencia de expansión espiritual la necesidad 
demoledora que siente el espíritu romántico de rebelarse con- 
tra la autoridad de criterios e ideales estables, consagrados por 
tradición o por costumbre, considérese que la reconstrucción, 
del pasado es el arte que mejor revela la relatividad e inconsis- 
tencia de los ideales humanos y se comprenderá fácilmente que 
el romanticismo conduce a la poesía histórica. Southey y Wal- 
ter Scott cultivaron con empeño este nuevo género en Inglate- 
rra, logrando fundar en Europa verdadera escuela que reanudó 
en España el romance; dando nacimiento, la conjunción de es- 
tos elementos, al género legendario de Zorrilla y del duque de 
Rivas. Estas influencias, agregadas a las de Larra y Segura, de- 
terminaron en Palma la afición a la leyenda romántica manifes- 
tada en sus primeras tradiciones. Muy poco tardó nuestro emi- 
nente tradicionista en elegir una sabia orientación para adaptar 
al medio nacional la poesía legendario. Los Comentaríos Reales 
de Garcilaso de la Vega, las obras de Montesinos, Betanzos, Co- 
bo, Jiménez de la Espada y demás historiadores de Indias; las 
crónicas de Calancha, Meléndez, Buenaventura Salinas y otros 
cronistas de convento suministraban un enorme caudal de datos 
e informaciones sobre edades pretéritas del Perú y de la Amé- 
rica. Pero esas narraciones son descarnadas, frías, a veces inco- 
herentes, y la simplicidad y llaneza de las descripciones hacen 
fatigosa su lectura. Era menester dar vida a los sucesos, alma a 
los personajes, e idealizar la historia para hacerla sugestiva y 
amable. Palma extrae de los empolvados manuscritos una noti- 
cia curiosa, una anécdota interesante, algún rasgo distintivo de 
alguna personalidad: en un estilo retozón y festivo sabe cubrir 
el relato con forma galana y artístico ropaje, y transforma el he- 
cho descarnado primitivo en cuadro lleno de animp.^'ón y gracia. 
Las Tradiciones de Palma son prodigios artísticos, que tienen 
mucho de historia y mucho de romances, sin llegar a ser ni lo 
uno ni lo otro. Es un género propio, originalísimo, del cual es 
él el creador, y que Bello, Batres Montúfar, Antonio Flores y 
Juan Vicente Camacho presintieron sin llegar a descubrirlo. 



420 MERCURIO PERUANO 

Es en este género literario en el que Palma conquista el puesto 
de príncipe de la literatura patria, asegura su renombre en el 
mundo literario y gana para la América incomparable triunfo 
intelectual . 

La América Latina tiene en los tiempos modernos tres gran- 
des estilistas, Montalvo, Palma y Enrique Rodó, -me le pertene- 
cen, como le corresponde la gloria del príncipe de los poetas, el 
divino Rubén Darío: la forma de un director de cultura, educa- 
dor de juventudes: Andrés Bello; y las glorias conquistadas 
por aquel incomparable estadista que surge con la majestad se- 
rena de un dios helénico, sobre el mundo del pensamiento ameri- 
cano: Domingo Sarmiento. 

Con sobrada razón añrma Miguel Badía que la obra de Pal- 
ma es americana, porque ninguna mejor que ella retrata las cos- 
tumbres e intimidades del espíritu criollo desarrollado en este 
continente bajo la influencia inmediata de los españoles. Es- 
tas observaciones es rigurosamente exacta: las Tiadiciones de 
Palma, "Guesa errante" de Gonza Andrade, "Tabaré" de Zorrilla 
de San Martín, y la "Araucana" de Ercilla, esta última por su 
contenido, son las obras que han satisfecho el verdadero ideal 
del americanismo literario. 

Pocas son las tradiciones de Palma referentes a la época de 
los Incas: el material de que con predilección se ha servido per- 
tenece a la historia de la dominación española. Ricardo Palma 
prefiere la vida colonial; penetra en ella para revelarnos su es- 
píritu en todas sus faces. En Granos de Trigo, Carta Canta, La 
casa de Pizarra, pinta el aspecto pacíñco de la vida de los 
conquistadores, cuando descansan de las fatigas de la lucha 
c ntra los indios y de las odiosas rivalidades que entre ellos 
mismos encendía la codicia, y se dedican a las labores del cam- 
po, al cultivo de sus huertas, a vigilar a los esclavos en los sem- 
bríos. Nos muestra tipos tan simpáticos de señores laboriosos 
como Antonio Soler y Diego Chávez. En otros nos revela el de- 
fecto fiero e intrépido del español aventurero. Asistimos a un 
desfile de personajes, de caracteres diferentes. Pedro de Candía 
arribando intrépidamente a Tumbes, armado de coraza, casco 
reluciente, espada, rodela y una cruz, ejerciendo con su figura 
una mágica influencia sobre los sencillos habitantes. Alonso 
de Toro, áspero, vengativo, azuzando a Gonzrio Pl^arro para su 
rebeldía. Martín Robles, Vasco Godínez, Lope d-. Aguirre, el 
traidor. Presenciamos las luchas civiles de los conquistadores 
desde la batalla de Salinas hasta la de Pucará en 1554; son cua- 



RECUERDOS DE UNA VELADA 421 

dros pintorescos llenos de episodios movidos; se escucha la 
conversación de los conjurados, se presencia la gestación sigi- 
losa de una sublevación como aquella en que en el retirado solar de 
Pedro de San Millán fraguaron los doce españoles del delictuo- 
so compromiso; se siente el choque de las tizonas sobre las cora- 
zas y los blasones relucientes, el golpe seco de los yelmos, al 
cae'- en tierra mortalmente heridos el sedicioso vencido, o el con- 
jurado a quien ha fallido el golpe. Se palpa la avaricia, el cinis- 
mo irreligioso, la crueldad de tigre de Francisco Carvajal, aquel 
demonio de los Andes, maestre de campo de Gonzalo Pizarro, 
el cual sólo poseía una virtud caballeresca: la leaUad para con 
los amigos. Todo esto nos lo pinta Palma en estilo cultísimo y 
con naturalidad que asombra. Pero, sobre todo Palma siente es- 
pecia! predilección en hacernos vivir la vida apacible de la so- 
ciedad colonial, con sus costumbres, sus susperr<ticiones, sus 
pompas virreynales y aparatosas fiestas limeñas, cuando las ca- 
lles se llenaban de gente y aparecían las mujeres deslumbrado- 
ras con sus vistosos atavíos; y desfilaban en formación con sus 
uniformes rojos y azules los alabarderos del virrey, y formaban 
las compañías de milicias entonando músicas alegres que se 
confundían en extraño bullicio con el ruido de clarines y tim- 
bales, repique de campanas y ruido de cohetes. Salvo estos días 
de agitación inocente, la vida de la colonia se desliza perezosa- 
mente. El espíritu vive apasionado entre los murallones de 
piedra de una ciudad en la cual abundan templos y monasterios; 
hay quietismo sagrado interrumpido apenas por el clamor de las 
campanas de la iglesia; los numerosos templos llenos de ñeles 
escuchan reverentes los versículos del evangelio; la liturgia 
desarrolla plegarias imponentes; se percibe a ratos el canto de 
las congregaciones de los conventos; voces tristes, voces de cre- 
yentes que se apagan para surgir de nuevo, volver a decrecer 
hasta morir en un murmullo lejano, mientras el órgano entona 
gravemente el ángelus aumentando el" recogimiento público. Es 
la hora de la calma vespertina ; en los generales de colegios y u- 
niversidades, los estudiantes discuten agitados, armados de si- 
logismos, casos de conciencia y temas teológicos; y los 
buenos doctores, los teólogos meditabundos, rígidos, cu- 
biertos con ropajes de paño burdo, teniendo en la mano li- 
brotes doctrinales forrados en pergamino, descansan de las 
fatigas de la enseñanza escolástica y se pasean por los claustros, 
sacerdotalmente, rezando letanías. Tal es el cuadro de paz y so- 
siego que la imaginación construye de la existencia colonial, 



4tl MERCURIO PERUANO 

cuando se evoca esa vida a través de las Tradiciones, en lias cua- 
les luce Palma todo su genio satírico, picaresco, finamente 
zumbón e irónico que lo caracterizan como muy criollo literato. 

Alcanzó Palma con sus Tradiciones éxito tan cumplido que, 
inmediatamente, comenzaron las imitaciones; y en América y 
España surgieron infínidad de tradicionistas. En Chile, hicie- 
ron sus ensayos Benjamín Vicuña Mackennna, Luis Amunáte- 
gui con sus "Narraciones", Manuel Concha, con las "Tradicio- 
nes Serenenses". En Buenos Aires, Pastor Obligado dio a la 
estampa algunos tomos de tradiciones argentinas, Isidoro De 
María publicó sus "Tradiciones uruguayas". Las tradiciones 
de Palma fueron traducidas al inglés, al italiano y a otros idio- 
mas extranjeros. Pero en cuanto a pureza de estilo y a evoca- 
ción del pasado, ninguna de las imitaciones iguala al modelo. 
En cuanto al maravilloso poder evocador, las tradiciones de 
Palma sólo pueden compararse con las obras de Juan Francisco 
Bladé, el restaurador en la literatura francesa de las canciones 
populares y tradiciones de la Gascuña; con las de Paul Gebillot, 
empeñado en la reconstitución del "folklore" bretón; y, mejor 
que con otra alguna, con las creaciones maravillosas de Gastón 
Paris, el restaurador de la literatura francesa de la Edad Me- 
dia, en cuyos libros se siente palpitar la vida de los caballeros, 
del clero, de la burguesía, de troveros y juglares que hablan de 
sabiduría, de discordias irreconciliables, de combates, de amor, 
de fe religiosa, del milagro sorprendente de Nuestra Señora, de 
la inquietud humana sobre el destino futuro, del conflicto trá- 
gico entre la aspiración individual y la inviolable regla social. 

Creció de tan gran manera la reputación literaria de Palma 
con la publicación de sus "Tradiciones", que inñnidad de ame- 
ricanos de los más conocidos círculos literarios consideráronle 
como maestro, y como a tal acudían a consultarle los casos di- 
fíciles que incesantemente se ofrecen en el manejo del idioma. 

En sus cartas literarias a Zorrilla de San Martín, Chocano, 
Julio Hernández, Pastor Obligado, Alberto Navarro Viola, 
Palma se revela como espíritu crítico de dotes excepcionales. 

Completan los trabajos históricos de Palma diversos ar- 
tículos que publicó sobre temas variados, y aquella polémica me- 
morable sobre Bolívar, Monteagudo y Sánchez Carrión, que tan- 
ta polvareda levantó en América y en la cual Palma defendió 
brillantemente sus convicciones con firmeza de carácter y hoa- 



RECUERDOS DE UNA VELADA 



tó 



radez inconmovible, sólo comparable a la qne ostentaron en 
otros días Mariano Amézaga o Francisco de Paula Vigil. 



Haciendo justicia a méritos tan excepcionales, recibió Pal- 
ma el encargo de representar al Perú en el congreso internacio- 
nal de americanistas que se celebró en España en octubre de 
1892. El congreso sesionó en Huelva, en el convento de Santa 
María de la Rábida, en el mismo viejo claustro que presenció 
las inquietudes y primeras alegrías de Colón, donde tuvo lugar 
aquella única y originalísima conferencia con fray Juan Pérez 
y el médico de Palos, que resolvió la suerte del Nuevo Mundo. 
No obstante de que, entre los americanos, delegados de sus res- 
pectivas naciones, habían figuras tan distinguida*: como don 
Ernesto Restrepo, el sabio etnógrafo descubridor de las porten- 
tosas obras de orfebrería de los Quimbayas; don Manuel María 
Peralta y don Juan Fernández Feraz, historiógrafos y filólo- 
gos costarricenses; don Justiniano Carranza, ilustre historiador 
del Río de la Plata, recibió don Ricardo Palma por unanimidad 
de pareceres, el honroso encargo de llevar la palabra en repre- 
sentación de las repúblicas americanas, para contestar en nom- 
bre de ellas el discurso inaugural del Excmo. señor don Anto- 
nio Cánovas del Castillo, presidente del consejo de ministros, 
y al mismo tiempo de la junta organizadora del congreso. 

El viaje a España de Ricardo Palma fué fructífero para las 
letras americanas. Con la misma minuciosidad e igual' cariño 
con que penetró en las intimidades de nuestra vida colonial, se 
empeña en revelarnos las grandezas pasadas de las civilizacio- 
nes de España: quiere que sepamos de sus castillos medioeva- 
les, de sus catedrales suntuosas, del prestigio histórico de sus 
monasterios, de sus creaciones artísticas; que tengnmos exacto 
conocimiento de los progresos de esa gran nación; que borre- 
mos del recuerdo la odiosa memoria del encomendero, del in- 
quisidor, de los crueles industriales, del ominoso vasallaje, pa- 
ra remplazarlo con la visión de una España nueva en la cual a 
la vez que aprendemos a contemplar a Velázqi-cz, Murillo, Zur- 
barán, las ojivas caladas, los ajimeces morzárabcs y las basílicas, 
abramos nuestro espíritu a la buena inspiración de sus hombres 
modernos, de Menéndez y Pelayo, Zorrilla, Campoamor, Núñez 
de Arce, Castelar, Cánovas del Castillo, Balaguer Echegaray, 
Valera, Moret, Canalejas, Azcárate, Pablo Iglesias, Ruiz Zorri- 

/ 



DE D. JUAN B. DE L AVALLE. 



Era una luminosa mañana de estío toda calma y serenidad 
en el claustro tranquilo que sirve de marco a su vida laboriosa y 
buena. Su despacho estaba solo; había dejado ya aquella estan- 
cia familiar por la que durante cinco lustros desfilaran los des- 
collantes peregrinos llegados a la ciudad, mansión toda llena de 
su alma y de su obra en la que exquisita y malévolamente conti- 
nuaba sonriendo un clásico busto de Voltaire, el rey de la soa- 
risa de un siglo que supo reír con la risa cínica de Luis XV y 
del Regente, con la sonrisa melancólica de las pastoras del 
Trianón. Estaba don Ricardo en su hogar, rodeado de los suyos, 
en un cuadro radiante de ternura. Reciente aún el luto de la es- 
posa y madre, llénalo todo su recuerdo doliente, puro y santo. 
Ni el dolor ni la injusticia turbaban la placidez de aquella alma 
selecta, victoriosa de toda las amarguras. Al ver al nieto, su 
pensamiento va siempre hacia el abuelo, su inolvidable compa- 
ñero de entusiasmos y sinsabores. De sus labios i^upe cómo, a 
punto de partir a la Argentina, en donde un diario, hoy de los 
primeros del mundo, le brindaba honores y ventajas, concurrió 
a palacio para concluir con Iglesias una última gestión. Don 
José Antonio de Lavalle, entonces ministro, estaba con él. Vino 
la discusión. Palma, ya ilustre, no podía emigrar en días en que 
el Perú necesitaba de sus mejores hijos para r- constituirse: 
debía encomendársele la reorganización de la biblioteca nacio- 
nal que fué desde aquel instante el gran sueño de su alma. Con 
labor vehemente y activísima. Palma hizo obra de patriota al 
salvar los tesoros de nuestra historia que el invasor saqueara y 
dispersara vandálicamente. ¡Pobre abuelo mío, si te fuese dado 
ver el término de aquel ardor glorioso, el premio de la patria 
agradecida al anciano que se desvivió por ella, cómo se colma- 
ría de amargura tu alma justiciera! ¡Sombras amables y amigas 







o 



C 
<\) 

B 

O. 

o 

"O 

d 



o 

c/) 

C 

o 



na 

c 

na 
a. 



t_ 

00 

-t— • 

na 

c 
o. 

< 



DE D. JUAN B. DE LA VALLE 427 

del postrer sobreviviente de la más simpática de nuestras bohe- 
mias literarias, dignas por todo de las fascinantes páginas de 
Murger, acompañadnos en esta hora solemne de justicia! No, 
no es dable pensar sin que hondísima angustia cierre nuestro 
pecho que en el crepúsculo de una vida ejemplar tenga que salir 
con los suyos de esa mansión que le señaló la patria y en la que 
le ve y le verá por siempre la América entera, mansión desde la 
' que tendían su vuelo por el continente y por sobre el azul del 
mar, sus blancas cuartillas mensajeras de bellezas y primores 
que recibía un inmenso eco de gloria. Más tú lo escribiste, an- 
ciano: ¡Sufrir! eso es la vida. ¡Todo sobre la tierra, todo es 
humo! 

¿A qué hacer más intensa la nota melancólica que tiembla 
en el ambiente de esta velada? En la misma mañana a que me re- 
fería, una limeña gentilísima cubrió el escritorio del maestro 
ccn la desbordante frescura de un ramo de rosas. Aquel gesto 
dí:!icado y bellísimo dio a la charla nuevo encanto, dulzura y 
alegría. Vengo a deciros de otras flores, de aquellas líricas y 
lozanas que brotaron de la omnicorde lira que pulsó el tradicio- 
nista, florecidas en su huerto diverso y armonioso, lleno de luz 
y aroma, de flores y espinas, de susurrantes surtidores, de lau- 
rt les que hacen de oro los chispazos del sol ; pensil triste y ame- 
no, sombrío y luminoso, que tiene de vega granadina y de huer- 
to de olivos, jardín del alma, misterioso y vario. Bien conocéis 
al poeta en prosa que ha sabido detener en cuadros imperecede- 
ros la vida pintoresca y cambiante de nuestra urbe colonial des- 
pertándola de su antiguo y dulce sueño de melancólica pereza. 
El Lima aventurero y galante, el Lima de los visorreyes y el in- 
quisorial resucitan al conjuro mágico del evocador. Es una no- 
che de luna de la centuria décimaoctava en el histórico puente 
de piedra, que llena una concurrencia rumorosa entre la que lu- 
cen las limeñas sus sayas primorosas, los floridos adornos de 
sus cabelleras, sus pies cendrilionescos e inverosímiles. De 
blanca peluca y sedosa casaca, entre dos lisonjas, comentan los 
cortesanos la peligrosa proximidad de un corsario holandés; ya 
es la cita nocturna junto a la reja tupida o al balcón hermético, 
la copla que revuela de un labio a otro, el ruido de las espadas 
en las pendencias distante, el sigiloso paso de la ronda a la luz 
vacilante del candil. Conoce el tradicionista el emblema herál- 
dico de la calesa que pasa y a la dama que va entre sus cristales 
y suaves forros de seda. El sabe la complicada crónica sentí- 



428 MERCURIO PERUANO 

mental que os confia al oído. Es un virrey gentil que supo del 
amor y sus ternuras y va hacia su limeña Pompadour, diosa de 
un Versalles que sólo despierta con el rodar de la áurea calesa 
que conduce al príncipe esperado. Ella le aguarda inquieta en 
la quinta fragante y su pecho late bajo la ropa clara y a ratos 
triste como la fuente próxima, que ya ríe y ya suspira por el lu- 
cero vespertino que se refleja en ella. De entre sus páginas veis 
surgir solemnemente la elegante y lenta procesión de la entrada 
del virrey. Brilla el sol en los cascos relucientes, en las adargas 
y en las espadas y hace más blancas las blanquísimas golillas; 
cabriolean los fínos y briosos corceles, visten los pajes sus his- 
tóricos atavíos, la nota grana de los terciopelos se matiza en el 
cortejo con el tono verde de las lúgubres insignias de los inqui- 
sidores y el argentino relucir de las mazas de los bedeles que 
van en lucida cabalgata. Contempláis otras, erguirse en nuestra 
plaza mayor los suntuosos doseles del virrey y la audiencia en 
los autos de fe; asistís al desfile de los reos qje soga al cuello y 
vela en mano, con sambenitos y corozas, van precedidos de los 
graves inquisidores con sus bonetes de auto y los fiscales a ca- 
ballo con el estandarte del tribunal ; luego la llama de la hogue- 
ra, los alaridos de martirio o sólo una estatua que arde como la 
de doña Mencía de Luna. El os conduce al claustro de azulejos 
moriscos, al coro en cuyos oscuros tallados se quiebra la irisada 
luz de una vidriera polícroma; discurrís con él por los patios 
amplios y claros, poblados de tiestos, por las desiertas salas en- 
tre enconchada mueblería y blasonadas sillas de baqueta en las 
casas solariegas, él os dice de las genealogías de los mayores que 
velan desde sus marcos las tradiciones familiares y sabe condu- 
ciros a la hora del rosario vespertino hasta la estancia en que 
reza la dama limeña circundada de su servidumbre. En la rica 
cómoda, cubierta de blanca malla, se alza la urna que encierra a 
la virgen, patrona del hogar. Sírvenle de adorno dos ramos de 
briscado en sus guardabrisas de cristal y un zahumador de pla- 
ta deja escapar una azulada columna de incienso que ll"ena la 
estancia de místico aliento. Este Lima, que con ser de vitrina 
elegante es pintoresco y sentimental, todo colorido y anima- 
ción, forjólo él con el amor con que los viejos espaderos mol- 
deaban y decoraban los yelmos que bizarros y lucientes se os- 
tentan hoy en museos y armerías. Por la virtud misma de las 
resurrecciones, la Colonia de Palma, apacible, silente y su.ive, 
vueive cada día a nuestra ciudad cuando en el callado crepúscu- 
lo blanda, lentamente, las parroquias tocan a oraciones y Lima 



DE D. JUAN B. DE LAVALLE 429 

entera se hace sonora, metálica y vibrante y parece que asciende 
milagrosamente a los cielos en el vuelo de su plegaria. 

En "Juvenilia" (1848-1860), en "Armonías" (1861-1865), en 
"Cantarcillos" (1860-1866), en "Pasionarias" (1865-1870), en 
"Verbos y Gerundios" (1870-1878) y en "Nieblas" (1880-1886) es 
Palma un poeta delicioso y multiforme, nacional en el hondo 
sentido del vocablo. Peregrino en lejanas comarcas, proscrito 
político, dicen siempre sus estrofas la emoción de la ausencia, 
la visión remota de todo lo querido. Vibra en sus versos un 
fuerte acento de patriotismo y de altivez, en ellos palpitan las 
mejores inquietudes y aspiraciones humanas: la inquietud de la 
libertad y del porvenir de la república. Otra dorada cuerda de 
su lira canta su amable filosofía del existir, su caballeresco cul- 
to por la mujer, su proverbial cortesanía. Es ya un pulcro mar- 
qués, habilísimo en el arte del buen decir, cuyas palabras son 
"flechas de oro resplandecientes de ingenio", ya un abate de 
madrigal que hace reír con sus epigramas a las lindas marquesas. 
En su melancolía va hacia Heine, a quien tradujo solícitamente, 
hacia la campoamorina dulcedumbre y así en la urdimbre de su 
delicioso tapiz poético se entrelazan líricos matices de Zorrilla 
y sombrías coloraciones de Campoamor. 

Tal se revela en este soneto que no habría desdeñado el au- 
tor de las Dolaras: 

Vi elevarse un altar a la virtud 

y el crimen castigado por do quier: 

vi ¡oh prodigio! constancia en la mujer 

y ciencia en la indolente juventud; 

Honrada contemplé a la senectud, 

y en manos de los buenos el poder; 

triunfante la justicia, y el deber 

levantado a magnífíca altitud. 

Arca abierta miré en la caridad, 

y proscrita la infamia de Caín; 

fe en el amor; conñanza en la amistad; 

patriotismo en la gente más ruin 

— Pero ¿en dónde vio U. tanto primor? 
— En sueños, queridísimo lector. 



Es un humorista de agudísima y alada fantasía cómica. Tie- 
ne en Caviedes un precursor cuya risa ubérrima recuerda a Ra- 



4)0 MERCURIO PERUANO 

belais y a Quevedo, y en Segura, un coetáneo de una insuperable 
malicia criolla. Seres divinamente dotados de la especial facul- 
tad de percibir los contrastes de la vida y de representarlos o 
sugerirlos, ellos entregan a las generaciones venideras la sus- 
tancia de nuestro existir, de nuestras costumbres, pasiones y ri- 
diculeces. Envidiable privilegio el vuestro. Supisteis reír y con- 
seguís uncir a vuestras obras a través de los siglos un son- 
riente cortejo de alegría y gracia inextinguibles. Es don Ricar- 
do un ironista fíno y elegante que sabe castigar afectuosamente. 
Su sátira es la picadura de la abeja de oro y miel. Sólo por ex- 
cepción, indignado ante las desventuras de su patria, acude al 
epíteto violento, al hondísimo sarcasmo que derramó Chénier 
en sus alejandrinos célebres, sin recurrir jamás al inaudito vo- 
cabulario de tabernas y mercados que enciende los labios de Hu- 
go en sus violencias satánicas. La sátira del maestro es espejo 
que refleja nuestra caricatura política, nuestra comedia pública. 
La jovialidad de la pluma nacional encontró siempre en ella a- 
bundante mies. ¡Palma, Paz Soldán, Pardo, Segura, cuan co- 
piosamente habéis reído de la política de tantos en esta tierra, 
del picaro arte de disfrazar de interés general el interés parti- 
cular, la satisfacción de apetitos despreciables, la glotonería del' 
poder, del espejismo de las promesas de los programas políticos 
que habrían hecho muy feliz esta patria si valiesen como reali- 
dad cuanto valen como palabrería! Fué su crítica elevada, im- 
personal, serena, lo cual no quiere decir que, cuando sea preci- 
so, Paltna tire admirables estocadas sin careta y llame a las co- 
sas por sus nombres. Si al leer sus sátiras algunos encuentran 
su retrato, no es culpa del poeta si acusan las conciencias y la 
verdad sabe a injuria. Maestro: permitid que os cite y os haga 
hablar con la verba de antaño. Vos sabéis, señor, que la perla 
vale más que el engaste y que la glosa no iguala al original. : 

(Ed. Torres Aguirrc. 1887, pág. 374) . 



LO DE SIEMPRE 

Si llega a ser gobierno el rey Perico 
ya verá Ud., mi amigo, lo que es rico. 
Pondrá coto al derroche 
y no andarán los picaros en coche; 



DB D. JUAN B. DE L AVALLE 451 



no bailará el ratón dentro del queso, 
y libertad tendremos y progreso; 
y habrá tal abundancia 
en aldea y ciudad, plaza y esquina, 
que, como lo anhelaba un rey de Francia, 
todos tomarán caldo de gallina. 
No tendremos ni chinches en la cama, 
si cumple el rey Perico su programa; 
y seremos, mi amigo, tan felices 
que hasta al que es chato le saldrán narices, 
— Con tal que cumpla, cuando se halle arriba, 
¡viva Perico! jViva! ¡Viva! 

Tras una cachetina 

de esas de cuerda, palo y chamusquina, 

el rey Perico, al fin de la jornada, 

cálzase la prebenda suspirada. 

Y mire usted ¡qué hallazgo! 

Con el otro moríamos de hartazgo, 

y tenemos con este ¡voto a sanes! 

el' milagrito de los cinco panes. 

La casa los ratones han limpiado 

y ni estaca en pared nos han dejado; 

nadie tiene seguro su pellejo, 

y adelante el país .... como el cangrejo. 

— Pues, muchachos, cambiemos de bandera: 

¡muera Perico! ¡Muera! ¡Muera! 



Este mundo es un picaro de cuenta 
que maldito de Dios lo que escarmienta 
leyendo las lecciones del pasado. 

En veces parodia una antigua copla : 

I Oh! ¡Qué bien que canta el pueblo, 
cuando canta a media voz; 
de un leño se hace un ministro 
de otro un palo de tambor! 

(Pig. 347) 



432 MERCURIO PERUANO 

O dedica una opinión a un político criollo: 

Miro pasar un ministro 
de esos que conozco yo 
que, cual nube de verano 
pasan por esta nación, 
sin dejar huella ninguna, 
sin hacer cosa de pro, 
y que si algo a hacer aciertan 
merece una maldición. 

(pág. 343) 



Mfcs tiene otros matices su humorismo, otros tonos su sáti- 
ra, sabe también reír sabia, lúcida, noblemente. Tiene versos de 
un optimismo seductor en que es la risa lo que soñara Milton, 
la flor de la razón, el principio y el ñn de una encantadora filo- 
sofía de la vida. El centro del ingenio, de la risa y la alegría en 
nuestra historia literaria fué una academia, casi una escuela del 
Lima de los abuelos: la librería de Cuatro Ojos, como llamaban 
los del aereópago al gallego Pérez, dueño de aque' rincón de la 
calle de las Mantas que fué el "Chat Noir" de nuestros bohemios 
que fueron. Voy a brindaros, para concluir, dos lindos botones, 
dos lauros siempre lozanos de la inmortal corona del poeta fes- 
tivo y galante que harán por siempre encender la mirada de 
alegría y asomar a los labios la sonrisa: 



"EL ÁRBOL SIN RIVAL". 

(pág. 396)- 

— ¿Es eucalipto, es fresno, es astrapea 
ese árbol primoroso 

que, en su jardín, se eleva tan frondoso? 
¡Qué sombra! ¡Qué frescor! ¿Quién no desea 
un árbol tal? — decíale a un ricacho 
ayer cierto mancebo vivarracho; 
y el dueño del jardín lanzó un suspiro, 

contestando: — ¡ay! mi amigo, según miro, 



DE D. JUAN B. DE LAVALLE 433 



ignora usted la historia 
de ese árbol en que cree cifro mi gloria 
y que, en medio de tanta preeminencia, 
por siempre ha envenenado mi existencia. 

Dos veces viudo soy. Mis dos conjuntas 

de tal árbol se ahorcaron en las puntas. 

{Dolor no habrá cual mi dolor tremendo! 

j Salid, sin duelo, lágrimas corriendo! — 

Y el infeliz marido 

rompió a llorar, de la aflicción transido. 

En tanto el mozalbete así decía: 

— Pues, hombre, es un motivo de alegría, 

es síntesis de todos los placeres, 

tener árbol que, entre otras perfecc'ones, 

Itice la de inspirar a las mujeres 

tan gratas tentaciones. 

Por si me enrolo un día 

de San Marcos en la Archicofradía, 

merecer de usted quiero un gran servicio, 

que me ha de redundar en benefício. 

poco, muy poco, mi amistad reclama: 

cuando lo pode usted . . . déme una rama . 



galantería mística 

De caridad hermana 

era en un hospital sor Sinforiana, 

y ni agrego ni quito 

diciendo que era lindo su palmito. 

Un enfermo del pecho 
(mirándola de pie, junto a su lecho, 
mucho más bella que oriental sultana) 
exclamó : — ¡ Dios eterno ! — 
Y la hermana repuso: — No se aflija. . . . 
¿qué quiere usted con Dios? Yo soy su hija.. 
— ¿Qué quiero? Que me acepte por su yerno. 



A DON RICARDO PALMA 



Sagrada musa de los viejos días 
que fuiste grande en tu altivez gloriosa, 
que prendiste en la sombra dolorosa 
la luz de tus radiantes harmonías, 
que sobre las miserias del presente 
te erguiste con un gesto de protesta 
en nombre del mañana floreciente. 
¡Eterna madre de la heroica gesta! 
¡Grande, fecunda, soñadora y fuerte 
que el ritmo avivas de la sangre nueva, 
y que desafiadora de la Muerte, 
eres vida que en gloria se renueva 
eternamente; como un sueño eterno! 
¡Canta! Que en tanto que la vida nieva 
y nieva de los años el invierno, 
sobre la noble testa de un anciano, 
la gloria que es tu hermana preferida, 
¡irá a poner en su cabello cano 
el beso de su luz estremecida! 
Canta y revive las distantes horas, 
vuelve el tiempo a las épocas amadas 
y pon en cada corazón el sueño 
de las viejas veladas amadoras. 
Surjan a tu conjuro las tapadas 
con su encantado y escondido ensueño, 
destaqúese la lírica alameda, 
pase como una sombra el encapado, 
y en un balcón el escalón de seda 
quede, como un romántico pecado . . . 
Que en un sitial tallado y enchapado, 
dé el Visorrey al Arzobispo audiencia. 



' 



A DON RICARDO PALMA 

y que un marqués altivo y desdeñado 
pierda bolsa y honor en la pendencia. 
Que entre místico aroma de zahumerio, 
deshoje Rosa rosas y azucenas 
y alabe a Dios en lírico salterio, 
mientras con actitudes de misterio, 
hablan de aparecidos y de penas 
las viejas en el blanco bautisterio... 
Que en la oscura calleja enrevesada, 
a la luz de un candil de mal agüero, 
brille como relámpago un acero, 
mientras ruega una voz apasionada 
y ronda en torno un pájaro agorero. 
Que en las casonas condes y marquesas 
bailen minuetos, jueguen al tresillo, 
y que pasen magnífícas calesas 
con el milagro de oro de su brillo . . 

Que en el tropel conquistador y fiero 
se alce aquel legendario Carbajal, 
y su ademán de truhán y caballero 
hasta en la muerte sepa ser triunfal. 
Que surja con aroma de leyendas 
toda la enorme vida del ayer, 
y el brillar de las épicas contiendas 
vuelva como en otrora a fulgecer. 
Que se hagan carne del recuerdo vivo 
las epopeyas de la libertad, 
y entre un rumor batallador y altivo 
dignos seamos de la vieja edad. 
Que surjan los abuelos resonanates 
que hicieron Patria con su corazón, 
los Grandes Mariscales fulgurantes 
que hicieron con su sangre su blasón. 
¡Musa! ¡Qué se despierte a tu conjuro, 
la noble vida de la vieja edad, 
y que la raza escuche en lo futuro 
la voz que llega de la eternidad! 
Que brillen las antiguas armaduras, 
que renazcan las huestes atrevidas, 
y que vuelque el ayer sus donosuras 
sobre el mago inmortal que hizo sus vidas; 



435 



436 MERCURIO PBRUANO 

que canten sus canciones las campanas, 
que ondulen las antiguas procesiones, 
que florezcan de amor los corazones 
y florezcan de rosas las ventanas; 
que entre el moro cancel de los balcones 
asomen ojos dulces y señeros, 
que batan palmas las pulidas manof, 
¡que tornen a altivez los caballeros 
y tornen a villanos, los villanos! 

Señor Ricardo Palma, yo era niño 
cuando mi madre me contó una historia 
que aún luce como un sueño en mi merr.oria. 
¡con esa luz del maternal cariño 
que nunca muere! La leyenda, grave 
para mi pobre almita de pequeño 
despertó con su voz bondosa y suave 
el pájaro dormido de mi ensueño. 
Y soñé con las viejas tradiciones, 
amé el perfume de las cosas viejas, 
y en mi alma florecieron ilusiones 
al canto arrullador de las consejas. 
Vienen a mi memoria aquellos dias 
de mi niñez alborotada y pura, 
en que mis inocentes fantasías 
soñaron vuestra lírica figura . . . 
¡Erais un mago encantador de aquellos 
que reparte soñares y cariños 
y que blancos de luna los cabellos 
era amado de viejos y de niños! 
Erais el creador sutil que enlaza 
los siglos con un broche reluciente, 
el que encarna el legado de la raza, 
el ayer, el mañana y el presente. 
Aun altmibra la lámpara en la estancia, 
aun el libro se entreabre en la gaveta, 
y en mi alma revuela la fragancia 
de vuestra rancia frase de poeta. 
Siento que mi niñez retoña hogaño 
sobre mi corazón inquieto de hombre, 
y con la pura idealidad de antaño 
florece en mi memoria vuestro nombre. 



A DON RICARDO PALMA 457 

Y siento un vago resplandor de cosas 
distantes y fragantes, el pasado 
revive con sus líneas armoniosas 
y el tiempo se detiene enamorado 
Se torna miel la hiél de lo presente, 
la tristeza de hogaño se difuma, 
se puebla de armonías el ambiente 
y yendo a vos mi frase se perfuma 

¡Oh juventud! i La ancianidad* gloriosa 

lleva la juventud dentro del alma- 
recordemos esta hora milagrosa 
y no perdamos la altivez hermosa 
que floreciera en don Ricardo Palma I 



Los Funerales de Palma 



Los funerales de D. Ricardo Palma 

lit.rlLTT •?" '"^^ ''*° '' «""•'"° «presentante de nuestr. 
un .,.0 de .r: Ht^: 'pranaTeT'peV deTT"* 

':Vn::z '"'''-' - -ti^ientrLir' : r 

ron todas .as Cases socia.es, X d^reiarin; "■" "''*'- 
Aunque .os periódicos no aparecieron e. día de. fallecimien 

duelo, primero a .a capita. y ..e Jlt pafs eró " ''™'"""' 
le tr'butarn''"!"" " ''""' "'"°"^'' ^' °°'''«™'' dispuso que se 

compuesta de los ministros de EstaL i I ' 

cuerpo diplomático, los presidentes d, , '""""'™' '^" 

bre d p t';: rte traIT"' ^""'"^ ^ '"°™^ "'-'''<"™- 
ment^ri„ r , traslado en innumerables carruajes a. Ce- 



^2 MERCURIO PERUANO 

En el «menterio, antes de dar sepultura a '«» «'"V^n 
maestro, se leyeron los discursos que insertamos a ""«»«f "^ 

El br. D Javier Prado y Ugarteche, en nombre de la 
Asamblea Nacional, dijo: 

Señores: 
La mes alta personalidad de las letras "«Í°-''\« Jj^.^'; 

rr^orar:==^^^^ 

"' Erp""' entero, con intenso recogimiento, se inclina con- 
movido, ante la majestad de esa glona. _ 
Ricardo Palma, cuyos «nerados restos vemmo- depo^s^ 
tar en la morada del eterno reposo, ha «»''"^° " p ^ 

Xa intelectual de valorJnap«ciab,e ^^^^^^^^^^ 
Durante más de sesenta anos fue esa obra el ob) 

velos, de todo su amor. Le ""-^^"//XTupremoVe inspi- 
ró a ella como a «n -«rdoc^o con^ «^° . ,/,, ,„, ,fl„3. ni 

;:s"rar;raV;^dCc"aVir:^da quebrantaran en su espi- 

"";:::!:::::: contempla, .mo . -td-rrit 

. naturaleza del ^-:^^-:-:::ZZ:T^:^^:^^..s^- 
lisima contmuaba, sm embargo, m, espíritu, por 

mo, la misma f*. y el m.smo "> <> P°' ^^ Tsu P-tria. Y asi, 
,a vida de la '""«^-^^P"; „Ya y "splr tuaUzándose cada 
consumiéndose f¿^'^'lJ^Zo¡.J. vivía ya solamente 
vez mas su ser, Faima en s.u» mundo de la 

Eter^dar^r t: ^:r=nipos reve^ba Pla- 
-TTr¿vil-''g¿H^en^:'=id. son las 
..Xra^dXe; P^ras": nueLa bUtoria n. J¿, «-ontem- 
pUda ni descrita bajo sus "l^'^X^^^ZZ y del arte, que 

libertad luminosa y <:"^'*»"/','' '^'^d" ha penetrado en el 
por medio de 'a trad..on y de 1^ Uy end^a, h p^_^^^^_^^^ ^^ ^ 

t^'Z^ "tenS'y color que no hay historia alguna 




'K 




5^ 



g 

¿2 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 443 

sobre nuestro país que produzca una impresión más real y su- 
gestiva y que despierte más viva curiosidad, interés y atractivo 
por el Perú y su historia que las "Tradiciones" de Palma. 

Con razón se ha dicho que el nombre del insigne tradicio- 
nista se ha identificado fuera del país con el de su patria. Y los 
extranjeros al llegar a nuestra capital se afanaban por ir, en re- 
ligiosa romería, al sereno y tierno hogar de nuestro patriarca 
intelectual, a tributarle fervorosa simpatía y admiración. 

Nada afirma, vigoriza y exalta el sentimiento de la naciona- 
lidad, como el vínculo de la historia, y el culto por ella. Y la 
obra de Palma, realizada con devoción, con perseverancia supre- 
ma y con genio insuperable es herencia suprema de amor y glo- 
ria eterna para su patria. 

Como las grandes epopeyas de los pueblos, como el Poema 
del Cid, como los Romanceros, como el Quijote en la literatura 
española, las Tradiciones de Palma, en literatura peruana son 
el poema de vida y de ensueño en que renace y palpita el alma 
del pasado del Perú. 

Las joyas exquisitas que constituyen cada tradición se ha 
lian unidas, en armonía prodigiosa por la unidad del espíritu 
que las anima y por un arte maravilloso e inimitable. Tienen la 
estructura, la medida, el relieve, el colorido, la luz y el movi- 
miento que sólo pueden alcanzar los espíritus máximos en la 
producción intelectual. Es la verdadera creación en el Arte, la 
de los seres privilegiados, que conciben y producen las obras 
que forman el patrimonio y el caudal intelectual de un país. 

En el estilo de las Tradiciones, como he tenido ocasión de 
manifestarlo alguna vez, se unen en compenetración admirable, 
la espontaneidad, la frescura, el donaire del lenguaje popular 
con la distinción y el primor del Arte más rico y refinado. La 
gracia y el colorido de Palma no los ha alcanzado ningún otro 
escritor americano. Hay que ir a buscarlos en las grandes y 
eternas fuentes del período cervantino, impregnadas a la vez 
por la fineza e ironía francesa del más alto y purísimo valor. 

Agita este estilo, un vapor cálido y voluptuoso de malicia 
y de desenvoltura, cubierto por un velo sutil de despreocupación 
y de humorismo, bajo el que corren inagotables corrientes de 
simpatía y de benevolencia generosa. 

Dotes tan singulares e inimitables no pueden reemplazarse. 
La pérdida de Ricardo Palma, es duelo de la patria. ¿Quién po- 
drá volver a comunicar a las letras nacionales la vida, el brillo, 
el encanto y la fama del excelso tradicionista cuyo nombra 99 



444 MERCURIO PERUANO 

admira y se enaltece en todos los países de habla castellana? 

Las tormentas transitorias de la vida, como olas impotentes 
y fugaces se rinden a las plantas de las Tradiciones de Palma, 
que al frente de nuestra historia intelectual, se elevan, como 
pórtico de luz dominando el tiempo y el espacio. 

El Perú se enorgullece de haber producido ese espíritu y 
esa obra inmortal, y la Asamblea Nacional, en cuyo nombre ten- 
go el honor de hablar, interpreta el sentimiento del país, tribu- 
tando el más alto homenaje de respeto, de admiración y de gra- 
titud ante los restos de la fígura egregia de las letras nacionales. 



El señor D. Manuel Irigoyen, Alcalde de Lima, se expresó asi: 
en nombre del Concejo de la Ciudad: 



Señores : 

Lima, la noble ciudad de los virreyes, reclama aquí un lugar 
de toda preferencia, el primero, quién sabe, si es al corazón al 
que pedimos que distribuya esas preferencias; el primero, tam- 
bién, si es el cumplimiento de sagradas obligaciones el que se- 
ñala los puestos en estos momentos de tristeza. 

¡Qué fuente de tan intensa inspiración para darle el adiós a 
Ricardo Palma, el acongojado recorrido que acabamos de hacer 
por nuestras históricas calles, en que, seguramente, se ha des- 
prendido, tiernamente, el alma de cada cosa; en que seguramen- 
te se levantan en estos momentos en este augusto recinto, las 
sombras veneradas de nuestros antepasados para acompañar en 
invisible y sagrado cortejo a esta figura, también sagrada, que 
nos deja! 

Lima, la noble ciudad de los virreyes, cierra los ojos de uno 
de sus más preclaros hijos; pero su dolor es mucho más profun- 
do todavía porque llora la muerte de su hijo favorito, del que 
más la acompañó, del que más íntegramente heredó su alma, del 
que siendo niño se adormecía escuchándole sus hermosos re- 
cuerdos y amorosas consejas para devolvérselos, más tarde, en 
frutos de arte incomparable, que con serlo, siempre valían me- 
nos que el cariño inmensa a la madre que los inspiraba. 

Por eso ensalcen otros sus méritos y dejen sólo a Lima, la 
madre dolorida, el tributo de llorar inconsolable el cariño per- 
dido de su hijo predilecto. 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 445 

Lima, la Lima querida de nuestros abuelos, se desvanecía. 
Sin poderlo remediar, se transformaba ante las necesidades de la 
vida moderna: pero, como heredera y la más fiel que era de la 
noble estirpe castellana, traía en su abolengo el amor ferviente 
por el pasado y al transformarse volteaba, sin cesar, la cara hacia 
su historia y al igual de su madre España, al sentirse vencida 
por la invencible realidad, se embozaba, romántica, en el manto 
de oro de su historia y calando el tradicional chapeo miraba al 
soslayo el porvenir con el más desdeñoso continente. Pero el 
alma de Lima no podía así no más perderse. ¿Qué iba a ser de 
nosotros sin Lima la devota, la Lima de nuestras creyentes ma- 
dres, la de las suntuosas procesiones y opulentos conventos? 
¿Qué iba a suceder si perdíamos a Lima la loca, la de sus ardien- 
tes espectáculos, Lima la pródiga, Lima la caritativa y la buena? 
Nó, esa Lima no podía desaparecer; si desapareciera habría que 
llorarla eternamente como se llora el bien perdido. ¡ Cómo se iba 
a renunciar así no más a esos arranques caballerescos de nues- 
tros padres, que, en medio de todos sus extravíos, revelaban siem- 
pre las cualidades de su generosa soñadora raza! Toda esta vida 
intensa nacional no podía desaparecer, tenía que perdurar y su 
única transacción con la triunfadora realidad fué el culto de la 
tradición y el gran Sacerdote de este inmenso culto fué Ricardo 
Palma. El árbol de nuestra moderna nacionalidad había sido re- 
gado por la rica savia de nuestro culto al pasado, y con tan fértil 
abono fué su más sabroso fruto las incomparables Tradiciones y 
el más incomparable creador de ellas. 

No fué igualmente pródiga la Providencia con las demás 
secciones Hispano Americanas, cuyo momento histórico igual al 
nuestro pasó sin tener su cantor. Es por esto que las Tradiciones 
son el monumento único del alma hispano americana. 

¡Bendito sea el que así nos enseñó a querer nuestro pasado, 
ese pasado que suministra refrescante bálsamo para nuestros 
actuales dolores y en el que se satisfacen íntimas necesidades de 
nuestra alma latina cuya satisfacción se busca ansiosa y descon- 
solada no se halla en la vida moderna! 

Lima, la noble ciudad de los virreyes, la madre dolorida, 
abre los bazos para hundir en su misterioso seno los restos del 
mismo a quien dio ser. Nosotros abrimos nuestras almas para 
recibir el espíritu del que nos inició en el fervoroso culto de la 
tradición. 



446 MERCURIO PERUANO 



Señores : 

Ha querido la Municipalidad de Lima darme el penoso en- 
cargo de despedirme, en su nombre, de Ricardo Palma. Lo ha- 
go con toda la vehemencia de mi alma que vuela hacia él, que 
no Quisiera desasirse de él, que no quisiera dejarlo marchar nun- 
ca. 

Pero, permitidme engañarme; dejadme que le evoque, en el sue- 
ño en que reposa, decirle que no es la Municipalidad de hoy la que 
ha venido: que es el histórico Ayuntamiento de la ciudad de 
Francisco Pizarro que viene en solemne corporación de Alcalde 
y Regidores a despedirse de su propio pasado, a decirle adiós al 
último limeño. Dejadme decirle que el Alcalde y Regidores ve- 
nimos de sentar en los libros de Cabildo una de sus actas más 
solemnes, acta que ha voceado el pregonero anunciando al ve- 
cindario que ha muerto el más ilustre de los vecinos de esta leal 
y noble Villa, hidalgo de altas prendas, varón justo de recto y 
altivo proceder, eterna prez de las Letras de Castilla. 
¡Que sea su última tradición, su última fantasía! 



El doctor don Alejandro O. Deustua, en representación de 
la Biblioteca Nacional, dijo: 



Señores : 

Si la fama literaria de Ricardo Palma se ha extendido en el 
mundo, si su obra original es la expresión admirable de la faz 
¡nás característica del espíritu nacional; si Palma es para el Pe- 
rú lo que Cervantes para España y merece por este sólo título 
nuestra eterna gratitud, otra labor, menos excelsa pero muy me- 
ritoria también, necesita quedar grabada en la memoria de las 
acciones dignas de alabanza. 

Como todos los hombres superiores que buscan con profun- 
do anhelo, en medio de las vicisitudes de la vida pasada, de las 
duras experiencias del presente, el secreto de un futuro mejor, 
más libre y más solidario, y consultan el pensamiento de los 
grandes conductores de la humanidad, sumergiéndose en la lee- j 
tura de sus libros, así Palma tenía gran amor por esos amigos 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 447 

leales de los que saben y pueden emanciparse de las esclaviza- 
doras imposiciones de la naturaleza. 

Ese amor por los libros había de conducir a Palma a la Bi- 
blioteca y a la realización de una empresa patriótica, cuyo al- 
cance, cuya importancia escapa al cálculo numérico y sólo pue- 
de medirse por la apreciación de las enormes diñcultades que 
tuvo que vencer y que venció, animado por ese sentimiento 
ideal que se inspira en la contemplación de fines superiores y 
el único capaz de fecundar el alma y hacerla producir grandes 
obras . 

Ricardo Palma animado de ese espíritu, rehizo nuestra Bi- 
blioteca Nacional, cuando desastres abrumadores, que llevaban 
el desaliento a caracteres fuertes, convertían en simples ilusio- 
nes las conquistas puramente espirituales y reclamaban el" con- 
curso de todas las energías en la reconstrucción del edificio 
económico nacional. 

No limitó Palma a ese gran esfuerzo su labor como biblio- 
tecario; no sólo perseveró en él, con un empeño excepcional, 
enriqueciendo sus productor; sino que fué, al mismo tiempo, 
un guía, un conductor de espíritus, un Maestro en la más am- 
plia acepción de la palabra. Su vasta cultura literaria, y más 
que eso, su intuición penetrante, adivinadora, que preveía la 
corriente de las inclinaciones literarias de nuestra juventud, le 
permitieron esparcir abundante semilla, que las resistencias del 
medio práctico en el que vivimos todavía absorvidos casi por en- 
tero, no ha permitido germinar con toda la fuerza de su precio- 
sa virtualidad. 

Nuestra cultura debe, pues, gratitud inmensa a Palma, que 
realizó obra digna de conquistarla como Director de la Biblio- 
t^cE . Sucesor suyo, cumplo con la obligación de recordarla en 
esvos tristes y solemnes momentos en que depositamos sus res- 
tos y entregamos a la memoria nacional el testimonio de sus 
virtudes . 

El señor D. Enrique Castro Oyanguren, llevando la pala- 
bra de la Academia Peruana, dijo: 

Señores : 

Designado por la Academia Peuruana, correspondiente de 
la Real Española de la Lengua, para llevar la voz de la corpora- 
ción en esta triste solemnidad, cábeme la honra de interpretar 



448 MERCURIO PERUANO 

el sentimiento de mis compañeros y de todos los hombres de le- 
tras del Perú, al ver extinguirse para siempre la llama espiri- 
tual que alumbraba el maravilloso cerebro del que fué venerable 
y amado director. 

Y el duelo del Perú por la pérdida de este escritor insigne 
no se circunscribe a los linderos del solar patrio. Por encima de 
las barreras artificiales de la geografía y de las imposibilidades 
fatales de la Historia, palpita el alma americana, "la excelsa y má- 
xima patria", que ha vibrado de dolor y de congoja al contem- 
plar la desaparición de don Ricardo Palma, el escritor legenda- 
rio y ameno, el sabroso y espiritual narrador, que con las mieles 
de su ingenio y los prodigios de su arte de evocación retrospec- 
tiva ha ido poblando el mundo de nuestra fantasía con los per- 
sonajes reales y vividos de la historia, realzados y transfigurados 
por el prestigio superior de la leyenda. 

Pero si, dondequiera que se hable la lengua de Cervantes, 
era conocido y reverenciado el gran escritor; si en América y 
España sus libros eran saboreados con deleite y constituían el 
más rico manjar de esparcimiento intelectual : si el Perú le de- 
be la divulgación de su historia en la parte más sugestiva es- 
plendorosa y pintoresca, nuestra capital, Lima, la ciudad de sus 
amores y de sus ensueños, la urbe mitad cristiana, mitad moris- 
ca, con sus celosías y sus encrucijadas propicias a la aventura y 
al misterio; Lima, que nunca fué más grandiosa y opulenta que 
cuando sirve a Palma como fundamento de evocación histórica 
o como materia novelable, le es deudora de las páginas de arte 
de más subido precio y más penetrante sugestión. 

La Lima colonial, mezcla extraña de misticismo y libertina- 
je, la Lima de los virreyes galantes y de los graves oidores, de 
las procesiones y de las tapadas, de las corridas de toros y de 
los autos de fe; la metrópoli refinada del Perú fastuoso y legen- 
dario, nadie la ha evocado y sentido con más cariño, con más 
gracia ni más travesura que tú, pintor egregio de nuestra sico- 
logía y nuestra historia, porque en tí se habían resumido y com- 
pendiado todo el espíritu y toda la savia de la raza, que harán 
de tí por mucho tiempo el más perenne luminar de nuestras le- 
tras. 

La obra de don Ricardo Palma representa en el Perú el es- 
fuerzo literario más perseverante y audaz del pasado siglo. Jun- 
to a la labor intermitente y veleidosa de la mayor parte de sus 
contemporáneos, álzase la ligera construcción de este regocija-^ 
do narrador de consejas populares que no fué y no quiso ser to- 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 449 

da su vida, salvo momentáneas desviaciones que afirmaban su 
vocación, nada más que literato. Y al lado de la grave y maciza 
obra de erudición del general Mendiburu, para quien todo elo- 
gio parece escaso, surge como contraste, la figura del autor de 
las Tradiciones Peruanas, con la graciosa y leve ironía de su in- 
genio, matizado por los donaires y agudezas de un estilo en que 
se advierten reminiscencias y vislumbres de la sonrisa cervan- 
tesca, del léxico abundante y sentencioso de Quevedo y de la pi- 
cardía y perfección literaria del autor del "Escudero Marcos de 
Obregón" . 

Pero, señores, hay dos instituciones en el Perú que merecie- 
ron de don Ricardo Palma su más dilecta y entusiasta inclina- 
ción: la Biblioteca Nacional y la Academia Correspondiente de 
la Lengua. A la primera le dedicó todo su esfuerzo, toda su 
vehemente consagración en los mejores años de su vida, cuan- 
do su ardor patriótico pudo rescatar algunos restos de nuestras 
reliquias bibliográficas, salvadas, merced a a su arrojo y su ci- 
vismo, de los estragos de la piratería y la barbarie. Si el egregio 
San Martín fué el fundador de ese centro de cultura nadie pue- 
de disputarle en justicia a don Ricardo Palma el título de res- 
taurador de nuestra Biblioteca Nacional. 

Pasarán los años, se extinguirá el eco de nuestro recuerdo 
por el mundo, y en las amplias y silenciosas naves de ese edifi- 
cio resonará alguna vez el diálogo solemne y misterioso entre el 
Capitán de los Andes y el Tradicionista peruano, a modo de 
genios tutelares de la Biblioteca de Uima. 

Para la Academia tuvo Palma sus más íntimas y dulces 
complacencias. Cuando la hoz de la muerte fué segando las ve- 
nerables figuras que formaron la primitiva Academia Peruana, 
el ilustre tradicionista, que sentía por España y por sus glorias 
del siglo de oro de nuestra lengua el cariño acendrado que a to- 
do espíritu noble inspira esa maestra y educadora de naciones, 
quiso restaurar también la docta corporación, agrupando a su 
rededor un núcleo de escritores que forman el nexo entre la 
cultura europea y la peruana. Obra exclusivamente suya fué la 
reinstalación solemne de nuestra Academia; a su iniciativa, a su 
entusiasmo, a sus vínculos con los literatos de allende el océano, 
se debe la formación de ese centro intelectual. Enfermo y vaci- 
lante de cuerpo, encorvado por los años y asistiendo todos los 
días al natural derrumbamiento de un organismo que parecía so- 
brevivirse y perpetuarse más allá de las esperanzas de sus fami- 
liares y admiradores, fué para don Ricardo Palma un día de 



450 MERCURIO PERUANO 

.loria y «gocijo y vibró su espíritu con alegrías y «W»"»""» 
de mño. cu' ndo no hace apenas dos años se restauro la Acad.- 
mia Co respondiente, y un grupo de escritores tmmos en esp.- 

ri ual romería a su poético retiro, donde «P"»-»»/: J^/^P^^U 
y vanidades de la vida, mantenía en el atardecer de su ex.stenca 

"'""señoiesTgVneración actual tiene un sagrado deber pa- 
. r=i^. ^Un escritor^^e ba ^^^^^^^J^ 

r tn e^r. ^^y^:r^irz^i 
-rrnsSrsrrec^rrr.;-^^^^^^^^^ 

discursos necrológicos. El cincel ^^^^^^^^^^^ /'';! con 
mármol o el bronce que ha de perpetuar su figura y ve 

.• • . j.i art» Ins estraeos corrosivos del tiempo y 
los prestigios del arte los estrago -onHente y bondado- 

distancia. Me parece ya verle '". ^'="J"f .^™„ J 13, picar- 
sa con su aire de abuelo compasivo y tolerante V"""^ J 
sa, con su <. umbroso de una avenida, entre el 

días de sus nietos. En lo ■"«."■"° diafanidad del horizon- 

foUaje de los castaños que dejan «' ^^ ^'^''^^ Tradiciones 

gosa habla, mezcla de elegancia clasica y <!« donaire =J^°' 

^ue aderezó sus incomparables "«;-'-«• ^^^^^^^^ de su 
da de aves parleras y sumisas entona el perenne 

triunfal apoteosis. .jí_í^„. de hov retorna- 

Maestro y director amado: 1°= ««f J^»; ¡¡, Inumento 
remos algún día a depositar una "roña al P« del 

que ha de consagrar tu «'="«.'i»- .'"»"f ° ;] a la comprensiva ^ 
el relieve de tu obra extraordinaria, merced a comp 
gratitud de tus conciudadanos. 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 451 

Por la Universidad Mayor de San Marcos, habló así el Dr. 
D. Felipe de Osma: 

Señores : 

La muerte ha venido a transformar una ancianidad glorio- 
sa en nueva vida. Despojado de las ligaduras de la carne, Ricar- 
do Palma sobrevive, como los varones ilustres representativos 
de la mentalidad de una generación, del valor de una época y 
del espíritu de un pueblo, en la trascendencia de su obra, en el 
afecto de sus contemporáneos y en la admiración de la poste- 
ridad . 

Penetrando en los rincones del pasado, Palma exhumó ca- 
racteres y costumbres, descubrió las intimidades de la vida so- 
cial, reveló las pasiones y los intereses que la informaron; y re- 
constituyendo lo que fué, nos trasmitió lo que sólo él sabía y 
nadie podrá expresar en estilo que supere al suyo. 

Pero el valor de su obra no estriba únicamente en lo que 
nos dice ni en la profunda emoción artística que nos causa. 
Está, principalmente, en que nos enseña no sólo a conocer el pa- 
sado, sino también a amarlo. Valor singular en la formación 
del espíritu nacional, que no surge y prospera sino cuando es- 
tamos unidos al pasado por la indulgencia y el amor y vincula- 
dos al porvenir por las aspiraciones y el esfuerzo. 

Palma es una gloria nacional, deñnitivamente consagrada 
por la muerte . Nuestro, enteramente nuestro ; su nombre es sím- 
bolo de austeridad, cultura y patriotismo. 

La Universidad de Lima se asocia al homenaje que le tri- 
buta la nación. 

En nombre del periodismo nacional, el señor D. Luis Fer- 
nán Cisneros se expresó así: 

Pensé venir aquí, al pie de este ataúd, sin más representa- 
ción que la de mi propia insigniñcancia, confundido mi silencio 
en el silencio emocionado del cortejo, uno más en el homenaje 
que los anónimos rinden a la gloria, uno más en la tristeza, en 
el decaimiento y en la resignación ante lo irreparable. Me ha- 
brían acompañado siempre, muy adentro del alma, tiernas re- 
miniscencias de cuando niño, tocadas de melancolía por la dis- 
tancia y medio borradas por la fatiga del recuerdo, pero salva- 
das por el ansia de alivio y de refugio que imponen los contras- 



452 MERCURIO PERUANO 

tes de la vida. Paso a paso, al rodar del féretro en las calles, al 
embocar estas quietas alamedas, entre el temeroso rumor de las 
pisadas y el ronco musitar de la liturgia, yo habría vuelto a la 
ilusión de la infancia para reconstruir lentamente veladas cuo- 
tidianas de mi hogar, aquellas en que a mí me contaban cuentos 
y en que uno de los que cuentos me contaban era el glorioso 
don Ricardo Palma. ¡ Noches de la niñez, relatos apacibles de 
sobremesa, tradiciones como cuentos, cuentos como tradiciones, 
decires y epigramas, donaires y picardías del ingenio, — buena 
pobreza, buenas palabras, buena risa — noche de la niñez, j quién 
os trocara, con ser noches, por los días de ahora!... Yo habría 
venido hasta aquí, al pie de este ataúd, perdido entre vosotros, 
con mi silencio lleno de ternura infantil; y al embocar estas 
quietas alamedas, habría presenciado para mí solo, cerrando los 
ojos, el fraternal abrazo de dos muertos que era en mi hogar, 
en las noches serenas de mi infancia, el abrazo de dos hermanos 
vivos . 

Pero quiere mi suerte, exige la benevolencia de mis compa- 
ñeros de profesión, mandan los directores de los diarios de Li- 
ma, que yo olvide en esta hora lo que es únicamente mío y que 
traiga, porque ellos me la ponen generosamente, una investidu- 
ra que me sobrecoge todo lo que me honra : la representación del 
periodismo sobre esta tumba. Ya que contrariedades del mo- 
mento postegan el gráfíco homenaje a la memoria de don Ri- 
cardo Palma, es fuerza que entre las más sinceras lamentacio- 
nes con que la patria trae en sus brazos este féretro, se escuche 
la de la prensa nacional, siquiera sea desmañada y débil. Cuento 
yo, señores, para decirla, nada más que con el corazón. 

Pero lo digo, porque detenidos aquí delante del inñnito, en 
los umbrales del abismo sin límites, para ver partir a este gran 
anciano, patriarca insigne, peruano gloriosísimo, y para inter- 
pretar la íntima perplejidad de los que quedan, no son menester 
luce? de entendimiento ni galas de ropaje. Acudimos todos, nó 
a una presentación social, ni siquiera a convocatoria de litera- 
tos, artistas o profesionales: acudimos los peruanos a un llama- 
miento del espíritu que arranca de lo presente y de lo ausente, 
de hoy y de ayer, de ayer y de mañana, de la historia y del por- 
venir. Es una solemnidad: no es un enterramiento. Sentimos 
gran dolor al pronunciar este adiós irreparable al maestro ancia- 
no, pero nos asiste la convicción de que percibimos, al despedir- 
lo, el ruido de alegría con que se abren las puertas inmortales. 
Aquí estamos los peruanos con la congoja de saber que se pierde 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 453 

a lo lejos la vida de don Ricardo Palma, pero aquí estamos, tam- 
bién, con el orgullo de pregonar que el muerto, así tocado desde 
el ataúd por la gloria, es nuestro y sólo nuestro ante la humani- 
dad. 

Y es este sentido patriótico del dolor y del orgullo el que 
traemos aquí los periodistas, celosos de estos casos emotivos ca- 
paces de revelar la consistencia y la salud de la conciencia na- 
cional. Para todo peruano muere con don Ricardo Palma el li- 
terato de más fuerte personalidad, y el único definidamente re- 
presentativo. Y muere el peruano más popular en el mundo. El 
arte es el supremo conductor de la popularidad y de la gloria 
porque gana los corazones aun a despecho de resistencias, filo- 
sofías y evoluciones mentales. Lo inmutable en la vida es el 
sentimiento. La belleza es eterna, aun despojada de ocasiona- 
les vestiduras. Léese así en el cielo limpio o encapotado, al al- 
ba o al crepúsculo en girones, desde el campo o desde el cristal 
de una ventana. 

No es sólo esta ceremonia, ni este acompañamiento de uni- 
formes, de excelencias, de señorías, de magistrados, de jóvenes, 
venidos hasta aquí, calle tras calle, todo el homenaje de la hora. 
Es mucho más. Es toda el alma de la patria, la conmovida.Son 
todos los hogares los que piensan ahora en don Ricardo Palma. 
Es el abuelo que desempolva, temblorosamente, la primitiva 
edición de "Tradiciones", el padre que recomienda al hijo la lec- 
tura para estudio amoroso de la leyenda, el joven que se in- 
quieta por descubrir la picardía maravillosa con que en el libro 
danzan los personajes y se eterniza el ambiente oropeloso, ma- 
licioso, zaragatero, de los hombres que nos hicieron el regalo 
del espíritu. Es la gracia, señores, la divina gracia, turbada por 
el eco lejano de la marcha fúnebre, que torna a encender la lu- 
minaria del ideal en todos los corazones. El adiós a don Ri- 
cardo Palma no lo dan sólo nuestra presencia y nuestras pala- 
bras; flota sobre nosotros, en la extensión de la patria, el adiós 
agitado de las banderas. 

Y era fatal, señores, Don Ricardo Palma impuso a la litera- 
tura el género nacional en el que ha reinado y reinará sin disputa. 
Rodeado de infolios, deletreando caligrafías carcomidas, pudo 
producirse para alimento de historiógrafos, de esos que pugnan 
por hacer una ciencia de las contradicciones de la vida, o para 
satisfacción de eruditos, de esos que por saberlo todo ensanchan 
más y más la revelación de lo que ignoran, pero prefirió pesar y 
aquilatar lo leído, escogerlo, extraerlo, destilarlo, hasta ver caer. 



454 MERCURIO PERUANO 

saltarina y alegre, de la página obscura, la gota irisada por el 
matiz fosforescente de su espíritu. Para inspirar amor a la histo- 
ría, no hay como los personajes de don Ricardo Palma: para 
inspirar pasión por la divina gracia no hay como sus libros. 

Don Ricardo Palma por ser original y único, fué jefe de la 
bohemia en sus días, maestro de las bohemias posteriores, pa- 
triarca, más tarde, de la literatura nacional . Fué artista y poeta. 
Tuvo, por artista y poeta, la predilección de lo bello. Amaba en 
la amplitud del paisaje la serenidad de los árboles. El mismo 
hizo su vida, ahondando profundamente las raíces; así pudo 
elevarse sobre todos. Arbusto enhiesto en la juventud, árbol 
florecido y dominador en la madurez, árbol acogedor y venerable 
en el otoño, agarrado del campo y frente al mar, dichoso de dar 
sombra a los peregrinos de tierras extranjeras, majestuoso en- 
tre las luces del crepúsculo, aun derribado hoy por el tiempo se 
ha de cumplir en él la misión de los troncos generosos: a sus 
llamas eternas arrimaremos siempre el corazón los hombres do- 
loridos. 

Señores, la tristeza de hoy es profundamente evocadora. 
Don Ricardo Palma no es un libro, no es una vida: es una 
época. Pasa ahora su cadáver a través de los siglos y retrocede- 
mos con él, todos nosotros al conjunto de la evocación misterio- 
sa. Llegan no sé de dónde, aromas de zahumerio, doblan las 
campanas de Lima, lloran las plañideras, detiénense las calesas, 
pasan hombres con las pelucas empolvadas, desñlan los oidores, 
rezan los frailes y las dueñas, murmuran las tapadas, crujen las 
celosías, se anuncia la cruz alta, asoman las arcabuces, refulge 
el palio. .. .Llega el virrey.. ¿El de Cañete, el de Salinas, el de 
los Milagros, el de Montesclaros, bromista de palacio, el de Es- 
quilache que ajusticia a los duendes, el de Lemos, procesional y 
fastuoso, el Arzobispo que carga barras de oro para el chapín de 
la reina; o el de Castell dos Ríus, gimnasta de los versos, o el 
de Amat, que ama y manda, o el de Viluma, entristecido por el 
tronar de los mosquetes patriotas? ¿Quién?.. Quienquiera que 
seas tú virrey del Perú, llega temblando ante la tumba e inclí- 
nate. Hiciste poco o mucho por la corona de Fernando o de Car- 
los; el gran tradicionista peruano lo hizo todo por tí. 

i De rodillas! 

Y mientras rezan nobles y plebeyos, tú, Ricardo Palma, 
grande abuelo de todos los que piensan, escucha estas palabras 



) 



LOS FUNERALES DE DON RICARDO PALMA 455 

amorosas: la prensa nacional llora tu muerte, pero te dá las 
gracias, artista incomparable, por tu vida. 



Comisionado por la Federación de Estudiantes dijo el se- 
ñor Pablo Abrill de Vivero: 



Señores : 

La Federación de Estudiantes, a nombre de la juventud del 
Perú, se posterna ante la tumba de don Ricardo Palma. 

El homenaje nuestro ha nacido únicamente en la admira- 
ción por la obra, al mismo tiempo sencilla y pomposa del maes- 
tro, porque esta juventud de hoy está constituida por la prime- 
ra generación que se ha iniciado en la literatura y en la vida, le- 
jos de la vasta sombra del árbol patriarcal. 

Cuando nosotros cerrábamos el último tomo de las "Tradi- 
ciones" y volvíamos la mirada, como nuestros antecesores en el 
encantamiento, hacia el viejo mago, éste, cansado de agitar la 
historia con la varilla de la gracia, fatigado de su minuciosa re- 
construcción bibliográfíca, se esfumaba en la tibia penumbra del 
hogar y apenas si de nuestra corona le alcanzaban en la última 
etapa del camino las flores de entusiastas veneraciones indivi- 
duales. 

Otras generaciones estudiantiles e intelectuales sintieron 
la preocupación literaria más fuertemente que nosotros, quizá 
porque recibieron del maestro admirable, el entusiasmo. Un 
campo más vasto ha reclamado — quién sabe si por necesidad o 
por error — nuestras actividades, pero somos leales con una per- 
manente veneración al llegar hoy hasta esta tumba, vistiendo las 
sandalias de nuestro desengaño, a deplorar no haber gozado 
aquella vasta sombra del árbol patriarcal que tanto pudo miti- 
gar el fuego de estériles contiendas; pero a afírmar también, 
como un título de sinceridad en el dolor, que le hemos admirado 
con un fervor ocasionado sólo por la contemplación de su mag- 
nifícencia . 

Hoy, cuando quienes acompañaron en vida a don Ricardo 
Palma, le despiden y se alejan, nosotros le saludamos llegando 
a él. Así, mientras terminan los homenajes sonoros, nuestro ca- 
llado homenaje empieza. Otra juventud americana acudía al le- 
cho de un patriarca como éste a llevarle, mientras vivió, la 



456 MERCURIO PERUANO 

ofrenda floral de su respeto: la juventud del Perú, mientras 
la nacionalidad subsista, va a traer a este sepulcro sus pensa- 
mientos. Al conjuro del espíritu excelso que desde aquí con- 
templará la evolución intelectual de este pueblo, esos pensa- 
mientos de cuantos aspiren a producir la belleza y a provocar la 
sonrisa, encontrarán al pie de esta tumba, en el silencio fecundo 
de las noches, a las Gracias que desciendan a verla y escucharán 
el vuelo armonioso de las musas. 



Notas 



PARALELISMO y SINCRONISMO ECONÓMICO. POLÍTICO y 
ESPIRITUAL DE LA EVOLUCIÓN ARGENTINA. 



(Conferencia sustentada en la Sociedad de Ingenieros, por el Ministro 
Plenipotenciario de la República Argentina en el Perú, señor 
Dr. Antonio Sagarna.) 



Como esta no ha de ser una crónica, sino una nota, necesariamenfte 
breve y sucinta, no nos referimos aquí, mayormente, al éxito intelec- 
tual y social, — muy notable y muy merecido — alcanzado por el señor 
Sagarna, uno de los mejores amigos de "Mercurio Peruano", con su con- 
ferencia. Señalamos simplemente el hecho, y nos concretamos a hacer 
una ligera reseña de las apuntaciones, con patriótica vehemencia, he- 
chas por el ilustre personero argentino. 

Como lo indica el epígrafe adoptado, el estudio de la evolución ar- 
geiitina, hecho a grandes rasgos por el señor Sagarna, se orienta hacia 
la cuestión ya bastante debatida, acerca de la primacía o secundariedad 
de los factores económicos o meramente materiales en el desarrollo de 
las naciones. Ya triunfante, para todo aquel que tenga una idea, por 
vaga que sea, del verdadero sentido del progreso moderno, la'tesis es- 
piritualista, es decir, la que proclama la preeminencia de los factores 
morales y de los elementos intelectuales y espirituales como propulso- 
res del adelanto integral de los pueblos; y ante la incomprensividad, 
más generalizada de lo que parece, con que suele mirarse en el Conti- 
nente el portentoso surgimiento de la democracia platense, el señor 
Sagarna se apresura a dar realce y hacer valer aquel?as partes de la 
grandeza histórica y actual de su patria, que no quieren ver, o que ven 
disminuidas, todos aquellos que tardan más de lo disculpable en com- 
prender esta sencillísima verdad: el esplendor y la magnificencia de to- 
dos los aspectos de la vida argentina son producto de una serie de virtu- 
des básicas de ese pueblo, que, desde sus orígenes, le hicieron eminente- 
mente apto para un desarrollo integral y armónico; virtudes, por otra 
parte, independientes de otros aportes naturales que han conftribuído a 
hacer más intenso el progreso argentino, como la inmigración al país 
de capitales y hombres de distintas partes del mundo. 



458 MERCURIO PERUANO 

Lejos de ser aceptable el concepto formado acerca de la Argenti- 
na en el sentido de ser un país colecticio y cosmopolita, de instituciones 
y valores sociales improvisados, y de orientaciones ideales sin arraigo 
tradicional; puede decirse que, desde este punto de vista, la patria de 
Sarmiento satisface más ampliamente, en el día de hoy, el concepto de 
nación ideal, que la misma gran federación del Norte. Hay en nues- 
tros juicios comparativos acerca de las naciones un constante motivo de 
error: el prejuicio de nuestra incipiencia e inferioridad. Olvidamos te- 
ner presente lo ventajoso que es para la adaptabilidad de los pueblos 
al progreso su calidad de nuevos; y parecemos, por el contrario, no 
damos cuenta de cómo en los pueblos en otro tiempo más adelantados 
las posiciones y los intereses creados, y varios fenómenos sociales que 
no podríamos puntualizar aquí van determinando el surgimiento de fuer- 
zas retardatarias que impiden o limitan el libre desarrollo de las nuevas 
ideas y formas sociales y políticas de brote más moderno y espontáneo, 
y que responden a las necesidades impuestas por aspiraciones cada vez 
mas altas y todas tendientes a la dignifícación de la sociedad en general y 
del individuo en particular. — Si normamos nuestro pensamiento respec- 
to a estas cuestiones con el aforismo de Tocqueville, el gran apologis- 
ta de la democracia americana, que dice: "Es preciso una ciencia po- 
lítica nueva, para un mundo enteramente nuevo", comprendemos que 
nuestras democracias del Sur, si han de representar algo que signifique 
verdadero relieve histórico y cultural, están llamadas a desempeñar un 
rol reformador, innovador, revolucionario, en el desarrollo de la civili- 
zación, y que, mirándolo bien, Sud-América es, y no debe dejar de ser- 
lo por la transfusión de intereses y sistemas, un nuevo mundo progre- 
sivo, frente a la América del Norte . De esto que observamos es indicio 
bastante elocuente el surgimiento de nuestras nuevas constituciones, en- 
tre las cuales las de México y el Uruguay, son de lo más avaluado del 
mundo en cuanto a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de 
que, a pesar de todos los fracasos, no abdica ni abdicará jamás el es- 
píritu humano. 

La República Argentina, que, desde su nacimiento como estado in- 
dependiente y soberano, ha contado con hombres representativos de es- 
tas aspiraciones y tendencias, pues ya en la Colonia, como lo expresara 
el señor Sagarna, el espíritu progresista liberal y humanitario palpita- 
ba en el alma colectiva de esas regiones; la República Argentina, deci- 
mos, si no ya, pronto se ha de hallar a la cabeza de este movimienito, 
aún difuso y mal deñnido, que esbozamos. A pesar de todo lo que en 
las modalidades de esa agrupación social haría persar lo contrario; a 
pesar de la organización constante de ingentes fuerzas de filiación capi- 
, talista y conservadora, a pesar de los esplendores de su burguesía, y 
acaso por la misma ponderación que este control impone a las energías 
renovadoras; la nación argentina, en su conjunto, constituye en nues- 
tros días el cauce de mayor importancia y consideración abierto a las 
corrientes sociales de nuestra época. Si hay en 1? gran república del 
Plata altos representantes del espíritu conservador y estacionario que, 
inspirándose en un viejo escepticismo político, califican de utópicas y 
fantásticas las reformas, innovaciones y reorganizaciones que planean 
los eternos profetas de lo porvenir, que preconizaa los precursores y 



NOTAS 459 

los apóstoles, y que plantean como vivos problemas de la realidad in- 
mediata los incansables luchadores idealistas; si en su gran cosmópolis 
se han ido reuniendo intereses creados que lucharán a brazo partido 
contra todo intento de realización de los ideales liberales y radicales, 
defendiendo tenazmente las posiciones adquiridas, los privilegios y las 
jerarquías de toda índole; también es cierto que, tradicionalmente, el 
ambiente argentino ha sido propicio a la organización, desarrollo y ex- 
patisión de los partidos sociales guiados por principios de sano revolu- 
cionarismo, que en todos los ramos del saber y de la experiencia poli- 
tica, ha contado con precursores y propulsores de primera categoría. 

Abrigamos la esperanza de no equivocarnos al pensar que el señor 
Sagarna es uno de los convencidos de que el rol social y político que 
debe desempeñar su patria en América, está orientado conforme a lo 
que dejamos indicado. El habrá podido observar claros síntomas de 
esas iilclinac iones o rumbos colectivos; y su conferencia, aunque no to- 
cara directamente los aludidos problemas, demuestra la presencia de 
un temperamento que con esas inclinaciones y esos rumbos se confor- 
ma, conociendo su excelencia. El Dr. Sagarna pertenece a la pléyade 
de hombres públicos argentinos que cultivan con amor y cuidadoso celo 
una noble concepción de los destinos de su patria, tiene clara concien- 
cia de lo que valen las que ha llamado "conquistas civilizadoras" de su 
país (i), y dice: "Sentimos, en efecto que todo nos ha deparado el des- 
tino manifiesto", para ser grandes, originales y eficaces en el concier- 
to xmiversal. "Peregrinos de la vida": — cita él, conceptos que, dice, el 
pueblo de Mayo inscribió en el frontis de su hogar recién abierto— bajo 
mi techo y eni mi regazo caben todos los ensueños y tod-is las esperan- 
zas, porque soy yo mismo un Mensajero y un Bayardo del ensueño". 
Tal es, en realidad, cómo concebimos, los que le conocemos, al pueblo 
nobilísimo que Zorrilla de San Martín honrara con el apelativo justísi- 
mo de "corredentor". La aspiración de los grandes argentinos ha sido 
siempre el hacer de su tierra "Oasis y Edén para todas las ansias de una 
humanidad renovada, dignificada y redimida". Nunca nos cansaremos de 
exaltar la magnífica, casi sublime, actitud de ese gran repúblico que se 
llamó Saenz Peña, al oponer, en Washington, a las habilidades cartagi- 
nesas de los preconizadores de un egoísta, oscuro y mercantilista Zoll- 
verein Americano, el lema iiunortal y generoso que tcdo americano de 
corazón tiene grabado en el pensamiento y que prueba la verdad de esa 
disposición. 

El Dr. Sagarna, publicista de espíritu luchador que en diferentes 
escritos ha puesto de manifiesto su acendrada fé en la alta misión de 
nuestra América en el concierto de las naciones, y que ha defendido 
briosamente la dignidad de todas y cada ima de nuestras nacionalida- 
des (2) ; es, lógicamente, un fervoroso propugnador de las virtudes de 
su patria. Y es indudable que, para los que no la reconocieran como tal 



(1) . — Véase "Mi credo patriótico", Buenos Aires, 1912. 

(a) . — "Conciliación de una disputa trascendental" (sobre la doc- 
trina de no intervención) y "La acción de América en las nuevas orien- 
taciones del Derecho Internacional". 



460 MERCURIO PERUANO 

desde antes de haber escuchado la conferencia que comentamos, ésta de- 
be haber sido una lección muy eficaz y saludable. — Metódicamente de- 
sarrollada, e informada, como hemos dicho, en las doctrinas más libe- 
rales del pensamiento político contemporáneo, esa conferencia puso en 
evidencia el enorme error de los que creen que la nación argentina es 
algo así como una conglomerado amorfo de intereses materiales, y su ca- 
pital una moderna Cartago. Muy lejos de eso, y todo lo contrario: el 
secreto del engrandecimiento argentino estriba, como nosotros lo in- 
sinuábamos en otras ocasiones (3), en el hecho de no haber carecido 
jamás de un núcleo activo de hombres de espíritu generoso e idealista 
que se preocupara, desinteresada e inteligentemente, de los trascenden- 
tales intereses públicos, dando a la nación normas y finalidades eleva- 
das. El Dr. Sagarna, rectificando algunos errores ccmimes sobre las 
causas de la decadencia española, señaló el empalme intelectual y doc- 
trinal de los representantes del espíritu progresivo en las nuevas gene- 
raciones de las Colonias hacia el siglo XVIII, con los progresistas pe- 
ninsulares; citó y ameritó la obra de algunos economistas españoles 
que podrían ser considerados como precursores, aun con respecto a 
Adam Smith y otros extranjeros, (Bernardo de UUoa, 1740; Jerónimo 
de Ustariz, 1724; Bernardo Ward, 1760, etc.); habló de la actividad 
7 principios científicos de las Sociedades Económicas fundadas en Es- 
paña durante el reinado de Carlos III; se refirió a la obra de Jovella- 
nos, Campomanes, Floridablanca, Macanay, etc. ; y lleg^ando a ocuparse 
de las preocupaciones económicas de los revoluci'>narios de principios 
del siglo XIX. exaltó las figuras de Belgrano, Moreno y Rivadavia, 
principalmente la de este último, en quien elogia la amplitud de visión, 
y a quien reconoce facultades y talentos, nada comunes, de organizador 
7 legislador. Tanto al tratar de los anteriores como ai ocuparse de los 
que llama organizadores: Alberdi, Sarmiento, Echeverría, cuida el señor 
Sagarna de hacer ver el constante paralelismo en el desarrollo económi- 
co, político y espiritual de la evolución argentina, afirmando así, en 
nuestra mente el concepto antes referido de que, para ese armónico flo- 
recimiento, la condición primordial e indispensable es la existencia de 
un alma nacional, aunque sea en germen, de un alto espíritu normativo y 
estimulador de los deseos y los actos individuales y colectivos. Después, 
7a en plena época republicana, habló de la acción cultural y organiza- 
dora de Urquiza, el destructor de los poderes arbitrarios mantenidos 
por Rosas, el que derrocó la tiranía mediante una labor tenaz educado- 
ra y constructiva, creadora de nuevos 7 sanos valores y de legítimos y 
fecundos intereses. 

No— <lice el señor Sagarna, después de revisar así, a grandes ras- 
gos, la magna obra de edificación consciente y entusiasta de los proceres 
argentinos, nuestra moderna prepotencia, el estado floreciente de nues- 
tro comercio, agricultura e industrias, no es el resultado del azar, ni 



(3) . — Nuestros artículos "Peligro de un alejamiento entre la Repú- 
blica Argentina y los demás países hispano-americanos", "El Comercio" 
Julio 21 de 1914 y " Rol Social y político de la República Argentina en 
América", "Culrtura Obrera", mayo 2 de 1919. 



NOTAS 461 

siquiera de circunstancias favorables a la acción de agentes naturales y 
fortuitos, ajenos a la voluntad de los ciudadanos; no, nuestra grande- 
za — reclama — es una gloria muy nuestra, y nuestro esplendor y bien- 
estar no son meramente materiales por lo mismo que son el resultado 
del esfuerzo consciente, inteligente, tesonero y heroico de nuestros 
grandes hombres. Y en comprobación de lo que dice, muestra en cua- 
dros sinópticos, el desarrollo cultural del pueblo argentino, hace ver 
las crecientes necesidades espirituales, intelectuales y artísticas de sus 
gentes, así como el notable desarrollo y educación del gusto en estos 
órdenes. Y su exposición es realmente consoladora y edificante para 
los que pudieran engañarse; viniendo a reforzar, si cabe, el optimismo 
y la f¿ con que otros vemos levantarse sobre el horizonte austral al 
magnifícente y esplendoroso sol de Mayo. 

£. E. 



'$• 




1" ABRAHAM VALDELOMAR 



Abraham Valdelomar 



Pocos días después de la sensible muerte del patriarca de la 
Literatura peruana, don Ricardo Palma, las letras nacionales 
hubieron de sufrir nueva y ruda pérdida, con el fin trágico y 
temprano de Abraham Valdelomar acaecido en la lejana ciudad 
de Ayacucho, cuando una nueva faz de su agitada y pintoresca 
vida comenzaba a perfilarse. 

Fué Abraham Valdelomar, como ahora convienen en recono- 
cer todos los que ayer le combatieron y discutieron, por incom- 
prensión, malevolencia o envidia, nuestro más alto valor litera- 
rio de las últimas generaciones. 

A este título le dan derecho la fecundidad, originalidad y 
complejidad de su obra, su orientación definida, su armonioso, 
ágil, diáfano y cristalino estilo, y la brillantez y exuberancia 
de sus imágenes. 

En Valdelomar sugestionan, al mismo tiempo, la vida y la 
obra. Entre uno y otro aspecto de su personalidad, creemos 
descubrir un perfecto paralelismo. En esto resulta un caso 
excepcional, con relación a la generalidad de los literatos, en los 
cuales es fácil hallar una absoluta discrepancia entre el hombre 
y el escritor. 

En la múltiple producción de Valdelomar se reflejan, inva- 
riablemente, sus sentimientos, su carácter, sus tendencias natu- 
rales, su psicología entera. 

No somos de los que le consideramos un insincero, porque 
usara muy amenudo de ciertos desplantes y fingimientos, con el 
ánimo de "épater le bourgeoia". La pose de Valdelomar, si tal 
puede llamarse a su personalísima manera de ser y de actuar, no 
era consecuencia de un inf atuamiento necio, ni menos de un mor- 
boso deseo de demostrar la superioridad de su espíritu r estaba 
determinada por su temperamento esencialmente artístico, por 



464 MERCURIO PERUANO 

8U originalísimo sentido estético, que le impulsaba a rechazar, 
instintivamente, a los palurdos, los huachafos y los pachecos; y, 
en cambio, amar a quienes lograban comprender su inextingui- 
ble ansia de belleza, y penetraban, pronto, en su íntima subjeti- 
■vidad. Tampoco admitimos que fuera un orgulloso y que goza- 
ra humillando la presunción o poniendo al descubierto la pobre- 
za intelectual de aquellos que no llegaban a hermanarse con él, 
como se ha querido suponer por determinados detalles de la vi- 
da del artista. 

Valdelomar era esencialmente bueno y sencillo. No es cier- 
to que hubiera falta de sinceridad en su manera de ser: obraba a 
impulsos de secretas fuerzas interiores, obedecía a tendencias 
irresistibles hacia normas perfectas de belleza. 

Aquella frase, común al Conde de Lemos: "esos hom- 
bres gordos descomponen la belleza del paisaje; por eso 
los aborrezco" era tan sincera como su tendencia instintiva 
a la elegancia en el vestir, y su perenne preocupación por 
pulir su estilo y castigar el lenguaje. Hubo en él innata dis- 
tinción espiritual, que determinó su inquietud constante por 
aristocratizar su persona, blasonar su origen y ennoblecer su 
obra toda, a la que comunicó, invariablemente, un sello carac- 
terístico de señorío y de elegaijcia. 

No, es sin embargo, exclusiva esta opinión nuestra, acerca 
del carácter de Valde'^^mar. Ciertamente que muchas veces, en 
especiales circunstancias de su pintoresca existcí.ila.. hubo de 
recurrir a la verdadera pose, con grave escándalo y contra la pro- 
testa solemne de los intonsos y los espíritus rastreíos y mezqui- 
nos; pero tampoco estuvieron determinados estos raros casos, 
por el orgullo o la petulancia. Había en el fondo de su psiquis 
complicada una gran dosis de humorismo no exento de malicia 
y tocado aún de socarronería. En esto no escapaba a la caracte- 
rística tendencia del espíritu criollo, orientado hacia la sátira 
punzante y a la burla hiriente. Sólo que esta tendencia recibía 
también, al través del temperamento esencialmente aristocráti- 
co del artista, una transformación ennoblecedora. Y lo que en 
cualquier criollo es alegre zumba y gracejo vulgar, en Valdelo- 
mar era fina ironía, humorismo elevado y sano. De aquí que, 
cuando encontrara al paso un espíritu anémico, una alma ple- 
beya o ensoberbecida, gustaba de demostrarles su endeblez, su 
vulgaridad y su pobreza intelectual, sugestionándolos con la 
afectación de ciertas maneras caprichosits, procurando a§i añrmar 



ABRAHAM VALDELOMAR 46^ 

SU propia distinción, frente a las ridiculas actitudes de los me- 
diocres. 

Pero bien pronto recobraba su verdadera personalidad y 
volvía a ser, para los comprensivos y los "transparentes", como a 
menudo llamaba a quienes le admiraban — porque habían com- 
prendido las excelencias de su originalidad — , el mismo mozo ex- 
traordinariamente bueno, amable, ingenuo a veces, complejo y 
refinado otras, inquieto siempre. 

Una anécdota de las más típicas de Valdelomar, bastaría a 
probar nuestras afirmaciones. 

Cierto día, cuando el Conde de Lemos trabajaba en "La 
Prensa", llegó hasta su cuarto, raro y suntuoso, un muchacho 
provinciano, con apariencias de timidez y candorosidad, pero, 
realmente, convencido de su valer y con el magín lleno de hu- 
mos de suficiencia. Solicitó hablar con el Conde; éste le recibió 
con su acostumbrada afabilidad encantadora, y, como también 
solía hacer, cuando húbole brindado asiento, encerróse en el mu- 
tismo y le dejó hablar. A las primeras palabras del mozo, Val- 
delomar habíase percatado de su insoportable y hueca petulan- 
cia. Quiso entonces hacerle éaer en el ridículo y con tan sano 
intento, aunque con sacrificio de su gaveta, le invitó a almorzar 
con él', naturalmente en el Zoológico. Sentados en la mesa, el 
Conde comenzó a adoptar sus inconfundibles actitudes pompo- 
sas. Pidió la lista, la recorrió rápidamente y con elegante displi- 
cencia, dijo al mozo: No hay que comer. Este elenco no dice na- 
da. Tráigame espárragos, al mismo tiempo que pasaba la tarjeta del 
menú a su invitado. Por supuesto, el pobre muchacho, provin- 
ciano y petulante, que sin duda no sabía pedir, optó por deci- 
dirse, tras gran titubeo, por el mismo plato. Y Valdelomar, 
frunciendo el ceño y con muestras de sensible disgusto, dijo 
entonces, al mozo: "Oye, quechua, ya no me traigas espárragos". 
Calcúlese la sorpresa del provinciano y la secreta cólera que le 
ocasionaría verse así humillado. 

Pero tenía razón Valdelomar en proceder de esta manera. 
No había derecho para que el provinciano pidiera un plato que 
no sabría comer. Efectivamente, a poco el mozo traía los espá- 
rragos y aquí de los apuros del muchacho para habérselas con el 
fino potaje. Por su parte, Valdelomar gozaba con tales afanes y 
se reía íntimamente de ese tonto de capirote. Terminó el al- 
muerzo, que para el Conde de Lemos no fué tal, pues que apenas 
había rozado las raras viandas que pidió y, despedídose que hu- 
bo del provinciano, hallóse en la calle con uno de sus íntimos 



466 MERCURIO PERUANO 

amigos, a quien invitó a comerse "un buen churrasco", porque 

se había quedado con hambre 

¿No es verdad que este ingenioso rasgo de la vida de Valde- 
lomar, retrata admirablemente su espíritu irónico y aristocráti- 
co, al par que encantadoramente sencillo? 



II 



La obra múltiple de Valdelomar es el fiel reflejo de su es- 
píritu. Hombre esencialmente bueno, generoso y noble, en toda 
su producción se nota la influencia de estas raras cualidades 
sentimentales. Inquieto, ansioso siempre de nuevos rumbos y 
sensaciones extrañas, su vida fué una constante lucha, una su- 
perabundancia de producción, un angustioso aturdimiento crea- 
doi . Fué así cómo ensayó todos los géneros literarios, triunfan- 
do en todos, pero cansándose a menudo de los mismos temas. 
Cultivó con pasmosa facilidad, desde la crónica frivola, fugaz, 
nerviosa, de todos los días, hasta el cuento pintoresco, sentimen- 
tal, impregnado de un hondo regionalismo, de un vivo colorido, 
de una encantadora sinceridad; y desde la monografía, que su- 
pone la búsqueda febril y la paciente investigación histórica, 
hasta el difícil y complicado arte dramático, del que nos ha de- 
jado dos tragedias desgarradoras y sombrías. Escribió versos 
musicales, tristes, leyendas fantásticas y extrañas, elevadas y 
trascendentes concepciones estéticas. Lo que verdaderamente 
sorprende en este gran artista, no es su talento, realmente privi- 
legiado; es, ante todo, su maravillosa capacidad intuitiva, por 
que hay qi^e tener en cuenta que Valdelomar carecía, casi en lo 
absoluto, de cultura. Apenas si tuvo por afinidad de ideales o 
de pensamientos, uno que otro autor predilecto. Sus días de 
universitario, fueron contados y esta época estudiantil, apenas 
si fué un accidente en su vida. 

Jamás estudió en serio, por que tenía el íntimo convenci- 

, miento de que nada nuevo iba a aprender en los libros, o de la- 

j[ bios de los maestros. "Mis profesores, nos lo dice él mismo be- 

/ llámente, en una admirable conferencia, fueron el cementerio 

de mi pueblo, el cóncavo mar, el cielo azul de la aldehuela de 

San Andrés de los Pescadores y, sobre todo, mi madre santa y 

buena." 



ABRAHAM VALDELOMAR 467 

Y nada más cierto: esa angustiosa y perenne preocupación 
por el misterio, esa sed de los desconocido, esa íntima tristeza 
pensativa, que a través de toda su obra palpita, ¿no es, acaso, la 
influencia del blanco y silencioso cementerio de su aldea? 

Esa ternura infantil, esa dulce melancolía, ese respeto reli- 
gioso por los seres familiares, ese cariño entrañable por el pue- 
blo natal de esa evocación de la niñez, saturada de melancolía 
en la que parece deleitarse, con amoroso afán y de la que tan 
acabadas muestras son los bellísimos cuentos de "El Caballero 
Carmelo", ¿no traducen la huella benéñca y saludable que en su 
alma de niño, dejara la acción educadora del hogar? 

Y esa diafanidad de su estilo, ese brillante colorido de su 
prosa, ¿no son el reflejo del cielo esplendente y del paisaje ubé- 
rrimo de lea, de la playa anchurosa y dorada, y del mar, ru- 
moroso y magnífico, de Pisco? 

Hemos dicho que Valdelomar leía muy poco y a determi- 
nados autores. Pero, era tal su poder asimilativo y su facilidad 
de comprensión, que bien pronto se adueñaba de las tendencias 
y el estilo de estos escritores preferidos, y en sus libros halla- 
ba nuevos estímulos que excitaban su fantasía, aguzaban su in- 
quietud y determinaban, luego, sus inmediatas producciones. 
De aquí que hay que hacer una distinción importantísima, en la 
obra de Valdelomar, entre lo que realmente fué espontáneo, in- 
tuitivo, personal, y lo que obedeció a extrañas influencias. 

La obra personal de Valdelomar, está constituida por sus 
cuentos regionalistas del tipo de "El Caballero Carmelo", sin 
disputa, el más acabado y perfecto, "El Vuelo de Los Cóndo- 
res", "Los Ojos de Judas", "Yerba Santa" y, otros; su hermo- 
sa e interesantísima colección de leyendas incaicas, que pensa- 
ba reunir en un tomo, intitulado "Los Hijos del Sol"; "La Ma- 
ríscala", admirable ensayo monográfico revestido de cierta fan- 
tasía poética que le hace perder la seriedad e imparcialidad his- 
tóricas; y, sobre todo, su obra más atrevida, aquella en que re- 
veló su alma imponderable de artista y el vuelo genial de su in- 
teligencia: "Belmonte el Trágico". Pertenecen a la obra que 
podríamos llamar "refleja", de Valdelomar, sus ensayos sobre 
"La Muerte", sus novelas cortas, sus cuentos exóticos, en los que 
se nota la influencia maeterlinckiana y edgarpoesca. 

Sin embargo, aun en estas obras, Valdelomar conseguía ser 
original e imprimir su sello característico e inimitable; la dis- 
tinción de su espíritu, la suprema aristocracia de su manera. 



468 MERCURIO PERUANO 

Si quisiéramos encontrar un parecido a Valdelomar, nos ve- 
ríamos en grave aprieto, tan complejo y tan individual fué al 
mismo tiempo este escritor, en su vida y en su obra. 

Acaso podríamos compararle a Valle Inclán. Tenía de él, 
esa misma gallardía en las actitudes, esa heráldica selección de 
ideas y de tendencias. El mismo afán por depurar la forma y 
enaltecer el fondo de su producción. Pero, nos aventuramos a 
afirmar que al egregio y magnífico Marqués de Bradomín, tan 
declamatorio y tan pomposo, le falta la sinceridad ingenua y la 
bondad cristalina del Conde de Lemos. 

Valdelomar fué un renovador, nó porque — como ha dicho 
Félix del Valle — creara una técnica nueva, sino por que pres- 
tó a nuestra caduca literatura, que a la aparición del Conde de 
Lemos se resentía de pobreza de conceptos, de absoluta deso- 
rientación y sobre todo, de vulgaridad de formas, la savia rica de 
sus juveniles entusiasmos, la alteza y reciedumbre de su inteli- 
gencia, la gama polícroma de su sentimentalidad, la noble con- 
sagración de su vida al ideal artístico y la depuración del esti- 
lo, hasta hacerle prístino, rítmico, suave, aterciopelado, suge- 
rente. 



III 



No sólo supo traducir Valdelomar, en hermosos cuentos, la 
dulce poesía del ambiente aldeano, la sencillez patriarcal de las 
costumbres provincianas, sino que, inspirado en más elevados 
ideales nacionalistas, ganado por el sugestivo prestigio de las 
edades pretéritas, intentó — con éxito — reconstruir, en todos sus 
aspectos, la esplendente civilización incaica, con alma de artis- 
ta que retoca un lienzo borroso, devolviéndole todo el perdido 
fulgor de su colorido, y nó con espíritu grave y sesudo de his- 
toriador, que subordina la libertad imaginativa a la veracidad 
del dato y a la exactitud de la fecha. Por eso sus leyendas in- 
caicas carecen de valor cronológico; pero, en cambio, nadie ha 
revelado mejor que él, la sicología de la raza indígena, nadie 
nos ha dado pinturas más acabadas y bellas del Imperio milena- 
rio, en sus diversas manifestaciones, nadie ha trazado con más 
admirable precisión y vigor los caracteres y tipos, las cercmo- 
•nias y escenas de la vida de los abuelos incas. Reviven, al con- 



ABRAHAM VALDELOMAR 4^<) 

juro de su mágico estilo, en las leyendas de "Los Hijos del Sol» 
con asombrosa fidelidad la fría / • . r. J"^ °®* ^°* » 

, . "ueuaaa, la tria y majestuosa figura del Inca 

s rr urdí"'!,' t ""'"-''"'"^- '^ '^"^'"^ ¿-- "«>' 

las nustas, la rudeza de los guerreros, la casta timidez de las 
aellas la austeridad del amauta, y hasta la trágica inquietud y 
la honda superstición del alfarero a quien, sus propias creacTon« 
espantan, enloquecen. Y con los tipos, cobran animac 6n "resas 

2Z'T '"!?'r'"' ^"^"'^ ^P--- '-^ solen,n idades reli 
glosas, las espléndidas fiestas, los torneos caballerescos las 

ÍZZTT"" ' "^-«Sónicas, la cashu., llena de "raciÓsa 
flex b.hdad y sencillez, el buayno. alegre y sensual, aqufl desfi! 

cancha la prosternación del cortejo, frente a la imagen del Sol 
en la Infpampa, las fiestas de la agricultura, en que el Inca' 
desde el trono pétreo del Sacsayhuamán, cava;a la tierra con su 

x^^rg-d^gueri^r^^^^^^ 
:-=;,7i-:efa:;ira'u'-=c-^^^^ 

vo en í°"l -f ''\"'° ^"'"'' '"" "' '"'"^"^ "° ^' »" g««" nue- 
creador dM .""• ""^ '=°""""»"'« « ha dicho, sino el 

creador del cuento americano, como ya se ha afirmado, Abraham 
Va^delomar fué el iniciador del cuento netamente peruano La^ 
Ty-cones son el trasunto de la época colonial, común a todos 
os pa,ses dependientes de España. Las leyenda de Valdelomar 
son la evcacén más completa del remoto Imperio del Sc^^ de 
las glorias genuina y únicamente nuestras. 

Este es el título más legítimo que tuvo el Conde de Lemos 
para hacerse merecedor de la consideración y del respeto deZ 
compatnotas. De sus obras, ésta ha de ser la que qued" 

Desprovisto de cultura histórica, ajeno por completo a la» 
pesadas tareas del investigador, no estuvo sin duda capaci a 
.oda^s^L^^üdr'^ historia nacional. Pero poseía, « S :. 
todas las condiciones para hacer la novela peruana, que a núes 

h^aS^r '''"'' " '^ '-'"''' '°-'^ y -^"^«" <•«• t"- 

cuan^r T' f *'f ° "^^ ■^"'""^^ ^" ">"«■•"= O" plena juventud 
cuando más derecho teníamos a esperar de él esta obra defínt' 



(i 



470 MERCURIO PERUANO 

tiva y consagradora, que había comenzado ya a esbozar en sus 
cuentos incaicos. 

Sin pretensiones críticas, esta nota enteramente personal 
obedece, tan sólo, a nuestro deseo de deferir a la benévola dis- 
tinción que "Mercurio Peruano", ha querido dispensarnos, 
brindándonos, generosamente, sus páginas prestigiadas por las 
más respetables firmas, para ofrendar en ellas nuestro modesto 
homenaje de admiración entusiasta, y de sincero cariño, al gran 
artista que acaba de desaparecer. 

Lima, Diciembre de 1919- 

RICARDO VEGAS GARCÍA. 



>/ 



Verdolaga 

(Tragedia pastoril en tres actos) 



Escena V. 



Dramatis Personae: Maura, 

Águeda, su aya, 
Diamela, criada india. 



MAURA, — Hermosa es la mañana. No hay nadie, ama. Es- 
toy sola.... Me han dejado sola.... Oye, Águeda, 
¿ves alli?.... ¿Qué cosa queda allá, lejos, lejos, 
lejos?... 

ÁGUEDA.— El mar 

MAURA. — jEl mar! ¿Cómo es el mar?. Mucha agua, agua sa- 
lada, amarga, agitada. El agua de mar debe ser 
salada como las lágrimas.. ¿Di, Águeda, tú has 
llorado alguna vez? 

ÁGUEDA. — Pocas veces, Maura. 

MAURA. — Más fácil es reír que llorar. ¿Quién llora, quién, 
quién se queja, Águeda? 

ÁGUEDA. — Es abajo, hija mía, en el calabozo; los que están 
en el cepo; los serranos, los de anoche... 

MAURA. — ¿Hay aquí gente que llora? Los que lloran son mis 
hermanos. Los que se quejan son mis hermanos. 
Nuestros verdaderos hermanos son los que lloran, 

cuando nosotros lloramos ¿ Qué es esto, 

Águeda? 



472 MERCURIO PERUANO 

ÁGUEDA. — Es fruta, hija mía; mangos, duraznos, manzanas.. 

MAURA. — La fruta, la jugosa fruta, la alegre fruta. La 
fruta no está enferma. La fruta no llora; no tie- 
ne dolores, no tiene corazón.... Los árboles, 
Águeda son buenos. Los árboles no dañan. ¿Por- 
qué no te casas con un árbol? Un árbol no te ha- 
ría sufrir como Claudio. Claudio te amaba y te 
hacia sufrir. Tú debes casarte con un árbol. Tu 
eres, Águeda, la Señora Durazno. 

ÁGUEDA. — Maura, ¿quieres beber leche? 

MAURA. — ¿Leche? No. Yo no quiero, beber leche. Quiero 
beber lágrimas... ¿Qué cantidad de dolor se ne- 
cesitaría para llenar un jarro de lágrimas? 

ÁGUEDA. — El dolor, el dolor. .¿Quieres que vayamos a nues- 
tro paseo? 

MAURA. — Sí, Águeda. Quiero ir lejos, lejos,.. muy lejos.. 
Quiero estar libre. 



(Entra Diamela ocultando algo en el regazo). 

MAURA. — Diamela, mi querida Diamela, ven, ¿qué traes? 

DÍAMELA. — Pscht Traigo de todo. . . (sonríe) Traigo fru- 
tas, traigo recado, traigo uvas 

MAURA. — Y esotro ¿qué es? ¿Por qué lo ocultas? 

díamela. — Lo oculto (en secreto) porque a la se-ño-ri-ta 
Elia-no-le-gusta. . . .¡ Já-já já! 

MAURA. — Muéstrame lo que ocultas... 

DÍAMELA.— Es que... (triste) ¡perdón, señorita?... Yo los 

quiero mucho. Los cuido como sus padres 

No los dejo morir Es ...u.. ¡un nido!. . . Son 

chirotes. Los cogí, al paso, en el camino, cerca 
del sauce viejo, el sauce de la cruz, el que está junto 
a la acequia de los floripondios . . . Son chirotes, 
estaban en su nido en el alfalfar ... Ya están en 

cañoncitos Pronto tendrán plumas y ¡ puf ! 

volarán (hace el ademán) ¡ volarán ! Los chi- 
rotes no se molestan cuando yo los saco de sus ni- 
dos. Me quieren mucho las aves, niña Maura 

MAURA. — Las aves. ¡Tú has deshecho un nido! Tú has des- 
hecho un nido. Diamela 

díamela.— No. No lo he deshecho. Aquí lo traigo...'. 



VERDOLAGA 473 

MAURA. — ¡Qué crueldad, crueldad instintiva! Tú eres un 
ángel, criatura. Llevas contigo la alegría de la 
vida, la candidez del campo, el verdor de la natu- 
raleza y, sin embargo, eres cruel incons- 
cientemente. Sin darte cuenta haces el daño, co- 
mo si una mano oculta o invisible se valiera de 
tu mano casta ¿Qué harás con el nido? 

díamela. — Cuidaré mucho a los chirotes. Les enseñaré a sil- 
bar. Si enferman, los mato y los como guisados. 
Si viven. . .¡si viven los meto a la jaula!. . . 

MAURA. — La prisión o la muerte. Ellos, sin embargo, no 

han hecho daño a nadie Tú has roto un nido, 

Diamela, y tú tienes un novio 

díamela. — ¡Mi novio tiene su tambor de pellejo de cabra, sus 
zarcillos de oro, su quena de carrizo! 



(Saliendo) 

ÁGUEDA. — Vamos, Maura, hija mía. 

MAURA. — Dame un beso. Diamela. Tú has roto el nido de 
los chirotes. Otros han roto mi nido . . . Pero, yo 
no entraré a la jaula. ¡ Iré libre, libre, sola, sin car- 
een 

ABRAHAM VALDELOMAR. 



Composiciones inéditas de Valdelomar 



i«B ^«cribió Valdelomar para el 
(Estos versos los escriDio v« 
llbum de la señorita Gabriela Urbma). 



álbum 

RITORNELLO 



Para vivir en el amor 

basta que una alma nos sonría^ 

¿Qué nos importa que el dolor 

con un rictus de vencedor 

exhiba su máscara fría? 

Para vivir en el amor 

basta que una alma nos sonría. 

Para luchar contra el destino 
basta que una alma "o^^escude^ 
Torvo y siniestro, en el camino, 
que el buho envidioso y cetrino 
nos grite al paso y se demude. 

Para luchar contra el destino 
basta que una alma nos escude. 
Para librarnos del olvido 

sus iras trágicas encienda? 
del Señor M CM XVI. ^^ ^^^^^j j^g^ LEMOS. 



COMPOSICIONES INÉDITAS DE VALDELOMAR 475 

OFERTORIO 

(De "Yerba Santa", novela pastoril). 

(Esta composición debió de ser impresa con 
"Yerba Santa", en el "Caballero Carmelo". Diver- 
sas circunstancias me impidieron devolvérsela, a 
tiempo, a su autor, y la novela fué dada a la pu- 
blicidad sin este Ofertorio. Cuando, meses des- 
pués quise entregárselo, Valdelomar me lo obse- 
quió Era, pues, para mí, un cargo de con- 
ciencia que continuara inédito. L. A. S.) 

Cuando el rojo crepúsculo en la aldea ponía 
la silenciosa nota de su melancolía, 
desde la blanca orilla iba a mirar el mar. 
Todo lo que él me dijo aún en mi alma persiste: 
— "mi padre era callado y mi madre era triste 
y la alegría nadie me la supo enseñar" — . 

A veces, en la sombra, la vaguedad marina 
cruzaba el blanco triángulo de una vela latina 
y se esfumaba en el confín; 
desgranaba las lágrimas de su espuma una ola 
y una ave en el espacio se deslizaba sola 
hacia la costa curva y gris. 

£1 faro como un cíclope con el ojo encendido, 
buscaba entre las sombras algún buque perdido, — 
desnudo y fuerte como un pescador, — 
ofreciendo su estela como un pródigo brazo 
y sus férreas escalas como un duro regazo: 
tal a los reyes magos la estrella del Señor 

Hoy, con mi barca débil navegando en la ignota 
inmensidad brumosa, la blanca vela rota, 
tu espíritu bueno me sepa guiar. 
Tú, blanca, dulce, triste, pensativa, adorada, 
recuerda y pon en estas palabras tu mirada 
amorosa y profunda como el cielo y el mar .... 
Lima. — 19x7. 

ABRAHAM VALDELOMAR. 



Las ideas de orden y de libertad en la 
historia del pensamiento humano 



Las páginas que van a leerse, constituyen el capi- 
tulo ñnal del notable libro que el doctor 
Deustua viene publicando y que es expresión 
del más serio y mejor orientado esfuerzo fi- 
losófico que se haya intentado entre nosotros. 
El autor — después de analizar la historia de 
las concepciones de orden y de libertad — ^ma- 
nifiesta, de modo concluyente, que el verdade- 
ro problema de la libertad no ha sido efecti- 
vamente planteado hasta ahora y que, por 
esa causa, toda la especulación penetrada del 
espíritu de la filosofía helénica, ha contem- 
plado y resuelto tan esencial cuestión en tér- 
minos de orden. 

El artículo que "Mercurio" se complace 
en publicar, condensa con claridad el pensa- 
miento del autor, orientado a dar una idea 
viviente de la verdadera libertad interior, cu- 
ya manifestación más genuina es la obra de 
arte, y cuya expansión es el único factor efi- 
ciente de progreso espiritual. 

El doctor Deustua desprende de su estu- 
dio un ideal estético de la vida. 



El cuadro que ofrece la evolución de las ideas de orden y 
de libertad en la historia del pensamiento humano, demuestra: 
primero, el predominio, hasta los tiempos contemporáneos, de 
la idea de orden, y la conquista lenta operada por la idea opues- 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 477 

ta de libertad; segundo, la vaguedad del significado de esas ideas 
adaptadas a diversos intereses humanos, y tercero, la poderosa 
influencia ejercida por el intelectualismo helénico sobre la mar- 
cha de la filosofía. 

Estos tres hechos se derivan de uno fundamental: del valor 
que lo práctico, lo objetivo, ha tenido en la conducta humana 
En la expansión de su actividad, encuentra el hombre la resis- 
tencia del mundo externo, que le produce dolor y que amenaza 
su vida. Su primera y más grande necesidad, la única en las pri- 
mitivas etapas de su desarrollo histórico, es suprimir ese dolor y 
ese peligro, venciendo la resistencia opuesta a su actividad. Con- 
sigue esto, por medio de su inteligencia, que le permite conocer 
a su adversario, adivinar sus tendencias, descubrir sus hábitos 
anotar sus repeticiones, clasificar sus cualidades, reducirlas a 
cuadros estables, ordenar, en suma, la resistencia para dominarla 
y asegurar de ese modo, el mantenimiento y el progreso de la 
vida. De allí la importancia práctica del pensamiento, cuya fun- 
ción esencial es la de unificar, la de conocer para ordenar, y ha- 
cer posible la acción eficaz del espíritu sobre el medio que ro- 
dea al hombre, comprendido su cuerpo y la sociedad dentro de 
la que ejerce su acción. 

Con el orden nació la ciencia, y con ésta se inició la vida 
especulativa, luego que el pensamiento humano ascendió, por 
su propia función um'ficadora, de lo concreto a lo abstracto de 
lo individual a lo univ.^rsal. Con la vida especulativa se desen- 
volvió la filosofía como ñencia suprema, cuyo problema funda- 
mental fué el de! conocimiento de la realidad. Así mismo se 
constituyó y alcanzó la mayor perfección el ideal objetivo 
Ideal de orden y de equilibrio, realizado por la cultura helénica 
y que, al través de las vicisitudes sufridas por la humanidad 
de los cambios profundos realizados en la conciencia humana' 
ha conservado hasta hoy, la fuerza de su organización. 

Detenida la actividad humana en las redes de lo objetivo con- 
quistado el orden a fuerza de tentativas mil y de sacrificios sin 
numero, se impuso al espíritu con el peso abrumador de la tradi- 
ción. El orden representaba para la humanidad la única garantía 
de felicidad, como norma de conducta, y la humanidad lo consa- 
gro haciendo de esa idea el producto divino de una voluntad 
superior. El principio opuesto, el de libertad, creador de lo nue- 
vo, de lo imprevisto y, por lo tanto, destructor del orden exis- 
tente, había de ser considerado como un peligro, como una ame- 
naza contra la felicidad conquistada, como una vuelta a la épo- 



478 



MERCURIO PERUANO 



ca terrible de las tentativas y sacrificios. Lo nuevo sólo podía 
ser impuesto por el imperio de la autoridad, representante de la 
sabiduría previsora y de la fuerza incontrastable. 

Así se explica, por otra parte, el carácter eminentemente 
utilitario de la civilización objetiva y se comprende porqué el 
pueblo romano, apartándose del ideal de equilibrio, buscase en 
el orden impuesto por la fuerza material y la ambición económi- 
ca, la felicidad que se había hecho deficiente dentro del estrecho 
cuadro de la vida helénica, imaginada antes de las conquistas de 
Alejandro. La civilización romana, por eso, ofrece el espec- 
táculo de una yuxtaposición de dos ideales: el ideal artístico de 
equilibrio y el ideal económico de expansión, que coexistieron sin 
destruirse, porque ambos respondían a la objetivación del espíri- 
tu y a su identificación con la naturaleza. El orden estético no 
perjudicaba al orden económico; al contrario, servía de forma 
decorativa para el segundo; perdido su carácter práctico se con- 
virtió en el lujo de la vida económica servida por la fuerza mi- 
litar y jurídica. 

La libertad también adquiría una finalidad práctica; redu- 
cida a la acción exterior, individual, restringida a los límites de 
la ordenación política, como libertad colectiva, tenía por símbo- 
lo el imperialismo o sea la infinidad del poder. La aspiración 
de individuo y colectividad consistía en dar mayor amplitud a 
la acción, sin pensar en la libertad interior, completamente inú- 
til' para la felicidad sensorial, objetivo final de la civilización an- 
tigua . 

Los excesos de la vida sensorial condujeron al espíritu a la 
tercera forma de su actividad. El espíritu buscó en su concen- 
tración mística lo que no había conseguido en su equilibrio ar- 
tístico, ni en su expansión económica. Pero en esta concentra- 
ción no buscó la libertad interior que no conocía; buscó sola- 
mente un nuevo orden que sustituyese al condenado por la ex- 
periencia; buscó un nuevo ordenador que ofreciese la felicidad 
no adquirida y encontró ese ordenador en el espíritu divino, al 
que se abandonó la conciencia por entero, emancipándose así 
de la tiranía de la sensación. 

Pero el sentido práctico de la vida había de orientar siem- 
pre la actividad en pos de las acciones útiles y apoderarse del 
misticismo para edificar sobre él un nuevo orden político y eco- 
nómico, el orden eclesiástico, con aspiraciones análogas al im- 
perialismo romano. Las leyes divinas, descubiertas y aplicadas 
por el poder eclesiástico, trasformaron el aspecto exterior de la 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 479 

sociedad; pero, en el fondo, subsistió idéntica la conciencia in- 
dividual, dominada por el ideal de un orden divino, al que de- 
bía subordinarse todo lo creado. La libertad de acción quedó so- 
metida al rígido imperativo de la voluntad divina, ante la cual 
toda espontaneidad había de desaparecer, en fuerza del mismo 
ideal místico que aspiraba a la completa absorción de la concien- 
cia humana en el seno de la divinidad. 

Anulada la libertad interior por el esfuerzo hacia lo divi- 
no mantenido por un amor exclusivo, la actividad consciente ha- 
bía de gastarse en perfeccionar y afirmar la tradición, enrique- 
cerla con ideas deducidas de ella y adecuadas a la cultura reli- 
giosa. Pensar, sentir y hacer en armonía con la voluntad divina, 
revelada a la Iglesia, tal tenía que ser el fin del espíritu en su 
concentración religiosa. Sólo una forma de libertad podía sub- 
sistir, nó como hecho, sino como hipótesis, como postulado in- 
dispensable para fundar la responsabilidad moral y justificar el 
mal como pena: la libertad moral reconocida, nó en sí, sino obe- 
deciendo a un fin práctico, el de defender el principio de auto- 
ridad como necesidad política. 

La libertad, como poder de crear formas nuevas, carecía, 
pues, de objeto hasta entonces; la conciencia no necesitaba bus- 
carla profundizando su naturaleza. El genio debió sentirla en 
sus creaciones religiosas, estéticas y morales; pero no podía, por 
un acto de intuición reflexiva, atribuir a su propia libertad el 
origen de esas creaciones, que consideraba como revelaciones de 
un espíritu superior, de una inspiración ajena a su voluntad. 
La tendencia natural del espíritu a perseguir lo mejor, encon- 
gaba una barrera invencible en la cristalización de las ideas 
^jra^icionales y en la dura corteza de los hábitos adquiridos, así 
como en la fuerza imperativa de las leyes tutelares del orden 
establecido y la actitud coactiva del principio de autoridad. La 
imaginación creadora, síntesis de la actividad del espíritu libre, 
que podía explicar la naturaleza del yo real, era considerada co- 
mo una fuerza perturbadora de ese orden, por los productos 
nuevos que en él podía introducir. Sus obras artísticas, destina- 
das a la contemplación estética, tendían a convertirse en símbo- 
los de la vida religiosa. El orden, como conservación de lo tra- 
dicional, como repetición de lo conquistado al través de grandes 
vicisitudes, se afianzó así, más todavía, perdiendo su carácter 
de medio, de instrumento de la inteligencia y de la acción, su 
condición de relativo a la actividad, a la que estaba destinada a 
servir, para convertirse en fin último y adquirir los caracteres 



480 MERCURIO PERUANO 

de absoluto, de eterno y de universal, como obra de un espíritu 
divino ordenador, que imponía ese fin, expresión de su volunta*^ 
infinita. 

El movimiento de la Reforma no modificó sustancialmente 
esa actitud de la conciencia humana. La libertad de pensar, con 
independencia de la tutela religiosa, no cambió el concepto de- 
terminista del orden, porque no extrajo de la conciencia misma, 
directamente, ese principio como expresión de un sentimiento 
consciente de actividad sin coacción. Esa libertad consistió en 
una reacción contra la autoridad eclesiástica, con móviles y 
fines prácticos igualmente. Sus causas y efectos se desarrolla- 
ron en el ámbito de la vida social, en el dominio de la vida po- 
lítica, con la que se enlazaba la función eclesiástica. Los refor- 
madores más notables fueron adversos al libre albedrío, como se 
ha visto. 

El Renacimiento tiende a independizar el pensamiento cíen- 
tífico de esa misma tutela; pero la ciencia, engendrada por eí 
principio de orden, excluía, como excluye, toda intervención ex- 
traña a la actividad puramente cognoscitiva, aspirando aún a 
explicar el deber ser por el ser. El riguroso determinismo cien- 
tífico favorecía la eliminación de la libertad interna, considera- 
da, en este caso, como trastornadora de la ciencia pura. El po- 
deroso movimiento artístico, operado en esta época, no influye 
sobre la ciencia; al contrario, recibe más bien la influencia or- 
denadora del espíritu clásico, penetrado de intelectuíJismo, y 
sacrifica el sentimiento de libertad, que inspira a los artistas an- 
teriores al siglo XVI, para fundir en formas clásicas el senti- 
miento religioso de la época. El hombre profundo, el hombre 
libre, como diría Bergson, se complace en cubrirse con las be- 
llas vestiduras con que exhibió el espíritu helénico su debilidad 
interior. Verdad es que el genio artístico tiende siempre a re- 
velar lo que hay de libre en la conciencia, aun cuando se inspi- 
ra en la realidad vivida exteriormente ; pero es?, libertad inte- 
rior del genio, interpretando la realidad o idealizándola en sus 
símbolos artísticos, si bien ilumina las conciencias y las hace 
sentir la libertad que las anima, no crea una luz permanente, 
sino fugitiva, que dura mientras dura la emoción estética liber- 
tadora. La influencia del arte del Renacimiento no creó, por 
esc, una filosofía de la libertad, ni suscitó siquiera una orienta- 
ción opuesta al intelectualismo helénico, que imperó en su época 
con toda la fuerza de una felicidad reconquistada. 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 481 

Ese intelectualismo, reforzado vigorosamente por el desa- 
rrollo de la ciencia, se ha mantenido hasta hoy, no obstante las 
polémicas de los filósofos, circunscritas dentro de los límites 
del problema del conocimiento, planteado desde Sócrates y re- 
producido en la lucha de individualistas y universalistas, de 
sensualistas y racionalistas, de positivistas y metafísicos. Lo 
que se ha sostenido siempre, en el fondo, ha sido el principio 
del orden; la discusión ha versado sobre la naturaleza y jerar- 
quía del orden, sobre el criterio con que debe ser apreciado y 
establecido. El origen y fin de ese debate ha sido simpre, direc- 
ta o indirectamente, práctico; la forma especulativa con la que 
se ha presentado, ha tenido el mismo carácter que asume la cien- 
cia pura, cuando se presenta aislada de la experiencia que le sir- 
ve de base y de su aplicación que le da su razón de ser. Profun- 
dizando esos debates, se encuentra la necesidad de conducir a 
la voluntad en su acción exterior, la necesidad de asegurar el 
éxito de sus esfuerzos en su lucha con la naturaleza, lucha en la 
que la libertad interior, la libertad desinteresada, la libertad es- 
tética, la verdadera libertad no tiene cabida, porque no realiza 
ese fin práctico de la vida económica, ejecutado por el hombre 
euperñcial, por el hombre naturaleza. 

Convertido en fin el orden, que sólo es un medio, la diver- 
sidad de fines atribuidos a la vida ha creado, naturalmente, ór- 
denes diversos, incluidos dentro de un orden. El orden lógico, 
orden en los conceptos, orden puro, orden de pensamiento, que 
se refleja en la construcción de la ciencia, ha sido método e ins- 
trumento: método para pensar, instrumento para actuar. De allí 
la distinción entre el orden de las cosas coexistentes y el orden 
de las cosas sucesivas, el orden en el espacio y en el tiempo, 
el orden estático y el dinámico, el orden causal y teleológico o 
final, que se han aplicado a los diferentes seres y fenómenos, nu- 
ciendo los órdenes del mundo físico y del síquico y social, ob- 
jetos de las diversas ciencias, y el orden universal objeto de la 
filosofía como ciencia universa!. Al lado de los órdenes síqui- 
co-sociales, como son el orden económico, el orden político, el 
jurídico, el moral, el religioso y el estético, se colocaron las for- 
mas prácticas, las formas útiles de la libertad: el libre cambio, 
la libertad política, la libertad civil, la libertad moral, la liber- 
tad de culto y el arte libre. Pero la libertad en si, la libertad sí- 
quica, quedó intacta, porque su carácter desinteresado la excluía 
de esas formas. Se estudió su acción externa y el orden en que 
debía desenvolverse; pero esa misma forma fué considerada co- 



4i2 MBKCURIO PBKUANO 

mo una tolerancia, como una concesión inevitable otorgada al 
desorden, como una conquista a la que se resignaba el orden es- 
tablecido y sancionado por cánones o normas. 

Esta manera de considerar la libertad al través de la resis- 
tencia de su medio ambiente, como una idea negativa, opuesta a 
la positiva de orden, ha diversificado, por otra parte, su sentido, 
presentándose a la consideración del filósofo bajo fases muy 
ditintas. Hoffding, en su tratado de Moral, ofrece hasta cinco 
significados de la palabra libertad aplicada a la voluntad huma- 
na. 

£1 solo y único sentido, que, hay que considerar en el debate 
sobre "la libertad de la voluntad", dice ese filósofo, es aquel, se- 
gún el cual una voluntad "libre" no está sometida a la ley de 
causalidad, no forma, como los demás fenómenos, uno de los tér- 
minos de una serie causal; es únicamente causa, sin ser efecto. 
La libertad, en ese sentido, podría llamarse "libertad causal". 
En ella se establece el conflicto entre el determinismo que la 
niega y el indeterminismo que la admite. Querer libremente im- 
plica aquí, querer sin causa, sin depender de ningún antecedente. 

Libertad puede, luego, significar sencillamente ausencia de 
coacción exterior. Por consiguiente, no están aquí excluidas to- 
das las causas, sino tan sólo aquellas que se encuentran fuera de 
la personalidad que quiere. Es libre todo aquel cuya resolución 
de pasar al acto no impide ninguna fuerza externa. Así la libertad 
de la acción, más bien que la de la voluntad, es la que aquí &e 
considera. 

Libertad puede significar también libertad de toda coacción 
interior. Dícese a menudo de una volición nacida de la pena o 
del temor, que no es libre, por oposición a la que resulta del pla- 
cer o de la esperanza. La voluntad "libre" tomada en este senti- 
do, es lo que, en el lenguaje corriente, se llama nuestra buena 
voluntad . 

En im cuarto sentido, la "libertad" significa el poder, la 
fuerza, y la capacidad de la voluntad. Trátase aquí de saber, 
cuánto puede hacer la voluntad, nó en qué medida depende o 
no de los antecedentes. Se puede ser indeterminista y, por con- 
siguiente, pensar que la voluntad no está determinada por nin- 
gún antecedente, admitiendo, a la vez, que esta voluntad libre 
tiene muy poca importancia en el mundo. Por otra parte, se pue- 
de ser determinista y, por lo tanto, pensar que la voluntad está 
enteramente determinada por los antecedentes, y, no obstante, 
admitir, que esa voluntad determinada desempeña en el mundo 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 433 

un papel considerable. Muy fácil es confundir este sentido de 
la palabra con el primero de la libertad causal, como se ve por 
el uso que los indeterministas hacen del vocablo "poder". Ha- 
blan de la libertad como del poder de establecer un comienzo 
absoluto. Pero si distinguen entre el mismo comienzo real y el po- 
der de establecerlo, entonces la voluntad, la volición real, se tor- 
na, con toda evidencia, en dependiente de su "poder". No obstan- 
te, según un indeterminismo riguroso, nada debe preceder a la 
voluntad libre, ni siquiera el poder; pues si la palabra "poder" 
tiene un sentido, debe designar las condiciones que nuestra na- 
turaleza requiere para que podamos ejecutar cierta acción. El 
poder de la voluntad no puede razonablemente signiñcar más 
que las condiciones internas necesarias para que la volición se 
produzca. 

Muy a menudo se entiende por "libertad" de la voluntad la 
libertad de elección, el poder de escoger. Ahora bien, la elección 
no supone en modo alguno que la ley causal cese de aplicarse. 
Supone solamente que se poseen las ideas de varios actos posi- 
bles sobre los cuales reflexionamos o establecemos comparacio- 
nes. La determinación del acto que debe ejecutarse no depende 
ya desde entonces de un impulso momentáneo o de pasajeras emo- 
ciones, sino que la provoca un debate interno entre una multi- 
tud de ideas, de imágenes y de sentimientos. La "libertad" no 
significa aquí lo contrario de la necesidad, sino de la ceguern. 
La libertad de elección manifiesta una necesidad más profunda, 
más compleja de lo que hace el acto producido por las emociones 
y los impulsos pasajeros. La voltintad libre significa aquí, la vo- 
luntad en su madurez, consciente de sí misma y que, no obstan- 
te, en el momento de la elección, dice: no puedo hacerlo de otro 
modo. Al espectador de fuera es fácil que le parezca que el hombre 
hubiera podido, en aquel mismo instante, querer, así mismo, lo 
contrario. El espectador externo no conoce las condiciones in- 
ternas que hacen inclinar la balanza, y la concepción popular 
desempeña, ordinariamente, respecto a la voluntad, el papel de 
un simple espectador externo. La libertad de elección no con- 
tradice el determinismo ni origina el conflicto. 

Por último, la palabra "libertad" puede designar la volun- 
tad gobernada por motivos morales. En este sentido, sólo el 
hombre de bien es libre. Es preciso suponer aquí una evolución 
mental tan alta y un hábito tan poderoso, que la conciencia pue- 
da tomar una importancia decisiva en cada deliberación y cada 
resolución. Pero esto supone^ a su vez, manifiestamente, la exis- 



484 MERCURIO PERUANO 

tencia de un vínculo causal psicológico. Es indispensable, que la 
necesidad o la ocasión de obrar pueda entonces despertar la 
conciencia, en virtud de las leyes que rigen la asociación de las 
lepresentaciones entre sí o con los sentimientos. Libertad sig- 
nifica aquí, que ciertos pensamientos han obtenido predominio 
y rechazado otros. La libertad es aquí lo opuesto de servidum- 
l.ce a las tendencias y a las pasiones sensuales y egoístas. A ve- 
ces se la llama libertad verdadera o superior. No tiene absolu- 
tamente nada que ver con el conflicto del determinismo y del 
indeterminismo . 

Hoffding prescinde, en esta enumeración, del significado de 
la libertad considerada como actividad creadora, que es libre 
por ser creadora y es creadora, precisamente, por ser libre, por 
no repetir sus efectos, como la actividad mecánica, por renovar- 
los constantemente en dinamismo evolutivo, que engendra la 
duración heterogénea, como demuestra Bergson. Sólo la activi- 
dad estética ofrece esa forma de libertad, que, sin oponerse a su 
propia causalidad, ni a la necesidad representaJa por la resis- 
tencia, responde al impulso del espíritu hacia lo mejor, hacia un 
ideal, que aspira a la expansión interior sin resistencia, que ex- 
presa la actividad creando su propio orden y su ley propia; ac- 
tividad que supone, sin embargo, la resistencia, porque, sin ella, 
agotaría, en un instante, toda su virtualidad. 

La libertad estético es, por eso, inseparable del' orden, y en 
sus creaciones artísticas ha ofrecido esa doble faz de la armonía 
clásica, que era un orden en el que la libertad tenía el carácter 
de una no-coacción, de un equilibrio, y de la armonía romántica 
donde la libertad, rompiendo ese equilibrio de la imaginación 
escultórica, buscaba en el infinito del lirismo una armonía tras- 
cendente, universal, mística, inefable. 

Esta libertad, que en sus creaciones de símbolos cada vez 
más sintéticos y expresivos de la vida interior, constituye idea- 
les conductores de la humanidad, ofrece a la Moral esos tipos 
de perfección, que ésta no sólo admira, sino que impone en for- 
ma de preceptos, a la conducta, convirtiéndolos en dogmas que 
la conciencia acepta como obra suya, porque el orden que esta- 
blecen es el orden al que aspira libremente la voluntad. 

La filosofía contemporánea, al introducir el principio de 
creación como criterio para explicar toda la realidad, partiendo 
de la realidad síquica, ha variado completamente la base de la es- 
peculación; ha dejado de construir sobre la ciencia, organiza- 
ción que comprende un solo aspecto de la vida consciente, para 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 485 

levantar su edificio sobre el arte, después de haber hecho de la 
libertad la esencia de la actividad artística, que comprende la 
realidad interior toda entera, actuando en forma de imaginación. 
La filosofía no puede encerrarse dentro de las formas vacías de 
lo abstracto: "no puede prescindir de la imaginación" ha dicho 
Eucken, al analizar el problema del conocimiento en el estudio 
de las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo. Si el 
libre empleo de imágenes es expuesto a riesgos es preciso afron- 
tarlos ; porque "si la filosofía quiere transformar en libertad toda 
nuestra existencia y transportarnos de un mundo dado a un mun- 
do de nosotros, formado por nosotros, es preciso que acepte tam- 
bién los riesgos de la libertad". 

Se comprende ahora perfectamente la inmensa importancia 
que la nueva filosofía ha de tener en la estética futura destina- 
da a explicar un mundo ideal, en donde el pensador debe buscar 
y encontrar la solución radical de todos los problemas que se 
derivan de la libertad concebida como poder de crear formas 
nuevas y progresivas. Superada la oposición aristotélica entre 
lo teórico y lo práctico, fundada exclusivamente en una doble 
finalidad de la razón, por otra más radical y comprensiva entre el 
orden y la libertad, entre la ciencia y el arte, que son sus expre- 
siones respectivas, entre una orientación fragmentaria y artifi- 
cial del espíritu y su dinamismo completo y absoluto, la filoso- 
fía ha de ser estética, sicología y metafísica estética, filosofía, 
de la libertad desinteresada, trascendente y universal, de donde 
se deriven las normas de lo práctico, de lo útil, de lo que cons- 
tituye la particularidad en la vida del hombre, en sus relacio- 
nes con las cosas y con los otros hombres. 

Creación, libertad, arte, actividad imaginati\ a, expresiones 
de una misma idea, opuestas a las de repetición, orden, ciencia 
y actividad lógica, serán los nuevos elementos del criterio filo- 
sófico en lo porvenir, contra los que luchara siempre el hombre 
objetivo, el hombre utilitario, que aspira a confundirse con la 
naturaleza para usufructuar sus leyes, como el místico que re- 
nuncia a la expansión interior, para ser absorvido por la divi- 
nidad y encontrar allí el reposo absoluto. Esa lucha será inaca- 
bable, porque expresa las cuatro formas fundamentales del es- 
píritu, que no se concillan: la expansión exterior, la concentra- 
ción interior, el equilibrio y la expansión interior, reducidas las 
tres primeras a la forma del orden, y siendo la última la realidad 
viviente, percibida en sí, por un esfuerzo de la ii tución filosófi- 
ca, la verdadera libertad, confundida casi siempre con la indo- 



486 MERCURIO PERUANO 

pendencia, forma negativa de esa realidad, concebida al través 
de la resistencia y traducida en actos prácticos dirigidos hacia 
lo útil como fin de la vida. Elevarse sobre lo útil, superar sus 
límites posibles y penetrar en el dominio de lo desinteresado y 
universal, tal es el objetivo de esa nueva filosofía, encaminada 
d purificar la conciencia humana de ese egoísmo con el cual rom- 
pe siempre la continuidad de la vida, reduciéndola a fragmentos 
que hacen imposible la solidaridad de las conciencias individua- 
les e inexplicable el desarrollo de la vida en la naturaleza. 

El espíritu práctico ha triunfado con sus instrumentos del 
orden, de la autoridad y la ley, denominaciones bajo las que se 
oculta la fuerza conservadora de la tradición inmemorial; y ha 
triunfado por una ley económica del menor gasto de energía 
para obtener el mayor efecto, mediante la que Avenarius trata 
de explicar la historia de los problemas de la vida. La ener- 
gía con la que ha actuado la idea de orden, afirmada por el sen- 
timiento tradicional de conservación, ha superado, en mucho, a 
la tensión del espíritu individual creador, que no ha podido de- 
sarrollTr? "rm amplitud, sino en forma revolucionaria exterior, 
ni ha adquirido la conciencia reflexiva de su poder creador en 
los momentos en que la inspiración ha forjado la obra de arte y 
el acto libre o cuando, rotos los hábitos sociales, ha perseguido 
estérilmente una felicidad que sólo podía alcanzar mediante una 
evolución interior, apercibida en sí misma, a la luz de una i.i- 
tuición directa, en una poderosa concentración de la conciencia. 

¿Llegará a tenerla hoy, después del terrible fracaso sufrido 
por una civilización edificada exclusivamente sobre el principio 
de utilidad? El valor estético, en el que se apoyan los valores 
moral y religioso ¿continuará reducido a su condición de puro 
lujo, bajo la influencia abrumadora del pseudo valor económico? 
¿Romperá el impulso de libre creación, definitivamente, la cor- 
teza con que la actividad habitual lo tiene esclavizado en servi- 
cio de lo útil? He allí el problema del porvenir. 

Cuando el filósofo alemán Eucken denunciaba el fracaso de 
la tentativa de fundar la felicidad sobre bases exteriores, com- 
batiendo el materialismo económico; cuando se lamentaba de 
que la Alemania de los poetas y filósofos se hubiese converti- 
do en un país de eruditos y técnicos, preveía los desastres de la 
guerra que ha terminado y formulaba ese problema que el futu- 
ro debe solucionar. "Falta, decía, a nuestra civilización, no obs- 
tante la grandeza de su obra, la concentración de la vida en «í 
misma, que da al hombre un sólido apoyo y la conciencia de una 



LAS IDEAS DE ORDEN Y DE LIBERTAD 487 

I 

relación interior con el conjunto de la realidad y que hace de 
la vida una labor grandiosa y rica en perspectivas". ¿Cómo ob- 
tener esa concentración sin volver a caer en el misticismo, que 
anula la libertad interior y hace infecunda la vida exterior? ¿Có- 
mo llegar a un nuevo concepto estético de la vida en el que pre- 
domine la libertad interior, purificando la expansión exterior? 
¿Cómo conseguir que la libertad pueda crear su propio orden y 
al interés egoísta sustituya el desinterés moral, al fin particu- 
lar, el fin universal, al pseudo valor económico, el valor estéti- 
co? He allí el problema, que debe resolver la estética futura. 



A. O. DEUSTUA. 



Tempestad 



En la claridad del día, 

toda llena de luz topacio, 

viene lejana la nube sombria 

volando en el espacio. 
Da el relámpago fulgor repentino, 

truena el seno tempestuoso, 

ábrense los ojos al Destino 

y palpita el corazón angustioso. 
Súbito cae la sombra en la pradera 

que antes radiaba al sol tropical. 

y temerosa inclina la palmera, 

como si un femenino dolor la poseyera, 

su rumorosa cabellera 
vegetal . 

Cae la lluvia como un latigazo 

que azota a las frondas, 

y se hacen río de turbias ondas 

todas las sendas que al campo envuelven en su abrazo. 
Ya sobre los árboles y el corazón 

ruge el trueno y amenaza el rayo, 

mientras los ojos al relámpago están ciegos, 

y en el desmayo 
la ilusión 

es toda llena de esperanzas y de ruegos. ' ; 

Mas todo pasó; 

bajo la lluvia, ya el trueno lejano, 
ensayan las aves sus alas para el vuelo; 
su clamor acalló 

el océano 
y por un claro rincón comienza a verse el cielo. 



TEMPESTAD 489 

Renovado y sereno aparece el paisaje, 

con risa de niña, tras el sueño sombrío 
que puso notas de espanto en su follaje. 

Y mientras todo calla, 

sólo potente brama el río 

en cuyo cauce estrecho el agua sube 

y borrascosa y turbia batalla, 

llevando en las espumas aun algo de nube. 

¡Oh, tempestad en el cielo y la pradera, 
pasajera 
voz de espanto, 
oh, lluvia, celeste llanto, 

si como vosotras fuera 
este manso dolor del alma mía, 

si en ella se desatara el vendaval 
y rugiera, viva como el trueno, la pasión, 
y nó este monótono mal 
hiriese siempre igual 
al corazón! 

El alma entonces renacería, 

como la naturaleza, toda iluminada, 
tras la tempestad, en el celeste resplandor, 
y tendría 

esta paz, esta plena dulzura perfumada 

de tierra húmeda, de follaje y de flor. 



ENRIQUE BUSTAMANTE Y BALLIVIAN. 



Crónicas de París 



LA "SOCIETE DES PRISONS" Y EL PROYECTO DE 
NUEVO CÓDIGO PENAL DEL PERÚ. 



La "Societé Genérale des Prisons" de París ha dedicado una 
sesión especial, celebrada el 25 de junio, al estudio del proyecto 
de código penal presentado en el Congreso Peruano por la Co- 
misión Mixta Parlamentaria. 

Es éste uno de los pocos casos en que una alta institución 
jurídico- cientíñco de Europa se ocupa de un proyecto de legis- 
lación sudamericano. No por desdén o indiferencia de los inte- 
lectuales europeos, sino por la inercia y el aislamiento volunta- 
rio en que viven nuestras instituciones jurídico-técnicas, que no 
se preocupan de mantener relaciones con los centros similares 
extranjeros. 

Por igual razón, es probable que la autoridad científica de 
la institución a que nos hemos referido sea ignorada en el Perú, 
fuera del círculo reducido de algunos especialistas. Sin embar- 
gc^ su intensa labor data de muchos años atrás y su prestigio e 
influencia son universales. 

La "Societé des Prisons" fué fundada en 1877 para contri- 
buir al mejoramiento del sistema penitenciario, por medio de 
reuniones periódicas dedicadas a examinar las cuestiones relati- 
vas al régimen de los establecimientos penitenciarios, por me- 
dio de publicaciones periódicas y especiales, y, por un concurso 
activo prestado a las comisiones, sociedades y obras de patrona- 
to, formadas para prestar ayuda material y moral a los indivi- 
duos que han extinguido sus condenas. 



CRÓNICAS DS parís 491 

Pero, en el curso de sus labores durante más de 40 años, 
traspasando el límite de sus funciones y ampliando sus fines 
esenciales, la Sociedad de Prisiones ha extendido su acción a 
todo el campo del derecho penal. Ya en las sesiones que celebra 
cada mes, ya en las monografías que contiene su importante ór- 
gano le publicidad la "Revue pénitentiaire et de Droit penal", 
las materias tratadas no son únicamente las relativas al régimen 
de las prisiones sino todas las que tienen relación con el derecho 
penal . 

Esta ampliación de su programa y de su influencia es muy 
explicable si se considera que la Sociedad concentra en su seno 
a los más eminentes penalistas franceses. Su presidente actual, 
reelegido en la sesión del 18 de diciembre del año pasado, es M. 
Emile Gaigon, profesor de derecho criminal y de legislación 
penal comparada en la Facultad de Derecho de París. Gargon 
es el tipo del maestro de "la Sorbonne". Tiene la sencillez y el 
entusiasmo de un joven estudiante. Bajo su presidencia, las se- 
siones de la Sociedad dan la impresión simpática de una reunión 
familiar. No pronuncia con voz solemne frases sacramentales. 
Estrecha amablemente la mano a todos los concurrentes y rompe 
el hielo de las reuniones académicas con alguna frase espiritual 
que conduce la discusión a un terreno de cordialidad y de buen 
humor. Interviene en los debates por medio de interrupciones 
breves, profundas bajo su apariencia de simplicidad. Se percibe 
en el ambiente el valor de su autoridad intelectual y de la sim- 
patía personal que inspira a sus colegas y discípulos. 

Uno de los presidentes honorarios de la Sociedad es M. Al- 
fred Le Poittevin, profesor de legislación y de procedimiento 
criminal en la Facultad de Derecho. Es un maestro de gran 
prestigio en la Sorbona. Su forma de expresión es elegante y 
vigorosa. Tiene, también, la sencillez y modestia características 
de los grandes intelectuales europeos. Su palabra es siempre es- 
cuchada con respeto y simpatía. 

Secretario General de la Sociedad es M. R. Demogue, pro- 
fesor agregado en la Facultad de Derecho y cuyos estudios so- 
bre la repar.'ción civil tiene merecida fama en todo el mundo. 

En la sesión que la Sociedad de Prisiones consagró al pro- 
yecto de Código Penal Peruano, estuvieron presentes, además 
de los tres profesores citados, M . Larnaude, Decano de la Fa- 
cultad de Derecho; M. Prudhomme, Secretario General adjun- 
to; M. Ivanovitch, Profesor de la Universidad de Belgrado, el 
señor Alejandro Alvarez, miembro del Instituto de Derecho 



492 MERCURIO PERUANO 

Internacional de Chile, varios otros profesores, y numerosos es- 
tudiantes de derecho penal de la Universidad de París. Concu- 
rrió también, especialmente invitado, el autor del proyecto doc- 
tor Víctor M. Maúrtua, quien en esa fecha se hallaba en esta 
capital como uno de los delegados del Perú en la Conferencia de 
la Paz. '' 

Sirvió de base de discusión el "rapport" de M. Rene Roger, 
doctor en derecho y candidato a la agregación de las facultades 
de derecho. M. Roger comenzó por referirse al motivo que ha- 
bía determinado al Presidente de la Sociedad a poner este asun- 
to en la orden del día de la sesión. M. Gargon recibió un ejemplar 
del proyecto que le fué enviado por su autor. Su lectura le des- 
pertó vivo interés por las tendencias progresistas en que está 
inspirado. Entonces lo puso en estudio en la sala de trabajo de 
derecho penal que dirije en la Facultad de Derecho, haciendo 
traducir sus partes principales y analizándolas comparativamen- 
te con las leyes francesas, en colaboración con sus discípulos. 
Después de este estudio preliminar, juzgó que el proyecto era 
digno de ser conocido y discutido en las sesiones de la Sociedad 
de Prisiones como uno de los más apreciables exponentes del 
progreso de la legislación penal en los países de América, con- 
firiéndole a él el honor de hacer su exposición sintética. 

Entrando en materia, manifestó M. Roger, después de una 
ligera relación de los antecedentes del proyecto, que, dada la 
importancia de la parte general, juzgaba útil concretar su infor- 
me a ella, co